sábado, 24 de febrero de 2024

Lo de Aznar




 

Ignacio Ruiz Quintano

Abc


    Lo de Aznar es Aznar a vueltas con su “Buffalo Bill’s Wild West” por la teleprogresía para colocar en una entrevista (“la necesidad puesta al servicio de la vanidad”, según Jardiel) su autoconsideración narcisista, que le lleva incluso a votar al partido de los Antifa y los BLM, por Hillary y por Sleepy Joe, el candidato, al parecer, de los muertos (¡por eso ese hombre habla como desde el Más Allá!), y que ya está tirando por ahí bombas a lo Bush, a cuya guerra de Iraq se apuntó de Charlot Aznar.


    El charlotismo existe, y Ramón lo clavó en su caja de mariposas así:
    

–Yo diría que el charlotismo ha sido una especie de patosidad de la época. El infantilismo desgarrado, como nueva crisis de niñez de sus vejeces, lo encarnó Charlot como otros muchos pollos y horteras, que correteaban por la vida.
    

España, que había entrado al siglo XX con el dontancredismo de Don Tancredo López, entró al siglo XXI con el charlotismo de Aznar, y hasta aquí hemos llegado, donde el “Movimiento Vasco de Liberación” menea el pil pil nacional.
    

Aznar entró a La Moncloa con un tomo de Azaña bajo el brazo, y una vez allí sólo concedía entrevistas al Cultural y para hablar de Cernuda. Hasta, ¡ay, centrismo loco!, la locura de Bagdad, la ciudad donde los mongoles construyeran cinco pirámides de cien mil cabezas.
    

“Grandes mentiras T2. 2003: la guerra de Irak” es un documental francés de 2018 que estremece por la grosería de los mentirosos: el gobierno y el periodismo americanos.
    

Estos mismos franceses podrían incluir en el serial la Gran Mentira que inaugura la Modernidad: la de su Asamblea Nacional decretando, para no tener que deponerlo, que el rey no ha huido, sino que ha sido raptado. A cambio, los diputados (luego, por cierto, todos regicidas) aprueban la Constitución del 91 y la Declaración de Derechos. Nace el arte de engañarse para mentir al pueblo.


    ¿Por qué siguen interesando al mundo estos hijos de la hipocresía gobernadora? Pues seguramente porque el mundo sólo sea una mentira, y gorda.


Marzo, 2021


“Grandes mentiras T2. 2003: la guerra de Irak” 

¿Qué es una Nación para Savater, Ovejero y Gustavo Bueno?


Hans Kohn


Javier Bilbao


Andaba hace unos años Feijoo por las televisiones afirmando campanudamente que Galicia era una nación sin Estado, habrá que preguntarle qué cree que es aquello que ahora aspira a presidir. Suponemos que dirá que también lo es, y lo más probable es que le dé igual una cosa que otra, siguiendo el ideario —o, deberíamos decir, ocurrenciario— de su predecesor Rajoy. Pero las cosas son siempre susceptibles de empeorar así que, en las elecciones autonómicas de dicha región que se celebran el día en que este artículo se publica, el Bloque Nacionalista Galego, de acuerdo a las encuestas, obtendría el mejor resultado de su historia con el apoyo de en torno al 30% del electorado. Sea cual sea finalmente el número de votos, hay algo que sí podemos prever con certeza: serán demasiados.


¿A qué se debe? No es que todos esos gallegos hayan enloquecido, en realidad muchos de ellos están respondiendo racionalmente a un sistema de incentivos perverso, uno por el cual el golpismo separatista es indultado y los discursos de agravio y desafección antiespañola son premiados con privilegios —tal como han visto en el caso vasco y catalán— de manera que ellos también querrán lo suyo siguiendo aquello de «el que no llora no mama». Pero esa explicación no es suficiente, pues para que todo esto sea posible se requiere previamente una conciencia nacional debilitada, una percepción del patriotismo bajo sospecha o burla, una idea de lo que es la Nación española tan difusa e inconsistente que tolere cualquier forma de deslealtad. Si no hacemos una revisión ideológica profunda de todo ello ahora mismo, pronto será demasiado tarde…


Permítanme que empiece con un leve apunte biográfico. Cuando allá en los años noventa en el País Vasco veía a compañeros de instituto introduciéndose en el mundillo de Herri Batasuna (concretamente en su organización juvenil Jarrai) no dejaba de extrañarme su transformación: era como ver a alguien iniciándose en una tribu urbana o una secta. Les cambiaba el peinado, la forma de vestir, pasaban a tener lugares de encuentro, actividades con las que ocupar su tiempo —ya fueran excursiones campestres, manifestaciones o cosas peores—, un nuevo entorno de amistades y, en definitiva, una causa, una identidad y una comunidad de pertenencia.


Mientras tanto, se sucedían regularmente los atentados de ETA y en las declaraciones y manifestaciones de rechazo encontraba cierto aire desangelado, faltaba algo. Se tenía claro qué se rechazaba (la mayoría de las pancartas consistían en «ETA no/ETA ez»), pero no qué se apoyaba. De tal manera que la sociedad vasca estaba conformada por un núcleo cohesionado formado por Herri Batasuna en su centro y el resto del nacionalismo vasco envolviéndolo, mientras que ya por fuera, como la clara del huevo, la población restante, que era definida en los medios habitualmente como la parte «no-nacionalista»: un agregado de individuos como partículas vagando por el espacio desconectadas unas de otras, cuya identidad se definía al parecer solo por aquello que no eran.  Les recomiendo vivamente que vean este cortometraje titulado 27 minutos, porque recoge bien el espíritu de la época. Recrea un atentado ocurrido realmente en el que la bocina del coche tiroteado estuvo sonando casi media hora en mitad de la calle sin que nadie se acercara. Paradójicamente cada uno de quienes la escuchaban se sentían aislados, y por tanto paralizados, creyendo que el resto del pueblo estaría en contra. Nadie les dijo que no estaban solos. 


Algo de todo esto comenzó a cambiar ya a finales de los noventa con la aparición de la asociación ¡Basta Ya!, a cargo de Savater y otros profesores universitarios. Los «no-nacionalistas» pasaron a ser llamados «constitucionalistas» y lo que se oponía a ETA no era una mera negación en el vacío, sino la Constitución y el Estatuto de Autonomía (en menor medida también la UE). En sus artículos y manifiestos hablaban de la «nación cívica» como ideal frente al «nacionalismo etnicista» encarnado en el separatismo. Mientras tanto, Aznar iba por ahí proclamando el «patriotismo constitucional» y la sola mención de la palabra patriotismo hacía que uno se frotara los ojos. Fue un cambio importante, porque cuando uno no tiene nada ve unas monedas como un tesoro. ¿Pero qué era eso del etnicismo y por qué no reivindicar directamente España y la unidad nacional, que era lo que estaba siendo amenazado? Para entenderlo tendremos que remontarnos unos años atrás.


