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domingo, 9 de febrero de 2025

El líder de los emboscados


Dalmacio Negro y J. Sánchez de Castro

Jorge Sánchez de Castro


El reciente fallecimiento de Dalmacio Negro ha provocado una avalancha de obituarios que han puesto el acento en recordarnos su enciclopédico saber y su fructífero magisterio.


Sin embargo, pocos artículos se han referido a un concepto muy querido por él y que ejerció con singular maestría durante la última etapa de su vida: el liderazgo.


El profesor Dalmacio fue un gran líder. En concreto, el de los emboscados.


Siguiendo a Jünger, el emboscado se va “al bosque”, después de haber sido proscrito por la estadística de la mayoría del 51%, para vivir sólo de sus propias fuerzas.


El gran escritor alemán nos advirtió que el emboscado era “no sólo un guerrero, un médico y un juez, sino también un sacerdote”. 


El sacerdote lo es en tanto ministro de un culto, término procedente del latín “cultus”, del que también trae origen la palabra cultura, y que significa “cuidado”, cultivo”, “adoración”.


El culto de Dalmacio Negro consistió en ejercer el ministerio de la historia de las ideas y de las formas políticas para cuidarla y ponerla a disposición de su grey desde su particular emboscadura en la Universidad, primero, y en su seminario, después. 


Como si fuera una ofrenda a su culto de la historia de las ideas, tan repleta de paradojas y contradicciones, el profesor republicano consentía la existencia de una suerte de Corte del rey Dalmacio, donde el parlamento lo constituía un sanedrín donde pensadores de los dos lados del Atlántico interpretaban el pensamiento teológico-político que contiene los arcanos del Poder.


El liderazgo de la “auctoritas”


La dirección del profesor Negro estaba constituida sólo de “auctoritas”.


Si el poder determina las voluntades mediante la coacción, la “auctoritas” las determina mediante el reconocimiento de la superioridad del “auctor”.  


Ahora bien, lejos de lo que tiende a creerse, la “auctoritas” es tan jerárquica como el poder.


En este sentido, la conversión de Dalmacio en algo parecido a una figura pop en sus últimos años de vida (no había patronato o evento político-cultural que no pugnara por que participase) no se debe tanto a que haya convencido a sus seguidores gracias a la lectura de sus textos esenciales, como al hecho de que su trayectoria les mostraba que siempre supo dónde se encontraba la verdad.


Como dejó escrito Manuel García Pelayo en un libro titulado Idea de la política y otros escritos (Centro de Estudios Constitucionales, 1983) “la auctoritas alcanza su más plena expresión cuando se sigue a alguien no tanto por lo “que” dice, sino por “quien” lo dice”.


Me atrevo a decir que los emboscados no hacían nada que no contase con su aprobación por la confianza que les generaba su prestigio de vencedor de estúpidos, más que por el correcto entendimiento de su obra.


En un mundo dominado por la acelerada legislación del poder, él representaba la “auctoritas” del derecho, la autoridad de lo cierto que sólo se encuentra en las fuentes de lo imperecedero (la tradición, los usos, las costumbres). 


La oligarquía es eterna


El pensador de las formas políticas nos enseñó que éstas consistían en darle una forma a lo necesario, la forma adecuada a cada tiempo histórico.


Y en política, lo que nunca perece es la oligarquía, el poder de los pocos, de los amigos; mientras los regímenes políticos se suceden y pasan.


Esta clara diferenciación del profesor entre lo esencial y lo secundario fue lo que le hizo aceptar tácitamente el rol de líder de grupos tan distintos. Acogió a las variadas facciones de los emboscados para enseñarles con su legendaria sutileza que su antagonismo ideológico carecía de sentido.


El profesor atraía a los orgullosos “trevijanistas” que están convencidos de que son los custodios de las tablas de la ley, pero también a los tradicionalistas que viven en sus retiros avisándonos de la inminencia del abismo que hará irremediable el retroceso, y a los libertarios antipolíticos a los que desencantaba asegurándoles que Hayek era una suerte de socialdemócrata. Qué decir de su frecuente trato con los amantes de la república como forma política a los que recomendaba la necesidad de un partido republicano de derechas.


