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sábado, 31 de octubre de 2020

En la muerte de Sean Connery

 

From Russia with Love

Gamonal

 
El Gamonal de siempre
 

 
El Gamonal ilustrado
 
 
Francisco Javier Gómez Izquierdo


        He dormido mal esta noche. Me he levantado temprano y ante el café, en lo de Antonio, el televisor repite cada poco la causa de mi desvelo. Mi calle, la puerta de mi casa en Gamonal, el barrio-pueblo con el que crecí tomado por soldaditos que reivindican el botellón y el trujis, es el hazmerreir de los parroquianos del barrio de Fátima cordobés que creen que Gamonal es peor que “Las Palmeras” o “El Cerro” y tan grande como las “Tres mil” de Sevilla. Ésa es la idea de Gamonal que está calando fuera de Burgos. Una sociedad de brutos y forajidos refugiados en un extrarradio que se mosquea y se torna destrozona cuando se la incomoda por la menor tontería.
       
Será que uno anda más sensible por la peste que nos rodea y las prisiones que padece, pero me entristece mi barrio de siempre, su mala imagen, lo que le queda al profano que no conoce lo que rodea a la Antigua, esa iglesia que se empezó con idea de ser catedral antes que la que el año que viene cumpla 800 años. Me entristece y me duele que por culpa de una banda de idiotas adiestrados en pisotear los derechos y libertades del prójimo (todos los que no son ellos) hablar bien de Gamonal, la patria de uno,  pueda parecer sospechoso.
      
Me cuentan y la prensa lo recoge hoy que ayer varias personas salieron antes del toque de queda a protestar pacíficamente por las medidas del Gobierno juntero. Al acabar y proceder a la retirada aparecieron ellos, los que se creen esencia y milicia de un barrio que no por desamparado precisa de semejante soldadesca.

      La armaron y se gustaron. Estarán contando sus hazañas durante meses con la satisfacción de que nadie les perseguirá, orgullosos del poderío de su estupidez. Mientras, Gamonal se ahoga en una decadencia de paredes pintarrajeadas con firmas vándalas, persianas bajadas, tiendas echadas a perder y gentes de mil naciones que “toman” y juegan en los parques. Los pobladores de finales de los 60 y principios de los 70, nuestros padres, se han ido muriendo. Sus nietos son padres hoy y no se ven capaces de embridar a unos chicos entontecidos por una equivocada leyenda de irreductibilidad que alguien ha equiparado con la del Astérix galo.
    
Allá, qué lejos queda Gamonal en días como hoy, mi madre, una de las reconocidas veteranas del barrio, mirará con ojos aún capaces de enhebrar agujas a los 91 años los destrozos a la puerta de casa y seguro que se acuerda de muchas cosas malas mientras va del portal a la iglesia.

Retrato de un hombre de pie

 

Abc, 30 de Mayo de 2001


Ignacio Ruiz Quintano

Así tituló Madariaga su teoría de la vaca y el árbol, que es, por la tangente, una teología de la liberación, geométrica y primordial, dispensadora de inmortalidad. Cuestión no de moral, que quiere decir costumbre —la manera de ser del rebaño—, sino de actitud: la de la vaca y la del árbol, lo horizontal y lo vertical. Frente a la placidez de la vaca móvil, la vivacidad del árbol inmóvil. Madariaga asistía al nacimiento de una época en que las fuerzas horizontales ejercen sobre las verticales una  presión excepcional: «Por doquier lo horizontal, la cantidad, triunfa sobre lo vertical, la calidad.» Y el hombre de pie de Madariaga es una síntesis de árbol y vaca, el espíritu del árbol en el cuerpo de la vaca.

Tenemos que el árbol y la vaca, la vertical y la horizontal —la soledad y la multitud—, son las dos coordenadas de la vida del hombre. Pero el reino animal no logró su única especie vertical hasta que al hombre le dio por enarbolarse: su orientación delante-atrás pasó a ser una polarización abajo-arriba. Y, con el tiempo, «Alteza» fue un tratamiento de príncipes.

Para el animal horizontal, una dirección vale otra: sólo ve patas. Es al erguirse cuando se da cuenta de que la dirección de abajo arriba es única y privilegiada, con dos nuevas perspectivas: otra escala de valores y, con ella, él infinito. Porque la distancia horizontal carece de sentido humano, precisamente el único sentido que tiene la distancia vertical, que incita a un anhelo ascendente, condenado a perpetua insatisfacción: ambición, ansia de perfección, heroísmo, conocimiento, dominio, rebelión... Napoleón, desde lo alto, hizo la observación más fina: «Para volver de la tragedia a la comedia, no hay más que sentarse.»

En último término, ¿qué es lo que se mide con la admiración y lo que se imprime en la historia humana, sino la grandeza, la «altura», la talla del anhelo vertical? El gran arte es vertical: una fuerza que recoge todos los planos y los concentra en una emoción inteligente. Eso sí: si no hay emoción, no hay obra; si no hay transmisión, no hay arte. Arte, así, es la facultad de dominar cierto orden de «materia» para someterla al servicio del espíritu. La «materia» del torero, por ejemplo, es el peligro: sólo la muerte impone el retorno a lo horizontal.

Con arreglo al «principio de plenitud», todas las posibilidades han de ser llevadas a cabo, y el toreo, en  primer lugar, es una síntesis de arte y vida, puesto que lo que representa sucede: «El drama siempre renovado del árbol móvil y de la vaca fiera, en el que el árbol móvil mata a la vaca alzándose sobre ella de toda la altura de su inteligencia, de su voluntad y de su sensibilidad de artista.» Así es el toreo en el «Retrato de un hombre de pie». Total, que ser valiente no basta para ser torero, como tener pincel y colores no bastan para ser pintor: el valor estético surge del dolor —el dolor de renunciar a placeres más cómodos en favor de otros más difíciles—, y hay que ser capaz de trascender al conjunto hombre-toro.

A Madariaga, que concibió su teoría durante sus paseos dominicales por la campiña de Oxford, lo de llamar «John Bull», Juan Toro, al pueblo inglés no le parecía ninguna  fantasía. Los ingleses, nos dice, son vacas, vacas felices en posición horizontal y en el seno de la naturaleza. Vacas, por cierto, que nunca tendrán el gusanillo de los toros, con su caldo de sol y enjundia y ese runrún de lidia que hay en Madrid.