Orígenes teóricos


Nacido en Centroeuropa y emigrado a Estados Unidos, el historiador Hans Kohn fue el primero en establecer en su obra The Idea of Nationalism, publicada en 1944, una distinción del nacionalismo en dos tipos: uno llamado cívico o político, y otro étnico o cultural. El primero sería racional, universalista, liberal, anglosajón, basado en los derechos humanos (este sería el bueno), mientras que el segundo como es el malo estaría asociado a la sangre, la pertenencia, la lengua, el folclore, los sentimientos tribales, el misticismo, lo primitivo y emocional. El nacionalismo étnico es descrito como característico de etapas tempranas, mientras que la culminación moral y política de una sociedad era el primero. ¿Cuál es el problema con este esquema? Que, recordemos por la fecha, no dejaba de estar sujeta a las circunstancias del momento, de ser en cierta manera propaganda de guerra, teniendo muy presente además la inminente confrontación con la Unión Soviética, pues todos esos atributos correspondían según él a los nacionalismos de Europa oriental. Los nacionalismos cívicos serían idealmente representados para Kohn por cinco países: Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Holanda y Suiza. Es decir, salvo el último, metido para disimular, los demás resultaban ser los Aliados y el futuro bloque atlantista. ¿Y de nuestro país se acordó? Pues lo cierto es que lo menciona repetidamente en la obra, siempre en estos términos: «mientras España permaneció inmune a las revoluciones intelectuales, económicas y religiosas, Inglaterra se nutrió de ellas y se convirtió en el siglo XVII en el hogar desde el que irradiaron al Nuevo Mundo y al continente europeo (…) Así como Inglaterra imprimió sus tradiciones de libertad e ilustración en América del Norte, España imprimió su despotismo y atraso en América del Sur y Central». La contraparte que lo hace todo mal frente al glorioso mundo anglosajón, quién nos iba a decir que una teorización del nacionalismo terminara siendo chovinista…  


El caso es que las circunstancias históricas hicieron que tal distinción entre nación/nacionalismo étnico y cívico resultara muy útil (al margen de que fuera cierta o no), así que arraigó con intensidad en el ámbito académico estadounidense en las décadas posteriores, siendo citado como «Kohn’s dichotomy». Michael Ignatieff escribía en 1994, por ejemplo, que el nacionalismo cívico está constituido por «una comunidad de individuos iguales portadores de derechos que están unidos por un vínculo patriótico a compartir una serie de valores», en oposición a los nacionalismos orientales de masas ignorantes y sojuzgadas. Bajo esta perspectiva, los países no occidentales serían comunidades étnicas carentes de valores cívicos y, simultáneamente, construcciones estatales artificiales, «cárceles de pueblos». Ya es mala suerte.


Pero lo interesante es que también ha sido una dicotomía muy criticada, particularmente en las últimas décadas. Algunos autores señalan, por ejemplo, que el origen de los conflictos que se le achacan al llamado nacionalismo étnico no estarían en un ancestral llamamiento a la sangre, el folclore y la tierra propio de sociedades primitivas, sino en un modernísimo anhelo de lograr un Estado democrático culturalmente homogéneo a la manera occidental, y dado que entre toda esa superposición étnica no es fácil trazar nítidamente las fronteras ahí empiezan los problemas.


No obstante, la refutación más rotunda de la idea de Kohn podemos encontrarla en el interesantísimo artículo de la catedrática de Oxford Yael Tamir ¿Hay una diferencia entre el nacionalismo étnico y el cívico? Lo que plantea Tamir es que todos los nacionalismos, todas las naciones, son conjuntamente étnico-culturales y cívico-políticos, y oscilan en ese continuo entre dos polos según las necesidades del momento. En situaciones como la propia fundación del país, de guerra, crisis económica o división interna será necesario fortalecer esos vínculos comunes que forjan la identidad nacional, apelar al patriotismo y a la dialéctica «nosotros/ellos», mientras que en los momentos de bonanza se pueden aflojar las ataduras (¡nunca del todo!) en favor de un mayor individualismo y reconocimiento de minorías: «la verdadera opción que enfrentan los estados modernos no es entre el nacionalismo cívico y el étnico, sino entre un nacionalismo más o menos liberal. La versión cívica del nacionalismo ofrece un modelo demasiado abstracto y legalista. Si bien el constitucionalismo, los derechos universales y la igualdad de membresía son pautas valiosas para la acción política, cubren un ámbito limitado de la vida de una persona. Más importante aún, ofrecen una base demasiado débil para la cooperación social y política. Esta es la razón por la que el nacionalismo sigue regresando, dejando de lado los ideales cívicos y abriéndose camino hacia el centro del escenario».


Su importación a España


Como ocurre con toda la producción intelectual de los campus estadounidenses, al margen de lo buena o disparatada que sea, más pronto que tarde termina trasladándose a nuestro país y el caso de la falsa dicotomía de Kohn no ha sido la excepción. Se comenzó este siglo, como vimos anteriormente, apelando no a la Nación sino a la Constitución en un contexto tan crítico como el del terrorismo etarra y se repitió lo mismo en relación con el golpe catalán. De entre los intelectuales y académicos que se han manifestado públicamente en torno a la cuestión separatista la mayoría han reformulado de una u otra forma esa idea, bien porque bebieron directamente de esas fuentes norteamericanas o porque repitieron lo que sus colegas españoles decían. Por tanto, si he mencionado en el título sólo a Savater, Ovejero y a Gustavo Bueno es por ser, quizá, los más reconocidos y pertinaces.


Recordemos del primero, por ejemplo, su reciente discurso en Cibeles contra la amnistía. A muchos les vendrá a la mente la polémica con su «Non serviam» aludiendo a Lucifer, pero aquello ya fue suficientemente discutido, así que centrémonos en el resto de su intervención. La premisa central era: «España es importante para proteger nuestros derechos». Enfoque puramente liberal-individualista en el que la nación ni está ni se la espera. España es que haya jueces y un BOE. Pensemos qué capacidad de movilización puede tener eso ¿cuántos soldados han ido a la guerra para luchar por el código penal y el Ministerio de Hacienda en lugar de por su gente, su patria, su pueblo? ¿Si España dejara de ser un Estado de derecho democrático entonces ya sí se podría despiezar? ¿Un Estado catalán que garantizase los derechos fundamentales sería por tanto admisible? Al erradicar todo particularismo queda un universalismo que no interpela a nadie en concreto.


Respecto a Ovejero, «el nacionalismo étnico es propio del fascismo», sostiene, porque el mayor problema de España ahora mismo como bien sabemos es Mussolini y Hitler. Ahí, a lo que hay que estar. Pero nada define mejor su pensamiento (y su reiterado fracaso) que este magnífico párrafo de una entrevista que concedió hace unos meses: «se ha mojado sin dudarlo, con una crítica sistemática a esos nacionalismos, pero con una renuncia clara, también, a contrastarlo con un nacionalismo español que entiende que no existe como tal. Su defensa, para el conjunto, pasa por la idea de la ‘ciudadanía’, que, sin embargo, no ha acabado de calar. ¿Por qué? Ovejero cree que no se ha intentado lo suficiente». Así que hablar de ciudadanía no moviliza ¡Vaya por Dios! Pero la solución es seguir intentándolo otros 20 o 30 años fundando nuevos UPyDs y Cs. Si acaso España sigue existiendo para entonces, porque con estos defensores…


Por último, entiendo que pueda indignar a algunos incluir a Gustavo Bueno junto a los dos anteriores. Al fin y al cabo, era indudablemente patriota y tuvo la lucidez suficiente como para mostrar euroescepticismo a contracorriente en su España frente a Europa, pero el problema es que en este libro repite las mismas categorías de Kohn exactamente con su mismo significado, por poner uno entre tantos ejemplos: «una nueva entidad está naciendo, según esto, desde su principio: es la nueva nación (la nación política) en la que las antiguas naciones étnicas desaparecen de algún modo como tales naciones étnicas para recuperarse como partes del nuevo cuerpo político, que está constituyéndose». A todo ello le añade, eso sí, unas cuantas raíces etimológicas y definiciones de diccionarios antiguos… en lo que no deja de ser un refrito de una teoría que ya nació viciada hace 80 años.


