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sábado, 22 de septiembre de 2018

Triquiñuelas

J. D. Salinger


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Salinger, guardián del centeno, confesó haber estado siempre convencido de que el ratón que escapa de la trampa vuelve cojeando a casa con nuevos e infatigables planes para matar al gato. Entre nosotros, ese ratón son los políticos, y el gato, las leyes.

    –Hecha la ley, hecha la trampa –reza el “vivaz espíritu jurídico” que atribuye a los españoles Albornoz, quien, sin embargo, no acaba de explicarse el contraste entre nuestra “prolífica devoción legislativa” y nuestro “desdén por el cumplimiento de la ley”.

    La República advino por una pirula electoral (República de piruleros). Un descuido sindical preparó la Revolución de Asturias (Revolución de descuideros). Un fraude electoral aupó al Frente Popular (Régimen de malandros). Un birlibirloque constitucional dio a Azaña el sillón de Alcalá Zamora (Hamponato presidencial). Una triquiñuela legal (“de la ley a la ley”, cosa que ya obsesionara en Francia a Napoleón, cuando lo suyo) inauguró la Santa Transición. Ahora, Sánchez, con fama de ambicioso entre los politólogos (¡lo que se le escape a un politólogo!), apela al estado de necesidad para cerdear las leyes para su Presupuesto. Es la Teoría de las Circunstancias con que la historiografía golfa justificó los crímenes (“propios de caníbales” le parecieron a Saint-Just los de la Bastilla) de la Revolución francesa, y que a Sánchez le viene como un guante Varadé para dirigir su banda de jurisperitos (Marlascas, Delgados, Robles) en el templete de la picaresca política con libreto de Salas Barbadillo.
    
Estamos donde estamos, pero venimos de donde venimos. María Soraya, que presumía de abogacía del Estado, una cosa que impresionaba mucho a los generales, cuando la investidura de su Mariano estaba en el aire por un quítame allá esos plazos, habló públicamente de “vacío legal” en la Constitución (?), y llamó a los letrados de las Cortes a llenarlo, con lo cual convirtió a esos letrados (Méndez de Vigo, el del karaoke, sin ir más lejos)… ¡en poder constituyente! Y de postre, el 155.

Sábado, 22 de Septiembre



Música de moros

viernes, 21 de septiembre de 2018

Y ahora la Mezquita





Francisco Javier Gómez Izquierdo

         La obsesión por la Mezquita de Córdoba no podía tardar en tomar forma en el Gobierno de España, teniendo en cuenta que la que más manda es doña Calvo, “miembra” del Comité de “Expertos en la Mezquita” que se formó en Córdoba y del que ya dimos cuenta en su día. Doña Calvo se ha dado de baja del Comité para coger el puesto de ministra, va ya para cien días pero el resto de la cuadrilla con el “ilustre” Federico Mayor Zaragoza de ariete sigue con la “falsa pretensión” de que la Iglesia devuelva a los “¿cordobeses?” lo que les quitó ¿? con el gobierno de Aznar. Con ánimo de tener el horno siempre caliente y con doña Calvo explicando leyes en las más altas instancias judiciales, no hay día que el Comité de Expertos no utilice la prensa local para intentar convencer al atónito ciudadano incapaz de comprender tanto delirio.

       En Córdoba, como en la nación, hay un alcalde, alcaldesa, del PSOE pero los concejales son de la Izquierda Unida, sección PCE y del partido Podemos que aquí se llama Ganemos. Es decir, una alcaldesa a la que no se ha votado, pero el gobierno municipal está empeñado en convencer desde el diario y las radios -sobre todo la cadena SER- que los cordobeses “quieren” que les devuelvan la Mezquita como si los cordobeses hubieran sido amos en algún siglo o no estuvieran contentos de poder entrar en el templo todos los días sin pagar enseñando el carné de identidad, y no como por ejemplo en la Alhambra, donde se han detectado trapicheos ciento y donde los granadinos han de apoquinar 15 euros para ver "su" palacio.

      El modo de enredar el asunto de la Mezquita a mí me parece harto perverso pues se mezcla la inclinación dineraria de muchos obispos, cardenales y demás ensotanados que no tuvieron reparo ni vergüenza en inmatricular inmuebles que no les pertenecían: la casa del cura levantada por los aldeanos de los pueblos castellanos, hoteles en antiguos conventos, pisos por los que no se contribuye, etc. y que doña Calvo y su gobierno harían bien en regular con lo que el sentido común dicta en las cabezas de las personas normales que arrastran tradiciones, pongamos seculares.
     Las catedrales, las mezquitas convertidas en iglesias o en catedrales e incluso las ermitas, durante siglos y hasta hoy se han considerado de la iglesia por mal que les parezca a los ciudadanos que no creen en Dios y odian al Vaticano y sus representantes como parece la condición de doña Calvo y su Comité. La inscripción en el registro conforme a derecho de, sobre todo los edificios religiosos dedicados al culto, durante el gobierno de Aznar, tendría que haberse recurrido en tiempo y forma al parecer, y no se hizo, pero... a Doña Calvo parece importarle un bledo el Derecho, ¡ella que fue profesora de Constitucional en Córdoba y se escandaliza porque no se condene por violación cuando la figura delictiva fue anulada por su partido en el 94! y tiene a su Comité enfrascado en la derogación  de la voluntad del rey de Burgos Fernando III el Santo de donar la mezquita al obispado cogiendo de las guedejas el capricho real del hijo,  Alfonso X el Sabio, de someter las mezquitas conquistadas a la Corona de Castilla. Uno, que es poco ducho en leyes, cree que el rey Alfonso conquistó terrenos con mezquitas después que su padre y que la voluntad de su padre se ha de tener y más en aquel tiempo, por sagrada.

      De todos modos no creo que esas argucias leguleyas en las disquisiciones legales hayan de tenerse en cuenta hoy. Los cordobeses no quieren pagar por entrar a la mezquita como pagan en los Alcázares de propiedad municipal y donde la plantilla... ¡mejor no digo nada!. Los cordobeses son cofrades y están por la Semana Santa. Los cordobeses no votan a doña Calvo ni a su Comité de Expertos. Los cordobeses no quieren regalar la mezquita a los islamistas. Tampoco quieren que se convierta en un centro cívico y están hartos de que se les ponga de pantalla y se pontifique con que no querer lo que doña Calvo y sus amigos quieren es añorar el nacionalcatolicismo y el franquismo. Ésa es la cantinela de todos estos días. Los cordobeses saben que doña Calvo quiere la Mezquita para sí y sus aduladores. Para montar un negociete con las entradas como en la Alhambra. Como el que dice doña Calvo que tiene montado la Iglesia... pero ¡mire! los cordobeses entramos gratis, como usted doña a una Mezquita que ni ha sido ni será nunca nuestra. En todo caso de la Iglesia y de usted si se salta el Derecho.

