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viernes, 7 de junio de 2019

Un poco antes del Día D


Hughes
Abc

Una vez decidido el desembarco, la que dio problemas de última hora fue Francia. La de Vichy, por supuesto, y la de De Gaulle, que exigía a Roosevelt un reconocimiento. Paciente, Churchill decidió invitarle a Londres como líder militar. «A fin de cuentas, es muy difícil mantener a los franceses al margen de la liberación de Francia», escribió.

Al juntarse, discutieron. De Gaulle tenía, en opinión del historiador Beevor, una «visión absolutamente francocéntrica de todo» y Churchill le respondió algo que ayuda a entender ciertas cosas: «Vamos a liberar Europa, pero eso es porque los americanos están con nosotros. Así que esto debe quedar claro: cada vez que tengamos que decidir entre Europa y el mar abierto, siempre elegiremos el mar abierto. Cada vez que tenga que elegir entre usted y Roosevelt siempre elegiré a Roosevelt».

Churchill también informó a Stalin de que la deuda de sangre con los soviéticos iba a ser saldada. Roosevelt ya había escrito al ministro de Exteriores ruso comunicándole el Día D, a lo que el ministro contestó preguntando que qué significaba la D.

Los paracaidistas, mientras tanto, hacían tiempo viendo películas de Bob Hope. Se afeitaban la cabeza para facilitar el trabajo a los médicos en caso de herida o se dejaban una franja a lo mohicano. Parecerían jugadores de la NBA fuera de su tiempo.

Se daban arengas. El general Jim Gavin fue más bien conciso: «Soldados, lo que vais a vivir los próximos días no lo cambiaríais ni por un millón de dolares, pero tampoco os gustaría repetirlo con mucha frecuencia. Para la mayoría de vosotros será el primer combate. Recordad que estáis allí para matar, o los que moriréis seréis vosotros».

Eisenhower preguntó si había entre ellos alguien de su pueblo, por lo que mandaron llamar a un muchacho de Alabama que enmudeció de la impresión. Le dio el consejo bélico: «El truco consiste en tirar para adelante». Cuentan que cuando la 101ª Aerotransportada partía, Eisenhower contenía las lágrimas.

Un veterano dijo ayer que entre los de Normandía se querían más de lo que se quiere a una mujer. «Ellos salvaron al mundo y nunca los olvidaré».

Por fuerte y «macroní» que sea la europropaganda, las libertades son una cosa americana que Eisenhower puso aquí. Su relación con el original es parecida a la del jazz, el rock o la hamburguesa.

jueves, 6 de junio de 2019

Tierras de Sangre (6 de Junio de 1944)

El escenario

Jean Juan Palette-Cazajus

«Nada me encanta más que la batalla de Normandía. Mi creencia en los americanos liberadores permanecerá siempre intacta. Aunque yo sepa que, lentamente, se viene imponiendo a mis contemporáneos la mayor importancia de Stalingrado en la basculación del conflicto. Aunque, acá y allá, veo que la operación Overlord reaparece bajo la designación ambigua pero exacta de proyecto anfibio de invasión de Europa». Esta cita, con  su sorna distanciada, es de Aurélien Bellanger, un joven novelista galo de afilada mirada que suele despertar en mí cierta química. La traigo aquí porque de alguna manera viene a resumir de antemano lo que pensaba contar con motivo de este setenta y cinco aniversario del desembarco de Normandía. También porque sugiere la fatídica alternativa que acecha a quienes se lanzan en el intento: empantanarse en tópicos polvorientos o torear de adorno a base de epatantes paradojas.

Anoche reponían en televisión «El día más largo» (1962). Por supuesto, no la vi. Mantengo de siempre lo que cabría llamar una cierta distancia profiláctica con las historias del cine en general. Distancia que se transforma en aversión tratándose del llamado cine de historia. Pero no hay más remedio que admitir que aquella película cambió el estatuto recordatorio del episodio. El desembarco pasó de ser recuerdo histórico a convertirse en memoria mítica. La memoria mítica transforma el pasado histórico en materialidad imaginaria siempre actualizada. La representación cinematográfica de esta materialidad imaginaria difícilmente puede coincidir con la realidad del acontecer histórico. Poco importa. Se convertirá en el alimento de la memoria mítica y permanecerá así presente e inalterable en nuestros cerebros. «El día más largo», pero también las pelis anteriores y sobre todo las posteriores, innumerables, fabricaron nuestro imaginario sobre la Batalla de Normandía, también sobre las que siguieron, la de Arnhem, la de las Ardenas, la de Anzio, etc. Hasta el punto de que, hasta hace cuatro días, el contenido de nuestras memorias se lo debía todo al sedimento de aquellas ficciones.

