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domingo, 26 de mayo de 2024

“La carroza de plomo candente”


Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

 

Paco Nieva estrenó La carroza de plomo candente el 27 de abril de 1976, apenas cinco meses después de la muerte de Franco, y por primera vez en el gran teatro español se puso sobre el escenario una actriz desnuda por completo, haciendo el papel de la Venus Calipigia (“de hemosas nalgas”), divinidad fresca y pagana, la transformación humana que se había operado en el personaje mudo de la cabra. Se ha visto en el brujerilmente creado Tomás, puro artefacto de la hechiceria, a un representante del embrutecido pueblo español, la total muerte espiritual y enmudecimiento de este pueblo durante esos cuarenta años de ceremonia negra. El hermoso culo de Rosa Valenty no fue ninguna tontería; nos hizo más libres a los españoles que la chapuza de consenso de jefes de partido que trajo la injustamente bienfamada Transición. ¿Quiénes promocionaron más la libertad, Nieva y el culo de Rosa Valenty o Suárez y Juan Calos I? Cabría hacer un ejercicio escolar de retórica, de aquellos progymnásmata que hacía el rhêtor Proaresio, para encontrar argumentos en pro y en contra. La carroza de plomo candente ha tenido mil interpretaciones, algunas cercanas al delirio; y quizás éstas sean las más cercanas a la verdad. Nosotros aquí exponemos humildemente la nuestra. Es evidente que Frasquito, el barbero sinvergüenza, el Padre Camaleón, fraile inquisidor, y la Garrafona, nodriza de Luis III, y como bruja que es, ha dado de mamar al futuro rey leche de bruja, con lo que está embrujado hasta la médula de los huesos, es la corte del príncipe Luis III –los príncipes no tienen número, pero Nieva le coloca el ordinal para que se vea que es un rey para jugar, y no Luis I, que ha sido nuestro único rey real con ese nombre– que se ha ido a pasear a los espejos del callejón de El Gato, y se le han deformado los personajes hasta convertirse en esperpentos, que suelen ser las realidades exactas de nuestros políticos más auténticos y castizos. Luis I, el real, se consumió de tanto practicar el sexo con su mujer, la reina, Luis Isabel de Orleáns, a la que prohibió llevar bragas para solucionar mejor sus aprietos. Eso nos lo cuenta Alfonso Danvila en su magnífico libro El Reinado relámpago, en Espasa Calpe. Lo delirante en nuestra historia de monarcas no es menos ominoso que este descoyuntado Auto Sacramental de Nieva. Luis III es un simpático y educado, casi entrañable, príncipe homosexual, que medita las medidas de gobierno con todo su círculo de fieles admitido entre las sábanas de su cama, y que se estremece ante el deber de sus obligaciones conyugales con que traer un heredero en una noche de truenos que hace temblar a todo Madrid. Como tal heredero no puede venir por la vía natural, entra en juego la sabia bruja Garrafona con sus ciencias locas y desatadas. Frasquito sostiene que lo nuestro no son los periódicos, sino los calendarios zaragozanos, que además traen el Santo, cómo va de mordida la luna, un buen consejo y una copla. Por eso nuestros periódicos, básicamente son puros calendarios zaragozanos, una cosa entre la brujería y la superstición. Estos cortesanos esperpénticos le traen la noticia de la muerte del padre, “que ya es un rey muerto en campo de gules”. La cabra que lleva Garrafona es el instrumento necesario, de magia homeopática, para construir al príncipe Tomás, el heredero. Y Saturno, el torero, lo único que de pueblo hondo –“un analfabeto sin mancha de hipocresía”, “un fauno de los antiguos tiempos groseros” hay en la comedia, entra como compañero de la cabra, como instrumento masculino para el fornicio mágico. Es entonces cuando la cama del futuro rey se va a convertir en una carroza de plomo candente. El Padre Camaleón casará a este huracán de pueblo, que maldice o exhorta con los corónimos parlantes de la España más profunda y racial ¡Cañete!, ¡Guarromán! ¡Cózar! ¡Carratraca! ¡Churriana! ¡Calaspara!¡Me cisco en las Indias Occidentales!– con la cabra Liliana, que durante el mismo acto sexual se convertirá en la deslumbrante Venus Calipigia, que llega con un saludo romano.


Calipigia.- Salve.


Camaleón.- ¿Quién eres tú, moza fresca?


Calipigia:- Soy Venus Calipigia, frailazo, la de las nalgas de raso fino. Pareces poco erudito en divinidades antiguas. ¡Claro! Qué más se puede esperar de un fraile del Tomelloso.


La desnudez de la Venus Calipigia flota en el “Rapto del serrallo”, de Mozart. Sin embargo, a pesar de la belleza suprema, al Rey Luis no le provoca el apetito sexual, y entonces la Garrafona le ordena a Saturno, personificación del hondo pueblo, que diga lo que ve en la desnudez de la diosa.


-Veo el mar por primera vez. Lo veo entero. Todo por fuera y por dentro, y la luna bañándose en él, y a todas las ostras con la boca abierta


El Rey Luis parece que se anima, y se levanta. La Venus Calipigia desaparece, vuelve la cabra Liliana sobre la que está El Rey Luis, y detrás sujetando las patas Saturno. Después de “hacer el amor” Cachupín/Rey Luis dice a su nodriza bruja:


-Me siento muy mal parado, Garrafona. Tengo como una pena muy grande repartida por todo el cuerpo.


El caso es que el mismo Rey ha quedado preñado de Saturno, personificación de la España más honda, que expele topónimos y gentilicios como tacos gruesos.


-¡Badajoz! ¿No puede el pueblo español engendrar en la monarquía? (…) ¡Por España y por el Rey! ¡Atrás, camuñeros, bejaranos, cañeteros!


Y nace el retrasado Príncipe Tomás; que ya nace descontento.


-Ha salido malcriado y con mucho pelo de la dehesa. ¡Buena ascendencia de Saturno! ¡Maldito chico! ¡Cubrirse, que nos descalabra!


La absoluta noluntad es la principal característica del insoportable príncipe Tomás.


-No tengo ganas de ná.


Hijo de un genuino representante del pueblo siervo y hebetado durante siglos y de un rey sin voluntad, la noluntad es su única gloria.


Tomás.- No tengo miedo de ná.


Saturno.- ¡Así me gusta! Éste es un español de cuerpo entero.


Un rey preñado por su pueblo crea monstruos. En España, ya desde Cervantes, las Cortes de nuestros reyes siempre han tenido algo de rebotica oscura y aquelarre. El exorcismo de Carlos II no fue una leyenda. Mas el deseo sexual colectivo siempre ha contrapesado y sustituido la impotencia regia. ¡Parece mentira que fuéramos tan libres en 1976! Parece mentira. El entonces Vicepresidente del Gobierno para Asuntos de Interior, el muy culto Manuel Fraga Iribarne estuvo presente en el estreno de la obra.


Genial Nieva inmortal. 

domingo, 10 de diciembre de 2023

Procedimientos para mantener los procedimientos


Estatua de Cromwell en el Parlamento



Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica


¿Es posible acabar con la Democracia siguiendo escrupulosamente un procedimiento democrático? Es posible. Tenemos casos en la Historia, gracias a los cuales se han mejorado los dispositivos jurídicos para que el procedimiento democrático no se elimine a sí mismo, en que el procedimiento democrático ha acabado con la Democracia. Así, tras la derrota de Atenas ante Esparta en la larga Guerra del Peloponeso, la Asamblea de los atenienses, en donde residía la soberanía, ratificó, en contra de la digna resistencia del joven demócrata Cleomedes, las condiciones negociadas por Terámenes, quien ya había intentado diez años antes subvertir la Democracia en Oligarquía, y, a finales de abril del 404, el almirante espartano Lisandro entraba triunfalmente con su flota en El Pireo. Lisandro iba convirtiendo por todo el Egeo las póleis democráticas que habían sido aliadas de la Democracia Ateniense en póleis oligárquicas, y lo hacía manu militari, asesinando a miles de demócratas. Pero el caso de Atenas era distinto; por su fuerza era aún la pólis enemiga, aunque derrotada, más peligrosa, y los reyes de Esparta le prohibían su destrucción completa, y el paso a la oligarquía tenía que hacerse con el consenso popular, en la misma sede sagrada de la soberanía, en la Ekklêsía, so pena que el pueblo se levantase a los pocos días contra la oligarquía. El pueblo ateniense era obediente a las formas, concretadas en las leyes y procedimientos, y suponía Lisandro que un cambio de régimen aprobado en el foro de la Democracia tenía más posibilidades de permanecer en el tiempo. Lisandro no sólo odiaba la Democracia, representada por Atenas, sino que veía claramente que si en las póleis vencidas de la antigua liga ático-délica instauraba regímenes oligárquicos conseguía también establecer gobiernos títeres obedientes a los intereses de Esparta. Es más fácil mandar sobre treinta ciudadanos que sobre 30.000. Lisandro era el general espartano más soberbio y más despiadado; a fin de aterrorizar a los atenienses con su recuerdo, como una advertencia a futuro, degolló a los 3.500 atenienses que habían caído prisioneros tras la batalla de Egospótamos. En Lisandro la dureza de carácter hacía temible e insoportable su poder. A fin de conseguir sus propósitos, a través de Terámenes, a quien el pueblo ya entonces lo tenía calado y lo llamaba “coturno”, un tipo de zapato que no distingue el pie izquierdo del derecho, y por tanto sirve tanto para el izquierdo como para el derecho; esto es, un hombre que se situaba en cualquier partido que le diese poder (Los españoles tenemos una larga lista de “coturnos”, cuyo patrón y guía podría ser el presidente actual), Lisandro se reunió con los ciudadanos más enemigos de la Democracia, a fin de asegurarse unos oligarcas fieles. Entre ellos estaba el pre-fascita –y que me perdonen los dioses por el anacronismo– Critias, el soberbio tío de Platón. Lisandro les informó de sus intenciones, y de que el cambio constitucional debía hacerse en la Ekklêsía a fin de que gozase de la máxima legalidad. Los futuros Treinta Tiranos le advirtieron de que no sería posible, que era casi seguro de que el pueblo de Atenas, a pesar de estar harto de la guerra y deprimido por la derrota, votaría “no” a la oligarquía, que ellos ya lo habían intentado diez años antes y era muy difícil. Entonces Lisandro les espetó:


Quizás, si me ven a mí, se convenzan de que es mejor votar que sí y palpando su espada agregó–: el que manda con ésta es el que alega mejor derecho.


