JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ
Cada año, desde hace ya cinco, esperamos estas fechas del último fin de semana de abril para renovar los votos en San Agustín del Guadalix con esa importante asociación de pura Utilidad Pública llamada Club 3 Puyazos. Cada año, por estas fechas, se produce una peregrinación de amantes del toro de lidia y de la suerte de varas, convocados por la llamada del crotoreo de las cigüeñas para penetrar en el coso donde impera la veneración al dios/toro. Si la academia platónica estaba presidida por la conocida frase «Ἀγεωμέτρητος μηδείς εἰσίτω» (Que nadie que ignore la geometría entre aquí), la modesta plaza de toros de San Agustín lo está por la extravagante aseveración «Aquí todo el mundo ha pagado su entrada. No hay invitaciones», extravagante en el contexto del vigente negocio taurino, para demostrar que lo que dentro de la plaza va a suceder no entra dentro de los cánones de dicho negocio. Para evitar sorpresas, los minuciosos organizadores presentan en la plaza un reloj previamente escacharrado, lo cual es un aviso a navegantes de que quien venga a practicar ese moderno toreo de «parar el tiempo y detener relojes» no debe estar en esta feria, por estar ya previamente escacharrado el peluco y no ser necesaria su presencia.
A la convocatoria del Club 3 Puyazos acuden en masa los conversos desde Aragón, desde Valencia, desde Cataluña, desde Extremadura y las dos Castillas, desde Madrid y Andalucía, Murcia y Albacete, desde la Francia y la Italia o la Gran Bretaña y los sitios que me dejo, con la ilusión puesta en la sugerente propuesta de carteles y la seguridad en que primordialmente se tratará de que las cosas sean, como decía Rafael el Gallo, «arrematás».
La propuesta de 3 Puyazos para 2026 ha consistido en una novillada y dos corridas de toros, todas ellas en el formato de desafío ganadero.
I. 2 novillos de Herederos de D. Salvador Guardiola y 2 novillos de Isaías y Tulio Vázquez para Joao D’Alva y Jesús de la Calzada.
La novillada cumplió en lo que la ciencia puede medir, que es la presentación, y defraudó a no pocos espectadores en el juego del ganado, del que se esperaba un comportamiento de mayor agresividad. Bien es verdad que se vieron emocionantes suertes de varas, trabajo denodado de los picas y voluntad a raudales por parte de los ya no tan jóvenes novilleros. Valió más la ilusión puesta por la afición en el cartel que el resultado práctico aunque, qué diablo, era un gusto ver a los Pedrajas de Tulio y a los villamartas de Guardiola a los que ya creíamos extinguidos. La salida del segundo guardiola, Oye-Poco, número 30, fue un viaje en el tiempo al ver la perfección de su lámina, su impecable trapío que proclamaba a los cuatro vientos la pureza de su estirpe. Lástima que un deplorable tercio de varas, que aquí también se da a veces, nos dejase sin apreciar si las condiciones para la lidia del novillo se correspondían con la belleza de su estampa. Su hermano, Escogido, número 38, entró por tres veces al caballo sin dejar una gran huella en la afición. Nos reencontramos con los tulios en San Agustín hace un par de años, tras lustros sin saber de ellos, y ya nos vamos acostumbrando a tenerlos, aunque sea de novillos, una vez al año frente a nosotros. Mantienen la costumbre de echarlos a la plaza con un crotal en cada oreja, a saber por qué, con lo feo que queda. El primero, Ilustre, número 11, serio y cuajado, ofreció un interesante primer tercio con tres puyazos y uno más con el regatón sin que su pelea en varas fuera de las que se relatan a los nietos. A éste, lo mismo que al primero, lo recibió D’Alva a porta gayola, vaya usted a saber por qué, pues nadie se lo demandaba. El segundo Tulio fue Obeso, número 22, del que apenas reseñaremos otra cosa que el puyazo que recibió de manos de Juan Antonio Agudo. Con estas pequeñas desilusiones nos vamos a almorzar, porque a la tarde nos espera un cartel de «No hay billetes»
