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lunes, 21 de septiembre de 2026

II Desafío Ganadero. Partido de Resina Vs. Vega Teixeira. Una familia de Illinois. Márquez & Moore



JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ


Hay algunas corridas de toros que sirven para crear afición y otras muchas que no, y que acaso lo que consiguen es crear desafección. No lo digo por los sufridos aficionados curtidos en mil aventuras, sino por esos pobres extranjeros que se compran su entrada y se ponen a contemplar un espectáculo en el que tres tipos se abrazan y se intercambian diversos achiperres, sale un toro y, tras unas zalemas con la muleta, el señor que lo debe matar falla de una manera descomunal en administrarle el desacabello, andan por allí unos peones que se dedican a dar pasadas en falso y clavando una banderilla la vez que clavan, dejando el ruedo regado de palitroques, luego sale otro toro y de pronto todos se van y aparecen unos hermosos bueyes que se lo llevan más o menos por donde salió; luego sale otro toro y al cabo de un rato vuelven a salir los mismos bueyes que se vuelven a llevar a este segundo bicho, el público se encrespa contra un picador, condenado a salir una y otra vez a recibir la censura y la hostilidad del respetable, otro matador vuelve a fallar con el estoque y con el descabello... Esta sucesión incomprensible de variadas circunstancias es lo que relatarán a sus amigos y parientes, cuando vuelvan a Illinois, los miembros de una educada familia que se sentaron esta tarde en la Andanada, delante de nosotros, sin ser capaces de desentrañar nada de lo que allí ocurría.


Lo que ocurrió es que hoy se había programado el II Desafío Ganadero, entre las ganaderías de Partido de Resina y de Vega Teixeira. Los primeros precedidos del run-run acorde a la interesantísima corrida que lidiaron en el pasado San Isidro y del éxito ganadero de hace unos días en Cuéllar y los segundos con la curiosidad de ver a esta ganadería portuguesa que tan poco se ha prodigado en Madrid en los últimos lustros. Luego, a la hora de la verdad, la cosa resultó como la confrontación entre unos gentlemen educados en Eton y unos macarras de Villaverde, de cuando en Villaverde había macarras. Los Partido de Resina no defraudaron en lo principal, que es la presencia y el trapío, con un toro, Pañero, número 30, de cuerna veleta y descarada y con otro, Tijero, número 16, de capa negra, menos habitual en la casa que los característicos cárdenos. Los dos cárdenos, el Pañero y el Media Palo, número 19, fueron despedidos con palmas en el arrastre; al negro le acompañaron los sonidos del silencio. Los Vega se hicieron querer bastante menos. Sus salidas recelosas del chiquero y su desconfianza hacia los individuos que desde la atalaya de un penco guateado les esperaban para atizarles de lo lindo en los lomos con una acerada puya, no operaban a favor de obra. El primero de ellos, Pintor, número 905, se lastimó en el saludo de capa de Damián Castaño y fue sustituido por otro de la misma ganadería, Gallito, número 891, que entró sin convicción alguna al cite de Teo Caballero y al sentir el hierro en la espalda pegó un fuerte arreón y, como un Hércules, tardó menos de lo que se tarda en contarlo en echar al suelo al penco, a las faldillas, los manguitos, la hemeroteca del interior de las orejas y al propio Teo y su mal llamada «vara de detener». Ésa fue la tónica de los Vega, pero sin derribos: recelo máximo a entrar al cite del jockey y luego arreón. El tal Gallito puede decirse que se hizo el amo del ruedo durante el segundo tercio, poniendo en evidencia la falta de recursos o de valor, en cualquier caso de la mínima torería, de los peones encargados de clavarle los rehiletes, que dejaron el ruedo regado de dichos instrumentos como sembrados a voleo. Pero ahí estaba Damián Castaño, la firme convicción de Damián Castaño, que tras el esperpento protagonizado por sus peones no duda en ir decididamente al toro y hacerse con él desde el primero de sus muletazos, desengañando al animal y poniéndole al servicio de su muleta. Castaño, a despecho de las malhadadas condiciones del toro, es capaz de componer una valerosa faena en la que va prácticamente robando los pases al incierto animal: de pronto brilla un soberbio derechazo, largo y profundo y luego el salmantino se viene arriba en el toreo al natural donde consigue un ramillete de pases obtenidos a despecho de las intenciones del toro, a base de buena colocación y firmeza en la ejecución de los mismos. Su segundo fue Pañero, que protagonizó junto a Javier Martín lo único de la tarde a lo que se puede llamar «tercio de varas», acudiendo presto y alegra al cite del picador que colocó las tres varas arriba dosificando el castigo, acción por la que recibió sinceros aplausos del público, harto de ver la carnicería repugnante que cada día se perpetra desde lo alto de un jamelgo. Damián volvió a ofrecer su sinceridad frente al toro, optando por elegir la mano zurda para la parte más mollar de la faena, pues ya desde el recibo de capote se apercibió de que por ese pitón el toro entraba mucho mejor, como atestiguan las tres excelentes verónicas que le dejó por ese lado. Fue construyendo la faena a base de buena colocación, sin acabar de conseguir la ligazón entre los muletazos, quedando un poco por debajo de las condiciones del toro. No podemos decir que se le fue el toro, pero no es descabellado afirmar que Damián se encuentra más en su salsa en la pelea. En cualquier caso, gran tarde en Madrid la del bravo torero, que cuenta con el respeto de la plaza, ganado a pulso.


