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lunes, 7 de octubre de 2013

Recuerdos de la tarde de El Cid

OTOÑO 2013

La tarde

 Luis Miguel pidiendo un refresco

 Boleto y purastre

 La papela de Abella

 Los Espiniella

 El saxofonista

 El programa

 Los Pepes de El Cid

 ABC

 La copa

 Casas, o lo que los piperos venteños llaman "señorío"

 El besamanos de Abella,
 el catalán que dirige los toros en Madrid,
 con tan malas consecuencias para la afición

Los papelines de Eolo

El debut de Justo Polo, con la losa de Joselito Calderón

Paseíllo
Fandiño, Ritter, Cid

La alternativa

El Cid

El hondero

Los requetés

El capote cidiano

El cielo

El palco municipal

Lo que va de Fandiño a El Cid

La vaca victoriana

Los cuernos cantados por los revistosos

Boni en posición de respeto al quite que cabreó a El Cid

El Cid y Verbenero

Al natural

El toreo

El paño de lágrimas (por el pinchazo)

El corazón

La pena

El Cid recibiendo la ovación que Fandiño feamente le pisó

Adolfos para después de una guerra

Calle de Alcalá

José Ramón Márquez

No hubo nada que me sacase ayer sábado del firme convencimiento de no ir a Las Ventas. Ahí en ese cajoncito estaba el boleto y ahí se quedó muerto de risa para que la basura lisarnasiana del Puerto que Dios confunda y los tres pobrecillos que se anunciaban con ella no me fuesen a sacar del sueño, del estado de gracia, de la faena de El Cid del viernes.

Hoy, domingo, final de esta inolvidable feria en la que por unos minutos volvió el toreo a manifestarse en la vieja monumental, no se podía fallar a la llamada de una ganadería respetable y de los toreros que se han anunciado con ella. Eso mismo debieron pensar muchos, pues la plaza registraba un llenazo que daba gusto verla, para que se chinche el Frodo de Velilla, que no es capaz de llenar ni en Villaberzas de la Alfalfa, por más que le lleven cantando los cerreuves de turno lo bueno que es, desde hace más de veinte años.

Corrida de toros de Adolfo Martín, lo que se dice una corrida de toros con lo que eso conlleva, particularmente el miedo que debe dar estar enfrente de ellos armado con un trapo encarnado; con esas miradas que echan, que sólo con la manera de mirar ya te dejan petrificado, con esos ojos huecos y achinados. Y luego, el comportamiento, que ahí estaban para hacerles a cada uno sus cosas, digo yo.  Desde luego no eran toros para clavar el mentón en el esternón y ponerse a morantearlos, que eso es lo que tiene el toro a diferencia de la mona Chita, que entre el miedo que meten y lo inciertos que son no acaban de dar pie para que los del postizo se confíen y se tomen esas libertades, esas morantiñerías que  se suelen tomar con las bolitas de sebo. Es que hay toros que tienen algo que te obliga a tratarlos con respeto, como a los catedráticos de hace muchos lustros.

La corrida salió como tuvo que salir: íntegra, seria, bien presentada. Luego, el comportamiento de cada uno de ellos es la gran incógnita sobre la que deben trabajar su éxito los matadores, que para eso se llevan entrenando desde que les salieron las muelas. Imaginemos a un pianista que en un concierto echa a perder el aria de las Variaciones Goldberg porque él sólo toca con pianos de Steinway & Sons y los Yamaha le suenan a contraestilo. Pues esto es lo mismo solo que el instrumento da cornás. El toro es -debería ser- un enigma desde que sale del chiquero y la experiencia y las horas de entrenamiento del matador deberían servir para calibrar las condiciones del animal y para ver la manera de extraerle lo que se pueda. Eso es, justamente, lo que hizo Ferrera con su segundo, Madroñito, número 8, que es un toro que a base de estar con él, incluso del juego del largo tercio de banderillas, fue puliendo su inicial brusquedad y sacando una boyantía que en ningún momento había demostrado. Con ese toro Ferrera dio una buena lección de lo que es un torero asolerado, sin prisas, como aquel que dice un torero que ya está un poco al margen de la vorágine del día a día y que, al cabo de tantos años, cree en sí mismo. Hay un par o tres de detalles de mucho valor, como cuando se va a los medios a recibir con un oficio impecable a ese toro, o cuando se queda con él sujetándole en los medios a un palmo de distancia mientras el penco va a su sitio, o una espeluznante chicuelina, todo improvisación, cuando el toro sale de naja, huyendo del castigo del de la lanza, o unos suavísimos derechazos sin la ayuda en el 10, que pudieron traer la evocación de otro Juan Mora otoñal. Los ignorantes dirán que era cosa del toro, pero yo más bien creo que ese toro lo labró el torero, porque me da la impresión de que todo lo que le hizo se lo hizo bien, es decir, de manera adecuada al interés que él perseguía. A la muerte de este toro se manifestó una extraordinaria división de opiniones, fortísima división entre los que decían ‘oreja si’ y los de ‘oreja no’. A mí las orejas ésas me importan un bledo. Ya podían quitar esa birria de galardón. En su primero, Escribiente, número 71, un imponente cárdeno, puso un par de banderillas por los adentros de grandísima exposición.