Al predominio inglés de la vaca opuso Madariaga el predominio español del árbol. El impulso horizontal transmite la tradición, pero el impulso vertical la renueva. Este impulso constante hacia la elevación era lo que los psicoanalistas llamaban «sublimación». ¡Ser sublimes sin interrupción! El secreto del «Retrato de un hombre de pie». Puede que ese hombre, hoy, sea José Tomás: «Una irrupción victoriosa de síntesis vertical en el campo de los analistas horizontales.» Secta de un solo miembro. Él impone el modelo y los límites de lo vertical. Pero ¿dónde están sus límites?

 


Salvador de Madariaga

Tenemos que el árbol y la vaca, la vertical y la horizontal —la soledad y la multitud—, son las dos coordenadas de la vida del hombre. Pero el reino animal no logró su única especie vertical hasta que al hombre le dio por enarbolarse: su orientación delante-atrás pasó a ser una polarización abajo-arriba. Y, con el tiempo, «Alteza» fue un tratamiento de príncipes

Los 80. El columnismo

 A @YanireGuillen

 

Sábado de gloria en ABC, o la lección del tiempo

 


DISCIPULUS EST PRIORIS POSTERIOR DIES*

Abc, 24 de septiembre de 1983
(Pg. 9)

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*El día que sigue es discípulo del que precede.-Publilius Syrus

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LA IMPORTANCIA (DEFINITIVA) DEL SEGUNDO ARTÍCULO

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LA CRÓNICA PARLAMENTARIA


Sábado, 31 de Octubre


HALLOWEEN

Así es como, hace poco más de veinte años, me enviaba Alaska sus encantadores artículos para la sección Gente y Aparte de los sábados en ABC. Con ella aprendió uno a tomarse en serio el espectáculo Halloween, que entonces, aquí, era sólo otra americanada a lo Spielberg. (¿Para cuándo esa película lagrimera de Spielberg sobre el fantástico Bernie Madoff?) Después vino Clint Eastwood con Un mundo perfecto y el niño que jugaba al truco o trato. "¿Truco o trato?", fue a decirle en un Halloween mi hijo al portero de su casa antigua. El portero lo tomó por una mofa y salió de su garita con un bate de béisbol. Mi hijo se pasó al Tenorio.

Ignacio Ruiz Quintano

[Publicado el Sábado, 31 de Octubre de 2009]

viernes, 30 de octubre de 2020

Jack Dorsey & Fielding Mellish

 

Jack Dorsey

Fielding Mellish

Los 80. Charo López


 

Pez espada encebollado

 

Ataque con cuchillo

 

Marcando paquete

 Hughes

Abc

Otro atentado islamista en Francia. En teoría ya se puede decir “islamista” porque lo dice Macron, pero aun se observan reticencias. A veces parece la canción de Mcnamara: “Se han encontrado dos señoras muertas en París”. Es un poco así: “Urgente. Ataque con cuchillo en Francia. Muertos. Una decapitada. El presunto habría gritado “Alá es grande” en el interior de una iglesia”.


De todo, lo más curioso es lo del ataque con cuchillo. Se repite siempre. El rasgo característico de esta violencia parece ser ése, el cuchillo. La presencia de un cuchillo. También podríamos atar cabos y pensar que siempre suceden en el interior de iglesias pero irresponsable extraer de eso una conclusión. El presunto podría ser un aficionado al neogótico, no hay que estigmatizar a nadie por el escenario que decide escoger para sus decapitaciones.


Hasta que no se profundice, lo que pasa en Francia será un ataque cuchillista. Es lo único que sabemos, y lo único que tienen en común. Mientras no podamos decir que es islamismo, diremos que es cuchillismo. Porque no es broma lo de la reticencia, Petrus Sánchez emitió esta nota en cuanto se supo lo del ataque cuchillista: “Seguiremos defendiendo la libertad, nuestros valores democráticos (sí, no es broma), la paz y la seguridad de nuestra ciudadanía. Unidos frente al terror y el odio. Mi afecto y solidaridad con las víctimas del ataque perpetrado hoy a las puertas de la iglesia de Notre-Dame en Niza”.
 

Ni una referencia al islam, ni al cristianismo, ni a ninguna organización o idea terrorista (idea es lo que Biden llama a Antifa). ¡Es que ni al cuchillo se refiere! Es un terror blanco, anónimo, sin causa ni objetivo y además lo llama odio.


Ayer mismo, la Fiscalía archivó una denuncia del PSOE contra la tertuliana Cristina Seguí a la que también acusaban de odio. Es una voz crítica, pero ¿hace lo mismo que el-señor-con-cuchillo-que-grita-Alá-es-grande? Se entiende la tibieza de Sánchez con el islamismo, porque nunca se sabe quién puede acabar siendo socio de gobierno, pero… ¿merecen los de Vox, que también cargan con eso del odio, la misma categoría que los del cuchillo?

El yo

 

Abc, 16 de Mayo de 2001

Ignacio Ruiz Quintano

Con motivo de su salto a la fama en España, el crítico George Steiner ha expresado su temor a que los avances científicos alteren el estatuto de lo  que antes llamábamos «yo». Los setenta, por ejemplo, fueron la Década del Yo. Pero, hoy, ¿a qué llamamos «yo» y dónde se encuentra?

El norteamericano Bruce Miller, neurocientífico de la Universidad de California en San Francisco, acaba de descubrir la sede del yo, ese pequeño argentino, decían, que todos llevamos dentro. Pero si Mr. Miller no yerra, el yo, aunque pequeño, no es argentino, y se encuentra en una minúscula región del córtex cerebral —en adelante, el área de Miller—, «más o menos encima de la ceja derecha», curiosamente la que mejor enarcaba Kathleen Turner en «Fuego en el cuerpo».

La historia del yo es, desde el oráculo de Delfos hasta el descubrimiento de Miller, la historia del hombre parado para mirarse a sí mismo. Es verdad que Konrad Lorenz siguió una pista del yo en los animales, y ponía el ejemplo del gallo, que con sus cacareos valora su yo desmesuradamente: «Cree que es el centro del  universo. ¡Está tan orgulloso y es tan agresivo! ¡Es tan egoísta!» Pero su amigo Karl Popper, aun admitiendo que en el curso evolutivo de los seres vivos las antiguas formas pueden persistir de algún modo, negó cualquier correspondencia entre el yo gallístico y el yo humanístico: «El gallo está en el hombre, pero el hombre no está en el gallo.» Esto, sin embargo, es meterse en el jardín de la filosofía, y Mr. Miller, que aspira a ser reconocido como el Rodrigo de Triana del yo, no es  filósofo.

