jueves, 5 de noviembre de 2026
Fetichistas
James Harrington
Ignacio Ruiz Quintano
Abc
La casualidad, que es la décima musa, nos lleva a escribir en martes y trece del 14 de abril, Día del Santo Fetiche, por el advenimiento (que no conquista) de la segunda República.
–Anda, paga tú, que hoy es tu santo y cumpleaños –dijo Curro Fetén, genial crítico taurino, a un gafe que se le pegó en el bar un martes y trece.
Los más fetichistas de aquella República liberal (no democrática, por su dependencia de la forma parlamentaria de gobierno) son quienes se la llevaron por delante, socialistas y comunistas.
–Désenos cierto número de hombres, sean veinte, e inmediatamente haremos una república –escribe Harrington, el ideólogo del republicanismo inglés que en Roma se negó a besar los pies del Papa.
Como república deliberativa, su “Oceana” (Inglaterra) sería una aristocracia natural (inteligentes y virtuosos al mando), y lo explica: veinte hombres (si no son todos idiotas y quizás aunque lo fueren) nunca pueden hallarse juntos sin que haya cierta diferencia entre ellos, de modo que una tercera parte sean más listos, o menos necios que los demás; estos, por el mutuo conocimiento, se destacarán, y como los ciervos que tienen mayores astas, guiarán al rebaño. ¡La aristocracia natural!
Nuestros carneros izquierdistas creen que la república viene de la guillotina, pues ignoran que al caer en el cesto la cabeza del rey la chusma no grita “¡Viva la república!”; grita “¡Viva la nación!”
Y la República americana degeneró, por corrupción, en una oligarquía que hoy, según Lee Smith, ve su relación con China como un escudo y una espada contra sus propios compatriotas: como los Treinta Tiranos de Atenas, los nuevos oligarcas desprecian el sistema político.
–A la oligarquía la llamamos república y Augusto llamó república a la monarquía –tercia Curtis Yarvin, tildado de jacobita porque, nostálgico de Augusto, de Isabel I y de Luis XIV, ve en una monarquía humeana “el único escape concebible del espectáculo de mierda total que estamos condenados a habitar para siempre”.
[Miércoles, 14 de Abril ]
Hughes. AEK, 2-Real Madrid, 3. Sólo falta Vinicius
Hughes
Pura Golosina Deportiva
“The original queen is AEK”, con esta declaración tan extraña en el fútbol (somos las reinas), el Madrid era recibido en otro infierno griego.
Minuto de silencio emocionante en memoria de Jesús de Miguel. Morir en un contraataque ...
Mou asomaba en la banda, cada vez más él. A Mou le está rejuveneciendo el Madrid, al contrario de lo que suele pasar.
El Madrid rotaba, pero de verdad: los centrales, Valverde, Güler y Tchouaméni fuera del once, que dependía de Camavinga en la cimentación y Bernardo en la construcción. El partido, no es de extrañar, nació descontrolado, un poco de culo, y ya muy pronto tuvo Courtois que hacer un paradón.
La intensidad del AEK era muy seria. A veces como madridista sorprende la energía que genera el Real Madrid. Es una renovable en sí mismo.
Diomandé estaba en la derecha y Vinicius en la izquierda. Las comparaciones iban a ser odiosas.
Ya pronto, en el minuto 11, marcó el AEK con golazo de Koita. Una diablura de extremo sobre el nido del Cucu. Yo creo que el 90% del madridismo se dedicó a buscar a Vinicius en la repetición. ¿Estaba ayudando? No.
El Madrid estaba blandito, perezoso, sin entrar del todo en faena, como con medio cuerpo fuera de la ducha, demorando el chorro helador.
Esta sensación de sí y no se remataba con las apariciones individualistas de Mbappé, enredado en la falta de espacios.
En el 18, Courtois ya le paró otra a Jovic, un jugador del que aun hoy cuesta saber qué fue, y probablemente qué sea. ¿Le llegó a pitar el Bernabéu? Tanta frialdad no dejó ni recuerdos. Jovic ha prosperado en Grecia, vecina balcánica. N se puede ir muy lejos.
Le hubiera gustado montar el lío por esas tierras a Güler, pero no estaba. Su labor creativa se añoraba pero fue sustituida por el acarreo como de cartero de Bernardo Silva y luego por la aparición de Bellingham.
El peligroso del AEK era Gacinovic, que por fortuna se fue apagando como un mecherito de esos de publicidad (”Talleres Eusebio”) que daban antes.
El Madrid apareció en ataque con un centro de Diomandé a Kilian. El equipo no estaba aun puesto en el sitio. Parte de la culpa era de Camavinga, excesivamente volandero, pero esto mejoró y Camavinga acabó haciendo un gran partido. Podría decirse que hasta un partido extraordinario, difícil de ver en otros mediocampistas. La energía de ese jugador es asombrosa. El proyecto de encauzamiento de su juego es una obra ingenieril y psicológica de primera magnitud que va a intentar Mourinho.
