viernes, 5 de junio de 2026

Retratar a Zapatero




 

Ignacio Ruiz Quintano

Abc


    En lo que el pueblo levanta una estatua al Sabio de Hortaleza en el Wanda, el Estado de Partidos enriquece su belén con un marmolillo del tribuno Rubalcaba en el Congreso y un cuadro del minero Zapatero, al que va a retratar por 38.000 euros, que es la indemnización por dos casas y media bajo el volcán en La Palma.


    –A éste se lo debemos todo –comentó Felipe II al pasar ante un retrato de Fernando el Católico, el rey para quien Maquiavelo escribiera “El Príncipe”.
    

El Maquiavelo de Zapatero, al que también debemos bastante, es Suso de Toro, cazafantasmas de ese “fantasma lumínico” que es, para Ortega, el buen retrato español: el “aparecido como mediador entre el mundo de allá y el mundo de acá”.


    Anunciaba Rivera un viaje a Venezuela para vender derechos humanos, y le llamaban de La Moncloa los de Mariano para que antes de partir se pasara por la oficina de Zapatero, mediador entre lo de allá y lo de acá.
    

Zapatero tiene cara de lenguado, como la Gioconda, así que de ahí no va a salir ni el Inocencio X de Velázquez ni el Domingo Ortega de Zuloaga. “Un bobo solemne”, dijo el mismo Mariano, pero ¿cómo pintar eso?
    

Un bobo no es un tonto, como explicó aquí Ruano. El tonto es duro de corazón y de mollera. El bobo, variante noble del tonto, es tierno: hay en él un estado de pureza. El tonto mira hacia fuera y no ve hacia dentro, al revés que el listo, que ve hacia fuera y no se preocupa de mirar hacia dentro. Téngalo en cuenta el retratista, para no hacer una tontería (no es el tonto el que hace tonterías; las grandes tonterías las hace el listo).
    

El bobo, insiste Ruano, es poético, mientras que el tonto es realista, con un sentido práctico acusado, con un sentimiento urgente del triunfo que tiene también el listo: el tonto consuela sus fallos convencido de que se han cometido con él injusticias en contra suya.


    El bobo, en fin, no llora.


    –Todos caben en este mundo. Pero el mundo no cabe en todos.
    

¿Ven por qué Velázquez hubiera querido ser rentista antes que retratista?


[Noviembre, 2021] 

San Isidro'26. Yemas de Jandilla y un hueso de Santiago Domecq. En la Feria de los Avisos, De Justo ha puesto una caseta. Márquez & Moore



JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ


La corrida de hoy era, según me dijo un señor, una «corrida de figuras». ¡Ah! ¿Y quién torea?, le pregunté, y ahí me enteré de que hoy me tocaba ver en Las Ventas a Emilio de Justo, Borja Jiménez y Víctor Hernández, lo cual me llevó a cavilar sobre qué entenderán algunos por eso de «figura», otro de esos términos devaluados que, a base de sobarlo, ya nada significa. Porque uno piensa en lo que se entendía antes por «figura» y cuesta mucho meter en esa categoría a Emilio de Justo, que da la impresión de no mandar ni en su casa, como para andar mandando en los despachos, aunque se ponga a pegar berridos, que es hoy por hoy lo que mejor se le da. Y los otros dos, pues lo mismo, que si se ponen un poco chulos los coge el empresario de turno y los cancela, como se dice ahora, y los carteles que compone el tal empresario ni se resienten ni se derrumban sin sus nombres pintados en ellos.


Sean o no lo que se dice figuras, lo que sí que consiguieron es que se pusiera un nuevo «No hay billetes» en esos huecos que hay a los lados de la Puerta Grande, señalados por un rótulo de cerámica que dice «Taquillas», lugar donde jamás se ha visto a tantos y tantos «grandes aficionados», amantes del gañote, de la cuchipanda y del «amón»; y aunque nos congratulamos y no dudamos de la veracidad de ese cartel, volvimos a observar en este nuevo lleno la existencia de buenos huecos en las andanadas, aunque es justo reseñar que en todos los burladeros del callejón no cabía ni un alfiler.

