Mostrando entradas con la etiqueta Temporada 2024. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Temporada 2024. Mostrar todas las entradas

domingo, 20 de octubre de 2024

Tradicional Festival de Chinchón 2024. Los festivales y los viejos maestros




PEPE CAMPOS


Chinchón (Madrid), 19 de octubre de 2024. Tradicional festival taurino, con lleno en los graderíos. Tarde excelente de otoño. Maravilloso ambiente.


Terna: Juan Mora, Paco Ureña, David Galván, Alejandro Mora, Aitor Fernández y Álvaro de Chinchón.


Novillos (desmochados) de las ganaderías, por orden de lidia: Cayetano Muñoz, José Vázquez, Domingo Hernández, Victoriano del Río, Ginés Bartolomé y Jandilla



Hubo un tiempo en el que los viejos maestros, ya retirados o en la etapa final de su carrera, dieron lecciones taurómacas en los festivales taurinos que se celebraban a final de temporada o a comienzos de cada año. Hablamos de lo que muchos aficionados alcanzamos a ver allá en la década de los años ochenta, e incluso en la de los noventa, del siglo pasado. Entonces, por fortuna, fue posible que se anunciaran en distintos festejos de estas características toreros como El Litri padre, Jaime Ostos, Andrés Hernando, Joaquín Bernadó, Andrés Vázquez, Diego Puerta, Paco Camino, Antoñete o El Viti. Se convertían en ocasiones únicas para degustar la tauromaquia de estos matadores de toros que ya no era posible verlos o se encontraban muy cerca de su adiós. Recuerdo de manera particular un festival homenaje a Rafael Ortega Gallito en Aranjuez, años ochenta, donde pude ver a El Viti en una faena a un novillo manso que no embestía por la izquierda, y, cómo, tras llevarle y ahormarle por ese pitón izquierdo, conduciéndole con la muleta con mando, y con cadencia, manejada con la mano derecha en sentido inverso: toda la faena se desarrolló al natural en tandas de muletazos muy templados. Fue aquél un momento de poder ver una manera de torear que con acusada personalidad atesoraba El Viti. Del mismo modo aquellos festivales mostraban formas añejas y peculiares de entender el toreo, que se perdían porque eran propiedad de cada uno de aquellos veteranos maestros, el valor, la torería, el dominio del toreo fundamental, en la verónica, el redondo o el natural. En definitiva, imágenes añejas que desaparecían y eran mostradas de manera postrera para que alguien las guardara o las recogiera, los aficionados en su memoria o los aspirantes a matadores de toros para aplicarlo en su incipiente tauromaquia.


Estas oportunidades de ver aquello que formaba parte de los usos antiguos y clásicos del toreo —existencia de festivales taurinos, con figuras del ayer— se ha ido espaciando con el tiempo, por no decir que ha desaparecido. Por otra parte, nos lleva a pensar como que existiera hoy ausencia de viejos maestros que en estos eventos pudieran decir algo nuevo —por desusado—, ya sea porque estos experimentados matadores deciden no prodigarse, al estar definitivamente retirados del toreo, o porque esos posibles veteranos docentes, en realidad, ostentarían procederes similares a los que emplean hoy los aspirantes a matadores de toros, es decir, porque poseían y se moverían hoy en el mismo registro del toreo moderno o neotoreo que actualmente pueden reproducir muchos de los jóvenes novilleros, pues en su día —aquellos toreros— no albergaron maneras clásicas, tradicionales, personales o puras. Es una cuestión que nos haría reflexionar sobre la evolución del toreo dentro de los mimbres de la neotauromaquia que se ha visto en las corridas de toros de los últimos tiempos, practicada por las figuras del toreo más cercanas a nosotros, de modo generalizado, en los años finales del siglo pasado y en lo que llevamos de siglo XXI. Una etapa verdaderamente neotaurómaca. Para entendernos: con faenas de mucha ligazón, y dilatadas, y poca verdad. No obstante, de manera sorpresiva ayer en el clásico Festival de Chinchón estaba anunciado el matador de toros Juan Mora, y ello, por sí solo, le daba un especial interés al hecho de desplazarse a la localidad madrileña —a disfrutar del festival— poseedora de uno de los enclaves taurinos más bellos de España, por desarrollarse este tipo de festejos en su plaza mayor cercada la arena con los tablones de la antigua barrera de la plaza vieja de Madrid, la que desapareció en 1874.