Un poco antes de la media hora el Madrid ya estaba en el partido. Presión activada, encajonamiento del rival y un lento atornillamiento que daba sus frutos: chut de Vinicius, gol en offside de Bellingham y, en el 31, el 1-1, taconazo del antedicho tras buen pase de Cucu. La jugada había nacido en una gran salida del juego de Rudiger, que a la vez alejó el peligro y creó un contragolpe. Bueno era el inicio que permitió al Madrid, ya hecho o formado, proyectarse en un espacio y mejor fue la finalización, un taconazo de medio lado de Bellingham, con una finura absoluta, en la estela zidanesca que ha emprendido. Llevó con una bella rotación la pelota al otro palo y su cuerpo no perdió nunca la compostura.
El gol hizo eclosionar (una palabra así merece), un fútbol supremo del inglés. Le pedían que se hundiera en los pivotes, error impaciente que cometemos, pero con el gol, en el área, de llegador, creció como mediapunta, como si la ausencia de Güler le redimensionara. Esto está pasando y va a pasar en el Madrid. Bellingham se agigantó.
Su fútbol era esforzado, humilde, indiscriminado, versátil; dirigía, pasaba, controlaba y todo lo hacía con una elegancia aun mayor. En Atenas Bellingham parecía un dios griego, un David o un Apolo de clasicismo conmovedor. Se hacía importante y a la vez se hacía hermoso, una envergadura erguida que se afina piernas abajo.
Ya sabemos que Bellingham es una navaja suiza y marcó, pasó, robó y también distribuyó, y la creación de fútbol se repartió entre los centrocampistas, casi de forma alícuota. Camavinga llevó mucha pelota y dirigió a su modo al equipo. Bernardo hacía diagonales de cartero que no se equivoca de buzón, Camavinga era verticalizador y Bellingham, una vez en la corona, buscaba a las bandas, como en un pase exterior que le dio a Dumfries y que en la retransmisión despertó un gemido de placer de Valdano. Exteriores se pegan bastantes, pero el de Bellingham era diferente. ¿No dejaba un pequeño vacío en el pecho, como de forma que queremos apresar y no se deja, un anhelo melancólico pequeñísimo y a la vez una ligera euforia? Queríamos ver más.
La centralidad de Bellingham, decisión de Mourinho, está devolviendo al Madrid a la belleza, una belleza difícil porque ha de labrarla el propio Bellingham en su mole muscular, en su juego de fuerza, inglés, generoso y noble...
Brillaban ahí él, Camavinga y Cucurella, y por esos andurriales penaba Vinicius, pues un poquito alma en pena se nos ha quedado. Jugador sin ego, quizás esto sea la forma de integrarlo de nuevo en lo colectivo. Vinicius ya no es un problema. Su presencia ya no se siente como un duelo de divas con Mbappé. Puede estar mal, pero ya no es un pavo real o un gallo dibujando a picotazo su territorio.
El AEK se había deprimido. Los cánticos ya eran un mantra desapasionado.
El Madrid había entrado en calor con el gol pero también con la presión. Diomandé era un Camavinga bis y hasta quisimos ver a Vini presionar.
No tenía la noche Mbappé, que repetía sin éxito el salto de la rana.
Dumfries llegaba por su banda y en un par de ocasiones convocó al remate a Vinicius, que fue capaz de cruzarse el área para ello. Esto se celebra como cuando un deprimido abandona la cama y es capaz de cruzar el pasillo para ir a la cocina. Vini preocupa y da un poco de pena. Para algunas tribus africanas, las máscaras son el alma de otra persona. Ponerse una máscara es migrar de identidad y Vinicius cambió la expresión de su cara. Ese chico no se encuentra en el espejo.
El Madrid, que había empezado flojo, acababa la primera parte dominador.
Un reto del equipo era que las parejas, las sociedades valdanistas cuajaran. Dumfries y Diomandé tenían que congeniar (con Dumfries no es fácil), también Bernardo y Camavinga.
Camavinga parecía más inspirado en el primer toque. No controla y toca y vuelve a tocar. En el mismo toque la pisa y la devuelve al juego. Sus primeros controles eran buenos. Sonará exagerado, pero el partido de Camavinga quizás fuera la mayor noticia del partido. Hay que ver sus números, sus kilómetros, la cantidad de subidas y bajadas que hizo...
Bellingham estatuario, Camavinga incansable, como un perro genial que persiguiera el frisbi y, al llegar a tenerlo, se lo volviera a lanzar él mismo... y el tercer portento era Diomandé que penetraba en la banda con un surtido de regates zigzaguante. Encara al rival, traza una diagonal, corrige y cambia de sentido, entonces amaga, hace el contra-amago, y cuando va a salir, se gira, da media vuelta, y vuelta a empezar... en cada lance dibuja algo, una firma endiablada hecha de varias trayectorias...