«Soy un tío bastante simple», ha declarado Mr. Miller a la agencia Reuters nada más descubrir el área de Miller, es decir, la sede cerebral del yo, a cuyas puertas ha llegado Mr. Miller por el rastro de diversos experimentos con señores tan rarísimos que algunos, por  ejemplo, siendo de derechas de toda la vida, se volvían, a la vejez, radicales de izquierdas. Y así. ¿Simple, Mr. Miller? No tanto. Mr. Miller dice estar tan familiarizado con la idea de que lo que llamamos yo no es más que la suma  de todas nuestras conexiones neuronales que el hecho de haberlo encontrado le parece, y son sus palabras, «muy natural». ¿Y qué es lo «natural», sino aquello a lo que uno se acostunbra en la infancia?

La infancia de Mr. Miller coincide con la de la neurociencia, o ciencia del cerebro y del sistema nervioso central, que, de dar crédito a Tom Wolfe, representa en América al ámbito más efervescente del mundo académico. Los neurocientíficos, consagrados a perseguir el sueño de una teoría unificada, son, en general, tan deterministas como Einstein, para quien la indeterminación era sólo medida de nuestra ignorancia: «Cuando sepamos más, volverá el determinismo.» Y el determinismo ha vuelto con el alba de la neurociencia, cuyos sabuesos, como en el caso de Mr. Miller, ya han levantado la escondidiza pieza del yo.

Este yo no parece ser el de la falacia cartesiana del «fantasma dentro de la máquina»: un yo, en fin, que cruza el cerebro —interpretando y dirigiendo sus operaciones— como la sombra del padre de Hamlet cruzaba por la terraza  del castillo de Kromborg. El yo de Mr. Miller se esconde detrás de una mata del córtex cerebral, pero no es un fantasma, aunque ocasiona, cuando se altera, trastornos en los gustos, en los valores y en la personalidad, hasta el punto de llevarte a votar progre siendo facha, o al revés.

El descubrimiento de Mr. Miller supone el anuncio del fin de los egos. Adiós a la introspección. Adiós a los diarios  íntimos y a las autobiografías. Adiós al libre albedrío. Adiós, ya ven, a los románticos. Únicamente los centristas estarán de enhorabuena: la era de la gente «hardware» —gente que abandona sus cerebros y los reemplaza por ordenadores— ya está aquí: «Ni tout á fait la méme / ni  tout a fait une autre.»  Porque, una vez avistada la pieza, ¿cuánto tardará en imponerse la moda de hacerse extraer los yos, y con ellos, cuarenta mil duros, como nos hacíamos extraer las amígdalas?



Si Mr. Miller no yerra, el yo, aunque pequeño, no es argentino, y se encuentra en una minúscula región del córtex cerebral —en adelante, el área de Miller—, «más o menos encima de la ceja derecha», curiosamente la que mejor enarcaba Kathleen Turner en «Fuego en el cuerpo»

Viernes, 30 de Octubre

 

Nostalgia de jabalíes

jueves, 29 de octubre de 2020

El día de san Mateo


La inspiración de san Mateo Caravaggio

 

Vicente Llorca

Un día tristón –me recibe Charo, la de la papelería en la plaza.

Es una definición perfecta, que hace tiempo que no escuchaba. Llueve fuera, viene un aire frío, un cielo pálido y cargado que no despeja en todo el día.
 

En la papelería huele aún a cuaderno, a mina de lápiz, a cartulina recién cortada. A veces entro, aunque no tenga nada que hacer allí. Salgo siempre con un tintero que no necesito, un cuaderno nuevo, un bolígrafo de color azul que no voy a utilizar.
 

Charo, la dueña, es la hermana de un antiguo torero. Éste toreaba con una finura especial, que no era rara en los 60. Tuvo un comienzo prometedor. Luego, los toros le pegaron, tuvo que marcharse a América, a la vuelta un accidente de coche cortó definitivamente su carrera.
 

En una esquina de la plaza el torero tiene una estatua, triste y como encogida frente a la fachada de una antigua florería. En el pueblo todos se acuerdan de él.
 

A la salida, en la terraza cubierta, un hombre mayor se ha puesto a hablarme. Lo conozco de vista. No sé quién es.
 

Aquí venía mucho Limeño. Usted ha oído de él.
 

Sé quién es. Limeño era un torero muy bueno, sanluqueño, que conseguía cortarle las orejas a las corridas de Miura. Como premio por tal hazaña lo volvían a poner al año siguiente con la corrida de Miura de nuevo. No sabía que hubiera andado por aquí.
 

Venía a los tentaderos de Campocerrado, de Hernandinos. Dormían luego en el pueblo, en el pajar de I.
 

Había oído hablar de muchos. No de él.


El día anterior otro habitual del café, cuyo nombre tampoco recuerdo, se había puesto a hablarme de las ganaderías de la zona, adonde acudían en tiempos los maletillas en tropel. Venían de Salamanca sobre todo, de las vueltas de la Plaza Mayor, en donde se corría la voz de dónde iba a celebrarse algún tentadero al día siguiente. Me habló de la cantina de la estación, que no cerraba en toda la noche, del bar de P., en donde dormían también.
 

Mi interlocutor es un hombre pausado, discreto. Habla con bastante conocimiento de todo lo que describe. Suele sentarse en una esquina de la barra por las mañanas. Allí lee la prensa en silencio, sin intervenir en las conversaciones del bar. Es el nieto de un antiguo mayoral, me revela luego. No sé qué finca me ha dicho. Marchó algunos años a Francia, cuenta, ha regresado ahora. Coincidimos en los toreros, escasos, que aún nos interesan en estos últimos tiempos.
 

Las conversaciones en la plaza, últimamente, rondan siempre en torno a acontecimientos antiguos, ninguno reciente. El otro día me di cuenta de que era el día de San Mateo por un comentario en el quiosco. También del Corpus o la Virgen de agosto. No me había acordado. Todos los años íbamos esa tarde a los toros a Salamanca, independientemente de cuál fuera el cartel. El 21 de septiembre terminan las ferias tradicionalmente y de los pueblos se bajaba a la ciudad con viandas y vino. Este año nada indica que sea día de feria, ni ninguna otra fecha.
 

Estáis hablando todo el rato de temporadas cada vez más antiguas –nos interrumpió otra mañana un vecino en la mesa.
 

