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sábado, 19 de abril de 2025

Próxenos



El helipuerto para el decreto del

 Sábado Santo Rojo, 1977


Javier Torrox


La Historia de España está jalonada por grandísimos traidores. Desde el conde don Julián —«don Illán, el malo», lo llamó el canciller López de Ayala— a los borbones Carlos IV y Fernando VII, por citar un ejemplo remoto y otro no demasiado reciente. El pasado sirve para tomar ejemplo de él y extraer enseñanzas. En la Grecia clásica existía la institución de la proxenía, de la que se hicieron eco Heródoto en su Historia y Aristóteles en su Política. El próxeno era «el individuo al que una ciudad extranjera encargaba la misión de defender sus intereses en la patria de éste», explica Carlos Schrader, traductor y editor del historiador de Halicarnaso. Esto es, el próxeno es el tipo que defiende en su casa los intereses del vecino.


En la antigüedad era una ocupación que tenía ciertas similitudes a las que hoy desempeña un cónsul honorario. Pero si nos atenemos a su etimología, próxeno es el que trabaja a favor —pro— del extranjero —xeno—. Ni el fantástico diccionario de Maria Moliner ni lo que edita la Academia de la Lengua recogen esta palabra. La realidad va siempre por delante de las capacidades lingüísticas para describirla. La innovación acude a cubrir las nuevas necesidades para las que no existen capacidades. Las más de las veces, la creatividad lingüística está en los clásicos y en voces griegas y latinas que sirven para crear palabras que describan con la mayor precisión posible las novedades que el devenir del tiempo trae consigo.


De este modo, la voz próxeno retrata con acierto y de forma nítida el trabajo que una multitud de actores políticos, periodistas, analistas, profesores, escritores y buzos realizan a favor de intereses exteriores que están en conflicto con los intereses de España y de los españoles. De hecho, el próxeno es la imagen exacta del 78, que no es la-Constitución-que-con-tanto-trabajo-nos-dimos, sino el instrumento con el que terceras potencias satisfacen sus conveniencias. El 78 está integrado en una cadena de proxenías que acaba en la Casa Blanca de la misma forma que las cadenas tróficas terminan en el animal más poderoso de cada ecosistema. Pero esta es una cuestión que analizaremos próximamente en otro artículo.


Llamemos, pues, próxeno al español que trabaja, escribe o habla en beneficio de intereses de terceras potencias y en contra de los españoles. Sin duda es más elegante esta expresión helénica —y, por tanto, más afín a España— que su equivalente importado de la cultura anglosajona que sí recoge la Academia —cipayo—. Un próxeno es un esbirro del extranjero. Vertido este vino añejo al odre penal, el próxeno actual es reo de traición.


Una taxonomía a bote pronto y sin afán de exhaustividad podría ser la siguiente: los próxenos que actúan de forma abierta y los que, al contrario, lo hacen de tapado. Veamos en primer lugar estos últimos.


Tenemos el caso de un periodista que fue presidente de una agencia de noticias durante décadas. Durante la segunda etapa de La Clave, ya en Antena 3 TV, su director —José Luis Balbín— dedicó un programa al patio de Monipodio que fue la llamada Transición. Alguien aludió al presumible papel useño. De inmediato, el jefe de Europa Press interrumpió para cubrirse y tratar de cerrar la cuestión: «¡El embajador de los EEUU no se enteró de nada!». Años después se supo que este señor había sido informante del Departamento de Estado de los EEUU durante toda la Transición. Para dar un poco de perspectiva, el primer encuentro entre los señores Suárez y Carrillo fue organizado por este periodista y tuvo lugar en su casa.


Luego están los plumillas y analistas que también actúan de tapadillo y probablemente gratis. A éstos basta con enviarles informes para comprarlos. El refinado reportero recibe argumentarios y propaganda, pero, henchido de vanidad, cree que es información confidencial. Abundan en tertulias y redes sociales, donde imparten lecciones de desconocimiento —en el mejor de los casos—. En este grupo no faltan los expertos de secano y bandería.


Próxenos también los culturillas de la cátedra, del cine, de la novela y toda clase de mercachifles de las artes. Todos los que, de una u otra forma, reniegan de su españolidad. Reptan e insinúan que ser francés, inglés o alemán —¡oh, Uropa, diosa de los catetos!— es mejor que ser español. Pero no se van. Aquí siguen, con el jamón y el aceite, con las gambas y el cochinillo, con el lechazo y el rodaballo, con la colocación, la subvención y el premio del gremio. Pagan los infelices a los que traicionan. Entre los próxenos hay mucho majadero que ignora las implicaciones de lo que dice y escribe, aunque esto no les disculpa.


No obstante lo anterior, los próxenos que más daño hacen son los que trabajan abiertamente contra los intereses de España y de los españoles y a favor de los de terceras potencias desde puestos que forman parte de la estructura del Estado: Gobierno, liberalios de la oposición que invocan espíritus de potencias ajenas, golpistas, terroristas, separatistas y nacionalistas —en activo y ex—. Todos próxenos en beneficio de Marruecos, de Francia, de Inglaterra y de los EEUU en tanto que debilitan la integridad de España, sus potencialidades, sus relaciones con la América española y atacan denodadamente el español —la mejor arma que tenemos en este momento si hubiera un Gobierno que supiera y quisiera utilizarla—.