De este modo, el pueblo de Atenas –muy poco– reunido en Asamblea, con la espada de Damocles sobre su cerviz, aprobó el tremebundo decreto de Dracóntides, que establecía un comité de treinta miembros encargados de revisar las leyes y de redactar una “constitución semejante a la de los padres”, y que mientras tanto se encargarían del gobierno provisional. (Lo mismo, por cierto, que pasó en Roma unos años antes con los Decenviros ). Estos treinta legisladores se convertirían inmediatamente en los Treinta Tiranos, que eliminarían a un 5% de la población en los cinco primeros meses de gobierno. Lisandro nombró también a otros diez oligarcas para gobernar El Pireo. Antes de abandonar Atenas Lisandro, los oligarcas, aterrados ante la reacción de su pueblo, le rogaron que dejase una guarnición de espartanos en la Acrópolis para apoyar su autoridad, y Lisandro consiguió que los éforos les mandaran una fuerza de setecientos espartanos al mando de un capitán bravucón, llamado Calibio. Este Calibio quiso un día dar con una vara a un ciudadano en la cabeza por no retirarse a su paso, pero éste soslayó el golpe, cogió a Calibio por los pies y lo arrojó al suelo. El espartano no reaccionó de forma criminal, y reconoció en el “idiôtês” ateniense, no sólo agilidad sino la dignidad del hombre libre. Pero los Treinta Tiranos, pensando que sería un detalle obsequioso para Calibio, mataron al ateniense a los pocos días. Se llamaba Autólico.


Los reyes de Esparta, tanto Pausanias como Agesilao, fueron recortando poco a poco el ubicuo poder que tenía Lisandro en Grecia, y prácticamente dejaron que los demócratas atenienses, encabezados por Trasibulo y apoyados por Tebas, derribasen la tiranía oligárquica, que no llegó a un año de vida. Lisandro moriría poco tiempo después luchando contra los atenienses cerca de Tebas, y el propio Trasibulo entregó su cuerpo a Pausanias. Días después los reyes de Esparta (la dinastía Agíada y la Euripóntida) descubrieron en casa de Lisandro un cuaderno en que el soberbio y despiadado almirante tenía un plan para acabar con el régimen diárquico de Esparta. Todo un tirano de pies a cabeza. Tras la restauración de la Democracia en Atenas se establecieron protocolos para que nunca más la propia Asamblea votase contra la Democracia. Se persiguieron la “hetaireíai”, clubs oligárquicos, y se castigó la compra de votos con la muerte. Sabemos, por ejemplo, que en el 390 el general Ergocles fue acusado de preparar un golpe de Estado, habiendo previamente comprado el voto de 2.100 atenienses. Las pruebas eran tan abundantes que no pudo hacer nada para no ser condenado a muerte, siendo arrojado al báratro.


Cuando la Democracia sensu stricto se hizo representativa a través del Parlamento se hizo más fácil agredirla, pues eran menos personas a las que había que corromper o eliminar. Así, Cromwell, como Lord Protector, convocó dos parlamentos, pero disolvió al primero porque se le insubordinó, y casi cien miembros fueron excluidos del segundo parlamento antes de su reunión. Inglaterra podía recordar que Carlos I perdió la cabeza por haber intentado excluir sólo a cinco de sus miembros. Y Cromwell no hizo otra cosa que lo que hacen hoy todos los jefes de nuestros partidos políticos, que es hacer la lista entera de diputados. En el siglo XVII fue un escándalo, hoy es la norma.


No fue la primera ni la segunda vez que la Democracia fue metida en el frigorífico por métodos democráticos. Aquí estamos nosotros.


[El Imparcial

domingo, 10 de septiembre de 2023

El Marx que permanecerá

 


Nuestro iluminado y mesiánico Pedro Sánchez se nos revela por completo como nuestro Luis Bonaparte

 

Martín-Miguel Rubio Esteban

 

Hace poco tiempo que la Editorial Akal ha sacado una nueva versión, con introducción y notas, de El dieciocho de brumario de Luis Bonaparte, de Carlos Marx. En esta ocasión el trabajo es de la profesora de filosofía Clara Ramas San Miguel, que ha sido también diputada en la Asamblea de la Comunidad de Madrid, por Más Madrid. Aunque la práctica del marxismo a nivel político y económico ha sido un desastre sin paliativos, una verdadera plaga que ha castigado a la humanidad inmisericorde, el Marx literato, intérprete de la Historia, y hasta hermeneuta de la libertad en Epicuro –el origen de la misma es la deviación del átomo de la línea recta, quebrando así los fati foedera o pactos del destino y generándose con esa repulsión de la línea recta la autoconciencia del ente, probablemente permanezca siglos, a pesar, repetimos, de que casi todos sus discípulos que han tomado el poder político no han creado ningún bienestar al género humano, ni le han dotado de mayor libertad. Ahora bien, Marx fue un hijo de la Altertumswissenschaft, fruto del mejor background cultural alemán, y no se le puede entender sin conectarlo con la Cultura Clásica y una pasión por las obras de Plutarco y Tito Livio. La publicación de esta joven y ya sabia profesora me hizo sacar del rincón de los plúteos más olvidados y polvorientos de mi librería las obras de Marx y Engels, editadas en 1955 por la Editorial Progreso, de Moscú, y preparadas por el Instituto de Marxismo-Leninismo adjunto al comité central del PCUS. Hace más de treinta años que no las había vuelto a ver, y eso ya por sí solo es un triunfo, sin duda, de la Profesora Ramas. La verdad es que “El dieciocho de brumario de Luis Bonaparte” es una obra deliciosa, tanto como objeto puramente cultural, como por su gracejo literario y penetración psicológica de los personajes históricos de que trata. Las referencias de Marx en la obra a la mitología clásica, el Antiguo Testamento y la gran literatura universal son constantes y siempre pertinentes. Toda ella está plagada de figuras literarias, desde la alegoría a magníficas metáforas y oxímora muy bien construidos. Como historiador de una época “contemporanísima” Marx estudia incluso los leading articles (editoriales) de la Prensa del momento. Esta obra enseña que a menudo las grandes revoluciones se ponen el disfraz de la Antigüedad venerable y usan un lenguaje prestado, acuñado de forma gloriosa, para representar en la sociedad los cambios y transformaciones de que son portadoras. Es así que a ojos de Marx personajes como Camilo Desmoulins, Dantón, Robespierre, Saint-Just, y hasta el mismo Napoleón, cumplieron su misión –librar de las cadenas e instaurar la sociedad burguesa moderna– bajo el ropaje de la República Romana y con frases romanas. Los espectros del tiempo de los romanos republicanos velaron sin duda la cuna de la Revolución Francesa. Sin embargo, cuando la mediocridad de los que protagonizan la Historia –véanse nuestros políticos– es desmesurada, entonces los viejos ropajes de los abuelos gloriosos esconden una vanidad grotesca cuyo resultado es la farsa, y no la vieja tragedia. Cuando Marx habla de tragedia se refiere al concepto griego de tragedia, y no a ese nombre común en nuestro lenguaje corriente.

Aquí, Luis Bonaparte, gracias a la hez de la sociedad burguesa, ese lumpremproletariado que forma la sagrada falange del orden, se instala en las Tullerías como “salvador de la sociedad” y “restaurador del imperio”. Antes, la elección de Luis Bonaparte como presidente de la República de 1848, que había proclamado inmediatamente el sufragio universal y directo para remplazar el censo restringido de la monarquía de Luis Felipe, el 10 de diciembre de 1848, puso fin a la dictadura de Cavaignac y a la Constituyente. En el artículo 44 de aquella Constitución se decía: “El presidente de la República Francesa no deberá haber perdido nunca la ciudadanía francesa”. Y el primer presidente de aquella República Francesa, República Parlamentaria, como la llamará Thiers, Luis Napoleón Bonaparte, no sólo había perdido la ciudadanía francesa, no sólo había sido agente especial de la policía inglesa, sino que era incluso un suizo naturalizado. El triunfo de su presidencia fue una reacción del campo contra la ciudad. Esta reacción del campo y del espíritu campesinista encontró gran eco en el ejército, y entre los proletarios y los pequeños burgueses, que lo saludaron como un azote para Cavaignac. Ya desde el principio la presidencia de la República se enfrentó contra la Asamblea Nacional, como fue la expedición militar enviada a Roma, que se efectuó sin consentimiento ni conocimiento de aquélla, entrando en una conspiración secreta con las potencias absolutistas extranjeras contra la república revolucionaria romana. Bonaparte apelaba al pueblo cuando la Asamblea Nacional le pedía explicaciones. Así, cuando el 8 de mayo de 1849 la Asamblea Nacional da un voto de censura al Gobierno por la ocupación de Civitavecchia por Oudinot y ordena que se reduzca la expedición romana a su supuesta finalidad, Bonaparte publica en Moniteur, en la tarde del mismo día, una carta a Oudinot en la que le felicita por sus heroicas hazañas, y se presenta ya, por oposición a los escritorcillos parlamentarios, como el generoso protector del ejército. “Después de restituir en el Vaticano al pontífice Samuel, podía esperar entrar en las Tullerías como rey David”. El atractivo popular de Bonaparte no paraba de estigmatizar el régimen parlamentario. El genio colectivo oficial de Francia fue ultrajado por la estupidez ladina de un solo individuo; la voluntad colectiva de la nación, cuantas veces hablaba en el sufragio universal, buscó su expresión adecuada en los enemigos empedernidos de los intereses de las masas, hasta que, por último, la encuentra en la voluntad obstinada de un filibustero. Y así como en la vida privada se distingue entre lo que un hombre piensa y dice de sí mismo y lo que realmente es y hace, en las luchas políticas, como las que hoy se desarrollan en España, hay que distinguir todavía más entre las frases y las figuraciones de los partidos y sus intereses efectivos, entre lo que se imaginan ser y lo que en realidad son. Mientras Luis Bonaparte parecía identificar a su persona con la causa del orden, identificaba la causa del orden con su persona. Y la verdad es que, gracias a las enseñanzas de esta magnífica obra de Marx, nuestro iluminado y mesiánico Pedro Sánchez se nos revela por completo como nuestro Luis Bonaparte. Muchas gracias, profesora Ramas.