Estábamos sentados Antonio, un antiguo ganadero, Ángel, el del comercio en la plaza, el nieto del mayoral, que se había juntado con nosotros.


De qué vamos a hablar. Este año no hay nada que contar.
 

Entonces pensé que acaso así fuera el final de las cosas: lento, silencioso, sin aspavientos. En el mundo gris de los comunistas no tenía cabida el universo de la tauromaquia, que es gratuito, azaroso, desorbitado y tradicional. Era un final sin noticias y de estos tiempos ya no teníamos nada que hablar.

 

Vocación de san Mateo Caravaggio

Foxá, segunda edición

 

(Gracias por lo que me toca)

Fuego amigo

 

Abc, 23 de Mayo de 2001


Ignacio Ruiz Quintano

La expresión «fuego amigo» fue popularizada por los militares del Pentágono para describir un fenómeno bélico, el de los disparos procedentes de amigos («friendly fire»), causante, por cierto, de casi todas las bajas aliadas durante la guerra del Golfo. Este fenómeno puede ser nuevo en la guerra y para los americanos, pero en la literatura, y para los españoles, no pasa de ser un espectáculo más de la rutina, como descubrió Alberto Guillén con «La linterna de Diógenes».

Guillén era peruano de Arequipa, tierra famosa por sus grandes hombres y por sus borricos: «En Arequipa hay más borricos que grandes hombres. Se lo digo para  que mañana no se disputen mi cuna siete ciudades, como hicieron con Homero Guillén era poeta. Gastaba gafas, bastón y una sortija de ágata en el índice, «el dedo de la voluntad y la fisgonería». Tenía el aspecto de los pájaros que en vez de picar muerden. «Hería su nariz», según Ramón Gómez de la Serna, que lo acogió en Pombo, fascinado por su faz apuñaladora: «Era faz de hombre sanguinario, que ha asistido al sacrificio de los imbéciles en el ara de los sacrificios.»

La obra de Guillen que ahora se reedita es lo que los escritores españoles de 1920, a los que visitó en Madrid, le dijeron confidencialmente. «El cuadro —escribió Azaña— es regocijante y triste a la vez.» Estamos en Madrid. Vende la literatura moral de Ricardo León, pero vende más la literatura inmoral de Joaquín Belda. «A falta de ideas, los españoles nos ofrecen pitillos.» Hierve el ultraísmo. Campan los melenudos, pero campan más los americanistas del ejemplo: «Soy peruano.» «¡Ah! Entonces usted debe de conocer a un tío mío, don Etcétera, que vive en Buenos Aires, ¿verdad?» El Diógenes peruano buscaba a un escritor, y Julio Camba, entrando y saliendo por las conversaciones con su voz ronca de juerguista, hizo de hurón. «¿Dónde anda Unamuno?» «En Salamanca —dice Camba—. Siempre se vuelve allí a coleccionar anécdotas y paradojas. Cuando tiene un repertorio se viene a Madrid. Las cuenta a todos, en todas partes, y cuando todos, absolutamente todos, las saben, regresa a Salamanca, y vuelve a comenzar.» «¿No sabe usted de otros pintorescos?» «Sí, hombre, sí. Puede usted ir  a ver a Grau. Le hará reír mucho. Si usted tiene paciencia, acabará por abrazarlo.»

Jacinto Grau estaba bañándose: «Como usted sabrá, yo soy un genio. Lo que digo yo es: después de Shakespeare, yo. Yo espero el fallo de los siglos. Valle-Inclán es un idiota, porque no quiere leerme. No me importa. Él se hace un mal a sí mismo, desconociéndome, negándome; aunque estoy seguro de que a solas me lee y me admira, y hasta me atrevo a asegurar que... ¡me plagia!» Maeztu: «Grau está en el primer período de Ibsen, cuando nadie lo conocía.» Marquina: «Yo soy periodista. No hay nada más dulce que manejarse un pueblo, que crear una opinión, que hacer corriente, que guiar a una muchedumbre. ¿Ortega y Gasset? Otro que quiere ser profundo a fuerza de ser oscuro.» Palacio Valdés: «A ninguno se le ha traducido como a mí. Después de Cervantes, a mí. ¿Qué va usted a hacer, hombre de Dios? No apunte esas cosas... ¿Que no hay novelistas en  España? Hombre, tanto como eso no. Tiene usted a Cervantes. Me tiene usted a mí. Le voy a regalar una postal. ¿Ve usted? Éste soy yo leyendo mi discurso de la Academia. Éstas son una señoras que me oían de pie. No ha habido sesión más concurrida, según me dicen los porteros. No se olvide de decir que a mí me han traducido a todos los idiomas.» Miró: «Somos pobres. Tenemos poco pan y nos parece que lo que concedemos a otro nos lo quitamos de la boca.» Pérez de Ayala: «Somos como comadres que vivimos de la vida ajena a falta de la propia. Murmurando. Ensayando el palillo de dientes en el  nombre del  amigo. Dando mordisquitos de ratón en...»

Cien años después, han cambiado los nombres, mas no los arquetipos, que ramonean, además, el patrocinio del Estado. ¿Qué significan, si no, los veinte mil millones de inversión en un Plan de Fomento de la Lectura?

 

Alberto Guillén

Jacinto Grau estaba bañándose: «Como usted sabrá, yo soy un genio. Lo que digo yo es: después de Shakespeare, yo. Yo espero el fallo de los siglos. Valle-Inclán es un idiota, porque no quiere leerme. No me importa. Él se hace un mal a sí mismo, desconociéndome, negándome; aunque estoy seguro de que a solas me lee y me admira, y hasta me atrevo a asegurar que... ¡me plagia!»

Mi querido profesor

 

Profesor Constantino García
Facultad de Ciencias de la Información
Madrid

Jueves, 29 de Octubre

 


Decreto de Alarma

miércoles, 28 de octubre de 2020

La arbitrariedad


Pepe Botella, padre del populismo español

Ignacio Ruiz Quintano

Abc

Canetti vio en los disparates de la inflación alemana de entreguerras la mejor doma psicológica para el gran disparate nazi.

A lo mejor les (nos) hace falta esta “dictadura liberal” para que los intelectuales moderados (“Nada hay más moderado que los modales de los atados al poder con pactos secretos de inmoralidad política”) pongan el grito en el cielo y abran la puerta a la República, como la otra vez.

El populismo español viene de Pepe Botella. “Sólo hay un hombre honrado en la familia Bonaparte, que soy yo –decía–, y si los españoles se quisieran agrupar a mi alrededor…” Para agruparlos, se puso a repartir folletos con promesas de todas clases.