La cruz respecto a lo de las varas nos la dio Rubén Sánchez, cuya negligente actuación propició que se le sacase el pañuelo verde al segundo de los de Vega Teixeira, Esperado, número 917, toro violento y ofensivo que se volvió a la mazmorra acompañado por los bueyes, para que nos sacasen a un auténtico zambombo de 673 kilos que atendía por Zurdo, número 20, de Paloma Sánchez Rico, que también pasó a ser acompañado por los bueyes hacia el País de Nunca Jamás, posibilitando la irrupción en el ruedo de una auténtica birria anovillada, fea y destartalada de la ganadería de San Martín cuyo nombre era Jareño y su número el 24. Con estos tres y con el que hizo primero, el negro de Partido de Resina, se las vio el mejicano Fermín Rivera, que se vino a Las Ventas a confirmar la alternativa que le dio en 2005 Eulalio el Zotoluco.  Bueno, pues ya ha confirmado el hombre y ya puede decir en San Luis Potosí que toreó en Madrid, donde cosechó dos silencios.


El tercero en discordia era Gómez del Pilar, del cual recordamos su actuación en el pasado San Isidro frente a la de José Escolar. Sorteó por delante a Media Palo de Partido de Resina, precioso ejemplar, con el que estuvo voluntarioso, como se decía antiguamente, llegando a soliviantar un poco a los más impacientes de los que sentaban en el tendido. Trató de desgranar su faena pase a pase y, aunque hubo alguno estimable, el conjunto quedó muy justito.  Con su segundo, Pastor, número 918, de Vega Teixeira, se alargó en demasía cuando todo el mundo, tras tres horas menos cinco minutos de festejo, lo que quería era irse a casa o a tomar una caña. Se embarró en lo de la muerte, como le pasó con el de Escolar en junio, y le tocaron dos avisos. 


Antes de que las mulas hubiesen enganchado al toro, las gentes huían de la plaza hacia otros puertos.



ANDREW MOORE























FIN
































 

lunes, 14 de septiembre de 2026

Primer desafío ganadero de septiembre: Valdellán vs. Fraile. Primer desafío de toros que no quieren ver las figuras. Campos & Moore



PEPE CAMPOS



Plaza de toros de Las Ventas, Madrid.


Domingo, 13 de septiembre de 2026. Primer desafío ganadero del mes de septiembre. Encierro de toros de Valdellán (procedencia, encastes Santa Coloma y Graciliano y Alipio Pérez-Tabernero) y de Juan Luis Fraile (encaste Santa Coloma y Graciliano Pérez-Tabernero). Se coló un toro de El Montecillo (procedencia Juan Pedro Domecq) corrido como tercero al ser devuelto uno de los toros de Valdellán. Bien presentados. Dieron juego, ofreciendo una variada y emotiva corrida. Los toros de Valdellán, el primero, manso y encastado; el quinto, bravo. Los toros de Juan Luis Fraile, el segundo, manso y fiero; el cuarto, manso y manejable; el sexto, manso, noble y con transmisión. El toro de El Montecillo, manso, perita en dulce. Público, rozando el tercio del aforo. Tarde de verano septembrina.


Terna: Pérez Mota, de El Bosque (Cádiz); de azul marino y oro; diecinueve años de alternativa; un festejo en 2025, y ninguno en 2026; saludos y saludos. Alberto Lamelas, de Cortijos Nuevos (Jaén); de burdeos y azabache; diecisiete años de alternativa; un festejo en 2025 y tres en 2026; ovación tras un aviso y vuelta al ruedo. Juan Carlos Venegas, de Beas de Segura (Jaén), de grosella y oro, con cabos blancos; dieciséis años de alternativa; ningún festejo en 2025 y dos en 2026; silencio tras un aviso y silencio tras dos avisos.


Entre los tres matadores sumaban siete festejos en total a lo largo de las temporadas 2025 y 2026.


Suerte de varas: fueron puestos al caballo de manera muy desigual. Se les picó muy mal, no destacando ningún puyazo. Mucho metisaca y barrenado. Puyas caídas. Tarde aciaga de los varilargueros, que cumplirían órdenes. Como ejemplo del tono seguido en la tarde, describimos la suerte de varas del quinto toro de Valdellán que hizo pelea de bravo. La primera vara la tomó al relance, con el hierro trasero y caído, el toro empujó y salió al capote. En la segunda, sí fue puesto en suerte, se arrancó, volviéndole a caer el hierro trasero y caído, dándole metisaca del bueno el picador Luciano Briceño, que tapó la salida al toro mientras se encelaba, el ejemplar cinqueño de Valdellán, «Hechicero», salió al capote.


Buenos pares de banderillas de Iván García que saludó. Lidió bien con el capote al sexto, Raúl Ruiz.