En conclusión, las buenas intenciones no bastan, si algo no funciona hay que cambiarlo, y la admirable valentía de algunos en el pasado —particularmente de Savater— tampoco debería llevarnos a tener que darles la razón para siempre de manera condescendiente. Toda esta retórica liberal que apela al Estado, a la Constitución, a la ciudadanía y a los derechos individuales, pero nunca a la nación; que minusvalora o niega la naturaleza humana con su necesidad de identidad y pertenencia; que pretende aplicar en España un enfoque ilusoriamente post-nacional que en realidad tiene mucho de chovinismo anglosajón y que sirve solo para naciones en su mejor momento que no necesiten defender su propia continuidad (si es que las hay), es todo ello una confusión entre causas y consecuencias, como si al ver que alguien sano no necesita medicinas entonces recomendaran a un enfermo que dejara de tomarlas para curarse. Porque ese nacionalismo sin nación, sin vértigo patriótico, cívico, ilustrado, universalista, descafeinado, pasteurizado, sin sal y sin azúcar, homeopático, no es el que un país en momentos de crisis y fragmentación necesita: no moviliza a la gente, no ocupa el lugar que los nacionalismos periféricos están encantados de monopolizar por incomparecencia del rival. Lo que ahora requiere España es un nacionalismo centrípeto y soberanista de buena graduación alcohólica que pegue fuerte en la cabeza ¡La ocasión lo merece!


Leer en La Gaceta de la Iberosfera 

Sábado, 24 de Febrero

 



La vida

Felicidades a Ana

 


Basin Road Blues

viernes, 23 de febrero de 2024

Alta Cultura


El Tadzio de Visconti


El Tasio de Armendáriz


Ignacio Ruiz Quintano

Abc


El Consejo de Ministros, sea eso lo que fuere, nombra directora para la Oficina de Cultura en La Moncloa, sede de la Alta Cultura, independiente del ministro del ramo Urtasun, el “Tasio” (hablamos del Patxi Bisquert de Armendáriz, no del Björn Andrésen de Visconti) de La Casa de las Siete Chimeneas, sede de la Baja Cultura, la de quienes creen saber, y así no tienen que aprender.


Napoleón, todo un militarón, da nombre al bonapartismo, y en Alemania, como sabemos por Talleyrand, invitaba a almorzar a Goethe, a quien tenía por el primer poeta trágico del país, aunque no tan riguroso como los franceses en las reglas teatrales. “¿Es usted de los que gustan de Tácito?” “¡Sí, Sire, mucho!” “¡Pues bien! Yo no.”


Para Napoleón, una buena tragedia debía considerarse como la más digna escuela de los espíritus superiores: es superior a la historia…, y el historiador Tácito, decía, a él no le había enseñado nada. “¿Conoce usted –pregunta a Goethe– a algún detractor de la humanidad mayor y más injusto?”


¡Y qué estilo! ¡Qué noche, siempre oscura! Yo no soy un gran latinista, pero deduzco que la oscuridad le es propia, con origen en su genio y en su estilo.


Wieland, que acompaña a Goethe en la mesa, recuerda a Napoleón que Racine llamó a Tácito “el mayor pintor de la Antigüedad”, y le apunta una observación: “Vuestra Majestad dice que al leer a Tácito sólo ve a delatores, a asesinos y a bandidos; pero, Sire, eso era precisamente el Imperio romano, gobernado por los monstruos que describe la pluma de Tácito”… Y así entretuvieron una sobremesa de más de dos horas.


Sánchez, todo un doctor, da nombre al sanchismo, cuyas dos cimas culturales son Eurovisión, con la canción “Zorra”, y los Goya, “obscenario” de la ideología oficial de eso que Curtis Yarvin llama “clase directiva profesional”, último paso de la evolución del socialismo con la difusión de las modas aristocráticas entre las clases medias (sociales, intelectuales, financieras). En ese “obscenario”, instalado en la Florencia de la Renault, sólo se habló, entre eructos o regüeldos, de culos y de pollas; de “lo rahez hispánico”, que diría don Claudio Sánchez-Albornoz, algo más que mero exponente de la mala educación de los españoles que Américo Castro atribuía a la influencia arábiga de las frases sucias y escabrosas de Ibn Hazm, padre de la religión comparada, sin caer en la cuenta de que Ibn Hazm era “pura raza española”, al decir de Albornoz, que pone sobre la mesa las frases muy sucias de Séneca en sus epístolas, o las de Marcial en sus epigramas, o las de Beato de Liébana en sus comentarios.


Los pueblos deben poner su confianza en las lanzas de sus soldados más que en el coño de sus mujeres –dijo famosamente la hermana del rey gallego Bermudo II cuando era llevada a Córdoba como esclava para el harén de Almanzor.


Que parece que no hubieran pasado los siglos.


[Viernes, 16 de Febrero] 

Viernes, 23 de Febrero

 


Tirar la toalla

jueves, 22 de febrero de 2024

Trastos


Michael Josselson



Ignacio Ruiz Quintano
Abc


Con la primavera, a derecha y a izquierda, que entre nosotros son lo mismo, granan los manifiestos, y no se explica tanta tontuna.


Es la socialdemocracia, ese trasto viejo que nos dejó la CIA.


Desde la Revolución francesa, con su terror jacobino, su corrupción directorial y su militronchismo corso, Europa no ha hecho sino amontonar mentiras, y hoy, vista desde aquí arriba, cualquier verdad es un vértigo.


Todas las mentiras, jibarizadas, cupieron en la gran matrioska de la mentira elaborada en el 45 para vender que en Italia el fascismo fue una opereta, que en Alemania los nazis fueron cuatro drogadictos (¡de Nuremberg salió vivo Albert Speer!), que en Francia la Resistencia fue unánime y que en España el general murió por falta de aire en el asedio de las masas antifranquistas con paga del 18 de julio.


Para hacer frente a la guerra cultural (cultura es aquí el nombre ideológico de la mentira) de la Komintern de Willi Münzenberg, la CIA creó el Congreso por la Libertad Cultural de Michael Josselson, un plan de engorde para la “intelectualidá” occidental, con muchos ex de Münzemberg expertos en buena propaganda, aquélla en la que el tonto se mueve en la dirección inducida por impulsos que a él le parecen propios. Las listas de los sobrecogedores tienen más gracia que las de Panamá.


Y ahora, conectamos en directo con la guerra fría de la cultura –era un gag de la BBC.


Este Plan Marshall cultural se dirigía al hombre progresista “en perpetuo temblor de la culpa” ante el verdadero hombre comunista. A cambio de los dólares, la CIA pedía postureo de tolerancia moral (diálogo, paz) y equidistancia ideológica entre Urss y América, es decir, la socialdemocracia.

Como el sol de Jardiel a su eclipse, España llegó a la socialdemocracia tarde, en el 77, pero se puso al frente de la manifestación que ahora encabezan Snchz y RiveraPili y Mili de un relativismo cultural que iguala a Velázquez con Argüello, el Muelle grafitero con calle en Madrid.
 
 

Abril, 2016 

Revel, un liberal entre París y Washington



Domingo González


Conocido y reconocido por su talento de polemista y su indiscutible erudición, Jean-François Revel sumaba a estas cualidades la fuerza de unas convicciones personales a contracorriente de su época y de su país. De su época: defendió un liberalismo intransigente contra toda forma de tentación totalitaria cuando casi nadie rechistaba contra la doxa marxista. De su país: resultó un exponente atípico de una corriente pesimista y escéptica en la nación que probablemente más carga de fe militante haya depositado en las capacidades transformadoras de la política. Sin embargo, como veremos después, estas dos consideraciones admiten, si no enmiendas totales, sí al menos parciales.


Un liberal del país que ama las ideas


Nacido en Marsella en 1924, alumno de la elitista École Normale Supérieure y agregado en filosofía, enseñó en Argelia, Méjico e Italia antes de abandonar la enseñanza y consagrarse a una carrera intelectual y periodística independiente. Fue un espíritu cosmopolita, actitud que irradió en sus escritos y se reflejó en sus filias y fobias, pero muy francés en un sentido esencial: el de la máxima fidelidad a ese espíritu nacional resumido en la fórmula que el historiador británico Sudhir Hazareesingh acuñó para su Historia de una pasión francesa: “ese país que amaba las ideas”. Y es que, aunque toda gran nación se considera a sí misma como una patria excepcional, la particularidad de Francia es que asocia esa condición al genio que le permite las mayores hazañas teóricas y las más grandes proezas intelectuales. Como historiador de las ideas, filósofo, periodista, editorialista literario y político, director de colecciones en diversas editoriales, la biografía de Jean-François Revel encaja como anillo al dedo con el sentido epocal de aquello que Michel Winock bautizó como “el siglo de los intelectuales”.