Si Fandiño se hubiese adaptado a las condiciones de su segundo toro, Madroño, número 86, se habría ido a él con decisión, con la muleta en la izquierda y el estoque de verdad y, sin probaturas, le habría arrancado las tres series que tenía el bicho para luego echarle al suelo con una estocada hasta la gamuza. Bien al contrario, le toqueteó, le colocó así o asado, le intentó torear por la derecha, y cuando echó cuentas de que el pitón era el izquierdo y las arrancadas doce, ya era tarde. En su primero, Murciano, número 95, estuvo buscando la rectitud en el cite y la verdad, que ya nos hubiese gustado verle con esos argumentos el otro día frente al de Victoriano del Río. Ahí se vio al mejor Fandiño de sus dos tardes en la feria de otoño, firme, solvente y comprometido, en la línea que siempre debería practicar.

Castaño trajo dos espectáculos: el bueno el de su cuadrilla; el malo, el del mitin con la espada. Imponente la seriedad del quinto, el cárdeno Carpintero, número 56, e impresionante lo que tragó Castaño con ese toro. Lástima que lo matase de tan fea manera.

En resumen, una interesantísima y entretenida tarde de toros, en la que también destacó la cuadrilla de Fandiño, y en la que se cortó la coleta Roberto Bermejo. Tarde variada y llena de cosas, que a los que  van a los toros a buscar sólo el barbilleo y el postureo les debe haber dejado con muy mal sabor de boca.

sábado, 5 de octubre de 2013

El Cid se puso a torear en Madrid

El Cid

José Ramón Márquez

Grande. Muy grande. Así es el toreo que se basa en la verdad, el toreo que nos enseñaron y que machaconamente la crítica seria trata de convencernos de que ni es posible ni lo hemos visto. Grande Manuel Cid hoy en Las Ventas con el único argumento posible que un hombre puede poner sobre la arena de una plaza de toros: el toreo. Todo lo que uno busca en una plaza de toros lo ha traído esta tarde Manuel Cid a la blancuzca arena de la monumental: la naturalidad, el gusto, la entrega, la torería, el mando, el conocimiento, el clasicismo. Todo ensamblado gracias a una muñeca prodigiosa y a la firme decisión de no ceder la posición, de echar la muleta a la cara del toro, de llevarle toreadísimo, atado a los vuelos de la muleta, de rematar los pases de manera canónica, demostrando la veracidad del aserto de Rafael el Gallo cuando decía que «lo clásico es lo arrematao, lo que no se pué hacer mejor». Inmejorable Cid empeñado en arrematar su faena y en darnos un fresco vaso de agua clarísima a los que llevamos años vagando en el desierto de la vulgaridad, de las ruedas de molino, de los hallazgos graciosos que sirven para enmascarar la incuestionable verdad del toreo eterno, del toreo que Manuel Cid ha traído hoy a Las Ventas con el fin de enseñar al que no sabe, de desenmascarar a los que mienten de forma interesada, confundiendo a las gentes, haciéndoles ver que el toreo es otra cosa distinta a esto de hoy.

La faena de Manuel Cid de hoy en Madrid será dentro de muchos años una referencia incuestionable para jóvenes aficionados que hayan tenido la suerte de verla con cierto conocimiento de causa. Esos jóvenes abandonados a su suerte a los que se tunde diaria e  inmisericordemente de embustes sobre qué es el toreo y sobre cómo se ejecuta, hoy habrán caído del caballo y en su experiencia de aficionado tendrán una firme referencia del más sencillo y elegante clasicismo, sin alharacas, sin postureo, sin manoletinas, sin la basura del arte, sólo con la verdad que se expresa con la muleta en la izquierda, el estoque en la derecha y el corazón en medio.
 
