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miércoles, 14 de octubre de 2020

Adama Traoré




Francisco Javier Gómez Izquierdo 

          Adama Traoré ha vuelto a España lleno de bendiciones, como si fuera un bolero. Ha esculpido un cuerpo para anunciar gimnasios y sigue corriendo como si preparara una olimpíada. En quince días lo hemos convertido en el mejor jugador de la selección y a nadie escapa que además de por su potencia y velocidad llama sobre todo la atención por unos músculos que a todos nos faltan y que en esta sociedad adicta a los gimnasios despierta una envidia tan sana que las taquillas de esos sitios están empapeladas con láminas de nuestro exótico extremo.

       Creo que el primer jugador en merecer portadas por su físico y potencia en la prensa deportiva nacional fue Félix Ettien, un tren expreso que arrollaba con el Levante y que compartió vestuario con don Rubiales. Se dice en honor de ambos que fueron dos de los pocos que no participaron en aquel turbio asunto de la salvación del Athletic, del que  presumiría el defensa intermediario del equipo. Ettien, al parecer tuvo mala suerte tras la retirada y su amigo don Rubiales lo colocó de autobusero para la Federación. Viaje a la inversa de Jonsson, “autobusero danés que juega de centrocampista en el Cádiz”, ponía en la Wikipedia este verano.  

      Adama, como Ettien,  Lukaku, aquel Drogba, el Hulk brasileño, caen bien. Son futbolistas libres de culpa. Sus errores tienen el atenuante de la fogosidad y me atrevo añadir que la complicidad del aficionado por su aspecto y maneras singulares, como de especie (dicho sea con mi admiración personal y la más sana intención, no vayan a alterarse los tiquismiquis de guardia)  a proteger. Bale corre más bonito y elegante que Adama Traoré, pero la carrera de éste nos sobresalta y emociona mucho más. Sabemos que va a tocar y desafiar al lateral “por fuera” como nos repite el Chapi, al que le escuchas y parece que sabe mucho, pero lo ves entrenar y todo se va en ceros/ceros y unos/cero; por la cal, como aquel Giuly francés o el difunto Floro Garrido al que jaleábamos en El Plantío y nos enfadaba cuando al frenar, derrapaba. ¡Gran tipo, Garrido!

      Juan, uno de mi peña, estaba entusiasmado con Moha Traoré, hermano de Adama y con las mismas querencias en el terreno de juego, cuando llegó al Córdoba hará cinco años. Imagino que Moha envidiaba entonces la clase de Adama y Adama la musculatura de Moha. Adama ya ha superado con creces los bíceps y tríceps de su hermano mayor y personalmente creo que a Moha le faltó sobre todo un entrenador que le frenara la impetuosidad y educara su velocidad. Aunque cada temporada ficha por un club -en Córdoba estuvo dos años- aún no es tarde, pues anda en los 25, para que en Huelva, por ejemplo, donde ha ido a parar este 20, explote el potencial que adivinábamos cuando arrollaba, ¡eso sí, a veces sin saber frenar como el bueno de Garrido! a los laterales que le ponían delante. Falta en ataque pitaban todos los árbitros y Moha se “mosqueaba” y soltaba perchazos sin venir a cuento con la comprensión del cordobesismo que iba a ver al B, donde corría un negro “que es la leche y que sólo le paran a base de faltas.”

      Si el jugador más determinante de España va a ser este Adama Traoré, velocista y centrador, estamos tardando en desprendemos de ese aire aristocrático que confía en que el gol  caerá como fruta madura y no nos preocupamos de encontrar uno o dos delanteros punta-punta que vayan al primer y segundo palo, conforme se tenga ensayado, para sacar adelante los partidos de un fútbol que languidece al son de bolero melancólico que sueña con este nuevo Gento al que ayer le faltó tal que un Santillana.