Caen 1944

La Segunda Guerra Mundial en su frente occidental y en el del Pacífico, sobre todo durante el tramo final, los años 1944/45, constituyó el primer teatro bélico definitivamente sometido a la mirada omnipresente de las cámaras, bajo todas sus costuras, las heroicas y las sórdidas, las trágicas y las cotidianas. Por supuesto, aquellas imágenes llegaron al público americano o británico filtradas por la censura pero la independencia y el número de quienes filmaban, el concepto de la información que subyacía a su labor, permitieron acumular un ingente y valiosísimo material gráfico. No había punto de comparación con nada de lo que procedía del bando alemán y menos todavía del soviético, donde el control sobre los informadores, férreo e implacable, esterilizaba cualquier quehacer. Resultó así crucial para nuestro cambio de percepción el papel de la increíble cantidad de documentos filmados puestos al alcance del público durante los últimos años. En cualquiera de estos documentos, muchos en color o coloreados, con un sobrecogedor efecto de proximidad, nos saltó a la cara el anverso y el reverso del decorado y nos asaltó la intuición, por más que fragmentada, de acercarnos a la sustancia del acontecer. «El día más largo» y todas las posteriores ficciones cinematográficas se desinflaban infantiles, como un teatro de marionetas fosilizado, como guiñoles de celuloide. La guerra surgía de pronto cual era, atroz, absurda, aburrida, prosaica, incierta y miope. El heroísmo es siempre una etiqueta a posteriori, añadida al producto para valorizar su precio en las estanterías de la memoria.

¿Qué recordar de aquel 6 de junio de 1944 sin ponerse casposo ni estupendo?

Le Havre, invierno 1944-1945

-Tal vez que si Von Rundstedt, en días inmediatamente anteriores a Overlord y como le venía insistiendo Rommel, hubiese accedido a desplegar en el littoral las divisiones blindadas estacionadas en el norte de Francia, el éxito de la cabeza de puente habría resultado altamente hipotecado.

-El desastre inicial en Omaha Beach, con 27 tanques anfibios sobre 32, hundidos en el agua y con ellos la posibilidad de aportar su potencia de fuego y su protección a los infantes. O el horrible destino de esta primera ola que ve abatirse el portón delantero de las barcazas de desembarco para encontrarse desnudos en la arena desnuda, al pie del acantilado, bajo el fuego infernal de unas defensas alemanas intactas. Ello por culpa de la  imprecisión –consuetudinaria aquellos días– de los bombardeos aéreos.

-El hecho de que muchos de aquellos sacrificados eran reclutas sin ninguna experiencia previa del fuego. Y que en semanas anteriores un oficial americano veterano confiara a un amigo suyo que todas aquellas tropas llegadas a Inglaterra desde Estados-Unidos le parecían compuestas por soldados y oficiales absolutamente bisoños exceptuando los coroneles, gordos, grises y mustios.

-El calamitoso estado de la Luftwaffe, afortunadamente para los aliados, como resultado de las pérdidas en el Frente del Este y de la destrucción por los bombardeos angloamericanos de la mayoría de las fábricas aeronáuticas alemanas. En aquellas fechas sólo podía oponer 100 aparatos a los 5000 aliados.

-O aquellos soldados alemanes (y checos y rumanos y húngaros), estacionados en Normandía, excesivamente viejos o excesivamente jóvenes, como lo muestran las filmaciones de los incontables prisioneros, como lo pude comprobar personalmente leyendo las placas del cementerio alemán de La Cambe, cerca de Omaha Beach. Aquello daba fe del estado heteróclito y casi terminal en que se encontraba la Wehrmacht tras las sangrías en el frente ruso.

En color queda más bonito

«Tierras de sangre» es el título de un conocido libro de Timothy Snyder publicado en 2010. El historiador americano se refería a un perímetro centroeuropeo integrado por Polonia, Bielorrusia, Ucrania y Rusia y a su larga tradición de matanzas y pogromos varios culminada en el baño de sangre de la segunda Guerra Mundial. El libro suscitó polémicas que no vienen al caso pero referido al tema que nos ocupa nadie podrá discutirle la conveniencia del título. Las bajas germanosoviéticas representaron el 84 % de todas las bajas militares en Europa. Las soviéticas se calculan entre 8 800 000 y 10 700 000 muertos. Las del Reich alemán se cifran en 5 318 000 muertos. Las bajas soviéticas supusieron el 88% de las bajas aliadas. Las del Reino Unido el 3%, las francesas el 2,3% y las americanas el 2,2%. Son cifras de todos conocidas y siguen siendo inconmensurables. Porque además de explicar su desprecio habitual por las conmemoraciones occidentales, siguen siendo una de las claves del actual autismo ruso, ideológico y cultural. Y porque explican la increíble eficacia del modelo cinematográfico que ha construido nuestro mito colectivo.

Rouen, 1944

También porque son cifras que revelan la fragilidad intrínseca de los sistemas democráticos cuando les toca enfrentarse a la extrema letalidad bélica. La sociedades basadas en la autonomía individual son incapaces de enfrentar la muerte como simple variante estadística. Porque muestran a las claras que mucha suerte tuvimos de que los dos totalitarismos se enzarzaran en una guerra a muerte que al final nos permitió construir la ilusión de que habíamos salido vivos. Stefan Zweig consideraba que Europa ya se había suicidado en 1914. Él se suicidó en 1942 por no verla apuntillada. Suerte de que los totalitarismos pusieran la inmensa mayoría de los cadáveres para que nosotros pudiéramos poner los comentarios y la lírica del recuerdo. Y así no cabe descartar que toda la historia de la Europa actual sólo sea un comentario post mortem sobre sí misma.