 

Otra de las características del particular mundo del toro, aparte de la afición al gañote antes referida, es la de la opacidad. Todo se sabe por dimes y diretes, por «me han dicho que» y por «parece ser que», pero sin un documento oficial que explique al aficionado si es verdad que para aprobar los cuatro de Jandilla que se aprobaron hubo que examinar y analizar a treinta toros, cosa que se comentaba en ciertos corrillos y que, de ser cierta, desbarataría la encomiable misión del veedor, sea éste quien sea. La cosa es que al final, tras tantas idas y venidas, solamente se pudieron salvar, como dignos de ser lidiados en la Monumental, a cuatro de Jandilla, que enlotaron perfectamente echando los dos de más presencia por delante y los dos más zapatuelos por detrás, y para completar la media docena precisa para el espectáculo se trajeron dos de Santiago Domecq.


Para ser justos, los de Jandilla no deberíamos mirarlos con los ojos de mirar a los toros, sino con los ojos del que elige los óleos para una pintura. Nadie en el entorno de esos toros tiene otro interés que el de crear y criar un «producto» que sea óptimo para que un torero pueda expresar su tauromaquia sin recibir por parte del toro otra cosa que apoyo, colaboración y sumisión. En ese sentido no es relevante, cuando se habla de este ganado, echar cuentas de cómo salieron, de cómo pelearon con el penco y el jinete o maturrango que le gobierna o de qué hicieron en el segundo tercio, porque nada de lucimiento en esas fases se ha buscado en estos toros, que son criados exclusivamente con la finalidad de ponerse a disposición del torero de turno para que con ellos pueda llegar a la creación de obras efímeras e inmarcesibles armados de su muleta. Ése es el plan, que se cumple hasta que llega Emilio de Justo y sortea dos yemas de San Leandro llamadas Opaco, numero 94, y Lacerado, número 93, y se comprueba que entre su festival de gritos, bramidos y berridos, es incapaz de aprovechar las inocentes, educadas tranquilas y nada exigentes embestidas de los toros para construir una obra mínimamente estimable. Lo que hemos visto esta tarde se denomina desperdiciar la oportunidad, porque los dos bombones que ha tenido la suerte de sortear han sido el mejor regalo que se podía haber encontrado, si tuviera algo que decir con palabras. Si el Opaco ha sido bueno, lo del Lacerado ha sido como para darle el Premio Nobel de la Paz, porque no creo que se haya visto en la Feria un toro más embestidor y repetidor que éste, que no ha dado muestras de cansancio ni de sofoco. Sin importarle las veces que el pobre Emilio le puso la muleta, acudió a todas sin un mal gesto, sin una mala cara, sin un derrote; incluso con el estoque dentro parecía que esperaba que le pusieran la muleta para ir a ella como los insectos van a la luz. A cambio de sus bondades para el último tercio los dos de Jandilla recibieron un baño de vulgaridad, falta de colocación, ventajismo y ausencia del más leve compromiso, yéndose ambos al otro mundo sin haber llegado a conocer qué es eso del toreo para lo que habían sido criados. Menudo chasco para ellos. A cambio, su percepción del mundo fue torturada por los constantes bocinazos y chillidos de un tío vestido de rosa mejicano y oro que fue tundiéndolos a pases, medios pases, trapazos, chicotazos y alguna trincherilla y el esperpento del final por poncinas a su segundo, todo muy por debajo de lo que las claras embestidas de ambos toros prometían. Los mató a base de descabellos, de forma impropia, un torero que lleva casi veinte años de alternativa al que parece que toda la fuerza se le va por la boca. Los dos toros fueron despedidos con palmas por aquellos que en el toro valoran sobre todo su carácter embestidor.