En cierto modo podríamos decir que «nuestro gozo en un pozo», pues el novillo que le correspondió al maestro Juan Mora no le permitió explayarse en una clase magistral sobre el toreo, y sólo pudo exhibir viejos aires de torería al ensayar la verónica mecida y templada en un par de ocasiones y el natural pleno de preciosismo y sabor añejo en algunos cuantos muletazos que nos transportaron a la tauromaquia de Juan Mora, aquÉlla que pudo manifestar allá por los años ochenta como joven matador de toros. Un torero en aquEl tiempo de enorme talento y de formas artísticas, y después con una carrera que tuvo sus momentos álgidos y con su «canto del cisne» en la Feria de Otoño de Madrid en 2010, cuando caló en la afición madrileña con profundidad con una faena, a un toro de Torrealta, intensa y breve —algo ya no usual— rematada con prontitud por llevar la espada de verdad sin uso de estoque simulado —algo a lo que debería dársele una vuelta, para que los finales de faena no se conviertan en eternos—.

 

Ayer Juan Mora volvió a torear con la espada de verdad en su mano derecha, y tras esa faena que podríamos definir de «detalles al natural» y con algún pase del desprecio candoroso, la empleó para matar sin dilaciones de un pinchazo y estocada caída. A continuación, el mejor toreo correspondió a lo realizado por Paco Ureña, en sus ensayos ceñidos de la verónica, y, sobre todo, en su toreo



en redondo, donde en algún momento toreó con clasicismo, con compás y mando. No vamos a descubrir ahora a Paco Ureña, un torero con corazón, no del gusto de los aficionados a las figuras del toreo, pero sí de los que valoran el compromiso y el ajuste. De la actuación de David Galván quedaron Las Poncinas, que parece ser va a ser su seña de identidad una vez ido el torero que las inventó, el maestro de Chiva. De los tres novilleros anunciados, comentar que hubo pocas cosas que reseñar, pues si lo hiciéramos con rigor nos moveríamos por los caminos del desánimo y de la decepción.





FIN 

domingo, 13 de octubre de 2024

Corrida de la Hispanidad. Duelo extremeño (guiño a los conquistadores) Perera/De Justo, pesadísimos con unos victorinos de recuelo. Márquez & Moore

 


El Os vais a enterar de Perera

["¿A quién defiende la Autoridad?"]



JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ


Para conmemorar el Día de la Fiesta Nacional, el Descubrimiento de América y la festividad de la Virgen del Pilar el departamento de Inteligencia Artificial (IA) de Plaza 1 tuvo la magna idea de programar un mano a mano, que con eso se minora el coste del cartel, en el que se ventilase la secular enemistad entre los lugares de La Puebla del Prior y Torrejoncillo, como quien dice Badajoz vs. Cáceres, representadas ambas poblaciones por sus más excelsos hijos en lo tocante la lo taurómaco: Miguel Ángel Perera y Emilio de Justo serían los paladines de sus respectivas localidades dispuestos a batirse sobre la blanquecina arena de miga de Las Ventas para hacer prevalecer el honor de sus respectivos pagos. No se nos ocurre otra causa que esta para poner frente a frente a Perera y De Justo, entre los que no se atisba un solo motivo de rivalidad o competencia que justifique este antedicho mano a mano.


Para dar algo de interés a la corrida le compraron seis toros a Victorino Martín, que es ganadería especialmente querida en Madrid. Para los que dicen que si Victorino tal y que si Victorino cual, recordemos que en 2023, en otro mano a mano con el que se cerró la Feria de San Isidro, se trajo de Las Tiesas un serio corridón de toros que fue subrayado por la afición cuando hizo salir al mayoral a saludar al término de la corrida. Y en este año 24, Corrida de la Prensa, otro mano a mano y otro corridón variado de intenciones y de magnífica presentación, masacrado en varas, para que no decaiga el interés que siempre despierta la A coronada. Ya nos hubiera gustado que los seis toros de esta tarde. Playero, Portevelos, Escusano, Pobrecillo, Verdadero y Director, números 19, 97, 14, 54, 62 y 74, hubieran defendido con mayor ahínco el honor de su divisa, especialmente después de la interesantísima corrida que soltó Fuente Ymbro hace unos días, pero lo cierto es que el encierro no llamó la atención específicamente ni por su presencia, ni por su fortaleza, ni por su entrega ante los de a caballo. Y eso que hubo algunos que demandaban la vuelta al ruedo para el tercero, Escusano, que uno ya no sabe qué locura se adueña a veces de algunas cabezas. No quiere esto decir que los toros no tuvieran su guasa, que en el momento que ambos matadores se quisieron confiar, olvidando lo que tenían enfrente, se vieron con los pies por arriba y el trompazo consiguiente, para dejar claro el concepto de que «tonterías, las justas»; pero pese a esos rasgos inequívocos de personalidad por parte del ganado de Victorino, es de justicia dar el premio ganadero de este otoño madrileño a Ricardo Gallardo y sus jandillas enloquecidos.