[El Imparcial]

domingo, 2 de julio de 2023

En busca de la prevalencia de los idiotas VIII

 


Benjamin Constant

 

 

Martín-Miguel Rubio Esteban

Ya en el Mundo Antiguo tan gran prestigio alcanzó el término Democracia, como sinónimo del paraíso del hombre en la tierra, que incluso cuando ya no prevalecían los idiotas en el sistema político, los historiadores seguían calificando de Democracia las épocas de paz y felicidad. Así, el historiador griego Elio Arístides llamará Democracia al reinado de los emperadores antoninos, sin duda la «aurea aetas» del Imperio Romano. Paradójicamente la Democracia ha ido adquiriendo sentidos nuevos radicalmente contrapuestos a su originario significado. Entre los griegos helenísticos aún tenía el sentido de «república», principalmente frente a los reinos que se habían originado a partir de las dinastías creadas ex nihilo por los grandes generales de Alejandro Magno, pero entre los griegos sometidos a los emperadores romanos llegaba incluso a aplicarse, en sentido elogioso, al emperador autocrático: «Una común democracia de la tierra se estableció, bajo un hombre, el mejor, legislador y guía, y todos fueron uno, como en un centro urbano común, a la hora de recibir lo suyo» (vid. Elio Arístides, Elogio de Roma, 60). Por eso no nos puede extrañar que la palabra hoy en España siga su curso de depravación.

 Y esto nos lleva directamente al asunto de la libertad, fundamento sagrado en todo régimen político que se denomine democrático. Los atenienses de los siglos V y IV a. C., lo mismo que otros griegos coevos, definieron su propia libertad contrastándola con la esclavitud. Es decir, definieron la libertad de forma negativa. Ser libre es no ser esclavo. La liberación política significaba, psicológica e históricamente, distanciarse uno mismo del status de esclavo. No hay que olvidar que los comienzos del autogobierno ateniense coincidieron con la liberación, gracias a Solón, en el siglo VI a. C. de aquellos que habían sido “esclavizados” para uso de los ricos. Antes de Solón, el deudor pagaba la deuda ante su acreedor con su persona, aunque fuera un ciudadano libre. Solón lo prohibió. El acreedor podía dejarte sin casa y desnudo, pero tú seguías siendo un idiôtês con poder político en la Asamblea —incluso desde tu posición de thetês, a partir de Clístenes—. La libertad tanto de los países como de los individuos no significaba otra cosa que independencia. Se es más o menos esclavo en la medida en que uno es más o menos dependiente. La exitosa resistencia de Atenas a caer en la esclavitud por causa de los persas a principios del siglo V fue, decía Herodoto (5.66), una consecuencia de la liberación ateniense de la tiranía de Hipias. De acuerdo con el autor hipocrático del tratado médico Aires, Aguas y Lugares, los hombres independientes (autónomoi), a diferencia de aquellos que son siervos de sus reyes, son bravos a causa de que corren peligro «en defensa de sus propios intereses, y no en defensa de los intereses de otros» (23). La libertad significa no estar sujeto a otro, no fatigarse a causa de los intereses de otro, ser capaz de realizar los propios propósitos de uno; en suma, no ser como un esclavo. Sin embargo, si el hombre libre no tiene trabas de ningún tipo en la búsqueda de su propio bien, ¿no podría convertirse su propósito en egoísta tiranía? El hombre libre busca evitar estar dominado por alguien que ordena en su propio interés y, sin embargo, el hombre libre intenta él mismo ordenar el mundo de acuerdo con sus propios intereses. Esta tensión se contiene dentro de la pólis: la libertad es compatible con estar gobernado en circunstancias de autogobierno, ya que los ciudadanos ordinarios ( idiôtai ) gobiernan en su propio nombre, y sus propios intereses de idiôtai constituyen el interés colectivo.

 Ahora bien, el viejo Platón de Las Leyes, más Aristocles que nunca y menos Sócrates que nunca, nos complicaba la noción de libertad cuando afirmaba que el hombre es pura contradicción consigo mismo y que, por tanto, no se sabe hasta qué punto quiere uno lo que dice que quiere. «Todos los hombres son pública y privadamente enemigos de todos los demás, y cada uno también es enemigo de sí mismo»(626d). «En cada uno de nosotros existe una guerra contra nosotros mismos» (626e). ¿Has qué punto el desesperado puede ser libre? Más adelante Platón cree en la posibilidad de que tengan coherencia «los buenos», y que, por tanto, sean libres. «Son buenos los que pueden gobernarse a sí mismos y malos los que no pueden» (644b). Incluso el ya rígido Platón sostiene que «los buenos» en libertad llegar a ser «muy buenos». «Los que son buenos entre los atenienses lo son de modo extraordinario, porque sólo ellos son buenos sin coacción, por naturaleza, por don divino, sinceramente y sin fingimiento alguno» (642, c-d).  Sin embargo, conviene que en caso de estar uno «desesperado» sea el propio individuo quien lo diga y busque ayuda y, si es necesario y él lo ve oportuno, se autorreprima y autolimite; pero nunca la sociedad y el mismo Platón tendrán el derecho de no dejarle estar «desesperado» y perplejo consigo mismo. Porque lo que debe quedar claro es que «la libertad no es otra cosa que lo que los individuos tienen derecho a hacer, lo que la sociedad no tiene derecho a impedir» (Bejamin Constant, Principes de Politique, 28 ). De los procesos educadores de nazificación ( o desnazificación ), de comunistización ( o descomunistización ) abomina la Democracia primigenia. El individuo, en aquellas circunstancias que le son propias y que le atañen sólo a él, tiene la suficiente capacidad para desenvolverse por sí mismo, sin necesidad de que ninguna autoridad se ocupe de protegerle, de salvarle o de hacerle feliz sin su consentimiento. Si uno se equivoca, aprenderá de sus propios errores y no persistirá en ellos. Nadie, ni siquiera el Ministro del Interior, ni el más sabio Pretor, ni el Papa, ni Irene Montero —repudiada por otra arpía peor—, tienen el derecho de evitar al idiôtês o prevenirle esos errores, impidiéndole actuar por precaución. El derecho a equivocarse es, desde luego, uno, quizás el primero, de los derechos individuales. «Si los hombres permiten a la autoridad que les quite ese derecho, no tendrán libertad individual, y ese sacrificio no les protegerá del error, sino que la autoridad sustituirá los errores individuales con los suyos propios» (Benjamin Constant, op. cit.).

 

Leer en La Gaceta de la Iberosfera

domingo, 28 de mayo de 2023

En busca de la prevalencia de los idiotas (III)


Francisco Suárez


MARTÍN-MIGUEL RUBIO ESTEBAN


Con la paulatina perversión y creciente bastardeo (justificado por la clase parasitaria de los runflantes instalados, philótimoi atrapados por la “honorum caeca cupido”, que diría Cicerón, o la “cupiditas regni”, de César, y el sueldo y prebendas, debido a la “necesaria” e indefectible complejidad de los Estados modernos y su Progreso ) de la protodemocracia o Democracia sensu stricto, de doble naturaleza –directa e indirecta
, en donde los representantes son arrendatarios de la autoridad ajena y vicarios de la multitud, llegamos honestamente a dudar de que el Parlamento, configurado por grupos con acérrimo espíritu empresarial llamados partidos, sean realmente una representación popular, y hasta la lógica e inteligencia más básicas rechinan cuando se delega a esa asamblea cerrada, que representa unos cientos de intereses privados empresariales, el derecho de legislar y de cuidar por el bien común.

     Ardua cosa es ésta de la noción de “representante” en una Democracia. Quizás sea la cuestión más fundamental y, a la vez, más difícil de analizar. Habría que comenzar diferenciando el concepto de poder del concepto de autoridad. Y es que la autoridad y el poder son dos cosas distintas, del mismo modo que lo son la “potentia” y la “potestas”: Poder es la fuerza por medio de la cual se puede obligar a obedecer a otros, en tanto que la Autoridad es el derecho a dirigir y mandar, y a ser escuchado y obedecido por los demás. La autoridad justifica el poder, y el poder sin autoridad es tiranía. Por tanto, la autoridad quiere decir derecho. Ahora bien, si la función de gobernar, ejercida por la multitud en la democracia directa o democracia en sí, o sea, por los idiotas, puede cumplirse en sociedades mayores y más diferenciadas, sólo a condición de que los idiotas la confíen a determinados hombres, bajo estrictas condiciones, que en lo sucesivo se encargarán de los asuntos del todo, entonces esos hombres, una vez que se hacen cargo de la dirección de la comunidad bajo el estricto protocolo democrático (mandato efímero, rendición de cuentas, posibilidad de destitución inmediata durante el mandato, examen moral, etc.), tienen un derecho (recibido de y por medio de los idiotas) a ser obedecidos para el bien común. Sin embargo, puesto que la autoridad significa derecho, ésta ha de ser obedecida por razón de conciencia; esto es, de la manera en que obedecen los hombres libres, y por la salud del bien común, de todos los idiotas fundamentadores de esa autoridad. Y por la misma causa no existe autoridad allá donde no hay justicia. La autoridad injusta no es autoridad, como la ley injusta no es ley, tal como el padre Suárez sostiene en su De legibus, Liber III, cap. 4. Cuando se obedece como un hombre libre se está cumpliendo en realidad un desiderátum rousseauniano: “obedecer sólo a sí mismo”.