Esta unión de contrarios no era una consecuencia de su talante liberal.


Su liderazgo no estaba basado en el carácter, sino en las lecciones políticas de cada uno de sus gestos.


Si una de las tareas del emboscado consiste en prever los riesgos y proteger a los suyos enseñándoles cómo actuar, el profesor les advertía del peligro de perder el tiempo defendiendo la existencia de un régimen perfecto y, por tanto, siempre deseable; cuestión que consideraba antipolítica y propia de moralistas.


Con su ejemplo de líder de todos, nos demostraba que él no era socialista, ni anarco capitalista, ni un apologeta del Estado, ni siquiera un doctrinario de la democracia, cuestiones todas de menor rango; pero que según fuesen las necesidades del bien común, echaría su cuarto a espadas por el régimen político que mejor se adaptase a éste, sea cual fuere, con excepción de la tiranía a la que consideraba el enemigo siempre latente. 


Por tanto, el bien común representaba lo esencial, lo único digno de ser protegido mediante la forma política que en cada momento se presentase como la más adecuada.  


Si más allá de preferencias electivas todo sistema político es oligárquico y todo Gobierno es gobierno de un solo hombre, la forma política ideal es aquella que logra casar las necesidades del bien común con la oligarquía que mejor las puede servir.


Por tanto, la forma política ideal es aquella que se adapta a las circunstancias y no al revés, pues éstas no se dejan embutir en una única forma política.     


Duro dictado contra el tirano


Apurando hasta la hez su ausencia de prejuicios y de miedos, nada le impedía admitir que la dictadura podría ser un expediente temporal útil en función de la deriva de una situación donde el sentido común se hubiera perdido y fuera necesario recuperar el orden. El fundamento jurídico-político de su tesis se lo otorgaba el Derecho Romano y el Senado republicano que definían de forma elocuente la dictadura como último recurso para frustrar la llegada de la tiranía.  


Negro era un liberal no dogmático, es decir, no defendía el liberalismo como ideología, sino que era liberal por enemistad con la tiranía, ante la que estaba justificado el derecho de resistencia como acción legítima.


El profesor levantaba los velos del terror y podíamos descubrir que, si en el Estado de Derecho la única ley es la voluntad del tirano, la legislación es su arma; que los sátrapas presumen de despreciar las guerras, pero maltratan a sus ciudadanos como vencidos en una de ellas; y aunque aleguen que aman la paz y reduzcan el ejército, la policía política y la policía económica (impuestos) crecen sin obstáculos que se le opongan.


El tirano se presenta como “democrático bipartidista” porque ofrece una alternativa: o la tiranía o la guerra civil. 


El profesor, como auténtico emboscado que sabía que el sueño de las democracias produce déspotas, sólo se limitaba a prescribir venenos (“duro dictado”) contra la tiranía o medicinas para la libertad con el único fin de impedir la malévola dicotomía del autócrata: o él o la batalla cuerpo a cuerpo.


Los emboscados perdieron a su líder y no tienen recambio, aunque disponen del bagaje intelectual que les legó.


En cualquier caso, ellos no se pueden quejar, pues la mayor parte de los españoles jamás conocieron a ninguno.  


Leer en La Gaceta de la Iberosfera 

sábado, 4 de enero de 2025

En memoria de Dalmacio Negro. Nunca nos equivocamos


El profesor y el alumno


Jorge Sánchez de Castro


Conocí al profesor Dalmacio Negro, sin tener aún 19 años, cuando me dirigía al aula donde se iba a impartir la asignatura de Historia de las Ideas y las Formas Políticas en la España ochentera de los pelos de colores y en la Facultad de Ciencias Políticas que lindaba con el Palacio de la Moncloa.


Al alcanzar la puerta no pude franquearla porque una fila enorme de alumnos lo impedía.


