lunes, 1 de junio de 2026

Fútbol de hombres y fútbol de vacas



Ignacio Ruiz Quintano

Abc


En lo que llega el Mundial, ese muermo de patriotas pecho de lata, la distracción del piperío mediático va a ser elegir al “hereu” del Mejor Entrenador de la Historia, el Pep, que deja el City (hecho unos zorros, por cierto, y en expectativa de desastre, si finalmente se producen las sanciones, que se producirán, dado que en Inglaterra no influye Puigdemont). En Champions, que es la única competición en el fútbol de los adultos, al Pep lo pasó este año por encima brillantemente Arbeloa, en Madrid y en Manchester.


El Pep fue el “hereu” del cruyffismo (“¡no creerá que las dos Ligas de Tenerife las ha ganado usted!”), y ahora nos encontramos con que el Pep no tiene “hereu”: el Relato lo hizo, y después rompió el molde. Dirigió al Barcelona del Negreirato hasta que Mourinho lo puso en fuga hacia Alemania, donde ganó con el Bayern de Munich una Liga que luego también ganó el chico de Perico Alonso con el Leverkusen, para ir a parar al City del jeque Mansour en Inglaterra, donde, al decir de las “pepetes”, habría cumplido una década prodigiosa porque, después de un volquete de millones, conquistó una Orejona cuyo secreto fue la paciencia, como explicó Pochettino: “Si a mí me elimina el Madrid, me echan; si el Madrid elimina a Pep, le fichan cinco jugadores para volver a intentarlo”. Ciñéndonos a las Champions, Pep sería la gallina, y la sardina, Ancelotti: en lo que la gallina pone un huevo y lo cacarea para que se entere todo el mundo, la sardina pone un millón de huevos en el más exquisito de los silencios. ¡Y a qué precio! El “fair play” inglés es una bobada que Julio Camba definió en su época como la cándida ilusión de un pueblo que creía haber descubierto una manera leal y caballeresca de pescar truchas y cazar zorras, pero, siendo ese “fair play” lo único que a los ingleses les queda de su Imperio, los jueces de la Premier le quieren pasar la garlopa a los millones invertidos por el City (hablamos de un “fair play” de dos mil quinientos millones en diez años) en proporcionarle al Pep futbolistas para su fútbol, que no es un fútbol cualquiera: es el “fúpbol”.


El “fúpbol” del Pep consiste en hacerle meter goles a Haaland, el cyborg que tenía por ídolo a Michu, hoy director deportivo del Burgos de Ramis, mientras que el “futebol” de Mou consiste en hacerle meter goles a Fellaini, que eso lo hemos visto en el United. Y es que el fútbol es un juego tan simple que pueden jugarlo al mismo tiempo Fellaini y Haaland. Sólo los sacamuelas del pepismo se propusieron envolverlo en complejidades ajedrecísticas para, en la grande polvareda, darle a la plebe gato de portal por liebre de Castilla. 


Se va del City el Pep, dejando dos o tres jugadores de renombre que salen a subasta, y al Madrid vuelve Mourinho, se supone que para renovar la locura, ahora agotada, que él dejó, que eso era rocanrol, y no el torrezno de Soria dando vueltas en la boca de un viejo que Xabi, un Lillo con lecturas de “Jot Down”, parecía decidido a colarnos.


De Mourinho se espera que ponga fin a la guerra de almohadas que es el vestuario con Mbappé. Que apañe un grupo defensivo serio, con Rudiger de Terry (y hasta de Otamendi, si miramos de dónde venimos), más la intención de hacer de Huijsen (amigo de los hijos de Mou, por cierto) otro Varane. El resto, verticalidad. La verticalidad del mourinhismo contra la horizontalidad del pepismo. No por nada los atléticos pusieron a Rodri Hernández el mote de “Rodrizontal”. Repitamos con Madariaga en su “Retrato de un hombre de pie”: el centrocampismo es horizontalidad (la vaca); el contrataque es verticalidad (el hombre). También Madariaga sufrió su pepismo: una época de fuerzas horizontales arrasando a las verticales: “Por doquier lo horizontal, la cantidad, triunfa sobre lo vertical, la calidad”.


Para el animal horizontal, una dirección vale otra: sólo ve patas. El gran arte es vertical: una fuerza que recoge todos los planos y los concentra en una emoción inteligente.


Os parecerá poca cosa.


[Sábado, 23 de Mayo]

San Isidro'26. Adolfos serios y cuajados para la excentricidad de Ferrera, el Morante de los pobres. Márquez & Moore



JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ


 Estaba escrito. Estaba marcado por los hados que el día en el que conmemoraba el décimo aniversario de la aparición pública de Cazarrata en Las Ventas no podía ser un día cualquiera, otro día más en la oficina, y ahí estuvo la ganadería de Adolfo Martín y la excentricidad de Antonio Ferrera, el Morante de los pobres, para que la efemérides no se pasase sin una celebración adecuada.


Con Adolfo Martín llevábamos últimamente casi más penas y desengaños que alegrías, habiendo abandonado ese carácter de corrida seria, dura y encastada que tanto nos ha encandilado, como réplica al otro Martín. Sirva recordar aquellos corridones del año 13 y del 18 como enaltecimiento de los Albaserrada de Adolfo y olvidémonos de otras fechas en las que el ganadero parecía que se había entregado al canto de las sirenas de la «toreabilidad». Hoy, en cambio, Adolfo Martín ha puesto en Madrid una corrida seria y cuajada en la que cada uno de los toros, a su manera, han sostenido la emoción de una tarde en la que nada estaba escrito y donde podías apostar por el triunfo o por el hule con las mismas garantías de éxito. Las huecas miradas de los adolfos, la incertidumbre de sus embestidas, la evidencia de su casta, el respeto que infundían, su espíritu cambiante y atento a todo lo que se mueve a su alrededor provocaron hoy ese milagro de que no dejases de estar atento a todo lo que pasaba en el ruedo, porque no había hoy nada que se pudiera dar por seguro.