Brest, 1944

Al final los Rangers terminaron silenciando las defensas alemanas en Omaha Beach. Al este, en Sword, en el extremo opuesto del dispositivo, los británicos desembarcaron sin excesivos problemas. El día tenía que haber finalizado con la toma de Caen. Tardaron seis semanas los ingleses en entrar en lo que para entonces sólo era ya un solar de ruinas donde habían quedado sepultados entre 2000 y 3000 civiles. Caen y Saint-Lô, a 55 km de la primera, compartieron el título de “capital de las ruinas” que les asignó la pluma del futuro Nobel franco-irlandés, Samuel Beckett.  En realidad sólo eran dos ejemplos significativos de una larguísima lista. Ya en semanas anteriores al desembarco, una serie de bombardeos masivos, llamados “estratégicos” pero caracterizados por su letal carácter errático que pronto se iba a convertir en rutinario, destrozaron los centros históricos de Nantes, de Rouen, de Orléans, de Saint-Etienne y afectaron parcialmente otras numerosas ciudades. En los días y semanas que siguieron el desembarco quedaron totalmente destruidas las ciudades de Cherburgo, Le Havre, Saint-Malo, Brest, Lorient, Saint-Nazaire. Asimismo, totalmente o en su mayor parte devastada quedó la mayoría de las pequeñas ciudades normandas, casi todas ellas pintorescas y cargadas de un pasado balzaciano. Citemos a voleo Vire, Carentan, Argentan, Flers, Mortain, Avranches, Falaise, Coutances, Sées, Evreux, etc. etc. Muchas de ellas carentes de toda presencia militar alemana en su perímetro. Tantos casos absurdos, clamorosos, que  se parecían demasiado a una forma de asesinato premeditado. Si Notre Dame de París hubiese ardido en aquellos días el incidente habría pasado casi inadvertido, tal era la escala de lo irreparable. Las especies necesitan millones de años para evolucionar, nuestro sentido del tiempo, de la muerte y de la memoria puede mutar en una o dos generaciones.

Las imágenes canónicas nos han acostumbrado a los grupitos de paisanos agitando banderas al paso de los libertadores e invitándoles a sidra y calvados. Los hubo y eran sinceros. Pero en Normandía murieron aquellos días más de 20 000 civiles y buena parte de los supervivientes vio su entorno y su marco de vida desaparecer en cuestión de horas. El agradecimiento no era el sentimiento dominante en la mayoría de las cabezas. Los años de la reconstrucción fueron difíciles. Los campesinos normandos fueron de los primeros motorizados en Francia ya que heredaron buena parte del ingente material de posible uso civil abandonado por los aliados. La contrapartida fueron todos aquellos que durante años se dejaron la vida arando o desbrozando setos al provocar la explosión de tanta munición sin explotar. Normandía es tradicionalmente turística, verde, pintoresca y adornada con una sana cocina tradicional. A estos atractivos hay que sumar desde hace años la obligada visita de los sitios conmemorativos, omnipresentes a primera vista en los letreros de tráfico. A lo largo del año es prácticamente ininterrumpido el flujo de los turistas, de los veteranos y sus familias, las excursiones de estudiantes y colegiales británicos, americanos o canadienses, también, y cada vez más numerosos, alemanes. 
Vire, 1944

60 000 fueron al final los civiles franceses muertos en los combates de la Liberación y 75 000 los heridos y mutilados.  Los más lúcidos entre quienes padecieron los bombardeos aliados y vieron cómo Francia era el objeto pasivo de su propia liberación así como había sido el  objeto pasivo de la ocupación alemana, entendieron sin duda que el único porvenir que podía esperar el país se situaba entre la postal turística y la clasificación como bien de interés cultural. Paradójicamente y como tantas veces le ocurrió en su historia, Francia pudo presumir así de anticipar el común destino europeo. El disfrute turístico  de la dulce y húmeda Normandía queda reforzado por los recuerdos punzantes de aquellos días sangrientos. Lo que conmemoramos, lo que sepultaremos pronto con los últimos veteranos, como ya lo hicimos hace pocos años con los últimos de 14-18,  será el recuerdo de la voluntad de luchar. Será la renuncia definitiva a ser actores y dueños de nuestro destino. Cualquiera que sea el porvenir que otros ya nos están fabricando, hemos decidido acatarlo y darlo por bueno.

Un día cualquiera en Normandía

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Rumbo a la Victoria



RUMBO A LA VICTORIA


Ernest Hemingway




Collier's, 1944

Canal de la Mancha. Día D (6 de Junio de 1944). En Normandía. Proa a la playa de Fox Green. Con rumbo de 220 grados bajo el fuego enemigo. Los cañonazos del Texas. Un mar gris lleno de crestas blancas. El viento se lleva por la borda la carta de navegación. Pero ¿dónde está la playa? Suerte para todos ustedes. Bajo el fuego alemán. Hay que esperar. Maniobras entre las minas magnéticas. El ataque frontal. La toma de Fox Green y de Easy Red.


Nadie recuerda la fecha en que se libró la batalla de Shiloh. Pero sí el 6 de junio, día en que se tomó la playa de Fox Green, y el viento soplaba fuertemente del noroeste. Bajo la pálida luz del alba navegábamos con dirección a la costa. Las lanchas de acero de treinta y seis pies de largo, conformadas como ataúdes, levantaban verdes olas que caían sobre los cascos de acero de los soldados, unidos por el serio, embarazoso, incómodo y retraído compañerismo de los hombres que van a entrar en combate. En la popa del LCVP [embarcaciones de desembarco, vehículos y personal] había amontonadas cajas de TNT, bazukas y cajas de proyectiles para ellos, envueltas en un material que recordaba el transparente impermeable que usan las muchachas en las universidades.

Todo el equipo disponía de salvavidas tubulares, y los hombres también los llevaban sujetos con correas bajo los sobacos.