     La autoridad deriva de la voluntad o consensus de los idiotas, y de su derecho básico y natural a gobernarse. Y el problema de nuestra libertad nace precisamente en la relación entre los ciudadanos particulares o idiotas y los gobernantes que han decidido elegir. Cuando el pueblo inviste de autoridad a ciertos hombres ¿se despoja de su derecho natural a gobernarse y de su autoridad para autorregirse? Y una vez que los gobernantes elegidos asumen el cargo, ¿el pueblo pierde su derecho natural a gobernarse y su autoridad para regirse, la cual queda transferida a los gobernantes elegidos, que en lo sucesivo la poseen exclusivamente? O bien, los idiotas, cuando investimos a ciertos hombres con nuestra autoridad, ¿mantenemos nuestro derecho natural a gobernarnos y nuestra autoridad para regirnos, de manera que poseemos la autoridad no sólo inherentemente, sino también permanentemente? No cabe duda: toda la teoría del poder en la sociedad democrática “hamiltoniana” descansa en esta espinosa noción de representación o vicariato, por virtud de la cual los magistrados popularmente electos ejercen el derecho del pueblo a gobernarse. La clase política olvida interesadamente que los actuales medios tecnológicos posibilitarían la participación directa de los idiotas en la cosa pública, pudiéndose restringir al máximo la democracia representativa, siempre recelosa de los democracia directa o democracia sensu stricto. Es curioso que en los últimos años de peste se haya impartido la docencia a distancia, y que todavía hoy se trate a los enfermos a distancia, aumentándose esta práctica por ahorro sanitario, y que prácticamente todas las relaciones de los idiotas con la Administración del Estado y las Administraciones de las distintas satrapías se lleven a cabo on-line. Pero nuestra clase política, cerrándose toda ella en filas como una falange, no cede ni en un ápice a bajarse del sillón de la representación, ya bastante innecesaria por la cibernética, y permitir así un desarrollo pleno de la democracia directa gracias a la tecnología. Se parecen mucho esos políticos nuestros al primer estado en los inicios de la Revolución Francesa, sin duda. Su resistencia a perder sus privilegios inicuos no es menor que la de aquella nobleza.

    En una verdadera democracia representativa...

Leer en La Gaceta de la Iberosfera

domingo, 9 de abril de 2023

Remembranzas trevijanistas L



Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica
   
La Batalla de Bajmut, en ruso Artiómovsk, puede suponer una victoria –o derrota– tan decisiva para cualquiera de las partes contrincantes que implicaría casi el fin de esta terrible guerra. Cerca de 100.000 soldados ucranianos defienden la posición, y los atacantes rusos posiblemente sean más. A Napoleón no le gustaban nada las batallas victoriosas que no destruyen al ejército enemigo por completo. “No sirve de nada una victoria que engendra otra batalla contra los mismos enemigos”. La estrategia del mando ruso ha podido ser la misma que la de Napoleón; hacer que el enemigo concentre todos sus refuerzos y reservas en un punto, y allí machacarlo sin piedad. Ese punto es Bajmut, pero puede ocurrir que el armamento que la OTAN está entregando al ya exhausto ejército ucraniano haga imposible la total victoria rusa. “Hago mis planes con los sueños de mis soldados dormidos”, también decía Napoleón. Con la Guerra de Ucrania volvemos a una guerra de posiciones, como la de la Primera Guerra Mundial, y a sus variegados tipos de fortificación, consignados con un rico y variegado léxico, como glacis, cortinas, hornabeques, murallas, terraplenes, revellines, fosos, zanjas, intervalla, zapas, blindas, gaviones, trincheras, empalizadas, medias-lunas, búnkeres, y muchos más vocablos. Trevijano sostenía que las concepciones urbanísticas que nacieron después de la Revolución Francesa respondieron a necesidades militares para defender a los distintos gobiernos de las revoluciones de la plebe. Así, el París de Haussmann, con centro de gravedad en el arco de la estrella, posibilita con unas pocas baterías arrasar y batir a cualquier manifestación popular que se acerque con malas intenciones a cualquier centro de poder del Estado francés. Y como decía Eugenio D´Ors el Estado francés radica en tres o cuatro cuadras de la ciudad de París.

Ya hemos dicho que cuando en 2014 Vladímir Putin reconquistó Crimea, a cuya costa meridional buscaban los viejos rusos la salud cuando la tenían quebrada, Trevijano criticó duramente en su televisión a Putin por no haber aprovechado la ocasión para reconquistar también el Donbass del Don Apacible, así como otras zonas de raigambre rusa. Criticó su debilidad, temor y escasa visión militar, pues estaba seguro de que un segundo ataque costaría más a Rusia, dado que se prepararía para él Ucrania. De vivir hoy Trevijano, es evidente que apoyaría las razones que le asisten a Rusia en el presente conflicto.

Sólo a los amigos verdaderos enseñaba Antonio García-Trevijano los objetos más amados que poblaban su casa de Somosaguas. Sólo se la enseñaba a los amigos de corazón porque ello significaba mostrar su propia alma desnuda. La casa de Antonio era la materialización de su alma delicada. En todos los objetos de la casa (muebles de época, cuadros de grandes pintores, estatuas de Dalí y otros grandes, plantas fragorosas, libros difíciles de conseguir y de delicadísima encuadernación, objetos de alta decoración, etc.) estaba algo de Antonio. Quien viva en su casa hoy sigue viviendo de un modo intangible con Antonio. Entre aquellos muebles de tan diversas épocas, aquellos cuadros de grandes pintores del Renacimiento, aquellas preciosas menudencias, pero que les recordaban a Francine y a Antonio algún momento feliz y memorable, se respiraba el hálito de una vida cálida y buena que hablaba a la mente y al sentimiento estético. En realidad la casa de Antonio se dividía en dos partes, aquella en la que él y su esposa Francine, la preciosa modelo de Balenciaga, hacían su vida corriente, y aquella otra en la que, distribuida en cinco grandes salones, Antonio iba colocando sus preciosas adquisiciones. Sólo vi una vez a Francine, aunque hablé con ella algunas veces por teléfono, y me impresionó su elegancia, alegría interior y mirada inteligente. Llevaba una gran pamela blanca y un precioso vestido azul marino. Me preguntó cariñosa por mis hijos, mirándome con ojos de aterciopelada suavidad. Coincidía con su marido sobre su idea del sabio; “sabio es aquél que hace felices a aquellos con los que vive”. Y Antonio siempre estuvo al servicio de la felicidad de su mujer y de sus hijos, y también de los amigos. Creo que Francine fue un dechado de sencillez, fuerza y naturalidad, enemiga por completo de la artificiosa afectación de la gente rica. Sus existencias se habían fundido en un solo cauce. Todo era paz y armonía entre ellos. Antonio compartía con Francine todo cuanto pensaba, y a ella todo le interesaba, porque le interesaba a él. En la época en la que Francine todavía se encontraba bien noté que el ajetreo social apenas le interesaba y tenía prisa por regresar a su preciosa casa, a los cuidados de la vida doméstica, a la lectura y al reposo en medio de la belleza que había levantado su marido.

Sus únicas preocupaciones domésticas, como a casi todos nos ocurre, vinieron por los hijos. Pablo, el hijo mayor, no tuvo suerte con su primera mujer, y ello ocasionó mucho sufrimiento a los padres. El divorcio fue traumático, y Antonio llegó a sentir verdadero miedo de que le pasara algo a su hijo, al que dedicó su libro Frente a la gran mentira (1996), y sus miedos me los comunicó a mí en una llamada telefónica, que Antonio usó para liberarse de sus pensamientos. La Dedicatoria que le hace a Pablo en esta gran obra nos dice mucho del alma de su hijo: “Los vástagos de la rebeldía padecen una suerte de severa incomprensión de lo público, que los empuja a buscar su camino en la dulce independencia de lo privado. Así devuelven a sus padres el tesoro de la vida íntima”. Lo saludé un día en el Ateneo, en el que su padre iba a pronunciar una conferencia. Me pareció encantadoramente afable. Por lo que respecta a su hijo Juan Diego, gran maestro en el arte ecuestre afincado en Portugal, le dedicó su gran obra de historia del arte: Ateísmo estético, arte del siglo XX. De la modernidad al modernismo ( 2007 ). E independientemente de las circunstancias que rodearon las relaciones con sus hijos los últimos dos años de la vida de Antonio, fue siempre un padre amantísimo, entregado al bienestar de sus dos hijos varones.

Creo que ya hemos dicho que Antonio García-Trevijano no acaba de encajar bien en el marco de su época. Sin duda muestra un carácter único, aunque sea tan radicalmente español que no podría haber sido otra cosa. Quizás pueda alcanzar esta “anomalía” alguna claridad planteándola con la perspectiva o teoría de las generaciones, concebida por Julián Marías. Trevijano (1927) se encuentra entre la generación de jóvenes que protagonizaron la Guerra Civil, como José María de Areilza (1909), Santiago Carrillo (1915), Dionisio Ridruejo (1912), Antonio Tovar (1911), José Antonio Girón de Velasco (1911), Fernando Claudín (1913), Manuel Azcárate (1916), Mariano Navarro Rubio (1913), Joaquín Ruiz Giménez (1913), Marcelino Camacho (1918), y aquella otra que protagonizó la Transición: Juan Carlos I (1938), Suárez (1932), Antonio Garrigues (1934), Felipe González (1942), Alfonso Guerra (1940), Julio Anguita (1941), Marcelino Oreja (1935), Fernando Abril Martorell (1936), Rafael Arias-Salgado (1942) o Francisco Fernández Ordóñez (1930). Aunque su edad lo mantuvo casi en el limbo durante la Guerra Civil, sin embargo, ya a los quince años tuvo clara conciencia de que vivía bajo una dictadura terrible que debía combatir.

domingo, 8 de enero de 2023

Remembranzas Trevijanistas XXXVII



MARTÍN-MIGUEL RUBIO ESTEBAN
Doctor en Filología Clásica


La teoría política de lo que Antonio bautizó como “libertad política colectiva” se fundamenta en la metafísica leibniciana. Para Leibniz cada sustancia se relaciona con el resto del Universo; lo constituye al mismo y es constituido por él mismo. Las sustancias no son más que el Universo constituido por sus relaciones. En cada individuo hay algo de infinito; por ello toda mente es omnisciente, aunque de manera confusa. La infinitud confusa que llena la mente de cada uno es la materia metafísica. El infinito lo envuelve todo en la Naturaleza, y en todas las sustancias hay algo de infinito. Del mismo modo, en la comunidad del hombre existe libertad sólo si la hay para todos los individuos. La libertad de cada uno constituye la libertad de todos, y la libertad de todos constituye la de cada uno. Por eso nadie es libre si no lo son los demás, nadie es libre si no lo son todos, y se es más libre cuanto más lo son los demás. Recordemos “el todo está en todo” de Anaxágoras. Un concepto metafísico traído a la práctica política. Sólo este concepto metafísico de libertad, de juego entre la individuación y la individualidad, hace a Trevijano objeto de meditación de primer orden. Su teoría política dilata y transforma el espacio vital (y social) en una obra de libertad. Sus reflexiones sobre individualidad e individuación de Leibniz son básicas para comprender su teoría de la libertad política colectiva. Hay que tener en cuenta que en Leibniz el individuo como mónada no coincide con el individuo como ser humano entero o ciudadano, dado que cada ciudadano está constituido por una pluralidad de mónadas, aunque una sea la dominante. En un solo cuerpo hay muchos individuos o mónadas. Del mismo modo que en un solo cuerpo humano o ciudadano hay muchas mónadas o individuos, de suerte que un hombre es una sociedad de mónadas, la sociedad propiamente dicha, la agrupación de hombres, es una sociedad de sociedades. Las mónadas que nos son comunes a todos los hombres, y que están subordinadas a las mónadas dominantes, explican nuestra sociabilidad y nuestra naturaleza política. Es así que el hombre es esencialmente político, metafísicamente hablando. Cuando Leibniz se atreve a decir que la mónada no es para sí misma sino para las demás; cuando se atreve a decir que el individuo es parte del universo único, y que por tanto pertenece a todos los demás, Trevijano infiere que la libertad de todos sostiene y produce la libertad política colectiva. La libertad política colectiva no puede ser social sin ser individual, ni puede ser individual sin ser social.