El Jandilla de Borja Jiménez, de púrpura y oro, fue Libélula, número 22, un jabonero hermoso y armónico que gustó porque entró fuerte al caballo de Tito Sandoval y, tomándolo por delante, lo derribó bellamente. En la segunda entrada lo intentó de nuevo pero sus fuerzas ya no eran las mismas. El toro demostró un buen tranco y disposición al galope en banderillas y todo se acabó cuando Borja Jiménez se dedica a castigar al toro por abajo, en el inicio, a base de doblones y con eso digamos que se carga al toro, que tras ese principio inexplicable ya no vuelve a ser el mismo. Lo intenta Borja en diversos terrenos y la cosa no sale, y mira que lo intenta que hasta le dan un aviso. Luego le salió una pintura, un sardo de Santiago Domecq que atendía por Piernasuelta, número 67, que se empleó en varas, fue bregado con soltura por Juan Carlos Rey y recibido en los medios con pases cambiados por Borja, que hoy no tuvo su día. En ningún momento vio la faena al sardo y anduvo como una tabla en el mar a merced de las olas. Por ningún lado se atisbó algo reseñable de su actuación que fue seguida con la frialdad que se merecía por un público estupefacto al que no se le iba de la cabeza la idea de que dentro de dos días le tenemos anunciado en Las Ventas para vérselas con 6 toros 6. Que Dios le coja, y nos coja, confesados.


Víctor Hernández, de lila y oro, se las vio con su primer Jandilla, Zorrero, número 70, protestado de salida por chico y que apenas conoció la declinación del verbo picar. No fue este el toro que le venía bien a Hernández, acaso porque su embestida es franca y no pone la emoción que falta para hacer singular el toreo del matador. La faena se desarrolla en las más previsibles líneas del neotoreo con todas las cosas inherentes a esa mixtificación, tales como el cite ventajista con el pico de la muleta, la falta de colocación y de remate y demás cosas harto conocidas que componen esta manera contemporánea de concebir el toreo que tanto detestamos. Su segundo fue Versado, número 51, que le arreó un tremendo volteretón según le comenzaba a lancear a la verónica. En varas el toro empujó con fuerza, brío y fijeza, metiendo los riñones y recibiendo lanzazos sin tasa de parte de Agustín Collado. En la segunda vara, igual de mal picado, sacó al caballo hasta el tercio a base de empujar. No tuvo suerte el toro en esto, porque su disposición merecía un mejor trato. Lidia bien Marcos Prieto con un terno muy poco visto de color carmesí y azabache y comienza su faena Víctor Hernández en chaleco, porque  la chaquetilla se la había destrozado el toro en la voltereta del principio. Su actitud en este toro es totalmente distinta a la del primero, volviendo a recordarnos a la personalidad del Víctor Hernández del año anterior, ésa que dicen que se inspira en José Tomás, y si bien opta por las cercanías demasiado cercanas y ahogadoras de la embestida desde el principio, bien es verdad que también plantea su faena con una buena colocación, dejando la pata adelantada y cayendo hacia adelante. Las cercanías que propone hacen que esté dando medios o cuartos de pase, pero la posición del torero, muy cruzado, y la fiereza del toro hacían emocionante lo que se estaba viviendo. Una nueva cogida no le amilanó. El torero remató su obra muletera sin refrendarla con el estoque, pero dejando buen regusto en la afición. Siempre hemos dicho que si el toro pone la emoción los defectos del torero se pueden pasar algo más por alto, sobre todo si hace un esfuerzo como el que hoy hizo Víctor Hernández.


En «toreabilidad» vencieron los Jandilla; en toro a secas la palma fue para Santiago Domecq. Con los 7 de hoy, si no me fallan las cuentas, ya llevamos 78 avisos en la Feria de San Avisos.




ANDREW MOORE
















FIN

Viernes, 5 de Junio

 


Gullit

jueves, 4 de junio de 2026

Shylok


Andréi Vishinski


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Las gansadas de Zapatero son como la “Filosofía de la historia” de Hegel, un libro, según Russell, sin la menor importancia por cualquier verdad que pueda contener, pero muy importante porque presenta un sistema de la historia de acuerdo con el cual se supone que se han desarrollado los acontecimientos históricos, algo que le gusta a la gente.

La fórmula es sencilla y los lectores piensan: “Ahora lo entendemos todo”. Si es falsa, no lo perciben.
A propósito del tabarrón catalán, Zapatero, uno de nuestros juristas más influyentes, ha dicho por radio (¡y sin escándalo de nadie!):
¿De qué se trata, de ser más español diciendo que la ley y punto, y se acabó?
¡Zapatero pidiendo a los oyentes el permiso de cortar su libra de carne de las entrañas de España!