Las Cortes de Cádiz –explica Talleyrand, viendo venir a los liberalios–, para destruir los efectos de esta propaganda, se apoderaron del liberalismo de José y fueron más lejos que él en todos los puntos que propugnaba.

De aquí, pues, ese liberalismo de tortita de camarones que nos ha metido en la jaula sanchista. Sánchez, en lo que tiene de gañán y de traidor, es otro Godoy, pero sin Pepita Tudó, la maja.

Come, maja –animaba Zapatero a las damas en el comedor de La Moncloa que no sabían cómo meter mano a un bogavante que chapoteaba en un cuenco de gazpacho como la bacía de un barbero.

Primo de Rivera se tomó seis años y Sánchez ya se ha tomado seis meses (la palabra más machacada de entonces y de ahora: “normalidad”), aunque el jefe del Centro, Casado, regatea como en “La vida de Brian” y concede cuatro, que él estudió leyes en Icade, donde Monedero funge de Rudolf von Ihering (“¡Lea a Monedero!”), y cree que una Constitución se tira a un contenedor y al cabo de cuatro meses vuelves por ella y sigue ahí. La Historia como tragedia y como farsa. Sánchez viene de ser coronado emperador batueco por Bergoglio y Casado espera que lo inviten a las barbacoas de La Moncloa los domingos, aunque tenga que poner el mondongo.

Esta subasta de derechos en la lonja del Consenso es como un Rastrillo sin marquesas (una vez expulsada Cayetana) donde los jefazos de las facciones pueden canjear para encender un pito el Bill of Rights de Londres, la Declaración de Virginia y hasta una copia de los Derechos y Deberes de la Constitución francesa, liberal y reaccionaria, del 95, la del Directorio (¡el oligopolio de los “perpetuos”!), modelo de nuestro Régimen (¡de la opinión única de la dictadura a la opinión unánime del consenso!), cuya foto más simbólica es la de la fiesta periodística de la clase estatal en un espacio cerrado en plena campaña de terror por “la Coviz” mofándose de los gobernados que chapotean sin futuro en un estado de excepción inicuo.

¿El bicho chino? La arbitrariedad “de Estado” suplanta la razón por la voluntad (Juevenal, no Monedero). “Todo debe ser permitido a los que van en la dirección de la Revolución”, opina Saint-Just, que se ofrece con la guillotina como un afilador gallego, firulirulí, firularulá.



La foto del Régimen

Miércoles, 28 de Octubre


 Aquellos feraces labrantíos

martes, 27 de octubre de 2020

Liberalia


Lone Star / Bear World Magazine

 Ignacio Ruiz Quintano

Abc

Chantal Delsol, que estudió el populismo, no conoce brutalidad mayor que las empleadas contra las corrientes populistas.

La violencia que se les reserva excede todo límite. Si fuera posible, clavarían a sus partidarios en las puertas de las granjas.

Y todo porque esas corrientes son el único asomo de resistencia a las “dictaduras liberales” que nos echan la pata encima.

¡No! ¡Isabelia! ¡Isabelia! –gritaba cada 12 de Octubre el poeta Cristobalia al orador que en la estatua de Isabel en la Castellana dijera “América”.

Si hoy viviera, al oír “España” gritaría: “¡No! ¡Liberalia! ¡Liberalia!”

Sólo un melindre impediría llamar dictador a Pedro Sánchez, el de que en realidad no tiene contra quién ejercer su dictadura, pues cuenta con la misma oposición que Franco, ninguna, salvo la de Vox, tan testimonial como la del PC al general, que murió en la cama. Pero España va de liberal, palabra que nada significa aquí (Donoso dice que el liberalismo español no aportó nada al pensamiento europeo) y por eso la exportamos al mundo. También exportamos “cojones” (a Truman Capote le encantaba), y ya ven.

El término “liberal” es el aceite que cae de las tortitas de camarones en las Cortes de Cádiz, y Fueyo veía en él al hidalgo español, figurín de un país donde cada individuo lleva una constitución en el bolsillo, lo cual no nos hace el pueblo más “parlamentario”, sino el más “verbalista”, sólo que el “reino de la discusión” no es el de la “libre concurrencia de ideas”, enemigo mortal del consenso.

Tenemos, pues, una “dictadura liberal” (mitad comisaria, mitad constitucional), es decir, una dictadura paliada por el incumplimiento, como Maura dijera de la anterior, y no es una gilipollez mayor que “democracia liberal” o “Estado de Derecho”, con un decreto de alarma sobre la mesa que no parece hecho por el mismo pueblo que dio las leyes de Indias y puso los fundamentos del Derecho de gentes.

Pedir libertad en España siempre fue como pedir un clericó en la barra “bear” del Lone Star en San Francisco.

Martes, 27 de Octubre


Gatos de Loroñe 

lunes, 26 de octubre de 2020

Agarrones

 



Francisco Javier Gómez Izquierdo

 
       A Rafalón, cordobesista septuagenario y “madrilista” tranquilo que va del penalty de Fermín al gol de Cruz Carrascosa en el Bernabéu con mucha satisfacción, se le olvidó que el sábado después de comer se jugaba el Barça-Madrid. “No lo vi y eso que ni fui de perol y tengo el fútbol en casa. Oye, ni m’alcordé”. No me extraña porque a mí me va a pasar lo mismo cualquier año de estos como sigamos con esta peste y este sinvivir que trastorna tanto como encadena.
     
A Rafalón no se le olvidó el Yeclano-Córdoba y ayer su nieto intentó meterlo en la plataforma que nos han regalado a los abonados para que podamos ver todos los partidos de nuestro equipo. Ni el mozo ni el cordobesismo pudo por “avería del servidor” y sólo los habilidosos con las artes informáticas pudieron hacerlo desde la página del Yeclano. Perderse el Barça-Madrid le da igual a Rafalón, pero no ver ganar 1/3 al Córdoba en el campo de la Constitución (¡vaya nombre para un campo de fútbol!) de Yecla es revés que esta mañana aún lo tiene mosqueado. Con la clave que me han dado para la plataforma Footers veo al Burgos en una sesión continua que al acabar el día no estoy seguro de si no he enloquecido ya del todo. 
    
