JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ
Hoy tocaba la cita con los Partido de Resina, que ya llevaban la torta de años sin echar una corrida entera en Madrid, y la verdad sea dicha, esperábamos con ansia ver a los toros de la divisa celeste y blanca cantando su temario en Las Ventas. Lo que hemos tenido ante nuestros ojos atónitos ha sido un maravilloso viaje en el túnel del tiempo, volando hacia aquel 8 de abril de 1888 en que se anunciaron en Madrid como procedentes de don Rafael Laffita y del Duque de San Lorenzo, en una tarde primaveral de aquel año tan lluvioso, los toros de don Felipe de Pablo Romero. Aquella tarde se vieron con esta ganadería tres coletas de renombre: Lagartijo, Hermosilla y Guerrita, y eso que la divisa se estrenaba en Madrid, pero en aquella época los matadores de toros eran menos tiquismiquis que en la actual. Tras pasar una buena porción de años en manos de los Pablo Romero, decadentes, blandos y finales, los toros fueron a parar a las manos de Partido de Resina, y ahí llevan cerca de treinta años de esfuerzo por mantener y sostener esta casta única y corregir los muchos errores que con ella se cometieron en el pasado. Hemos visto con preocupación a los toros de Partido de Resina blandos como flanes, caedizos y parados y hemos visto cómo el trabajo de selección iba dando sus frutos en diversas plazas hasta llegar hoy a Madrid en la que estos toros venidos de otra época han sido duros de pezuña, exigentes, demoníacos a veces, cambiantes, duros y plenos de personalidad. Los de Partido de Resina nos han ofrecido una corrida llena de complicaciones, de dudas y de incertidumbres, una corrida a la que no se han apuntado Lagartijo, Hermosilla y Guerrita, o sus equivalentes de la hora presente, pongamos Talavante, Roca y Gordito II, sino tres que pasaban por allí que suman 34 festejos, de los que 24 son de Antonio Ferrera, uno de Calita y nueve de Jesús Enríque Colombo. Un respeto para estos tres.
Los que van a los toros a buscar verónicas de alhelí hoy no han tenido su día, desde luego, porque hoy lo que había en el ruedo era una sucia trinchera en el Somme, barro y desesperación y tres hombres de luces trepando por los parapetos «dejado atrás todo lo placentero», como dijo el poeta. Ahí había seis enigmas, cada cual distinto de los otros, cambiantes y atentos, en cuya testuz llevaban marcada a fuego la palabra «miedo». Los toros de aquella remota tarde de 1888 aliviaron de la pesadez de la vida terrenal a diez caballos; los de hoy, vistas las trazas que se gastan los del castoreño, habrían dejado vacíos los establos del hipódromo de la Zarzuela y hubiera sido bueno ver su comportamiento frente a caballos sin faldas, si hubieran tenido la opción de meter el pitón en lo blando. Mañana está anunciada la ganadería de El Parralejo, toros tontos y previsibles para la sensibilidad contemporánea, pero hoy era la hora de los valientes y hoy no había apenas excusa para tomarla con los de oro, porque la prueba a la que fueron sometidos tuvo mucho de sobrehumana.
Plateadoro, número 2, fue el primero de la tarde y marcó la seriedad general que traía el encierro. Se desengañó de que le clavasen un hierro en la espalda sin poder hacer nada y acudió a la brega cuidadosa que le dio Antonio Ferrera, que en uno de sus arranques de originalidad mandó a los tres peones de la cuadrilla a poner un par de banderillas cada uno, cosa nunca vista. La cosa cambia de signo cuando tocan a muerte, porque a Ferrera le cuesta una barbaridad ir al sitio donde el exigente toro le demanda que se ponga. El cite desde afuera no es el plan de Plateadoro y Ferrera no quiere arriesgarse a meterse en un terreno de más complicación, por lo que pueda pasar. Estar ahí abajo con ese toro debió ser una experiencia de una descomunal intensidad, digamos esto en favor del torero, pero la verdad es que las contadas veces que se colocó bien, especialmente con la derecha, el toro respondió, incluso con cierta nobleza. Mató de estocada.