El agua verde se volvía blanca a medida que la lancha subía una ola y entraba en ella, mojando a los hombres, armas y cajas de explosivos. Ya quedaban atrás los grises mástiles de los transportes y los brazos de sus grúas, se divisaban las costas de Francia y un enjambre de lanchas navegaba con dirección a ellas.

Cuando la LCVP alcanzaba la cresta de una ola, se divisaban la débil configuración de la línea de cruceros y los dos grandes acorazados paralelos a la costa. Se veían los fogonazos de sus andanadas y el humo pardo que subía y se disipaba impelido por el viento. Desde la popa, el comandante de la embarcación, teniente Robert Anderson, de Roanoke (Virginia), voceó:

-¿Qué rumbo llevamos, timonel?

Fijos los ojos de su afilado y pecoso rostro en la brújula, Frank Currier, vecino de Saugus (Massachusetts), contestó:

-Doscientos veinte grados.

-¡Mantenga el rumbo! -respondió Anderson-. ¡No siga navegando a lo largo y ancho de todo este maldito océano!

-¡Mantengo un rumbo de doscientos veinte grados, señor -respondió el timonel, resignadamente.

-Está bien -dijo Andy.

Estaba nervioso. Su dotación participaba por primera vez en una operación de desembarco bajo el fuego enemigo, pero sabía que este oficial había mandado un LCVP en los desembarcos en el Norte de África, Sicilia y Salerno, y tenía confianza en él. Y, al pasar metiendo ruido junto al enorme casco de un petrolero de las fuerzas de desembarco, prosiguió diciéndole:

-¡No vayamos a chocar con ese LCT [embarcaciones de desembarco, tanques]!

-Gobierno el rumbo que se me ha señalado -respondió el timonel.

-Eso no significa que haya que arremeter contra todo lo que se ponga por delante en el mar -repuso Andy.

Era un muchacho bien parecido, de mejillas algo hundidas, elocuente y un poco áspero, pero no de un modo desagradable. Se dirigió a mí:

-Señor Hemingway, ¿quiere, por favor, ver de qué color es esa bandera que ondea allá arriba? Si puede.

Saqué del bolsillo de la chaqueta mi viejo Zeiss, que llevaba metido en un calcetín de lana, junto con un trozo de papel de seda para limpiarlo, y enfoqué la referida bandera antes de que una ola me lo mojase.

-Es verde.

-Entonces debemos estar en el canal libre de minas -dijo Andy-. Está bien eso. -Y dirigiéndose al timonel-: ¿Qué pasa? ¡A rumbo!

Intenté sacar los prismáticos, pero fue inútil, debido a las salpicaduras que caían constantemente sobre nosotros. Los envolví y guardé en el bolsillo con el propósito de secarlos más tarde, y me puse a contemplar el acorazado Texas, que batía a cañonazos la costa. Estaba situado a estribor de nuestra lancha y disparaba por encima de nosotros, mientras navegábamos en dirección a la costa francesa, que iba distinguiéndose cada vez más, e íbamos con rumbo de doscientos veinte grados o no, según se creyese al teniente Andy o al timonel Currier.


II


Los acantilados estaban cortados por valles, en uno de los cuales se divisaban el campanario de una iglesia y el pueblo, y un bosque que descendía hasta el mar. También se divisaba una casa a la derecha de una de las playas. En todos los promontorios ardía la maleza, y el viento del noroeste hacía que el humo se arrastrase por el suelo.

Los soldados que no estaban cenizos por el mareo y luchaban contra el malestar, controlando el deseo de correr hacia el borde de acero de la lancha, mantenían fija su sorprendida y venturosa mirada en el Texas. Sus cascos de acero les daban la apariencia de piqueros medievales vueltos a la vida y sorprendidos de que aquel extraño e increíble monstruo los protegiese en la batalla que iban a librar.

Los fogonazos de las piezas de artillería de catorce pulgadas del Texas se asemejaban a las llamaradas de la boca de un alto horno, y flameaban lejos del buque, tras de lo cual se veía una nube de humo amarillento y negruzco y, al esparcirse, llegaba hasta nosotros el ruido de la andanada que hacía trepidar los cascos de acero y hería en los oídos como si se asestasen puñetazos en ellos con un gran guante de boxeo.

Seguidamente se vieron dos altas y negruzcas fuentes de tierra y humo en lo alto de una verde colina, cuya configuración se destacaba más a medida que nos acercábamos a la costa.

-¡Miren lo que les están haciendo a esos alemanes! –exclamó un GI, con emoción-. Sospecho que no quedará uno vivo allá arriba.

Como el ruido del motor Diesel de doscientos veinticinco caballos hacía imposible oír, tuve que inclinarme hacia delante para captar estas palabras, que, si no me equivoco, fue lo único que oí de un GI en toda aquella mañana. A veces, aunque hablaban entre ellos, no se los oía. Pero la mayor parte de aquellos hombres no despegaron los labios ni esbozaron una sonrisa, siquiera después de haber dejado atrás los buques de guerra, misteriosos monstruos que les habían prestado cooperación, pero que ya se habían retirado, y estaban solos de nuevo.