La transcendental obra política de Antonio García-Trevijano constituye una Scientia Generalis Politica, entendida como vademécum o prontuario para ayudar a conseguir no sólo la libertad política colectiva, sino también para mantenerla y protegerla frente a sus enemigos, y no hay que entenderla como una enciclopedia china, la Enciclopedia Británica, una Pauly Wissowa o el Espasa de la Democracia. Es un catecismo mecánico práctico de la causa de la libertad que puede acomodarse a cualquier circunstancia histórica o tipo de sociedad. Todas las ideologías, mundivisiones o sentires caben en la libertad política colectiva. Es verdad que la Historia Universal es muy variopinta por fuera, pero los movimientos reales básicos de la vida social son los mismos desde que la inteligencia racional se hizo cargo de ellos. El respeto a la realidad vigente es un fundamento operativo. Cada mónada se caracteriza por tener su propia visión del mundo, que es complementaria, pero no idéntica a la de las demás mónadas de la serie de mónadas creadas. Todas son armonizables mediante el bien común a todas las perspectivas.

Trevijano recordó siempre que el artista “clásico”, tanto del mundo grecolatino como del Renacimiento, era un artista eminentemente popular. Prácticamente hasta el siglo XIX el creador plástico era un héroe popular, un líder demopédico, cuyas presentaciones artísticas constituían verdaderas fiestas populares, algunas incluso de índole nacional. Cuando el artista clásico acababa una obra, la presentación y exposición de la misma podían congregar a millares de paisanos del artista. En solemnes “pómpai”, como civiles “embatêría” con ritmo anapéstico, el pueblo desfilaba admirando y portando las esculturas de Policleto, Fidias, Cresilas, Eradmon, Alcámenes, Naucides, Cleón de Sición, Antífanes, Periclito, Cánaco de Sición, Atenodoro, Dameas, Asopodoro, Alexis, Arístides, Alipo, Patrocles, Dédalo, Lisipo, Praxíteles, Mirón, Escopas, Agesandro, Polidoro, Atenodoro, y de tantos otros genios transparentes e inteligibles para una ciudadanía conmocionada y educada por la belleza. Lo mismo pasará en la Florencia del Renacimiento con las obras de Donatello. La historia de la pintura de la época clásica se inicia con el retorno triunfante de los atenienses a su ciudad, arrasada por la barbarie persa el verano del 479, finalizadas ya exitosamente las principales operaciones de las Guerras Médicas. En los nuevos ceramógrafos se perfila la tendencia a salirse de las limitaciones técnicas de las vasijas, para imitar los logros de la gran pintura mural desaparecida. La viva imaginación del pueblo ateniense ve en el saqueo de su Acrópolis las luctuosas imágenes de la “Ilioupersis”, de Arctino, y el Pintor de Cleofrades, que bebía el mismo vino de las tabernas que el pueblo, en la portentosa “hydría” de Nola presenta una visión piadosa de los troyanos vencidos. Los gestos violentos de los aqueos contrastan con la calma del grupo real encabezado por Príamo, casi confrontando el clamor de la batalla con el silencio de la muerte. El sufrimiento padecido por el pueblo de Atenas se solidarizó de forma grandiosa con los troyanos vencidos ochocientos años antes, según cómputo de Heródoto. Y el extraordinario pintor de Cleofrades fue fiel intérprete del sentimiento ateniense. Esta joya artística revela una interdependencia absoluta entre la cultura y el arte, y la política y la moral. Era la época en que el artista era un líder popular en cuanto comulgaba totalmente con el sentir más hondo del pueblo y sus anhelos estéticos. Las “mierdas pinchadas en un palo” del estafador e ignaro arte modernitario sólo aparecen cuando el artista ha dejado de beber el mismo vino que su pueblo y expresa lo que la clase dominante quiere, esto es, lo ininteligible. El mejor modo de eternizar el mal desaprensivo y la injusticia.

[El Imparcial]

domingo, 25 de diciembre de 2022

Remembranzas trevijanistas XXXV




MARTÍN-MIGUEL RUBIO ESTEBAN
Doctor en Filología Clásica


Hesíodo estigmatizaba en fuertes términos a quienes corrompían la Justicia a fin de que no cumpliera con su deber con los poderosos: “El clamor de la Justicia se alza siempre a cualquier lugar de donde pretendan desplazarla los devoradores de prebendas, que sólo entienden por justo la interpretación que más les conviene. Llorando la Justicia persigue por ciudades y moradas a los hombres que tratan de rehuirla o torcidamente administrarla” ( Los trabajos y los días, vv. 220 y ss. ). Parece que el divino Hesíodo estuviera describiendo los últimos cuarenta años de la Justicia española, impotente ante los crímenes y desafueros de una partidocracia que la mueve como un muñeco de feria.

El 20 de febrero de 1997, a las ocho de la tarde, se celebró en el Palacio de Congresos de Madrid un acto multitudinario en favor de la dignidad e independencia de la Justicia, tan maltratada entonces, como ahora, por la clase política más ignara y bárbara que ha tenido España, y que acabó convirtiéndose el suceso, como por honor cívico no podía ser de otra manera, en un homenaje a los jueces y fiscales más valientes que entonces integraban la Audiencia Nacional. Dicho acto, al que acudieron alrededor de dos mil personas, consistió en cuatro magníficas disertaciones de carácter ético y jurídico de Enrique Gimbernat, Joaquín Navarro Estevan, Federico Carlos Sáinz de Robles y nuestro Antonio García-Trevijano, el verdadero artífice y alma mater de este acontecimiento cívico. El auditorio de estas conferencias era tanto social como políticamente variopinto, y de él salieron entusiastas comentarios y aplausos tanto de un Jaime Campmany como de Julio Anguita, uno de los políticos más honrados que ha tenido España y gran admirador de Antonio. Todavía no toda la Prensa estaba corrompida ni todos los partidos políticos del arco parlamentario. Villarejo aún no decía nada.

Decía Cicerón en su “De officiis” ( Libro I ) que la justicia se funda en la confianza; es decir, en lo que para los romanos era la “fides”, esa especie de sacrosanta virtud “negativa”, en cuanto que revela sencillamente falta de desconfianza, de sospecha, y dulce abandono confiado en lo que “se sabe” incorruptible. Pues bien, hoy en España la Justicia ha perdido su fundamento, y ya nadie la toma en serio. Nadie cree en ella, salvo la infame turba de quienes la corrompen contumeliosamente una y otra vez. Pues es su confianza en la corrupción la que le mantiene su confianza en los jueces. Ahora bien, sólo la “fides” en la justicia puede sostener un régimen político, cualquier régimen político. Es por ello que podemos observar en el inicio de toda rebelión política y de todo cambio drástico de régimen político la quiebra de esa “fides” y la instauración de una nueva con distintas bases: la aniquilación de la “fides” con relación al Areópago en la antigua Atenas trajo la Democracia de Efialtes y Pericles; la acción legal de Bruto y Colatino trajo la República Romana; los atropellos que Carlos I de Inglaterra realizó y la abolición de los Tribunales de Justicia, entre los que se incluía el de la Cámara Estrellada, supusieron la caída del gobierno real en Inglaterra y la aparición de la dictadura del puritano Cromwell; la constante situación de ilegalidad que exhibía con arrogancia el empecinado delincuente Luis XVI trajo la Revolución Francesa y la Iª República; un Ministerio de Justicia que desobedecía con desprecio las órdenes de Kerenski aceleró la Revolución Rusa. El cobarde incumplimiento de la sentencia dictada por el Tribunal de Beuthen en relación con los hechos criminales de Potempa aniquiló la autoridad moral de la República de Weimar, y abrió las puertas al nazismo.

En el régimen juarcarlista la “fides” en que se fundamenta la Justicia produce hilaridad; pero no porque los jueces sean masivamente unos malvados, sino porque vivimos dentro de un sistema político en el que al juez se le obliga al martirio si osa escrutar los crímenes del poder político, mucho peores y letíferos que cualquier otro crimen –incluidos aquellos crímenes abominables de ETA; pues son los crímenes que quedan impunes del poder político los que desautorizan moralmente al Régimen a aplicar la Justicia, traduciendo la impunidad de los crímenes de Estado en pura y dura tiranía política, que el honor y la dignidad civiles nos mandan abatir. No confiar en la Justicia de un Estado es reconocer la naturaleza criminal de dicho Estado. Por eso mismo los crímenes de los GAL fueron infinitamente peores que los que perpetrase la asesina ETA, cuyas monstruosidades las hacía fuera del Estado. Por ello no hay mayor criminal que un Estado criminal.