En los tiempos que nos está tocando vivir es costumbre ver de manera ineludible, en las corridas de toros, el mundo al revés (no dudamos que en tiempos anteriores la vida también se mostrara dura), así en una tarea heroica como la de matador de toros observamos que lo sencillo (lo chupado) le toca lidiarlo a los toreros que más experiencia tienen y se encuentran con la puesta a punto, no digamos si ese matador es máxima figura; mientras que lo duro (donde hay que tragar y ser verdaderamente héroe) le corresponde lidiarlo (sin que existan excepciones) a los toreros que cosechan escasos contratos en su devenir taurino y que cuando torean les toca bailar siempre con lo más feo. Se nos dirá que así es la vida y que siempre lo será de este modo. No hay vuelta de hoja. Lo curioso es que este fenómeno sucede en una labor que se tiene como excepcional, como extraordinaria, como referente social de lo que debe ser el valor humano a la hora de enfrentarse a los pormenores de la vida. Pues bien, encontramos que una faceta tan trascendente de la cultura humana, como es la de lidiar toros bravos para dominarlos con técnica y arte, no tiene nada de anómala, ni de ejemplarizante, ya que según estamos acostumbrados a ver en otros desempeños a los que se dedica el hombre, las situaciones difíciles y de mérito les toca pecharlas a aquellos que tienen menos bagaje, en tanto, las tesituras fáciles son acaparadas (reservadas) por quienes más vuelo poseen en la profesión, más fama y más poder. El mundo al revés. Pues si el mérito o alabanza reside en enfrentarse a lo complicado como demostración de sabiduría y valor una vez resuelto el escollo —más en una dimensión ética que se dice posee el toreo— nos encontramos con la sorpresa (no tanta, la picaresca existe) tarde tras tarde, festejo tras festejo, que lo duro le corresponde solucionarlo al pobre o desfavorecido y lo mollar al rico y «mandón». La tauromaquia es un territorio de obediencia y de jerarquía.


Ayer se lidió en Las Ventas una corrida a modo para que las denominadas figuras (esas que salen a hombros todas las tardes, en esas plazas de Dios, toreando chotas con algo más que la intervención de las bolitas en los pitones) tomaran auténtica fama. Todos los toros embistieron y de qué manera. Pues resulta que esos toros de ganaderías desdeñadas por las figuras del toreo, por poseer un comportamiento complicado a partir de su bravura, fueron lidiados por tres toreros que sumaban casi ningún festejo en las últimas temporadas. Vimos a estos tres matadores de toros realizar un esfuerzo al borde de sus capacidades y preparación, un sacrificio que no les pudo aportar gloria porque su rodaje en la profesión taurina era insuficiente; aunque pelearon denodadamente por estar a la altura ante toros que vendieron cara su vida y con los que había que estar muy firme y mostrarse en sazón de competencia. Honor para estos tres matadores de toros que se las vieron ante una corrida de toros de verdad. Un tipo de corrida que no ven esas figuras del toreo que están asociadas al monoencaste Domecq, sin atreverse a enfrentarse a otras procedencias. Ejemplo de ello es que lo que no es hoy Domecq, hay que denominarlo «minoritario» porque va siendo relegado hacia su desaparición. En el fondo se encuentra el modo de eludir la dificultad, de sustraerse al esfuerzo, fiel reflejo de los tiempos Logse que invaden lo social. ¿Por qué las figuras del toreo no se miden a toros como los de ayer? puede que el asunto esté en esas embestidas que no dejan colocarse a gusto al matador, a esas cabezas con pitones afilados, a ese empuje del toro bravo (aunque luego sea manso en el caballo) que no deja pensar. Etcétera. Por otra parte, ayer, como lección didáctica, se lidió un toro de la otra corriente, de la tendencia usual de lo comercial, nos referimos al ejemplar de la ganadería El Montecillo, lidiado como sobrero, que comparado con sus hermanos de festejo vino a ser como el tonto de turno, que se dejaba hacer y que pudo aportar un triunfo sonado a esa figura del toreo que no se hace presente nunca en Las Ventas ante toros de encastes bravos y embestidores.


El primer toro lidiado ayer correspondió a la ganadería de Valdellán, de buena cuerna, largo y proporcionado, cuatreño, mal picado por Pedro Iturralde, que aunque le cogió bien en el primer puyazo, lo barrenó. Aquí puede que apareciera ese terror que tienen los piqueros hacia los toros de los encastes «libres». Este y el siguiente puyazo trasero lo acusó el astado, que aún así llegó a la muleta con embestida potente, que de haberse conducido convenientemente hubiera aportado tandas de muletazos emocionantes. Pérez Mota hizo un esfuerzo, si bien por las afueras, con el mérito que el toro era de verdad y no de juguete. Puso por su parte todo el saber, mientras el toro le fue ganando la pelea. La faena fue planteada en terrenos del nueve. Lo mató de pinchazo caído en la suerte contraria y de estocada tendida en la suerte natural.