Descubrí que si mantenía abierta la boca desde que se veía el fogonazo de los disparos hasta después de sentirse el impacto de los mismos en el oído, no experimentaba ningún efecto desagradable. De todas maneras, me causó alivio hallarme fuera de la línea de fuego de los acorazados Texas y Arkansas. Otros buques estuvieron todo el día cañoneando la costa, y no pudimos alejarnos del continuo estruendo de la artillería naval ni del impacto de la onda expansiva, pero no era lo mismo. Los enormes cañones de los acorazados resonaban como si se tratara de trenes enteros que corriesen por el cielo. Al navegar en ese mar gris, lleno de crestas blancas, con dirección al punto batido por ellos, dejamos de pertenecer a su mundo y entramos en otro donde se suministraba la muerte en conocidos y preciosos envases de poco volumen. Se asemejaban al trueno de una tormenta que ocurre en un lugar del que uno se aleja y cuyos aguaceros no lo alcanzan a uno. Pero destruían las baterías enemigas en la costa para que los destructores pudiesen acercarse a ella y proteger el desembarco.

Ya se veían todos los detalles de la costa. Andy desdobló una carta en que figuraban detalladamente las playas, y yo saqué los prismáticos y me puse a secarlos y limpiarlos al amparo de los faldones de mi impermeable. Por dondequiera se veían navegando lanchas con fuerza de desembarco. La grisácea superficie del mar estaba cuajada de ellas. No se veía el sol, y el humo de las explosiones se arremolinaba a lo largo de la costa.

La carta que Andy tenía desplegada sobre sus rodillas la formaban diez pliegos presillados: iban desde el Apéndice Uno hasta el Anexo A. Cinco pliegos distintos formaban una unidad. Su dimensión era dos veces mayor que la que se puede abarcar con los brazos extendidos. El viento hizo restallar dos veces el pliego en que estaban acotados Dog WhiteFox GreenDog GreenEasy Red y una parte del sector de Charlie, y finalmente lo arrancó de sus manos y se lo llevó por la borda.

Yo había estudiado esta carta y me acordaba de muchos detalles, pero... ¡lo que va de acordarse de una cosa aprendida en el papel a verla en la realidad y poder reconocerla! Pregunté:

-¿Tiene otra carta más pequeña, Andy? ¿Una hoja en que estén sólo Fox Green y Easy Red?-No.

Entretanto, nos acercábamos a la costa francesa, que se nos ofrecía cada vez más hostil. Incliné el cuerpo a su oído y volví a preguntarle:

-Con que... ¿no tiene otra carta?

-En efecto –contestó Andy-; no hay nada que hacer. Una ola se apoderó de ella y la desintegró. ¿A la altura de qué lugar cree que estamos?

-Por el campanario de la iglesia, parece que nos encontramos a la altura de Colleville
 –contesté-. La casa que se ve es igual a la que hay en Fox Green, y el bosque que baja en línea recta a la playa es como el de Easy Red.

-Desde luego
 –convino Andy-. Sin embargo, me parece que nos hallamos demasiado a la izquierda.

-Los detalles coinciden
 –respondí-, pero, aun cuando los recuerdo bien, los acantilados me confunden. Estos deben comenzar a la izquierda de Fox Green, donde empieza Fox Red. De ser así, Fox Green tiene que estar a nuestra derecha.

-Una lancha de control navega cerca de nosotros
 –dijo Andy-. Le pediremos información para verificar qué playa está frente a nosotros.-Esos acantilados demuestran que no estamos a la altura de Fox Green –le dije.

-De todos modos, se lo preguntaremos a una lancha de control –insistió Andy-. ¡Timonel, haga rumbo a ese PC [escolta de control] ! ¡No, a ése no! ¿Es que no lo ve? ¡Al que va delante! ¡Así no podremos darle alcance!

III


No llegamos a alcanzarla porque nos metimos en la depresión de una ola grande en vez de alcanzar su elevación. Nuestro LCVP tenía poca movilidad, con la carga de cajas de TNT y la coraza de acero de tres octavos de pulgada, y así, se metía en el tumbo de las olas grandes en lugar de subir a la cresta, y el agua entraba abundantemente en ella.

-¡Que el diablo se lleve ese PC! –exclamó Andy–. Le preguntaremos a los de ese LCI [embarcaciones de desembarco, infantería].

Esos transportes son las únicas embarcaciones anfibias que tienen un aspecto verdaderamente marinero, pues tienen las peculiaridades de una embarcación corriente, mientras que las LCVP se parecen a una bañera de hierro y los LCT parecen góndolas utilizadas como cargueros. La mar estaba cuajada de esta clase de embarcaciones. Sin embargo, muy pocas navegaban con dirección a la costa. Habían hecho rumbo a ella, mas variaban y retrocedían. Me pareció ver filas de tanques en la playa; no pude precisarlo, porque mis prismáticos estaban mojados y no funcionaban debidamente.

Andy juntó las manos a modo de bocina y voceó a un LCI, cargado con tropas, que pasaba cabeceando cerca de nosotros:

-¿Dónde está Fox Green?
-No se oye nada –contestó uno.

Nosotros no teníamos megáfono.

-¿Enfrente de qué playa nos encontramos? –volvió a vocear Andy.

El oficial del transporte movió la cabeza y los otros oficiales dirigieron la vista por encima del hombro a la playa y no a nosotros. Andy ordenó al timonel:

-¡Arrímese! ¡Arrímese lo más que pueda!

Aceleramos el motor para situarnos de costado al LCI, tras lo cual lo paramos. El viento se llevaba las palabras, cuando Andy volvió a vocear:

-¿Dónde está la playa de Fox Green?

-Enfrente de ustedes a su derecha –contestó el oficial.