Es enorme el deterioro que ha dejado el próxeno a nivel interno. No hay mayor proxenía que las «nacionalidades y regiones» del artículo 2 del 78. Su desarrollo en el Ciclo Cacique federalista ha dejado a España en los huesos, devorada por una camada de alimañas engendradas en el exterior y paridas en el interior. A este respecto, es muy esclarecedora la incapacidad de las élites intelectuales y políticas españolas para tomar ejemplos de los padres Vitoria, Mariana y Suárez, de Saavedra Fajardo, de Dalmacio Negro o de García-Trevijano, pero que siempre tienen a mano una cita de Churchill, de Reagan o de la Thatcher —grandes amigos de España, como todo el mundo sabe—.


Toda la estructura del Estado está infestada de enemigos pagados. Igual sucede en los medios de comunicación, en las cátedras, en las firmas editoriales… Donde alguien recurre a «Europa» como solución a cualquier problema español, he ahí un próxeno.


Si la pena capital llegara a recuperarse algún día para castigar la traición, faltarían garrotes y sogas para tanto próxeno.


Leer en La Gaceta de la Iberosfera 

sábado, 28 de septiembre de 2024

Dostoyevski en el 78



Javier Torrox


La literatura es la forma superior de la expresión humana. La ciencia describe el universo, las reglas inmutables que rigen el comportamiento de la materia que contiene. La filosofía intenta desentrañar los misterios de la condición humana, indaga en los porqués y trata de dar respuestas con el conocimiento disponible en cada momento. Tanto la ciencia como la filosofía están constreñidas por los hechos y la realidad en la que éstos acontecen –siempre que sus actores se conduzcan con honradez intelectual, cosa que empieza a escasear en ambos ámbitos–. Una y otra sólo pueden alcanzar la verdad a partir y a través del hecho probado.


La literatura, en cambio, tiene sus propias reglas. En el caso de la novela, le basta la coherencia interna —la verosimilitud— para exponer una verdad antes de que la ciencia o la filosofía honradas puedan llegar a encontrarse en disposición de hacerlo. Las letras no necesitan pruebas, experimentos ni sistemas de pensamiento. La intuición del autor sobre el mundo y la brillantez necesaria para darle expresión ordenada —literaria— a una vorágine de pasiones es suficiente para condensar en un relato ficticio —o en un soneto— los porqués y el comportamiento pasado, presente y futuro del hombre.


Fiódor Dostoyevski sintetizó los tres tiempos de Rusia y el pueblo ruso en la última de sus novelas, Los hermanos Karamázov, finalizada sólo unos meses antes de su muerte en 1881. Describió el último tercio del siglo XIX ruso: de dónde venía Rusia y hacia dónde se dirigía tras la modernización del Estado llevada a cabo por el zar Alejandro II —con la supresión de la servidumbre y la reforma judicial a la cabeza—. Todo ello lo hace a través de los dilemas a los que las circunstancias enfrentan a los personajes: la libertad, la responsabilidad sobre sus actos, la trascendencia terrenal y espiritual —materializadas en el sentido del honor y en el culto religioso—, las más altas inclinaciones, las bajas pasiones…


Fiódor Pávlovich Karamázov —padre de los hermanos protagonistas de la narración— es la madre Rusia real del momento, asesinada por sus hijos. Entre su progenie —los hermanos que dan título a la novela— se encuentra el autor material del parricidio; el autor intelectual; un tercero que encarna al pueblo ruso y hace de chivo expiatorio del crimen; y un cuarto que es el alma espiritual rusa y está llamado a salvar a Rusia de su perdición.


Abandonado por su primera mujer y viudo de ésta y de la segunda, el progenitor Karamázov es un viejo carcomido por la avaricia, un vejestorio borracho y lujurioso que se desentendió de sus hijos y del que todos se mofan en la ciudad. Él mismo fomenta la burla que recibe. Se jacta de ser un payaso dipsómano que se pone en ridículo a sí mismo ante el mundo entero. Disculpa esta conducta frente a su conciencia con el pretexto de hacer un bien a los demás al hacerlos reír y a sí mismo para sentirse acompañado cuando le prestan atención en la taberna. Su comportamiento está siempre en conflicto con el más elemental sentido del honor y de la honra personal. Así es Fiódor Pávlovich, la Rusia real que contempla Dostoyevski en 1880. No es muy distinta de la España de 2024, cosecha del 78.


Su primogénito, Dmitri, nació del primer matrimonio. Contiene en sí el alma rusa. Es indómito, noble, orgulloso y apasionado. Él es el pueblo ruso. Está enamorado de Grúshenka —la Rusia ideal—, a la que también persigue su propio padre, Fiódor Pávlovich, cuya iniquidad le lleva a pretender comprarla.


Iván es el hijo mayor de las segundas nupcias. Es un joven instruido, hábil sofista e imbuido de lo que los personajes —y también el narrador— llaman las nuevas ideas procedentes del occidente europeo. Suya es la terrible sentencia que propiciará la catástrofe de la familia. «Todo está permitido», decía. A través de su corrosivo discurso y proceder, Iván es el autor intelectual del asesinato de Rusia.


Smerdiakov no comparte el apellido de los hijos de su padre, del que es un bastardo habido con una discapacitada mental de nombre Lizaveta y a la que en la ciudad de los hechos llamaban Smerdiáschaia, la «pestilente». Tomado como criado por su padre natural, representa a la servidumbre rusa emancipada por la reforma realizada apenas dos décadas atrás. Codicioso, hambriento de todo lo que le ha sido vedado en vida, renegado de sus orígenes, en él anidan todos los rencores. Con una astucia cultivada en secreto durante toda su existencia —finge haber heredado la debilidad mental de su madre—, Smerdiakov es el autor material del crimen. Sabe lo que ha hecho, pero exonera de sí la autoría intelectual del monstruoso parricidio. «El principal asesino es, en todo, usted, y no yo, a pesar de haber sido yo quien mató. ¡El auténtico asesino es usted, usted!», le dice Smerdiakov a Iván.