El segundo toro correspondió a la ganadería de Juan Luis Fraile, cuatreño, ofensivo de cuerna, cornivuelto, largo, fiero de comportamiento. Hacía tiempo que no se veía un toro de esas características, que fue manso y encastado. Muy mal picado, la primera vara, al relance, caída y pegándole, la segunda, al huir el astado, fue resuelta en el los terrenos del cuatro. Puede que le faltara una tercera vara y haberse proporcionado el castigo. El toro necesitaba sometimiento pues protestaba en las embestidas y se revolvía en un palmo de terreno. Alberto Lamelas le planteó gallarda pelea en terrenos del nueve y del diez mostrando valor seco. Las tandas por la derecha salieron con emoción y con el intento de Lamelas de embarcar al animal; la tercera tanda, meritoria, aguantando y conduciendo, y salvando el viaje de vuelta del ejemplar de Fraile. Con la izquierda el mismo tono. El torero se crece. Dos naturales realmente buenos. Vuelve a la derecha con pases largos y logrados. La última tanda, baja. Lo mata mal de un pinchazo bajo en la suerte contraria y pinchazo bajo perdiendo la muleta y con el toro persiguiéndole hacia terrenos de sol, donde lo finiquita tras cuatro descabellos.


El tercer toro de Valdellán de buena cuerna, ofensivo, cinqueño, fue devuelto, con cierta precipitación pues salió al capote crecido del segundo puyazo, si bien antes había perdido las manos. El sobrero de El Montecillo, cuatreño, salpicado, abierto de cuerna, alto, sin cuello, acarnerado. En el caballo mostró poca fijeza y escarbó mucho durante la lidia. A la muleta llegó de dulce, manejable y con embestida que ofrecía triunfo. Obediente y con deslizamiento por abajo. José Carlos Venegas le toreó en terrenos entre el ocho y el nueve. A las tandas por la derecha les faltó algo de resolución, de creérselo según iba pasando a «Carpetón». Al natural, Venegas, se colocó mejor y toreó con mayor reposo, algunos de los naturales largos y templados, bien rematados. Al alargar la faena fue decayendo el trasteo y ahogó al toro. Faena a menos, sin rematar. Lo mató en la suerte natural de tres pinchazos, dos de ellos bajos, y una estacada trasera.


El cuarto toro de Juan Luis Fraile, armado, bajo, largo, de 590 kilogramos bien proporcionados, casi cinqueño. Varas caídas. Desastre a la hora de banderillearlo con ocho entradas. El de Fraile tuvo embestidas nobles y manejables. Pérez Mota volvió al esfuerzo, en los terrenos del nueve, aunque en algún pasaje del trasteo (desigual, por las afueras) pareció faltarle confianza o fuelle. El toro iba y al torero le falto claridad pues los pases salían sin rematar y con enganchones. Lo mató en terrenos del ocho de pinchazo caído en la suerte contraria y de estocada en la suerte natural de la que salió prendido y zarandeado.


El quinto toro fue de Valdellán, cinqueño, proporcionado, de fuertes pitones. Bravo. Fue recibido a porta gayola por Lamelas que vio cómo el animal le pasaba a todo tren. Le dio verónicas corajudas de valía. Muy mal picado por Briceño. Lamelas se desdibujó a medida que avanzaba la faena en desigual trasteo, sin llegar a cogerle el punto, es decir, la distancia y el modo de conducir al astado. El toro desbordaba. El toreo no le bajaba la mano. Desfondado. Lo mató con prontitud de estocada desprendida.


El sexto toro, de Fraile, cinqueño, bajo, largo, buena cuerna, acucharado. Venegas lo lidia. Majado lo pica mal, caída la vara y metisaca. En la faena de muleta el toro iba largo y con emoción. Venegas acierta en la distancia. Le faltó convencimiento. Muletazos largos, templados, algo tumbado. La duda fue afianzándose en la tarea. Algún buen muletazo. Lo mató de pinchazos en la suerte contraria y en la natural hasta que el toro se echó. 




ANDREW MOORE





















FIN

lunes, 7 de septiembre de 2026

Última novillada del verano madrileño. Mix taurómaco de Plaza 1. Pepe Campos




Pepe Campos


Plaza de toros de Las Ventas, Madrid.


Domingo, 6 de septiembre de 2026. Sexta novillada y última del verano madrileño. Ya en horario normal. Encierro de novillos de seis ganaderías (que fueron ocho). Novillos desigualmente presentados: algunos pobres de pitones. Nobles. Primero, de la ganadería de Guadajira (de sangre Domecq, vía Marqués de Domecq), acucharado y abierto de cuerna, noble y manso, flojo, manejable, dulce para el toreo de hoy. Segundo, de La Machamona (procedencia Santa Coloma, línea Buendía), cornicorto, terciado y largo, peleó en el caballo, manejable. Tercero, de Chamaco (origen Domecq, de Jandilla), pobre de pintones, manso y tardo. Cuarto, de José González (sangre Domecq), buena cuerna, fuerte y serio, áspero y recio. Quinto, sobrero de Couto de Fornilhos (procedencia Conde de la Corte y Atanasio), manso, alto, enmorrillado, sin cuello, pobre de pitones, abrochado y escobillado. Sexto, de José Cruz (origen Domecq, vía Daniel Ruiz), bien armado, sacó casta. Algo más de un cuarto de entrada. Tarde de verano avanzado entrada en calor.