Pregunté al que daba la vez qué pasaba y me comentó que todos estaban esperando que el profesor Negro les firmase la autorización para cambiar de grupo porque era casi imposible aprobar con él.


Mi curiosidad hizo que entrara al módulo para ver al temido maestro.


De mediana estatura, pero corpulento; con el pelo muy corto y el gesto serio, debo reconocer que por un momento pensé que la mejor opción quizás fuera engrosar la fila con un miembro más.    


En ese pequeño espacio donde concurrían el profesor y sus alumnos, y donde yo tenía que elegir entre el uno o los otros, tomé su única lección callada de la política: nunca se elige a los aliados, sólo se elige al enemigo.


Aplicado a mi caso eso significaba que me quedaría con Dalmacio Negro no por él (no le conocía de nada) sino contra los que huían de él, aquella masa que obedecía con unanimidad al prejuicio.    


Al terminar de despachar las autorizaciones a sus ya exalumnos apenas quedaban unos pocos minutos para que terminara la clase y no tuve el tiempo necesario para juzgarle.


A la siguiente sesión, con los pupitres medio vacíos, el maestro se abrió de capa y con un ¡oh! silencioso acompañé cada descubrimiento que salía de su cerebro.


Todos los conceptos difusos de la ciencia política eran aclarados y separados con un detalle mínimo que devolvía a cada idea su significado distinto y preciso.


En cada vuelta al mundo cultural en una hora nos enseñaba, por ejemplo, que la teoría de la división de poderes de Montesquieu, tan cara para la España aconfesional del 78, sólo era un remedo de la doctrina cristiana “de las dos espadas”. Toda idea tenía un precedente, una explicación y ésta siempre era cristalina cuando la escuchábamos por primera vez.


Gracias a él leímos por primera vez a Mircea Eliade, a Pieper, a Jaeger, a Bertrand de Jouvenel y, por último, nosotros empezamos a leer a Negro Pavón.


De sus clases y de su pensamiento no se podía volver pues, como decía Durruti de su Columna, “revolucionamos en seguida la vida cotidiana. Una derrota de mi columna sería terrible porque no podríamos retroceder sin más. Tendríamos que llevar con nosotros a todos los habitantes del lugar donde hemos permanecido, a todos sin excepción”.


Estas palabras de Durruti quizás sean las que mejor puedan dar cuenta, en sentido contrario, del nulo interés del profesor en crear una escuela.


Por mucho que a partir de ahora puedan escuchar o leer a algún dizque discípulo, les advierto que nadie puede presumir de serlo porque él temía a los epígonos. Nos advirtió en innumerables ocasiones que lo peor del soportable sociólogo Karl Marx eran sus lamentables herederos marxistas.


Su insistencia en el recordatorio siempre lo consideré una advertencia para que no se nos ocurriera vivir de ser “dalmacianos”.


Negro revolucionó nuestra forma de pensar para siempre y desde entonces sólo podíamos ir con él. Pero el profesor no quería adeptos de los que hacerse cargo, como Durruti, sino lectores atentos a los que ayudar en la comprensión de las “regularidades de la política”, esa serie de constantes que definen al Poder, con independencia de sus ocasionales protagonistas.


Autor de casi infinitos prólogos, siempre con buena disposición para acoger a cualquiera que quisiera profundizar en sus ideas, nos regaló un privilegio: nunca nos equivocamos.


En todos sus libros y en todas sus clases nos ofrecía un catálogo de enseñanzas y de autores donde podíamos encontrar las claves para tomar la decisión correcta ante cualquier debate o evento político.


No recuerdo una sola recomendación que fuera inútil o un texto que me hiciera perder el tiempo. Ni uno solo. Ese es el legado que deja a todos aquellos que quieran conocer su obra. ¿Cabe un maestro mejor?