Macbeth




Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Los politólogos de meñique han descubierto que Sánchez es “muy ambicioso”, y para ahuyentar los peligros que ese exceso presagia, nos recomiendan seguirle al loco la corriente de su fantasía llamándole “Doctor” (¡qué idea, qué idea!).
La mucha ambición viene a ser eso –dice el Séneca, todo lo contrario de un politólogo de meñique–: una falta de respeto a los claveles de nuestra maceta.
Un día de estos los politólogos de meñique descubren a Shakespeare y leen la tragedia de Macbeth, que es lo que tenemos en La Moncloa, donde se venden boletos para la rifa del papel de Duncan.
En La Moncloa, abierta ahora al público aficionado al teatro, hay, en efecto, un Macbeth. Y una Lady Macbeth. Y hasta brujas (mazo) de Macbeth (“¡Que hierva el caldero y la mezcla se espese!”), intraducibles, al decir de don Luis Astrana Marín, por el tipo de verso escogido por Shakespeare como “ritmo conveniente a los seres sobrenaturales”.
Macbeth teatrero, y por tanto morcillero, es el nuestro. Macbeth de culebrón venezolano, bien ajeno a lo que Santayana amaba de Grecia e Inglaterra, que era “los modales adecuados, la perfección y la simplicidad varoniles”. En este macbethato sanchista también el mañana y el mañana y el mañana avanzan a pequeños pasos (ahí están los zapatos tocineros de Sánchez), de día en día, hasta la última sombra del tiempo recordable. Y todos nuestros ayeres han alumbrado a los locos el camino hacia el polvo de la muerte…

¡La vida no es más que una sombra que pasa, un pobre cómico que se pavonea y grita durante su hora sobre la escena, y después no se le oye más… Un cuento narrado por un idiota con gran aparato, y que nada significa!...
Porque Sánchez es “muy ambicioso”, queridos politólogos de meñique, lo ha escogido Don Dinero, que necesita un apaño en Cataluña para ganar diez o quince años (¡una generación cultural de las de Ortega!) de “Paz Social” para sus cosas, que no son las nuestras.

Un tipo presto a hacer… “lo necesario”.

Viernes, 21 de Septiembre



El viento con el polvo,
hace proras de plata

jueves, 20 de septiembre de 2018

Vuelve la Champions

La Primera Vez


Francisco Javier Gómez Izquierdo
      
        Confieso amargamente que aún  no he digerido los disparates de nuestra selección en el Mundial. Y me duelen mucho más cuando veo la manifiesta superioridad de nuestros clubes sobre casi todos los demás europeos en cuanto empieza la competición que más gusta al vulgo en general. Personalmente me gusta más la Liga que la moderna Champions porque en la primera suele ganar el que la merece mientras que la Champions se puede conquistar a base de golpes de suerte y no me tachen de antimadridista si me permito proponer a Zinedine Zidane como anunciante de esa lotería que hoy abraza generosa a toda la prensa del país. Si el gol del 93 de Sergio Ramos en Portugal o la noche de Karius en Kiev dan para un sesudo tratado sobre las veleidades de la Fortuna, no son menos determinantes ciertos detalles que se olvidan en favor de la gloria del campeón. Hagan memoria o busquen la falta que no fue y Koeman coló a la Sampdoria...¡la Sampdoria, madre mía!, o la depresión colectiva que contagió la lesión de Salah en la última final.
      
La primera jornada de Champions nos certifica la superioridad de los nuestros: Madrid, Barça y Atleti. Si de las cinco últimas ediciones, cuatro títulos se los ha llevado el Madrid, el otro el Barça y en dos ocasiones el Atleti ha jugado la final queda claro a quién corresponde el papel de favorito. Si además todo el mundo se ha puesto de acuerdo en que al Real Madrid da gusto verlo jugar, que no extraña a Cristiano y que nadie cuenta con tanto talento junto -lo de Modric, Isco y Asensio en el mismo equipo tendría que considerarse un fraude a la competición- sólo la eterna amenaza de Messi y el indomable espíritu competitivo del Atleti parecen ser digno de tenerse en cuenta.
     
Porque todo es opinable y en fútbol creo que hasta obligatorio pudiera ocurrir que ahora que el Real Madrid juega como nadie sea eliminado como cualquiera en octavos o cuartos por pongamos uno de los manchesteres. Tal eventualidad convertiría a Lopetegui en peor entrenador que Zidane con esa injusticia resultadista tan perniciosa en la clasificación de los buenos y no tan buenos entrenadores.  Valverde, el míster azulgrana, arrastra la maldición de un partido en Roma donde ordenó -suponemos- hacer lo que no saben los jugadores del Barça: defender sin balón. Esa derrota, tan alejada de “la filosofía”, como ahora se dice, futbolística del Txingurri se aireará en tropezón parecido, si ocurriera, y el buen hacer del entrenador vasco no valdría más que para agradecer los servicios prestados.
    
Son los dos más favoritos. Por detrás el que más empuja como siempre es el Bayern donde como siempre golea Lewandoski. Luego el Liverpool, sobrado de adrenalina y velocidad en la delantera... y por supuesto la Juventus de Cristiano al que un riguroso ayudante sacó de sus casillas. El episodio fue esperpéntico y no merece mayor comentario que la constatación del propósito del fenomenal futbolistas a permanecer toda su vida en una eterna adolescencia. Sobrio el United de Mourinho y de un Pogba con galones de general. Extraña la derrota del City, pero ¡ay! esa desconcertante defensa...

Carasblancas

Beach Boys


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

A Bernard-Henri Lévy hay que verlo como al Cara Blanca del circo intelectual.
El socialismo es un régimen social basado en la explotación de los obreros por los intelectuales –en palabras de Machajski, anarquista polaco.

El “payaso blanco”, que sería Lévy, es, según la Wikipedia, “guapo, elegante, petulante, a veces autoritario y malicioso, y refuerza la valía del augusto”, que sería Soros, en este circo socialdemócrata donde, a base de hacer que las clases dominantes repitan lo que gusta a las clases dominadas, todo es mentira, menos lo malo, y lo que antes fingían creer los ricos únicamente los domingos durante el servicio religioso, que los pobres heredarán un día la tierra, hoy fingen creerlo todos los días en los medios de comunicación. Por eso los pobres huyeron de la iglesia como huyen de los medios y votan no lo que les mandan, sino lo que les sale de la voluntad, que a eso debe reducirse (¡o ampliarse!) la democracia, palabra que todo el mundo alaba, pero que nadie entiende.
Los curas no dejaban pavonearse de la inteligencia y de la belleza, pero sí de la memoria y de la voluntad, justo las dos capacidades que buscan arruinarnos los carasblancas como Lévy, que ignora que el voto no mide la calidad ni la verdad del demos, sino su fuerza, y puesto que los pobres no votan lo que gusta a los carasblancas, entonces, dice Lévy, ha de haber un “Estado profundo” o una “Nación profunda” (con tanto Althuser y tanta “queue”, Lévy no distingue una cosa y otra) que corrija los errores democráticos de la chusma. Y como, en vez del brazo, levantan el meñique, los carasblancas pasan en el circo por liberales, que ahora bailan como Beach Boys el “Bomb, bomb, bomb, Iran” de McCain.
Lévy es el tipo que desde Trípoli llamó a su amigo Sarkozy, aquel De Gaulle con alzas de Fary, para que bombardeara Libia (con ZP y Julito Rodríguez) aún no sabemos si porque encontró un derecho humano muerto en su té o porque no se vendían sus libros en el hotel.

