Jean Juan Palette Cazajús
…Parece que fuera Joaquín Rodríguez, Costillares (1743-1800), el que exigiese, en 1793, que el traje de los toreros, habitualmente adornado con botones y galón blanco lo fuera con los botones y el galón de plata que realzaban, hasta la fecha, la vestimenta de los todavía prestigiosos varilargueros. Igualitarismo de las apariencias, pues, al servicio de un yoísmo de la esencia. En realidad, aquellos eran los momentos cruciales en que el pueblo español, cerrados ya los caminos de acceso al estatuto de pueblo político y soberano, estaba en trance de salirse parcialmente de la historia y –al menos por parte de algunos de sus estamentos– de acceder al estatuto ambiguo, y ya vimos que duradero, de pueblo «ontológico». Y dentro de aquel pueblo «ontológico» y a la vez incapaz de promover colectivamente una mutación de su estatuto social, la tauromaquia ofrecía un resquicio para el éxito y la promoción de algunos individuos.
Los momentos excepcionales que acontecen en los ruedos ante los ojos de los amantes de la tauromaquia son por naturaleza excepcionalmente fugitivos. Son tan ajenos a la noción de obra como a la de producto. Se acordarán de que en la triple categorización que hacía de Ingleses, Franceses y Españoles, Madariaga definía a los primeros como «hombres de acción», a los segundos como «hombres de pensamiento» mientras los españoles eran «hombres de pasión». La singularidad de un fenómeno tan improbable como la tauromaquia es el ejemplo canónico del ejercicio de la acción por el «hombre de pasión», cuya actuación no viene corrompida por ningún propósito venal o utilitario. El arte del torero es «gratuito» en el sentido primero de la palabra. Es una manera de recordar que el «alma-hecha-gesto» se desenvuelve exclusivamente en los paisajes del «ser». Que es absolutamente ajena a las imposiciones físicas y materiales del «hacer». Nietzsche dijo de Séneca que era el «torero de la virtud». Unamuno fue el «torero del ser», en su caso un torero ciertamente antitaurino, pero el que más alto afirmó su desprecio por los valores del «hacer»: «Yo me voy sintiendo profundamente antieuropeo. ¿Que ellos inventan cosas?, invéntenlas» (famosa carta a Ortega y Gasset, de ruidosas resonancias, fechada el 30 de mayo de 1906). Por esto nos pareció muy significativa en su momento, además de alarmante en nuestra calidad de aficionado a los toros, la extraña ocurrencia del torero Miguel Ángel Perera, en febrero de 2021, cuando le dio por solicitar la inscripción de una de sus faenas en el Registro de la Propiedad Intelectual en tanto que creación artística. Numerosas y variadas reflexiones podrá suscitar la peregrina iniciativa. Nosotros tenemos el sentimiento de que, con semejante propósito, lo único que hacía el citado torero era mostrar un sorprendente desconocimiento de los fundamentos ontológicos que definen su arte. Una práctica excepcional que él lleva años ejerciendo y que resulta, por definición, irreductible a toda objetivación productiva. Lo que pretendía registrar ese señor, mucho nos lo tememos, era la imposible propiedad intelectual del «alma-hecha-gesto».
Porque la naturaleza excepcional de la faena del torero nada tiene en común con la definición de una obra. «Cosa hecha o producida por un agente», la describe el DRAE, es decir resultado concreto y duradero de un obrar. Nosotros hablamos aquí de algo que consiste exclusivamente en ese momento excepcional durante el cual es el propio y transitorio acto de obrar el que se constituye en la propia obra. Un momento ontológico y autosuficiente, ajeno a toda noción de resultado material y duradero. Aristóteles habría dicho que no se trata de poiesis, sino de praxis. La trascendental diferencia entre los dos conceptos, la enunciaba el estagirita en su Ética a Nicómaco. El Diccionario Iberoamericano de Filosofía de la Educación resume, didáctico, la cuestión:
–Mientras que la poiesis (ποίησις) consiste en la producción o fabricación de una cosa diferente al sujeto que la produce, la praxis (πρᾱξις) es una acción inmanente en la que el fin de la acción es la misma actividad. La poiesis está moderada por la téchné (τέχνη), en tanto que la praxis lo está por la prudencia, phrónesis (φρόνησις) o sabiduría práctica, entendida como una virtud capaz de tender puentes entre el logos y el ethos.
No cabe pues mejor ilustración de la praxis aristotélica que una faena taurina o que la propia tauromaquia en general, que no consisten en un «hacer», sino en un arriesgado acceso a un puro evento, ético y plástico, del «ser». Porque la excepcional singularidad de la tauromaquia consiste en la imposibilidad consustancial de separarla del flujo temporal del ser y de su fugacidad peligrosa. Aparece como la encarnación de aquella «vida pasional» que, según Madariaga, constituye para el español «todo el camino, pasado, presente y futuro comprendido y sentido instantáneamente». Por esto, cuando le preguntaron un día a Rafael Molina Sánchez, Lagartijo (1841-1900) por lo que más le disgustaba de su oficio, su contestación habría sido: «er tren». No el momento del toro ni su peligro, sino los viajes agotadores de una plaza a otra. La única explicación plausible para la extraña iniciativa de Miguel Ángel Perera, es que, en el fondo, tuviera muy poco que ver con la tauromaquia y solo pretendiera, de algún modo, aparecer como una contribución al cumplimiento de aquel piadoso voto expresado, en 2008, por la señora que ocupaba entonces el cargo de ministra de Ciencia e Innovación: «Es hora de acabar con el “que inventen ellos”». Es decir que, quizá, convenga interpretar la iniciativa del citado torero como un tardío acto antiunamuniano destinado a sostener y refrendar el definitivo acceso de España a un estatuto existencial fundamentalmente productivo. A su manera, quería el torero aportar su grano de arena al tránsito definitivo desde la vieja España ontológica hacia la puramente económica y empírica. Sarcasmos aparte, tampoco nos extrañaremos de que Perera estuviese dispuesto a reivindicar el carácter «productivo» de un arte tan evanescente como el suyo: hace mucho tiempo que los aficionados lúcidos saben hasta qué punto las actuales faenas taurómacas se atienen efectivamente a un modelo estereotipado cuyo carácter estandarizado e industrial deja lugar a pocas dudas.
