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jueves, 27 de febrero de 2025

Excusas... a los fotógrafos de la Cámara (Con motivo de la cómica deriva del periodismo parlamentario)







Wenceslao Fernández Flórez
Abc, 23 de Diciembre de 1933


Yo, señores míos, soy un hombre que sufre muchos disgustos. Permítanme que aproveche la importancia de la sesión de ayer para tratar de asuntos particulares.

Sufro muchos disgustos… Me pasa siempre algo parecido a lo de aquellos actores de las películas antiguas, que arrojaban una torta de crema contra un guardia y veían con horror que era un transeúnte pacífico, una bella joven o una persona de su propia familia la que la recibía en el rostro. Apunto a un pájaro y hiero al cazador que me acompaña.

Casi todos mis artículos provocan alguna indignación. Pero no la que yo espero, sino otra absolutamente imprevisible. Esto termina por alterar demasiado los nervios. En España existe una porción de personas a las que no conozco, en las que nunca he pensado, en cuyas vidas jamás creo poder cruzarme. Pues bien, de repente, hoy una, otra mañana, se sienten galvanizadas, impelidas por una fuerza superior que provoco, yo no sé cómo, y me escriben cartas comentando artículos que no son míos o afirmaciones que nunca formulé. Estas cartas me aburren, porque todas son iguales. Se reducen a algunos insultos de la mayor vulgaridad y a hacer conjeturas acerca de la cantidad de billetes que me pagan en ABC por cada crónica. Es extraordinaria la unanimidad con que esa diseminada muchedumbre cree que cada noche el propio Juan Ignacio Luca de Tena me llama a su despacho y, jugando al desgaire con un billete de cinco duros, me dice:

Bueno, Wenceslao, ¿quiere usted decir hoy tal o cual cosa?

¡No! –rujo, echando chispas por los ojos.

Sea usted amable –insiste el director, sustituyendo el billete de 25 por otro de 50.

Jamás –bramo.

Medítelo usted, amigo mío –aconseja, mostrando otro papelito de 20 duros.

Pero mire usted que

¿Por qué no se convence? (Dos billetes más)

Hasta que llega a un punto en que me precipito sobre los vales con alegres gritos de “¡Tiene usted más razón que un santo!”, y corro a pergeñar la crónica.

No saben ver lo que hay de tolerancia a mis opiniones; tolerancia amable, a la que aludía en un reciente artículo Federico Santander, en vez de imposición exigente.

Otra vez son periodistas los que comentan actitudes en las que no recuerdo haber incurrido. No hace un par de meses, como yo hubiese achacado a un señor la propiedad de una alpargatería, un periodiquín de Elche excitaba contra mí la cólera de todos los alpargateros, suponiendo que me parece el tal un oficio bajo o una industria ruin. No obstante, estoy seguro de no haberme ocupado jamás con desdén de los alpargateros, ni de los zapateros, ni de nadie que haga algo útil en el mundo.

Mis lectores habrán advertido que no recojo esas bagatelas que ni yo mismo termino nunca de leer. Pero ahora, en el caso en que voy a ocuparme, no puedo seguir la misma conducta. Porque se trata de unos compañeros de trabajo: de los fotógrafos de Prensa.

Hace unos días, en mis Acotaciones, recomendaba precaución para con ellos. “Hay que tener cuidado –venía a decir– con los fotógrafos de la Prensa. Entran en el hemiciclo y, aprovechando la afluencia de diputados desconocidos, ocultan su máquina bajo un escaño y se quedan allí para siempre, hasta que en una crisis apurada les hacen directores generales o ministros.”

Leído esto, los reporteros gráficos, en número de diecisiete, me han escrito una carta, “protestando enérgicamente”, en la que afirman que mi “proceder es incalificable”, que “les he puesto en ridículo” y que por culpa de esa crónica “les será negado en lo sucesivo por el presidente de la Cámara el permiso para realizar su labor informativa”. Terminan recomendándome que, para otra vez, elija “otra cabeza de turco”.