Entre Perera y De Justo hay una diferencia evidente, y ésta es el capricho que una buena parte de los aficionados madrileños sienten por el segundo. Se nota en que mientras al primero le increpan por el apellido:


¡Perera, no seas pesao!


Al segundo le llaman afectuosamente por el nombre de pila: 


¡Emilio, por Dios, crúzate!


Esa predilección se nota también en que las clásicas exigencias por el cruzamiento y las censuras por las ventajas que se toman ambos siempre son agrias censuras al de La Puebla del Prior y amorosas admoniciones al de Torrejoncillo. Bien es verdad que Miguel Ángel Perera se ha labrado a pulso una sólida reputación de pelmazo. Hoy en la Andanada un culto abonado rememoraba el ripio finisecular aquél tan del gusto de nuestros abuelos de «Ay, Melitón, Melitón / Te mereces un guantazo / por pelmazo…» precisamente cuando iniciaba Perera la faena a su primero, uno de capa negra (de lo ibarreño, ya sabemos) que como todos los de capa negra de Victorino estaba ahí por estar. A este pobre animal le dio Perera 71 muletazos, que se dice pronto 71, a tres de diferencia de su récord personal de 74 en el pasado San Isidro. Era impresionante ver cómo se sucedían las decenas de muletazos uno tras otro y el aguante del bicho ante ese claro abuso que se estaba cometiendo con él, y luego el remate del sainete a base de pinchazos y una, digamos, estocada y también el aviso, que nos sacó de la catalepsia a la que nos había inducido la hipnótica tauromaquia pereriana.


Su segundo era de esos de «hacer el avión», que decía Victorino padre (qDg), fijo y noble y de atemperada embestida, es el toro ante el que Perera debió haber sacado a relucir aquella forma suya de torear de 2008 y lo que sacó fue un catálogo de trapacerías de viejo cómico aburrido de su oficio, sin ocurrírsele jamás buscar la rectitud del toro y sacando algún muletazo suelto más por culpa del propio toro que del torero. Su trasteo consistió en 53 pases. El clímax se vivió entre los pases 20 al 25 donde las gentes quisieron ilusionarse con Perera, que resultó trompicado en ese pase 25 para delirio de muchos. Digamos que Perrera está casi siempre por debajo de las condiciones de Escusano y que cuando le dejó la estocada trasera ésa que ahora tanto se estila («el rincón de Julián», la llamamos), el animal tardó en morir una barbaridad, porque ahí hay poca muerte. Entre tanto se sentó en el estribo y escuchó dos avisos y finalmente tuvo que agarrar el descabello. El toro, óptimo para el último tercio, no era de vuelta.


La cosa del quinto la resolvió Perera con 50 pases, que ya son pases viendo las pocas ganas de embestir del animalito. Las gentes se soliviantaron un poco y demandaron a voces y silbos que pusiera fin a aquello, cosa que hizo a base de un bajonazo. 174 pases es la cosecha de Miguel Ángel Perera en esta última corrida de la temporada.


¿Y Emilio? Pues casi lo de Perera pero con cariño, acaso algo de mejor disposición y como si dijéramos que las gentes esperan más de él. Buen manejo del capote en el recibimiento de su primero, muy eficaz, bien Bernal con la vara y bien el toro ante el reto de las faldillas, buenos pares de Juan José Domínguez y gran inicio de faena de De Justo hasta que el toro le engancha el trapo pasando al natural y se orienta, que estos de Victorino tienen estas cosas. A partir de ahí, porfía, ventajilla y algunos muletazos templados. Con dos pinchazos y estocada despena a Portevelos. Su segundo le tenía menos afición a los caballos que el antecesor y cantó convenientemente la gallina de su falta de interés en que le agujereasen la espalda. Comenzó su trasteo Emilio, de nuevo las ventajillas, y en el momento que se confió el toro le buscó y le puso con los pies por alto. Tras las correspondientes muestras de apoyo por parte del público tras el susto se empeñó en unos naturales de más voluntad que encaje, muy jaleados, antes de encenagarse con la espada, cobrando seis pinchazos, un espadazo y dos avisos.