Ihering diría que Zapatero es un Shylok sin Shakespeare. Porque es el espíritu de venganza y el odio los que impulsan a Shylok a pedir al tribunal su libra de Antonio. Pero las palabras que el poeta pone en sus labios son el lenguaje que el sentimiento del derecho lesionado hablará siempre, verdad a la que jamás llegará Zapatero.

Si se quiere saber –dice Ihering– cómo una Nación defenderá en un caso dado sus derechos políticos y su rango internacional, basta saber cómo el individuo defiende su derecho personal en la vida privada.
Hace un siglo avisaba Ortega de que el problema nacional planteado en 1917 (¡como en 2017!) “no consiste en que éstas o las otras gentes se hayan revuelto contra la autoridad del Poder público, sino en que, con tal motivo, hemos descubierto los españoles que el Estado carece de autoridad positiva para hacer frente a las fuerzas de la disgregación”.

Como Nación, España está hoy en otro orden (¡el nuevo orden mundial!), un orden Vishinski:

El camarada Vishinski llegó y lo puso todo en orden. No tengan miedo del derecho, dijo, nos llevaremos bien con él. Lo amputaremos sólo un poco. Y así lo hizo, con la satisfacción general.

El derecho como facultad de las cosas inútiles.


[Julio, 2019]

San Isidro'26. Fiesta de corrales para tarde de gayolas y la tauromaquia más pueblerina que concebirse pueda, con Garrido, Martín y Navalón (con perdón). Márquez & Moore

 


JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ


Anteayer, el respeto, el miedo, la incertidumbre, y hoy, la fiesta, el jolgorio, la parranda. Así es esto de los toros, a los que también se conoce como «Fiesta». Pues para todos aquellos a los que les va la fiesta, hoy la tuvieron en diversas formas y manifestaciones. Lo primero una fiesta en los corrales, cuando el sanedrín veterinario decidió no dar el apto a la corrida que mandaba Lagunajanda, que como ya hemos visto unas cuantas de esos «ganaderos» tampoco vamos a derramar una lágrima por el hecho de que esos animalejos hayan tenido que retornar a Vejer con el rabo entre los cuartos traseros. Lo segundo, la fiesta de las sustituciones: ¿qué prefieres, que te corte la cabeza o que te pegue un tiro?, pues ésa era la duda existencial al saber que las posibles sustitutas eran o bien La Ventana del Puerto o bien Montalvo. Al final la cosa se decantó por Montalvo, que mandó a Madrid un encierro de esos que hacen que a un ganadero un poco escrupuloso se le caiga la cara de vergüenza; no es que entre el que más y el que menos pesaron hubiera una «horquilla» de 102 kilogramos; no es que los toros estuvieran herrados con saña y mala leche; no es que de las seis prendas que trajeron echasen dos a las tinieblas; es que lo que salió por chiqueros fue una troupe de payasos del Circo Price, no de éste de ahora, sino del que estaba en el mismo sitio donde tiene su sede el mentecato de Urtasun, que si fuera toro podría haber llevado en el anca los dos círculos concéntricos de Montalvo con todo merecimiento.


Madrid hoy perdió sus complejos y se reivindicó plenamente como la Primera Plaza de Toros de Pueblo del Mundo. Faltaron puestos con churros, berenjenas de Almagro y algodón de azúcar en la explanada, faltó una noria y unos coches de choque y una tómbola para que la recreación hubiese sido perfecta en lo que concierne al exterior de Las Ventas. En lo tocante al interior todo salió de forma adecuada a la tauromaquia más pueblerina y más de fiestas patronales que se pueda concebir. La disposición de los tres actuantes dio pie a la transmutación, con la ayuda eficiente y necesaria de los ocho toros que salieron por la puerta que custodia don Gabriel Martín, hoy más barquillero que nunca, de los que dos fueron retirados de la circulación por los bueyes siderales que pastorea el ingeniero señor Fernández. La pauta de que la tarde se desarrollaría en un tono de fiesta y jolgorio ya se vio desde el principio, cuando el sufrido portador del cartel, don Alejandro Polo, salió de su negociado portando su pesada herramienta de trabajo para anunciar al primer toro sustituto de la tarde, corrido en primer lugar, faltando en la tablilla el número 2 de los 625 kilos del animal. Observado el error sale un propio portando el número natural que sigue al uno, que es colocado en la tablilla de la que vuelve a caer y cuando don Gabriel se retira y observa el guarismo en el suelo, con su cartel sobre el hombro la emprende a patadas con el número, acaso como homenaje al Mundial de Fútbol que comienza en breve. Estos indicios, el del toro blando y lo del cartel ya nos pusieron sobre aviso de que hoy la cosa iba de jarana.