No. Ya no quiero más cabezas de turco. Cuando quiero decir algo resulta que escribo, sin saberlo, todo lo contrario y que no consigo hacerme entender. En ese artículo deseaba insinuar que algunos de los que han llegado a personajes son tan incongruentes con su destino, que parece que han venido al Congreso apelando a un ardid, a un truco de fresco de comedia. Pero ahora, ¿cómo aclaro yo esto? ¿Cómo digo que los compañeros que manejan la máquina en vez de la pluma tienen toda mi consideración? ¿Qué frases hay que emplear para que los diecisiete camaradas lo comprendan? Voy a intentarlo con las siguientes afirmaciones. Y doy mi palabra de honor de que son exactas:

Primera. Ningún fotógrafo que haya entrado en el hemiciclo en cumplimiento de deberes informativos ha ocultado su máquina bajo un escaño para sentarse en él, fingiéndose diputado.

Segunda. No es verdad que, una vez sentados, hayan pedido agua con azucarillo ni cualquier otra sustancia parlamentaria.

Tercera. Es absolutamente falso que, despistando a la Cámara con los procedimientos expresados en las aclaraciones anteriores, haya sido nombrado alguno de ellos director general.

Cuarta. Nadie puede decir tampoco que con el mismo truco recibiesen el encargo de desempeñar una cartera.

Quinta. Si el señor Alba se apoyó en mi artículo para prohibir a los fotógrafos de Prensa la entrada en el salón, el señor Alba no sería el presidente de la Cámara. Sería un gas hilarante.

Y ya está.

Por otra parte, a mí me parece muy natural que un país donde suceden tantas cosas grotescas exija como comentarista un Kempis. Sólo los pueblos graves, como Inglaterra, admiten y comprenden a un Swift.

EL PERIÓDICO DEL SIGLO, 2002 / EDICIONES LUCA DE TENA 

viernes, 17 de noviembre de 2023

EXCUSAS... A LOS FOTÓGRAFOS DE LA CÁMARA


España 2023


(El Congreso retirará la credencial a los fotógrafos
que publiquen imágenes como la del móvil de Rubalcaba sobre Gallardón.
La decisión ya está tomada. Click)


Wenceslao Fernández Flórez
Abc, 23 de Diciembre de 1933

Yo, señores míos, soy un hombre que sufre muchos disgustos. Permítanme que aproveche la importancia de la sesión de ayer para tratar de asuntos particulares.

Sufro muchos disgustos… Me pasa siempre algo parecido a lo de aquellos actores de las películas antiguas, que arrojaban una torta de crema contra un guardia y veían con horror que era un transeúnte pacífico, una bella joven o una persona de su propia familia la que la recibía en el rostro. Apunto a un pájaro y hiero al cazador que me acompaña.

Casi todos mis artículos provocan alguna indignación. Pero no la que yo espero, sino otra absolutamente imprevisible. Esto termina por alterar demasiado los nervios. En España existe una porción de personas a las que no conozco, en las que nunca he pensado, en cuyas vidas jamás creo poder cruzarme. Pues bien, de repente, hoy una, otra mañana, se sienten galvanizadas, impelidas por una fuerza superior que provoco, yo no sé cómo, y me escriben cartas comentando artículos que no son míos o afirmaciones que nunca formulé. Estas cartas me aburren, porque todas son iguales. Se reducen a algunos insultos de la mayor vulgaridad y a hacer conjeturas acerca de la cantidad de billetes que me pagan en ABC por cada crónica. Es extraordinaria la unanimidad con que esa diseminada muchedumbre cree que cada noche el propio Juan Ignacio Luca de Tena me llama a su despacho y, jugando al desgaire con un billete de cinco duros, me dice:

Bueno, Wenceslao, ¿quiere usted decir hoy tal o cual cosa?

¡No! –rujo, echando chispas por los ojos.

Sea usted amable –insiste el director, sustituyendo el billete de 25 por otro de 50.

Jamás –bramo.

Medítelo usted, amigo mío –aconseja, mostrando otro papelito de 20 duros.

Pero mire usted que

¿Por qué no se convence? (Dos billetes más)

Hasta que llega a un punto en que me precipito sobre los vales con alegres gritos de “¡Tiene usted más razón que un santo!”, y corro a pergeñar la crónica.