-Muchas gracias –respondió Andy; dirigió la vista por la popa a las otras dos lanchas, y le dijo al telegrafista Ed Banker-: Comuníqueles que se acerquen a nosotros.

Éste se volvió, efectuó unos movimientos con el brazo al tiempo que subía y bajaba el índice, y respondió:

-Ya vienen, señor.

Al volver la vista atrás, se veía cómo las dos lanchas se encaramaban con su pesado cargamento por las olas, verdes ahora por faltar la luz solar, y se metían en la depresión de ellas.

-¿Se ha calado, señor?

-Hasta los huesos.

-Yo, también. Lo único que hasta ahora tenía seco era el ombligo.

Le dije a Andy:

-Tiene que ser Fox Green. Pues recuerdo dónde terminan los acantilados. Todo lo que se ve a la derecha es Fox Green, con el campanario de la iglesia de Colleville, la casa en la playa, el valle de Ruquet y Easy Red a la derecha. No cabe duda de que lo es.

-Lo comprobaremos cuando estemos más cerca –respondió Andy-. ¿Está seguro de que es Fox Green?

-Desde luego. Lo mismo que nosotros se movían las demás lanchas de las fuerzas de desembarco en aquella confusión: avanzaban, retrocedían y cambiaban de rumbo.

Le dije a Andy:

-Aquí pasa algo raro. ¿Ve los tanques? Están en la orilla de la playa y no han avanzado nada.

Parecían gigantescos y amarillentos sapos acuclillados en toda la extensión de la playa. En aquel momento se incendió uno de ellos y empezó a arder levantando una llama amarilla rodeada de un humo negro y espeso. Otro que se encontraba un poco más lejos también fue pasto de las llamas. Me puse de pie para ver, y otros dos se incendiaron: los primeros despedían una grisácea y densa columna de humo, que el viento arremolinaba por la playa.
Mientras intentaba ver si había soldados detrás de la línea de tanques, uno de esos vehículos de guerra estalló produciendo una negruzca llamarada.

-Se lo podemos preguntar a los de esa lancha –respondió Andy, y, dirigiéndose al timonel–: ¡Arrímese a ese LC! ¡Sí, a ése, y no pierda tiempo!

IV


Era una oscura lancha rápida que montaba dos ametralladoras. Se alejaba bamboleándose de la playa con el motor a pocas revoluciones. Dando voces, Andy preguntó a los que navegaban en ella:

-¿Pueden indicarnos qué playa es ésa?

-Dog White –contestaron.

-¿Están ustedes seguros?

-Es la playa de Dog White.

-¿Lo han comprobado? –insistió Andy.

Y los otros repitieron:

-Es la playa de Dog White.

Tras de esto, la hélice de dicha embarcación revolvió el agua produciendo espuma blanca y se alejó de nosotros. Esta circunstancia me desanimó, pues todos los detalles que ofrecía aquella playa coincidían con los de las de Fox Green y Easy Red. La línea de acantilados que determinaba el extremo izquierdo de Fox Green se mostraba con toda claridad. Cada edificio aparecía en su sitio y el campanario de la iglesia era el de Colleville y no otro. Por la mañana yo había estudiado la configuración del terreno, los datos de todos los obstáculos y de las obras de fortificación, y recordaba haber preguntado al teniente de navío W. I. Leahy, comandante del transporte Dorotea M. Dix, al cual pertenecía nuestra lancha, si nuestro ataque era sólo una acción para divertir a las fuerzas enemigas. Me había contestado: “En absoluto. ¿Por qué lo pregunta?” “Porque esas playas tienen defensas naturales casi inexpugnables.” A lo que Leahy había respondido: “Las fuerzas de vanguardia del Ejército limpiarán de obstáculos y de minas los canales y el acceso a las playas en el transcurso de cuarenta y cinco minutos después del inicio de la operación. Su misión es preparar los canales para que las lanchas desembarquen el grueso de las fuerzas.”

Quisiera poder describir lo que supone el paso de un transporte por un canal libre de minas, esto es, la exactitud matemática de la maniobra, los innumerables pormenores, la precisión cronométrica y la medición del tiempo por fracciones de segundo que ha de emplearse en cada operación desde que se levan anclas hasta que se arrían las lanchas y se dirigen a un estrepitoso y agitado punto de reunión, de donde parten para ocupar su lugar en el desembarco. Mas describirlo se llevaría un libro, y aquí se trata sólo de relatar lo que ocurrió en una LCVP el día en que se tomó la playa de Fox Green.

La impresión era que ninguno sabía dónde estaba dicha playa. Yo podía asegurar que nos encontrábamos a la altura de ella, aun cuando la embarcación de reconocimiento nos hubiese dicho que aquel lugar era Dog White, pues esa playa debía estar a cuatro mil doscientas noventa y cinco yardas a nuestra derecha, si realmente nos encontrábamos donde me figuraba. Le dije a Andy:

-Esta playa no puede ser Dog White, porque esos acantilados señalan dónde empieza Fox Green.

-Pero lo de la lancha de reconocimiento han dicho que es Dog White.

Entre el grupo compacto de soldados que llevábamos a bordo, un hombre, con una lista blanca en la parte delantera de su casco, nos miraba fijamente moviendo la cabeza. En su rostro más bien inexpresivo, de pómulos salientes, había una mirada de sorpresa.

-El teniente conoce bien este paraje y dice que estamos delante de Fox Green –comunicó Ed Banker por encima de su hombro, y prosiguió hablando con el hombre de la lista blanca en el casco.