Cuando el Antiguo Testamento nos dice, con un sentido mucho más secular y mundano de lo que han creído los que no han leído a San Agustín, que “iustus ex fide vivit” (Hab. 2, 4), el absolutamente desconocido Habacuc nos está afirmando que el justo vive en la confiada idea de que su justicia (la conciencia ontonómica de Raimon Pánikkar) coincide con la justicia general y dominante (conciencia filonómica), y tiene plena confianza en que lo que para él es lo bueno y lo malo es tratado como bueno y como malo por su comunidad. “¡Ay de quien edifica una villa en sangre y funda una ciudad en injusticia!” ( Hab. 2, 12 ). Pues en ese Estado, nos sigue diciendo Habacuc, no podrá haber justos ( al no poder fundarse su justicia en ninguna “fides” ).

Pero aquél acto público del 20 de febrero de 1997, en el Palacio de Congresos, no fue sólo un barrido de la basura inveterada y las corrompidas costumbres que entorpecen y hacen irrespirable la vida en algunas Audiencias –actividad sin duda absolutamente imprescindible, sino que en él se aportaron soluciones para que la Justicia pudiera empezar a funcionar absolutamente limpia y mundificada. Así, Antonio García-Trevijano, con oratoria clásica –la del tipo rodio, y cogiendo la misma sagrada antorcha que en otro tiempo cogiesen Zaleuco, Fedón, Solón, Pitágoras, Saluco o Chorondas, describió la arquitectura institucional necesaria para garantizar la absoluta independencia de la conciencia de cada juez, y con ella la dignidad del Poder Judicial frente a los otros dos poderes, sin tener que recurrir a la mítica apelación de la conciencia numantina y sentencionadora del juez, instrumento frágil y abstruso, nada transcendente, y que pertenece al juez.

Quienes defendimos aquella noche sin conocer en persona sólo por sus obras y talante público– al puñado de íntegros jueces y fiscales que fueron homenajeados en aquel acto, los defendimos luego con más contundencia al conocerlos mejor. Eran personas tímidas y sencillas, pero absolutamente inquebrantables. Y como no les pudo corromper el sistema, todos ellos acabaron fuera del sistema.

Existía una miríada de razones, ya en 1996, para sospechar que los múltiples martillazos infligidos por el Poder Ejecutivo a la Audiencia Nacional se debían a que ésta, la última trinchera de los Derechos del Hombre en este país, es la única institución pública que ha pedido muchas veces que dicho Poder asuma responsabilidades penales por los asesinatos y robos cometidos contra la Comunidad Nacional en el pasado ya lejano y reciente. Mas como ya nos previniera el actualísimo murciano Diego de Saavedra Fajardo en su Empresa XLIII: “No hay injusticia ni indignidad que no parezca honesta a los políticos, como sea en orden a dominar, juzgando que vive de merced el príncipe a quien sólo lo justo es lícito”.

[El Imparcial]

domingo, 18 de diciembre de 2022

Remembranzas trevijanistas XXXIV




MARTÍN-MIGUEL RUBIO ESTEBAN
Doctor en Filología Clásica


Se debería sonreír por todo esto, pero se siente un gran malestar. Se siente un frío de enfermedad súbita en el alma.

Ya en su casa y en la cama, a Javier le vino a la memoria sus lecturas de Joaquín Costa en la sobria y hermosa Biblioteca Municipal de Zamora, en la época azul de su primera juventud, cuando su padre ejercía de fiscal jefe en la Audiencia Provincial de aquella antigua ciudad vaccea, perla del ancho y viejo río Duero, de rumores célticos. Y se dio cuenta con horror que la expresión latina “Quod oligarchae placuit, legis habet vigorem”, tan airadamente usada por el diáfano aragonés Costa, mantenía indemne su desconsoladora vigencia cien años después. Pero peores que los desvergonzados y desaprensivos oligarcas, nuevamente vencedores y triunfantes, mucho peores, eran los compañeros jueces de Javier, que habían sacrificado los intereses de la Justicia al sosiego de su digestión, que habían transigido con la injusticia para no tener problemas en la Administración de Justicia. Otra vez triunfaba el espíritu de servidumbre, la obediencia del esclavo, las Almas Muertas de Gógol: “Como su merced disponga –respondió Selifán, mostrándose conforme con todos. Si hay que azotarme se me azota. Yo no tengo nada en contra. ¿Por qué no me van a azotar si he dado motivo? Para eso está la voluntad del amo. Hace falta mantenerlo todo en orden. Si hay que azotarme, se me azota. ¿Por qué no me van a azotar?”

Desde su llegada a la Audiencia Nacional había encontrado delante un camino intransitable, inhóspito, barrido por vientos glaciales, infectado de bichos venenosos, enfangado del lodo moral que le salpicaba el rostro y, sobre todo, entorpecido de obstáculos que sus colaboradores, aquellos mismos que le debían asegurar y defender la marcha, venían de noche subrepticiamente a suscitarle y a erizar de espinos silvestres y aulagas el trabajo de su conciencia independiente…

Los mismos periódicos que le habían proclamado como el sostén fuerte del orden basado en una justicia igual para todos, el triunfo de la isonomía clásica, comenzaron también contra él un tiroteo maligno. La “auri sacra fames”, como una hija bastarda del rey Midas, hace venal todo lo que toca.

Pero a pesar de la dura y pusilánime realidad, entregada siempre a la confortable garantía de la piara, todavía había docenas de hombres que sentían dolor físico ante las atribulaciones de la Justicia en España. Para empezar, cinco personas recurrieron la decisión de archivar la mayor parte de la causa que se había abierto contra las anfractuosas prácticas empresariales del mayor Nabab y capitán de los medios de comunicación del país. La Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional había sido socialmente muy criticada por decidir esconder los grandes pecados del magnate cántabro bajo el manto de un total abstrusismo resolutivo. Y, sobre todo, ahí estaba la querida peña de amigos leales, incoercible, numantinamente irreductible, protectora e ilimitadamente amparadora contra las dolientes ortigas de la vida, inspirada y alentada siempre por Antonio. La Historia continúa.

Cuando los gobernantes de la larga etapa felipista, en sus años de ocaso inquietante y locura prepotente, eran acusados con abrumadoras pruebas de escándalos financieros, malversaciones, prevaricaciones, nepotismo, abuso del poder y terribles crímenes, sacaron aquellos mismos socialistas, siempre probos e inmaculados para sí mismos, el espantajo tremebundo de la conspiración, de una conspiración gótica, tenebregosa, ojipelambruda y cornicapricuda. No es que algunas docenas de ellos fueran unos ladrones ni unos criminales –tal como la tozudez de las pruebas habían ido luego proclamando en todos los grandes medios, sino que existía una trama conspiratoria contra el Régimen juancarlista que los infamaba calumniosamente con crímenes espectaculares y alevosos latrocinios. Luego se vio que la pretendida infamia era sólo la pura y exacta definición de sus actos.

Del mismo modo, cuando se dieron palmarias pruebas indiciarias de que en el voraz imperio polanquista, pieza clave aledaña del gobierno, pudieron existir turbios manejos dinerarios, los polanquistas sacaron el espantajo, como estafermo inane, del complot republicano. Como si fuera la sola existencia imaginaria de ese estafermo comodín quien por un arte de birlibirloque hubiera hecho al imperio polanquista suspecto de problemática decencia mercantil. Pero, ¿qué importaban las ideas políticas que mantuviese y sostuviese Antonio García-Trevijano, amigo del juez que investigó el imperio polanquista para que éste hiciera justicia imparcialmente sobre aquella escabrosidad financiera palpable? ¿Es que el delito presunto que se estaba juzgando dependía del sistema político en que se cometía presuntamente para ser o no ser delito? Porque si tal presunto delito dependía del régimen para ser calificado, entonces el régimen entero sería un pacto de ladrones. Y si un juez, por ventura, tiene un amigo que es acérrimo “hincha” de un equipo de fútbol ferozmente antagonista del que es aficionado el señor justiciable al que el juez procesa a la sazón, ¿estará ineluctablemente contaminado el juez para impartir justicia con absoluta imparcialidad? ¿Cómo se pudo fabricar una historia tan burda para hacer invulnerable a Polanco? ¿Qué le deberían haber importado a Polanco las ideas políticas que defendía un buen amigo del juez que le juzgaba? ¿Es que acaso se le estaba juzgando a Polanco por su posición política? ¿Es que el presunto delito por el que se le juzgaba tenía que ver con un ideario político o posición política? ¿Acaso en una democracia el señor Cebrián y el señor Polanco podrían haber exigido que todos los amigos del juez que les juzgaba fueran acérrimos y exacerbados juancarlistas? ¿Desde cuándo eligen a los amigos de los jueces las personas justiciables? Pues muy mal querían a Don Juan Carlos I si se escudaban en él en vez de demostrar su inocencia por los procedimientos usuales y naturales. Y lo más grotesco es que el juez Garzón, montando una Tebaida, entrase en este mismo combate con la misma argumentación que el Sr. Polanco. En definitiva, si “el sistema” –que diría Mario Conde– imposibilitó a Javier Gómez de Liaño que juzgase finalmente las presuntas fechorías del Sr. Polanco y sus adláteres, tendríamos que afirmar que la vieja máxima, ya citada, “Quod oligarchae placuit, legis habet vigorem”, que tanto repudió el buen corazón de Joaquín Costa –todo un Trevijano de su época– aún es cierta en España, e incluso más cierta que en el franquismo, para vergüenza de “esta democracia”. Es así que las cimas de la sociedad española estarían sumergidas en la tiniebla –el cierzo cántabro vespetino– y no se podrían ver con los ojos de las instituciones propias de un Estado democrático, mientras que los valles de la sociedad serían los únicos que estuvieran en plena luz, supervisados por dichas instituciones. Como siempre. La desafricanización de España no sólo no ha empezado, sino que parece aún un movimiento subversivo, una tentación infame. Si el juez Javier Gómez de Liaño, la mejor brújula y áncora que tuvo el barco de la Audiencia Nacional, tan azotado y zarandeado por las más peligrosas galernas, quedó apartado y excluido de Sogecable, y castigado y martirizado por no rendir pleitesía al poder manifiestamente real, bien podría ocurrir que la “causa victrix” ya no fueran los sagrados intereses de la Justicia, sino miserables intereses personales. La causa de Catón nunca coincidirá con la causa de estos dioses mortales.