J. W. Machajski

Españoles y Franceses: Un turbulento ayer, un presente mohíno, un improbable futuro. Capítulo 25 de 26


 Don Quijote y el vizcaíno

Jean Juan Palette-Cazajus

25. Antes de concluir: confesión epilogal

                                             «A lo cual replicó el vizcaíno:
                     -¿Yo no caballero? Juro a Dios tan mientes como cristiano. 
                     Si lanza arrojas y espada sacas, ¡el agua cuán presto verás
                     que al gato llevas! Vizcaíno por tierra, hidalgo por mar, 
                     hidalgo por el diablo, y mientes que mira si otra dice cosa».
                                                      (Don Quijote, Capítulo 8, Parte I)

Tengo perfecta conciencia de las profundas insuficiencias de este ensayo de ensayo. Al menos sobre esta base cabe la posibilidad de construir algo más sustancioso. Acabo de hablar del carácter eminentemente literario del sentimiento de identidad nacional y de las  psicologías aferentes. Sin duda tenía que haber insistido en el carácter imaginario, además de literario, que las consecuencias del invento de la imprenta infundieron a los sentimientos  colectivos o nacionales. Me estoy acordando, como muchos habrán entendido, de las tesis de Benedict Anderson sobre las «Comunidades imaginadas». No cabe la menor duda de que el sentimiento nacional tal como lo entendemos todavía es el producto de la alfabetización generalizada que se extendió a partir de la segunda mitad del siglo XIX y la «ideología escolar» así transmitida fue construyendo el imaginario nacional que hemos heredado. Es una representación en extremo reciente.


 Mapa de gallinas autonómicas

Pero mi trabajo adolece además de otra carencia, sin duda la más importante, que no me queda más remedio que tratar de justificar: en ningún momento he abordado el papel de las complejas identidades «periféricas» en la articulación del «carácter nacional» español. Cualquier pretexto vale para las ideologías victimistas, pero el reproche de haber identificado España con el más tradicional "castellanocentrismo"  no carecerá, aquí, de ciertos fundamentos. Creo que el tono general de este trabajo es el temor y la incertidumbre. La necesidad de integrar otras facetas «diferenciales» en este marco forzosamente limitado, habría resultado de tan difícil manejo que la dificultad del morlaco solo podía disuadirme de cualquier intento lidiador. 

Pero no desconocía, por citar alguno de los muchos autores que han abordado el tema, los comentarios de Cadalso en la «Carta Marrueca» n° II: «Aun dentro de la nación española, hay variedad increíble en el carácter de sus provincias. Un andaluz en nada se parece a un vizcaíno; un catalán es totalmente distinto de un gallego; y lo mismo sucede entre un valenciano y un montañés. Esta península, dividida tantos siglos en diferentes reinos, ha tenido siempre variedad de trajes, leyes, idiomas y moneda. De esto inferirás lo que te dije en mi última carta sobre la ligereza de los que por cortas observaciones propias, o tal vez sin haber hecho alguna, y sólo por la relación de viajeros poco especulativos, han hablado de España.». No sé si darme por aludido por esta última frase.


Mapa español de estereotipos

Ni tampoco ignoraba las lacerantes observaciones de Barthélémy Joly, consejero y limosnero del Rey de Francia, que viajó largamente por España entre 1603 y 1604: «Entre ellos los españoles se devoran, prefiriendo cada uno su provincia a la de su compañero, y haciendo por deseo extremado de singularidad muchas más diferencias de naciones que nosotros en Francia, picándose por ese asunto los unos con los otros y reprochándose el aragonés, el valenciano, catalán, vizcaíno, gallego, portugués los vicios y desgracias de sus provincias; es su conversación ordinaria. Y si aparece un castellano entre ellos, vedles ya de acuerdo para lanzarse todos juntos sobre él, como dogos cuando ven al lobo.

[...] Se quejan [de los castellanos], a sabiendas de ser tiranizados por ellos, mal tratados en la distribución de los honores y recompensas, tanto civiles como militares»

Podrían multiplicarse las citas. Tampoco desconocía, ya mucho más cerca de nosotros, las lúcidas y premonitorias palabras de Ángel Ganivet, poco antes de suicidarse en 1898, recogidas en una larga y fascinante carta dirigida a Unamuno: «Yo soy regionalista del único modo que se debe serlo en nuestro país, esto es, sin aceptar las regiones. No obstante el historicismo que usted me atribuye, no acepto ninguna categoría histórica tal como existió, porque esto me parece dar saltos atrás. A docenas se me ocurren los argumentos contra las regiones, sea que se las reorganice bajo la monarquía representativa o bajo la república federal, sea bajo esta o aquella componenda debajo del actual régimen; encuentro demasiado borrosos los linderos de las antiguas regiones, y no veo justificado que se los marque de nuevo, ni que se dé suelta otra vez a las querellas latentes entre las localidades de cada región, ni que se sustituya la centralización actual por ocho o diez centralizaciones provechosas a ciertas capitales de provincia».

En la misma carta proseguía un poco más adelante: «He estado tres veces en Cataluña, y después de alegrarme la prosperidad de que goza, me ha disgustado la ingratitud con que juzga a España la juventud intelectual nacida en este período de renacimiento; a algunos les he oído negar a España. Y, sin embargo, el renacimiento catalán ha sido obra no sólo de los catalanes, sino de España entera, que ha secundado gustosamente sus esfuerzos. En las Vascongadas sólo he estado de paso; pero he conocido a muchos vascongados; los más han sido bilbaínos, capitanes de buque, y éstos son gente chapada a la antigua, con la que da gusto hablar; los que son casi intratables son los modernos, los enriquecidos con los negocios de minas, que no sólo niegan a España y hablan de ella con desprecio, sino que desprecian también a Bilbao y prefieren vivir en Inglaterra. El motivo de estos desplantes no puede ser más español».


Granada recupera los restos de Ganivet


Y era precisamente Miguel de Unamuno el que publicaba el 25 de diciembre de 1905, en la revista «Nuestro Tiempo» un largo y sobrecogedor artículo, tan obsoleto en algunas cosas como rabiosamente actual en otras, titulado «La crisis actual del patriotismo español» donde comentaba los sucesos del mes anterior, en Barcelona, cuando un grupo de oficiales asaltara las redacciones del semanario satírico catalanista «Cu-Cut» y del diario «La veu de Catalunya». El acontecimiento, considerado por los historiadores como un primer intento de militarización de la vida pública española, aceleró el éxito del catalanismo y propició su victoria en las Elecciones Generales de 1907.  Una entre decenas de citas posibles:

- «En el fondo del catalanismo, de lo que en mi país vasco se llama biszkaitarrismo y del regionalismo gallego, no hay sino anticastellanismo, una profunda aversión al espíritu castellano y a sus manifestaciones. Esta es la verdad y es menester decirla. Por lo demás, la aversión es, dígase lo que se quiera, mutua […] Aunque todos hayan podido participar legalmente de la gobernación del estado, todo se ha hecho a la castellana […] Y de tal modo es así, que cuantas descripciones del español corren por Europa, apenas pueden aplicarse sino al castellano».

Pero también:

- «Y la nación española es una casa que nos ha cobijado a todos y a cuyo amparo nos hemos hecho lo que somos cuantos pueblos hoy la constituimos».

¡Nihil novum sub sole Hispaniae! 

Unamuno posando para López Mezquita

Jueves, 20 de Septiembre


¿Qué voy a hacer? ¿Ordenar los paisajes?

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Laureano

Laureano González

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Ha muerto Laureano, señor (él se decía barman, como en la esquela de ABC) de Gitanillos.