Las gentes esperaban como agua de mayo a Director, que es nombre fetiche en la vacada de Victorino, y que no manifestó unos grandes deseos de acudir al penco guateado, aunque una vez que lo hizo empujó con buen son. Buena brega de El Algabeño y buenos pares de Morenito de Arlés. El toro acabó entrando en la muleta de De Justo, que planteó una faena con muchos altibajos, con algunos -pocos- muletazos de gran hondura y mucha farfolla cantada por los tendidos al grito de ¡Hosanna!. Resaltemos una tanda a derechas de mucho cuajo y la frialdad de la mayoría de su toreo natural. Y luego eso de los chillidos, que no es de recibo estar dando voces al toro en cada cite y al entrar a matar: alguien debería decírselo. Pinchazo y estocada en el «rincón de Julián» fueron el epílogo a esta tarde en que cada uno de los extremeños en liza se llevó una oreja de Madrid.


La voz que proclamó: ¡Qué m… de temporada, Garrido! representaba perfectamente el sentir de muchos abonados.





ANDREW MOORE







 




 






FIN

martes, 24 de septiembre de 2024

Mano a mano (o verso a verso) Urdiales-Talavante. Al refrán: "En los campos de Logroño siempre anda suelto el demoño"



José Ramón Márquez


Nos venimos a Logroño Pepe Campos y el que suscribe, invitados por los amigos de https://nuevecuatrouno.com a echar un par de días en las fiestas de San Mateo y participar en uno de los coloquios de aficionados que organizan, así que, después de una grata visita a la Terraza de NueveCuatroUno y un animado paseo por este Logroño en fiestas, nos vamos a la Plaza de Toros, para tener de qué hablar mañana en el coloquio. Lo que toca esta vez es ver el mano a mano entre Diego Urdiales y Alejandro Talavante, que se quedó en mano a mano tras la caída del cartel del pobre Morante, que debe estar hecho unos zorros de la cosa de la mente. Mano a mano sobrevenido porque los Chopera, que a estas alturas ya no se sabe la poca fuerza que puedan tener, han sido incapaces de encontrar un nombre que sustituya en el cartel al de La Puebla, habiendo como hay toreros a porrillo por ahí. Y, sinceramente, molesta sobre todo lo del mano a mano porque eso implica tener que ver a Talavante con tres toros, que eso es de mérito, en vez de los dos que sumisamente habríamos aceptado como mal menor.


Antes de seguir hablaremos sucintamente de un asunto crucial: en la entrada que adquirimos en la taquilla a una joven ornada con piercings nasales pone claramente “Corrida de Toros”, y la verdad es que uno ya no sabe qué es eso de “Toro”, porque lo de hoy de Logroño podrían ser bolitas de sebo, cabras, perros falderos, mascotas de peluche o chotos de engorde, pero no se puede decir que ninguno de los seis desgraciados que hollaron el albero de La Ribera (Acorchado, Napoleón, Rastrero, Zampatortas, Marisquero o Alabanza, números 49, 89, 146, 50, 181 y 12) diera las señas particulares de lo que uno entiende por “toros de lidia”, en cuanto a su predisposición a acometer, a sus signos externos de bravura, a su inexistencia de casta, a su falta de interés zoológico, por ser animales criados para servir a los intereses del toreo de vaivén tan del gusto de ciertos públicos contemporáneos, que consiste en que el animal estorbe lo menos posible a los designios del torero, artista inmarcesible, que usará las bondades de ese esperpento bovino para sublimar ciertas posturas chulescas y aflamencadas. La deplorable imagen de esos seis toros (llamémosles así) tasados de fuerzas, gorditos y bobos es una afrenta patente a la Tauromaquia, por más que su colaboracionismo lleve a ciertos públicos a extasiarse.


