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miércoles, 9 de marzo de 2022
martes, 16 de mayo de 2017
viernes, 10 de abril de 2015
Suicidios
El Cuervo. N-IV
Francisco Javier Gómez Izquierdo
El suicida no suele aparecer en los periódicos a no ser que su notoriedad pública haga obligatoria, con la morbosidad correspondiente, la noticia. La prensa no da estadísticas sobre este morir atormentado, porque el pensamiento políticamente correcto tiene dicho que dispararía la tendencia, pero el caso es que a mí me preocupa y alarma mucho el tema desde hace tiempo.
El suicida no suele aparecer en los periódicos a no ser que su notoriedad pública haga obligatoria, con la morbosidad correspondiente, la noticia. La prensa no da estadísticas sobre este morir atormentado, porque el pensamiento políticamente correcto tiene dicho que dispararía la tendencia, pero el caso es que a mí me preocupa y alarma mucho el tema desde hace tiempo.
Para poner estas letras he buscado el último censo anual de los “estadísticos” en la materia y no he sido capaz de dar con el de los últimos tres años, encontrando en el del 2012 cifras suficientes, creo, para llamar la atención de quien leyere.
En 2012 hubo 3.539 suicidios en España. De hombres, 2.724. De mujeres, 815. Téngase en cuenta los camuflados en accidentes laborales ó accidentes de tráfico que no cuentan en la estadística, pero para no pecar de alarmista entiendo prudente la cifra de 10 suicidios diarios. Los “¿expertos?” dicen que no son demasiados, pero se ocupan mucho en escondernos las cifras auténticas y en no dar demasiada explicaciones de alguno de ellos.
A un servidor, durante treinta años rodeado de las mayores miserias humanas, no se imaginan ustedes la incomodidad que me asalta cuando me cuentan que Fulano se ha tirado de la terraza, Zutano se ha abierto las venas o Mengano se ha guisado un tortilla de tranxiliums. Mi preocupación estadística vino con el caso de Abraham, un muchacho extraordinario que ya no podía soportar vivir con su mujer. Pidió la separación y se mudó de piso. Siguió pagando la hipoteca de la vivienda del matrimonio y la manutención de sus dos hijas. Su ex-mujer, “obsesiva y paranoica”, fue el día propicio en el que entraba de guardia una jueza sensible en el ideario feminista y denunció a Abraham porque hacía diez meses la llamó “tonta “ y “boba”. La jueza tiró de ley y mandó a la policía a detener a Abraham. ¡Pobre Abraham! Su vergüenza, timidez y poco espíritu hicieron el resto. Tras declarar, y como al fiscal no le pareciera grave el incidente, la jueza le puso en libertad con medidas. Abraham, avergonzado del que dirán, por haber sido esposado ante el vecindario que le tenía por un alma bendita, volvió a su desnuda casa y se ahorcó en soledad.
El suceso es totalmente verídico, pero no puedo asegurar que esté recogido en estadística. Tampoco puedo dar fe de si la ex-mujer de Abraham tiene derecho a pensión de viudedad o a paga por víctima de género femenino, de acuerdo con las mal llamadas Leyes de Igualdad. Lo que me llama la atención de los datos del 2012 es el número de suicidas masculinos en contraste con los suicidas femeninos.
El otro día paré a tomar café en la orilla de los casados en El Cuervo, el último pueblo de Sevilla en dirección a Cádiz y los parroquianos comentaban que una señora se hizo cortes en los brazos hasta desangrarse. Antes había degollado al marido. El segundo marido. El primero murió accidentalmente dentro de una máquina de panadería. La gente de los pueblos a veces es muy mal pensada y parece que habla con segundas intenciones. El periódico, en un rincón de la página de Sucesos, al día siguiente decía que la pobre mujer era una perturbada y que la muerte del primer marido fue un fatal accidente.
Que las asociaciones feministas no dijeran ni palabra del doble crimen de El Cuervo, por no ser de su interés ni competencia, no es de extrañar, ¡pero hombre!, no creo que suponga escandalizar y dar mal ejemplo mencionar las circunstancias del suicidio de la mujer. Sobre todo la perturbación que padecía.
martes, 7 de abril de 2015
Mujeres y hombres
Francisco Javier Gómez Izquierdo
Rafael se hizo novio de Araceli, una mocita guapa de dieciséis años, cuando él apenas tenía dieciocho. Araceli era celosa, egoísta, presumida y dependiendo de la estación, se le alborotaban los sentimientos sin razón aparente:
-Como te vayas, me tiro de la peña.
Araceli era hija de santera y se ponía farruca cuando Rafael tenía que volver a casa ya muy de noche, después de cortejarla junto a la ermita que guardaba su futura suegra. Araceli no tuvo otro novio que Rafael. Casó con él a los veinte años y tuvieron dos hijas. La segunda de las criaturas vino al mundo en un parto mal atendido por los médicos de la Seguridad Social y Rafael denunció a la Administración. La madre de Araceli, más limosnera que eremítica en el ejercicio de su ocupación, con el olor del dinero tomó asco a Rafael y entonces comenzó uno de esos calvarios que en distintas modalidades padecen muchos maridos con la complicidad de una normativa que a veces se interpreta con las entrañas.
Rafael se tuvo que ir de una casa que le costó mucho sudor pagar. Su suegra, más que su mujer, haciendo caso omiso a las disposiciones judiciales, no le permitía ver a las hijas, hasta que en un acto desesperado y sin duda reprobable entró en casa, sujetó con cuerdas las manos de Araceli y le suplicó llorando que no volviera a denunciarlo sin motivo, que se quedara con todo, pero que le permitiera ver a sus hijas y sobre todo que lo dejara en paz de una vez. La desató y se fue.
En éstos términos denunciaron los hechos Araceli y su madre y así los reconoció Rafael ante Su Señoría. Rafael entró preso por secuestro y amenazas en el ámbito de Violencia de Género y como quiera que tenía ya dos condenas, una de tres meses y otra de seis por insultos y menosprecio en anteriores causas, acumuló siete años de prisión de los que lleva seis y medio sin disfrutar permisos y sin perspectivas de poder hacerlo. Va a cumplir a pulso porque no hay Ley mas rígida y escrupulosa que la que condena a los acusados por Violencia de Género. Sobre todo cuando son reincidentes.
En el caso de Rafael, el condenado al menos es culpable de un acto injusto, pero ¡ay de aquéllos que el juez encarcela con la simple denuncia verbal de una mujer despechada!
No hemos de olvidar que el feminismo -el bien- no admite perversidad en su especie y por ello los legisladores persiguen a todo hombre, susceptible de adquirir hábitos machistas. Con que lo diga una mujer, basta.
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