Terna: Adrián Centenera, de Madrid; de catafalco y oro; veintiséis años; dos festejos en 2025; saludos tras un aviso y silencio tras un aviso. Tomás González de Alcorisa (Teruel), de purísima y blanco; veinte años; veintiún festejos en 2025 y nueve en 2026; silencio tras dos avisos y silencio. Andrés García, de Querétaro (México), de azul pavo y oro; con cabos blancos; veintitrés años; once festejos en esta temporada de 2026; saludos y saludos. Buenos terceros pares de Jesús García en el segundo y de Ángel Luis Carmona en el sexto.


Suerte de varas. Se puso a los novillos en suerte sin demasiado esmero. Por dar un juego más enrazado en la muleta elegimos la suerte de varas del cuarto novillo de la ganadería de José González, de nombre Alabastro. Fue a las dos varas, en la segunda mejor colocado para entrar en la suerte. Picado por el veterano Luciano Briceño que no estuvo muy acertado. La primera vara fue muy larga. Una puya bien cogida aunque de colocación trasera, tras lo cual le pegó al novillo, mientras sonaba el estribo y se acostaba, el animal al cabo salió suelto. En la segunda, también se fue atrás el hierro, rectificó mientras tanto, y el novillo al sentir el hierro de nuevo y trasero salió de naja.


Se supone que para animar a los aficionados a irse (y viajar y comer por los caminos) y a participar en el simulacro de fiesta que se celebraba en la plaza de toros de Aranjuez (con los tres tenores modernos que interpretarían la conocida partitura Cuvillil), la empresa de Las Ventas, Plaza 1, anunció en Madrid una especie de Mix taurómaco, mediante un tipo de planteamiento comercial combinado, que podríamos definir, con mayor precisión, como cóctel taurino barato. Debemos comentar, además, que los tres novilleros anunciados ayer en Madrid hacían su presentación en el coso, si bien ellos no tenían la culpa de nada en torno a esa mixtura o enjuague o popurrí que preparó la empresa en torno a las ganaderías seleccionadas para el festejo; al contrario, los matadores de novillos de ayer cumplían con una meta, o fuga o comienzo de trayectoria, dependiendo de la preparación y de las ilusiones que atesoraran. Vivimos tiempos de desorientación, y como el mundo de la tauromaquia es un vivo reflejo de la realidad social, entonces, lo que revela a finales de esta temporada es la situación de baraúnda y de confusión que atraviesa extraviando a empresas, ganaderos, toreros y aficionados (no aludimos a los críticos porque estos ya no existen; sí, podríamos sustituir el término por publicistas en la acepción referida, exclusivamente, para publicidad; pero a los publicitarios no les confunde esta deriva del mundo taurino sino que les sumerge en su salsa, en el unto de lo mercantil). De tal manera que ayer Las Ventas experimentó una amalgama de experiencias ganaderas (llegaron a salir por chiqueros novillos de ocho ganaderías diferentes), sin ningún criterio previo de por qué esto sucedió o tenía que suceder; novillos que iban a ser lidiados por tres novilleros noveles, ante una afición que se veía reducida en su representación (no lo iba a ser en su exigencia); porque muchos otros aficionados venteños habían (habrían) sido seducidos por el florilegio de los cantos de sirena artísticos que iban a interpretarse en Aranjuez (a huevo para que se hubiera interpretado allí el concierto del maestro Rodrigo) ante esa partitura digitalizada de los Núñez del Cuvillo, una granja de partituras que granjea éxitos (valga la redundancia) para los caros matadores. Los mandones, vamos.


No vamos a criticar que cada uno pueda acudir al festejo que quiera, eso no se debe criticar, pero sí debemos hacer ver que el desviamiento actual lleva a que Madrid sea menos faro de la tauromaquia que nunca, propiciado también por los aficionados, en un momento en el que sabemos se puja para que Las Ventas deje de ser atalaya de la tauromaquia, un interés anhelado por los taurinos o por su sistema (hoy con gran representación entre toreros, ganaderos, y empresarios, no digamos entre los publicitarios o plumillas), y que poco a poco, en la parte nervuda pudiera socavar el poderío de Madrid. Esta es la propuesta. No sabemos del resultado porque Madrid es mucho Madrid, y, todavía está ahí a pesar de todo lo que intuimos y observamos que sucede. Pues, mientras en Aranjuez se perpetraba, presumiblemente, un suceso previsible con toros sin fondo (ni formas) y con faenas adocenadas de arte; en Madrid, aquello que fue sucediendo, a pesar de ese Mix taurómaco o marketing módico ideado por Plaza 1, para beneficiar a Aranjuez (vasos comunicantes), tuvo su aquél de verdad y de acontecimiento verdadero, ya que se lidió algún toro que dio juego y vimos torear con autenticidad primigenia (porque el toreo lo interpretó Andrés García en círculo hacia atrás, aunque faltara en algún pasaje ajuste). Este novillero mexicano (manito lo fue llamando El Rosco a lo largo de sus trasteos) dio la sorpresa con un toreo, digamos canónico, por su concepto puro y curvo en el remate, y en el trazo, hacia adentro; si bien con el pero de ese mal moderno de torear poco cruzado (una ventaja, dicen los taurinos, que disfrutarían ayer a chorros en Aranjuez). Los que estuvimos en Las Ventas también tuvimos que lidiar con el toreo por las afueras, aunque Andrés García en el sexto se ajustó más y en algún pasaje toreó como mandan los cánones, es decir, cruzado.