No saben ver lo que hay de tolerancia a mis opiniones; tolerancia amable, a la que aludía en un reciente artículo Federico Santander, en vez de imposición exigente.

Otra vez son periodistas los que comentan actitudes en las que no recuerdo haber incurrido. No hace un par de meses, como yo hubiese achacado a un señor la propiedad de una alpargatería, un periodiquín de Elche excitaba contra mí la cólera de todos los alpargateros, suponiendo que me parece el tal un oficio bajo o una industria ruin. No obstante, estoy seguro de no haberme ocupado jamás con desdén de los alpargateros, ni de los zapateros, ni de nadie que haga algo útil en el mundo.

Mis lectores habrán advertido que no recojo esas bagatelas que ni yo mismo termino nunca de leer. Pero ahora, en el caso en que voy a ocuparme, no puedo seguir la misma conducta. Porque se trata de unos compañeros de trabajo: de los fotógrafos de Prensa.

Hace unos días, en mis Acotaciones, recomendaba precaución para con ellos. “Hay que tener cuidado –venía a decir– con los fotógrafos de la Prensa. Entran en el hemiciclo y, aprovechando la afluencia de diputados desconocidos, ocultan su máquina bajo un escaño y se quedan allí para siempre, hasta que en una crisis apurada les hacen directores generales o ministros.”

Leído esto, los reporteros gráficos, en número de diecisiete, me han escrito una carta, “protestando enérgicamente”, en la que afirman que mi “proceder es incalificable”, que “les he puesto en ridículo” y que por culpa de esa crónica “les será negado en lo sucesivo por el presidente de la Cámara el permiso para realizar su labor informativa”. Terminan recomendándome que, para otra vez, elija “otra cabeza de turco”.

No. Ya no quiero más cabezas de turco. Cuando quiero decir algo resulta que escribo, sin saberlo, todo lo contrario y que no consigo hacerme entender. En ese artículo deseaba insinuar que algunos de los que han llegado a personajes son tan incongruentes con su destino, que parece que han venido al Congreso apelando a un ardid, a un truco de fresco de comedia. Pero ahora, ¿cómo aclaro yo esto? ¿Cómo digo que los compañeros que manejan la máquina en vez de la pluma tienen toda mi consideración? ¿Qué frases hay que emplear para que los diecisiete camaradas lo comprendan? Voy a intentarlo con las siguientes afirmaciones. Y doy mi palabra de honor de que son exactas:

Primera. Ningún fotógrafo que haya entrado en el hemiciclo en cumplimiento de deberes informativos ha ocultado su máquina bajo un escaño para sentarse en él, fingiéndose diputado.

Segunda. No es verdad que, una vez sentados, hayan pedido agua con azucarillo ni cualquier otra sustancia parlamentaria.

Tercera. Es absolutamente falso que, despistando a la Cámara con los procedimientos expresados en las aclaraciones anteriores, haya sido nombrado alguno de ellos director general.

Cuarta. Nadie puede decir tampoco que con el mismo truco recibiesen el encargo de desempeñar una cartera.

Quinta. Si el señor Alba se apoyó en mi artículo para prohibir a los fotógrafos de Prensa la entrada en el salón, el señor Alba no sería el presidente de la Cámara. Sería un gas hilarante.

Y ya está.

Por otra parte, a mí me parece muy natural que un país donde suceden tantas cosas grotescas exija como comentarista un Kempis. Sólo los pueblos graves, como Inglaterra, admiten y comprenden a un Swift.

EL PERIÓDICO DEL SIGLO, 2002 / EDICIONES LUCA DE TENA

miércoles, 1 de marzo de 2023

Hughes existe

 

Despedida deportiva en Ketutin

 

despedida recordando un adiós

Al cabo, al fin, por último,
tomo, volví y acábome y os gimo, dándoos
la llave, mi sombrero, esta cartita para todos.
Al cabo de la llave está el metal en que aprendiéramos
a desdorar el oro, y está, al fin
de mi sombrero, este pobre cerebro mal peinado,
y, último vaso de humo, en su papel dramático,
yace este sueño práctico del alma.
¡Adiós, hermanos san pedros,
heráclitos, erasmos, espinosas!
¡adiós, tristes obispos bolcheviques!
¡adiós, gobernadores en desorden!
¡adiós, vino que está en el agua como vino!
¡adiós, alcohol que está en la lluvia!
¡adiós también, me digo a mí mismo,
adiós, vuelo formal de los milígramos!
¡también adiós, de modo idéntico,
frío del frío y frío del calor!
al cabo, al fin, por último, la lógica,
los linderos del fuego,
la despedida recordando aquel adiós.