Y volvía a brillar en la defensa. En alguna jugada le comía el lateral a Dumfries. Sucede que el lateral a veces se meta donde el extremo y le quite espacio, lo que no es tan habitual es que el extremo desplace del sitio al lateral.
Pero en el 51, ay, el Madrid se rompió. Era importante ese instante y Mou salía del banquillo.
Era un hito del partido, al que siguió otro: A Mbappé, por fin, le salía un arriquitaun y su pase posterior lo remató, con mucho peligro, Cucu.
Vinicius se quiso arrancar, pero a primeras del slalom se dejó la pelota. Si eso hubiera sido el Bernabéu, ya le habría caído una pitada wagneriana.
Los extranjeros del AEK, de gran diversidad, le protestaban al árbitro haciendo el mismo gesto grecolatino.
Cucurella hacía otro partidazo. Bueno en ataque y correoso en defensa, pesadísimo para el rival. Defensivamente, Cucu parece la tercera cuñada de Homer.
El juego fluctuaba un poco demasiado. El AEK había caído físicamente, pero con los cambios cogía oxígeno justo cuando el Madrid empezaba a resentirse. La forma de resentirse la conocemos: se alargaba.
Necesitaba cambios el Madrid y entraron Endrick y Valverde. Acierto pleno. Aportaron energía suficiente, aunque el juego no se recuperó del todo, no se cohesionó. Fue un partido resuelto en modalidad de correcalles.
Vinicius, por fin, se fue de alguien, igual que de Walker la noche del City.
El Madrid ya tenía piernas y potencia, pero nunca juntó del todo al equipo. El balance defensivo era malo y así llegó el 2-1 (Pilo): de tenerla Mbappé en el área ajena se pasó al gol en la propia.
El fantasma de la derrota ya se paseaba como la chica guapa que anuncia el round en el boxeo cuando el Madrid empató. Bellingham lanza a Dumfries, que se la pone a Mbappé, llegando como en Barcelona, para rematar. A Mbappé el minimalismo le sienta bien.
Justo antes, Mou iba a sacar a Espí, pero se lo guardó. Tenía a Endrick, que empezó a trabajarse la banda. Su efecto a esas alturas de partido es devastador. La defensa que no estaba rota la termina de romper. Las revienta.
Como la derecha ya era un cañón, Mourinho cambió la otra: Carreras y Brahim, y un poco después Espí, demorado.
Endrick rompía por fuera, chutaba por dentro, sacaba los corners y pasaba “al espacio” de Mbappé, que tiró al larguero.
Mourinho le ha encontrado el sitio a Endrick, Pero eso ya lo tenía, Mou le ha encontrado el momento. Entrará a los 70 minutos para saltar todo por los aires.
Tiene recursos Mourinho, que entre desmontar a los neogalácticos y la ultima ratio de Espí, encuentra el intermedio de Brahim, el acelerador, y Endrick, el reventador de partículas.
Era una asedio el Madrid. Presionaban como leones; acogotados los otros, Y así se repitió el guion de Roma (objetivar el azar, domar lo extraordinario). En el descuento, Valverde robó al borde del área y tardó nanosegundos en armar el disparo. Le pegó como si le diera una leche a alguien. Un ímpetu violento, un arrebato. Ese es su estilo, ya le vamos conociendo. El balón, por supuesto, cogió una pequeña trayectoria alevosa y cuando llegó a las gradas, la enaguas de la reina de Europa, Endrick ya derribaba, abraza y besaba a Valverde. Se tendrán que conocer. Podrían ser la banda derecha en la próxima rotación, que ya no son rotaciones sino combinatorias felices de Mourinho.
Jueves, 5 de Noviembre
miércoles, 4 de noviembre de 2026
Pasó por la vida como una tormenta
La araña
Si en Londres salió la juez Hale (“remainer”) a leer el papel del Brexit con una araña en la solapa, en Madrid podía haber salido el juez Requero (pepero) a leer el supremo aval de Franco con un cuervo al hombro.
De Lady Hale se habla porque lleva una araña en la solapa. No es mal comienzo, si tenemos en cuenta que la justicia es, básicamente, literatura. La araña teje y los fabulistas “textan”: ahí está la tertulia de la araña y la abeja que monta Swift en la biblioteca de Saint James en Londres. Barthes recuerda que “texto” procede de “textus”, participio pasivo de “texo” (tejer): le fascina la hipótesis freudiana de que las mujeres aprendieron a tejer al cruzar los pelos del pubis para hacer con ellos un pene fetiche.
¿Y el cuervo? A mí me gusta por Poe, que lo convirtió en el “icono emblemático” de la necromancia, y por Heinrich, el zoólogo que descubrió su capacidad para el engaño, pues el cuervo finge esconder sus provisiones en un lugar para luego ocultarlas en otro. Como nosotros.