Si los 80 acabaron la noche que Douglas noqueó a Tyson en Tokyio, la Santa Transición acabó el día que cerró Gitanillos, donde, con traspasar una cortina, se madrugaba de noche y se trasnochaba de día.
Ahora, Pemán, haremos como los predicadores –sorprendió una vez Millán Astray al autor de “El divino impaciente”–. Echamos la cortinilla del Sagrario y ya podemos decir lo que queramos.
Que eso fue Gitanillos: poder decir con copas lo que se quisiera a sabiendas de que ni una palabra iría a parar al otro lado de la cortinilla (¿cuántos secretos de Estado, cuando el Estado era una cosa seria, no hicieron codos en aquella barra?), y la discreción la garantizaba Laureano, cuya cortesía (una sonrisa, pero llena de matices, del afecto y el alborozo al desdén y la ironía) llevó a alguno a creerle portugués, siendo de Puertollano; “paisano”, le dijo siempre Julio Aparicio, que tenía un tío barbero en la calle del Príncipe con quien se ajustó Laureano de aprendiz, que a diario veía llegar a Manolete, a afeitarse, en su Buick, aunque según Juan Lamarca la verdadera pasión taurina de Laureano fue Curro Romero, aparte la devoción que sentía por Rafael Vega de los Reyes, Gitanillo de Triana, su patrón, hermano menor del primer Gitanillo de Triana, Francisco, también conocido como Curro Puya, muerto en el 31 por un toro en Madrid.
Rafael Vega, que abrió de matador los carteles de Manolete (incluido el trágico de Linares), fundó Gitanillos en el 63, y como recuerdo del ajuar de la inauguración guardó Laureano una servilleta que al cabo de los años entregó, ya amarillenta, a José Luis del Río, presidente de Las Ventas, para que concediera con ella, si procediera, las orejas de Curro, anunciado con Paula y Chenel, la tarde de julio del 87 que acabó en escándalo porque El Faraón, con Laureano vestido de príncipe en el callejón, se negó a matar al quinto, “Giraldillo”.

Ya es bonito.

La guerra y el cine


Ante el fracaso, cada vez más evidente, de las armas rusas en España, se ve bien clara la diferencia que va de organizar un Ejército para la guerra a organizarlo para el cine


Julio Camba
Sevilla, 24 de Agosto (1937)

    Ante el fracaso, cada vez más evidente, de las armas rusas en España, se ve bien clara la diferencia que va de organizar un Ejército para la guerra a organizarlo para el cine. En el cine, el Ejército ruso resultaba un verdadero Ejército de titanes, cuyos pies, agrandados por la óptica del cameraman, parecía que iban a aplastar de un pisotón a toda la sociedad capitalista, mientras las manos, enfocadas desde otro ángulo, ofrecían por término medio el tamaño y la forma de unos jamones bastante regulares. Primero se hacía una exhibición de pies, y luego una de manos, o viceversa, y después venía la exhibición de caras: unas caras feroces y espantosas que en los cines de lujo frecuentados por el público burgués ponían espanto en todos los corazones. Ya es bastante feo de suyo el soldado ruso, dicho sea en plena confianza y prescindiendo totalmente de la pasión política; ya es bastante feo el soldado ruso con su narizota aplastada y sus pómulos a manera de lobanillos, pero en la pantalla y servido por una técnica cinematográfica que acusaba terriblemente todos sus rasgos, resultaba algo así como el propio monstruo de Frankenstein.

    Lo más importante, sin embargo, de las películas militares soviéticas no eran los soldados, sino las máquinas: los tanques, los aviones, los trenes blindados, las baterías de una y otra clase, los dirigibles, las motocicletas, ametralladoras, etc. Así, en un momento dado, la pantalla se poblaba de carros de asalto que avanzaban hacia el espectador de un modo inexorable –en la pantalla no había Regulares ni soldados del Tercio– y, a medida que los carros de asalto iban haciéndose más grandes, el espectador iba sintiéndose más chiquito. El objeto era darle al espectador la sensación de que los carros pasaban sobre él, lo que se lograba fácilmente con una simple variación del ángulo fotográfico, y era inútil que el pobre hombre bajase la cabeza. Uno tras otro los carros se lanzaban sañudamente en dirección suya, llenaban toda la pantalla, la desbordaban y desaparecían por arte de encantamiento, pero era como si fuesen a dar con sus moles enormes en pleno patio de butacas.

    ¡Vaya susto!... Algunos niños rompían a llorar desaforadamente, y las señoras, para calmarlos, tenían que hacer un gran esfuerzo sobre sí mismas a fin de dominar el propio desasosiego. Y en esto llegaba el turno de los aviones. ¡Cómo se veía que no andaba por allí García Morato!... Las escuadrillas se presentaban en formación impecable, hacían diversas evoluciones individuales y de conjunto y, al final, soltaban a los parachutistas. Era el número más sensacional del programa. En un dos por tres el anubarrado cielo quedaba convertido en mar tranquilo por el que una infinidad de medusas flotaban a merced de las corrientes. Cien, doscientos, trescientos parachutistas, o más cientos aún, que irían a caer Dios sabe dónde, pero a los que la cámara fotográfica recogía siempre en el mismo sitio y que inmediatamente, desprendiéndose de sus paracaídas, se erguían ante el espectador perfectamente armados y equipados...

    –¡Qué Ejército más formidable! –exclamaba la gente en todos los pases donde se proyectaban las películas rusas de propaganda militar.

     Y he aquí cómo esa desdichada y temerosa Francia, digna, sin duda, de mejores Gobiernos y de mejor destino, se alió con la Unión de las Repúblicas Soviéticas.
    
Por mi parte reconozco que los rusos tienen un gran Ejército, pero si este Ejército se hubiese preparado para la guerra un poco más que para el cine, no sufriría nunca los descalabros que está sufriendo ahora en España. ¿Cambiará de orientación en lo futuro ante unas lecciones tan duras? Afortunadamente parece que no. Antes del último junio, el Ejército ruso estaba dirigido por Tukachevsky, mariscal, jefe del Estado Mayor y generalísimo en tiempo de guerra; por el director de Aviación, Eideman; por el general Kork, gobernador militar de Moscú; por el general Uborevitch, gobernador militar de la Rusia blanca y miembro del Consejo Superior de Guerra; por los generales Primakov, Yakir y Putna, y por Eisenstein, el famoso as cinematográfico, que era quien manejaba los batallones en la Plaza Roja moscovita. Ahora, y fusilados ya todos los generales citados, no lo dirige, que yo sepa, nadie más que Eisenstein.

HACIENDO DE REPÚBLICA
EDICIONES LUCA DE TENA, 2006

¡Qué Ejército más formidable! –exclamaba la gente en todos los pases donde se proyectaban las películas rusas de propaganda militar

Miércoles, 19 de Septiembre


Puedo ver el duelo de la noche herida

martes, 18 de septiembre de 2018

Los zapatos



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Para conocer a Pedro Sánchez no hay que leer su Tesis, que no es suya, sino mirar sus zapatos, que parecen un error de Amazon en un paquete de la Cañada Real.
Oiga, que yo pedí una tapa de delco para el 1430 y me han traído unos zapatos de Fary.
Por cómo calzan los jefes de partido, podemos prever (verbo que no saben conjugar ni Sánchez, presidente del Gobierno, ni Guirao, ministro de Cultura, ni Carmena, alcaldesa de Madrid) los pasos de la partidocracia.