En su caso, eso sí, podría invertirse la consigna que tanto se repitió en el momento sesentayochista parisino: a diferencia de toda una generación seducida por esa “cábala de devotos” (título del libro en el que fustigaba a la casta intelectual infectada por las ideologías totalitarias), Revel prefirió tener razón con Aron a equivocarse con Sartre. Desafió con las armas del intelectual comprometido el tipo de gnosticismo anticapitalista y antiliberal que se manifiesta en el desdén por los hechos y el hombre real. Contra la actitud profética de su gremio, que se autoproclama, tal y como apuntó Voegelin, “conocedor de los medios para salvar al género humano”, Revel se atrevía a pregonar la desnudez de las ideologías entregadas a los porvenires radiantes que pasan por la adhesión inquebrantable y beata al puño de hierro que blanden los poderes salvíficos de la tierra. Como escribió su jefe en el diario L’Express, Olivier Todd, fue un enemigo declarado de la jerga, los sistemas, los gurús, los proyectos de sociedad y las utopías.


Pero ésta es, ya lo advertíamos, sólo una verdad a medias, la que deja a Revel, por así decirlo, en el lado bueno de la historia a la vista del desenlace por todos conocido de la Guerra Fría. Porque el liberalismo de Revel venía de la izquierda humanista y no terminó de separarse de una cierta idea de socialismo que cultivó desde su juventud como resistente durante la ocupación alemana de Francia. Escribió sus primeros ensayos contra la derecha (Lettre ouverte à la droite), contra el general De Gaulle y contra la arquitectura monárquica de la Quinta República. Llegó a la conclusión de que el mayor enemigo del socialismo por él deseado era el comunismo. Conoció muy bien a Mitterrand, y hasta llegó a ser candidato en sus listas electorales durante la larga travesía del desierto del líder socialista, cuya juventud política fue, como es sabido, bien diferente a la suya (quizá por esa razón fue Revel uno de los primeros en retratar a esa esfinge fría e impenetrable que llegó al Palacio del Elíseo en 1981). Por decirlo en los términos de Oakeshott, el liberalismo de Revel procedía de la política de la fe pero terminó afincándose, quizá a su pesar, en la política del escepticismo. Aunque nunca del todo.


En Cómo las democracias terminan, Revel advertía de que la democracia liberal se arriesga a ser un breve paréntesis en la historia si el marco mental de los dirigentes y la opinión pública occidental permanece prisionero de la mala conciencia y la ceguera política. De manera casi natural, y quizá apresurada, trasladó su interpretación sobre la amenaza totalitaria roja a un nuevo actor que iba a sustituirla tras la instauración del Nuevo Orden Mundial: el terrorismo islamista. Esta coalición de enemigos explica en buena medida su apuesta por el modelo norteamericano, por mucho que el liberalismo reveliano fuera, no obstante, decididamente antifukuyamesco. De hecho, más bien podría reprochársele un exceso de pesimismo en sus pronósticos. La astucia de la razón parecía inclinarse hacia el lado perverso de la historia. Precisamente en el momento en el que la humanidad percibía la necesidad de una democracia universal, Revel entendía que el sistema democrático occidental “se corrompe, se desnaturaliza, se falsifica en su centro”. Poco rastro de mesianismo o soteriología democráticas en su cosmovisión.


Liberal impenitente, Revel propuso en sus obras distintos remedios contra el derrotismo democrático. Esta terapia histórica se podía interpretar también al modo de una lucha interior contra las necesidades psicológicas que las distintas formas de totalitarismo satisfacen: superación de los nacionalismos, restablecimiento de la separación y el equilibrio de poderes, adecuación entre el progreso de los conocimientos y la eficacia de la acción y la decisión políticas. Su teoría sobre el conocimiento inútil es, en este sentido, sintomática de su pesimismo civilizatorio. El incremento del conocimiento en múltiples campos del saber no repercute, según Revel, en un espacio público impermeable al racionalismo de los hechos que prospera en la sociedad civil. Por su apego a las leyendas y prejuicios de las ideologías los clercs político-intelectuales siguen conduciendo a las masas por la senda de las quimeras.


Esta actitud general hace de su defensa cada vez más entusiasta de los Estados Unidos un elemento problemático y sintomático de su pensamiento. “Si borra el antiamericanismo, elimina el ochenta por ciento del pensamiento político francés, tanto de izquierda como de derecha”, llegó a decir en una entrevista. Esta posición sin duda revela su disidencia pública. Sin embargo, ni siquiera él logró mantenerse al margen de la imagen deformada de los Estados Unidos que prevalece en el Hexágono.


¿Ni Marx ni Jesús?


Para Revel Norteamérica prácticamente inventó la idea de futuro. Mientras que todas las sociedades anteriores, incluidas las modernas, tenían sus modelos en el pasado (la anticomanía, por ejemplo, de los revolucionarios franceses, maravillosamente restituida por Claude Mossé), los Estados Unidos pueblan su imaginario con una sociedad por venir, ciudad en la colina que será habitada por hombres nuevos sin mancha. Y Revel aspiraba precisamente a un tipo de democracia planetaria nacida de una segunda revolución mundial. Según la atrevida interpretación de Ni Marx ni Jesús, esta segunda venida del espíritu revolucionario sólo podía brotar en virtud del particular dinamismo histórico de los Estados Unidos de América, una “sociedad-laboratorio” llamada a contagiar su estilo de vida a todos los países del mundo, pues “la revolución se descompone en dos palabras: crisis e innovación”. Es aquí donde se puede señalar uno de los grandes errores de su comprensión de los hechos históricos.


Sin duda acertó al entender, quizá antes que nadie, que la revolución no vendría de Moscú sino de América. Pero, ¿ni Marx ni Jesús? La revolución americana no es sino una vía particular y heterodoxa de otros cristianos por otro socialismo. Ahí está el engendro Woke para demostrarlo, acrobacia religiosa, herejía desquiciada de seguidores iconoclastas tanto de Marx como de Jesús, hermanados en la común devoción de la religión victimocrática. No es casualidad que la nueva izquierda europea exprese una admiración indisimulada por esta América liberal y progresista que encaja a las mil maravillas con sus aspiraciones. Cuando Revel vituperaba los residuos de mentalidad totalitaria en la izquierda europea a pesar de los incontestables fracasos del socialismo real, no le faltaba razón: su socialismo podía sentirse mejor representado en Washington. De algún modo, podría repetirse la fórmula de Augusto del Noce: el marxismo fracasó en el Este porque triunfó en el Oeste.


Edgar Morin, que según confesión propia había vivido su militancia en el Partido Comunista francés durante los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado como una forma de misticismo religioso, regresó extasiado de su estancia con los “socialistas” de California en los años sesenta. Alí encontró un ideal que le rejuveneció y que no pudo definir en mejores términos: “Neorousseauismo, ansia de pureza cristiana, calor infantil, tradición libertaria, comunismo utópico, rechazo katmandiano de Occidente”. Jean-Marie Domenach lo expresó de modo menos matizado en la revista Esprit en los años setenta, poco después de la publicación de Ni Marx ni Jesús: “Los Estados Unidos son hoy el más grande país comunista del mundo”. Annie Kriegel recordaba que los comunistas “a su manera, aman América, ya que se sienten en sintonía con sus aspiraciones, sus necesidades, las expectativas que presiden el uso persistente de la metáfora del Nuevo Mundo”. Y añadía: “Que la entrada en la Tierra Prometida pase por la migración o por la conversión, en los dos casos ha sido preciso arrancarse del país antiguo de la Caída y del Pecado, ha sido preciso, en persona, elegir, elegir una nueva manera de ser en el mundo. El emigrante y el comunista comparten una misma experiencia brutal que es la de la ruptura”.