–Entre nosotros –dice John Gray–, los mejores mentirosos son los que se mienten a sí mismos.
Ahora mismo, los españoles.
[Septiembre, 2019]
Miércoles, 4 de Noviembre
martes, 3 de noviembre de 2026
Orgía de muertes
Francisco Javier Gómez Izquierdo
No sé por qué hace quince días, el 24 de octubre, me dio por ir a Adamuz de mañana. Fui a tomar café, pasear por el pueblo y comprar un cupón al cuponero que dio lecciones a los políticos el último 18 de enero, el día de la muerte en los trenes. Cuando aquella tragedia estábamos en El Arcángel, viendo cómo Larrubia marcaba un gol de tres puntos para el Málaga ascensor. No vi al cuponero en ese foro de bares y supermercado de Adamuz y a pesar de no ser aficionado marché con cierto desasosiego que a lo visto se estaba incubando.
El miércoles 28 de octubre a las nueve, la hora de la tragedia trenera repetida en Urda, el pueblo del Cristo en barca, tomaba café en la cantina del pueblo donde nació mi doña en los montes de Toledo y allí explicaba cómo tendría que recoger al hijo el jueves en la estación de C. Real y llevarle el domingo a que cogiera un AVE a Barcelona donde debía estar un mes en el hospital San Pau por labores que le son propias. Ya tenía los billetes. Todo al traste. Al final avión desde Sevilla y olvido total por un tiempo de trenes entre Madrid y Sevilla, camino muy frecuentado por el chico.
No he tenido ánimo de poner nada de los empates de Córdoba y Burgos. Los vi por el móvil, que no es modo mientras un desasosiego me atenazaba la voluntad.
Esta mañana me llega la muerte de Jesús de Miguel, uno de esos currelantes del área a los que se agradece su esfuerzo, insistencia, dedicación... virtudes para clubes modestos, pero virtudes. Hay muchos como De Miguel a los que se agradece su inquebrantable compromiso.
He sentido la obligación de hacer una mención en Salmonetes... pues este chico, aunque madrileño, descendía de Navahermosa, al Norte de los Montes de Toledo, zona ésa de padres trinitarios. Hablaba de él esta mañana tomando café con uno de Ventas con Peña Aguilera que conoce a la familia y ¡Pam! nos ha llegado la noticia fatal. En el Castellón, al que siempre gana el Córdoba, era el complemento ideal de Medunjanin, zurdo de clase formidable que con 41 tacos y la compañía de De Miguel ascendieron al equipo.
Mañanas, tardes y noches de difuntos en los que apatece el café y que tan amargo nos ha salido este 2026.
Descansen todos en paz.
Un ejército hegeliano
Ignacio Ruiz Quintano
Abc
Mientras el ministro de la guerra inglés pide a los ingleses acaparamiento de efectivo, agua y latas de escabeche, el canciller alemán, cuando Audi emigra a América, dice que su mayor preocupación no es la economía alemana, sino el impacto de Rusia en Alemania, y no tiene cara Merz de estar al tanto del sueño de Dostoyevski en Dresde ante el cuadro de Lorrain.
–Si la mayoría de los hombres, las mujeres y los niños del mundo van a morir abrasados a causa de las bombas atómicas, la génesis de esa aniquilación seguramente deberá buscarse en las bocas de los cañones que hablaron en agosto de 1914 –avisa Barbar W. Tuchman en “Los cañones de agosto” (1962), del que el presidente Kennedy entregó un ejemplar al primer ministro británico Macmillan para que los dirigentes mundiales evitaran cometer los errores que condujeron al estallido de la Gran Guerra.
Tuchman recuerda que el año 1914 estaba envuelto en un aura que hacía que todo aquel que la percibiera sintiera compasión por la humanidad. Como ahora (salvo en España, donde la única preocupación nacional es qué dama de honor ocupará la vicepresidencia del gobierno –¿Yoli, Cayetana, Montse?– después de las votaciones de noviembre, el mes de los muertos).
Cuando los liberales ingleses llegaron al gobierno, colocaron de secretario de la Guerra a Richard Haldane, abogado y filósofo (había estudiado en Gotinga, por lo cual sería acusado luego de germanófilo), y era de tal modo las dos cosas que cuando los elementos militares del Gabinete le preguntaron qué clase de ejército preveía él, contestó:
–Un ejército hegeliano.
La conversación terminó en este punto, anotaría en sus memorias. Y de la incompetencia criminal de 1914 como tragedia a la incompetencia criminal de 2026 como farsa, según el célebre aviso de Marx sobre una lectura del filósofo predilecto de Haldane: “Hegel dice, en alguna parte, que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal se repiten dos veces. Pero se olvidó de agregar: la primera, como tragedia, y la segunda, como farsa”.