El latinista Martín Miguel Rubio describía en un brillante artículo hace unas semanas los paralelismos históricos que comparten España y Rusia. El esencial es que la geografía hizo de ambas naciones los dos castillos que protegieron a la Cristiandad de la barbarie. Del Islam, en el caso de España; de las hordas tártaras asiáticas, en el de Rusia.


Con esta perspectiva podemos concluir que la semilla de la libertad política que la Cristiandad heredó de la tradición grecorromana llegó a fructificar gracias a la protección de siglos que le brindaron España en Occidente y Rusia en Oriente. Este fue el abrigo que resguardaba a lo que podríamos denominar de forma genérica la Nación cristiana. Los separatistas luteranos —incentivados por el Poder secular local que, en rivalidad con Roma, perseguía el dominio sobre el hombre— aprovecharon este amparo cuyo coste pagaban otros para provocar una escisión religiosa —madre de mil discordias ulteriores— en el centro geográfico de lo que hoy llamamos Europa.


Otra concomitancia no menor y más reciente —a sólo unas décadas del autor ruso— fue el papel de ambas naciones en las guerras napoleónicas. España primero (Bailén, 1808) y Rusia después (1812), fueron las primeras potencias que infligieron derrotas al invasor Napoleón Bonaparte y que contuvieron lo que Benjamin Constant llamó después «el espíritu de conquista y de usurpación» del corso.


Resultan impresionantes, a la luz de hoy, las correspondencias entre la Rusia retratada por Dostoyevski y la España actual. El novelista adelantó en casi cuatro décadas cómo los hijos de Rusia habrían de darle muerte para transformarla en otra cosa, a la que después llamaron la URSS. Abruma encontrar la etopeya setentayochista una centuria más tarde en la misma novela: la generación de la venerada Transición, autora intelectual del —por ahora— intento de asesinato de España, bajo el nombre de Iván; también al autor material de ese crimen, que es el 78 y que en la obra es Smerdiakov, el vil bastardo que finge debilidad mental mientras alimenta su rencor con un subrepticio odio visceral hacia su madre, hacia su padre y hacia sus hermanos —«[Smerdiakov] Se burlaba de Rusia y la maldecía. Soñaba con irse a Francia y hacerse francés»—; y el pueblo español —Dmitri—, que es el cabeza de turco del villano parricida, que ha olvidado lo que una vez tuvo en sí de nobleza indómita —orgullosa y apasionada— y que tras medio siglo de setentayochismo ha quedado reducido a un estado de servilismo atroz.


¿Qué ha sucedido para que este Dmitri español acepte resignado y pusilánime la triste y lamentable circunstancia en la que vive? La respuesta a esta pregunta es el nihilismo que la generación de la Transición —que es Iván y su «ideología tenebrosa y disolvente»— infiltró en el 78 —Smerdiakov— a través de la postmodernidad transformada en cultura, en la conducta social española. Su producto a lo largo de las décadas ha sido —es— la corrupción moral del pueblo español. Esta peste ha tenido su gestación mediante el aforismo dictado por Iván a Smerdiakov y al que aludíamos más arriba: «Todo está permitido».


La primera ocasión en la que Dmitri oye esta regla de la anarquía de la conciencia —de la conjunción y confusión del bien y el mal—, inquiere acerca de ella para asegurarse de haber oído bien. «Todo está permitido, lo recordaré». Así, por invitación del autor intelectual del asesinato, la nobleza se corrompe moralmente por completo. La degradación hace que la consciencia de esa degeneración lo transforme interiormente hasta considerar despreciable la propia existencia: «¡Porque ahora ya todo da lo mismo!».


Grúshenka, la Rusia/España ideal en la que Dmitri encuentra el amor, describe el fruto del envilecimiento: «¡Adiós, hombre inocente que te has perdido a ti mismo!». El camino a esa perdición ha estado empedrado de la descomposición moral sustanciada por la nihilista Transición —a través del lema de Iván—. La generación setentayochista —sin importar sus intenciones, buenas o malas entonces o después— es la responsable del estado de cosas resultante. Durante décadas, ha puesto todos los recursos del Estado, aún hoy, a disposición de la fórmula cultural nihilista. No obstante, con esto no ha hecho sino seguir la estela del mundo. Así lo describe el personaje del asceta Zosima en sus recuerdos de juventud cuando se encuentra a las puertas de la muerte: «Tomamos por verdad la pura mentira y exigimos de los demás la misma mentira».


Para valorar la trascendencia del principio nihilista que desencadena la catástrofe es necesario conocer el contexto de su pronunciamiento y de la extrapolación que de él podemos hacer a la España en marcha. Aunque no es Iván quien la pronuncia, la afirmación es realizada por un tercero que da cuenta, en su presencia, de los comentarios que el ilustrado de los Karamázov acostumbra a realizar en las reuniones de sociedad —«Iván no cree en Dios. Él cree en una idea»—. La sentencia es formulada en un monasterio, ante el mencionado cenobita y en el transcurso de una animada discusión sobre el Estado y la Iglesia mezclada con otra en la que Iván expresa su aspiración a un hombre nuevo que vive en un mundo nuevo en el que Dios ya no tiene cabida. Sin Dios, «todo está permitido» porque, según Iván, la virtud sólo obedece a la promesa de la inmortalidad.