Los zapatos de Sánchez, que son de esos de “mealegrodevertebueno”, no son los zapatos de “chúpamelapunta” de Rivera (estilo conde Fulco, también calzados por Guardiola). Son zapatos de falso charol que hacen “piopio” y que piden a gritos una piel de cocodrilo. O sea, unos zapatos de Estado, pues por Hobbes sabemos que el cocodrilo o Leviatán es el Estado (cuya amenaza es el cristianismo, lo que entendido por Sánchez, duro de mollera para lo alegórico, es que hay que deshacerse de las cruces).

Chao, mi príncipe –despide Delcy Rodríguez a Zapatero, relaciones públicas del hamponato venezolano.
Frente a la insoportable levedad de los zapatos de Zapatero, que, como está acreditado, no dejan huella ni haciendo “footing” por la playa, surgen, hambrientos, como dos cocodrilos hobbesianos, los zapatos de Sánchez, ligeramente adelantado el derecho, prueba de que no es el pie de Sánchez el que sabe dónde le aprieta el zapato, sino que es el zapato el que sabe dónde le aprieta el pie de Sánchez.

¿Y los pasos, algunos decisivos, que han dado con nosotros? –zapateó Ruano.
Esos zapatos llevaron un día a Sánchez a pedir ayuda en Telefónica para que el periódico global no se metiera con él. Son los mismos zapatos que lo llevan ahora a declarar en TV que, como presidente del Gobierno, hará “lo que quiera” en la Cámara.

“Donde todo está en una mano”, situó Hamilton la tiranía, que en este caso son dos pies que en dos andadas han hecho más pedagogía del Régimen que todas las Universidades juntas.

Desafío ganadero. José Escolar vs San Martín. Nadie entre aquí que no sepa geometría

 Páramos de cemento

Jean Juan Palette-Cazajus

«El silencio eterno de estos espacios infinitos me espanta» escribía el polímata Blaise Pascal (1623-1662) en sus «Pensamientos». La frase recoge con fidelidad el sentimiento que me invadió ayer frente a los interminables páramos de cemento que se ofrecían a mi vista mientras tomaba asiento en la grada del 8. Sólo el tendido 8 y los sectores más aledaños del 7 y del 9 ofrecían un nivel de concentración humana susceptible de aliviar aquella necesidad de sociabilidad humana tan pregonada por Jean-Jacques Rousseau. ¡Afortunadamente, estaba Florencio

Calculo generosamente un tercio de plaza, tenida en cuenta la presencia de una imponente delegación del Imperio del Sol Naciente que había acudido a Las Ventas del Espíritu Santo para devolver, con su legendaria pleitesía, la visita que el maestro Márquez y su familia rindieran este verano a las tierras del Fuji Yama. Ausente el maestro, olvidado de su más presunta que acrisolada afición y dedicado a opíparos ágapes familiares, la delegación nipona, comprensiblemente ofendida, abandonó espectacularmente la plaza en el tercer toro, dejando  reducida la asistencia a un escaso cuarto de plaza.

Algunos de los frustrados visitantes me comunicaron que ante la magnitud del ultraje, el Bushidó, código de honor de los samuráis, no contemplaba otro recurso que no fuera el «harakiri». Logré convencerlos de renunciar a tan nefastas intenciones, tras explicarles que, en mi caso, la espantá del presunto maestro de aficionados suponía nada menos que la obligación de cargar con la reseña de la corrida del día. Impresionados, admitieron que una fruslería como el harakiri no se podía parangonar con tan tremendo castigo.

Además de la vastedad de las extensiones pétreas, me llamó la atención, al ocupar mi asiento, la presencia en el ruedo de un a modo de paralelepípedo trufado de rayas perpendiculares. Pensé por un momento que lo que se iba a dar allí era un partido de beisbol entre los San Francisco Giants y los Detroit Tigers. Tras recapacitar, llegué a la conclusión de que Don Simón Casas, con insoslayable pedantería francesa, se había tomado demasiado al pie de la letra el aforismo de  Pepe Bergamín según el cual el lema de la Academia Platónica debía figurar en la entrada de toda plaza de toros: «Ἀγεωμέτρητος μηδείς εἰσίτω», «Nadie entre aquí que no sepa geometría».

No iba yo tan mal encaminado ya que el objetivo de tan abstractas figuras que transformaban el ruedo en pizarra colegial, es el de medir, calibrar y reglamentar la calidad de las arrancadas de los bureles. ¡A estas alturas! Hasta fechas no tan antiguas los picadores estaban presentes en el ruedo en el momento de la salida del toro. Con los consiguientes atropellos iniciales -que no arrancadas- del toro a los caballos y la casquería resultante. Cualquier ser dotado de razón y que además hace uso de ella debería entender que jamás conoció la suerte de varas época idílica ni que fuese digna de añoranza.  Los presuntos centauros pasaban más tiempo rodando por la arena que administrando varas merecedoras de una estampa de Daniel Perea en «La Lidia». Por algo a uno de ellos se le conocía por el mal nombre de «Agujetas».

La suerte de varas fue siempre errática y rudimentaria, tributaria de los albures de una lidia caótica,  determinada por la realidad renqueante de los pencos agónicos y su contumaz propensión a desparramar la asadura por los redondeles. «Ni petos ni corazas. La única defensa del caballo debe ser el brazo del hombre, manejando bien las riendas y la puya o vara de detener» escribía en 1926, el político republicano Rafael Sánchez-Guerra, en pleno hervor de la polémica alrededor de la instauración del peto. Sobraba la retórica, pero faltaban semejantes brazos de hierro. Al menos toda la ventaja física era entonces para el toro y también la psicológica ¡tal vez la más importante de las dos!

Con los petos actuales la ventaja pasó a ser la del picador y los toros entraron en freudiana y definitiva depresión ante la inutilidad de sus cornadas. La suerte de varas se convirtió en lo que sabemos: un trance ortopédico e insignificante. Animales ya de por sí disminuidos, castigados a mansalva entre el esperpento y la ablación de la posibilidad misma del toreo.

Por ello resulta sorprendente que todavía pueda surgir la  emoción cuando un toro como Ventero, negro entrepelado, primero de la corrida y pupilo de Don José Escolar, se arranca por cuarta vez y en esta última ocasión desde el extremo del paralelepípedo platónico, ya cercano casi a la boca de riego. Por más que lo hiciera con tardanza y tras ser requerido muy reiteradamente por el piquero. También resultó gratificante ver cómo unos pocos buenos aficionados asumían la parsimonia indecisa del toro, al precio de lo que Bergson llamaba la «duración», es decir la cadencia del tiempo real. Porque mientras Ventero se lo pensaba, una mayoría de cerebros mutantes manifestaba su impaciencia, todos ellos pertenecientes a quienes confunden el ritmo de la vida real con el de las series televisivas, donde los meses y lo años se resumen en una hora. ¡Qué ganas tienen algunos de morirse pronto! Digamos por lo demás que si a Ventero se le castigó mucho en la primera vara, tampoco se empleó excesivamente en ninguna de ellas. 

Patoso, el tercer Escolar fue el que mejor metió los riñones de toda la corrida. Luego se paró y terminó despatarrándose escandalosamente. Muy bien presentados los tres Escolar, casi escurridos, sin una onza de grasa sobrante, con trapío y defensas.