La variedad del toreo de capa mexicano apareció en los lances de saludo de Andrés García (por delantales) a su primer enemigo, después intentó un quite por chicuelinas. Con la muleta en su primer novillo (algo justo de fuerzas), lo toreó en esa faceta de dejar hueco entre el astado y el torero mientras es pasado con la tela. Al novillo de Chamaco, por esa falta de brío, y por su mansedumbre, le costaba repetir. La faena planteada en los medios ayudó menos a que embistiera con prontitud el novillo. Fue iniciada por alto desde el centro del anillo y cerrada por muletazos por bajo según llevó al animal al tercio para ejecutar la suerte de matar. Ahí, el ejemplar de la ganadería de Chamaco respondió y García logró lo mejor de su trasteo, que, anteriormente, en el centro del ruedo no alcanzó, sino probaturas, renuencias del animal y lejanías por parte del novillero. Lo mató de un pinchazo bajo en la suerte contraria y de media baja en la suerte natural. En el sexto, ante un astado de José Cruz, que sacó casta en el último tercio, en terrenos del tendido uno, logró derechazos de valía (más verdad y mérito) por ponerse en el sitio y pisarle los terrenos (algún enganche), mientras la faena subió al natural en su resultado artístico, con naturales curvos y cierre a pies juntos. Por lo tanto, vimos toreo ante un novillo (toro) que no saldría en Aranjuez ni por asomo (nos tememos, pues así son las cosas). Andrés García mató en la suerte contraria de un pinchazo hondo caído y ocho descabellos que le impidieron cortar una oreja.


Adrián Centenera, se le vio con poco bagaje y ya con los años de la edad encima. Le tocó en suerte un primer novillo (que recordaba a aquellos ejemplares del Marqués de Domecq de los años ochenta) que podría ser considerado como perita en dulce. Lo toreó con temple pero sin confianza, muy despegado. Estimables algunos pasajes de toreo por bajo, en los terrenos del diez y del nueve. Lo más valioso, un trincherazo. El novillo se lo pedía. Lo mató en tablas del diez en la suerte contraria de estocada caída y atravesada. En el cuarto de la tarde, ante un novillo más fuerte, de José González, el más interesante del encierro, Adrián Centenera estuvo sin poder dominar al astado que pedía mando y solvencia. De haberle hecho bien las cosas el animal hubiera respondido y le habría aportado mérito a su labor. Todo su toreo salió enganchado, en terrenos del uno. La brusquedad y renuencia del bóvido se impusieron sobre el poco placeado novillero. Lo mató tras dos pinchazos y una estocada atravesada en la suerte contraria.


Tomás González, se presentaba en Madrid con suficientes novilladas en su deambular taurino, pero no lo supo traducir en imagen de capacidad ante sus dos novillos, ni ante el respetable. Con el novillo más difícil (por su origen Santa Coloma), el segundo, no supo acoplarse a esas embestidas nobles pero distraídas de los santacolomeños. La faena fue limpia, sin cruzarse. Pasaba el novillo y no había dominio. Hubo pulcritud. Como la faena no tenía eco, González alargó el trasteo, lo que le llevó a que le dieran dos avisos, y si no fuera por el acierto en el tercer descabello, a algo peor. Ante el quinto de la tarde (segundo sobrero), un ejemplar ensabanado, corto de cuello, de Couto de Fornilhos, falto de casta, González entró en un trasteo desvaído, sin meterse en profundidades, con punteos y rebrincos. Lo mató en la suerte contraria de un pinchazo atravesado soltando, y de una estocada corta atravesada, más cuatro descabellos.



Rainiero & Grace Kelly 

viernes, 28 de agosto de 2026

Quinta y última del verano madrileño. Christian Parejo nos hizo rejuvenecer medio siglo. Pepe Campos



Pepe Campos



Plaza de toros de Las Ventas, Madrid.


Jueves, 27 de agosto de 2026. Quinta corrida de toros (y última) del verano madrileño. Encierro de toros de Pedraza de Yeltes (encaste Juan Pedro Domecq —línea Aldeanueva—). Bien presentados, aunque desiguales en hechuras. Toros grandes, altos y largos, con buena encornadura. Primero, cinqueño, abierto de cuerna, con buenas perchas. Segundo, ofensivo y astifino, bien hecho. Tercero más terciado, bajaba en presentación. Cuarto, inválido, muy protestado. Quinto, enorme, alto, largo y hondo. Sexto, cinqueño, alto y largo. Nobles y mansos. Haciéndoles el trasteo por derecho desarrollaron embestidas templadas. Más de un cuarto de entrada. Noche de verano fresca.


Terna: Francisco José Espada, de Fuenlabrada (Madrid); de azul marino y oro; con cabos blancos; once años de alternativa; tres festejos en 2025, y uno en 2026; silencio tras un aviso y silencio tras aviso. Joaquín Galdós, de Lima (Perú); de perla y azabache; diez años de alternativa; siete festejos en 2025 y tres en 2026; silencio tras un aviso y silencio. Christian Parejo, de Chiclana de la Frontera (Cádiz), de rosa palo y oro, con cabos blancos; tres años de alternativa; cinco festejos en 2025 y ninguno en 2026; ovación tras aviso y oreja.