Para vérselas con los Montalvo contrataron a José Garrido, de visón y oro, a Ismael Martín, de grana y oro, y a Samuel Navalón, de blanco y oro.


El del número 2, el primer sobrero, era de Casa de los Toreros, que ya el nombrecito tiene guasa, y atendía por Laborioso, número 51. Esta ganadería aún no cuenta con antigüedad, pero viene avalada por su procedencia Juan Pedro DomecqTorrestrella, que es como si dijéramos una ostra Guillardeau del número 1 para los amantes del toro que va y viene y no estorba. Comprenda el sufrido lector que no le aburramos con las insustanciales evoluciones del toro en los dos primeros tercios, dado que lo único verdaderamente reseñable son las caídas o caidillas del semoviente. Cuando don Lamberto aporreó sus timbales tocando a muerte ahí se dispuso Garrido a mostrar a la parroquia sus mañas aprendidas en sus diez años de alternativa. Comenzó ¿cómo no? de rodillas, porque ésta de hoy fue tarde de muchas rodillas, y fue desgranando su colección de pases, más vistos que la Puerta de Alcalá, en los que tuvo la precaución de no colocarse bien para uno solo de ellos. El tal Laborioso estaba laborando a favor de obra, eso es que iba y venía, ni una mirada, ni un mohín, ni un mal gesto, y ahí seguía Garrido con sus muletazos descolocados y su cite de aquella manera, cosechando aplausos del público, que parecía que venían a los toros directamente de la Procesión de San Roque. Reseñemos la estocada de Garrido y la muerte brava de Laborioso que, un poco, le redime de su bobería. Una cierta parte del público pidió la oreja y el Presidente, como quien dice el alcalde de la pedanía, sacó el trapo blanco y santas pascuas. El castañito listón que hizo cuarto, Caprichoso, número 38, no tenía el afán correteador del primero. A este le recibió de rodillas a porta gayola, esta de verdad, de la que te pones de rodillas sobre la raya blanca, para contento de los que eso les gusta y luego comenzó su faena, de nuevo de rodillas, en el platillo por no variar. Si con el bueno dio la medida de su talento o de su disposición, con el malo la cosa no acabó de tener lucimiento, habida cuenta de que las trazas que desarrolló en el segundo no distaban de las mostradas en el primero ni apareció ningún propósito de la enmienda sobre lo ejecutado con anterioridad.


A Ismael Martín le echaron por delante a Caprichoso, número 30, primer Montalvo cuya lidia veríamos entera. Lo mejor de Martín es su disposición, sus ganas de estar a todo, desde sacar al toro del caballo toreando hasta entrar en quites, banderillas o lo que haga falta. Había saludado al toro también de rodillas con una larga cambiada. Con la muleta la cosa pierde intensidad aunque el torero quiso dar su emoción a la cosa empezando con pedresinas y luego poniendo en marcha un trasteo muy superficial que es rematado con una estocada tendida. Parece que está haciendo oposiciones a tomar el sitio que ya va dejando el Fandi, con sus mismas armas. A su segundo lo recibió de rodillas en «medios gayolos» y cuando le estaba pasando por verónicas el toro le propinó una fuerte voltereta. Luego, tras haber clavado su primer par de banderillas el Presidente/Alcalde pedáneo decidió echar al toro para que saliera un zambombo de Fermín Bohorquez que atendía por Haragán, número 42, ante el que se verificaron unos nuevos «medios gayolos» y después una media verónica de rodillas en el 10. Un par de banderillas en terrenos del 4 corriendo hacia atrás y clavando toreramente en la cara es lo mejor de toda la tarde, y aunque el par fue excelente nótese cómo éste no se aparta del aire fiestero y provinciano que teñía toda la corrida. Comienza su faena nuevamente de rodillas y desarrolla el temario con argumentos equivalentes a los del primero, para terminar en un festival de bernardinas a go-go, un pinchazo y una estocada.