Trotsky, por su parte, en un texto particularmente revelador, confirma esta realidad antropológica esencial que anida en un espíritu revolucionario común a los proyectos prometeicos modernos: los Padres Fundadores de bolcheviques y puritanos comparten los mismos antepasados. Después de la Revolución, apuntaba el creador del Ejército Rojo, la vida humana se ha convertido en un Vivac, es decir, uno de esos campamentos instalados de manera provisional para pasar la noche al raso a la espera de la morada definitiva. Escribió: “¿De qué sirven las casas sólidas -se preguntaban los viejos creyentes de antaño- si estamos esperando la venida del Mesías? La Revolución tampoco construye casas sólidas; para compensar, traslada a la gente, la hacina en los mismos locales y construye barracones. Cuarteles provisionales: tal es el aspecto general de sus instituciones. No porque espere la llegada del Mesías, no porque oponga su objetivo final al proceso material de organización de la vida, sino porque se esfuerza, mediante la investigación y la experimentación constantes, por encontrar los mejores métodos para construir su hogar definitivo. Todas sus acciones son esbozos, borradores sobre un tema determinado”.


Liberal francés…y americano


Revel podría haberse sumado a la corriente principal del liberalismo francés, que no es la de gigantes como Tocqueville, sino aquella otra que ha retratado Lucien Jaume a partir de sus estudios sobre la democracia jacobina y el siglo XIX. Lejos de entronizar al individuo como la Ilustración escocesa, el liberalismo francés lo borra. El individuo liberal a la francesa, consagrado por la Reforma y confirmado por la Declaración de los Derechos del Hombre, debe lidiar con el Estado soberano de matriz bodiniana que lejos de debilitarse se refuerza con la Revolución. En figuras como François Guizot y Victor Cousin se manifiesta este empeño por borrar al individuo sometiéndolo al espíritu geométrico de la centralización administrativa. Fue el francés un liberalismo eminentemente estatista, coloreado además con un espíritu misionero y colectivista, de genuina religión civil republicana. El liberalismo de figuras como Madame de Staël o Benjamin Constant, partidarios de la protección de la conciencia individual y de los derechos del individuo frente al Estado, no se sumó al cauce principal del liberalismo mayoritario en Francia. La anticomanía jacobina se inclinó del lado de la libertad de los antiguos, que exige que el interés de la Ciudad absorba la energía de todos. En La República de los republicanos franceses la interpretación de la Declaración de derechos del Hombre y el Ciudadano siempre fue selectiva. El francés solo sería reconocido como ciudadano a título de soldado, contribuyente, elector o alumno de la escuela republicana. La larga sombra de Rousseau no se desvanece con Robespierre. La humanidad liberal francesa, más allá de la retórica universalista, circuló por el carril de una ciudadanía domesticada por el Estado. Paradojas del liberalismo francés, las llama Jaume.


Si nos extendemos en este punto es simplemente para señalar que Revel habría podido seguir perfectamente el cauce de este liberalismo a la francesa sin traicionar las bases de su pensamiento. Si no lo hizo, tal vez fue porque París ya no era la Meca de la Revolución y Moscú no podía serlo. Quedaba Washington como Tercera Roma del cosmopolitismo socioliberal. No faltaban fuentes filosóficas para fundamentar un liberalismo progresista a la americana. De hecho, en Estados Unidos el liberal es, a grandes rasgos, un socialdemócrata que reza. Es la línea de Herbert Croly, que apelaba a la creación de una Nueva República de “fines jeffersonianos con medios hamiltonianos”. Son aspectos que nos recuerda Patrick Deneen en ¿Por qué ha fracasado el liberalismo? Para este nuevo liberalismo americano “la democracia ya no podía seguir significando independencia personal basada en la libertad de los individuos para actuar de acuerdo con sus propios deseos. En vez de eso, debía estar imbuida de una serie de compromisos sociales, incluso religiosos, que harían que las personas reconociesen su participación en la ‘hermandad que constituye el género humano’ ”. El pastor bautista Walter Rauschenbusch profundizó en esta sensibilidad al proponer un Reino de Dios en la tierra, una nueva forma de democracia que “no aceptaría la naturaleza humana tal y como es, sino que la impulsaría en la dirección de su mejora”. Dewey proponía un “socialismo público” y Croly un “socialismo flagrante”, pero tanto para el uno como para el otro este socialismo se ponía al servicio de la construcción de un nuevo individuo liberado de las ataduras del pasado. Es una corriente que llega hasta Saul Alinsky en el siglo XX, inspirador de Obama, Robin Hood de los suburbios de Chicago, amigo del filósofo católico Jacques Maritain (otro converso, ay, al americanismo) y objeto de la tesis doctoral de Hillary Clinton


Aron recordó en sus memorias que a finales de los setenta Revel todavía se consideraba socialista aunque en el paradójico sentido de que “solo el liberalismo puede colmar las esperanzas del socialismo”. Liberal a fuer de socialista, esta particular visión se manifestó de modo privilegiado en La tentación totalitaria, cuyas primeras líneas rezaban: “El mundo actual evoluciona hacia el socialismo. El principal obstáculo para el socialismo no es el capitalismo, sino el comunismo. La sociedad del futuro tiene que ser planetaria, por lo cual sólo puede realizarse a costa, si no de la desaparición de las naciones-Estado, por lo menos de su subordinación a un orden político mundial”. No es forzar demasiado las cosas afirmar que esta apuesta por el futurocentrismo socialista-liberal, mundialista y antinacional, desideologizado y tecnocrático, hace de Revel un precursor intelectual del macronismo, es decir, una forma de internacional-socialismo de corte saintsimoniano que opera tras la máscara de unas instituciones europeas impacientes por disolver a las naciones-Estado que las fundaron. Unas instituciones inmersas en una carrera federalista que sólo disfraza, con amable semblante, la verdadera realidad del hegemon norteamericano ante el que se inclinan, al menos, desde Jean Monnet. “No es el hombre de los americanos -decía con sorna De Gaulle sobre el banquero de inversiones francés y ‘Padre’ de Europa-, es un gran americano”.


El liberalismo, ¿un socialismo de rostro humano?


“Cuando un país supedita su política exterior a su política interior, es decir, al bienestar de sus ciudadanos –aseveraba Revel, puede considerarse más socialista que cuando actúa a la inversa”. He aquí, por fin, el socialismo de rostro humano tantas veces invocado del otro lado del Muro. Un socialismo centrado en la administración de las cosas del que emana el ídolo del bienestar material. Y autista en cuanto a la concordia interior y la seguridad exterior que define el gobierno de los hombres. No era nada nuevo, en realidad. No en vano, el barón Hertling ya había advertido de este giro de la política contemporánea en 1893: «No hace mucho tiempo que la palabra política designaba exclusivamente la política exterior. Las fuerzas respectivas de los diversos Estados, sus relaciones recíprocas, amistosas o tirantes, sus alianzas variables, sus proyectos y aspiraciones: tal era el objeto exclusivo que interesaba a diplomáticos y hombres de Estado… Después el interés político cambió de orientación, recayendo especialmente en cuestiones de orden interior, tales como la constitución y administración del Estado, puestas al día por el entonces llamado constitucionalismo”. Es una tendencia que Revel jaleó infatigablemente en su obra por mucho que su pesimismo le hiciera lamentar, una vez más, las lamentables resistencias nacionalistas del Estado-nación. El internacionalismo socialista se expresa perfectamente en esta afirmación del Revel “liberal”: “Mientras persista el sistema de Estados-naciones, retrocederá la democracia. Y mientras retroceda la democracia, no podrá instaurarse el socialismo”. Este socialismo no es otra cosa que la utopía liberal de una democracia sin cuerpo. Y podemos decir que nunca se ha avanzado tanto como en nuestro tiempo en esta suicida dirección. ¿Lo hubiera deplorado Revel?