Suerte de varas: no se cuidó ponerlos en suerte para el caballo. En general se les picó con metisaca y se les tapó la salida. Más puyas caídas que traseras. Empujaron en el caballo, primero, quinto (en las dos varas) y sexto. Al segundo se le aplicó dos puyazos en la primera entrada. Con el quinto se utilizaron dos varas consecutivas en el primer encuentro (una de ellas se rompió). El picador Francisco Javier Fernández no tuvo reparo en hacerlo. Por el buen juego del sexto toro elegimos para ser descrita su pelea en varas practicada por José María González. Al tiempo de ponerlo en suerte para la primera puya, el toro se fue al caballo al relance, el hierro conducido por el picador se situó caído detrás de la cruz, se le dio metisaca, el toro empujó, sonó el estribo y salió al capote. Para la segunda vara fue mejor colocado, a tres o cuatro metros de la segunda raya, también en contraquerencia, el hierro fue situado del mismo modo, caído y tras la cruz, la reacción del toro fue salir de naja.

Buenos pares de banderillas de Iván García, Fernando Sánchez y Raúl Ruiz.


Todos los años cuando se acercan los festejos de verano en la plaza de Las Ventas se nos viene a la memoria (al recuerdo, ese bien que nos conduce en la vida) los festejos de cuando entonces, es decir, de cuando éramos jóvenes. En las tertulias taurinas de los bares madrileños, tras las novilladas y las corridas de toros, de manera permanente, en la época del ferragosto madrileño, se suele parlamentar de aquellos festejos de nuestra juventud, anteriores a la época de Chopera y en el mismo periodo de aquél empresario que levantó Madrid (Manuel Chopera) y lo puso en la cima de las temporadas taurinas. Antes, durante y después de la gestión de Chopera hubo carteles atractivos durante los meses estivales compuestos con toreros que buscaban el relanzamiento de su carrera y que toreaban, en esos envites, ganaderías de las llamadas duras (aquellas que las figuras no ven ahora ni en pintura). En las discusiones de esas veladas se hablaba, se habla, por parte de los aficionados más veteranos de aquellos toreros que triunfaban durante el verano y que reconducían su carrera, y que en ese momento nos regalaban con la mejor torería de su trabajado bagaje taurino.

 

Algo que era (lo que estamos contando) y es, cierto, aunque muchos otros aficionados (muy defensores del concepto «figura») solían o suelen desmentir; quiere decirse que negaban, y que niegan, que esos instantes de esplendor taurino fuesen reales. La memoria es muy caprichosa y egoísta, y manipulable; de hecho cuando llega el mes de julio siempre aparece la sorpresa de que «hace mucho calor», como si fuese la primera vez que sucede. El hombre es así, flaco de memoria. Si bien (podemos asegurar que) hubo un tiempo en aquellos veranos citados donde los toreros eran de raza, aunque modestos: puede ser, pero grandes toreros, con un planteamiento muy personal en su tauromaquia y con variedad en sus modos de exhibirlo. Sánchez Bejarano, Marismeño, Macareno, El Inclusero, Calatraveño, Raúl Sánchez o Sánchez Puerto, existieron. Y por qué no pensar en Joaquín Bernadó, Paco Ojeda o José Luis Palomar. Existieron y lo hicieron. Pero para demostrarlo tuvieron que ser contratados y poder medirse a las ganaderías duras de aquellos momentos. El Jaral, Luciano Cobaleda, Camaligera, El Pizarral, Cortijoliva, Prieto de la Cal o Jesús Trilla; y otras, que daban espectáculo genuino, verdadero y emocionante.


Muchos aficionados (y taurinos, es decir, los que viven de las figuras) niegan la memoria cuando les conviene porque siempre hay que defender al torero que manda (y si manda será por algo, ciertamente, y para lograrlo, es posible que mandaran antes o manden ahora cosas —antes en forma de sobres, ahora no sabemos, pues los tiempos cambian— a sus fieles publicistas, en forma de golosinas; puede que hoy en época de bonanza sólo sea el regalo de su voz o de sus promesas o de una evidencia mayestática pura. La verdad es que no sabemos cómo sucede este milagro de ver tirando del escalafón taurino a tanto matador de toros uniforme, insustancial, vacío, huero, sin alma, sin aportar sabor a su tauromaquia, sin preocuparse de la variedad, sin aplicarle nunca pasión torera; de no querer ser, de no querer demostrar, pero sí servir (ser útiles, consentir, condescender) al sistema vigente que sólo reserva sus prebendas para los (sus) elegidos (aquellos que valen para avenirse a la monotonía y no ambicionar). De este estado de las cosas mucha culpa la tiene el «aficionado» que se emociona con el «figureo», con el colorín y con lo cómodo. 