El genio de Dostoyevski conoce al hombre y sabe lo que esto implica, lo que habrá de suceder a partir de ello: «Quienes no crean en Dios se pondrán a hablar del socialismo y del anarquismo, de la reorganización de la humanidad entera según unos nuevos fundamentos, lo que lleva al mismo diablo, a los mismos problemas [universales], aunque desde el otro extremo».


De modo similar a como lo hace Smerdiakov, la España ivanesca de la Transición abjura de sí misma para hacerlo de su pasado inmediato. Ése es el medio para permitírselo todo: una cuenta nueva en la que todo esté permitido, incluso la disolución gradual de España en una miríada de naciones inventadas para dotarlas de estados que sean el miserable botín smerdiakoviano. Así hemos llegado a la actual coyuntura de descomposición de España mediante su federalización por la vía de los hechos —ya verbalizada abiertamente por el actual jefe del poder Ejecutivo y por la anterior cabeza del Legislativo—. Este es el resultado del proceso de desnacionalización de décadas patrocinado por el 78. Recordemos, Iván es la Transición; Smerdiakov, el 78.


Uno de los pasajes más celebrados de la obra —y no sin razón— es el de El Gran Inquisidor, una novela dentro de la novela —un truco narrativo de tradición clásica del que Cervantes y Shakespeare, entre otros, ya habían echado mano en el pasado—. Trata de la segunda venida de Jesucristo. Lo hace en Sevilla, donde es detenido por el Gran Inquisidor. Éste le reprocha que con su vuelta no hace sino «estorbar» a la Iglesia. Le reconoce que ésta ha cedido ante el diablo a las tres tentaciones que él había resistido en el desierto. Finalmente, le condena a morir en la hoguera para salvar a la Iglesia de su segunda venida.


Esta genialidad del autor ruso revela su enorme conocimiento de la condición humana: la malversación del bien para instituir el triunfo del mal. Basta prestar un mínimo de atención a los acontecimientos que tienen lugar en el orbe para apercibirse de ello. Con el pretexto de salvar al mundo del hombre y al hombre de sí mismo, avanza firme, corruptor y con muy escasa oposición un discurso y una acción política liberticida y de deshumanización del ser humano. Los global–socialistas (Agenda 2030, Foro Económico Mundial, Bilderberg, Club de Roma, Grupo de los Treinta, et al.) utilizan subterfugios apocalípticos como la salvación del planeta para crear una nueva servidumbre que acepte dócilmente el yugo de sus imposiciones por el bien de la humanidad —«¡Esa gente siempre echa mano de la utilidad pública para justificar cualquier infamia!», sintetiza Dmitri sobre el ex seminarista Rakitin reconvertido en el arribista que mora en todo converso socialista—.


El asceta que en la obra representa un castillo de integridad en defensa de la barbarie condensa esta amenaza con un relato sobre un peculiar personaje que padecía una curiosa enfermedad moral que resulta muy común en el siglo XXI occidental: «Cuanto más quiero a la humanidad en general, tanto menos quiero a los hombres en particular […]. Cuanto más he odiado a la gente en particular, tanto más apasionado ha sido mi amor por la humanidad en general». Este fragmento es uno de los más citados de esta magna obra.


Son muchas las enseñanzas que el lector atento puede extraer de los abismos a los que se precipitan los miembros de la orquesta de dementes que ejecutan el concierto de los personajes de Los hermanos Karamázov. «Nos sentimos arrebatados por ideales nobilísimos, pero a condición de que se alcancen por sí mismos, de que nos caigan del cielo sobre la mesa y, sobre todo, que no nos cuesten nada, nada, que nada haya que pagar por ellos». Con el 78 a las riendas de España, «la troika fatal de nuestros destinos corre al galope y, quizás, cara al abismo».


El cuarto hermano, Aliosha, es descrito por el narrador como el héroe de la historia que relata. Entró en el monasterio de la ciudad de los hechos como novicio. Pero el asceta local ve en él una obra pendiente de realizar extramuros y lo devuelve al mundo secular. Aliosha es el alma espiritual rusa, la Rusia por hacer y su salvación. Así sería también —en esta audaz extrapolación— la España por hacer y su salvación. El narrador alude a una segunda parte que habría de tener su historia. Sin embargo, el autor murió a la temprana edad de 59 años antes de haber tenido tiempo de escribirla. La salvación de la Rusia de Dostoyevski está por escribir. Así también la salvación de España, que —como su sosias oriental— aguarda a su Aliosha mientras cada día perece un poco más a manos de su Iván (la Transición) y de su Smerdiakov (el 78).


El porvenir es un papel en blanco a la espera de que lo emborronen. Para frenar la «troika fatal» y reconducirla a un mejor destino que el abismo, Aliosha habrá de tener presentes las palabras que le dirige el asceta Zosima en su lecho de muerte: «Tú trabajas por todos, obras para el futuro. […] No temas ni a los encumbrados ni a los fuertes, pero sé prudente y siempre digno. Que no te falte el sentido de la medida, conoce los plazos, adquiere ese sentido y este conocimiento». Y aunque esto no cobró vida en el papel, el francés Romain Rolland —al escribir sobre la Gran Guerra que asoló Europa 35 años después de la muerte del autor ruso— tomó nota de las palabras de Dostoyevski en el pasaje en el que Aliosha se habla a sí mismo cuando le dice al niño Kolia: «No sea como todos; aunque no quede nadie más distinto de los otros, aunque sea solo, no sea como los otros».