La realidad es que el modelo político de la Unión Europea viró hace ya mucho hacia una nueva forma de totalitarismo liberal-socialista del Bienestar. Un sistema, por tanto, que desafía las rígidas antítesis revelianas: la convergencia de la democracia liberal y un nuevo modo de totalitarismo sin violencia. ¿Olvidó acaso Revel las lecciones y profecías del gran Tocqueville sobre el inquietante horizonte que se cierne sobre una democracia entregada al despotismo paternalista? ¿Habría celebrado esta evolución o la habría interpretado como el cumplimiento de sus pronósticos más tenebrosos sobre la inevitable infección de residuos ideológicos totalitarios en las débiles democracias occidentales? Si fuera así, si la melancolía liberal se hubiese impuesto definitivamente a su fe socialista, el hipotético análisis reveliano se asemejaría hoy al que se nos ofrece desde el Este poscomunista en boca de autores como Ryszard Legutko, quien en Los demonios de la democracia presenta un diagnóstico inmisericorde de la Unión Europea: la UE es hoy la UERSS. “Al contrario de lo que muchos piensan -afirma Legutko-, el mundo demoliberal no se desvía demasiado, en aspectos importantes, del mundo soñado por el hombre comunista que, a pesar de sus enormes esfuerzos colectivos, no pudo construir dentro de las instituciones comunistas. A decir verdad, hay diferencias, pero no tan grandes como para ser agradecidas y aceptadas incondicionalmente por alguien que haya tenido experiencias de primera mano con ambos sistemas y haya pasado del uno al otro”. Es precisamente esta experiencia biográfica la que coloca a este filósofo polaco, eurodiputado del grupo de los conservadores, por encima de la caduca visión de Revel, que en realidad nunca sufrió el totalitarismo en carne propia, por más que lo denunciara siempre con vehemencia y coraje. Comparados con esta lucidez llegada del Este, sus juicios parecen hoy petrificados en un mundo que ya no es el nuestro.


Apocalipsis Yankee, el regreso de Trotsky


Si Revel ignoró que la utopía totalitaria se introdujo bajo otros ropajes en la corriente dominante de las democracias liberales, su apuesta por los Estados Unidos pasó también por alto un rasgo que John Gray expuso magistralmente en Misa Negra: la americanización del Apocalipsis. Esta tendencia apocalíptica de la política norteamericana se agravó especialmente a raíz de los atentados del 11-S de 2001. “Por haber sido fundada sobre una ideología que se reivindica universal, Estados Unidos pertenece afirma Gray a la misma familia de Estados que la Francia posrevolucionaria y la antigua Unión Soviética, pero, a diferencia de estos, el régimen estadounidense se ha mantenido asombrosamente estable”.


La evolución ideológica de Revel no se distingue demasiado de la de los viejos izquierdistas de matriz trotskista que en Estados Unidos fundaron la corriente Neocon, como Irving Kristol, Gertrude Himmelfarb, Daniel Moynihan o Midge Decter. Lo confirma Michael Novak: “La práctica totalidad de este conjunto habían sido hombres y mujeres de la izquierda, y más concretamente, de los sectores que se situaban más a la izquierda que el Partido Demócrata, quizás entre el 2 o 3% más izquierdista del electorado estadounidense. Algunos eran socialistas económicos; otros eran socialdemócratas políticos”. Gray, por su parte, es muy explícito en cuanto a la factura marxista revolucionaria del pensamiento de este grupo de autores: “Lo que los neoconservadores han reproducido no es el contenido de la teoría de Lenin, sino el estilo leninista de pensar. La teoría de la revolución permanente propugnada por Trotsky sugiere la necesidad de demoler las instituciones existentes para crear un mundo sin opresión. Esta especie de optimismo catastrófico que inspiró gran parte del ideario trotskista es también el que subyace a la política neoconservadora de exportación de la democracia”. Es la política que Revel apoyó en sus últimos años, bien es verdad que en la minoría de una atmósfera francesa muy hostil a los Estados Unidos y sus proyectos geopolíticos.


Al igual que los neocon, el proyecto planetario de democracia incorpórea defendido por Revel conservaba una matriz utópica que prescindía del cuerpo nacional, presentando a ambos (democracia y nación) casi como opuestos. Revel se manifestó incluso en favor del derecho humanitario de injerencia, junto a Bernard Kouchner y Mario Bettati. Este último, jurista francés y profesor de derecho internacional, conserva su buena o mala fama gracias a su terrible apotegma, digno de figurar en las páginas del Apocalipsis Yankee: «la soberanía es la garantía mutua de los torturadores”. Muy malas compañías. No había que esperar veinte años de ocupación militar norteamericana en Afganistán para entender que una democracia sin cuerpo es un proyecto mucho más utópico que el de un cuerpo sin democracia. El regreso de los talibanes al poder es una gran lección contra el democratismo multicolor de los misioneros armados y contra el discurso de las almas bellas que lo respaldan.


La soberanía como origen de todos los males: el salto hacia la utopía


Es uno de los grandes errores de la visión política de Revel, la que se manifiesta en su rechazo de la idea de soberanía nacional. En buena medida este error se explica por su concepción típicamente moderna de los conceptos políticos. Entendía probablemente, no sin razón, que la comprensión francesa de la soberanía, la que arranca en el poder absoluto y perpetuo de Bodino y culmina en la voluntad general de Rousseau, era incompatible con la sociedad liberal a la que aspiraba. Pero este es precisamente el callejón sin salida de cierto liberalismo. En vez de apostar por un modelo alternativo de soberanía popular, como el medieval de Altusio, apostó por la denuncia antipolítica de la soberanía nacional. Con la soberanía moderna Revel desprecia no sólo un concepto histórico que se puede (y se debe) criticar sino la esencia misma de lo político, que no se puede rechazar sin negar la realidad misma. Es lo que se llama en Francia jeter le bebé avec l’eau du bain (tirar al bebé con el agua del baño). La desconfianza del liberalismo frente al poder político es tanto más paradójica cuanto que los liberales empezaron por concederle todo al Leviatán en la construcción del hombre nuevo y de la nueva sociedad. Retirarle con una mano lo que han dado con la otra: he aquí la inconfortable posición del alma liberal, eternamente en pugna entre su polo anárquico y su polo macroárquico.


Raymond Aron, que apreciaba personalmente a Revel y que colaboró con él en su común vocación periodística, retrató magistralmente en sus memorias las aporías de su pensamiento: “Lo que me impresionaba en él como escritor era la presencia simultánea de una auténtica cultura y el arte de conseguir que la polémica fuera comprensible para todos los lectores. Sus libros, que simplificaban sin vulgarizar los grandes debates, estaba inspirados por un anticomunismo que él mismo calificaba de ‘visceral’ y encontraban gran audiencia a ambos lados del Atlántico, lo cual demostraba su éxito en un género tan difícil. Al mismo tiempo, me hacía cruces —y así se lo dije cuando nuestras relaciones se hicieron más estrechas— de su empeño en llamarse ‘socialista’, del salto que daba hacia la utopía al alzarse contra las soberanías nacionales, a su juicio el mal por excelencia, el origen de todos los males”. Una vez más, hay en Revel un escepticismo que no termina de despegar, una utopía que se resiste a morir.