El fútbol de televisión, una cutre masturbación que quiere pasar por coyunda de novios, nos trajo una variante, televisiva claro está, en el Barça-Madrid: el  agarrón. Mejor, el agarrón y sus tipos.
     El pestífero VAR es artefacto televisivo que salta o sigue encamado como las liebres de los Pedroches despistando de continuo al árbitro y al aficionado neutral. Admítase que esta última especie carece de pureza pero para todos los enfermos del fútbol que nos hemos tirado veinte años en los juveniles, el agarrón en los córners y faltas era como estrechar la mano en un trato. No hacía falta juez, ni secretario, ni por supuesto árbitro. Los agarrones eran mutuos y no siempre el que más fuerte agarraba se llevaba el gato al agua. Los agarrones se hacían y hacen tirando de la camiseta hacia abajo, para que el atacante o defensor no pueda saltar. Si el agarrón es (era) sin el preceptivo disimulo o el atacante era agarrado en plena carrera hacia portería por el defensor, lo justo y reglamentario era y es sancionarlo.
     
El agarrón común (ambos se agarran) no se sancionaba nunca. El agarrón en carrera resultaba y resulta escandaloso no pitarlo. El abrazo sin opción a defensa del apresado no es agarrón y también era y debe ser penado. El Var quiere cambiar el derecho consuetudinario sobre la técnica y táctica del agarrón y convertirlo en penalty si el atacante lo sabe interpretar sacándoles de los usos y costumbres tradicionales. La clave está en caerse. Pasa, incluso en el centro del campo. El que pide falta no tiene más que tirarse y dar un grito. Si además, golpea tirado en el suelo el césped con la mano abierta, casi seguro el árbitro “cobra falta y tarjeta” como dicen en América. La calidad interpretativa del atacante era una baza decisiva en otro tiempo -nadie sabía caer como un Juanjo zurdo que hubo en el Burgos- en la que las caídas buscaban la naturalidad en la falsa infracción de un defensa que ni siquiera había metido la pata. Por eso se procuraba que nadie llegara al área. El VAR pasa de lo natural y glorifica lo artificial. Si el atacante nota el agarrón, no tiene más que tirarse hacia el lado contrario para que en la tele se vea “el estirazón” de la camiseta y el árbitro no tenga más remedio que pitar penalty. El aficionado veterano sabe que si el sábado Lenglet agarró fuertemente a Ramos, Ramos debió caer hacia delante y no hacia atrás, pero tanto el aficionado veterano como el árbitro estaban siguiendo al balón que quedaba muy lejos de donde el forcejeo... pero ahora resulta que el fútbol es el VAR en lo importante. Lo importante es espantar liebres que entretengan al espectador en el sofá y mantener durante cinco minutos un estudiado suspense sobre quién agarra o empuja primero o si en el gol de Negredo un ricito del Choco Lozano estaba en fuera de juego. Al final el VAR da un penalty que suena a precedente y amenaza con anular goles por un pelo del culo que sólo se ve por televisión.
      
En la 2ªB, donde el fútbol se mueve por dolorosos y angustiosos caminos (dicen que mi Burgos no paga a nadie y veo que el entrenador no se puede sentar en el banquillo) lo de los agarrones sigue como siempre, pugna entre caballeros, y al VAR no se le permite aún la entrada... pero el Footers parece que quiere cabrearnos tanto como el VAR. 

Visita al desguace culé


James Drury, El virginiano

Ignacio Ruiz Quintano

Este Madrid de Zidane es un coche de época que fue el sábado a Barcelona para tunearse con piezas del desguace culé, donde funge de carroza Messi, que parece más quemado que la cafetera de “El virginiano”. El Bayern les hizo ocho, y el Madrid, tres, que son las diferencias que hay hoy entre los tres equipos, porque luego de ver al Bayern de Flick toreando al Atlético de Simeone bien se puede decir que al Madrid de Zidane le haría unos cinco.

El Bayern es desparpajo juvenil (esto no cuesta mucho: lo tiene incluso Isco) y presión, aquella cosa que trajo a España (“pressing”, se decía entonces) el simpatiquísimo (“empatía”, se dice ahora) Terry Venables, que tenía al Boquerón Esteban en el campo y que para sacar un córner hacía más señales que para aparcar un avión.

Desparpajo más presión, el Bayer de Flick, que era como el Toril del Bayern, y ya ven.

Es verdad que el fútbol de “la Coviz”, sin público (sin “habeas corpus”), tiene mucho de idiotez griega.

En alguna parte hay un pueblo al que este hombre está privando de un idiota –reza un fragmento de formulario de evaluación de la Armada Británica recogido por Nicholas Hobbes en su “Militaria”.

Porque está el idiota moderno (“espíritu estúpido” para el culto) y el idiota antiguo, el griego, o espíritu orgulloso de su particularidad: para los griegos de Pericles el “idiotes” era aquél que no estaba en la pomada y, por consiguiente, no podía participar en el diálogo para la búsqueda de la verdad. En lo que los listos buscan la verdad y se lo llevan calentito, el “idiotes” asiste a la Liga de “la Coviz” por el agujero de la TV, como aquellos viejos mirones de obras por los agujeros de las vallas que greguerizó Gómez de la Serna. Hasta la final de la Copa de Europa tiene así la misma emoción que el partidillo de los jueves entre titulares y suplentes al que nos colábamos de niños para ver a las estrellas del balompié que luego salían recién duchados y se subían a un R8TS amarillo que rutaba como este Barça de Koeman, donde Frenkie de Jong parece un primo del que deslumbraba en el Ajax, rodeado por Pedri y Trincao.

Koeman tiene cosas de Cruyff en la pizarra. Cruyff llegaba al Calderón y se planteaba quién era el mejor del Atlético. ¿Manuel Sánchez González, Manolo? ¿Y cuál era su especialidad? ¿El regate? Pues lo dejaba libre de marcaje y de esa manera le privaba de su mejor cualidad. Eso mismo hizo el sábado Koeman con Benzemá, que tiene fama de ser el mejor futbolista del Madrid de Zidane. ¿Cuál es la especialidad de Benzemá? ¿Bajar a recibir? Pues das órdenes a tus jugadores de no llamar al timbre (“¡Anda, toca tú el timbre, que sabes solfeo!”, dice un personaje de Pemán) y neutralizas a Benzemá, que privado, en efecto, de su función de bajar a recibir anduvo por el Campo Nuevo como por el plató de TV en su entrevista con Valdano, perdido en cogitaciones: en Lyon era un 9 que jugaba de 10, en el Madrid soy un 10 que juega de 9, y mientras, Ramos, pirulero del fútbol, le sacaba un penalti al VAR que con público en las gradas hubiera sido otro Guruceta-show, porque es un penalti de instante arbitral, o no es penalti, con grandes debates periodísticos.