Samuel Navalón sorteó a Pólvora, número 86, ante el que desplegó unos modos que no acertamos a clasificar, pero que están en la línea de lo que vemos todos los días de manera reiterativa. Su aportación a la tauromaquia de gache fue su exacerbada exhibición de testosterona, poniéndose a milímetros de los pitones del pobre toro, que ya nos gustaría ver a alguno hacerle eso a los de don Pepe Escolar, y luego un clásico final aldeano a base de bernardas antes de cobrar una estocada en la suerte contraria. El sexto y último salió casi a las nueve y media, casi a la hora de irnos a ver los fuegos artificiales, que para no ser menos que sus antecesores también recibió una porta gayola, esta también del tipo «medios gayolos», porque no veas si se puso alejado de la tal porta. Tras el ¡ay! Se volvió a plantar de rodillas para dejar un pase afarolado y también se fue a los medios a ponerse una vez más de rodillas para comenzar su faena, en cuyo transcurso se llevó una voltereta pasando con la izquierda: el toro se paró en medio del muletazo y el torero no se movió, resultando prendido sin consecuencias y siguió sus labor, larga labor, hasta que ya decidió pegar unas bernardas sin la ayuda del estoque, poco lucidas y trompicadas. Pinchazo y estocada.


Faltó en Las Ventas esta tarde un tío rifando un jamón por el tendido*, que es el único detalle pueblerino que se echó en falta hoy. Todo lo demás se cumplió perfectamente.

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* N del E.- Ahí queda la idea, para Amón. ("Amón" es como Pepe Brajeli, apoderado de Curro, llamaba al "jamón". Alternando en la barra, si tenía que ir al lavabo, dejaba el postizo dental sobre el plato para que en su ausencia nadie tocara el "amón")




ANDREW MOORE










FIN

Jueves, 4 de Junio

 


Cerra por obra

miércoles, 3 de junio de 2026

Ex




Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Me juran ante un café con churros que Zapatero desea título nobiliario.

Es natural. En cuatro días, sólo será un ex. La República, aboliendo la aristocracia, sólo consiguió, al añadirles la partícula ex, alargar los títulos de nobleza.

Zapatero no es noble, con lo que su ex no pasa de ser la guinda de la nada. Por eso necesita, como asidero del ex, un título nobiliario, sin menoscabo de su compromiso con todos los pobres de España, sus hijos.

¿Acaso el “New York Times” no llama “Mariana” a Rajoy? ¿Qué nos costará a nosotros llamar “Ramón” a Zapatero?

Y usted, ¿por qué no se llama Ramón? –decía Falla para adular al amigo–. Ya ve usted, ¡Ramón Pérez de Ayala, Ramón Menéndez Pidal, Ramón del Valle-Inclán, Ramón Gómez de la Serna y hasta Ramón y Cajal! Tiene usted que cambiar de nombre. ¡Ah, si yo me hubiera llamado Ramón!

De Gonzalón se cuenta que rechazó un ducado sevillano, sin saber que lo que con Monarquía es nobleza con República es cursilería. Cuando Azaña fundó la Orden de la República, Madariaga, buhonero él, propuso “Villalar”, por los comuneros, u “Orden de la granada”, por la Granada de “Los Puntos”.

¡Jamás! –exclamó Azaña, siempre tan fino.

Y Madariaga (¡buhonero!) creó el “Ciudadano de Honor”, a entregar cada 14 de abril, que el primer año fue para Unamuno, el segundo para Cossío, y al tercero (¡celos!) Azaña lo tiró al cesto.

Veo a Zapatero en campo de plata, como indica la heráldica, siete abarcas en faja (formación de tiqui-taca), y de mote, los versos de Valle-Inclán:

–…hay un zapatero / que silba a un jilguero / la Internacional.