 

Para el despacho y entrega de los seis de Adolfo se trajeron a Antonio Ferrera, de blanco y oro; Manuel Escribano, de catafalco y oro, y Paco Ureña, de palo de rosa y oro. Mientras hacen el paseíllo nos entretenemos en comprobar que los tres ya pasan de los cuarenta años de edad y que los tres ya han superado las dos décadas desde el día de su alternativa.


Volador, número 74, dejó su carta de presentación en el burladero del 10 sacando astillas y levantando las maderas: lo que se conoce como «derrotar en tablas», cosa muy poco vista en la actualidad. Ferrera lancea con suficiencia y poder sin otro lucimiento que el del trabajo bien hecho y el toro se abalanza a por el penco donde toma la primera vara y se deja pegar en la segunda. Sale desentendido de los capotes y no da facilidades a los de los rehiletes, pues espera y se entera. Ante esa disposición del toro Miguelín Murillo opta por pasar en falso un par de veces. Pascual Mellinas deja puesto su par y luego Miguelín se empeña en clavar el suyo, siendo acosado por Volador hasta el burladero del 9 donde el toro se dedica a sacar astillas de la madera. Con buena disposición se va Ferrera al toro, que no regala una sola embestida, y le va sacando de uno en uno los pases. Hay emoción por las peligrosas condiciones del toro, por sus constantes miradas al torero y por el oficio con el que Ferrera le va sobando. Por la izquierda es otro cantar, porque el toro pasa muy avisado y buscando al torero. En una serie por la derecha el toro se para peligrosamente en el centro de la suerte, aguantando el trago Ferrera con entereza. Tras este aviso decide que es hora de matar. Se perfila y el toro se le arranca súbitamente dejando un pinchazo sin soltar, luego un metisaca y después otro, pero esta vez en los bajos, antes de cobrar una estocada baja que acaba con el toro, sin que este haya abierto la boca en ningún momento.


Mentiroso, número 50, es recibido por Escribano con unos «medios gayolos», porque a la distancia que se sitúa de la puerta del chiquero no es como para usar la palabra «porta» Con el percal pasa un ratillo de apuro con las embestidas del toro, que es un tío alto y cuajado, un pedazo de ejemplar que se abalanza a por el caballo que Juan Peña le ofrece atravesado para tomar una vara en la que no cobra mucho, quedándose encelado con el caballo un buen rato. Con la misma técnica de caballo atravesado, Peña le deja otra vara de idéntica factura a la anterior, hasta que el toro decide irse. Las banderillas las pone el maestro sin mucho lucimiento: marra en el primer envite bastante ventajista, repite lo mismo en el segundo pero clavando y se va al 5 a recibir los vítores del agradecido público de sol, pero el toro le obliga a salir del ruedo y cambia de terreno hacia el 3 donde deja un par similar al anterior. Luego se sienta en el estribo y deja un par por los adentros de bastante exposición y decide poner un cuarto par con el toro al relance que resulta el mejor de todos. Viendo las condiciones demostradas por el toro nos esperábamos una faena basada en la distancia. Nada más lejos de la intención de Escribano, que desde el principio opta por las cercanías. Se ve claramente que está agobiando al toro, pero insiste en sus formas como si quisiera decir que no quiere ni ver al toro. Como signo de protesta el toro se para y dice que él así no va. Lo dice con el pensamiento, porque la boca la tiene cerrada, y entonces Escribano pone fin a la relación mediante una estocada entera en la suerte natural. El toro aprovecha un descuido para quitarle el capote de las manos a Curro Robles y, como tarda en caer y le han pegado un aviso, el torero decide descabellarle a la primera.


El tercero es Peluquero, número 67, más feo y ensillado que los precedentes, pero en tipo de la casa. Recibe unas buenas verónicas de Ureña sin hacer extraños y se emplea en la primera vara de Richi Romero que le pega con ganas, cayéndose al salir del potro de tortura. Para la segunda vara, el picador pasa valientemente por encima de la inútil raya blanca buscando al toro que se arranca con vigor y que se deja pegar. La vara cae trasera. Tras el quite de Ferrera, Peluquero lleva a José María Soler al burladero del 10 sin clavar, luego «Azuquita» pasa con prisa clavando una, después Soler vuelve a pasar sin clavar y Azuquita pone una, siendo acompañado por el toro hasta el burladero del 9. Soler al fin consigue dejar una a la media vuelta y azuquita finaliza su actuación de nones clavando una de nuevo. Comienza Ureña su labor siendo cogido muy feamente al tercer pase al frenarse el toro en el centro de la suerte. Se ve que va herido en la pierna pero decide seguir frente al toro sacando algún excelente natural, máxime viendo las condiciones del toro. Un nuevo conato de cogida le convence a Ureña a finalizar su tarea con una estocada perpendicular atravesada y un descabello. Cruza la plaza entre ovaciones para ir a la enfermería, de donde ya no saldrá. Los espíritus sensibles silban al toro, que no puede contestar porque siempre tuvo la boca cerrada.


Mentiroso, número 68, es el segundo de Ferrera. De salida es de embestida violenta que Ferrera domina con eficacia con su capote de seda azul. La primera vara la toma a distancia, recibiéndole el caballo atravesado que, cuando el toro empuja, se acuesta sobre él. Para la segunda vara se arranca desde la misma raya y no recibe mucho castigo. Ángel Otero deja un excelente primer par y Pascual Mellinas deja el suyo antes de que Otero deje el mejor par de banderillas de la Feria. Comienza Ferrera con la derecha y sobre la marcha se cambia de mano dejando un gran natural y uno extraordinario de pecho. Luego una buena serie de naturales, otra buena de derechazos y otros naturales algo trompicados, cuando de pronto le da el arrebato y tira el espadín y deja una soberbia serie de derechazos sin la ayuda y luego otra, improvisando cambios de mano de pura inspiración. El toro ha sacado una nobleza que es también propia de la casa y Ferrera lo ha visto de inmediato. Se dispone a matar en la suerte contraria yendo al toro desde muy lejos, con la muleta al hombro y deja un pinchazo; repite lo mismo a la suerte natural y deja una estocada aguantando hasta la bola. Arrastran al toro, con la boca cerrada, entre ovaciones y Ferrera da la vuelta al ruedo con una oreja en la mano.