Para terminar, quiero traer un fragmento de las memorias de su admirado Raymond Aron donde aparece un resumen de una entrevista que Bernard-Henry Lévy le hizo en 1975. Éste le preguntaba a cuento de la histórica disputa Sartre-Aron que ganó el primero, a juicio apresurado de los intelectuales de la época, lo siguiente:


«¿Qué es mejor? ¿Un Sartre victorioso, pero equivocado, o un Aron vencido, pero poseedor de la verdad?».


Tuve la oportunidad de reformular esa pregunta dado que él nunca tuvo a ningún Sartre del otro lado, y hacérsela dos veces al profesor.


La primera fue así: «¿Qué es mejor? ¿Una izquierda victoriosa, pero equivocada, o un Dalmacio vencido, pero poseedor de la verdad?».


Con el paso de los años tuve que ampliar el adversario: «¿Qué es mejor? ¿Un régimen victorioso, pero equivocado, o un Dalmacio vencido, pero poseedor de la verdad?».


El profesor, igual que hizo Aron a Lévy, no me contestó en ninguna de las dos ocasiones.  


Les invito a que lean al maestro Dalmacio Negro para que ustedes mismos obtengan la respuesta y, sobre todo, para que cuando piensen sobre lo político y la política nunca se equivoquen.


Leer en La Gaceta de la Iberosfera

miércoles, 12 de julio de 2023

Política y delitos: "Okupa y resiste"


 

 Jorge Sánchez de Castro

 

¿Existe relación entre delincuencia y política más allá de la corrupción de los políticos?

La respuesta es sí. Se trata de un nexo menos evidente que el latrocinio: la politización de la delincuencia como estrategia partidista para provocar el enfrentamiento civil.

Para desarrollar la idea vamos analizar el lema «okupa y resiste», difundido de forma masiva por diferentes líderes para blanquear, a través del discurso político, delitos comunes.    

Las ruedas de prensa de Herri Batasuna después de los asesinatos de ETA eran un buen ejemplo de lo anterior.

Resulta obvio que siguen existiendo partidos de ámbito nacional que hacen política defendiendo ilícitos penales. ¿Por qué? ¿Cuál es el mecanismo que utilizan para hacerlo?

Por qué «okupa»


El término «ocupación» no es una palabra que esté incluida en el Código Penal.

Sin embargo, la «okupación» con k, en cuanto consiste en la acción de entrar en un inmueble que no pertenece al invasor con la intención de adquirir la posesión sin consentimiento del propietario es un delito, bien de usurpación bien de allanamiento de morada, según la vivienda sea el lugar donde pernocta el dueño, o no.

Por tanto, la «okupación» es un acto violento contra bienes jurídicos dignos de protección. En el caso de la usurpación, el patrimonio de las personas; y en el supuesto del allanamiento de morada, la intimidad y el derecho al uso de la vivienda por parte del dueño de la misma.

Pues bien, lo primero que hace el político que quiere utilizar el delito en su beneficio es blanquearlo cambiándole el nombre.

Así, la usurpación o el allanamiento de morada son designados mediante un concepto no delictual, ocupación, al objeto de eliminar el estigma que lleva asociado cualquier delito.

Además, cambian su grafía (la c por la k) eliminando su neutralidad denotativa. De esa forma aportan al término el elemento ideológico necesario para apropiarse políticamente de los merodeadores que buscan un sitio donde vivir.

Recomiendo un artículo del historiador Juan Francisco Fuentes titulado «Usos ideológicos de la letra K en la España contemporánea: sobre el cambiante significado de un símbolo», para entender la utilización con fines subversivos de la referida letra.

En definitiva, gracias a la politización de una ilegalidad, el que asalta una vivienda ajena se convierte en héroe «robolucionario».

Ahora bien, el cambio léxico no es suficiente para que el político alcance su objetivo.

La víctima, un problema para blanquear el delito

 
La legitimación del delito tiene siempre un obstáculo: la víctima.

Por eso, la apología de la ilegalidad necesita de cierto romanticismo para tener éxito. El saboteador clásico que nos ofrece el cine debe actuar no por interés propio, sino por el bien común, ya sea el cambio de régimen o la defensa de la patria frente al invasor.