Leer en La Gaceta de la Iberosfera 

domingo, 14 de julio de 2024

Las Monarquías


Juan Carlos de Borbón en el Pegaso de Trevijano, 1957


Javier Torrox


El mismo día que Alfonso Guerra (PSOE) –que nunca ha sido un Menéndez Pelayo– se quejaba en un acto del Instituto CEU de Estudios de la Democracia acerca del escaso nivel intelectual de Sus Señorías en las Cortes, la ilustrada diputada Cayetana Álvarez de Toledo (PP) materializó el acierto de la queja del sevillano. «Sánchez pasará; la Monarquía Constitucional, perdurará», dijo desde su escaño para concluir una diatriba contra el Gobierno en vísperas de la llegada del verano.


Durante la Presidencia de turno de la UE en 2023, el Ejecutivo socialista elaboró una extensa propaganda, tan amplia y costosa como estéril. «España es una democracia parlamentaria y una monarquía constitucional», rezaba la página web creada al efecto.


El poder Judicial también entra en esta algarabía de la confusión. En referencia al golpe a la Nación de la Generalidad de Cataluña iniciado en septiembre de 2017, el Consejo General del Poder Judicial aseguró que la asamblea regional «declaraba abolida la monarquía constitucional» al aprobar la llamada Ley de Transitoriedad. Lo expresó con este tenor en su informe del pasado marzo sobre la entonces aún Proposición de Ley de Amnistía –ahora ya aprobada, sancionada, promulgada y vigente–.


En el mismo día en el que la señora Álvarez de Toledo y el señor Guerra se habían expresado como hemos apuntado, dictó el Tribunal Constitucional una sentencia –mejor ni mentamos su escandaloso fallo a favor del privilegio de robo por razón de carné–. La corte de garantías titulaba un epígrafe de sus fundamentos jurídicos con la leyenda «Características de nuestra democracia constitucional y parlamentaria».


Las personas que ocupan los poderes constituidos del 78 no distinguen la monarquía tradicional de la constitucional, ésta de la parlamentaria y ninguna de las anteriores de la realmente existente en España en la actualidad, la monarquía de partidos. La confusión babilónica entre lo que puedan parecer las cosas, lo que todos fingen que son las cosas y lo que en realidad son las cosas es un mal endémico de los tiempos que nos ha tocado vivir.


La desorientación acerca de la naturaleza de la Monarquía del 78 es de tal magnitud que alcanza a la misma Corona. «Hoy puedo afirmar ante estas Cámaras –y lo celebro– que comienza el reinado de un Rey constitucional», dijo Felipe VI en su alocución a las Cortes tras ser proclamado Rey por éstas en 2014. «La Monarquía Parlamentaria puede y debe seguir prestando un servicio fundamental a España», afirmó poco después en este mismo discurso. En la celebración de su primera década de reinado volvió a dirigirse a las Cortes y de nuevo se refirió a sí mismo como «Rey constitucional». Curiosamente, en esta conmemoración no pronunció ni una sola vez la palabra «Monarquía».


Vivimos un renacimiento de la peste sofista. Lo adjetivo se ha convertido en lo sustantivo del discurso público porque el modo de presentar el hecho –el relato– es hoy más importante que el propio hecho –la sustancia de las cosas: la realidad–. Esto es, el envoltorio ha sustituido al contenido. En esto consiste la infantilización del siglo, el deseo de la caja unido al desdén por lo que contiene. Es el triunfo del significante sobre el significado, de la presunción sobre la realidad: la necedad como modelo de conocimiento.


Esta es la razón de la actual fortuna de las expresiones «Rey constitucional» o «Monarquía constitucional». Lo relevante de estos sintagmas está en el adjetivo, que es la razón por la que son utilizados con tanto éxito como equivocación. El calificativo de lo que es «constitucional» no es aplicado por la relación política con este ordenamiento jurídico, sino por su coincidencia en el tiempo con la vigencia de esta norma. Esto es una fuente de errores, enredos y malentendidos que imposibilitan la inteligibilidad de cualquier diálogo. Felipe no es un «Rey constitucional». Nunca lo ha sido –como tampoco lo fue su padre, Juan Carlos–.


Veamos, sin afán de hacer un examen integral de la institución, cuáles son los principales tipos de Monarquía –occidental– que ha habido y cuáles son sus características hasta llegar a la presente.


En el pasado remoto, el Trono y el Altar eran una misma cosa. Las primeras sociedades sedentarias necesitaban una dirección política que dirimiera los conflictos internos y bregara con las amenazas exteriores de otros grupos humanos. Las normas de conducta y el Gobierno procedían de los dioses nacionales –esto es, de los de cada comunidad–. El primer Rey de Roma, Rómulo, tenía contacto directo con los dioses, acabó reunido con ellos y fue elevado a deidad por los romanos. Numa Pumpilio sucedió a Rómulo y fue el modelo de unión de Trono y Altar. Este segundo Rey de la ciudad organizó sus creencias, creó las instituciones religiosas –que posteriormente guardaron una estrecha relación con el cursus honorum político romano– y construyó los primeros templos.