Como no pudimos oír lo que hablaban, Andy le habló dando voces al teniente, que movió de arriba abajo la cabeza con el casco que la protegía:

-Dice que esto es Fox Green –dijo Andy.

Respondí:

-Pregúntele dónde quiere desembarcar.

Poco después, una lancha con varios oficiales a bordo venía de la playa y, al cruzarse con nosotros, uno de ellos se llevó el megáfono a la boca y preguntó:

-¿Navega con ustedes alguna lancha destinada para la séptima oleada de ataque?

Una navegaba junto con nosotros. El referido oficial le dio orden de que siguiese tras la de ellos.

Y Andy le preguntó:

-¿Es esto Fox Green?

Contestó:

-Sí. ¿Ve usted aquella casa medio derruida? Pues Fox Green empieza a partir de ella y corre mil ciento treinta y cinco yardas a la derecha.

-¿Se puede entrar en la playa?

-No se lo puedo decir. Tendrá que preguntarlo a una lancha de reconocimiento.

-¿Es que no podemos entrar en ella?

-No soy quien para autorizarlo a que entre. Ya le he dicho que debe preguntarlo a una lancha de reconocimiento.

-¿Dónde hay una?

-Por alguna parte hay una, búsquela.

Dije a Andy:

-Podríamos intentarlo por donde haya entrado una LCVP o una LCI. Así tendremos la seguridad de no chocar con algún obstáculo. Le seguiríamos de cerca.

-Buscaremos la lancha de reconocimiento –respondió Andy.

Y, metiendo ruido con el motor, navegamos por entre aquel enjambre de transportes y lanchas.

Andy prosiguió diciendo:

-No se ve por ningún lado. Debería andar más cerca. ¡Maldita sea! Tenemos que acabar de desembarcar. Llegaremos con retraso. ¡Entremos en la playa!

-Pregúntele al teniente dónde tenemos que desembarcar –le dije.

Andy bajó y se puso a hablar con él; vi que éste movía los labios y no pude oír nada por el ruido del motor. Andy regresó y dijo:

-Delante de esa casa medio derruida.

Navegamos con dirección a la playa. Al entrar en ella, vimos de nuevo la lancha con los oficiales, que se dirigió a toda marcha hacia nuestra embarcación. A través de la bocina, uno de ellos preguntó:

-¿Han hablado con la lancha de reconocimiento?

-¡No!

-Entonces, ¿qué van a hacer?

-Entrar en la playa –contestó Andy.

-¡Pues mucha suerte, que tengan mucha suerte todos ustedes!

Pronunciadas por el megáfono, estas palabras llegaron hasta nosotros lentas y solemnes como si fueran una elegía.




V


Estábamos amparados por esa buena suerte el maquinista Thomas E. Nash, vecino de Seattle, que mostraba su reconfortante sonrisa a la cual le faltaban dos dientes; el telegrafista Edward F. Banker, de Brooklyn; Lacey T. Shiflet, natural de Orange (Virginia), que habría sido el disparador, si la lancha hubiese estado artillada; el timonel Frank Currier, de Saugus (Massachussets); el teniente Anderson y yo.

Tras de oír el lúgubre tono de aquella bendición de despedida, comprendimos que la situación en la playa no era halagüeña ni mucho menos. Cuando llegamos, yo iba sentado en la popa para poder observar mejor contra qué nos tendríamos que enfrentar. Mis prismáticos ya estaban secos, y pude observar detenidamente la costa, que se acercaba aceleradamente a nosotros, y a través de los prismáticos parecía hacerlo con mayor aceleración.

A la izquierda de la playa, donde no había bordes rocosos tras los que parapetarse, los soldados de la primera, segunda, tercera, cuarta y quinta oleadas de desembarco estaban agazapados como unos fardos abandonados en el llano y guijarroso espacio entre la orilla y la primera defensa natural.

A la derecha estaba la entrada del boscoso valle donde los alemanes esperaban obtener resultados positivos. Más tarde, se pudo comprobar que los obtuvieron. A la derecha había dos tanques ardiendo. Despedían un humo gris, ya que las violentas llamaradas amarillas y negras habían cesado. Al acercarnos más, descubrí dos nidos de ametralladoras: una disparaba intermitentemente desde los escombros de la casa medio derruida, a la derecha del pequeño valle, y la otra estaba emplazada a doscientas yardas a la derecha, unas cuatrocientas yardas delante de la playa.

El oficial que mandaba la tropa nos había dicho que lo desembarcásemos delante de la casa de referencia.

-Ahí mismo –recalcó–. Frente por frente a la casa.

-Andy, los flancos de este sector están batidos por dos ametralladoras–le dije–. Las he visto disparar contra esa embarcación encallada.

Un LCVP estaba inclinado contra las estacas y parecía una bañera de hierro gris abandonada allí. Los alemanes batían la orilla y los proyectiles levantaban finos surtidores de agua. Apuntaban a la línea de flotación.

-Ha dicho que quiere desembarcar aquí –respondió Andy–. Por lo tanto, lo dejaremos en este sitio.

-Eso es un disparate -repuse–, pues este sector está batido por el fuego de ametralladora.

-Ha dicho que quiere desembarcar aquí –repitió Andy.

Ordenó al timonel que gobernase a dicho punto, tras de lo cual fue a la popa y transmitió a las otras embarcaciones, por medio de señales ópticas –moviendo el brazo y subiendo y bajando el índice–, que se acercasen cuanto les fuese posible y se preparasen para la maniobra de desembarco.