Malagueño, número 52, conoce también el saludo desde los «medios gayolos», pero esta vez le sale mejor a Escribano su propuesta de lanceo, salvo que al final pierde el capote. Recibe una vara rectificada de Juan Francisco Peña a la que el toro acude con violencia. El pica no se ceba. Para la segunda entrada es el propio pica el que pide el toro a distancia y cuando este entra fuerte recibe un puyazo más bien trasero. En banderillas el toro no acude y obliga a pasar en falso, repite la misma propuesta dejando un buen par, el mejor de los siete que ha puesto, luego otro a toro pasado y luego un violín al quiebro. Se va a chiqueros con la muleta y allí comienza su trasteo que, en seguida, nos muestra que el toro tiene más clase que el torero, que se va de la suerte antes de que acabe el muletazo, que adolece de falta de colocación, que no somete por abajo. Basó su trabajo en la mano derecha y usó la izquierda para mostrar que la tenía, en un trasteo sin gloria, tras la denodada disposición de Ureña y la arrebatada personalidad de Ferrera, Escribano no decía nada. El toro abrió la boca, para hacernos rabiar, y tras sonar el aviso Escribano dejó un pinchazo en la suerte contraria, un pinchazo hondo en la suerte natural y dos descabellos. El toro recibió tibias palmas en su arrastre.


El sexto, Monedero, número 51, fue el del lío. Con Ferrera en modo super arrebatado y con la Puerta Grande a medio abrir decidió que si el triunfo se le iba no sería por culpa suya. Tras otro eficaz saludo de capa, puro oficio, salió corriendo a desmontar al piquero de turno para ser él quien picase. El milagro se produjo porque uno de esos caballos lentos, desobedientes y pesados de cada día, con Ferrera encima se movía como si fuera de la Escuela Española de Equitación de Viena, y eso que el jinete de luces ni siquiera llevaba espuelas. Lidia Escribano y deja al toro colocado, que se arranca y Ferrera le pone la puya en buen sitio, sin pegar mucho. Luego pide a Otero que le ponga el toro más de lejos, aunque esta vez no acierta en clavar, ni intenta rectificar una vez que tiene al toro abajo. Por tercera vez se arranca el toro de lejos y esta vez clava en buen sitio sin infligir mucho castigo. A toda prisa se descabalga y sale corriendo con el capote a dejar dos chicuelinas y una serpentina que ponen la plaza en pie.


Aquí vino el lío, porque el Presidente había cambiado el tercio y nadie se había enterado. Se crea una confusión tremenda en la que el asesor artístico de la presidencia, «Madriles», gesticula como un simio a punto de darle una hemiplejia y el presidente habla por teléfono. Las gentes se encrespan y quieren al Presidente fuera del palco, formándose una grandísima bronca mientras vuelven a picar al toro. Una vez aclaradas las cosas se va el pica camino del patio de caballos y Ferrera desiste de banderillear, dejando que Curro Vivas clave sus dos pares y Azuquita deje una en el toro. Luego Ferrera se va a brindar a Ureña a la puerta de la enfermería y comienza una faena algo acelerada de aire más pueblerino en la que brilla una buena serie con la izquierda de excelente colocación y después otra mirando al tendido. En la siguiente serie, esta vez con la derecha, el toro se le queda y él aguanta con decisión. La plaza vitorea su faena a más y cuando el torero decide matar, se lleva el toro a los medios y allí le deja para él irse al burladero del 9 y desde allí iniciar su camino hacia el toro con la espada por delante,  dejando una estocada delantera y entera que el toro fue escupiendo y que fue refrendada con un descabello tras el aviso. El toro tampoco abrió la boca. Las gentes pidieron con fuerza la oreja que le abría la Puerta Grande a Ferrera.


Creo que prácticamente todos los que estuvimos hoy en la plaza salimos con la feliz sensación de haber disfrutado de una gran tarde de toros, muy entretenida, en la que, además, se dieron cosas que jamás habíamos visto. En cuanto a esa manera extravagante de matar de Ferrera pensamos que los que le censuraban se rasgaban las vestiduras igual que lo harían los contemporáneos de Costillares cuando le vieran poner en práctica su invención del volapié.







ANDREW MOORE



















Adolfo Martín


FIN 

Final


Piné

 

Francisco Javier Gómez Izquierdo


          "Con setenta puntos se juega seguro el play off de ascenso", me decían los estadísticos a los que servidor miraba receloso porque esta mañana a mí me parecía que los cinco equipos involucrados en el fregado iban a ganar sus encuentros. El Deportivo, de fiesta y con los antecedentes de Valerón, Manuel Pablo y el Yeremay de ahora mismo no me ofrecía duda y es cosa que no reprocho porque es costumbre muy arraigada. Los aficionados del Málaga llevaron pancartas de sentido pésame a Zaragoza y es detalle que la baturra nobleza ha tenido el gusto de corresponder con mucho sentimiento y generosidad. Del Valladolid en Almería poco o nada se esperaba pero han sido los pucelanos los que han puesto en un verdadero aprieto a los almerienses que sólo han podido ganar por un penalty de mano tan clara como extravagante y sólo en Castalia, donde a mi sobrino le comían los nervios tenía ciertas esperanzas por lo que podría ser capaz de hacer el Éibar.