Esta tradición tuvo continuidad con el cristianismo, que la bebió de los reyes de la antigua Alianza del pueblo judío y la combinó con Roma para cristianizar sus ritos paganos. «No hay poder que no provenga de Dios» –Non est potestas nisi a Deo– son palabras de San Pablo (Epístola a los Romanos 13:1). Esta sentencia en tiempos de Nerón –poco amigo de la nueva religión– del llamado Apóstol de las naciones sentó una duradera cátedra en su ámbito de influencia sobre el carácter divino del Poder. Dejó su impronta en el rito de la unción de los reyes de la Spania visigoda. El célebre Canon 75 del IV Concilio de Toledo (633 d.C.) no sólo se hizo eco de la intangibilidad de los ungidos que ya había establecido el Antiguo Testamento en sus Crónicas y en uno de sus Salmos. En estas protocortes españolas dirigidas por San Isidoro de Sevilla se oía aún el eco de la más remota antigüedad y establecieron que atentar contra el Rey era hacerlo contra Dios mismo.


La Monarquía tradicional evolucionó con sus particularidades y características locales en cada uno de los reinos y de las comunidades políticas que surgieron en la Cristiandad tras la caída del Imperio Romano y que, con el devenir de los siglos, sobrevivieron a la implacable Historia.


Los reyes y la Iglesia se disputaron la supremacía última del poder terrenal. Durante cientos de años, los monarcas cristianos gobernaron, impartieron justicia y crearon leyes en armonía con la Ley de Dios –la norma divina era un límite que moderaba el Poder real y lo limitaba–.


Acotado por la divinidad, el Poder encontró nuevos medios para crecer. Surgieron las Cortes de León –y sucesivamente en Castilla, Aragón y Navarra–, el Parlamento de Londres y otras instituciones análogas en el resto de las naciones de la Cristiandad. Cada una tenía sus matices y evolucionaron según éstos y en función de los incentivos que creaban o dejaban de crear en quienes se veían beneficiados o perjudicados por su acción. En síntesis, estas asambleas asumieron con el tiempo la potestad de crear nuevas leyes.


Alfonso X dejó dicho en la segunda de sus Siete Partidas que «en el rey yace la justicia», pero el crecimiento en extensión de los reinos imposibilitaba que la Corona atendiese personalmente su impartición. Delegada en la nobleza local o en jueces, también ésta anduvo su propio camino hasta el presente. Aún hoy, el 78 establece que la justicia «se administra en nombre del Rey».


Sobrevivió varias centurias la Monarquía tradicional, que era hereditaria en una familia. Su finalidad política consistía esencialmente en el Gobierno del reino para el aseguramiento de la paz y la libertad dentro de sus fronteras; para mantener la integridad de su territorio o, a ser posible, aumentarlo en lo que le conviniere; y, en último término, para dar ventaja a su reino en sus relaciones con las demás potencias.


Mientras cumplía con estas obligaciones inherentes a la propia Corona, ésta se disputaba el Poder con los brazos que le crecieron en las Cortes y en las Audiencias, por un lado; y con colectivos adicionales como la nobleza y los gremios, que limitaban la capacidad de acción del Rey y moderaban su autoridad mediante el ejercicio de sus privilegios frente a la Corona, por el otro.


Todo éxito político es efímero y la llama que resplandece en los grandes reyes y príncipes acaba en humo al cabo de unas pocas generaciones. Las costumbres se relajan con la creencia de que la Corona llega acompañada de la grandeza de quienes la ciñeron en el pasado, como si el hijo pudiera estar blasonado de las hazañas del padre y adoptarlas como propias. El tiempo traía monarcas humosos que preferían los entretenimientos a las fatigas del Gobierno. De este modo se hicieron los eunucos con el Poder en el Imperio Romano, así también validos y cancilleres a partir de la modernidad renancentista.


Fue en los tiempos de las revoluciones que comenzaron en Inglaterra en el siglo XVII cuando la Monarquía tradicional retrocedió junto con el mundo que le era afín. Por mor de la claridad y para evitar una extensión que comienza a ser excesiva, veamos una a una y cronológicamente las distintas monarquías que han dejado tras sí los últimos trescientos años.


Monarquía Parlamentaria. Tuvo su principio en Inglaterra tras la llamada Revolución Gloriosa de 1688. Conjurada con el Parlamento y su marido Guillermo de Orange, María Estuardo arrebató la Corona a su católico padre Jacobo II. Las causas de la rebelión fueron religiosas. El objetivo era impedir que un católico ocupara el trono inglés. Tras invadir el sur de la isla con un ejército, el holandés y la hija traidora fueron proclamados Reyes. Al año siguiente, Guillermo fue obligado por la Cámara de los Comunes a suscribir la Declaración de Derechos de 1689. Esta carta imponía una serie de nuevas limitaciones al poder real en favor del Parlamento.


Según el historiador británico George Trevelyan, la suma de la Revolución y la Declaración de Derechos «decidió el equilibrio entre el poder del Parlamento y el del Rey en favor del primero y, de ese modo, dio a Inglaterra un Ejecutivo en armonía con un Legislativo soberano». Para lo que nos ocupa, confirió al Parlamento –entre otras potestades más– la regularidad en sus sesiones, la aprobación de los impuestos, la libertad de expresión en sus debates y la libertad de elección de sus miembros, que se realizaba del modo tradicional: mediante elección nominal directa de cada miembro del Parlamento por su propio distrito (constituency, lo llaman). Aún así, el Rey mantenía el poder Ejecutivo. Todo ello son los elementos constitutivos de la Monarquía Parlamentaria.