El cuarto toro de la tarde, toro de Victoriano del Río, Berbenero (sic), número 79, castaño bociblanco, era un rato feo; un toro de cara avacada, alto de cruz y descolgado, veleto, de descomunales defensas enfundadas que tapaban un poco la fealdad del bicho. El bicho cumple en varas medianamente. Manuel Cid le hace un impresionante quite: dos delantales y una larga donde templa perfectamente la embestida del castaño y luego otro con cuatro verónicas y una espléndida media, sevillana y abelmontada, echándose el capote a los riñones en el remate. Magnífico trabajo de capote calibrando las condiciones del toro y enterándose de los terrenos, las distancias y las condiciones del Berbenero.
 
Luego principia la faena directamente con la que antes se llamaba «la mano de los biyetes», en el mismo terreno donde el toro se le entregó en los delantales -que Cid piensa en el toro y sabe de terrenos- en una impresionante serie de verticalidad ascética en la que mueve al toro perfectamente toreado, embebido en el vuelo de la muleta, resolviendo cada muletazo con la reciedumbre de la prodigiosa muñeca de este gran torero. «Mano de acero en guante de seda», le dijeron a Domingo Ortega, y hoy Cid, purísima claridad, línea clara de la verdad del toreo, trazó sus muletazos poderosos en esa primera serie como quien bendice, sin imponerse con violencia al animal, sino dejándole la ilusión de que eso es sólo un juego. Luego viene otra segunda serie de naturales que no baja en intensidad, en el mismo terreno, siempre a la distancia adecuada, siempre la muleta por delante, en la que reitera nítidamente los mismos argumentos basados en la verdad, en hacer ir al toro por donde no quiere, negación de la asquerosa seudotauromaquia que nos tratan de colocar todos los días, a todas las horas.

Con la plaza rugiendo, en el mismo terreno, Manuel Cid busca la distancia y vuelve a citar por naturales prolongando si cabe aún más la embestida, rematando perfectamente cada muletazo. En esa serie su figura erguida, su impecable naturalidad es un clamor de torería y de verdad y vuelan junto al torero los recuerdos de los grandes, de los que nos metieron el veneno de esta afición a base del toreo grande.

Después agarra el estoque verdadero y se trae al toro hacia el tercio del 9, ahí le mete una tanda por el derecho, rematada con guapeza y gran torería en un pase de trinchera que es un cartel de toros y después de otra porfía en redondo, un soberbio pase de pecho forzadísimo en el que se pasa el toro entero de cabeza a rabo por delante. Luego pasa de nuevo a la izquierda a finalizar la faena citando de frente -Manolo Vázquez, Sevilla y Madrid de nuevo- y engarza preciosamente ese natural con el siguiente ofreciendo el medio pecho, la pata adelantada -¿no decían que eso no se puede hacer?- la muleta adelantada -¿no habíamos quedado en que eso es de la prehistoria del toreo?- y luego, el ayudado. Sublime.
 
Después, con la plaza bramando como sólo pasa en Las Ventas en las grandes tardes, Cid iguala al toro en la suerte contraria y le ocurre al torero lo que siempre le pasa en las grandes tardes, pinchando en hueso como tantas otras veces. Es parte de su leyenda.

Si vamos a los toros, si nos devora esta afición que es pasión, es sólo porque de tarde en tarde alguien hace lo que hoy ha hecho Manuel Jesús Cid en Madrid.
 
El toro

viernes, 4 de octubre de 2013

Al vent, la cara al vent, el cor al vent, les mans al vent, els ulls al vent, al Ventorrillo

OTOÑO 2013

 Les sanglots longs
Des violons
De l'automne
Blessent mon coeur
D'une langueur
Monotone


José Ramón Márquez

 ¿Quien iba  a decirnos que íbamos a salir tan contentos de la novillada de Edificaciones Tifán S.L.? Es lo que tiene esto, que ni las vacas saben de toros. Te vas a Las Ventas a ver una basura de esas juampedreras y resulta que sale una corridita de lo más interesante, como si hubiésemos ido a la reserva india de los encastes minoritarios, malditos y en peligro de extinción. Cosas de la genética, que de eso entienden el Padre Mendel (q.e.G.e) y cuatro más.

 Y los de las Edificaciones Tifán S.L. sabrán un montón de hormigón, de muros de medio pie, de grúas o de pladur, pero se ve que lo de la ganadería se les va de las manos, porque ellos se compran sus bóvidos juampedreros para que hagan las tontunas propias de esa mal llamada casta y la genética se venga en ellos haciendo que los novillos hagan todo lo que no deben, tal como apretar en el caballo, mantener la lengua dentro de la boca, enterarse de lo que hay alrededor o embestir a la manera de un toro y no de una mona.  