     Desde el minuto 38, en el que Morante hizo gol en jugada precisa apareciendo por sorpresa como del fondo de una alcantarilla a saque de uno de esos córners que recuerdan a Unai Émery, hasta el 70 en el que Calatrava, redondeando una tarde inspirada de las que el zurdo suele, puso un precioso balón a Sueiro para que hiciera el 2-1 a favor del Castellón, el Burgos estuvo clasificado. (Estoy mirando el Leganés-Mirandés y veo cómo a mis paisanos se les anula un segundo gol por los milímetros que quieran decir los de los muñecos sobre las líneas). El Burgos planteó su partido, hizo su gol... y esperó. Los aficionados en El Plantío escuchaban la radio o miraban los móviles, vestidos muchos de ellos como Piné, "el Hincha" inasequible al desaliento. Los minutos pasaban al galope y el final llegó cinco antes que en Castalia, donde el Éibar empujaba hasta con el portero Magunagoitia en el área contraria. Magunazelaia tuvo muy buena ocasión pero resolvió como solía en Córdoba y... se acabó la temporada. Habrá que mejorar la plantilla, mantener el aplomo defensivo pues con sólo 33 goles en contra quedamos lejos del segundo menos goleado que ha sido Las Palmas con 40 y ésta aplicación en retaguardia también la pido para el Córdoba que ha acabado con 61 goles en contra, empatando hoy a uno con el Huesca. Al Zaragoza último le han colado 59. Si sigue Iván Ania, algo tendrá que enmendar.


     Al final el Mirandés pierde 1-0 en un partido que ha dominado, ha marcado dos goles anulados por milímetros; el segundo es gol porque los muñecos están puestos uno tapando al otro y no hay ojo humano ni divino que distinga los dos milímetros y en el primero dicen los locutores que el muñeco tiene la punta de la bota en orsay, pero el hombro y el brazo del defensor se ven por delante. En 1980 esos dos goles serían válidos. Antes de los dos goles el poste ha escupido un balón que todo Butarque veía como estocada mortal. En fin, descenso del Mirandés y una pena que se pierda el derby burgalés en Segunda. Ése que tanto gustaba al difunto Piné.


    ¡Ah! Y por primera vez en la historia de los play off, un equipo con 72 puntos no los juega. 

Lunes, 1 de Junio

 



Por bóvedas de luz blanca
revuelan pájaros ciegos,
ciegos

domingo, 31 de mayo de 2026

Confirmación de PSG y Luis Enrique

 Francisco Javier Gómez Izquierdo


         Más que maestrillos con sus librillos, Luis Enrique y Arteta ocupan banquillos de catedrático, y mientras al asturiano se le reconocen los principios de posesión y juego ofensivo, al vasco se le aplaude su sistema defensivo que a mí me parece como una especie de cepo lobero con los bordes flexibles.El terreno que queda dentro intimida por tener los contrarios la sensación que si entras ahí te morderán con venenos mortales. El sistema de Arteta obliga a atacar por los costados donde el contorno del cepo se flexibiliza, se estrecha o agranda a conveniencia, asfixiando junto a la línea de banda donde el rival pierde el equilibrio y la pelota. Servidor veía el sistema de Arteta propicio para las bandas del PSG. Más que por Kvaratskhelia y Doué por Nuno Mendes y Achraf, los dos laterales que yo creo decisivos-ésto que pongo aquí es cosa de simple aficionado, no de sesudo analista futbolístico- en los planteamientos de Luis Enrique. Ha resultado que Nuno Mendes que siempre ha tenido ramalazos de genio y días de carajal desesperante ha estado espeso y Achraf se ha encontrado con la pesadilla de Trossard, esa rareza de belga disciplinado. En la final de la Champions, el sistema del Arsenal ha ahogado al PSG.  Lo que parecía dominio francés resultaba terreno cedido por los ingleses, cómodos con esa ventaja del gol nada más comenzar, Trossard por medio, y sólo a la hora, en uno de esos detalles fatales o favorables, según para quién, se produjo una hendidura en el elástico y Kvaratskhelia engañó a Mosquera, que lo derribó. Penalty y gol de Dembelé. Empate a uno. Todo siguió igual. Dominio del PSG pero... no se pueden jugar tantos partidos sin que haya consecuencias. Todos estos tíos de la final van a ir al Mundial con unos horarios y viajes programados por gente sin entrañas que van a devolver a los jugadores no sólo con lesiones sino que algún futbolista regresará con achaques que le durarán toda su vida. Sobrecargados se retiraron Kvaratskhelia, luego Dembelé y ya en la prórroga, el director de orquesta francés, Vitinha. Ahí, cuando se fue el portugués arrastrando el pie, pensé que se llegaba a los penaltis y que Safónov, que iba vestido como si jugara una pachanga de solteros contra casados, no iba a parar ninguno. No ha necesito hacerlo, porque Eze y Gabriel Magallaes, dos de los cañoneros, han querido rubricar antes de firmar y les ha salido un borratajo fuera de la portería. Esos fallos en la tanda es el componente de suerte que se necesita, además de otras virtudes ¡claro está!, para ser campeón. Creo sinceramente que el PSG ha sido mejor. Que Arteta ha sido superior en el planteamiento a Luis Enrique, pero las armas de Arteta son defensivas y Luis Enrique plantea para ganar y parece que no presiona en demasía a sus discípulos los días que el plan no sale como se espera.


     Enhorabuena al PSG, un equipo que ya ha pasado al grupo de los aristócratas.

La otra peste

 

Bada y su abuela Remedio en 1955

 

Ignacio Ruiz Quintano

Abc


    Bocaccio aprovechó la peste negra de Florencia para sus cuentos del “Decamerón” y Zapatero aprovecha la peste amarilla de Wuhan para su ensayo “No voy a traicionar a Borges”.
    

Hay tiempos de horror y de locura entre los hombres como hay tiempos de peste –fue la admonición de Voltaire.
    