¿De dónde saca hoy Merz un “ejército hegeliano” para sus cosas? En Hegel, lo Ideal y lo Real son dos aspectos del mismo Ser, que es el Absoluto. Lo Ideal, para Merz, sería que los marines le hicieran el trabajo, pero no van a hacerlo, pues están ocupados recogiendo los pedazos del Globo Terráqueo de Eisenhower que el manazas de Hegseth ha hecho añicos al llevárselo a su despacho. Así que a Merz sólo le queda lo Real, que es que pidió trescientos mil voluntarios y sólo se han presentado doscientos cincuenta. Volvemos a “Los cañones de agosto”:
–En el Almirantazgo, jugaron al bridge después de la cena. Un correo entró una caja roja. Churchill sacó una llave de su bolsillo y la abrió, sacó una hoja y leyó una sola línea: “Alemania ha declarado la guerra a Rusia”.
[Martes, 27 de Octubre]
lunes, 2 de noviembre de 2026
Hughes. Racing, 0; Real Madrid, 3. La unidad de destino está conseguida
Hughes
Pura Golosina Deportiva
Santander tenía que confirmar lo de Barcelona. Estábamos casi seguros, pero había que certificarlo y, efectivamente, el Madrid ya es un equipo fiable. Ya todo es Mourinho en el Madrid. Cuando salen los futbolistas por el túnel, al fondo aparece su mirada desconfiada. Los ojos alerta de Mou velan el Madrid como un búho.
Hubo antes del partido dos minutos de silencio, por Urda y por Todos los Santos. En pocos sitios como en Santander podría ser tan respetado el silencio.
Antes del partido, la cámara del árbitro, gran innovación de la Liga, nos mostraba el diálogo o más bien la gesticulación entre los capitanes y ahí descubríamos el cargo de “representante de campo”, que iba a ser Tchouameni.
El Madrid salía con los de Barcelona con Trent donde Valverde y volvieron a hacer un partido sobresaliente.
Con Huijsen, Trent, Güler y Bernardo Silva lo raro hubiera sido que la pelota no rodara. Güler y Bernardo se buscaban muy pronto, como dos amigos eligiendo asientos en el autobús.
Y muy pronto hubo una gran jugada de Diomandé en el extremo de la que salió cojo. ¿Qué le pasa a Diomandé? No volvimos a ver la repetición de lo que pareció una entrada al tobillo. Le estaban dando el Pack Traumatológico de Bienvenida a la Liga. El árbitro no pitó nada, aunque luego no fue dañino para el Madrid.
Estuvo Yan unos minutos cojeando y el juego pasó a la combinación derechista entre Guler y Trent, una zurda clínica para una diestra sedosa.
Güler se buscaba la vida desde la banda mejorando la de los demás. Le puso un balón-dron personalizado a Mbappé, que inmediatamente después se ganó un penalti tras un regate en el área que acompañó con algo de dramatización. Munuera pitó y Mbappé marcó el 0-1. No pudo pararla Julen Aguirrezabala, no confundir con Kepa Arrizabalaga.
En todas las primeras partes, Güler hace algo (regalar un balón) para recordarnos que es un chiquillo, y siempre ha de ser Courtois el que lo remedie.
El Racing aun lo intentaba con mucho optimismo, a mi juicio demasiado. Destacaba Iker Vicente, un jugador que tiene un aire a Chaves Nogales.
En el Madrid había cohesión, la asabiyah conseguida. La unidad encontrada en Barcelona ya es un hecho. Los jugadores ya están unidos por hilos invisibles que mira Mourinho con aire taciturno. Los entrenadores van todos de negro, pero no todos, es más, ninguno, puede lograr esa mirada.
Había algún detalle de caerse las lágrimas. Por ejemplo, Huijsen presionaba en posición de extremo zurdo. A la vez, iniciaba la salida de la pelota yéndose casi al córner izquierdo, detrás de donde estaba Kroos. Desde esa lejanía abre el campo, gana ángulo suficiente. La sensación es que con esa apertura y con su capacidad para el pase, el Madrid se ha construido una vía nueva, ha ampliado el aeropuerto para sacar la pelota.
De él vino el 0-2. Desde muy lejos conectó con Mbappé, en el mediocampo, de nueve clásico por fin; controló de espalda, la pasó a Güler, de frente, que con un toque, pensado quizás antes de que el mismo Mbappé diera el suyo, buscó a Bellingham en “el espacio”. Bellingham rompió la defensa como si saliera de un biombo de papelillo, y ante el portero hizo su clásica picadita, la elevó como en los dibujos “Campeones” (o Capitán Tsubasa), y marcó el 0-2.
Ojo a Huijsen: presionante y anticipativo en el extremo zurdo, constructor detrás de donde partía Kroos, y entre medias, un central flexible y concentrado.
