Ignacio Ruiz Quintano
Abc
En lo de Carlson el mundo ha podido oír a Sir Jacob William Rees-Mogg (“político, empresario y locutor británico”), de confesión católica, justificar moralmente las bombas nucleares que se lanzaron, Hiroshima y Nagasaki, y las que están por lanzarse (la amenaza de la banda de Trump a Irán), pues aquí, como decía el fraile del cuento, todo es bueno para el convento, y llevaba una puta al hombro.
Rees-Mogg, está casado (se casó con su secretaria, Gillian Shakespeare), ha sido líder de los Comunes, y se expresa en el prestigioso acento RP u Oxford English, tan goloso hoy para los caricatos (en menos de un día el comediante Tony Lapidus ya tenía en el aire su versión cómica de la entrevista), lo mismo para hablarles a los criados que para argumentar sus barrabasadas belicistas con citas de un Santo Tomás de Aquino inédito que sólo debe de estudiarse en Oxford, de cuya universidad, cosa que mucho asombrara a Madame de Staël, fue expulsado el joven Locke, por haber rehusado adherirse a su doctrina servil (o el romántico Shelley, por un panfleto sobre el ateísmo), que colocaba al rey por encima de todas las leyes divinas y humanas. Sin embargo, el acento RP… ¡ay el acento!
–Mi querido amigo, somos británicos. ¡Podemos leer nuestra lista de la colada y los americanos piensan que están escuchando a Shakespeare! –decía el señor Sheffield en “La niñera” (CBS).
De la entrevista Carlsson/Rees-Mogg, este duelo de acentos: R-M: “La Segunda Guerra Mundial fue el clásico bien contra el mal”. C: “¿En qué benefició al Reino Unido?” R-M: “De no haber participado, estaríamos hablando alemán”. C: “¿A quién le importa? Hay mucha gente en Gran Bretaña que no sabe hablar inglés. Al menos el alemán sería un idioma europeo”.
En palabras de Foxá, la sangre azul –porque las venas azulean en las muñecas donde está el pulso de los cristianos, mientras se perdían en los brazos oscuros de los hijos del Desierto– bañó con sus hazañas y edificó toda la Edad Media. Las venas siguen azuleando en el pulso de los Rees-Mogg, que todavía se dicen cristianos, pero las hazañas guerreras las ceden a la carne de cañón plebeya.
Los oyes, y eliges quedarte a solas contigo y con tu ironía –si aún te queda–, como David Hume, en la descripción de su agonía que hacía Mellizo, conmovido por las palabras del filósofo mientras se moría, ejemplar y lentamente, de cagalera: “He disfrutado de un regalo de Dios: contemplar el mundo, entenderlo, amarlo y saber que irremediablemente, se labraba sus propios desastres y sus propias victorias. Gracias a mis libros y a mis partidas de damas en la taberna, he sido fuerte para estar a un lado. Y como sé lo que ha de ocurrir mañana, no me importa morirme hoy”. Y se murió, como un señor. Lo cual vale para las anunciadas votaciones generales.
[Martes, 6 de Octubre]