[Diciembre, 2011]

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San Isidro'26. Corridón de "escolares" que pedían a gritos a los tres tenores de Aranjuez. Márquez & Moore



JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ


Dios aprieta pero no ahoga. Aunque en ciertos momentos de desesperación, acuciados a veces por la profunda angustia que nos produce tener ante nuestros ojos el descaste, la bobaliconería, el déjà vu de tantos toros ovejunos plenos de «toreabilidad», llevados por la evidencia de que nuestros días en la piedra de Las Ventas van corriendo unos tras otros a veces sin esperanza, mientras clamamos por que la justicia divina nos envíe una prueba, aferrados a la esperanza de poder contemplar el toro íntegro y pujante, el toro imprevisible, de pronto un día se obra el milagro y se presenta ante nuestros ojos una corrida de toros en el más estricto sentido de la palabra que nos da vigor para seguir aguantando otra paletada más de aquellos animales tan bondadosos que  siguen el trapo con fluidez y permiten a las figuras ligar pases, hacer series largas o larguísimas y mostrar su técnica sin crear dificultades, de esos seres que colaboran y se dejan torear: de los odiados toros-artista.


Hace unos días fue Partido de Resina, luego Saltillo, después Pedraza de Yeltes o Adolfo Martín, cada una de esas ganaderías con sus particulares señas y matices, y hoy, siguiendo esa línea clara de animales con los que no se puede dar nada por supuesto, hemos tenido ante nuestros ojos una señora corrida de don José Escolar: toros que te obligan a mirar constantemente sus evoluciones y sus cambios de humor o de parecer, sus nada inocentes distracciones, su imprevisibilidad, su personalidad y su carácter seco.


Y si hay una característica a resaltar de manera neta en la tarde de hoy, ésa es la de la seriedad de los seis cárdenos en diversos grados que se vinieron a Madrid desde Lanzahíta con el firme propósito de que nadie se riese de ellos en su cara mientras pudieran sostenerse en pie. Por eso es que hoy, nuevamente, desaparecieron de Las Ventas todos esos pases y lances terminados en «-ina» que florecen como un lirio de lluvia tras un chubasco, porque hoy la cosa no estaba como para burlarse de ninguno de estos seis escolares que venían con la lección muy bien aprendida de casa.


Para la lidia y muerte de los toros y, de paso, para pasar un mal rato, los de Plaza1 contrataron a Pepe Moral, de canela y oro; Damián Castaño, de catafalco y oro, y a Gómez del Pilar, de azul y oro. Habríamos pagado una fortuna por ver a los tres tenores de Aranjuez del día 31 frente a esta corrida, para que explicasen detenidamente qué es eso del arte y de parar los relojes.


El primero de la tarde se llamaba Capitán, número 32, y eso nos llevó inmediatamente a tener un recuerdo para el inolvidable Capitán, número 43, de Hernández Pla, que habita por toda la eternidad en el cielo de los toros bravos. Este Capitán de hoy traía encima todas las señas de su origen santacolomeño. Acometió al capote felinamente, mirándolo todo. Su pelea en varas, dejándose pegar y cabeceando, distó mucho de la de su tocayo de hace 47 años, si bien es verdad que las lanzas se fueron a una parte un poco trasera de su anatomía. Cumplieron los banderilleros dejando los tres pares en buen sitio, Juan Sierra fue acosado por Capitán a la salida de los pares con no muy buenas intenciones y Pepe Moral se dispuso a pasar de muleta al toro cuyo pitón más negociable era el derecho, en él basó su actuación, aunque también consiguió algún natural aislado. Una estocada entera le sirvió a Moral para darle la licencia absoluta al Capitán, que fue despedido con palmas.


Chulito I, número 23, fue recibido con palmas de aprobación. En la cosa equina lo de reseñar es que recibió poco castigo y trasero. En los palos Rubén Sánchez y «Toñete» clavaron nones y luego Rubén, pares. Tras un conato por la izquierda, que el toro desbarata, Damián Castaño se dedica a ir labrando al toro por la derecha recibiendo un par de sustos de esos que te dejan desconcertado. La embestida del toro tiene emoción por lo incierta, planteándole Damián la pelea a cara de perro, a despecho de las condiciones del toro. Tras pasarle por las dos manos le deja dos pinchazos y una estocada y, finalmente, hace uso del verduguillo.