El Madrid tenía la pelota, iba de banda a banda, y presionaba. Diomandé perseguía a su rival hasta el lateral. Ataca como si no fuera con él, pero defiende como algo personal. En ambos casos, con sentido del duelo. Todo se le hace uno contra uno y el porcentaje que gana en defensa es mayor que el del ataque, siendo el jugador que más regatea de Europa.
De esa facilidad pasmosa dio muestras en el 0-3. Antes se diría un “zapatazo”, pero es que no es eso. Marcó un gol de lejos, un tiro seco, pero tampoco seco; un tiro con curva, pero tampoco. Le pegó para empezar de forma sorprendente. Igual que es una centella en el regate, armó el disparo muy rápido, volcando el cuerpo, sin abrirse, para controlar la trayectoria de la pelota quizás con algún abdominal. Un tiro muy fuerte y muy suave, rápido y fino, armado casi sin espacio, con una mecánica o biomecánica que no entendemos bien aún porque a casi todos nos sorprendió el tiro.
Todos hacían gestos de asombro, pero él mostraba su particular falta de autoconciencia. Sonreía entre incrédulo y travieso.
Los de arriba tenían su gol, así que Güler buscó marcar. A su juego, normalmente altruista, le ponía toppings de egoísmo.
Antes del descanso hubo un contragolpe de 3 contra 2 que entre Kilyan y Güler consiguieron fallar. Los 2 vs. 1, 3 vs 2, 4 vs 3, por lo que sea, se le resisten al Madrid. Quizás sea un morbo por lo clamoroso. O se colapsan en la sencillez. Puede que sea una secuela psicológica de estos años y que con los meses se vaya aclarando.
A Tchouameni se le descubre todos los años. Está volviendo a ocurrir. Él mismo se creció y se animó a chutar de lejos, y más lejos que fue la pelota, que impactó en la tierna faz de un niño pequeño al que casi mata.
El realizador, con buen criterio, se iba interesando por el estado del niño. Tenía eso más interés que el partido. El Madrid aculado ya atrás y jugando a la contra pero con el cuchillo flácido.
¿Eran indolencias lo que asomaba por el campo? Mou se quejaba, e iba arrancando las malas hierbas con miradas fulminantes.
Con poco que hicieran estaban arriba. Mbappé, con ese slalom suyo de follador swingueante, como si nada, tiró al palo.
Diomandé también lo intentó desde fuera. Se veía a los padres protegiendo a sus hijos.
Era y seguiría siendo hasta el final un derroche de ocasiones.
Lo mejor, dada la gafancia, era mantener la puerta a cero, cosa que pudo arruinarse también de haberse pitado una mano de Tchouaméni en el área.
Primero se pitó, pero luego el árbitro empezó a escuchar a gente. Hablaba con los futbolistas, con lo que hubiera al otro lado del pinganillo y mientras, Mou lo miraba todo imperturbable, como un Buda saudoso y con mala leche, el árbitro, tras muchas deliberaciones, admitió irse a ver el penalti en la pantalla.
Tchouaméni tocaba la pelota y ésta contactaba en su mano. Apareció el concepto “mano natural”; una mano quieta, abajo, discreta, sin vida propia. Quien tuviera la mano alegre, un poquito tonta, haría penalti siempre. Qué homofobia el fútbol. Tiene razón Bellerín... La mano al aire sería calificada además una mano “no natural”.
Munuera, no contento con las charlas que llevaba, que le faltaba pedirle informe al Consejo de Estado, se fue a explicarle al entrenador local la decisión. O sea, era un homenaje al derecho administrativo. El entrenador, de negro, hacía que no con la cabeza durante el partido. Iba disfrazado de nihilista en Halloween.
No contentos con el “mano natural”, en la narración televisiva alguien dijo “es un play the ball”.
La gente se encabronó un poquito. Santander se hizo un poquito más Pamplona y cayó un mechero. El árbitro activó el protocolo de seguridad. Más protocolos en un partido que en los trenes...
Se disfrutaba de cosillas. El gran Trent controla la pelota y la deshace, como si recogiera copos de nieve. No es que “mate” la pelota, es que la abre como a una pelota de trapo, la abre y la desentraña. La pelota le hace plof. Estos controles tan definitivos son hasta demasiado buenos y a veces lastran de estatismo al propio Trent, esclavo de sus inmovilizaciones de la pelota.
De repente, algo pasaba en la grada. tenían que atender a alguien... Había más peligro en la grada que en el campo.
Entraron Camavinga, Brahim, y luego Endrick por Diomandé, que al irse le dio la camiseta a un recogepelotas. Al pasar por la banda, con el torso desnudo, las chicas de la grada se miraron nerviosas y se hicieron, sin hablar, la misma pregunta de Georgie Dann.
En esos minutos, hubo ocasiones para arreglar el goal average. Pero eso son cosas que haría el Barcelona. Bellingham se puso otra vez zidanesco (deja vus finales de los 90), y Mbappé irritante. La última contra que desperdició rozó lo disciplinario.