Churchill mereció el Nobel de Literatura, y Azaña, el “escritor sin lectores” que decía Unamuno, mereció la mesilla de noche de Aznar, lo cual obliga a Casado a convertir la suya en palé para los libros de Chaves Nogales que le vayan pasando los liberalios más “engagés”.
    

A Zapatero debió de darle por Borges en los delirantes trayectos León-Madrid en bus, un viaje sin sentido ni fin, la verdadera “aporía”. Ya decía Sábato que Borges se valió de la literatura fantástica para atraer con ella “a esa clase de lector que (como Zapatero) con pavor sagrado se arrodilla apenas lee una palabra como ‘aporía’, tomando por inquietud profunda lo que en general es un sofisticado pasatiempo”. Y Zapatero, que ya sacó de pobre a Gamoneda, quiere sacar del olvido a Borges, en cuya poesía Ricardo Bada únicamente ha encontrado un ripio:


    –El increíble “místico alfabeto / de los astros, que hoy dictan a mi cálamo”, sólo para que rime con “esas otras Termópilas, El Álamo”. Pero che...
    

Bada se acordó del ripio viendo “El Álamo” por ver a Carlos Arruza, “a quien vi torear dos veces en Huelva siendo yo niño”, y que en la película hace de teniente Reyes (hay quien, por error, le atribuye el papel del sanguinario general Santa Anna). Bada quiere de Arruza sus memorias, “tan buenísimas, que sospecho que le ayudó a escribir su tío León Felipe, y que yo leí en el semanario ‘Dígame’”.
    

Zapatero no va a traicionar a Borges (¡qué sobremesas en La Moncloa, con Chirino y Benarroch, recitando versos del ciego!), pero nosotros vamos a traicionar a los dos con el fandango de Bada: “Parado frente al espejo / que un día albergó a Voltaire, / aventuro mi perplejo / sentimiento de ser viejo. / Pero Borges, hay que ver.”

[Enero, 2021] 

San Isidro'26. El toreo a caballo como laboratorio del toreo a pie. (Por lo que toque a Talavante). Pepe Campos


 

PEPE CAMPOS


Plaza de toros de Las Ventas.

Sábado, 30 de mayo de 2026. Vigésimo festejo de San Isidro. Segunda corrida de rejones. Cartel de no hay billetes. Tarde primaveral muy calurosa.

Toros de María Guiomar Cortés de Moura, de sangre Murube-Urquijo, con los pitones desmochados, muy nobles, incansables persiguiendo a las cabalgaduras. Un punto más allá de pastueños.

Toreadores: Rui Fernandes, de Almada (Portugal), vestido A la Federica, con casaca verde manzana con bordados dorados y calzón corto beis; veintisiete años de alternativa; veintiún festejos en 2025; saludos y saludos. Diego Ventura, de Lisboa (Portugal), traje campero, chaquetilla azul marino oscuro y pantalón azul oscuro; veintisiete años de alternativa; cuarenta y cuatro festejos en 2025, silencio y dos orejas, la segunda sin petición. Lea Vicens, de Nimes (Francia), traje campero, chaquetilla gris claro con bordados en blanco y pantalón gris oscuro; quince años de alternativa; treinta y nueve festejos en 2025; oreja y silencio.



Con el público del rejoneo no hay quien pueda. Ayer, día de la final de la Champions futbolística, en el mismo horario, en la plaza de Las Ventas hubo lleno a rebosar. ¿Qué hubiera pasado de haber llegado a ese evento el Atlético de Madrid? Por lo pronto no lo podemos saber. Es un tipo de multitud la que acude al espectáculo del toreo a caballo que se muestra durante todo el festejo feliz e incansable petitoria de trofeos para los caballeros (ayer también una amazona) que salen a lidiar unas reses inagotables en su misión embestidora. Los bovinos que se torean en el rejoneo son unos animales que se manifiestan bajo control remoto. Un control que ha sido creado en el laboratorio de la tienta de las ganaderías especializadas en el toreo (realizado desde bellos equinos) y que se les inocula tras una esmerada selección a que estos astados (a los que se les desmocha los pitones) sean capaces de perseguir a todo ser que por delante de ellos se mueva, poco o mucho, con paradas o galopando, llevándoles por las tablas de los cosos o conduciéndoles por los medios, haciéndoles quiebros o en sentido lineal; se podría decir, tal y como son capaces de obedecer estos toros a las llamadas de los caballos, que sienten una orden genética para estar sometidos a cualquier mandato que un equino les demande. Ya sea en esfuerzos cortos o largos, al inicio o al final de las faenas, en solicitudes de humillación o en ruegos para que levanten sus testas si se les quiere sentir cerca de los estribos para situarles los rejones. Un comportamiento que se observa realizan los toros en las corridas de toreo a caballo; una clase de conducta que ha quedado históricamente fijada para estos festejos, si bien detrás de ese mandamiento se encuentra la clave de lo que vemos sucede en las corridas de toreo a pie. La pista la encontramos en la obra El toro de lidia y su historia ganadera de Cesáreo Sanz Egaña (1947), cuando se nos dice en relación al papel que ha jugado el toro del toreo caballeresco desde los inicios de la historia de la tauromaquia: «Hemos de admitir que con anterioridad al siglo XVIII los toros destinados a las fiestas públicas eran sacados de las vacadas corrientes: ahora bien, las exigencias de los caballeros que toreaban, contribuyeron como siempre: el deporte fue poderoso estímulo para crear una especialización en la crianza del toro». Visto hoy en día podríamos certificar que es una especialidad (la cría del ganado de lidia) que ha llevado al toro bravo hacia los terrenos de una máxima obediencia. Detrás de la «exigencia de los caballeros» podemos situar la «exigencia de las figuras del toreo a pie» actuales. 
La amenaza siempre existió porque el hombre corrompe lo que toca.