-Acaben de acercarse. ¡Demonios! ¿Qué les pasará? Timonel, enfile derecho hacia la costa –repetía Andy en medio del ensordecedor ruido, parecido al del avión cuando despega.

A todo esto, entramos en la zona batida por los disparos de las dos ametralladoras en cuestión.

El silbido de sus proyectiles hizo que yo agachase la cabeza y entrase en la cámara de popa, donde habría estado el artillero si la lancha hubiese tenido montado algún cañón. Las ráfagas levantaban finos surtidores de agua en torno de la embarcación, y un proyectil antitanque, al explotar, lanzó una columna de agua sobre nosotros.

El teniente dijo algo, pero no pude enterarme de qué se trataba. Andy se enteró. Tenía la cabeza pegada a los labios del teniente. Le ordenó al timonel:

-¡Vire y larguémonos de aquí!

Viramos en redondo, y el enemigo dejó de ametrallarnos, aunque unos disparos sueltos silbaban sobre nosotros y punteaban el agua a nuestro alrededor. Saqué con cierto reparo la cabeza y observé la costa. Andy dijo:

-Además, este lugar ni siquiera está limpio de minas. Se pueden ver en todas estas estacas.

-Naveguemos a lo largo de la costa hasta que encontremos un sitio adecuado para el desembarco de esta gente –le dije–. Si nos situamos fuera del alcance de las ametralladoras, no creo que disparen con otras armas de mayor calibre, pues somos un triste LCVP y ellos tienen otros objetivos más importante que esta embarcación.

-Buscaremos otro sitio –convino Andy.

Como el oficial de la tropa volvió a mover los labios, y lo hizo tan lentamente que parecía como si no formasen parte de su rostro, le dije a Andy:

-¿Qué querrá el teniente ahora?

Andy se le acercó para enterarse. Regresó a la popa, y dijo:

-Quiere que vayamos a aquel LCI en que navega su superior.

-Bien, podríamos desembarcarlo un poco más allá, hacia Easy Red –le dije.

-Ha dicho que quiere hablar con su jefe inmediato –repuso Andy–. Aquellos que navegan en aquel transporte son de su unidad.

Cerca de allí, un LCI se balanceaba sobre las olas. Al ponernos a su costado, vi delante de la caseta del timonel un mellado boquete causado por un proyectil alemán de 88 mm. El cabeceo de la embarcación hacía que la sangre gotease por el reluciente borde del boquete al mar. Su casco y barandilla estaban sucios por los vómitos de los soldados mareados. Los muertos yacían enfrente de la caseta del timonel. El teniente de la tropa habló con un oficial, mientras nuestra lancha cabeceaba al costado del enorme y negro casco del LCI. Finalizado el diálogo, continuamos navegando.

Andy conversó con el teniente, tras de lo cual volvió a la popa, nos sentamos y, a poco, advertimos que dos destructores venían de las playas orientales con dirección a nosotros. Sus andanadas hacían blanco en los promontorios y en los terrenos en declive más allá de las playas. Andy dijo:

-Ha dicho que todavía no debe desembarcar. Quitémonos de delante de este destructor.

-¿Cuánto tiene que esperar?

-Dice que todavía no hacen falta allí. Las tropas que van a bordo de ese transporte tenían que haber desembarcado y aún no lo han hecho. Le han comunicado que espere.

-Vayamos a algún lugar donde podamos estar al tanto –dije–. Tome los prismáticos y observe esa playa, pero no diga nada de lo que ha visto a los que se encuentran delante.

Andy observó. Luego, me devolvió los prismáticos y movió la cabeza.
Proseguí diciendo:

-Navegamos a lo largo de la playa para ver qué sucede. Estoy seguro de que podremos entrar allí cuando nos ordenen desembarcar. ¿No hay duda de que le han ordenado que espere?

-Eso fue lo que me dijo.

-Vuelva a hablar con él.

A poco, Andy regresó:

-Dice que todavía no debe desembarcar. Cree que antes se limpiará de minas la entrada para que los tanques puedan operar, y que aún no hay nada que hacer allí. Le han comunicado que por ahora las cosas están complicadas y no se puede entrar en la playa.

FIN

miércoles, 5 de junio de 2019

La "Fiesta" del Día D


LA ÉPICA PROGRE

-Como el toque de queda duraba hasta las siete de la mañana, las fiestas se prolongaban hasta esta hora. “Comenzamos a organizarlas sólo para pasarlo bien, no tenían nada que ver con reuniones editoriales ilegales ni con nada semejante”, confesó posteriormente Sartre. La noche del Día D, la del desembarco en Normandía, la fiesta se celebraba en casa de Charles Dullin, director del Théâtre de la Cité. Entre los asistentes se encontraban Sartre y BeauvoirCamus y María Casares (que animaban las fiestas con sus pasodobles), Michel y Luise Leiris y Raymond Queneau.

En El Café de Ocata

martes, 4 de junio de 2019

Día D. El caos


@Brindille_

Remembering D-Day - June 6, 1944 #DDay70 #JourJ 6 juin 1944  - Plage de Normandie, France

Día D. Las lágrimas de Ike


@jordipc
El general Eisenhower llora en un discurso al recordar los muertos bajo su mando el día D en 1944  v @BeschlossDC

@BeschlossDC
This is Gen Eisenhower weeping 1952 while giving a speech recalling soldiers who died under his command D-Day 1944