martes, 13 de octubre de 2026

Corrida de la Hispanidad'26. Morante de la Puebla elige torear toros artistas. Campos & Moore

 




PEPE CAMPOS


Plaza de toros de Las Ventas, Madrid.

Lunes, 12 de octubre de 2026. Corrida del Día de la Hispanidad. Quinta corrida de toros si la relacionamos con el ciclo de la Feria de Otoño. Encierro de toros de Garcigrande (encaste Juan Pedro Domecq), (1º, 2º y 5º) y de Núñez del Cuvillo (encaste Domecq, Núñez y Osborne), (3º, 4º y 6º). Discretos de presentación; en la linde segundo, cuarto y el quinto. Mejor presentados primero y sexto. Nobles y mansos. Todos flojos. El primero de embestida pastueña. El segundo, flojo y cómodo. El tercero, pobre de presentación, moribundo. El cuarto, flojo y anovillado. El quinto, flojo, corto y encogido. El sexto, mejor presentado, soso. Lleno de no hay billetes. Tarde de otoño fantástica.

Terna: Morante de la Puebla, de La Puebla del Río (Sevilla); de verde botella y oro; veintinueve años de alternativa; cuarenta y nueve festejos en 2025, y cuarenta y siete en 2026; silencio y saludos tras un aviso. Héctor Gutiérrez, de Aguascalientes (México); de blanco y plata; cinco años de alternativa; un festejo en 2025 y cinco en 2026; saludos y silencio. Aarón Palacio, de Zaragoza; de blanco y oro; un año de alternativa; veintiséis festejos en 2025 y dieciséis en 2026; un año de alternativa;  saludos tras un aviso y silencio tras un aviso. Aarón Palacio confirmaba la alternativa.

Suerte de varas: muy pobre. Un simulacro. La mayoría de los toros no fueron colocados al caballo sino de compromiso. Se les picó a base de picotazos traseros, y salieron sueltos de los breves y ligeros encuentros. Mejor picado el sexto, por Manuel Quinta; la primera vara la toma al relance, situada detrás de la cruz, el picador le pega y el toro se acuesta y sale suelto; en la segunda vara, puesto en suerte y el toro va, la puya cae detrás de la cruz y el picador le aplica metisaca duro y el toro se repucha.

Morante de la Puebla, ayer, como mandamás del toreo actual, podía elegir ganadería para torear sus toros. Y así lo hizo. Eligió astados de Garcigrande y de Núñez del Cuvillo, para más señas, sus favoritos. Así ha ido desarrollándose su temporada e incluso las últimas. Todos sabemos que estos son toros de un perfil cómodo que aportan facilidad, el camino más sencillo para obtener los éxitos. Con esos animales puede Morante quedarse muy quieto cerca de ellos, a una distancia no exagerada del bóvido, y componer un toreo de contenido estético. También puede pasarse a estos bureles a medio palmo de la faja y dejar la impresión de máxima exposición. Sabemos que otros toreros que torean lo mismo no le han cogido el tranquillo a tales animales de tal guisa y no torean con tanta proximidad. Morante de la Puebla, sí, y por eso los elige. Es su toro, el que le gusta, y con él pone en escena su tauromaquia de corte clásico, en la que además de pararse él (a animal parado y después viniéndole en trote predecible), templa, manda, bien colocado, sin la pierna de salida retrasada, remata los pases con largura o detrás de la cadera, y los va ligando uno detrás de otro, con profusión, según el fuelle y la obediencia del astado. Ese toro le obedece porque es noble, claro, franco y boyante. Todo al mismo tiempo. A su vez, si observamos, se ve que es un toro flojo de extremidades, que tropieza con ellas en la arena y se cae, acto seguido se levanta. Sumemos a lo anterior el calificativo de ser un toro blando porque se duele en el castigo y por eso no necesita de la suerte de varas, sino sólo de uno o dos picotazos. Cierto que como no todos los animales son iguales, en ocasiones alguno sale algo más fuerte y entonces se le puede pegar un poco más en el caballo para reducirle el genio. Como el temperamento es una cualidad libre es posible que este toro se manifieste altivo, díscolo e indisciplinado. Y ahí aparece el maestro con su receta de pases para limarle ese carácter altanero, punteado, arrogante, petulante, en última instancia jactancioso, que de vez en cuando exterioriza ese toro de procedencia Juan Pedro Domecq que ha sido concebido para ser artista —embestir con belleza— y ser reducido por un torero virtuoso representante de las bellas artes, un virguero de la pericia, de la destreza, de la maña, del acabado. 