En efecto, Revel había escrito en La tentación totalitaria que Maurras había triunfado y Marx fracasado. Un juicio desconcertante: con el principio de la soberanía nacional y el culto de la nación asociado al Estado los principios de la monarquía absoluta triunfaban clandestinamente en el mundo moderno. En parte esto explica el origen antigaullista de su carrera intelectual y su apoyo a Mitterrand. Sus primeros ensayos, El estilo del general y Las insuficiencias del absolutismo, disparaban su munición argumental contra el general De Gaulle y la arquitectura monárquica de la Quinta República. Como intérprete de la genealogía de las ideas no le faltaba razón pero, en este aspecto al menos, no supo ver que al impugnar la empresa gaulliana contra el incipiente federalismo europeísta y la hegemonía militar de la OTAN se ponía del lado de otra tentación totalitaria, una tentación quizá más sutil pero a larga también más eficaz que la encarnada por los Soviets.


En los años ochenta, con la reedición de su libro contra De Gaulle, no renunció a sus juicios contra el general y lo que él estimaba como errores históricos de su interpretación, pero terminó significativamente con estas palabras: “De Gaulle fue grande, no porque fuera infalible, sino porque era capaz de esa rapidez en la decisión y la acción que es la única marca de los verdaderos dirigentes, y que permite decir que, si no hubieran estado allí, mejor o peor, el mundo en todo caso habría sido diferente. ¿De cuántos se puede decir lo mismo?”. ¿Había comprendido por fin que la grandeza de los grandes estilistas de la política termina siendo al final imprescindible para sostener, no sólo la democracia sino también la prosperidad de los pueblos libres? No sabemos lo que Revel hubiera dicho o escrito sobre el curso de los acontecimientos entre su muerte en el año 2006 y la actualidad. Pero quizá esta frase apuntaba en una dirección más estimulante que la que reflejó en escritos anteriores.


Carlo Gambescia ha retratado magistralmente en Liberalismo triste los rasgos de una tradición liberal realista, centinela de los hechos y apegada a las regularidades de lo político. Es una tradición melancólica que conoce bien, como indicaba Berlin, que “del leño retorcido del que el hombre está hecho (…) no puede salir nada enteramente derecho”. Este liberalismo triste tiene los pies firmes en la tierra y se siente extraño al despegarlos. “Es la melancolía orgullosa en Burke; benévola en Tocqueville; fáustica en Weber; distante, tal vez demasiado, en Pareto; inquieta, no obstante el hábito científico, en Mosca; raciocinante en Ortega; febril en Röpke, metódica en Jouvenel; serena en Aron; humilde en Freund; autoirónica en Berlin”.


No hay mimbres en la melancolía reveliana para habitar en este Olimpo del pensamiento. Su visión no expurgó del todo las utopías que, a este o al otro lado del Atlántico, imaginaron “unos nuevos cielos y una nueva tierra” para los hombres. No llegó a ser un verdadero liberal triste. Afortunadamente tampoco fue un triste liberal. Quedémonos con eso.


Leer en La Gaceta de la Iberosfera 

Jueves, 22 de Febrero

 


Los aristogatos

miércoles, 21 de febrero de 2024

El 3 (A la memoria de Andreas Brehme)

 


Con el Zaragoza



            Francisco Javier Gómez Izquierdo

  

El puesto de lateral izquierdo y el rival que llevara el número 10 eran y son detalles que a servidor siempre le han llamado mucho la atención. Ahora el 10 lo lleva cualquiera, y de lateral izquierdo, debido a su escasez o a la insuficiente calidad del disponible, juega un central que es zurdo, un diestro "a pierna cambiada", un extremo sacrificado o un titular del que habla muy bien la prensa, pero que tú ves que no, que no... Laterales zurdos muy distintos convivían en un mismo equipo, tal que Camacho y Gordillo en planteamientos o acomodos tácticos que se entendían perfectamente, pues se aplaudía tanto al férreo marcador como al formidable centrador, pero un lateral que hiciera lo que Gordillo y Camacho a la vez, pocos. Muy pocos. Los que han ido saliendo en la historia, todos legendarios: Maldini, fuera de categoría, Cabrini, Fachetti.., los brasileños Roberto Carlos, Júnior, Marcelo.. o los alemanes Breitner y Brehme.


              Viene el tema a cuenta del sorprendente fallecimiento de Andreas Brehme, uno de los mejores treses de la historia del fútbol que honró la banda de San Siro en la que se consagraron en la misma especialidad del oficio balompédico tipos como Fachetti en el Inter o Maldini en el Milán, así como Cabrini en la Juventus. Simeone, ex-interista también, sacó a Reinildo anoche para que se reivindicara en territorio sagrado, después del desaguisado en Copa contra el Atlhetic de Bilbao, pero Reinildo, que en vez del 3 lleva el 23, a servidor le parece que no, que no... Le salen partidos de bien alto casi notable, pero no es de fiar, y anoche la lió parda en compañía de Rodrigo de Paul.


               El dorsal 3 del Inter de Milán fue retirado en 2006 a la muerte del alma y corazón del club, Giacinto Fachetti, con 64 años. No lo sé, pero es casi seguro que sería Fachetti -lo fue todo en el Inter, murió siendo presidente- quien fichó a Brehme y quien se santiguaría ante esa genialidad que se atribuye a Andreas en la final del Mundial del 90 de lanzar con "la pierna mala" un penalti que valió el Mundial. A Reinildo la jugada tonta de anoche le pilló también en la derecha. Desubicado y como si el espíritu del 3 en modo de ataque atolondrara tanto a él como a De Paul, los dos futbolistas colchoneros propiciaron la victoria interista por 1/0 mientras San Siro recordaba llorando como debe ser un 3 y lo temprano que se mueren. En el Inter nadie más llevará el número sagrado.


      Descanse en paz Andreas Brehme, un fenomenal pelotero que al parecer no supo disfrutar de la gloria que alcanzó.

¡Mentira!


La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira


Ignacio Ruiz Quintano
Abc


Desde que Platón criticó las mentiras de Homero, la mentira es la verdad de la imaginación.

La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo, tiene dicho Revel, es la mentira. Por eso resulta entrañable comprobar que el único argumento del español de orden contra la sedición sea que los sediciosos dicen mentiras (muy bien apañadas, por cierto, como ha demostrado Hughes en su indagación sobre ese “derecho a decidir” que hace que la Independencia pueda alcanzarse buscando, gritando y pidiendo... democracia).


En la política no hay más verdad que el poder: conquistarlo, defenderlo y ampliarlo. El resto es literatura (no siempre homérica): mentiras.


En el nazismo todo era mentira, menos lo malo. Pero la mentira no es un invento nazi: Lenin desencadenó la Revolución de Octubre, de la que ahora se cumplen cien años, al grito de “¡Todo el poder para los soviets!” Pero cuando en la rebelión de Kronstadt los soviets se alzaron contra la dictadura del Partido, Lenin no dejó en pie más que “el soviet de la Complutense” (?) que dirigía, antes de colocarse como partisana en el Ayuntamiento de Madrid Rita Maestre.

La madre de todas las mentiras es la Revolución francesa, una mentira en sí misma, y partera, en lenguaje marxiano, del terrorismo (Convención), la corrupción (Directorio) y el militarismo (Imperio) ilustrados. De la mentira de la Bastilla (espectáculo de la chusma que a Saint-Just le pareció “propio de caníbales”), bendecida por el “Te Deum” real, a la Gran Mentira del 15 de julio del 91 con el decreto de la Asamblea que transforma la huida del rey a Varennes… ¡en rapto!... a fin de detener la Revolución, que avanzaba hacia la abolición de la propiedad.

La Europa contemporánea se balancea sobre una telaraña de mentiras alrededor de la Mentira Suprema: la resistencia de las naciones continentales al fascismo. Y la acedía moral que produce la combatimos chupando caramelos “toffee” del “Estado de Derecho”, tautología huera, chirle y hebén que… ¡ya ven! 