II. 3 toros de Prieto de la Cal y 3 toros de Reta de Casta Navarra para Sánchez Vara, Joseíllo y Francisco Montero.
Ligero, número 71, fue el veragua que abrió plaza entre ovaciones. Éste, al igual que el resto del ganado que envió Tomás Prieto desde La Ruiza, era de una presencia impecable, un tratado zoomórfico digno de la Escuela de Veterinaria. La presencia de sus productos o la paridad de la presentación del ganado son signos que sirven para distinguir a un ganadero escrupuloso de otro que no lo es, y en ese sentido a los tres jaboneros que salieron por chiqueros no se les podía poner un pero. En comportamiento fueron distintos: este primero recibió las buenas varas de Francisco Navarrete y Sánchez Vara no se quiso confiar, dando esa impresión que a veces da de estar ratoneando sin querer echar al aire la moneda. El segundo de los de Prieto de la Cal, corrido en tercer lugar, fue Hocicón, número 22, que no brilló de manera especial en las tres entradas al caballo del primer tercio y ante el que Francisco Montero se plantó con decisión y ganas de no pasar desapercibido. El trabajo del gaditano se fue desarrollando de poder a poder con un toro que nunca se entregaba, basando principalmente su labor en la mano derecha, consiguiendo por momentos someter al toro a despecho de sus intenciones y llegando netamente al pétreo corazón de la afición por su disposición y su coraje. Cuando cobró una estocada entera se le reconoció su labor con una merecida oreja, que el diestro se guardó para sí, sin arrojarla al tendido. El tercer veragua fue Veragueño (sic), número 47, corrido en quinto lugar que brilló en el tercio de varas frente a Juan Antonio Agudo, el cual recibió sonadas ovaciones por su excelente labor, su monta y la precisión de su trabajo con la vara de detener. Para Joselillo fue un mundo el trasteo con el toro, que no estaba dispuesto a dar nada más que peligro a eso de la muleta, pues los Veraguas para lo que sirven, como bien sabían nuestros abuelos, es para el caballo, y si éste no lleva peto, mejor.
El primero de los Reta fue Picuezo, número 51, corrido en segundo lugar, que vino a aumentar nuestra noción del concepto de «peligro». Helder Pries se encargó de picarlo. El animal se portó de una manera distinta en cada vara de las que tomó: salió suelto, se empleó y, estando remiso a acudir, vio cómo Helder Pries, valientemente, se adelantaba hasta más allá del tercio con su caballo buscando a la fiera y olvidándose de las rayas blancas. Joselillo estuvo hecho un tío ante este imprevisible toro venido de otra época, peleando guapamente por obtener muletazos que parecían imposibles de obtener y mostrando su disposición y su valentía, y habría tenido mayor recompensa si la espada hubiera sido más certera.
El cuarto de la tarde, Señor, número 53, esperaba a Sánchez Vara para conocerle de cerca y presentó sus credenciales derribando el caballo que montaba Aillet en su primer encuentro. Puso banderillas cuarteando, sin atender a los que le demandaban que las pusiese con una silla, y un par al violín que fueron ovacionados. En la faena de muleta dio otra dimensión distinta a la del veragua, siendo el toro probablemente aún más complicado. No le volvió la cara al reto y sin perder la sonrisa se las vio con las tarascadas y trapacerías del toro, en las que la cornada estaba siempre presente. Muy entero y con mucho oficio el alcarreño, dio la vuelta al ruedo tras doblar el de Reta. Y para acabar la tarde de emociones sin tasa, sale Trolero, número 52, castaño chorreado, con los mismos ojos de loco que sus hermanos, pero aún más feroces, acaso el más casta navarra de los tres lidiados. Ahí se va Gabin Rehabi a picarle, cosa que hace de manera exquisita, con una monta como nunca habíamos visto en un caballo de picar y Tornay está superior con los palos. Luego, la prueba de fuego para Montero, con el toro aquerenciado en tablas, robándole los muletazos en una faena de purísima emoción en la que le saca los pases de dos en dos, y a veces de uno en uno no sabemos ni cómo. El toro detesta los espacios abiertos y defiende su peligrosa mansedumbre pegado a los tableros y Montero le da la pelea en donde el toro decide a base de valor, denuedo y torería muy añeja y muy degarrada, cosechando recias ovaciones del público en pie. En este toro debería haber cortado la oreja que le abriese la Puerta Grande, pero la mala colocación del estoque y la tardanza del animal en morir le privaron del triunfo grande.