 

 Un concepto clásico de la tauromaquia había servido de dique de contención para evitar el desbordamiento de las ansias de alcanzar lo bello. Pero desde ahí hasta el engolamiento presente. En la preceptiva del toreo caballeresco del siglo XVII se decía que la cualidad principal del caballero era la de saber ver y dar respuesta adecuada a la diversidad de embestidas y tipos de astados que salían de los toriles en aquella época. La variedad de comportamientos de aquellos astados era enorme, desde el toro claro al toro madrigado, desde el boyante al remiso, desde el liso al que culebreaba, desde el bravo al manso. La propia historia de la tauromaquia siguió ese andar hasta llegado el siglo XXI, donde las cosas parece que se han concretado en la fabricación de un astado bienmandado, sin atisbo de fiereza, al que se le ha eliminado toda condición animal y se le ha convertido en un juguete de peluche (el borreguito Norit). Cuando acudimos al espectáculo del rejoneo vemos a las claras cuál ha sido la base de la creación de este tipo de bóvido que no lucha en las lidias sino que es un metódico funcionario de perseguir objetos sin intención de causarles desasosiego sino ofrecerles placer. El regocijo (por parte del toreador —y ahora también del torero—) de sortear embestidas limadas de asperezas, plenas de contento, acometidas «artísticas» planificadas desde la selección de las tientas. En conclusión, hemos llegado a la generalización del toro artista que había ideado Juan Pedro Domecq. Era una deriva que podía hacerse realidad si los ganaderos atendían las exigencias de los toreros que se les ha considerado figuras o figurones. Porque ser figurón significa dominar, y ese dominio parece que exige que el toro bravo deje de existir y se convierta en un ser aborregado, mecánico, chisposo, alegre pero claudicante, sumiso bajo un trapío de cartón piedra. De tal guisa llevamos una Feria de San Isidro donde ha dominado este tipo de toro, y su máxima exposición se pudo apreciar con la lidia del ejemplar de Torrealta (Domecq), Curioso, que le tocó en suerte al diestro Alejandro Talavante. Aquella pantomima y mofa del toro de lidia —un astado plástico— coló en Madrid el último viernes, y sabemos que corroe la tauromaquia en las plazas de España y de Francia. Talavante en su trasteo dio a entender que era un intérprete de toreo adamado. Un tipo de toreo que hace furor en el escalafón del toreo a pie porque ese toro permite esa clase de belleza (inquietante, desasosegante, turbadora). Una lindura que surge del tipo de toro que se ha creado para el toreo a caballo de nuestros días.

 
Ayer sábado esa interpretación pícara y amadamada del arte de los toros en la corrida de rejones que se celebró en Las Ventas le correspondió llevarla a cabo a Diego Ventura, pues hizo con el toro (ya predispuesto) todo lo que quiso; incluso, uno de sus caballos, el afamado Bronce mordió de manera indigna el pitón cercenado del burel como si le vomitara un concepto pútrido de la belleza. Y el gentío aplaudía. A Talavante el viernes cuando se pasaba al toro «claudicante» por la zona sexual de su taleguilla, una y otra vez, gran parte de la muchedumbre aplaudió y le vitoreó. A un toro de verdad no se lo podía haber hecho. Faltó un nuevo Miguelín que hubiera saltado al ruedo para subirse al torito de Talavante y deshacer el engaño. En el caso de Diego Ventura (ayer) estuvo ausente que su toro no hubiera estado afeitado ni cercenado de genes fieros. Ya hemos comentado anteriormente que este rejoneador concibe el toreo a todo trapo, como si condujera una moto de 50 cc trucada. Rapidez y velocidad. Piruetas y sombrerazos (un comino le importa su tocado). Conducciones temerarias porque el toro no hiere (y él deja que le toquen a sus caballos, que les corneen porque no hay lugar a la herida). En definitiva, un tropelío (tropelía) de tauromaquia. A ambos toros les puso diez hierros y utilizó en la segunda lidia cinco caballos. En su primer toro destacó montando a Quírico que recibió cornadas; también con Quitasueño y Brillante. Largas conducciones y toreo al violín. Mató mal. Con el quinto toro el despliegue de ataques fueron una avalancha sin cesar. Fijó en círculo con Oro negro. Condujo interminablemente con el maravilloso caballo Nómada que recibió a cambio tres cornadas. La lió con Lio, con mucho toreo en falso. Mordió con Bronce. Y mató con Brillante, con el que hizo el teléfono, y pinchó antes de dejar un rejón bajo. El presidente Pedro Fernández Serrano (peligro público número 1) le regaló la segunda oreja.


Rui Fernandes tiene otras formas más sosegadas y relacionadas con el toreo clásico. Ayer no tuvo del todo su día. Pero hubo fases en las que se recreó en el toreo al quiebro con elegancia (en su primer toro) montando a El Dorado. Se apretó más en las suertes de banderillas cortas con Iceberg. Mató mal. La media de hierros que clavó fueron ocho en cada uno de sus toros. En el cuarto de la tarde volvió a brillar al quiebro con El Dorado, y para obtener el éxito, con piruetas, sacó a Mistral, pero no estuvo atinado. Volvió a matar mal y su actuación quedó en modo de espera.


Lea Vicens, bella amazona, toreó despegada respecto al toro, aunque en ello vimos algo positivo porque no se dejó dar tantas cornadas (no como el figurón que ayer la precedía en la lidia). Clavó muy por detrás, de lejos. Toreó sin dominio. Destacó en su primer toro montando a Bético, un armónico caballo. Mató con dos tiempos, y el presidente Pedro Fernández (ese peligro sedente que habita en Las Ventas) le regaló un trofeo. En el sexto toro, tan obediente como el resto de sus hermanos, Lea Vicens volvió a desarrollar lo mejor con la monta de Bético. Normalmente clavando por delante y a distancia. No mató bien y Pedro Fernández no pudo ser generoso. Puso ocho y nueve hierros respectivametne.
 