El señor don Juan Pedro Domecq Morenés hierra con la uve de Veragua lo mismo a sus toros que a sus cochinos de engorde y mucho nos tememos que se haya podido llegar a crear una hibridación anti-natura entre ambas especies de tal manera que ya no sabemos si lo que echa a la Plaza son puercos con cuernos y lo que lleva al secadero son los jamones de toros acornes. La sublimación de esa mezcla porcino-tauro-perruna fue el sexto de la tarde, el tal Alabanza, 525 kilos de sumisión canina, que acudió uno a uno a los zarrapastrosos cites de Alejandro Talavante, colocándose él mismo a la salida del pañolazo para volver a acometer, sumiso y despreocupado, a la siguiente invitación. Con esa pobre criatura, Talavante se gustó a su manera a base de telonazos, de muchos molinetes y de pases cambiados por detrás, pura demostración del nulo respeto que le imponía el torillo, y se llevó de calle al generoso y festivo público de La Ribera. Con los otros dos de su lote, nos anegó en un océano de vulgaridad.


Además de esto ahí tuvimos a Urdiales dejándose querer por los paisanos y soltando algunas gotas de la torería que atesora. En este cuento del mano a mano a Urdiales le tocó el papel del príncipe y a Talavante el de la rana. Sacó un poco de genio rabiosillo el quinto, Marisquero, y achuchó al de Arnedo hacia tablas y luego dejó claro que su interés no era el de meter la cara y entregarse, soltando ciertos incómodos cabezazos que sirvieron para adelantar el momento de su muerte, siendo esa leve demostración de cierta personalidad lo único de toro que se vio entre los seis pupilos de JP. Magnífica la añeja torería de Urdiales en la vuelta al ruedo que se dio tras la muerte de su primero y, a veces, en su manera de citar, por más que la edad le lleve a pasarse los toros más lejos de lo que el arte demanda. 

lunes, 23 de septiembre de 2024

Bañuelos de viento en una Corrida Gazpacho Ganadero con diez olvidables toros para Castilla, Fonseca y Molina. Márquez & Moore

 



JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ


En esto de contar lo de los toros, y en más cosas de la vida, conviene ir con la verdad por delante, que es lo que cuadra si se quiere ser un poco honesto, por eso hoy no hablaremos del primer toro de la tarde porque uno se creyó que los toros empezaban a las seis y media y resulta que la corrida de esta tarde, la primera corrida del otoño, comenzaba a las seis. Nos perdimos al primer Bañuelos y al primer Juan de Castilla, pero a cambio nos esperaba una especie de concurso de ganaderías, reiteradas salidas de los bueyes de don Florencio Fernández y otras particularidades que hicieron que la corrida no se pasase en una corrida, ya que los que llegaron a su hora echaron tres horas calentando la piedra y que quien llegó tarde se vio recompensado con media hora de exención.


Como previo a la Feria de Otoño que comenzará el próximo sábado y para que se haga algo más suave la transición entre lo de las pasadas semanas (Saltillo, Valdellán, Dolores Aguirre, Sobral, Concha y Sierra, Partido de Resina…) y lo que se nos viene encima (Juan Pedro, Garcigrande, Puerto de San Lorenzo, La Ventana del Puerto, Victorianbo del Río…), se programó una corrida de toros de Antonio Bañuelos que luego fue complementada con cuatro toros suficientemente corraleados que correspondían a las ganaderías de Montalvo, Las Ramblas y Couto de Fornilhos, citadas en orden de antigüedad, y otro de la ganadera inscrita en la Agrupación Española de Ganaderos de Reses Bravas, doña Carmen Valiente, ganadería sin antigüedad. Podríamos brindar la etiqueta de “Corrida Gazpacho Ganadero”, que representa bien el variado e indeseado trajín que se han traído entre el portador del cartel, el boyero don Florencio y sus bueyes amaestrados, el metisaca de picadores, ahora aparezco, ahora desaparezco, los sudores del Presidente y su patente indecisión en mostrar el trapo verde, las horas extra de los areneros retirando los excrementos de los bueyes y las fatigas del Buñolero don Gabriel Martín, abriendo y cerrando los portones hasta la extenuación. Mucho tiempo hacía que no se veía en Las Ventas un baile de corrales como el de hoy, auspiciado por la debilidad congénita y las exasperantes caídas en plancha de los toros de Bañuelos, los toros del frío que nos dejaron fríos.


En la parte coletera se requirió el concurso de Juan de Castilla, Isaac Fonseca y José Francisco Molina, Colombia, Méjico y Albacete, que suman veinticinco corridas en el año pasado, de las que cinco son de Juan y cuatro de José Francisco. 