[El Imparcial]

domingo, 11 de diciembre de 2022

Remembranzas trevijanistas XXXIII




MARTÍN-MIGUEL RUBIO ESTEBAN
Doctor en Filología Clásica


En 1997 España escribió un capítulo de novela justiniana. Aquella mañana de otoño se desataba lentamente sobre la ciudad. Parecía que no venía del sol, oculto por los gases urbanos, sino de la ciudad misma, y que era de los muros y de los tejados visualmente inaccesibles de donde la luz de lo alto se desprendía. Javier comprendió una vez más en sus propias carnes laceradas que la Administración de Justicia, parecida a esos relojes parados que se encuentran en las plazas de los pueblos o en algunas estaciones de tren, no se ha hecho nunca para juzgar a los ladrones cuyo patrimonio superaba entonces los veinte mil millones de pesetas, que nadie es delincuente si se parapeta en una fortuna de veinte mil millones de aquellas pesetas, que los ricos siempre han tenido el privilegio no sólo de que sus obsequiosos vicarios hagan las leyes, sino también de elegir a los jueces que se atreven a juzgarlos. Una vez más el escita Anacarsis se nos imponía: “Las leyes son telarañas fabricadas sólo al efecto de atrapar moscas enclenques; las gordas y los moscardones fácilmente rompen la urdimbre de la telaraña”.

Y el pueblo agacha la cabeza y acepta. Siempre ha sido así. El pueblo español siente la vulgaridad como un hogar. El pueblo español siente el cotidiano desprecio como maternal. El pueblo español prefiere la realidad a la verdad. Una realidad absolutamente anafrodisíaca. La costumbre hace incluso agradables los hostigos que nos inflige el cómitre. “Entre sube y baja el palo descansa la costilla”, se dice en Castilla. La mayor parte de los seres humanos no sienten la cenestesia de su propia dignidad. La injusticia parece rodear, fatídicamente, como un mar inmenso, a la isla de náufragos que es la vida.

A muchos nos entristecía ver a Javier, el juez de camisas de azul celeste, con cuánta generosidad y dulzura acataba su inicua recusación en uno de los procesos pecuniarios más transcendentales del país desde que se iniciase la llamada Transición a la “Democracia”. En su acatamiento franciscano, casi dulce y rubendariano, resplandecía en toda su pureza el verdadero espíritu de servidor público.

Es conveniente que la Justicia entre por cauces de normalidad y sosiego. Los jueces y funcionarios somos útiles y no imprescindibles, y quien se crea imprescindible es cosa suya. La lluvia caía sobre Madrid, sucia y triste, pero suave, como en un cansancio universal; no relampagueaba, y apenas, de vez en cuando, con el ruido muy lejano, un trueno corto gruñía duro, y a veces como que se interrumpía, cansado también. Uno de los funcionarios abrió las ventanas del Juzgado. Un aire fresco, con restos de materia orgánica putrefacta, se insinuó en la habitación. Un conserje ataviado con su impecable uniforme de lindos y desfasados agremanes ataba las numerosas carpetas del inmenso y sagrado Sumario arrebatado a Javier en el final crepuscular de la vasta oficina.

Ha dejado de llover –dijo el conserje, a nadie en concreto.
El elegante uniformado se marchó jadeante, portando en sus brazos treinta kilos de carpetas y papeles atados. El juez Javier miró por la ventana, sonriendo, con los codos en el alféizar metálico. Miraba sin ver y respiraba ansiosamente. Estaba recordando al capitán de la policía judicial de la obra de Leonardo Sciascia, El día de la lechuza, y al identificarse un poco con él se sentía más aliviado. A pesar de irse la lluvia, el sol le pareció menos brillante, las casas y las gentes menos pintorescas, y eso que aquel sol otoñal lo doraba todo y era uno de los días más hermosos de Octubre, el mes en el que Madrid es más bello. Luego, se sacudió de los codos del traje, azul oscuro, todo el polvo del alféizar, que nadie había limpiado, ignorando que tendría un día, aunque sólo fuese un momento, que ser la amurada sin polvo inveterado de un barco que singla en un turismo infinito.

¡Qué coincidencia! Dos días después de la impúdica recusación de Javier, que le inhabilitaba para poder juzgar al gran capitalista y nabab de los medios de comunicación nacionales, un exsecretario de Estado del Ministerio del Interior, contra el que el fiscal de una Sala del Supremo pedía 23 años de cárcel por haber protegido una siniestra organización que había asesinado y torturado a ciudadanos vascos, así como robado a espuertas de la ubre universal del erario público, afirmaba en la televisión que él no era un delincuente, sino que como otros que habían ocupado altos cargos durante el gobierno socialista, era víctima de una prava conspiración republicana –se cernía como la sombra de un murciélago el fantasma de Trevijano, que pretendía ominosa acabar con el casi celícola régimen político de entonces y ahora. Otra vez la historia de la transubstanciación del delito común en interés público.

Otro gran juez, Joaquín, buen amigo de Javier, salió a la ululante palestra de la opinión pública con un estupendo artículo, en el que denunciaba con extraordinario gracejo literario al juez que había aceptado la recusación contra Javier, imposibilitándole poner término a un sumario tan peligroso y transcendente, desde el punto de vista social y político, del mismo modo que el rijoso Herodes entregaba la cabeza de San Juan Bautista a aquélla que el profeta del desierto había llamado pecadora. También ponía sobre el tapete público la cuestión de si los poderosos, por el hecho mismo de ser poderosos, podían recusar sin más al juez natural que les había correspondido. Joaquín era orondo y vitalista como lo fuese el gran Fritz Ebert, y con traje de baño debía traer a la memoria histórica la mismísima imagen de aquel primer gran presidente de la República de Weimar, tan monárquico en el fondo.

El odio agiotista y mafioso contra Javier no tenía tregua ni reposo: hasta un fiscal vendido al poder de los económicamente poderosos le multó con 350.000 pesetas por prevaricación. El acoso y derribo del juez que se había atrevido a mirar con parsimonia los almidonados bolsillos de los poderosos parecía un programa perfectamente premeditado y urdido. Se acosaba el recto cumplimiento de un funcionario incorruptible, se asediaba su fuerza espiritual, que parecía inexpugnable, se perseguía a sus amigos y se les intimidaba. El cerco a la honestidad se estrechaba. La verdad y la justicia sufrían una gran angustia. Por fin, la justicia fue vencida. La Audiencia Nacional resolvió archivar las principales acusaciones contra los magnates o nababes de los medios de comunicación. Los moscardones lograron romper las telarañas de las leyes. El amor a la justicia se enfrió en la mayor parte de los corazones. Javier era ahora llamado por la Audiencia Nacional, que tanto él hizo por prestigiarla, “errático y parcial”. La cobardía de los jueces convertía el robo del poderoso en otro sustantivo menos montaraz y transparente, que quedaba secluso del Código Penal. Otra vez la transubstanciación del crimen en una nadería mercantil. Las normas ónticas, deónticas y procedimentales se retorcieron merced a una hermenéutica delirante. Conversión total de la substancia del crimen en la substancia sustanciosa que fundamenta los imperios capitalistas. El pan y el vino del delito convertidos en el cuerpo y la sangre de una gran empresa. Todo ello se conseguía con una consagración ejecutada y celebrada por almas pusilánimes, por almas muertas, gogolianas. Infame tarea de magia jurídica. El Dios-Dinero, Mammon fenicio, transustanciaba ahora el “delito” en “práctica habitual de la gran empresa”. Impudicia alucinante. Nemo potest duobus dominis servire.

[El Imparcial]

domingo, 28 de agosto de 2022

Remembranzas trevijanistas XVIII

 

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica
    

El jardín de la casa de Somosaguas de Antonio estaba dividido en dos partes; en una, la más extensa, cuidada por un jardinero marroquí, estaba situado un jardín versallesco, en donde la naturaleza era domesticada de modo impecable, a fin de crear lo más perfectamente posible el artificio de una belleza ilustrada, humanista, palaciega, y en la otra parte, en los márgenes de la finca, Antonio dejaba que la naturaleza hiciese a su antojo su propio jardín, una belleza salvaje, pero auténtica. Todos los días Antonio paseaba quince minutos por esta selva inspiradora y hermosa. Con ello conseguía mantener un perfecto equilibrio entre la cultura y la naturaleza, entre la natura y la nurtura, entre los libros y la experiencia, entre la erudición y la sabiduría natural, entre su ser adquirido y su ser esencial.

Desde el Gorgias, de Platón, todo pensamiento fuerte de raíces políticas es un pensamiento moral, y la salud del alma pública su objetivo primordial. Por ello, cuando decimos que Pasiones de servidumbre es un producto de las Ciencias Morales, lo estamos a la vez definiendo como un tratado político. Pero no sólo el pensamiento político de García-Trevijano es platónico en ese sentido teleológico (el triunfo de la Idea del Bien), sino que su propia naturaleza arranca del viejo Platón de Las Leyes. Pues si el Platón de la República creía que tras un meticuloso y complicado proceso de educación y selección se podía conseguir gobernantes que asegurasen la felicidad de los ciudadanos de la pólis, el viejo Platón, tras largas y dolorosas experiencias personales, ya no confía en esa bondad adquirida de los políticos, y pone ahora como única garantía del bienestar y la salud moral de la ciudad a las leyes y a sus creaciones institucionales. De la bondad singular de la persona del político se pasa a la bondad innominada de las leyes y las instituciones impersonales. Y ello no es otra cosa que la aceptación de Platón, al final de su vida, de las reglas del juego democrático. Son las reglas y las formas políticas quienes garantizan la libertad de los ciudadanos, y no el comportamiento “profesional” del político, por bien educado que esté. El mismo Aristocles nos señala en el Libro IV: “A los que ahora se dicen gobernantes los llamaré servidores de las leyes, no por introducir nombres nuevos, sino porque creo que ello más que ninguna otra cosa determina la salvación o perdición de la ciudad; pues en aquélla donde la ley tenga condición de súbdito sin fuerza, veo ya la destrucción (“phthorán”) venir sobre ella; y en aquella otra, en cambio, donde la ley sea señora (“despótês”) de los gobernantes y los gobernantes esclavos (“doûloi”) de esa ley, veo realizada su salvación y todos los bienes que otorgan los dioses a las ciudades” (715c-d).