César Vallejo

martes, 13 de mayo de 2014

¿Qué es una noticia?

"Una noticia -escribió Neil Postman en How to Watch The TV News- es sólo un producto, que se utiliza para congregar a la audiencia que será vendida a los anunciantes."

jueves, 13 de febrero de 2014

Hughes: "Si te llama el ABC es como si te llama el Real Madrid, lo dejas todo"

Hughes 

El ABC tiene esta cosa tan divertida y tan sagrada, que es el lector de ABC.

jueves, 30 de enero de 2014

Pedro J. Ramírez: "Un periódico para la libertad"


En esta hora de obsesión
 por el profesionalismo gremial y carnetario,
 va siendo tiempo de reivindicar
 esa parcela de amateurismo
 que a todos debe quedarnos siempre
 en el alma

ABC
Junio, 1980

jueves, 18 de julio de 2013

"Escribo en gayumbos bajo el fuego cruzado de dos ventiladores"

Sin leer mucho no se puede escribir bien
(Colección Look de Té)


ENTREVISTA CON JORGE BUSTOS
 
En el estereotipo imaginativo de la multitud, el periodista escribe su artículo con un cigarrillo esquinado en los labios, un vaso de whisky y con la radio de fondo. ¿Cómo y cuáles son las condiciones ideales para Jorge Bustos?

R- Como ideales, una casa solariega con amplios ventanales sobre un acantilado cantábrico, en Donosti o en las Rías Baixas, donde pegara fuerte el mar. De momento he de conformarme con mi estudio madrileño del Barrio de las Letras, gélido en invierno y fundente ahora, donde tecleo en gayumbos bajo el fuego cruzado de dos ventiladores. Antes fumaba y bebía, ahora soy Pascal en una habitación (excepto cuando salgo). Los estereotipos ya no son lo que eran.
 
Te cito: “El arte nunca ha sido democrático. Y sólo cuando ha empezado a serlo, ha dejado de ser arte” ¿Qué nos puedes decir del arte de escribir sobre futbol? Teniendo en cuenta que a día de hoy existen cientos de blogs y webs dedicadas a ello.

R- Escribir sobre fútbol no es distinto a escribir sobre cualquier otra cosa. Se requiere lo de siempre: talento, conocimientos, mirada, estilo, sintaxis. Quiero pensar que quien posee todas esas cualidades acaba emergiendo de la anónima blogosfera y se hace un nombre, pero no estoy seguro. Internet ha democratizado la dedicación frenética a la escritura en detrimento de la dedicación pausada a la lectura. Y sin leer mucho no se puede escribir bien

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viernes, 10 de mayo de 2013

Sobre la dignidad del entrenador del Real Madrid


@NataliaPastor


 Ettore Messina
"La prensa que rodea al Real Madrid 
no tiene dignidad"
Click

Jupp Heynckes 
"Me faltan al respeto 
como persona y como profesional"

John Benjamin Toshack
Nuevo conflicto entre Toshack y la Prensa

Del Bosque
"A algunos no les gusta mi cara"