Los dos primeros San Martín, correctos de presentación, pero en la línea del toro moderno, pasaron sin pena ni gloria. Particularmente nulo fue el primero que hizo cuarto de la tarde. El sexto, por nombre Precioso, muy bien presentado, astifino y cornivuelto arrancó aplausos iniciales. Su comportamiento en varas merecería una larga disertación sobre las incógnitas tierras fronterizas entre bravura y mansedumbre. Se arrancó de lejos en la primera vara, metiendo los riñones para terminar saliendo suelto. De nuevo se arrancó de lejos para la segunda vara propinada por un Antonio Muñoz que barrenó con ferocidad. Precioso salió de najas con la firme intención de no parar hasta llegar a los refajos del caballo de puerta. Recogido in extremis por Sergio Aguilar, se arrancó por tercera vez, con cierta alegría, desde la máxima distancia. Doctores tendrá la Iglesia.

La tarde transcurrió entre «vivas». Los iniciales fueron a España sin que se supiera bien a santo de qué. Les sucedieron «vivas» a México y a Aguas Calientes, motivados por la presencia de Arturo Macías y que desconcertaron a más de un desconocedor de la geografía azteca, extrañado de que pudiera vitorearse brebaje tan insulso. Hubo sana intervención de un presocrático de la grada que expresó enérgicamente su hartazgo de  «tantos “vivas” y tantas “po..as”». No por ello cesaron los vítores sino que se fueron diversificando, pudiéndose oír desde un «Viva Japón», sin duda de desagravio, hasta un «viva» a la tesis de Pedro Sánchez -¡si señores!- e incluso un «viva» a Maluma. Creo que Don Teófilo Gautier tiene que plantearse un segundo viaje a España porque los indígenas vuelven a ser muy exóticos. 

Casi se me olvidaba. Sin duda forma parte de mi cometido contar algo de los toreros. La verdad, se me hace cuesta arriba. En el primer Escolar, serio, encastado, para nada «la tonta del bote» habría dicho «El Bombero», pero tampoco una alimaña, Javier Castaño, más que precavido, anduvo «precaucionoso» que dirían los gabachos. Lo único notable de Castaño en el cuarto fue su ausencia. El maño Ricardo Torres, 18 años de alternativa, ninguna corrida toreada en 2015, una en 2016 y otra en 2017, cara de pueblo de cuando había pueblos, mereció de verdad el tan manido adjetivo de «voluntarioso». Torció a su primero en dos verónicas de castigo y dominio de mucho mando y autoridad que me sorprendieron. Torres fue lo más próximo a estar en el sitio que se vio en toda la tarde. Incluso alguna tanda llegó a rozar la dignidad. En su segundo hubo un intento de media verónica Belmontina muy descaderada y al borde de la cogida. Luego poco que reseñar pero sí, otra vez, su presencia y su voluntad. Arturo Macías anduvo por delantales con cierta prestancia frente al tercer Escolar, el que más se dejaba. Con la muleta, se dejó llevar por un fulero toreo de expulsión, de clara prosapia “ajulianada” como le recordó uno del tendido. En su San Martin de turno, hubo triste intento de faena encimista. Como siempre, sonaron aplausos tras ambas fechorías. 

Hubo buenos pares de Fernando Sánchez, Joao Ferreira, Venturita y Sergio Aguilar. Serio y oportuno el quite de Fernando Sánchez a Juan Carlos Tirado. Poco más se me ocurre sacarle a la tarde. ¿O queréis otra dosis de mala literatura?

 Donde está Florencio, está (florece) la gente

 Geometrías platónicas

La última arrancada de Precioso

Martes, 18 de Septiembre



Para la pupila viciosa de nube

lunes, 17 de septiembre de 2018

Españoles y Franceses : Un turbulento ayer, un presente mohíno, un improbable futuro. Capítulos 23 y 24 de 26

 La razón de la sinrazón


Jean Juan Palette-Cazajus

23. Sobre el declive y la lengua 

Hoy, y por razones sin duda diferentes, ambos países están incursos en un mismo proceso de pérdida de confianza. En España el paro, pese a bajar 10 puntos desde el 2012 (del 25, 77% al 15,28% en 2018), la corrupción, los nacionalismos periféricos, particularmente el desquiciado «tabarrón» catalán, son causas de la reaparición de un pesimismo ya no coyuntural sino desastrosamente alimentado en las viejas y peores fuentes históricas de las tribulaciones nacionales. El caso francés me parece más ambiguo. Con una tasa de paro del 9%, Francia ha conseguido mal que bien, capear el temporal de los años de crisis sin adoptar ninguna de las medidas que en España hicieron sangre en las carnes más frágiles. Francia, nación paradójica donde las haya, siendo el país donde por primera vez encontró su expresión política el concepto de «voluntad popular», tiene no obstante su historia jalonada por la irrupción de personalidades excepcionales que cambiaron el rumbo de los acontecimientos: Juana de Arco, Napoleón Bonaparte o el General De Gaulle. La reciente e inopinada irrupción del fenómeno Macron pareció confirmar esa continuidad en el recurso endémico al personaje providencial. Tras algo más de un año de mandato, el joven y voluntarioso Presidente ya va tropezando con la contingencia y los egoísmos constitutivos. Pero tampoco cabe duda de que el peso de la crisis económica no lo explica todo en el caso del «Mal francés», para usar una expresión de moda. 

Hoy, la palabra «grandeur» ha desaparecido de las bocas y las cabezas francesas. El simpático Asterix, no por casualidad aparecido en 1959, es decir coincidiendo con el regreso al poder del general De Gaulle, simbolizó jocosamente una Francia todavía capaz de alzarse de puntillas para subirse a la barba  de los «grandes». En la actualidad parece que se le acabó la poción mágica. Hace 15 años, salió un libro titulado «La Francia que se cae: Informe clínico sobre el declive francés». Desde entonces se han sucedido decenas de libros similares entre los cuales dos de los más exitosos se llaman, uno «Comprender la desgracia francesa», el otro, lisa y llanamente, «El suicidio francés»



 Toma de posesión de Emmanuel Macron

Pocas cosas revelan mejor esta sumisión cultural, esta renuncia francesa a mantener su rango como la aterradora cantidad de anglicismos que han invadido la lengua cotidiana. No hablamos de los inevitables tecnicismos, puesto que tenemos asumida nuestra subordinación técnica. Hablamos de la vida cotidiana y de innumerables palabras con equivalentes franceses absolutamente legítimos. Dar un ejemplo sería absurdo ya que la lista es interminable. Fenómeno basado, tal vez, en una tendencia nihilista y autodestructiva mucho más habitual de lo que piensa la mayoría de los españoles rutinariamente proclives a creer en cierta soberbia francesa. Hemos rozado el tema en anteriores capítulos. Hemos hablado de esta voluntad escatológica de no entorpecer, mediante una obsesión «chauvinista y retrógrada» -en este caso por la preservación del propio idioma- la marcha hacia el «universalismo», aunque la figura de este sólo sea el globalismo mercantil de la hegemonía anglosajona. También en España los anglicismos se muestran, significativamente, cada vez más invasivos. Aquella España que, a diferencia de los franceses nunca dijo «parking» sino «aparcamiento», que se hubiese avergonzado de decir «week end» en lugar de «fin de semana», que dice «baloncesto» y no «basket ball», «entrevista» y no «interview», que claudicó con «fútbol», pese al numantino «Real Betis Balompié», también se rinde poco a poco al «globish». Parece evidente que una mayoría de franceses y no pocos españoles están protagonizando actualmente, con olímpica indiferencia y ramplona cobardía, un verdadero proceso de transmutación y capitulación cultural y su mayor preocupación no parece ser precisamente la existencia y la continuidad de su posible «psicología nacional».  