Octubre, 2017

Miércoles, 21 de Febrero

 


Barbería gallega

martes, 20 de febrero de 2024

Vigny-sur-Seine


Céline


Ignacio Ruiz Quintano

Abc


Con los guardias civiles asesinados en Barbate de cuerpo presente (Realidad), el gobierno se fue de smoking a una kermese goyesca en Pucela (Ficción), blindada como Fort Knox para la ocasión.


Eres un icono, presi, te queremos, ¡wooow! –le decía al tipo disfrazado de Toni Manero que funge de presidente una Applebaum del Ente que demostraba tener bien aprendidos los principios de etiqueta propios de la servidumbre en las patocracias.


El cine es el libro de los que no leen libros, y el Régimen, que hoy (ayer para el lector) conmemora el cincuenta aniversario del Espíritu del 12 de Febrero, escogió esa rama del Estado (“séptimo arte”, la bautizó el loco Canudo) como comedero cultural para sus propagandistas. Supone la culminación de la idea de modernidad puesta en marcha por Arias en su discurso del 74: “El consenso nacional en torno al Régimen en el futuro habrá de expresarse en forma de participación operativa”. En resumen: no tendrás nada y serás feliz. Y aquí estamos, al final de la noche, en lo que parece el manicomio parisino de Vigny-sur-Seine, del doctor Baryton.


El sistema Baryton de los “cretinos en el cine” nos ocupaba suficientemente –escribe Céline, receptor de las confidencias del alienista: “Cuando abrí mi manicomio éramos un número limitado de facultativos, y mucho menos depravados que hoy… Ninguno intentaba entonces estar tan loco como el cliente… ¿Está usted en condiciones de tranquilizarme sobre la suerte de nuestra razón? ¿E incluso del simple sentido común? A este ritmo ¿qué nos va a quedar del sentido común? ¿Es que ante una inteligencia realmente moderna no acaba todo valiendo lo mismo? ¿Por qué, entonces, no volvernos locos nosotros mismos? ¡Y jactarnos de ello, además! ¡Hacernos publicidad con nuestra demencia!” Voilà, la patocracia.


La terapia de Baryton en Vigny-sur-Seine combinaba el cine con el tratamiento eléctrico. “¿Cuál es la última película que ha visto, presidente?”, preguntaba (periodismo de Estado) la Applebaum del Ente (“la televisión, después de todo, no es más que el cine por radio”, dejó dicho Cabrera Infante), y nuestro estadista salía por Sofía Mazagatos: “Bueno, no te puedo decir una (tuteo falangista)… ¡Muchas!” Vamos, las Obras Completas de Platón.


Con el presidente viendo películas, Marlasca, a quien alguien ha dicho que es Fouché y él se lo ha creído (“un patrón se siente siempre un poco tranquilizado por la ignominia de su personal”, fue el diagnóstico célinesco), era confrontado en un funeral por la dignidad de una viuda en carne viva, que impidió al ministro imponer una medalla al esposo muerto.


En el París del 94, y para desvanecer el infame espectáculo de la guillotina, el Terror dispuso el traslado del cadáver de Rousseau al Panteón el mismo día que decapitaba a las viudas de Hèbert y de Desmoulins, el Cicerón tartamudo de la Revolución, origen de todas las patocracias, que llamara al pueblo a la toma de la Bastilla.

 

[Martes, 13 de Febrero]

El semicírculo y el cartabón (carta de amor al cubano desaparecido)



Orlando Luis Pardo Lazo

Hypermedia


En las aulas del castrismo sentimental, la luz entraba a borbotones por los ventanales abiertos como poros ávidos de esperanza, como párpados ávidos de despertar. País sin persianas, nación transparente, fidelidad hecha de fotones. Las cosas no tenían sombra bajo el sol recién nacido de los años setenta. Una edad de oro en plena mayoría de edad del horror.


El clima era entonces perfecto en Cuba. La Ecología no impactaba en la Historia ni con el dique de una represa. Había, para colmo, cuatro estaciones. En La Habana no nos faltaba nada. Éramos Europa. Éramos el mundo occidental archivado en un archipiélago. Supremacismo insular.


Los cubanos teníamos contemporáneos. Estábamos todos en casa. Es decir, nos aprestábamos a presenciar juntos el cambio de siglo y milenio, catalizado por un cometa Halley de bisabuelos que retornaría a punto de adolescencia, en el futuro de ciencia-ficción que en nuestra infancia era la fecha de 1986.


Toda una generación de cubanitos con Cuba crecía iluminada allí, entre temperas y crayolas, en un crisol de cariño incubado junto a las pizarras por el white face de las tizas, por el riesgo de los borradores volantes, y por los reglazos que decoraban las sayas de corduroy de las últimas maestras de una República hecha trizas apenas una década atrás.


A golpes de semicírculo y cartabón, destruir había sido un placer matemático. Geometría de la represión, reflejada en las sonrisas sin espanto de nuestros padres. Estábamos satisfechos. Joven había de ser quien lo quisiera ser. Las ropas adquiridas por el Plan Jaba eran indistinguibles, como los alimentos que escaseaban pero nunca se ausentaron. La moneda estaba escrita en mármol. El paisaje del país cargaba con el peso específico del palimpsesto de sus paisanos. Y, por supuesto, nadie se iba a morir, menos entonces.


El que diga que no fue feliz sobre el maderamen clerical de aquellos pupitres, miente o la amnesia lo ha hecho un nacional miserable. El que diga que no se enamoró de la vida de manera vitalicia en una de aquellas escuelas “Mártires de Acullá”, no tiene corazón entre las cuatro costillas que le quedan en su caja del pecho, cárcel cansada de nuestros cuerpecitos vacunados con el caramelo antipolio de una patria pre-Pfizer.


Ser cubanos se trataba de encajar en un cosmos resuelto. Milenarismo marxista. Materia estabilizada por los isótopos de una ideología sin marcha atrás, ni espejo retrovisor. El entorno era eterno. Yo me llamaba Orlando Luis hasta el fin de los tiempos. Tú te llamabas Ulises. Él, Andresito. Nosotros y nuestra incipiente inmortalidad. Ustedes, los que no se enteraron de nada, mientras la belleza bullía en las vísceras de un siglo XX sin fecha de caducidad.


Ellas, por su parte, se llamaron todas Isabelita, Mónica, Sujayla, Angélica, Yamina, Andria y, para siempre, Maité.


Queridos primeros amigos. 


Queridas primeras novias.


Querida primera vida, el único momentico donde correteábamos delante de rastras y trenes, cayéndonos de un tercer piso con impunidad de peluches, derrotando a golpes de milagro la meningitis meningocócica o las hemorragias imperialistas del dengue viral. Infantes impunes a la muerte propia e indiferentes a la muerte de los demás.


Que levante la mano, si no está muerto, el que no fue amado para siempre y para siempre amó. Que dé un paso al frente, si después del despotismo queda alguien de pie, el que no iba a ser amado para siempre y para siempre iba a amar.


Todos y cada uno de esos cubanos, hoy en las trincheras triples de la tiranía y el tiempo y la tristeza, nos merecemos una carta secreta, escapada de las alcobas en que vinimos al mundo sin miedo de ser malos, por mucho que el mundo sí lo pudiera ser.


Los días de amor en la diáspora deberían ser como dedos que recuperen nuestro sentido del tacto. En el sentido de tener tacto, de no ser tan torpes mientras nos vamos dando trastazos en el espectáculo planetario. 


Como cubano, tú mereces recibir esa correspondencia misericorde, epístolas salidas del mejor buzón que atesoras de los tiempos en que fuiste hermoso y fuiste libre de verdad, cuando guardabas todos tus sueños en un castrismo de cristal, hasta que poco a poco fuiste creciendo y tus fábulas de amor se fueron desvaneciendo como pompas de jabón.


Te encontraré una mañana, compañero, lejos de la Revolución. Y prepararemos la cama, compañera, para nos.