Como remate, al doblar el toro se desató un descomunal aguacero que puso a todos en fuga y empapados, sin poder comentar en los corrillos la sensacional tarde de toros que acabábamos de contemplar.
III. 3 toros de Dolores Aguirre y 3 toros de José Escolar para Damián Castaño, Juan de Castilla y Maxime Solera.
Todavía bajo la impresión de lo contemplado el día anterior nos encontramos con todos los atónitos aficionados, todos bajo la potente impresión de lo vivido la tarde precedente.
Podemos decir que el mejor lote de la mañana le correspondió a Damián Castaño, Clavituerto, número 45, de Dolores Aguirre y Carpintero, número 77 de José Escolar fueron sus oponentes y en ellos se pusieron, una vez más de manifiesto las luces y las sombras de Damián. Muy hermosa la lámina del doloresaguirre, que pasó por la cosa equina sin brillar en demasía y demostrando su clase y humillación. Damián aprovechó con conocimiento los inicios del toro en dos series emocionantes, incluyendo esos desmayos que tanto le gustan a veces y echando todo a perder por el largo metraje de la faena. «Pronto y en la mano», decía Antoñete, y si un toro puede quedar exprimido en cuatro series es absurdo alargar aquello en un declive que a nadie conviene. Faena larga y muy a menos y espadazo. El toro de Pepe Escolar se lo brindó a doña Isabel Lipperheide, ganadera de Dolores Aguirre, él sabrá por qué. El toro era como mejicano, como esos de Victorino que «hacen el avión» y Castaño se hinchó a darle muletazos, que el animal no le ponía ni medio pero. Castaño aprovechó al toro pero el recuerdo del día anterior era muy fuerte como para entregarse a ese tipo de faena más al uso. Mató mal, como suele. Juan de Castilla reaparecía tras un grave percance. Sorteó a Postinero, número 29, de José Escolar, y a Burgalés, número 27, de Dolores Aguirre. El de Escolar se arrancó con brío a los cites desde el penco y luego Juan de Castilla estuvo a la altura de las condiciones del toro y de sus complicaciones, demostrando el oficio que atesora y una adecuada colocación. Resultó prendido sin consecuencias al entrar a matar. En el de Dolores Aguirre se montó el bochinche cuando se desvirtuó de manera completa el ritual de la suerte de varas. El toro era una preciosidad de animal, de capa melocotón que entró al relance a la jurisdicción de Borja Llorente y comenzó a recibir estopa sin tino ni medida, desatándose la furia en los tendidos contra el pica y, de paso, contra su jefe. La situación quedó ya enquistada y Juan de Castilla fue protestado en su labor hiciese lo que hiciese. Las palmas al toro en el arrastre subrayaron el divorcio.
Maxime Solera sorteó a Tosquetito, número 14, de Dolores Aguirre y a Caminante, número 58 de José Escolar. Casi se acopla un poco más con Tosquetito, pero sin ton ni son le cambia el sitio en el tercio, donde el toro respondía mejor, y tiene que volver a rehacer su faena dictada por un latoso peón desde el burladero. En su segundo, de nuevo, la ausencia de un plan… No merece la pena seguir.
A la salida, de nuevo vuelven a nosotros los de Prieto y los de Reta, que nos persiguen hasta Las Ventas, donde nos espera la de Palha… pero de eso les hablará mañana Pepe Campos.
ANDREW MOORE