Y por cierto: tendrá su importancia preguntarnos a qué territorios pertenece la tauromaquia ¿a los de la españolidad o a los de la «españolez»? Poco tardaremos en comprobar que la «españolez» prospera en los territorios de una forma de «sentimiento nacional» más bien exhibicionista y atolondrado. De proseguir con los símiles taurinos, diríamos que la «españolez» se encuadra en la categoría de los llamados «desplantes». Pero en los ruedos, la función de los desplantes más teatrales consiste habitualmente en un intento de camuflar la mediocridad, la impotencia o el desconcierto del diestro. Los toreros hondos y serios suelen ser más sobrios en su gestual. Lo que nos llevaría a considerar, por contraste, que la españolidad no puede entenderse sin unas necesarias dosis de cordura y comedimiento. La «españolez» presume así de un incómodo espesor presencial, excesivamente imperativo, por no decir exhibicionista. La «españolez» suele ignorar las habituales dudas y preguntas que acompañan siempre la exigente lidia reflexiva en pos de una definición razonable de la «españolidad». Vemos que ambas palabras comparten idéntica base léxica y presuponen idéntica morada geográfica y vital. En cambio, la bifurcación de los dos sufijos basta para revelarnos muy distinta morada existencial y ética detrás de uno y otro. La «españolez» es propensa a la retórica abotargada y tartamuda, al psitacismo que, con tanta frecuencia, sigue aquejando a los ventrílocuos de la identidad nacional. Trata de suplir sus carencias ontológicas mediante una redundancia retórica de la que han desaparecido dimensiones tan necesarias como la distancia reflexiva, el humor, la ternura o el necesario desengaño. Digamos, al estilo de Sánchez Ferlosio, que la «españolez» está obsesionada por «demostrarse», mientras a la españolidad debería bastarle con «mostrarse».
Consideremos la siguiente cita, perteneciente al conocido panfleto de Antonio de Capmany contra los franceses:
–Podrían igualmente contribuir a mantener este espíritu nacional las corridas de toros [...] prefiriendo yo ésta que llaman fiereza española, que nos puede hacer temibles, a la molicie y frivolidad filosófica del día, que nos ha hecho despreciables a los ojos de los mismos que nos la han inoculado.
Diríamos que semejante invocación de la «fiereza española» bien podría adscribirse a los terrenos de una modalidad áspera y beligerante de la «españolez», aquí además con propensión al desplante retador contra el enemigo. Ciertamente comprensible en aquellas circunstancias históricas extremas. El eminente historiador Carlos Martínez Shaw pudo escribir que «la Ilustración española aparece como un bloque antitaurino, con las únicas fisuras de algunas excepciones notables, como la de Nicolás Fernández de Moratín». Otra excepción posterior sería la de nuestro Antonio de Capmany que, probablemente alrededor de 1810, si bien con póstuma publicación en 1815, escribiría una breve Apología de las fiestas públicas de toros, donde podía leerse una proposición esencial: «se infiere que un lidiador de toros puede morir ¿Quién lo ha de negar? Pero el público no va a verle morir, sino a ver cómo no muere». Y aquí, Capmany mostraba su capacidad para torear en los terrenos de una clarividente «españolidad». Contra las censuras ilustradas a la supuesta crueldad de las fiestas de toros y de quienes las presenciaban, el autor venía a recordar que el público no valora las empresas del «alma-hecha-gesto» por culpa de un apasionamiento sádico y atolondrado, por algún culto bárbaro a la temeridad suicida, sino, al revés, porque vienen apoyadas en la competencia y la seriedad de un excepcional bagaje técnico y profesional. En el ruedo, no hay espacio ni para el morbo ni para la inconsciencia. Lo que busca y valora el aficionado a los toros es la autenticidad, la capacidad y la oportunidad de rendirse ante una forma particular de excepcionalidad de las competencias humanas. La españolidad es esa sabiduría indulgente y profunda que corre el riesgo de pasar desapercibida detrás de la aparatosidad del desplante inducido por la «españolez». Digamos entonces que la españolidad sería el «alma» y la «españolez» no pasaría del «gesto». Juntas, configuran un camino de cruces y desencuentros que acompaña el flujo de aquellas vivencias en las cuales se explaya el «alma-hecha-gesto», unas veces grandeza, otras muchas vanidad, hasta desembocar inexorablemente en la sentencia máxima, el famoso y tajante «nadie es más que nadie».