Cuando uno llegó a su localidad por allí andaban ya los bueyes sabios tratando de retirar de la exposición pública a Zalamedo, número 77, segundo de la tarde, sin que podamos dar fe de cuáles fueron las causas de su expulsión. En seguida se anunció que se corría turno y que saldría Sufrido, número 56, que iba en quinto lugar. Tras las correspondientes chirimías apareció el susodicho para provocar la exasperación de la parroquia que comenzó a demostrar su hostilidad al bicho, que demostraba de manera patente su incapacidad para la cuadripedestación, por lo que fue sancionado con el destierro, lo que provocó otra salida a escena de los cabestros, para sorpresa de tantos turistas que pensaban que esto de la corrida consistía en hacerles cuatro monerías con la capa a los toros y luego sacar a unos bueyes a llevárselos. Tras el correspondiente anuncio, exhibición de un trozo de tela blanco y los sonidos del viento y la percusión, apareció en escena Romano, número 81, de Montalvo, que tampoco era lo que se dice un Hércules. Lo mejor que nos trajo este Romano fue poder contemplar la perfecta brega de Juan Carlos Rey, la torería rehiletera de Curro Javier y la disposición de “Tito”. En ese momento pensamos que, probablemente, eso sería lo más torero que veríamos en toda la tarde y, como tantas otras veces, nos equivocamos. La cosa de la muleta en manos de Fonseca una vez que se quedó solo, consistió a grandes rasgos en desbaratar la obra de Javier Rey, que comenzó su obra con tres pases de rodillas y con el toro comiéndole el terreno, y continuó mediante la cosa de los enganchones y de poner la muleta a ver si el toro se da el pase él solo, como ahora suelen hacer tantos, pero el animal, en cabio, reclamaba un mando y una decisión que no estaba en la miente del torero. Pinchazo, espadazo, descabello y aviso es el epílogo de su obra.


Volvemos a los Bañuelos y aparece Castañero, número 87, que no parece capaz por sí mismo de poner la miel en ningunos labios y que tras un prescindible tercio de varas y un recibimiento por bajo de la muleta de Molina, se parte la mano, por lo que el albaceteño opta por dar fin a su tarea a base de no sé cuántas entradas pinchando y otros cuantos descabellos.


Tras el arrastre del manco, sale un nuevo Bañuelos, Zalamedo, número 14, que se llama igual que el segundo y que está dispuesto a seguir su misma suerte, siendo desaprobado por la cátedra y por los turistas que ya habían aprendido a dar palmas de tango, por lo que se dictamina que siga la senda de su hermano y tocayo hacia el corral donde don Juan Antonio Domínguez hará que se cumpla su destino. Es este el momento en que aparece anunciado el de Carmen Valiente, Fallero, número 78, que ya estuvo anunciado de sobrero el domingo pasado, y que tras unas vueltecillas por el ruedo deja claro que su destino más adecuado es el de seguir a los dos Zalamedo y a Sufrido en la fúnebre procesión en pos de los bueyes. To pa ná, pensaría el animal. Como no hay mal que por bien no venga, ahí tenemos al de Las Ramblas, con el número 14, que atiende por Saltamontes, de poco cuajo y menos presencia, de condición mansurrona y huidiza ante el que Juan de Castilla puso en marcha una tauromaquia de corte muy pueblerino, ese toreo que huele a churros, a pincho moruno y a algodón de azúcar, basada en la distancia, por lo lejos que se pasaba al toro, y en la ventaja. Remató su obra con unas inconcebibles manoletinas de rodillas y después con una estocada trasera, un descabello y un aviso. Se dio una vuelta al ruedo porque se lo sugirió un peón.


Cuando parecía que la corrida no iba a acabar nunca, aparece Memorable, número 19, de Couto de Fornilhos con evidentes signos de haber hecho varios másters en corrales y con evidentes signos de mansedumbre que le impiden acometer a los capotes que le presentan Juan Carlos Rey y Curro Javier. Isaac Fonseca no lo ve claro y no se arriesga mucho en ver de hacerse con el toro, que va de acá para allá a su albedrío, huyendo de las telas. Se cambia el tercio sin que el bicho haya recibido un solo capotazo y el animal manifiesta su falta de deseo de acudir a los caballos guarnecidos de faldillas. Así va pasando el tiempo hasta que, en un arranque de pura torería de director de lidia, Juan de Castilla se va al toro, le toma en corto y le cita provocando su embestida, que nadie sabía lo incierta que podría ser y, a base de claridad de ideas y de ordeno y mando capotero se hace con él, haciéndole pasar de capa y recibiendo la más rotunda y sincera ovación de la tarde. Luego el toro ya entró a varas tres veces, empujando de bravucón y saliendo suelto, recibió la perfecta brega de Curro Javier y el toro fue demostrando que era un perfecto don nadie, con problemas de movilidad. La ocasión de Isaac Fonseca se había pasado y casi nadie echó cuentas de su deslavazado trasteo.