Más aún, que yo sepa, Platón es el primero que propone curar la “enfermedad de los reyes” (“basiléôn nósêma”); es decir, la propensión de todo poder político a abusar y a extralimitarse, dividiendo el ente del poder político en tres partes (“mían ek triôn”), de suerte que el propio morbo connatural de cada poder, al entablar combate por el espacio político con los otros dos “trozos” (ramas, branches, etc.) hermanos en su ansia extralimitadora, sea la mejor garantía de la libertad de los ciudadanos (692c) –desde luego, todo pensamiento universal puede ser reducido a una edición comentada de las obras platónicas
.

Pues bien, de esta misma idea platónica participa la República Constitucional, y, entre nosotros, su máximo corifeo, Trevijano, quien en esta mencionada obra nos expresa su infinito optimismo institucional, el optimismo de uno de los hombres más optimistas que he conocido: “Pero la democracia institucional es posible. Basta con cambiar el sistema electoral y separar los poderes del Estado. Basta con dar a los ciudadanos el derecho de elegir a sus representantes de distrito y de nombrar o deponer directamente a sus gobiernos. Basta con prohibir legalmente el escandaloso cinismo de que hombres o mujeres de un mismo partido, y de una misma elección, sean a la vez legisladores, gobernantes, jueces, administradores, consejeros jurídicos y auditores del Estado” (pp. 192-193).

El viejo Platón ya no ve en el filósofo o en el pensador al gobernante ideal que viera en su madurez, sino que se contenta con que el filósofo sea, siguiendo a su maestro Sileno como nunca, el ciudadano con una afilada conciencia crítica que vigila estrechamente al gobernante para denunciarlo en el momento en que su poder actúe sin imperativo legal. Y ese Platón pudo haber escrito lo que nuestro Trevijano señala en sus Pasiones de servidumbre: “El filósofo no piensa en el poder político, sino en la forma de no hacerlo socialmente temible o peligroso. Habla del poder pensando siempre en la libertad de los que no quieren o no pueden tenerlo. Está dominado enteramente por la pasión de la libertad política colectiva” ( pág. 234 ). Los filósofos en el anciano Platón constituyen un cuerpo llamado “Consejo Nocturno” (¡cómo fragua la noche el sueño del amanecer libre!) que vigilarán la observancia de las leyes más por parte de los gobernantes que por parte de los gobernados. La virtud que radica en el hombre es el fin del Estado, y el Consejo Nocturno actual es la Prensa.

Para Trevijano un verdadero revolucionario –y él se autocalificaba como un revolucionario de la libertad– debe levantar el pasado, resucitar a los muertos de la patria y convocarlos, activar la Historia, para que todo lo que fuimos trabaje también con nosotros, codo con codo, en la gran empresa revolucionaria. Y para ejemplificar esto contaba muchas veces la misma anécdota.

“Tras la Revolución de Octubre, Trotski fue un día a visitar a Lenin que estaba en esos momentos instalando su despacho en el Instituto Smolny, un antiguo colegio para mujeres de la alta sociedad a las afueras de San Petersburgo, creado por Catalina II, el caudillo más ilustrado que ha tenido Rusia, con el fin de enseñar a las altas damas todas aquellas cosas que debían saber en sociedad. Cuando Trotski, el primer Ministro de Asuntos Exteriores del Régimen Soviético, entró sin llamar en el despacho de Lenin, vio a éste subido en una silla clavando una punta en la pared.


¿Pero qué andas haciendo, camarada, subido en esa silla?

 

He clavado esta punta en la pared detrás de mi silla para colgar ese cuadro. Tráemelo, Lev.
 

Anda, pero si es el zar Pedro I.
 

Así es, camarada. Acabamos de formar el primer gobierno revolucionario, y debemos convocar a todos los grandes Manes de nuestra historia. No se puede hacer ninguna empresa grande sin el apoyo activo de la tradición.”



La anécdota, ya digo, la contó Trevijano cientos de veces para subrayar la importancia que debe tener la Tradición como faro en cualquier acción revolucionaria. Coincidía en esto el maestro con Eugenio D´Ors. Aunque demócrata, Antonio siempre admiró, lo mismo que Bertrand Russell, la egregia inteligencia y capacidad de análisis de Lenin.

[El Imparcial

lunes, 28 de octubre de 2019

Enterrar a los muertos

Un vergobreto de los eburones

  
Martín-Miguel Rubio Esteban
 
El Libro de Tobías nos enseña con el ejemplo la obra de misericordia de enterrar a los muertos que, además de obra de misericordia para cualquier buen judeocristiano, supone un deber humano de justicia elemental. Siempre ha sido propio de los tiranos o no enterar o desenterrar a los enemigos, transgrediendo con ello las leyes no escritas ( “nómoi agraptoi” ) que Sófocles defendió de modo sublime e imperecedero en su Antígona. Creonte, el también trágico antagonista de Antígona, llega al poder, como tantos otros tiranos o vergobretos, por carambola, inesperadamente, y no estaba nada preparado para ello. Sus intervenciones son siempre desafortunadas, y choca violentamente con todos con quienes habla, Antígona, Hemón, Tiresias, Eurídice. Creonte, como todos los tiranuelos mediocres, halla en el poder la oportunidad de dar brillo a su eterna obscuridad, tomando por ello medidas más espectaculares que sensatas, como ésta de prohibir bárbaramente el enterramiento de su enemigo Polinices, contraviniendo así un principio no escrito de carácter divino: el poder político tiene como ámbito de su ejercicio el mundo de la vida, el mundo de acá, lo cismundano, y le está vedado hollar el mundo del más allá, gobernado por otras leyes, bajo las que todos los muertos se someten. Hollar el mundo de los muertos es una barbarie precivilizatoria, y el vergobreto español, Pedro Sánchez, lo acaba de hacer como un nuevo Creonte, un Creonte mediocre, en realidad un Creontillo, que incluso carece del aura trágica del personaje griego. Porque no se puede castigar a un muerto, y es el colmo de la cobardía moral.

Centenares de artículos reprobatorios se han escrito ya sobre la exhumación del dictador español Francisco Franco, enterrado hace cuarenta y cuatro años, y quizás no digamos aquí ideas muy novedosas, pero la acción del Gobierno es tan nauseabunda y morbosamente prejuiciosa que no quedará jamás exhausto el sano argumentario crítico.

El conservador Sófocles nos puso en guardia hace veinticinco siglos de la omnipotencia que se podía arrogar el Estado, esa monstruo frío que Nietzsche creía sustituiría a Dios, incluso un Estado como el ateniense, que descansaba teóricamente en la voluntad de los ciudadanos reunidos en la Ekklêsía. Efectivamente ateniense, porque aunque esta tragedia se desarrolla en la Tebas del período micénico, Sófocles está realmente pensando en Atenas y ve a Pericles como un trasunto de Creonte. Y es que el gran Pericles prefiguraba el futuro poder sin límites del Estado, y aunque nunca desenterró a nadie ni impidió enterrar a nadie, colaboró en que lo público comenzase a conculcar en algunas ocasiones el ámbito privado o doméstico. Su hijo sufrió el castigo que se merecen los Creontes, cuando abandonó los cadáveres tras la infausta batalla de las Arginusas flotando en el mar. No cumplir con los deberes elementales que exigen los muertos trae siempre infortunio y desgracias a la comunidad, y el joven Pericles, hijo del gran Pericles y de Aspasia, fue ejecutado junto a sus otros compañeros generales. El gobierno democrático debe estar presidido siempre por la racionalidad y la moderación, manteniéndose a salvo del sentimiento del odio y del prejuicio, por populares que sean, que pueden teñir su ejecutoria de irracionalidad y desenfreno, como puede ser desenterrar a los muertos y obligar a los familiares a enterrar en donde el poder del Estado mande. A falta de hazañas gubernamentales en ninguno de los ámbitos de la acción política, ni en la esfera internacional, ni en economía, ni en hacer frente a las catástrofes naturales, ni en educación, ni en cohesión nacional, ni en orden público, ni en bienestar social, Pedro Sánchez tiene la hazaña gloriosa y aguerrida de vencer a un muerto, y corona su esforzada y valerosa victoria con su desentierro. Suárez no lo hizo, Calvo Sotelo tampoco, tampoco lo hizo Felipe González, quizás el mejor presidente español del siglo XX -a pesar de ser socialista-, y tampoco lo hicieron ni Aznar, ni Zapatero, ni Rajoy, sólo tuvo redaños el caudillo Pedro Sánchez para sacar de su fosa al caudillo Francisco Franco. Con razón el buen rey Alfonso X el Sabio veía un gran misterio en el número siete.

Quien desentierra hoy a Franco, ayer pactó con los herederos legítimos del terrorismo más cruento de Europa sin necesitar tomar un Pépticum. No tiene autoridad moral para desenterrar a un dictador. Quizás los anteriores presidentes –que no lo hicieron– sí. No se vence nunca a los muertos que te vencieron en vida, del mismo modo que el niño que murió a los diez años, siempre tendrá diez años. La historia se hace entre los vivos y sólo se puede luchar con los vivos. Rencoroso poder el de la impotencia.

Para nada quiero mencionar aquí a los jueces y a la Jerarquía de la Iglesia española que, de repente, parecen haber olvidado muy oportunamente las fuentes del Derecho y la antropología cristiana de la muerte, así como el propio magisterio de la Iglesia. La verdad es que es vomitivo.

La muerte es el fin de la vida. La muerte nos enseña que la Historia es irrepetible, y que vengarse de un muerto es una superchería salvaje, y como mínimo una carencia de estilo. Karl Rahner consideraba la muerte como el final de la historia personal de la libertad. Sin libertad, Franco ya no es culpable de nada; la muerte lo ha sumergido ónticamente en la nada. No tiene sentido pensar que la historia corpórea de la libertad continúa más allá de una muerte concebida como fin de la corporeidad histórica del hombre. Los muertos son sagrados porque pertenecen a Jesucristo y es el hombre en su totalidad quien en la muerte se presenta ante Dios y permanece en su presencia. Ecclesia magistra dixit!

Pedro Sánchez pasará a la Historia como un salvaje, un vergobreto de los eburones, alentado por jueces ignorantes y obispos infames. Una página negra más de la Justicia, la Iglesia y la Política. Y digo todo ello como demócrata liberal y, por ende, como antifranquista cerrado.