La «okupación» no iba a escapar de esta dificultad, pues sin altruismo las posibilidades de obtener rédito político del delito merman de forma sustancial.

El que invade una vivienda que no es suya no tiene otro interés que el propio, y este confronta con el del propietario, que es la víctima que sufre la violencia del «okupa».

No hay un bien superior en el delincuente, pues su interés es tan privado como el del dueño del inmueble.

El que entra en una casa sin permiso no es un partisano que lucha por el bien de la humanidad. Sólo es una persona que busca satisfacer sus fines particulares usando la fuerza contra el patrimonio de los demás. En definitiva, un maleante como otro cualquiera.

Por mucho que sus defensores aleguen la «función social» de la propiedad o el derecho a la vivienda consagrado en la Constitución, una «okupación» siempre termina con el abandono voluntario de la finca por parte del delincuente o con las Fuerzas de Seguridad del Estado lanzándole para devolver el inmueble a su legítimo propietario, pues éste es el titular del mejor derecho.

Para concluir, digamos que en la relación «okupa»-propietario no hay otra cosa que intereses personales involucrados (el derecho a la vivienda versus el derecho a la propiedad) y una víctima del delito que impide dar lustre político a la ilegalidad.  

La politización viene en auxilio del delincuente

 
A pesar de lo expuesto, hay partidos que se empeñan en otorgar la condición de «justa causa» a la «okupación», concediendo legitimidad al malhechor.

¿Cuál es el método por el que logran hacer desaparecer a la víctima hasta conseguir blanquear al delincuente?

Les basta con barbarizar la vida social extendiendo el odio contra determinados derechos para justificar la violación de esos derechos.

En un estado social donde el valor dominante es la igualdad resulta fácil lograrlo, pues para envilecer al pueblo no se necesita más que identificar al titular del derecho que se quiera eliminar como enemigo de la igualdad, y criminalizarlo después.

Odiar al propietario asociándolo con la desigualdad es la condición necesaria y suficiente para lavar las culpas del usurpador.  

Cuando el igualitarismo es la madre de todas las ideologías esta dialéctica prende como la yesca, porque el pueblo hace tiempo aceptó perder su libertad, pero lo hizo con la condición de que la perdiésemos todos, tal y como nos explicó Tocqueville en La democracia en América. Es decir, la mera sospecha de desigualdad justifica a los ojos del pueblo cualquier acción política que la neutralice, por abusiva que sea.

Por eso, cuanta más igualdad haya, más igualdad se exige. O lo que es igual, si todos no tienen acceso a una vivienda es razonable que una parte de la clase política ponga en duda que los propietarios tengan derecho a ser protegidos.   

Esta es la mentalidad que crea el caldo de cultivo para que la política tenga éxito amparando la delincuencia que invade inmuebles de extraños o que realiza un enganche ilegal a la red eléctrica.

Ama al delito y patrimonializa al delincuente

 
Hemos analizado la relación horizontal propietario-«okupa». Nos queda tratar sobre el vínculo jerárquico entre el delincuente y el político.

Para entenderlo vamos a centrarnos en el segundo término de la consigna «okupa y resiste».

¿Por qué resistir?

Los defensores de la usurpación saben que entrar en una vivienda sin la venia del dueño no es legal, pero ellos lo consideran legítimo.

Ahora bien, para demostrar la justicia de la causa necesitan la pátina política que sólo la confrontación concede, aunque esa oposición sea ilícita.

Por tanto, los que jalean a los «okupas» para que resistan son conscientes que estos actúan con riesgo por la comisión del delito, pero sobre todo por la persistencia del mismo («resiste»).

Aun así, les importa un bledo porque necesitan sostener la intensidad del antagonismo para convertir un tema meramente securitario (el control de la delincuencia) en hecho político que justifique su intervención.  