Domingo, 31 de Mayo

 


Maderoterapia

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito

 DOMINGO, 31 DE MAYO


Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.


Juan 3, 16-18

sábado, 30 de mayo de 2026

El morabito de León




Ignacio Ruiz Quintano
Abc


Leo que el “chialé” de Zapatero en Eras de Renueva, León, se ha convertido en un centro de peregrinación popular. Algo así como la casa de Diocleciano en Split, Dalmacia; el monasterio de Carlos V en Yuste, Cáceres; o la casa del doctor Mateo en Lastres, Asturias.


Pero, ¿qué es lo que usted está viendo?


Yo veo lo que quiero, y allá usted si no ve nada


Es la conversación que Ramón Gómez de la Serna atribuye a los mirones de vallas (o mirones de obras), que es una rama de las clases pasivas exclusiva de España.


Así los mirones de la valla (tres metros de altura) del “chialé” de Zapatero, o sea, el morabito de León, donde el gran pacífico español podrá ejercer su influencia sobre la revolución pendiente, ésa que tuitea Pedro Jota, y para la cual, decía Talleyrand, sólo hacen falta dos tuberculosos inteligentes y quinientos imbéciles robustos.


Este morabitismo leonés alrededor del morabito que llegó al Poder investido de Lawrence de Eurabia impone por lo que tiene de justicia poética.


Como mujer, no tengo patria –dijo un día, solemne, Zapatero–. Como mujer, mi patria es el mundo.


Como mujer, su patria será el mundo; como morabito, en cambio, su patria es este “chialé” vallado hasta una altura pensada como para que los que están dentro no puedan salir y los que están fuera no puedan entrar.


El 20 de noviembre los parados valetudinarios del zapaterismo podrían hacerse transportar en parihuelas hasta el morabito de León y votar prosternados en señal de consumación.


Después, el cielo: esa vida muelle del ocioso entregado a su vocación intelectual.


Me veo sentado sobre una nube haciéndole dulces objeciones al Creador –contestó el benedictino Dom Guéranger cuando le preguntaron cómo concebía él la vida en el cielo.


Y el padre Guepin, abad mitrado de Silos, se lo figuraba (el cielo) como un eterno paseo, por los Jardines del Paraíso, haciendo “respetuosas objeciones” al Ser Supremo: ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?


Lo celestial del “chialé” de Zapatero serán las cenas para hablar de Borges con Gamoneda, y toda su ex pobreza a cuestas; con Guardiola, y todo su gandhismo de Sampedor en la levita; y con Elena Benarroch, y todas sus colas de castor al hombro, que en el invierno de León van a hacer falta.
Una vez Juan García “Mondeño” cambió la plaza de toros por el convento dominico en Caleruega, cuna de Santo Domingo, martillo de los albigenses (unos palurdos que Gustavo Bueno ha vuelto a ver en los “indignados” de la Puerta del Sol), y de todas partes la gente peregrinaba hasta allí en demanda del milagro del desespero. Mondeño no lo resistió y volvió al toro.


¿Volverá Zapatero al ruedo ibérico?


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[Septiembre, 2011]

San Isidro'26. Garcigrandes y Torrealtas, con Talavante de consentido de un presidente orejero. Márquez & Moore

 


JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ

 

. Tras el bochornoso espectáculo vivido el jueves con los therian de Juan Pedro Domecq, la corrida de hoy casi podría haber pasado por cumbre torista. Quedamos a la espera de la siguiente cucharada de melaza juampedrera, que es un trágala que nos pone Plaza1 y que nos ha de llegar, sin que nadie lo haya pedido y si Dios no lo remedia, el próximo viernes.


Hoy, como decíamos, gran cumbre torista comparada con lo del día anterior, protagonizada por los seis de Garcigrande que se aprobaron por la mañana, más una tómbola de carne también de Garcigrande que iba de sobrero, más dos de Torrealta a los que hoy también les llegó su hora. Desde que vimos en la ficha al obeso de Garcigrande, Exiliado, número 89, ya estábamos relamiéndonos con la ilusión de que le tocase a Pablo Aguado, a ver qué era capaz de hacer él con esas 62,17 arrobas, y como a veces los sueños se cumplen, resultó que efectivamente ese animal que se hallaba en el rango de peso de un limosín, fue a las torpes manos de Aguado, aunque como dice el refranero «bien poco dura la alegría en la casa del pobre», porque sus caídas y caidillas desde su salida hasta su pase de consulta por el negociado equino, provocaron que el palco exhibiera el color verde que sacaba de nuestras ilusiones a Exiliado, quien partió, guiado por la parada de bueyes siderales del Ingeniero Aeroespacial don Gabriel Martín, a la Tierra de No Volverás.


La cosa del pañuelo verde se la achacamos y se la agradecemos por completo al celo veterinario de don Ignacio Ramón, hoy de servicio en el palco, que manifestaría sin duda su docta opinión sobre los febles y caedizos Arenisco, número 107, Frailón, número 56, y el ya dicho Exiliado, los cuales hallaron la horma de sus pezuñas en la pañolada cuyo color convenía a sus trazas, sin que el respetable se tuviera que desgañitar mucho, cosa que es de agradecer con el calor que hacía. 
Para dar fin de los Garcigrande se trajeron a Las Ventas a Morenito de Aranda, de azul marino y oro, para que no sea Talavante el que abre plaza; a Talavante, de burdeos y oro, y a Pablo Aguado, de oro y oro y más oro, todo el oro del Klondike en su vestido.


El primero tuvo algo de toro porque era un poco listo. Lo mismo no valía para altos estudios superiores, pero para toro un poco incómodo sí. Fue saludado casi en los medios, de rodillas, por
Morenito, luego recibió una vara y un leve picotazo y sin nada reseñable en banderillas se puso a las órdenes de la muleta de Morenito, que andaba un poco despistado por haber entrado en este cartel y con esta ganadería y pretendía ir de fino y estilista, cuando lo suyo es un toreo más de fiestas y de bota de vino de la Ribera del Duero. Mata de una estocada entera algo desprendida y muy efectiva.