Alpargato, número 21, es otro toro muy serio, muy en el tipo. Empuja con fuerza en su primer encuentro con Alberto Sandoval y se desengaña un poco en la segunda entrada. No da facilidades a los de las banderillas y propicia un quite muy oportuno de Ferrera, muy atento toda la tarde en la dirección de la lidia, a Delijorge. Se encuentra con Calita, que quiso poner su saber y sus carencias frente al imponente toro y sus derrotes por lo alto y que no acertó con el estoque, dejando al final una estocada improvisada al encuentro.
Escribano, número 20, de gran presencia y aire agresivo, saludó a Colombo poniéndole el pitón a dos milímetros del pecho cuando estaba lanceando con el capote. Llega al relance al caballo de Israel de Pedro, que le da con ganas, y sale de ahí completamente parado. Parece que le ha dado un aire y nadie apuesta por que ese toro vaya a moverse. Colombo se lo piensa un rato antes de coger las banderillas y finalmente se dispone a colocar sus tres pares en los que el toro le aprieta de lo lindo hacia los adentros, al sentir los garapullos. Sorprendente cambio de humor del toro, que llega al último tercio en condiciones de tomar una primera serie con cierto buen aire, hasta que se le avinagra el carácter, acaso por constatar la deficiente colocación del venezolano, que bravamente porfió con el imponente bicho lo que sus fuerzas le permitieron, sin recibir más que hostilidad. Luego, un pinchazo bien agarrado y un descabello le sirvieron para poder irse al burladero.
Capotero, número 8, otro cárdeno bien serio y ofensivo, no dio señales de bravura en su relación con Borja Lorente y su penco, saliendo de naja como habríamos hecho los demás. Esta vez banderillearon los peones, a los que el toro no dio facilidades para cumplir su cometido. Para calibrar la dificultad digamos que, en la segunda pasada, un gran peón y rehiletero como es Ángel Otero pasó clavando un solo palo. En este toro y ante la incomprensión general Ferrera se esforzó en cumplir su cometido. Busca la colocación y sin prisas va labrando al toro pacientemente. Por momentos parece que el animal va a entrar al juego de Ferrera, bien colocado y jugándosela a veces, especialmente en los pases naturales que literalmente le va robando. Muchos no admiten el metraje de la faena y recriminan al matador. Una estocada acaba con el animal.
Alborotador, número 7, casi reedita lo de Alpargato. Sinceramente creo que la prueba a la que se ha sometido a Calita ha sido titánica. El toro toma una vara y se desengaña en la segunda, no ayuda en banderillas y llega con la cara levantada al último tercio, para que se vea que la labor de los picadores es una porquería cuando se trata de vérselas con toros que no son como los de todos los días. Con esos mimbres y su mejor voluntad, Calita aguanta las inciertas oleadas del toro y le deja una buena estocada.
Garrofo, número 1, es la guinda de esta interesantísima corrida. Podemos decir que es el epítome de la maldad en todos los tercios y también podemos decir que es el menos pablorromero de los seis de la tarde. Se declara enemigo del tercio de varas, con poca o nula intención de acudir. Las gentes silban a Pepe Aguado porque pisa la estúpida raya blanca y al final se consigue picar al toro casi de cualquier manera. Colombo toma los palos y tras varios infructuosos intentos decide entregarle las banderillas a la cuadrilla, cosa que nunca antes habíamos visto. Los peones hacen buena aquella coplilla de 1888, también con los de Pablo Romero:
Ambos a dos con los palos
Quedaron a altura igual
estuvieron malos, malos
pero mal, requetemal
y el presidente Rodríguez San Román, viendo el incontable número de pasadas en falso que se habían dado decide sacar el trapo blanco, con lo que crea la furia de la afición que continúa mientras Colombo estaba tratando de vérselas con el taimado cálculo de Garrofo, al que se quitó de encima con una estocada metiendo hábilmente el brazo.
Tremenda corrida de toros la de hoy en la que la palabra «dificultad» presidió todos y cada uno de sus actos. Los toros de Partido de Resina ya no se caen y orgullosamente se descaran con el que se ponga delante. Nadie osó pensar hoy en pases cambiados por la espalda, manoletinas o bernardinas, porque hoy el juego era salvar la vida, porque hoy, en la ruleta de arena de miga de Las Ventas se jugaba con la dureza del toro cambiante y con personalidad, del toro imprevisible en su comportamiento, del toro que no da nada, al que todo hay que arrebatárselo, y a los estetas esto no les gustará, pero a los que somos simples aficionados a los toros, nos encantó esta aterradora corrida de toros.
ANDREW MOORE

ç
FIN