Las monarquías continentales aún existentes cumplen muchos de estos requisitos, pero no todos. Ninguna satisface, por ejemplo, el de la elección nominal directa de sus parlamentarios. Y en todas ellas, adicionalmente, el Ejecutivo es elegido por el Legislativo.


No hay ninguna Monarquía Parlamentaria en Europa.


Monarquía Parlamentaria de Gabinete. También nació en Inglaterra y lo hizo muy poco después como evolución de la que le precedió. Su génesis fue la siguiente. Guillermo de Orange y María Estuardo murieron sin descendencia. Les sucedió Ana Estuardo, hermana de María y también hija de Jacobo II. Tampoco ella tuvo hijos. Fue la última de su estirpe. Aun antes de su ascenso al trono y en previsión de ello, Westminster aprobó en 1701 la Ley de Instauración. Este ordenamiento, unido al Tratado de la Unión –con Escocia– del mismo año, convertía en heredera de la Corona inglesa y escocesa a una familia alemana protestante, los Hannover, que había emparentado con los Estuardo un siglo atrás. Esta legislación estableció la obligatoriedad de ser protestante para ser Rey de Gran Bretaña. Por añadidura, permitió un nuevo crecimiento del Poder del Parlamento en detrimento del Rey en diversos ámbitos. Fallecida Ana en 1714, le sucedió su primo alemán, que reinó como Jorge I de Hannover.


Los monarcas británicos contaban con un órgano consultivo denominado Consejo Privado. Su pertenencia se convirtió en un galardón que los reyes daban para premiar las lealtades de sus cortesanos. Cuando dejó de ser operativo por su excesivo tamaño, Carlos II (1660-1685) comenzó a reunirse con tan sólo la media docena de miembros más influyentes y destacados. Este Consejo Privado restringido recibió el nombre de Gabinete.


La Reina Ana solía integrar su Gabinete de forma alterna con miembros de los dos partidos mayoritarios del momento, los whigs y los tories. Los whigs eran así descalificados por sus oponentes, pues ese nombre respondía a la denominación de unos bandidos escoceses de la época; esta formación era partidaria de ampliar el poder del Parlamento a costa de las atribuciones del Rey; andando el tiempo adoptaron el nombre de liberales. Del mismo modo, los tories recibían este apelativo despectivo de sus adversarios, pues se correspondía con el nombre de otro conocido grupo de bandidos, éstos irlandeses; el partido tory era defensor de las prerrogativas reales frente al Parlamento; en la actualidad son conocidos como conservadores.


Jorge I pretendió mantener la costumbre de su antecesora. Sin embargo, el whig Robert Walpole –al que la tradición reconoce como el primer Primer Ministro británico– le convenció para que el Gabinete estuviera formado exclusivamente por integrantes del partido mayoritario en cada momento en el Parlamento –cuyos miembros eran y aún son elegidos de forma nominal y directa en sus respectivos distritos–.


El hecho esencial para la transformación de la Monarquía Parlamentaria fue que el primer Hannover no sabía hablar inglés. El Gabinete se reunía sin el Rey, al que le pasaban a firma las decisiones que habían sido tomadas sin su presencia ni conocimiento. De este modo, el poder Ejecutivo fue ejercido por el Gabinete, que era un órgano que no existía en la Constitución inglesa. «Los detalles de este nuevo equilibrio se formularon a través de los años mediante el desarrollo del sistema de Gabinete y el cargo de Primer Ministro», anotó mister Trevelyan.


Este fue el proceso de transformación de la Monarquía Parlamentaria inglesa en Monarquía Parlamentaria de Gabinete, que ha sobrevivido hasta el presente unida a los medios tradicionales de elección nominal directa de los miembros del Parlamento.


Esta forma monárquica es exclusiva del Reino Unido.


Monarquía Constitucional. La Monarquía Constitucional y la Parlamentaria son excluyentes entre sí. La Monarquía Constitucional es aquella en la que el poder Ejecutivo es privativo del Rey al tiempo que el Legislativo es potestad exclusiva de una asamblea integrada por diputados elegidos de forma nominal y directa por sus diputantes –que es la forma tradicional del procedimiento electoral–. Esto es, un monarca que gobierna y un parlamento que legisla.


Este modelo político requiere el cumplimiento de cuatro formalidades. La primera es que sea una Constitución la que establezca esta separación de poderes entre el Rey –poder Ejecutivo– y la asamblea –poder Legislativo–. La segunda son los medios de elección de los representantes que integran la cámara, que han de ser elegidos de forma nominal, directa y mediante mayoría absoluta por sus representados. La tercera, el aseguramiento de la reunión regular y continua de la asamblea. Y la cuarta, que prohíbe a los legisladores deliberar en presencia del poder Ejecutivo, del Rey.


Recibe el nombre de «Monarquía Constitucional» porque fue la carta francesa de 1791 –la segunda moderna tras la de los EEUU– la primera que creó esta distribución de los poderes del Estado. Fue aprobada al cabo de dos años desde el inicio de la Revolución Francesa. La Constitución española de 1812 –que fue la tercera moderna tras la francesa– también instituyó una Monarquía Constitucional que atribuía el poder Ejecutivo al Rey y el Legislativo a las Cortes. La del Doce cumplía las cuatro formalidades arriba descritas.


En la actualidad no existe ninguna Monarquía Constitucional en el mundo.