En fin, que una derrota en Valdebebas ante el Cádiz había desatado una literatura de decadencia y la visita a Barcelona invitaba a la crueldad, que es el recurso ordinario de los poderes que caen. No fue cruel el Madrid (¡ahí sí se nota Cristiano!), y cumplió el trámite laboral de ganar con su Modric-Casemiro-Kroos, el bustrófedon del zidanismo que ha llenado las estanterías de trofeos, aunque con la sensación de que podía haberlas llenado igualmente de soldados de terracota chinos.

Ramos, que con Mourinho de rodillas en el césped envió a la plaza de Castilla el penalti de la semifinal contra el Bayern (¡Ramos, Cristiano y Kaká!), lleva veinticinco penaltis consecutivos, ejecutándolos de todos los colores, para hacer historia. El de Barcelona, que encarrila la Liga de “la Coviz” hasta el próximo sábado, que viene a Madrid el Huesca, fue un penalti de Juan Palomo, y eso retrata a un equipo “romo en ataque”, como decían los cronistas antiguos, de cuando el “Marca” era falangista. Ese penalti fue para este Barcelona “triste, solitario y final” de Messi como el último clavo en el ataúd de una época. Que den las gracias de que lo clavó Ramos, que tiene leyenda, porque podía haberlo clavado Lucas Vázquez.



LOS AÑOS DE BALE

El increíble doctor Pol, el veterinario televisivo de Michigan, viene de una escuela tan vieja que a los alumnos les ponían un caballo delante y tenían que averiguar por los dientes cuántos años tenía; si se equivocaban en uno, suspenso. Así Mourinho explicando a los periodistas la edad futbolística de Bale, probablemente el mejor “caballo” del fútbol que hayamos visto. Pregunta para un teólogo de Trento: ¿Es el mismo Bale que hace siete años? En siete años, contestó Mourinho, los futbolistas cambian: no a mejor o a peor; sólo es cambiar: de cualidades, de estilo, de posición… “Así que no es el mismo; es un futbolista diferente”. Y todos quedaron tranquilos.

Tótem y tabú

 

Abc, 9 de Mayo de 2001

Ignacio Ruiz Quintano

Una marea de despidos en empresas con beneficios avanza sobre América. Hay que salvar a la Bolsa. En una entrevista con Studs Terkel, autor de «American Dreams: Lost and Found», el directivo Dan O’Brien, cuyo trabajo, por cierto, consistía en ejecutar los despidos hasta que, sin previo aviso, él mismo fue despedido por su empresa, declaró: «En tres ocasiones tuve mi foto en las páginas financieras del “Wall Street Journal”, y de pronto me ocurrió lo que me ocurrió... Pero ¿qué demonios es el capitalismo? Me dio un  golpe mortal en la cabeza y todavía ando arrastrándome por la calle tratando de respirar.»

Mr. O’Brien no había caído en que el que pierde su empleo puede volver a trabajar, aunque siempre con mayor horario y por menor salario. Pertenecía, sin duda, a esa nueva clase media, cultural y políticamente cruda e ignorante, para la cual no hay más alma que la psicología ni más teología que la economía ni más dios que un mercado que tiene por templo el edificio de la Bolsa. «¡Qué agradable, decía Bertrand Russell, sería un mundo en el que no se permitiera a nadie operar en la Bolsa a menos que hubiese pasado un examen de economía y poesía griega, y en el que los políticos estuviesen obligados a tener un sólido conocimiento de la historia y de la novela moderna!» En la lógica de Russell no cabía que una sociedad que prohíbe a un hombre practicar la medicina a menos que posea algún conocimiento de anatomía consienta, sin embargo, a cualquier financiero operar libremente sin el menor conocimiento de los efectos de su actividad, con la única excepción del efecto sobre su cuenta corriente. Y, a modo de ejemplo, nos invitaba a imaginar a un magnate enfrentado a la siguiente pregunta: «Si tuviera que establecer usted un monopolio triguero, ¿qué efectos tendría sobre la poesía alemana?» Al parecer, éste es el sentido del Plan de Fomento de la Lectura presentado por el Gobierno.

Apenas hace un año, la nueva economía aún postulaba, dándola por resuelta, la cuadratura del círculo: pleno empleo sin inflación. Con eso, la palabra «desempleo», que había sido inventada en 1895 y que luego se convirtió en la base de la herejía keynesiana —introducir al Estado en el «laissez faire»—, desaparecía del vocabulario de la renovada ortodoxia, que sólo en el idioma inglés, y para la palabra «despido», dispone de tantos eufemismos como la palabra «muerte», el otro tabú de la sociedad contemporánea.

El tótem, ya lo sospechamos, está en la Bolsa, y los señores Greenspan y Duisenberg —¿cómo ignorar sus nombres?— la vigilan con los mismos escrupulosos excesos con que los sacerdotes cuidan el poste totémico que influye en los destinos de la tribu, que somos nosotros. ¿Quién será el guapo que se atreva a pasar ante esos postes totémicos que representan los índices bursátiles sin hacer las  reverencias de rigor y con las manos en los bolsillos? Visto desde abajo, el espectáculo de la nueva economía resulta soberbio: las marcas más populares caen como bolos, y el mercado premia cualquier anuncio de reducción de plantillas con subidas en los precios de las acciones. Antes, cuando la civilización sentía que su final se acercaba, mandaba a llamar a los curas. Ahora, esa misma civilización, en cuanto siente que un buen ciclo económico puede dar paso a un mal ciclo económico, manda a llamar a los consultores con conocimientos de psicología, por la cosa del drama edípico, y «master» en inglés, por la cosa de llamar «excesed» al «sobrante», «involuntary separated» al «separado involuntariamente» y al «no seleccionado», «deselected».

Los ciclos económicos describen, en efecto, un círculo semejante al de aquellos ciclos aztecas que Octavio Paz comparaba con las ruedas de suplicios que aparecen en las novelas de Sade. Desde el punto de vista moral, ¿qué diferencia hay entre la crueldad azteca, fruto de «un irrefutable silogismo-puñal», y la crueldad bursátil? Según Paz, el dios nacional de los aztecas confiscó una visión del universo singularmente profunda y compleja para transformarla en un instrumento de dominación. La divinidad encarna en la sociedad y le impone tareas inhumanas: sacrificar y ser sacrificada. Ésta es la cosmogonía de la globalización.
 