 Fabio Capello
Capello veta a la Prensa

Manuel Pellegrini
 "Las críticas no me importan,
 la mala fe y los insultos sí"

martes, 7 de mayo de 2013

España, Cuarto Poder


Jordi Évole, Susanna Griso, Lorenzo Milá y Los Manolos,
 referentes para los alumnos de periodismo

miércoles, 20 de marzo de 2013

Un día cualquiera en Prisa


En algunos momentos de la historia reciente, esta formulación del fútbol en dicotomías ideológicas se ha hecho en El País de una forma grosera, explícita y hasta chabacana. Había editoriales en contra del supuesto equipo del gobierno, ridiculizando cualquier movimiento de su entrenador o su presidente que no contara con el plácet de la prensa. Había un columnista (Martín Girard) cuya única función era el agravio constante al famoso entrenador que vino a España para conculcar la belleza y la sabiduría del toque. Había escritores apostados en cualquier esquina disparando con munición caducada (y sin embargo efectiva, que a la columna va uno a rezar con su confesor habitual) contra el club de la meseta central y su cohorte de aristócratas predemocráticos. Y estaba el otro lado, el oasis catalán, con más valores de los que un hombre puede soportar sin echarse a llorar, y concentrado de las esencias de la otra España. La que nunca hemos acabado de conocer: plural, tolerante, llena de arte -pero no presuntuosa-, ganadora sin quererlo y arreglá pero informal. Era la resaca del Mundial, y el Barça-Selecció se convirtió en la única línea editorial posible contra la crisis. Mou era el pistolero que venía a acabar con todo lo santo. Tenía la apostura del malvado y trabajaba en las oficinas del último edificio del Antiguo Régimen. El Real Madrid. ¡Bang!

Lectura completa: Click

lunes, 31 de diciembre de 2012

La manía de despreciar a los bastardos

Alejandro Farnesio, duque de Parma

La manía de despreciar a los bastardos para mi que es una costumbre importada, como lo fue el tener esclavos u otras casi tan nefandas. Bastardo era el linaje de los Trastámara, que culminó en Isabel la Católica, que además heredó la corona de Castilla de un medio hermano. Casi se podría contar la historia de España a través de sus bastardos, o hijos de bastardos, más ilustres. Los Borbones engendraron muchos, pero siempre trataron de apartarlos de la vida pública, cuando no había Tómbolas y Sálvames de Luxe, siquiera teles. Su ascendencia francesa así se lo dictaba. País, Francia, que siempre se nos vende como el paradigma de la liberalidad en la moral y en las formas, y que tan pacato resulta cuando se lee su Historia más de cerca. Los Austrias, en cambio, jamás se avergonzaron de los suyos. Bastardo era don Juan de Austria, uno de los dos grandes héroes que ha engendrado la cultura española, junto al ingenioso hidalgo de La Mancha. Y aquél, completamente histórico, no literario. Hijo de una mujer alemana de vida licenciosa, más boba que guapa, fuente de vergüenza para quienes la rodeaban. Tanto es así que se la pagaba generosamente para que mantuviera la boca cerrada. Pero al final no hubo más remedio que quitarle su hijo, fruto de una noche de lujuria de Carlos I de camino a alguna de sus numerosas campañas militares. Su educación y reputación peligraban con semejante madre. Fue educado en un pueblo del extrarradio de Madrid, en Leganés, por tutores catalanes. Y, llegado el momento, reconocido por su hermano, el emperador, concediéndosele todos los honores posibles, menos poder heredar la corona. Mucho tuvo que aguantarle Felipe II a su medio hermano, y siempre con suma paciencia, una de sus mejores virtudes, porque una vez supo su auténtico linaje, la vida del bastardo se convirtió en la búsqueda incesante de una corona propia. Intrigó hasta el último día para conseguirla, cuando murió en Flandes, víctima de la peste, cuando se disponía a tomar el mando de los tercios de veteranos para sofocar la enésima revuelta en los Países Bajos. Hay quien dice que tras de este deceso tan inoportuno se esconde la mano de su hermano, que no en balde la guerra bacteriológica lleva muchos siglos inventada. Pero es muy improbable. Felipe II quería a su hermano a pesar de todo, de su origen y de lo pelma que era, y lo convirtió en señor natural de sus propios súbditos, de sus huestes militares, parafraseando el hermoso título de la biografía novelada del héroe de Lepanto que escribiera el húngaro Laszlo Pasuth. Hijo de bastarda, como Mourinho, mire usted, era Alejandro Farnesio, el más grande de los generales españoles habidos.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Las madres en el periodismo