 Tiendas... francesas

24. Sólo somos literatura y nostalgia

Seamos lúcidos: En el amor que algunos profesamos a la Historia no cabe encontrar otra cosa que una forma específica del gusto por la literatura, de la pasión por los grandes relatos. Nuestra percepción de la nación es sencillamente “novelera”. Los mitos, los relatos originarios de las sociedades primordiales, antes llamadas “sin escritura”, eran en  número limitado y variaban sólo en la medida de la infidelidad y la fragilidad de la memoria humana encargada de transmitirlos. Pero eran conocidos de todos los miembros de la colectividad. En aquellas sociedades las relaciones entre las personas y la conciencia comunitaria eran «inmediatas». Nuestras culturas, en cambio, interponen entre los individuos la producción masiva de objetos y la literatura escrita es uno de ellos. La materia prima de nuestros mitos hay que buscarla en el paso de la historia cuyas vicisitudes, cuyo inmenso acervo de memoria escrita, además de permitir constantes reinterpretaciones, proporciona nuevo material de forma ininterrumpida. Es decir que en Occidente tanto las relaciones interindividuales como las que nos unen a la colectividad son «mediatas». A diferencia de las sociedades sin escritura, disponemos de relatos incontables y siempre renovados pero, en cambio, su acceso está reservado a una minoría de lectores interesados. La inmensa mayoría de nuestros compatriotas no se interesa por la historia. Para poder hablar de psicología nacional hay que tener acceso a ella, al caudal de la literatura sobre el tema. Solamente a partir de esta base culta, acumulando información, analizándola con la debida reserva y distancia evitaremos empantanarnos en los tópicos mostrencos y podremos acceder a la percepción e interpretación de las diferencias reales. Entonces cabrá dar el segundo paso hacia el difícil criterio comparativo, «nosotros y ellos». Es decir un criterio etnológico; más particularmente el criterio de la llamada etnología inversa: «Nosotros vistos por ellos y ellos vistos por nosotros». 


How to be spanish 


Nuestro primer movimiento ve la nación como un individuo colectivo cuyo carácter es la suma de los caracteres individuales análogos entre sí, al menos la mayoría de ellos. Probablemente no sea así y la realidad se acerque mucho más a la interesantísima observación del sicólogo social mexicano H. Capello según quién: «Los caracteres nacionales no remiten a la personalidad individual sino a ciertas estructuras sociosicológicas intersubjetivas que conforman una conciencia y un sentimiento colectivo». Este tipo de definición tiene además la ventaja de recordar a los cerebros rezagados que no hay genes nacionales y que el «carácter» o la «psicología nacionales» son exclusivamente el resultado de un proceso de transmisión cultural en el seno de la comunidad de nacimiento. Nos hemos referido reiteradamente en estos últimos compases  al concepto de «holismo» tal y como Louis Dumont lo transformó en categoría esencial de su reflexión. Pero el término aparece en el clásico «Vocabulario técnico y crítico de la filosofía», de André Lalande, mediante otro tipo de definición ontológica en tanto que «La teoría según la cual el todo es algo más que la suma de sus partes». La psicología nacional corresponde a este tipo de realidad holista y esta última definición le viene como anillo al dedo. Razón por la cual se entiende mejor ahora la casi imposibilidad de una aprehensión del «carácter nacional» a través de los ejemplos individuales, siempre parciales e indeterminados. Ningún individuo es un arquetipo de su nación por más que siempre habrá quien comente que fulano es un “españolazo” mientras zutano es el “típico gabacho”. Porque, acto seguido, habrá quien exclame hasta qué punto “parece mentira” que mengano sea español y perengano francés. Se confirma así la necesidad de pasar esencialmente por la vía holista de la aprehensión colectiva que, obviamente, no puede ser directamente perceptiva y necesita recurrir a los instrumentos culturales globales, el primero de ellos la literatura. El carácter nacional efectivamente no lo producen los individuos, las partes, sino que es la suma la que induce el carácter nacional en las partes.


 Mapa de España, 1578

«La psicología nacional tiene mala reputación, pero existe» comentaba, hace poco el filósofo francés Régis Debray. Esta psicología nacional engendrada por la totalidad de las cabezas, que no coincide con ninguna de ellas en particular y es algo más y algo diferente de la suma de todas ellas, es una entidad gaseosa e incorpórea. La mayoría coincidirá en la realidad de su existencia mientras discreparán sobre la naturaleza de sus contenidos. Llevamos desde el principio lidiando con una entidad especialmente escurridiza y volátil. Pensamos que resultará bastante luminosa la analogía con la realidad actual de tantas ciudades históricas europeas que fueron trágico escenario de los conflictos bélicos: en ambos casos, urbes y psicología nacional, algunas partes quedaron destruidas, algunas subsisten pero son apenas reconocibles, otras han sido restauradas y otras permanecieron intactas. Y además han surgido muchas y nuevas construcciones. No olvidaremos de paso que en el caso de las ciudades modernas, todas tienden a la indiferenciación. 


Mapa de la Francia feudal

Bombas para la paz

 Sanchismo del 59


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Empatando en Bilbao no se gana la Liga, con lo cual estamos donde estábamos, en ese “déjà vu” liguero que en este Madrid es como “La oficina siniestra” de Pablo San José García, el burgalés de Larache que en “La Codorniz” hacía “alineaciones” de jefazos, jefes y jefecillos, de pelotas y pelotillas. Burocracia funcionarial.

    –Ser funcionario hoy –explicaba en ABC Fernández Flóreztodavía es lo peor que le puede suceder a un hombre. Alguna vez estuve metido en ese atolladero. Fue en Hacienda. Por treinta duros al mes pretendían que dividiese decimales. Fui un día y no volví. En aquellos empleados había que considerar dos grupos: uno, muy pequeño, que se dedicaba a escribir en los periódicos sin aparecer nunca por la oficina, y otro, muy numeroso, que iba a la oficina a leer lo que los primeros escribían en los periódicos.
    
El Madrid de San Mamés recordaba todo esto en el día del debut de Lopetegui y sus ocho apellidos vascos (Lopetegui, Argote, Aranguren, Arteaga, Eizmendi, Calparsoro, Usabiaga y Ugartemendía), según los archivos heráldicos del “As”. ¿Y si el bueno fuera Luis Enrique, a quien nadie pone apellido?
    
El Combinado Autonómico de Luis Enrique venía de arrearle media docena de capones a la Croacia de Modric, el tipo al que todo el mundo quiere dar un Balón de Oro para evitar que Cristiano tenga uno más que Messi, que en eso consiste el juego, del cual tuvimos una caricatura política en La Moncloa, con los doctores Sánchez, Rubiales e Infantino posando con el Cráneo de la Raza, que es el balón, y la vista puesta en las piñatas de la Eurocopa’20 o del Mundial’30. La España de Sánchez, un doctor que no sabe conjugar el verbo prever, pone sobre la mesa su tecnología de vanguardia, que es la de las bombas gaditanas, herederas de aquéllas que tiraban los fanfarrones de la copla.
    