Studs Terkel

  La palabra «desempleo», que había sido inventada en 1895 y que luego se convirtió en la base de la herejía keynesiana —introducir al Estado en el «laissez faire»—, desaparecía del vocabulario de la renovada ortodoxia, que sólo en el idioma inglés, y para la palabra «despido», dispone de tantos eufemismos como la palabra «muerte», el otro tabú de la sociedad contemporánea

Lunes, 26 de Octubre

 

Toque de queda

domingo, 25 de octubre de 2020

Rezar o no rezar


Domingo, 2 de mayo de 2010



JOSÉ TOMÁS: "SI NO ME SALE REZAR, ¿POR QUÉ HE DE HACERLO?"

En el mundo del toreo la gente se repite mucho. Ésta es una profesión de reglas, sobre todo de las antiguas, y pocos se atreven a romperlas. El respeto a los mayores, o la admiración, o la inercia, pues no sé, nos hacen permanecer estancados (...) Caso aparte son los tópicos, como las cornadas de las mujeres, y contra eso no me importa manifestarme. O la beatería, las estampitas... Tampoco soy rezador. Conmigo nunca llevo capilla ni vírgenes. Si no me sale rezar ¿por qué he de hacerlo?

***

JOSÉ TOMÁS: "ME AGARRÉ CON FUERZA A LA VIRGEN DE GUADALUPE"

Soy consciente de que hoy estoy aquí gracias a esas manos tan oportunas que en el ruedo taponaron mi herida, al equipo médico que me atendió (...), sin ellos no me hubiera podido agarrar a la vida con la fuerza que me agarré, por supuesto a la virgen de Guadalupe. 

Castilan, castilan

Abc, 2 de Mayo de 2001

Ignacio Ruiz Quintano

El castellano o español no necesita ni apologistas ni detractores. Conocidos son los propósitos de fray  Hernando de Talavera, paladín del «nacionalismo romanista» de la época, al presentar a la Reina Católica la Gramática de Nebrija: «Después que Vuestra Alteza meta debajo yugo muchos pueblos bárbaros y naciones de peregrinas lenguas y con el vencimiento de aquellos tengan que recibir leyes que el vencedor pone al vencido y con ellas nuestra lengua, entonces por esta parte gramatical podrán venir en el conocimiento de ella.» Un solo idioma, una sola fe, un solo Señor.

Lo que no se conocerá nunca es el nombre del «tapado» gubernativo que aprovechó un discurso regio para introducir en el jardín del universalismo cervantino a la serpiente del chauvinismo. Para Savater —lo dijo en  TV—, el «tapado» tiene que ser un nacionalista. En tal caso, un nacionalista morcillero, al estilo de aquel personaje galdosiano que escribía «la historia lógico-natural de España», no como ella fue efectivamente, sino como debió haber sido. Por otro lado, ¿no viene Aznar de decir que lo mejor de nuestra Historia está por escribir? Lo que no ha dicho es con qué armamento cuenta, al margen de los «tapados», para apoyar esa promesa, si bien se ha permitido llamar «flojos» a los discrepantes del revisionismo histórico «tenebroseado» por ese «tapado» del que nunca se publicará el nombre. Uno ya no sabe si España impuso su lengua a Méjico, y, sin embargo, tiene la impresión de que Méjico ha  «impuesto» un vocabulario a España: «tapados», «lambiscones» y, por  supuesto, «flojos», frente a los cuales se alzarían los «apretados», como en la capital de Méjico se conoce a los hombres afectados de espíritu de seriedad. O carentes de sentido del humor, según Jorge Portilla, que les dedicó un ensayo. «El apretado —resume Portilla— se tiene a sí mismo por valioso, sin contemplaciones y sin reparos de ninguna especie. La expresión externa de esta actitud es su aspecto. El apretado cuida su aspecto, expresión de su ser íntimo (...) Nuestra ingenuidad colonialista dice que es “muy británico”, y él mismo siente una debilidad, muchas veces confesada,  por lo que llama “buen gusto  inglés” (...) Si comete un error, esto no prueba nada; se tratará del error de un funcionario eficaz.» Parece evidente que nuestro «tapado» ha cometido un error; que este error no prueba nada, porque se trata del error de un «apretado»; luego nuestro «tapado», que bien que se cuida de su aspecto por el sencillo procedimiento de no darse a conocer, es un funcionario eficaz que seguramente ha hecho suya la divisa hegeliana «...pues peor para los hechos».

Los hechos eran que cuando Cortés desembarcó en Cozumel, se dio cuenta de que los indígenas salmodiaban «castilan, castilan». Los intérpretes cortesianos eran Julianillo y Melchorejo, dos indios aprehendidos por otra expedición española, y con ellos preguntó el capitán a los caciques por el significado de aquella salmodia, resultando que entre los indígenas vivían dos castellanos extraviados, Aguilar y Guerrero. El castellano Guerrero, que había abrazado la cultura indígena, no quiso unirse a los españoles. El indio Melchorejo huyó en la primera ocasión que tuvo, dejando colgadas de un árbol sus ropas de cristiano. Julianillo murió después. Entonces apareció en escena la Malinche, que hablaba las lenguas de Méjico y de Tabasco, y junto con Aguilar, que hablaba las lenguas de Tabasco y de Castilla, se convirtieron en las lenguas de la Conquista, aunque ningún premio ministerial lleve sus nombres.

Octavio Paz salió de su laberinto diciendo que habría que dedicar una vida entera al estudio y elucidación de la Conquista. No contaba con nuestros políticos ni con lo que estos son capaces de hacer con la navaja de Occam —no hacer con más lo que puede hacerse con menos— en la mano. Atónitos estamos, desde luego, ante el sorprendente Pentecostés interpretado por los señores Caldera y De Grandes, los políticos que han dado el visto bueno oficial a esa teoría chauvinista de la expansión de la lengua  según la cual los indios debían de ser unos tíos tan  «flojos» que «motu proprio» se apuntaban a los seminarios misioneros para poder escribir en castellano y ganar un día el Cervantes.


Jorge Portilla


Entonces apareció en escena la Malinche, que hablaba las lenguas de Méjico y de Tabasco, y junto con Aguilar, que hablaba las lenguas de Tabasco y de Castilla, se convirtieron en las lenguas de la Conquista, aunque ningún premio ministerial lleve sus nombres