Otra parte de culpa la tiene el sistema (los empresarios, principalmente; también, los matadores de toros apáticos; los ganaderos de toros desrazados; y la crítica acomodaticia que se contenta con viajar y dormir en hoteles pagados, y preocupada de reñir al aficionado exigente, con un tipo de cronística al servicio del público orejero —léase en los medios generalistas o afines— y no con el fin de formar aficionados). No hay por qué extenderse en esto; es algo que se sabe pero no se quiere ni ver, ni reconocer. Mejor pasar a explicar lo que sucedió ayer noche. Ya que ocurrió que un torero, Christian Parejo, de pronto se sintió simplemente torero, y durante toda la función estuvo dispuesto a torear, a seguir las reglas más elementales de la tauromaquia (dar distancia a los toros, embarcarlos con verdad, cruzado, cargando la suerte y rematando los muletazos detrás de la cadera), sin olvidarse: de estar variado, en los lances, en los pases, en los adornos, y en los remates. De trasladar al público, su pasión y su torería. De darle alegría a la embestida de los toros, de buscarla y de encauzarla. Christian Parejo, ayer noche fue como un embajador del tiempo porque nos trasladó a aquella época añorada de toreros de verdad que querían serlo y demostrarlo. La consecuencia de todo ello es que nos regaló el elixir de la juventud y nos quitó a los aficionados veteranos medio siglo de encima. Salimos de la plaza de Las Ventas rejuvenecidos.


Christian Parejo, a su primer toro, el tercero de la noche, lo saludó —un toro ligero y templado al que había que entender— con lances al delantal y una buena media. No vimos en ello el preludio de nada. La cosa se fue construyendo poco a poco. Con la muleta en la mano sacó al toro, desde tablas al tercio de los tendidos ocho y nueve, con pases por alto con apostura. El toro necesitaba la muleta adelantada y mando. Parejo le dio distancia (lo mejor de su fresca actuación) y a media altura le sacó tres buenos redondos rematados con el de pecho. En la segunda tanda en redondo, hacia el final los muletazos le salieron más conseguidos. Al cambiarse la muleta de mano para torear sobre el buen pitón izquierdo del toro, mantuvo la apuesta de la distancia, pero le faltó mando. En los siguientes naturales consiguió muletazos de buen trazo y con aroma de toreo de verdad, más el de pecho como cierre. Ya ahí vino el repertorio de ayudados, molinetes, pases de la firma que cerraron esa parcela del trasteo. Remató luego la faena transmitiendo alegría, toreo bueno por bajo y buenos remates. De su labor es difícil ir describiendo los pases porque aplicó, no solo variedad, sino ingenio, atrevimiento y chispa. Mató en la suerte contraria de una estocada caída de sopapo y el toro huyó a tablas del tendido cinco, donde Parejo tuvo que emplearse en cinco descabellos. 


En el sexto de la noche (un toro de Pedraza de Yeltes, con temple, no fácil) es cuando el torero de Chiclana (nos pareció verle con mucho sabor de ese sur español) elevó el listón. Con el capote dejó una buena media. Y con la muleta inició su trabajo por alto, con cadencia y con tono pinturero; algo despegado, si bien con donosura. En el toreo con la derecha (en la segunda raya del tendido nueve) se fue creciendo en pases por abajo y de enjundia (aguantó con valor y quietud una tarascada del toro y fue la clave de su imposición sobre el mismo). Un cambio de mano y un pase de pecho fueron mayúsculos. Al natural, la muleta por delante, dos de ellos canónicos y buenos. Por abajo y el de pecho. En el tendido ocho, entre rayas, planteó un final con naturales de frente excelentes, todo con sabor y determinación. Con la pierna de salida donde debe estar, por delante, hacia adelante, al trazar el pase. Mató mal en la suerte contraria, de media caída y estocada contraria, tendida y perdiendo la muleta. La oreja ganada muy merecida.


Francisco José Espada, no pudo con su primer oponente de Pedraza de Yeltes, un toro que pedía ser conducido, al tener la tendencia de quedarse corto. Si se le llevaba con pulso mantenía la embestida, pero si no, la acortaba. La embestida del toro corta pero templada. El toreo de Espada (un apellido mal puesto) con empeño pero sin logro. La muleta retrasada. Le faltó gobierno sobre el toro, aunque no fuera fácil conseguirlo. Lució en los pases de pecho, algo que se suele ver mucho. Fue buscando el arrimón. Mató en la suerte contraria de pinchazo soltando y de media baja y atravesada, más dos descabellos. Ante el cuarto toro poco pudo hacer Espada pues fue un ejemplar inválido, muy protestado. La faena no pudo hacerla porque el animal perdía constantemente las manos. Mató en la suerte natural de dos pinchazos y en la contraria de estocada caída y desprendida, más tres descabellos.


Joaquín Galdós, no estuvo en son de poderle a un primer toro suyo (el segundo de la noche) ofensivo. La faena fue de más a menos. No pudo conseguir pases templados que el toro tenía escondidos si el matador exponía. El astado poseía un buen pitón derecho, pero imponía. Mató en la suerte natural de estocada desprendida, algo caída. Ante el quinto de Pedraza inició su labor por bajo, y con la muleta retrasada no consiguió sacarle partido. El toro era un gigante (estilo Polifemo) y Galdós no pudo emular a Odiseo. Medios pases. Mató en la suerte contraria tras dos pinchazos y media baja atravesada, más dos descabellos. 


miércoles, 26 de agosto de 2026