 
También los guardias civiles tienen madre


La misteriosa madre que parió a Mourinho

viernes, 16 de noviembre de 2012

La p... Roja


Ahora con la moda de la puta Roja esto es insoportable, porque pareciera que todos debiéramos comulgar con una serie de preceptos y fertilizar los campos de España (y por descontado el Real Madrid) con este mejunje socialdemócrata de mercadillo: buen rollito, falsa modestia, demagogia los días pares, moral pseudoprogresista los impares y un poco de suerte sin talento. Como una España (y un Real Madrid) con un poco de Zapatero y otro poco de Del Bosque. Cuando por cierto, al creador de esta España futbolística, Luis Aragonés, le hicisteis la vida imposible primero cuando decidió no llevar al dictador de la Colonia Marconi y segundo cuando dijo que lo de la dimisión tras Alemania 2006 fue un calentón y que preferiría terminar su ciclo hasta 2008 y todos os abalanzasteis sobre él. Zampabollos, que sois todos unos zampabollos sin vergüenza.

viernes, 1 de junio de 2012

Periodismo



El periodismo es un infierno, un abismo de iniquidades, de mentiras, de traiciones, que es imposible atravesar y del que es imposible salir indemne si no es protegido, como Dante, por el divino  laurel de Virgilio.

Honoré de Balzac
Las ilusiones perdidas
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Que un solo hombre sea capaz, cada semana y cada día, de obligar en un santiamén a cuarenta o cincuenta mil seres humanos a decir y pensar la misma cosa lo encuentro escalofriante. Nunca puedes dar con el culpable en persona, y los miles de individuos a los que éste incita a los unos contra los otros, son hasta cierto punto, también, inocentes. ¡Maldición, maldición a la prensa! Si Cristo volviese a la tierra no atacaría a los grandes sacerdotes, sino a los periodistas.

 Søren Kierkegaard
___________

El periódico resulta hoy, en efecto, el gran atizador de la vanidad humana. […] ‘Salir en el periódico’, ver el nombre impreso, citado en el periódico, resulta hoy, para una gran mayoría de los mortales que viven en sociedad, la aspiración y la recompensa supremas. En los regímenes aristocráticos, el gran esfuerzo consistía en obtener, si no el favor, al menos la sonrisa del príncipe. En nuestras democracias consiste en alcanzar las alabanzas del periódico. Para conquistar esas benditas diez o doce líneas, los hombres hacen de todo, incluso buenas acciones. Ni siquiera es necesario que esas líneas contengan un panegírico, basta con que pongan el nombre, la personalidad en evidencia, con la tinta bien negra, que hoy tiene un brillo más deseado que el antiguo nimbo dorado. No hay clase que no se vea devorada por ese apetito morboso de publicidad, que es tan vivo como en aquellos que parece que prefieren una vida de oscuridad y silencio. Porque, ¿a qué vienen ahora, en estos días, esos frailes dominicos, desde el fondo de sus claustros, a predicar en los púlpitos de París sermones de Cuaresma tan enormemente teatrales y promotores de escándalo? A conseguir una celebridad del tipo Coquelin, e interviews en los periódicos de literatura elegante, y su retrato, con el hábito del gran Santo Domingo, expuesto entre jockeys ilustres y coristas de cancán del Moulin Rouge.

Eça de Queiroz 
Otra bomba anarquista. El señor Brunetière y la prensa
Ecos de París

J. B.

domingo, 22 de abril de 2012

"Enviciarse en las redes sociales es peligroso para alguien que quiere escribir"


 ALBERTO SALCEDO RAMOS

No sabe con qué pie se levanta por las mañanas. No se acuerda de mirar si con el izquierdo o con el derecho y si se acuerda, entonces ya es consciente y no vale. Aunque tal vez se levante todos los días con el derecho y eso se confabule con lo demás. Con la prosa, por ejemplo. Con las crónicas.

No sabe manejar bicicleta. Tampoco le gusta madrugar. De pequeño le pedía a Dios que nunca le fuera a gustar. Y hasta ahora, no le ha gustado.

Los apellidos deben ir completos, para incluir a su mamá: Alberto Salcedo Ramos. Escribe en tercera persona, casi siempre. A veces se incluye en el relato ("eso es otra cosa"), y es curioso, como los gatos.