Los exquisitos del ganado bovino de características bobonas ya le habrán puesto el aspa a los toros de Edificaciones Tifán S.L, que cuando en el apartado ‘Procedencia actual’ pone Juan Pedro Domecq y Solís se sobreentiende que ahí no hay más que toro artista, o sea, ese torezno colaboracionista y carretonero que ayuda a que de las meninges de su matador mane el arte o un fandanguillo. Los aspirantes al fandanguillo esta tarde eran Javier Jiménez, Diego Fernández, que venía en lugar de Sergio Felipe, y Juan Ortega.


De los seis novillos, el cuarto, Alagado (sic), número 42, es el que llevaba dos cortijos, uno por pitón, y es el que ha dado al traste con las infundadas esperanzas de Javier Jiménez de ser alguien en el toro. Un novillero bien placeado, con 33 tardes el año pasado, ha dejado irse a este novillo de embestida vibrante, lo cual constituye la patente demostración de que lo que debe hacer cuanto antes es aprender un oficio del que vivir o apuntarse al acceso para la Universidad de mayores de 25 años. Ya no es que nos pongamos con lo de cruzarse y tal, que ya nos han convencido los de la crítica seria de que eso ni existe ni es posible ni lo hemos visto nunca, es que el mozo se ha venido a Las Ventas a dar el mitin de la incompetencia más palmaria y encima le tocó el toro de la tarde. Y no es que la fastidiase en su segundo, porque en el primero, Imperial, número 455, que era de encaste más bobalicón, tampoco rascó más bola que su basta (y vasta) vulgaridad. A ese toro, no obstante, algo le habrían visto los banderilleros, que anduvieron con él como si fuese el Leviatán.

De Diego Fernández reseñaremos su afición a las posturas cuando no está frente al toro, a la salida de los pases y en los tiempos muertos. Vestidito de verde era como el ectoplasma de Perera. No diremos nada de lo de cruzarse, que de eso ya nos han convencido los críticos serios que ni se puede ni lo hemos visto nunca, por tanto el novillero Fernández no hizo la menor intención de ir a otro sitio que no fuese a las afueras, a la banlieue, de sus dos novillos, de los que el más interesante fue el quinto, Afortunado, número 54, con la idea fija de largarse cuanto antes para poder poner rápidamente alguna postura como de modelo para Mariano Benlliure o algo así.

Juan Ortega fue víctima en Las Ventas este tiempo atrás de un robo orejero de esos que tanto excitan la pluma de los críticos serios. Le tocó el novillo más complicado, el sexto, Aviador, número 28. Brindó el novillo al público pensando yo qué sé qué y a los dos minutos el novillo se había hecho el dueño de la situación y era él quien toreaba al novillero. La falta absoluta de recursos o del más leve rastro de oficio con el que castigar al novillo demostró de forma patente que estos toreritos están educados en el carretón y la tonta del bote, preparados para el arte propiciado por un bobo de cuatro patas.

Ni el más leve asomo de personalidad en ninguno de los tres, nada que recordar de sus tristes capeos y sus olvidables muleteos. De las trazas que usaron para matar, ya ni hablamos, pues esa mal llamada «suerte suprema» es bien sabido que va en retirada, a poco que se generalice algo más esa memez de los indultos a mansalva.

Lo más torero de la tarde fue Miguel Martín, matador de toros, poniendo dos soberbios pares de banderillas al cuarto.

 Pipas

 La papela de Abella

 Papelines

 Programa

 Paseíllo
Fernández, Ortega, Jiménez
 Abella buscando al que tiró la cubierta,
 que aún no ha aparecido

 Abella midiendo la caída de la pluma

 Javier Jiménez
Tics de Espartaco

 El hombre de Barcelona oliendo a Dinamarca en Madrid

 El putoamismo de Floro

El crítico, que es doctor, dándole a la pipa, pero de girasol

 Esas nubes que pasan

 El hondero

 ¡Cha-cha-cha-chám!
Al fondo, Diego Fernández, el del toreo caro (a Perera)

 El ofertorio de Juan Ortega

 El toreo caro (al decir de los revistosos) de Diego Fernández,
 que se dedica a imitar... a Perera

 Lo más caro de Diego Fernández, el perereo por la penca

 La muleta nada barata de Diego Fernández, con parón superperero

 El carísimo pataplás pererón de Diego Fernández

 Y un cite, o lo que fuere, de Diego Fernández que nos llevaría a empeñar el reloj,
 salvo que no es Diego Fernández, sino Javier Jiménez,
 que sólo se diferencia de su compañero en el color del vestido
Así está la cosa entre la novillería andante

Miguel Martín saludó por sus palillos

 Juan Ortega, que al menos sólo se imita a sí mismo, perfilándose

 Juan Ortega haciéndose el saco de trapos viejos para defenderse

 Mulas de España

 La cena en Órdago

Y a casa en el Mercedes del tío Ina