Difuntos
Al hilo de la huesa de Lope de Vega, que a saber dónde andará, Julia Escobar ha sacado a colación una buena frase –las buenas frases son la verdad en números redondos– del entrañable Ramón Gómez de la Serna:
El carácter es destino
Ignacio Ruiz Quintano
Abc
Los griegos decían que el carácter es destino, y todos sabemos que lo que decían los griegos iba a misa. El destino del Real Madrid, desde luego, es su carácter, y sin carácter es imposible encajar en este club. Por no irnos más atrás, la única diferencia entre Vinicius y Mbappé es el carácter: el primero lo tiene, pero el segundo no.
La prueba del carácter de Vinicius es una carrera exitosa en medio de una campaña de “mobbing” perverso como nunca se ha visto contra un deportista profesional, que además ingresa más de lo que gana, aunque el piperío cree que cobra de lo que el pipero se deja en la taquilla. Pura barbarie ibérica, que, como dijera Max Estrella, es unánime. En el país donde el Mono Burgos se quedó sin empleo por bromear con Lamine’2030 haciendo malabares en un semáforo, Vinicius da goles y alegría y, a cambio, ha recibido mordiscos en el cráneo, patadas en las canillas, un muñeco con su camiseta ahorcado en un puente, insultos de “mono” (¡también en TV!), cantos de “¡Muérete!”, linchamiento mediático, persecución arbitral, pitos de los piperos, un Balón de Oro birlado (no para otro artista, sino para un obrero del balón, o destripaterrones), censuras por sus celebraciones, por sus pelos y por sus novias, y ahora que cumple una condena a lo Papillón (cuatro partidos por un tirón de pelo del que la víctima no llegó a percatarse), como un Goicoechea de la vida que dejara el tobillo de Maradona con más flecos que la chaqueta de Búfalo Bill, la maldad española, hermana de la envidia y ambas hijas de la pobreza (no necesariamente económica), pregunta por qué ya no sonríe Vinicius, que, en efecto, no sonríe. Han ganado, y ésa es su victoria.
–Pues Fulano es negro y nadie se mete con él –se defiende el mugrilla que hace de mosca caída en la sopa.
Esta psicología la supo ver bien en la sociedad española Ruano, para quien el gran fantasmón de vida aburrida en un alma de cartón puede salvarse más fácilmente del odio de la chusma que el dandy (en números redondos, Vinicius es el gran dandy de la Champions), porque el dandy irrita lo no flexible, lo no imaginativo que hay en las masas desbordadas, y el que sea testigo de la estulticia general con su pupila irónica saca de quicio a la gran bestia que necesita volver al testigo a su condición etimológica griega: mártir.
–Rara vez la ironía, que es de genealogía patética, no termina en drama. Esto es como la sonrisa, que no es de la familia de la risa, sino de la estirpe del llanto.
A Vinicius lo han matado por Gato Risón (“¿Tú de qué te ríes? ¿No ves que estamos todos “jodíos”?). Los mequetrefes del Sistema lo apartaron del Clásico, donde el Barsita viene de ser apalizado en Champions por los suplentes del PSG, pero con el bálsamo de un árbitro del melifluo Fran Soto. El Barsita es el “Pou Pou” (de Poulidor, eterno segundón) del fútbol español, y querrá celebrar la vuelta en loor de multitudes de Puigdemont con una victoria para cerrar la Liga y dedicarse a la Champions a tiempo completo. El Dyango de los piperos, Klopp, ese fanegas del país de Merz que iba a traernos Riquelme si lo convencía Raúl, que habla alemán de la cuenca del Ruhr, anuncia que va con el Barsita, pues es culé, y es culé porque “el Real Madrid de Pepe daba leña”, y la que más daño le hizo al gusto fue la no patada con expulsión de Pepe a Alves en la Champions por el paisano (¡qué paisanaje!) de Klopp, Herr Wolfgang Stark. Pobre Klopp, al que la leña de Pepe no dejaba ver el bosque de Negreira. Pero, en fin, es dogma del Relato que en la corona de los “valors” culés está no dar patadas ni siquiera en la aceleración del pulso, como Hobbes definió la alegría. Claro que tampoco Vinicius da patadas, y lleva más expulsiones en España que el colombiano Bedoya en su historia.
–Y Kane ¿qué? ¿Otra vez Balón de Oro? –pregunta el abuelo de Majaelrayo.
Magnífico jugador, “totalmente Real Madrid”, como sabía Ancelotti. Únicamente tiene una pega: no huele los títulos. Pero, con la jubilación de Benzemá, hubiera divinizado, aún más, al Madrid. El carácter es destino.
[Sábado, 24 de Octubre]
La tierra y los muertos
[Noviembre, 2016]
Lunes, 2 de Noviembre
domingo, 1 de noviembre de 2026
Amor constante más allá de la muerte*
Lauda de entrada
Nadie muere si vivió de veras. Se mueren sólo los muertos. Si la vida es algo,
no es de ningún modo nuestra vida, sino la vida nuestra en los demás.