En toda esa faceta artística se muestra holgado Morante, y otros artistas —hay muchos— no logran alcanzar tal dominio. Algunos se le acercan un poco, lo hemos visto recientemente, caso de Diego Urdiales. Ahí existe una comparativa que no ha sido excesivamente pulsada por el empresariado taurino. Una coyuntura pensamos no demasiado exhibida en el contemporáneo arte de los toros. Como alternativa se ha buscado la opción de que Morante vaya acompañado de Juan Ortega y Pablo Aguado, una comparativa artística que ha ido declinando y en la que Morante es vencedor. Se ha manifestado esta competencia con ese toro que se llama artista y que podemos definir de bien hecho, bonito, de pitones que caben en la muleta, buen embestidor —que coloca la cara sobre el trapo que le ofrecen, de manera adecuada—, obediente, manejable, previsible —hasta donde un animal lo pueda ser, pues no sabemos lo que opina, ni su capacidad de respuesta—. Con ese astado de ganaderías que poseen el encaste Domecq y que apuestan por darle continuidad al toro artista, con ese toro mercantil y comercial —que no todos los toreros son capaces de domeñar o de saber componer la figura cuando pasa— Morante de la Puebla es un gran artífice, y es clásico, porque sigue las reglas de la tauromaquia sin negarlas. Con ese toro artista descrito, y que el aficionado sabe qué significa, Morante lo ha bordado en Sevilla y ha recorrido toda España mostrando su arte. En los últimos años con regularidad. Hace alguna década con discontinuidad, todo hay que decirlo. O no había encontrado la tecla con la que interpretar convenientemente esa partitura. O ese toro no había evolucionado a esa toreabilidad perseguida —o uniformidad en el trato— y conseguida en estos próximos tiempos. En fin, nos movemos en un intrincado planteamiento de conceptos y de filosofías taurinas. Antes a este toro toreable —o perita en dulce, o, en términos más añejos, la tonta del bote— se decía que poseía casta buena (alejado de la casta mala); hoy ha evolucionado hacia la casta toreable, es decir, ha tendido hacia la nobleza sin raza, sin nervio, sin genio. 


Existen otros tipos de toros, y todos lo sabemos. Los toros que no son artistas sino animales con la condición de lo indómito, la de no dejarse hacer, la de ser renuentes a la obediencia: a no ser que el matador de toros les aplique el verdadero programa que lleva al dominio, a través de una exposición y una valentía al límite y que les someta a su voluntad. Es decir, una técnica que no se basa sólo en acompañar simplemente al toro en su camino, sino que lo desvíe de sus apetencias desordenadas y violentas, de querer coger al hombre —al matador— que lo va sometiendo bajo la fuerza del mando, con un tipo de temple, no bonito, sino a la velocidad que el animal demande según su fortaleza; con la suerte cargada el torero, el remate atrás del pase o en prolongación —si es lo adecuado— para doblegar la acometividad fiera del animal. El aficionado sabe de qué va esta vaina y se vio anteayer en el coso madrileño (corrida de Adolfo Martín). Con esos toros, las cercanías, las quietudes, el encajamiento (y el asunto de pasarse al toro por la faja) cobran otras dimensiones diferentes, y la técnica a emplear no puede ser la misma. Sí las reglas, pero no el método. Y la firmeza del matador aparece como un componente esencial para conseguir los fines. La estética se descompone y la belleza cambia de cara. La belleza es sustituida por la sinceridad. Una tauromaquia planteada con otro toro que cobra otra dimensión. En esta órbita, en esta magnitud, se encuentra la plaza de Madrid. Donde hay preferencia por la tauromaquia con el toro con poder. El toro que no elige Morante de la Puebla para torearlo. De ahí las desavenencias entre parte de la afición madrileña y la estética por la que se conduce la fiesta de los toros en estos tiempos que podríamos denominar de modernos. Para muchos aficionados Morante ayer tarde con su toro toreable de Núñez del Cuvillo estuvo muy bien, excelente y dio naturales caros y raros de ver en el orbe taurómaco. Para otros aficionados, el toro era la tonta del bote, el toro artista, que sacó —por eso de la cuota de animalidad— un poquito de genio, de malas maneras, porque hizo ascos a la muleta de Morante de la Puebla, y este no supo limar esa destemplanza y el trasteo le fue saliendo irrelevante, trabado y tartamudo; en definitiva con muchos enganchones.


Morante en su primer toro poco hizo o poco pudo hacer, según se valore. En su segundo (el que hemos descrito) puso voluntad y tesón, con resultados baldíos. Aarón Palacio, que confirmaba la alternativa, en su primer astado estuvo solvente, y ante un toro boyante compuso una faena en la que demostró que sabe torear y conoce toda la técnica. Falló con la espada y se quedó sin premio. En el último, un toro más soso, parece como que el bache sufrido por Morante le afectó y no apretó el acelerador para obtener el triunfo. Aarón Palacio tiene condiciones y se le abre la perspectiva de encajar en el negocio taurino. Por su parte, el torero mexicano Héctor Gutiérrez que también sabe torear, anduvo algo despegado y no sacó a relucir ese toreo en círculo que posee y toda la gama de pases por bajo donde alcanza un gran nivel. Mató de manera eficaz a sus toros, siendo esto una sorpresa, aunque en el quinto apuntó al rincón de Ordóñez. 



Morante de la Puebla
Pase del dron



Leonardo da Vinci
Máquina voladora



ANDREW MOORE



























FIN