Monarquía de Partidos. La Monarquía de Partidos es la monarquía de la postmodernidad. Surgió al término de la II Guerra Mundial. Los vencedores de la contienda decidieron la forma política de la vencida Alemania para tenerla bajo control: una República de Partidos con sistema electoral proporcional. Italia –que había sido beligerante en los dos bandos de la guerra y hasta vio quebrada su unidad resultando de ello una guerra civil paralela– adoptó el mismo sistema. Esta fórmula fue descrita como «Estado de partidos» por el jurista alemán Gerhard Leibholz, que afirmó que esta forma política integraba a las masas en el Estado a través de la erradicación de la representación política en los parlamentos. Esto se traduce en la descivilización de la sociedad mediante su estatalización.


Concluida la guerra, los reinos europeos continentales también adoptaron este artificio político. La sustancia de la Monarquía de Partidos es la transformación de la Corona en una magistratura honorífica que sanciona como propias las decisiones tomadas por terceros sin su concurso. Hace del Rey un espectador del consenso apandador de los partidos, que están asalariados por el Estado con cargo a todos los contribuyentes.


Esta forma política ha dado lugar a que los partidos hayan expropiado y privatizado de facto el Estado y sus poderes como su patrimonio particular. El Gobierno y las asambleas legislativas han sido transformados en salones en los que escenifican –mediante las formas a las que les obliga el ordenamiento– las decisiones que han tomado fuera de su ámbito.


El encargado de la separación de los poderes Ejecutivo y Legislativo español es el tapicero que viste de color distinto los asientos de uno y otro poder en la misma cámara. El primero es elegido por el segundo y –como los reyes absolutos– tiene capacidad para disolver –a su arbitrio– al cuerpo legislador, que –además– delibera en presencia del Ejecutivo.


Por si lo anterior fuera poco, la elección de la cámara se realiza mediante votaciones de listas que son confeccionadas por el jefe de cada partido. El recuento electoral aplica criterios proporcionales a través de una compleja ecuación de la que nada saben los votantes y que otorga a cada voto un valor distinto en función de diversas variables que son ajenas al acto de votar. Todo esto impide la representación de los legislados. Sólo los partidos tienen representación en las asambleas.


La instaurada en España con la Constitución de 1978 es una Monarquía de Partidos, que es la antítesis de la Monarquía Constitucional y tampoco es una Monarquía Parlamentaria por más que el propio 78 así lo afirme en su primer artículo.


El lugar al que hay que dirigir la mirada para distinguir todas estas formas monárquicas es a la relación de la Corona con los poderes Ejecutivo y Legislativo. Todo lo que no sea llamar a las cosas por su nombre es ruido y confusión. El pensador político Antonio García-Trevijano argumentaba que detrás de toda corrupción del lenguaje se esconde un objetivo político. Esta opinión ya había cuajado en la antigua cultura china, que la plasmó en la obra Lüshi Chunqiu antes del inicio de nuestra era cristiana. De ella se hizo eco Julio Camba, según recogió Ignacio Ruiz-Quintano hace años:


«Si las designaciones son justas, el orden reina; si son equívocas, reina el desorden. El que confunde las designaciones, corrompe el lenguaje. Las cosas prohibidas sustituyen entonces a las permitidas. La inexactitud toma el lugar de la exactitud y lo falso ocupa el sitio de lo verdadero. El hombre noble escoge sus designaciones de tal modo que puedan ser empleadas sin equívoco en el discurso y compone sus discursos de tal suerte que puedan, sin equívoco, transformarse en actos».


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domingo, 8 de octubre de 2023

El rumbo federalista del Psoe


 

Javier Torrox


Sorprende que los miembros del Consejo de Ancianos del PSOE puedan sorprenderse de que el PSOE sea el PSOE. Han salido en tropel, alarmados ante la posibilidad de que el jefe del partido haga lo que han hecho todos los que le han precedido en el cargo. Pero es que ahora ya va en serio.

El envite que asoma es de tal envergadura que amenaza con ser la reiteración amplificada del golpe a la Nación de la Generalidad de Cataluña. Si en 2017 fueron el Gobierno y el Parlamento regionales sus autores, ahora son los poderes Ejecutivo y Legislativo nacionales los que parecen dispuestos a dar de cuchilladas al sujeto político español con la cooperación de la fábrica de coartadas que es el Tribunal Constitucional.

Esta es la razón por la que se han presentado en la feria media docena de carcamales del partido. Todos ellos escandalizados de que haya apuestas en el casino del 78 –una vez retiradas sus ganancias, claro–. Que sea la plana mayor de los yayos del PSOE la que salga al césped a cortejar el amor pepero y a darse piquitos con toda la prensa orgánica da la medida del calado de lo por venir. Hemos visto desfilar por televisiones, radios y periódicos a veteranísimos tahúres como Alfonso Guerra y Joaquín Almunia. Hasta el dominicano Felipe González se ha pronunciado contra sí mismo; esto es, contra el rumbo federalista del PSOE que él personalmente impulsó desde que fue elegido su secretario general en octubre de 1974.

Surenes (Francia) es la casilla de salida del PSOE actual, el que vertebra el 78. Fue su XXVI Congreso –el XIII en la inoperancia exterior–. El señor González arrebató el control del partido al histórico Rodolfo Llopis. Bajo la dirección del antillano de Sevilla, dieron su aprobación al «derecho de autodeterminación» de «cada nacionalidad» en una «Resolución sobre nacionalidades y regiones»:

 

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