Declaran enemigo o criminal al propietario y luchan contra él por medio de testaferros a los que ensalzan considerándoles «okupas», jamás forajidos, aunque violen el domicilio de ancianas o jubilados.

Ahora bien, el que grita «okupa y resiste» desde un micrófono, viviendo en un chalé, representa el nivel más bajo de la política, esto es, el que manda a la batalla a los suyos mientras se regodea en el confort de su abundancia.

Frente al pícaro clandestino que pone en peligro su libertad al cometer un delito y perseverar en él, el político que desde su casa en un barrio residencial le alienta a delinquir alcanza el grado más alto de la ignominia.

La persona que allana o usurpa un piso es un delincuente común que, por múltiples circunstancias, puede encontrarse en una situación precaria, pero no se arroga el derecho político a declarar al propietario su enemigo hasta resistirle y vencerle.

Por estas razones, Concepción Arenal recomendaba odiar el delito y compadecer al delincuente.

Sin embargo, los políticos guerracivilistas hacen todo lo contrario: aman el delito para patrimonializar al delincuente.

 

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lunes, 5 de junio de 2023

Situación en el campo de batalla en cinco paradojas

 


 

Jorge Sánchez de Castro

 

Primera paradoja: el pueblo servil, inocente


En un memorable artículo publicado aquí con el título La clase política, Jerónimo Molina dejó claro que el pueblo es un mero espectador de «la cosa pública», pues ésta nunca dejó de ser un juego entre élites.

Si el profesor Molina nos enseña que siempre fue así, hoy lo es aún más debido al enorme poder clientelar de los Gobiernos, que tienen casi infinita capacidad de gasto para fidelizar a los ciudadanos-votantes.

Si la democracia pretendía ser el medio de hacer cumplir la voluntad popular, el clientelismo lo ha convertido en una subasta donde todo se reduce a estudiar los colectivos de los que depende el triunfo electoral y primarlos para garantizar su lealtad.

En estas condiciones, ¿es realista clamar contra las masas que votan con el estómago medio vacío temiendo quedarse con el estómago vacío entero si muerden la mano que les da de comer, aunque sea mal?

Es obvio que no. Por ello considero al pueblo, inocente de su servidumbre.


(...)

 

Las cinco paradojas se resumen en una: acelerar el desorden woke para recuperar el orden

 
De lo expuesto se concluye que el combatiente irregular del s. XXI es el que auxilia al Estado suicida woke acelerando su desastre, no el que lo pretende bloquear frenando su irresistible avance, pues el katejón (el que contiene la caída) resulta inútil cuando el enemigo ya está dentro.

La pregunta a responder es si el partisano lo sabe, si es consciente de su función y si actuará en consecuencia.

¿Los hombres que se hacen «trans» para burlarse del Estado o las mujeres que denuncian a sus maridos para convertirse en víctimas y obtener ventajas económicas y sociales, superarán su condición pintoresca y adquirirán la lucidez política suficiente para entender que están colaborando en la aceleración de la debacle?

¿Llegarán a la conclusión que si la legislación woke de la que se ríen permea la sociedad de forma lenta, pero inexorable, la minoría a la que protege esa legalidad terminará disolviendo el orden social basado en el sentido común?

¿Alcanzarán a comprender que la derogación de las leyes woke debido a su colapso, fruto de las reclamaciones para su aplicación extensiva, es la única forma realista de contener el deterioro social y garantizar la convivencia?

Aumentar la velocidad de implantación de las leyes woke sin dilación para que su suicidio en forma de abolición voluntaria se produzca cuanto antes.

He ahí un auténtico programa político para partisanos innovadores.


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lunes, 17 de abril de 2023

La crisis financiera como «crisis piramidal» II


 Estafeta

 

Jorge Sánchez de Castro

 

En la primera parte del artículo terminamos exponiendo la nada intuitiva relación entre corrupción y riqueza, que va mucho más allá de la idea, tan cara a los liberales, según la cual «los vicios privados se convierten en beneficios públicos» y que desarrolló Mandeville en La fábula de las abejas.