La inmortalidad es memoria. Temblor de primavera ausente,
en el invierno del recuerdo. Milagro.
César González-Ruano
Al principio, según Mingote, la gente eran sólo dos.
Nada convence como una buena hipótesis, y la de Mingote es una hipótesis magnífica. El resto bien podemos imaginarlo. Pero, de Pío Baroja a Rocío Jurado, ¿a dónde va toda esa gente que Mingote viene despidiendo desde hace cincuenta años?
–Ya estoy despedido –apunta Ramón Gómez de la Serna en la lauda de entrada a su libro Los muertos y las muertas–. Tenemos que evitar que suceda lo que en las conferencias telefónicas, que las cortan cuando nos falta la despedida. Yo ya quedo despedido.
Foxá contó una vez cómo el padre Guepin, abad mitrado de Silos, paseando por sus soleados claustros románicos con unos amigos, suscitó la conversación de cómo imaginaba cada uno al cielo.
“Va el cortejo fúnebre por la calle abajo, con el muerto a la cabeza. La mañana es alegre y el sol ríe con su buen humor de viejo. Precisamente del sol conversan el muerto y un pobrete –acaso algún borracho impenitente– que va en el mismo sentido que el entierro.
”–Deploro que no te calientes ya a este buen sol, y no cantes tus más alegres canciones en esta luminosa mañana.
”–¡Bah! La tierra es también alegre y su alegría, un poco húmeda, es contagiosa.
”–Siento lástima por ti, que no volverás a ver el sol: ahora fuma plácidamente su pipa como el burgués que a la puerta de su tienda ve juguetear a sus hijos.
”–¿Y los amigos que abandonas?
”–En los camposantos se adquieren buenos camaradas. En la pertinaz llovizna de diciembre charlan agudamente los muertos. El resto del año atisban desde sus derruidas fosas a los nuevos huéspedes.
”–Pero...
”–Algo poltrones, es verdad. Rara vez abandonan sus lechos que han ablandado la humedad y los conejos.
”–Sin embargo...
”–La vida del campo tiene también sus atractivos.”
A Fernández Flórez, por cierto, no le hacía gracia alguna que la exhibición del ataúd donde el interesado va tendido, tan largo como es, sin hacer nada, ofreciera contraste tan agudo con la actividad, con el ajetreo circundante, que para el muerto tiene que resultar vejatorio.
–La prisa de los demás, reveladora de vida, produce, sin duda, una especie de humillación en el difunto. A nadie le puede gustar, por lo menos en los primeros días, que le recuerden que ya no existe, y pasar inactivo, tumbado, entre la riada de apresurados chóferes que hacen sonar las bocinas, de vendedores clamorosos, de transeúntes diligentes, parece que es ir diciendo: “¡Fastidiarse, amigos, que yo me he asegurado ya la holganza!”
–Si a uno lo dejan en su nicho con sol, parece que la instalación es menos impresionante; pero el difunto mejor bragado no puede menos de sentir terror, si toma posesión de su tumba entre tinieblas. Dígase lo que se quiera, la primera noche que se pasa en un cementerio, aunque se disponga de un buen panteón, no tiene nada de agradable. No es posible el descanso, se extraña todo y a cada instante se espera que ocurra algo tremendo.
–En un mundo de hechos, la muerte es un hecho más.
–La muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida.
–Quevedo es el tremendo español, y por eso anda a vueltas como nadie con el tremebundismo de la muerte –dirá, en apoteosis de necrología, el gran Ramón de los muertos y las muertas–. Quevedo estuvo siempre ensayándose con la muerte.
–Eso no es la muerte, sino los muertos o lo que queda de los vivos. La muerte no la conocéis, y sois vosotros mismos vuestra muerte: tiene la cara de cada uno de vosotros y todos sois muertos de vosotros mismos. La calavera es el muerto y la cara es la muerte; y lo que llamáis morir es acabar de morir, y lo que llamáis nacer es empezar a morir, y lo que llamáis vivir es morir viviendo, y los huesos es lo que de vosotros deja la muerte...
–Su mejor poesía –concluye Ramón su Quevedo– es esa en que habla de sus cenizas enamoradas, soneto con algo de epitafio de sí mismo: Amor constante más allá de la muerte.
Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
Venas que humor a tanto fuego han dado,
Medulas que han gloriosamente ardido:
Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.
Mientras aguardaba a su boda con una viuda –¡nada que ver con Lisi!–, Quevedo tuvo la obsesión de expresar poéticamente, al hilo de Propercio, la idea de la pasión amorosa sobreviviendo a la fugacidad del cuerpo. El amor, que diera sentido a la vida, había de dar sentido a la muerte.
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