JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ
Dios aprieta pero no ahoga. Aunque en ciertos momentos de desesperación, acuciados a veces por la profunda angustia que nos produce tener ante nuestros ojos el descaste, la bobaliconería, el déjà vu de tantos toros ovejunos plenos de «toreabilidad», llevados por la evidencia de que nuestros días en la piedra de Las Ventas van corriendo unos tras otros a veces sin esperanza, mientras clamamos por que la justicia divina nos envíe una prueba, aferrados a la esperanza de poder contemplar el toro íntegro y pujante, el toro imprevisible, de pronto un día se obra el milagro y se presenta ante nuestros ojos una corrida de toros en el más estricto sentido de la palabra que nos da vigor para seguir aguantando otra paletada más de aquellos animales tan bondadosos que siguen el trapo con fluidez y permiten a las figuras ligar pases, hacer series largas o larguísimas y mostrar su técnica sin crear dificultades, de esos seres que colaboran y se dejan torear: de los odiados toros-artista.
Hace unos días fue Partido de Resina, luego Saltillo, después Pedraza de Yeltes o Adolfo Martín, cada una de esas ganaderías con sus particulares señas y matices, y hoy, siguiendo esa línea clara de animales con los que no se puede dar nada por supuesto, hemos tenido ante nuestros ojos una señora corrida de don José Escolar: toros que te obligan a mirar constantemente sus evoluciones y sus cambios de humor o de parecer, sus nada inocentes distracciones, su imprevisibilidad, su personalidad y su carácter seco.
Y si hay una característica a resaltar de manera neta en la tarde de hoy, ésa es la de la seriedad de los seis cárdenos en diversos grados que se vinieron a Madrid desde Lanzahíta con el firme propósito de que nadie se riese de ellos en su cara mientras pudieran sostenerse en pie. Por eso es que hoy, nuevamente, desaparecieron de Las Ventas todos esos pases y lances terminados en «-ina» que florecen como un lirio de lluvia tras un chubasco, porque hoy la cosa no estaba como para burlarse de ninguno de estos seis escolares que venían con la lección muy bien aprendida de casa.
Para la lidia y muerte de los toros y, de paso, para pasar un mal rato, los de Plaza1 contrataron a Pepe Moral, de canela y oro; Damián Castaño, de catafalco y oro, y a Gómez del Pilar, de azul y oro. Habríamos pagado una fortuna por ver a los tres tenores de Aranjuez del día 31 frente a esta corrida, para que explicasen detenidamente qué es eso del arte y de parar los relojes.
El primero de la tarde se llamaba Capitán, número 32, y eso nos llevó inmediatamente a tener un recuerdo para el inolvidable Capitán, número 43, de Hernández Pla, que habita por toda la eternidad en el cielo de los toros bravos. Este Capitán de hoy traía encima todas las señas de su origen santacolomeño. Acometió al capote felinamente, mirándolo todo. Su pelea en varas, dejándose pegar y cabeceando, distó mucho de la de su tocayo de hace 47 años, si bien es verdad que las lanzas se fueron a una parte un poco trasera de su anatomía. Cumplieron los banderilleros dejando los tres pares en buen sitio, Juan Sierra fue acosado por Capitán a la salida de los pares con no muy buenas intenciones y Pepe Moral se dispuso a pasar de muleta al toro cuyo pitón más negociable era el derecho, en él basó su actuación, aunque también consiguió algún natural aislado. Una estocada entera le sirvió a Moral para darle la licencia absoluta al Capitán, que fue despedido con palmas.
Chulito I, número 23, fue recibido con palmas de aprobación. En la cosa equina lo de reseñar es que recibió poco castigo y trasero. En los palos Rubén Sánchez y «Toñete» clavaron nones y luego Rubén, pares. Tras un conato por la izquierda, que el toro desbarata, Damián Castaño se dedica a ir labrando al toro por la derecha recibiendo un par de sustos de esos que te dejan desconcertado. La embestida del toro tiene emoción por lo incierta, planteándole Damián la pelea a cara de perro, a despecho de las condiciones del toro. Tras pasarle por las dos manos le deja dos pinchazos y una estocada y, finalmente, hace uso del verduguillo.