Y ya para terminar ahí tenemos a Faisán, que es el nombre de un bar de Irún, con el número 49, de la ganadería titular que recibió unas correctas verónicas de Molina y que, tras un inicio que hizo albergar ciertas esperanzas, no quiso dejar mal a sus congéneres que le habían antecedido y sacó ciertas asperezas y un desencanto que empataba perfectamente con el de los espectadores que veían que el reloj de la Plaza daba las 9, noche ya cerrada en el cielo de Madrid, muertos de ganas de retornar al hogar con los diez olvidables toros a cuestas.






ANDREW MOORE

















FIN

lunes, 16 de septiembre de 2024

Última del verano en Las Ventas. Corrida concurso (sin alcurrucenes ni ymbros), interesante por la casta. "El toro demanda espacio y Amor le ahoga". Márquez & Moore



 JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ


Para la última corrida del verano 2024 las mentes pensantes de Plaza1 decidieron programar una corrida concurso de ganaderías, sea eso lo que sea, que en resumidas cuentas es la ocasión para ver desfilar seis toros de diferentes vacadas que, en este caso, no corresponden a las que se vienen viendo en Las Ventas de manera más habitual. Por ejemplo, tuvieron la excelente idea de no colocar entre los seis elegidos a ningún toro de Fuente Ymbro o de Alcurrucén, que ya son como de la familia, y en cambio se trajeron uno con la preciosa divisa gris plomo y negra de Concha y Sierra, que se lo agradecemos una barbaridad, lo mismo que la elección del Palha y del Partido de Resina, ganaderías que llevan viniendo a Madrid desde los años 80 del siglo XIX. Esos tres históricos hierros decimonónicos fueron el primer plato de la tarde y el segundo, con antigüedades diversas del siglo XX, estuvo formado por ejemplares de Castillejo de Huebra, Pedraza de Yeltes y Salvador Gavira. Como suele pasarnos en estas corridas, al llegar a la Plaza nos enteramos de quienes son los encargados de la lidia y muerte del ganado, en este caso Rafael de Julia, Ángel Sánchez y Amor Rodríguez.


Cuando sale del chiquero Granadino, número 75, cárdeno de Concha y Sierra la Plaza aclama de manera unánime su impecable presencia de toro de lidia, serio, bien hecho y bien armado. Sinceros aplausos que saludan la presencia en el ruedo del toro, altivo y desafiante, de finísimas astas, de irreprochable estampa. Aunque en el ruedo habían pintado las rayas ésas que suelen, ya nos imaginábamos que hoy tampoco sería el día de la suerte de varas; seamos prácticos: el que quiera ver suerte de varas que se vaya a San Agustín del Guadalix a la Feria del Club 3 Puyazos y se despida del asunto hasta el año siguiente. Antes del insustancial paso por el equino de Héctor Vicente, el toro recibió el saludo portagayolístico de Rafael de Julia que, tras ese incomprensible espectáculo, se luce con el capote en la mejor colección de lances que se han visto en la tarde. Cuando el torero se dispone a ir a brindar al público el toro se le arranca, sin atender al peonaje, y muy toreramente De Julia le recibe con un aire muy fresco fijándole con pases de trinchera y por bajo y, cuando ya le tiene parado, hace su brindis sin darse importancia. Luego comienza su trasteo por la derecha con muchos enganchones y sin que la cosa se eleve hasta que se cambia la muleta a la zurda y ahí obtiene mejores resultados, con un aire muy personal, con altibajos pero muy interesante en su labor. La vuelta a la derecha significa un bajón en la faena y el espadazo tauricida, un borrón. Palmas sinceras para el toro en el arrastre y, para el torero, saludos desde el tercio a unos aplausos menos unánimes que los recibidos por el toro.