El segundo era Guapito, número 87, que pasará a los anales de Las Ventas por ser el toro en el que la entrañable amazona doña Rocío ha amonestado a un monosabio que andaba jeringando al toro con su varita, allá en el tendido 3. Siempre hay una primera ocasión. El toro corretea por diversas partes de la plaza para que todos podamos comprobar cómo lleva de escobillado el pitón derecho, cosa que certifican las fotos de Moore. A saber qué les harán. El animal cumple en la primera vara y en la segunda se deja zurrar sin parecer que le importase mucho. Se aproxima Aguado al toro con su vestido de Fort Knox y con su capote enorme y le arrea unas verónicas low cost en las que se echa al toro para afuera y que ciertos visionarios subrayan con esos ¡bieeen! que nada dicen. Esperamos a Ambel a ver sus pares y nos deja con un par de narices, que sí, que primero clavó los dos palos y después ninguno, y luego quiere clavar una y no se clava, y al final ya puso el par. No fue su mejor día. Luego llega la parte muleteril y
Talavante se percata en seguida de que el toro no hace la noria, y como su tauromaquia hortelana necesita noria, aquello no marcha. Al no disponer del elemento esencial para su toreo, decide, generosamente, mostrar diversas cosas que se pueden hacer con la espada tales como dar un pinchazo o bien dar media estocada atravesada o bien descabellar.

 
El tercero es Arenisco, que se va al guano, y se corre turno para que salga Visitante, número 57, que hace una salida de tener más mili en los corrales que el jubilado Florito.
Aguado vuelve a desplegar sus metros cuadrados de tela para instrumentar esta vez unas verónicas de pegolete acompañando el viaje más que toreando y un bonito galleo por chicuelinas para llevar al toro al équido forrado de plástico donde le ponen la vara mientras él levanta la cara e inmediatamente se cae. En la segunda entrada recibe un picotazo buenista, pero eso no le impide volver a doblar sus manos, y eso debe ser, porque tal y como leí en un portal serio de información taurina debía adolecer de «falta de apoyo en las manos». Tras pasar por las manos de Iván García, que nuevamente vuelve a brillar con los palos, comienza el via crucis de Aguado, que se puede resumir en nada, nada y nada antes de cobrar dos pinchazos, un pinchazo atravesado y una estocada entera atravesada. Lo del atravesado es de lo fuera que se echa al herir, por si alguien no lo pilla.


Vuelve Morenito con otra disposición, sacada de su mente su anterior unción y dispuesto a ser más él. Entra el toro, Naviero, número 62, al penco y se le enreda el pitón con las faldillas, con lo que está tiempo y tiempo con el caballo intentando zafarse, casi como queriendo hacer una caricatura de aquél mítico toro Capitán, número 43, de Hernández Pla. A la segunda entra y sale sin más, y tras un quite guarripé viene el esperpento de las banderillas entre Pavón y Mellinas: dos al suelo, clava una, pasa en falso y ¡al fin! clava dos y clava dos. Morenito se va al calor del 5 a buscar aplausos sudorosos y allí se pone a lo suyo sobre todo por la derecha sin que la cosa fructifique. Ahí se tira un ratillo, para terminar entre el 9 y el 10 con una estocada entera algo caída mientras en la grada del 7 un tipo le arrea una patada en la cabeza a otro y se forma una tremolina hasta que la Policía Nacional con su grito de guerra: ¡cabayero, cabayero! irrumpe en la grada para llevarse a empujones al agresor

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El quinto, Frailón, se desvanece ante nuestros ojos, no sin antes haber explotado toda su fuerza en derribar al penco de Manuel Cid, y sale Curioso, número 41, de Torrealta, de albos pitones. Su paso por el negociado de Equigarce se resume en que primero empuja sin brío, aunque Manuel Cid le tapa salida, cayéndose al salir y después choca con el kevlar y luego se desploma, para finalmente salir de naja y volver a caer: he ahí las tres caídas de Curioso. Tras la estupenda brega de Javier Ambel llega Talavante el camaleón y se planta de rodillas a imitar el inicio de Roca Rey del jueves. Es que lo lleva en la sangre, como un Zelig del toreo. Luego lo mismo de siempre con la falta de interés y de pasión de siempre, incluyendo lo de tirar el espadín falso y la novedad de unos atrabiliarios cambios de mano. Se aprovecha bien del trote cochinero del toro y mientras se produce un nuevo conato de agresión en la grada del 7 él vuelve a tirar el espadín para dar lugar a un final amorcillado y aletargante, un gazpacho de pases sin sentido ni unidad. Cobra una estocada entera delantera y atravesada soltando la muleta que provoca una tibia petición de oreja devaluada que, solícitamente, es concedida por Rodríguez San Román «el Magnánimo» y protestada con fuerza por media plaza. Oreja inútil y pueblerina que suma una más a todas las olvidadas orejas de Tala.


Tras el toro gordinflas sale otro de Torrealta, Exitoso, número 35, que para no ser menos dobla las manos en la primera vara y aprieta algo más en la segunda. Iván García lo mueve con soltura y llega a la muleta de Aguado igual que todos los que aún quedábamos en la plaza, preguntándonos ¿por qué? Aguado ya piensa en irse al hotel a pegarse una ducha y quitarse los oros y como, además, no tiene nada que decir, y es un vino bastante aguado, le deja al toro una media suficiente que pone fin a un festejo que se hizo tolerable gracias a la compañía.

 



 

ANDREW MOORE

 



 
 FIN

Sábado, 30 de Mayo

 


Valle de Esteban

Camino de Santa Fe