Cobrador, número 79, también fue saludado con aplausos por su lámina al aparecer en el ruedo. En la primera vara de Sangüesa no se emplea y el pica le castiga poco; en la segunda vara, más de largo, le cuesta atacar al caballo, pero cuando lo hace empuja fijamente y, de nuevo, recibe poco castigo. Una tercera vara hubiera estado bien, pero don Ignacio Sanjuán sacó el lienzo blanco y nos dejó sin verla. En banderillas Raúl Palancar y Antonio Vázquez primero pusieron nones y después Palancar puso pares. El toro es extremadamente complicado. Puede decirse que cambia en cada serie. No muestra un comportamiento uniforme, y eso complica extraordinariamente la labor de Gómez del Pilar, que se muestra firme y decidido frente a este toro tan desconcertante. Se atasca con el acero en sus tres entradas a matar y se enmaraña con el verduguillo en nueve intentos fallidos y un acierto. El toro recibió palmas al ser transportado por los benhures.


Con el número 27 perfectamente herrado en el costillar aparece Cabestrero, de menos presencia que los anteriores, pero con una descarada cabeza veleta. Su paso por las cercanías del equino no es como para escribir un romance, pues cabecea y cabecea y no se emplea, lo mismo en la primera vara que en la segunda. En banderillas, con la acertada brega de Juan Sierra, recibe pares de David Salvador y Óscar Reyes y, después un solitario palitroque de parte de David Salvador. Cuando llega el tercio de muerte Pepe Moral lo intenta con más ahínco por el pitón derecho que por el otro, recibiendo tarascadas, miradas y malos modos a cambio, por lo que sin gran dilación se va a por el estoque para cobrar un pinchazo y media estocada tirando la muleta en la suerte contraria y 6 descabellos, que no acaban con el toro, porque este se echa cuando le da la gana.


El segundo de Damián Castaño es Minutero, número 24, serio y bien hecho, que da signos de su personalidad desde el principio, en el saludo de capa de Castaño, que le lancea eficazmente. Toma tres varas de Javier Martín, la primera al relance en la que cabecea para quitarse el palo, la segunda, medio mal colocado en la que más bien se deja pegar y la tercera más de lejos en la que acude con alegría y se emplea algo más. El tercio de banderillas se resume en que, al acabar este, el toro lleva en la espalda cinco palos en cinco pasadas. Antes, al inicio, el toro había sorprendido a Rubén Sánchez haciéndole un extraño y lanzándole por los aires sin otras consecuencias que el susto. Con la montera calada se va Castaño al toro, decidido a aguantar sus fieras acometidas y a ir labrándole en la medida de lo posible. El resultado es un trasteo de gran emoción en el que Castaño va sacando los muletazos de uno en uno, aguantando la posición con firmeza a despecho de las petrificantes miradas del encastado toro. A medida que la faena avanza incluso llega a enhebrar los pases a base de decisión, de conocimiento y de valor, con la plaza vitoreándole. Mata mal, como tantas veces, y pierde pie cayendo al suelo para dar lugar a que «Toñete» le haga un quite milagroso, llevándose al toro que literalmente estaba ya encima de él. Pinchazo, estocada y descabello es la cuenta de su tauricidio como preámbulo a una clamorosa vuelta al ruedo y palmas en el arrastre para el toro.


Y para terminar este corridón de toros pusieron a Buenacara, número 45, otro buen mozo que embiste de manera taimada al capote de Gómez del Pilar y que tampoco pasará a los anales por su pelea en el caballo, pues en las dos entradas que hizo a las faldillas se empleó lo justo, recibiendo poco castigo de Pepe Aguado. En banderillas «Candelas» dejó dos en dos pasadas y Antonio Vázquez cumplió con su par. El toro es desconcertante, porque su comportamiento más humillador en la muleta dista una barbaridad del demostrado en los dos primeros tercios. Gómez del Pilar aprovecha la circunstancia y va desgranando una faena con cuajo en la que tira del toro, se coloca y busca el pitón contrario tanto por la derecha como por la izquierda y, tirando el espadín, le pega una serie de derechazos sin ayuda que llega mucho al tendido. Sobraba una última serie que se empeñó en dar y que enfrió un poco los ánimos. Ahí se echó de menos que llevase el estoque de verdad. O lo mismo no, porque no estuvo fino con la espada, cobrando una media lagartijera y luego dos descabellos. Ovación para el toro y lo mismo para el torero fue el resultado de la actuación de ambos, con lo que se ponía punto final a una emocionante tarde de toros que vinieron a Las Ventas dispuestos a no regalar nada.




ANDREW MOORE


 

























FIN