Uno lo ve muy activo en Twitter y en Facebook. ¿No lo distraen mucho?
Sí, así es. Creo que enviciarse en esas redes es peligroso para alguien que quiere escribir. Sinceramente. Uno se miente hablando de la interlocución con los lectores, de la retroalimentación sobre el trabajo que hace, de lo bueno que resultan esas herramientas para la divulgación, pero la gran verdad es que las redes sociales nos golpean la disciplina y a veces sacan lo peor de nosotros: la vanidad, la fatuidad. Eso sí: no conozco al primer adicto a las redes sociales que lo reconozca frontalmente. Esta gente es peor que ciertos adictos a los cigarrillos, que se fuman dos cajetillas diarias y se definen como 'fumadores sociales'. En las redes sociales uno encuentra recomendaciones, pistas, voces inteligentes, pero creo que habría que crear un colectivo como el de alcohólicos anónimos para ver cómo empezamos a desintoxicarnos y a brindarle más tiempo a nuestro oficio.

Mónica Quintero Restrepo
El Colombiano



domingo, 15 de abril de 2012

Las piernas de Kenia

Los kenianos piensan en el tiempo
 Siempre en el tiempo
Juan Pablo Meneses
Letras Libres
Al final de esta historia alguien muere. Es una muerte inesperada. Pero eso sucede al final de esta historia, porque ahora estoy arriba de un Boeing de SouthAfrican Airways sobrevolando Nairobi. La pista se ve cerca, ridículamente delgada y gris en medio de un mar de tierra tan seca como una cucharada de arena.

 Arriba del avión va John Hesler, un keniano blanco que casi vomitó cuando el piloto de la nave giró alrededor del Kilimanjaro para que pudiéramos fotografiar el monte más famoso del este de África. Hesler subió al avión en Johannesburgo, adonde había ido a cerrar un negocio de importación de televisores. Estudió en Europa, reparte su vida entre Londres y Nairobi, y piensa que la mejor empresa de su vida sería la representación de maratonistas de Kenia.

Es un gran negocio llevarlos a los circuitos internacionales. Pero hay demasiadas compañías europeas igualmente interesadas, y estos atletas no son disciplinados —dice John Hesler, quien por ahora prefiere seguir negociando televisores.

 Basta aterrizar en el aeropuerto Jomo Kenyatta de Nairobi, la capital de Kenia, para comprobar que África sigue siendo un misterio para los occidentales. Por mi camino se cruzan musulmanes de manos tatuadas y sonrisa cubierta, indios de turbante almidonado y maletín, una reina kikuyu con el rostro decorado por quemaduras, además de varios turistas blancos, la mayoría portando un sombrero de safari. Los safaris, palabra que en lengua swahili significa "viaje", nacieron hace un siglo y medio como peligrosas jornadas de cacería de multimillonarios y miembros de la realeza europea. Hoy los safaris se han transformado en hordas de aventureros extranjeros —en su mayoría europeos, norteamericanos y japoneses— que han cambiado escopetas por cámaras digitales y cintas de video, y de paso han convertido al turismo en una de las contadas empresas florecientes en este lado del planeta.

Seguir leyendo: Click

Vía @SalcedoRamos

lunes, 26 de marzo de 2012

Los periodistas deportivos

Richard Ford

-A veces, cuando estoy con esos hombres, me invade un terrible pensamiento de pérdida, tan intenso como una depresión tropical... Tienden a neutralizar confusamente las fantasías del otro a base de trivializarlas. La desdicha no quiere compañía; la felicidad, sí. Por eso yo he aprendido a mantenerme a distancia de los demás periodistas deportivos cuando no estoy trabajando. Huyo de ellos como de la peste... A veces los periodistas deportivos son bastante crueles y les gusta inventar vidas a base de mentiras y falsas tragedias...

RICHARD FORD
El periodista deportivo

viernes, 27 de enero de 2012

Aunque sea de periodista


-Un vez me dijo un albañil: "Don Alberto, ayúdeme a conseguirle un trabajito a ese hijo vago mío... aunque sea de periodista".

Alberto Salcedo Ramos