El segundo en salir es Peluquero, número 476, de Palha, que como nadie sabe cómo es el tipo de Palha, a nadie defrauda. Conocemos de Palha mejor su comportamiento que su morfología y sí que podemos decir que Peluquero hizo lo que corresponde a su origen. Pasa por dos veces por la gestoría montada de Daniel López, a la que hizo más caso que al capote y llega al último tercio todo lo áspero que se puede esperar de su  estirpe, sin regalar nada y planteando a Ángel Sánchez una buena cantidad de problemas y ninguna certeza. En mitad del muletazo alza la cara, se para y mira y pone a cavilar a su matador, 4 festejos el año pasado, sobre conceptos esenciales en el toreo, tales como la lidia y el castigo. Visto lo visto, sainete con el estoque y a otra cosa.


Tormentoso, número 31, cárdeno, es el toro de la corrida. Corresponde a Partido de Resina y no puede negar sus orígenes, por sus hechuras su cabeza corta y su encornadura media, nada aparatosa, muy de la casa. Recibe aplausos cuando hace su aparición en el redondel. Para ser toro, como para todo en la vida, hay que tener un poco de suerte, que es la que no tuvo Tormentoso, en forma de Amor Rodríguez y su cuadrilla. Le pusieron tres veces al caballo, la segunda al relance, y las tres acudió con fuerza y gallardía, vivamente, recibió capotazos sin tasa y una pésima brega y paulatinamente el toro se fue dando cuenta de que el que más mandaba era él. La torpe muleta de Rodríguez es incapaz de tocar las teclas que el toro demanda: la distancia, la exigencia de pisar el sitio correcto en el cite, la elección del terreno para desarrollar el trasteo. Todo va mal porque el toro quiere el tercio o los medios, quiere estar lejos de las tablas, y le pretende torear entre las rayas; porque el toro demanda espacio y Amor le ahoga, pues ahí se encuentra más seguro y así, poco a poco, se va viendo que el mando es del toro y que es él quien dirige la sinfonía para la que Amor Rodríguez carece de partitura. Luego ya viene el sainete de la espada y los descabellos y los tres avisos. Toro interesantísimo, de extraordinaria personalidad y genio, que es ovacionado en el arrastre.


A Rafael de Julia, que le dio esta tarde por lo de la portagayola, le toca Junerón, número 5, de Castillejo de Huebra, muy en su tipo de Murube, bonito y bien hecho. Acude por tres veces al penco de David Prados como el que va a la oficina a fichar, o sea que va por ir. El animal es noble, con esta nobleza moderna, y De Julia le plantea de nuevo sus derechazos de enganchón para, en seguida, pasar al toreo natural donde consigue sinceros aplausos en series de mucho empaque, echando la muleta hacia adelante y trayéndose al toro, sin citar en la cadera como ahora hacen, en otra serie se alivia un poco y la faena decae algo pero luego vuelve a encontrarse en la buena posición y liga otra serie de categoría. El conjunto de su labor con Junerón es notable, por su verdad y su personalidad, aunque echa el borrón con un feo espadazo bajo que le priva de una oreja que ya tenía ganada. Palmas al toro en el arrastre.


Guantero, número 37, es el que mandó Pedraza de Yeltes desde Salamanca. También muy bien hecho y de excelente trapío, es un toro muy serio y cambiante, pues nada de lo que aparentó en la excelente brega que recibió de Juan Navazo se manifestó en su vis a vis con Ángel Sánchez. En el último tercio el animal se paró, se puso reservón, como si le faltasen las fuerzas, y le puso las cosas muy cuesta arriba a su matador.


Pese a su buena presentación, el garbanzo negro de la tarde fue el flojo Gavira, Librero, número 21, que adolecía de algún defecto en los cuartos delanteros y que blandeó lo suyo provocando las iras de los que querían ver salir al sobrero de Carmen Valiente. La protesta hizo que nadie echase cuentas de la labor de Amor Rodríguez que, de nuevo, se volvió a encasquillar con los aceros.


En suma, hemos asistido a una interesante corrida, marcada por el signo de la casta. Como siempre pasa en tardes como ésta, hubo quien echaba de menos en esta tibia tarde del final del verano, en la que los tres matadores sumaban once festejos en conjunto en la temporada pasada, a Juan Ortega y a Pablo Aguado, esas jóvenes figuras que están en boca de todos.





ANDREW MOORE













FIN