En este poema comentado, el precursor de Adam Smith explica de qué manera las motivaciones consideradas libertinas ponen en marcha una floreciente industria para satisfacer sus demandas, por extravagantes que sean.

[...]

La actuación coordinada de finales de marzo de los Bancos Centrales de EE.UU., la Unión Europea, Japón, Canadá, Suiza e Inglaterra para ofrecer liquidez al sistema a través de acuerdos de líneas de intercambio de divisas en dólares, constituye prueba suficiente para concluir que los inversores perdieron la fe, dejaron de aportar fondos a la pirámide y los Bancos Centrales tuvieron que entrar para sustituirlos a modo de reserva moral que viene a paliar los factores de corrupción inherentes al esquema (el rechazo a participar de nuevos inversores, la solicitud de los que ya están dentro de que les devuelvan su dinero y las pérdidas generalizadas al no poder cumplir con los reembolsos de todos).

En suma, si el dinero, institución que representa el valor de todas las cosas, dejó de fluir porque tiene miedo, el estado del crédito augura crisis porque nos señala que el esquema piramidal se estancó.

La pregunta que los gobiernos se hacen es si serán suficientes los bancos centrales para restaurar la confianza en el sistema financiero, pues su capacidad para reemplazar a los inversores y  garantizar los retornos a los depositantes tiene un límite.

Hasta ahora, los Bancos Centrales de Occidente se han bastado para superar los crash piramidales, pero ¿cómo hacer que los chinos o los saudíes no se desprendan de la deuda pública norteamericana o no vendan en el mercado secundario sus acciones de empresas europeas, si han decidido crear su propio esquema piramidal cerrado donde ellos, y no la FED, sean los dueños?

Al respecto, véase el reciente acuerdo comercial entre los presidentes de Rusia y de China que se desmarca del dólar y se centra en el yuan como la moneda de intercambio.

Si los chinos no necesitasen dólares para adquirir, por ejemplo, carbón ruso… ¿para qué van a querer participar en el sistema financiero piramidal americano cuando están concentrados en crear el suyo propio para reforzar a su moneda?

Las dudas asaltan a los gobiernos occidentales porque el abandono, aunque sea parcial, del «patrón dólar» por parte de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) podría sentar un precedente de imprevisibles consecuencias.

En definitiva, si se pierde la confianza en la arquitectura piramidal globalizada donde EEUU aún ejerce el papel de regulador, garante y dueño, el orden financiero surgido a finales del s. XVII en Inglaterra habrá periclitado.

El esquema piramidal continuaría en el mundo occidental, pero con un tamaño menor si existiesen menos partícipes y/o menos aportaciones, y más inestable si concurre con la competencia de otro sistema. La consecuencia sería la depauperación porque el método más fabuloso de crear dinero que jamás tuvo el hombre habría sido raptado. O lo que es igual, el Estado clientelar vería reducidos los fondos con los que poder ejercer su función redistribuidora...

 

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domingo, 2 de abril de 2023

La crisis financiera como «crisis piramidal»


 

Jorge Sánchez de Castro

 

La deuda es impagable, pues los números son elocuentes.

Al cierre de 2022 la relación entre deuda mundial (hogares, empresas, bancos y Gobiernos) y el PIB mundial se situó en el 338%, según datos del Instituto Internacional de Finanzas.

Si acudimos a la ubérrima Unión Europea, la deuda pública media de los Estados miembros ronda el 90% y la de España el 115%.

Recordemos que los criterios de convergencia o criterios de Maastricht, que fijaban los requisitos a cumplir por parte de los Estados de la Unión Europea para ser admitidos en la eurozona, establecían que la deuda pública no podría representar una cantidad mayor que el 60% del PIB.

Pues bien, ¿cómo denominar a un sistema financiero que sabe que los niveles de deuda son tan altos que resulta imposible abonarla en su integridad, pero a pesar de ello sigue emitiendo más deuda?

La forma más apropiada sería «esquema piramidal», esto es...

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