Vicente Llorca
Este domingo, la catedral está llena. Un gentío local se ha arreglado para la Pascua y aguarda, paciente, a que el coro culmine los cantos, finalice la lectura del Evangelio, el obispo de Guarda pronuncie un largo sermón, en el que todas las citas bíblicas aparecen susurradas con la “sh” con que el portugués termina todas sus frases. Ocupados los bancos, se han sentado en las escaleras de la entrada, una repisa sobre la capilla de la Anunciación, en los confesionarios de la nave lateral.
Se han vestido para el Domingo. En la comarca de la Beira Alta, esto quiere decir que han abandonado el negro impenitente de las cazadoras y las faldas y lo han cambiado por un gris ceniciento en la ropa, apenas menos oscuro que el tono habitual. Frente a mí, un feligrés serio, cercano al presbiterio, me impresiona por un momento. De tez curtida, que delata su procedencia de la sierra, se ha puesto un traje de un azul imposible, una corbata morada, una camisa añil como sólo pueden encontrarse en las tiendas añosas de la provincia. De las que aún queda alguna, escondida, en las calles de la ciudad alta. Atento, se adivina rígido, un tanto envarado por el traje al que no está acostumbrado. Su seriedad, su cuidado para asistir a la misa de Pascua resultan admirables, de pronto. Recuerdo de una antigua seriedad, a la que no piensa renunciar. Delante de la capilla en la que me he refugiado, en cambio, una mujer joven, seguramente angoleña, porta un traje amarillo pistacho, unas botas acharoladas relucientes que, a su manera, recogen la misma seriedad para la ceremonia.
Una larga tradición, que se manifiesta de repente, acompaña a estas gentes que asisten a la Misa de Resurrección. Un hilo remoto que se repite desde qué tiempos, qué capillas rurales, qué abadía medieval, qué regiones distantes desde los primeros días de la celebración. Y que hoy se reitera, en esta mañana luminosa en la Seo de Guarda.
En la lectura, entre las eses portuguesas, reconozco la acostumbrada cita del Evangelio de San Juan. En la que, tras el asombro inicial de María Magdalena y Simón Pedro, figura la frase terminal: “Pues no habían entendido aún la Escritura según la cual Jesús habría de resucitar de entre los muertos”. Una devoción provinciana, esta atención con trajes de domingo en la Serra da Estrela, antes de iniciar la procesión en torno a la plaza, que repiten una vieja demanda, la antigua espera.





