Cobrador, número 79, también fue saludado con aplausos por su lámina al aparecer en el ruedo. En la primera vara de Sangüesa no se emplea y el pica le castiga poco; en la segunda vara, más de largo, le cuesta atacar al caballo, pero cuando lo hace empuja fijamente y, de nuevo, recibe poco castigo. Una tercera vara hubiera estado bien, pero don Ignacio Sanjuán sacó el lienzo blanco y nos dejó sin verla. En banderillas Raúl Palancar y Antonio Vázquez primero pusieron nones y después Palancar puso pares. El toro es extremadamente complicado. Puede decirse que cambia en cada serie. No muestra un comportamiento uniforme, y eso complica extraordinariamente la labor de Gómez del Pilar, que se muestra firme y decidido frente a este toro tan desconcertante. Se atasca con el acero en sus tres entradas a matar y se enmaraña con el verduguillo en nueve intentos fallidos y un acierto. El toro recibió palmas al ser transportado por los benhures.
Con el número 27 perfectamente herrado en el costillar aparece Cabestrero, de menos presencia que los anteriores, pero con una descarada cabeza veleta. Su paso por las cercanías del equino no es como para escribir un romance, pues cabecea y cabecea y no se emplea, lo mismo en la primera vara que en la segunda. En banderillas, con la acertada brega de Juan Sierra, recibe pares de David Salvador y Óscar Reyes y, después un solitario palitroque de parte de David Salvador. Cuando llega el tercio de muerte Pepe Moral lo intenta con más ahínco por el pitón derecho que por el otro, recibiendo tarascadas, miradas y malos modos a cambio, por lo que sin gran dilación se va a por el estoque para cobrar un pinchazo y media estocada tirando la muleta en la suerte contraria y 6 descabellos, que no acaban con el toro, porque este se echa cuando le da la gana.
El segundo de Damián Castaño es Minutero, número 24, serio y bien hecho, que da signos de su personalidad desde el principio, en el saludo de capa de Castaño, que le lancea eficazmente. Toma tres varas de Javier Martín, la primera al relance en la que cabecea para quitarse el palo, la segunda, medio mal colocado en la que más bien se deja pegar y la tercera más de lejos en la que acude con alegría y se emplea algo más. El tercio de banderillas se resume en que, al acabar este, el toro lleva en la espalda cinco palos en cinco pasadas. Antes, al inicio, el toro había sorprendido a Rubén Sánchez haciéndole un extraño y lanzándole por los aires sin otras consecuencias que el susto. Con la montera calada se va Castaño al toro, decidido a aguantar sus fieras acometidas y a ir labrándole en la medida de lo posible. El resultado es un trasteo de gran emoción en el que Castaño va sacando los muletazos de uno en uno, aguantando la posición con firmeza a despecho de las petrificantes miradas del encastado toro. A medida que la faena avanza incluso llega a enhebrar los pases a base de decisión, de conocimiento y de valor, con la plaza vitoreándole. Mata mal, como tantas veces, y pierde pie cayendo al suelo para dar lugar a que «Toñete» le haga un quite milagroso, llevándose al toro que literalmente estaba ya encima de él. Pinchazo, estocada y descabello es la cuenta de su tauricidio como preámbulo a una clamorosa vuelta al ruedo y palmas en el arrastre para el toro.
Y para terminar este corridón de toros pusieron a Buenacara, número 45, otro buen mozo que embiste de manera taimada al capote de Gómez del Pilar y que tampoco pasará a los anales por su pelea en el caballo, pues en las dos entradas que hizo a las faldillas se empleó lo justo, recibiendo poco castigo de Pepe Aguado. En banderillas «Candelas» dejó dos en dos pasadas y Antonio Vázquez cumplió con su par. El toro es desconcertante, porque su comportamiento más humillador en la muleta dista una barbaridad del demostrado en los dos primeros tercios. Gómez del Pilar aprovecha la circunstancia y va desgranando una faena con cuajo en la que tira del toro, se coloca y busca el pitón contrario tanto por la derecha como por la izquierda y, tirando el espadín, le pega una serie de derechazos sin ayuda que llega mucho al tendido. Sobraba una última serie que se empeñó en dar y que enfrió un poco los ánimos. Ahí se echó de menos que llevase el estoque de verdad. O lo mismo no, porque no estuvo fino con la espada, cobrando una media lagartijera y luego dos descabellos. Ovación para el toro y lo mismo para el torero fue el resultado de la actuación de ambos, con lo que se ponía punto final a una emocionante tarde de toros que vinieron a Las Ventas dispuestos a no regalar nada.
ANDREW MOORE

