España hace bombas para Arabia Saudí, que está en guerra con Yemen. Los comunistas españoles pillan de Irán, enemigo de Arabia Saudí, y exigen a Sánchez, su empleado, que suspenda la venta de esas bombas, pero Sánchez, que por algo es doctor, tiene una solución salomónica, y la explica al mundo por boca de sus ministros más cultos. Primero fue Borrell: “Nuestras bombas no tienen efectos colaterales”. Como la estupefacción se apoderó de las cancillerías, salió la portavoz del sanchismo, Celaá, y aclaró (transcripción literal):
    
El Gobierno sabe que lo que está vendiendo son láseres de alta precisión, y por lo tanto, si son de alta precisión, no se van a equivocar matando a yemeníes.
    
Esto es un plagio que Iván Redondo, Pigmalión de Sánchez, ha hecho de “Bombas para la paz”, 1959, de Antonio Román, con Fernán Gómez y Pepe Isbert, con la pega de que los guionistas del 59 (José Manuel Iglesias, José María Elorrieta y Alfonso Paso) tenían talento, e Iván Redondo, no. Pero Infantino, el Utillero Universal, cuyo cargo consiste en ir poniendo camisetas de la Fifa con el “9” a tipos que no quieren elecciones (Raúl Castro, Sánchez), ya sabe que en un Mundial de España la estrella sería el Balón Inteligente de Navantia, un balón sin daños colaterales (¡nos ahorraríamos el VAR!) y de precisión tan extrema que no se iba a equivocar (¡adiós a los goles en propia puerta!).
    
Pero estábamos en San Mamés. Si Luis Enrique hizo titular a Ceballos en Elche, Lopetegui, para no ser menos, hizo titular a Ceballos en Bilbao, aunque, eso sí, lo quitó corriendo, por si al chaval se le subían los humos y porque, en ese centrocampismo de solteros contra casados con que sestea el Madrid liguero (dos Ligas en diez años), al primer toque sólo juega Ceballos, obligando a correr a los demás, y hasta ahí podíamos llegar.

    ¿Y Mariano? ¿Acaso no estaba hecho Mariano para Bilbao? ¿No dieron a Mariano el número 7 que sueña Asensio? La carrera final de Asensio en San Mamés era para hacerla con el 7 a la espalda, en lugar de con el veinte, y para que la hubiera rematado Mariano, no Benzemá.
    
No quiero acabar mi carrera con el 20, y con eso lo digo todo.
    
Amancio, Juanito, Butragueño, Raúl, Cristiano… Un Madrid sin 7 es absurdo como un zapato impar. Y nos tememos que Lopetegui por 7 sigue teniendo a Lucas Vázquez, el Colibrí de Curtis.


En el Falcon de Doctor Sánchez

COSAS EMOCIONANTES

    De la prensa española dice Guardiola que es la más maliciosa, pues sólo iría a hacer daño. De la prensa inglesa dice Mourinho que es la más… maniática, pues, a su entender, los periodistas se despiertan por la mañana y lo primero que se les viene a la cabeza es José Mourinho y el United: “Lo siento por ellos, porque hay cosas más emocionantes en la vida”. La prensa inglesa está loca por poner a Zidane en el United, pero primero tiene que desalojar a Mourinho, ahora con el pretexto de que no juega Rashford, opinión que Mourinho echa por tierra con los números de su libreta. Los periodistas ingleses creen que Rashford es otro Mbappé maniatado por Mourinho, pero la verdad es que Rashford apenas da para otro Megido, pero sin la gracia del asturiano de Peñaflor, que en El Molinón se le cambiaba a Miera de banda porque en la suya pegaba el sol.

Infantino, Sánchez y Rubiales con el Balón Inteligente

Viteri

 El Gaitu y Rafael Viteri, en el centro, camino, el sábado, de San Mamés


Francisco Javier Gómez Izquierdo

 He comenzado la temporada de fútbol un poco en fuera de juego. No recuerdo ninguna igual. No he visto al Córdoba hasta el miércoles en Copa. Tampoco partidos de Primera en las dos primeras jornadas, aunque en mi pueblo y en la cadena Gol vi al Málaga del unocerista Muñiz ganar en Almería, pareciéndome los costasoleños  firmes candidatos al ascenso como ponían en el antiguo Don Balón que el Gaitu y un servidor coleccionábamos. En el Málaga, que ayer nos hizo un 3-0 a los cordobeses, juega un tal Jack Harper canterano de padres escoceses, que empezó a jugar en el Deportivo Los Boliches, el primer equipo del gran Juan Gómez González, por el que los burgaleses, más que el madridismo, aún seguimos de luto. Estuve a punto de acercarme al pueblo de Juanito, poco más de una hora desde Córdoba, pero preferí ir a Cádiz en busca de paz. No era necesario que el Kichi dijera a los españoles que los gaditanos no declaran las guerras para entender que no es lo mismo predicar que dar trigo, pero allí, en Cádiz llegaban a mi doña noticias de Gaitu el amigo que tiene a Juanito como imagen identificativa en eso del wasapp y que andaba por Bilbao para ver al Madrid en San Mamés con esa necesidad que ambos tenemos de ver los partidos como hay que verlos. Por medio de una peña del Athletic en Burgos se concertó una comida en la que apareció ¡válgame Dios!, VITERI, el futbolista al que más he querido y al que más he defendido.  El Gaitu, ¡claro está! quedó impactado y le faltó tiempo para transmitir por teléfono su emoción y nerviosismo que yo recibí en “El Sitio” de Gabriel ante  unas huevas aliñás  y un poquejo de atún justo cuando la tele enfocaba a Courtois y Muniáin.
     
Viteri fue un delantero tan genial como intermitente, con tantos críticos como rendidos admiradores (en Burgos estuvo durante casi toda su carrera) y con un talento descomunal que ya insinuó el corresponsal del AS Color en Bilbao cuando detrás del póster de un Atheltic de 1972 aparecía una mala foto del veinteañero Rafael -estoy en que no era él- llamado a sustituir a Arieta. Viteri fue un incomprendido en Bilbao y se tuvo que venir al Burgos en vida aún de Franco (1973) para convertirse en un Curro Romero del fútbol y para que un servidor sacara la cara por el ídolo en todos las tertulias de Gamonal. Tan grande era mi admiración por el 9 “blanquillo” (éramos y somos blanquillos) y la vehemencia en su defensa que pasé a ser conocido yo también como Viteri y hoy en los bares del barrio si preguntan por Viteri le darán razón de los dos. Del futbolista y de un servidor.
     
Juanito, Garrido, Viteri, Ferrero y Juanjo es nuestro quinteto de arriba que recitamos aún de carrerilla los nostálgicos que quedamos de aquéllos 70. ¿Y Quini?, me dice Taladrid, un portero que vivió con el 7, el 9 y el 11 en El Abuelo, al comienzo de las Mil Viviendas ¿Te acuerdas de Quini? Sí, le digo, pero del que más, de Viteri. Más que de Juanito.
     
Viteri... ¡hombre!, no era Romario, pero tenía cosas más geniales aún que las del brasileño. Viteri recibía el balón, lo paraba, clavaba los dos pies en el suelo y conseguía inmovilizar el balón, a los defensas rivales y a los propios compañeros; todos hechos estatua -Butragueño plagió a Viteri-  sin que ninguno adivinara por donde les iba a salir. Viteri tenía un movimiento de cintura con los pies quietos que por lo menos a mi en El Plantío me sacaba cosquillas en la tripa y en campo ajeno levantaba murmullos más de miedo que de admiración, como puede dar fe la gloriosa tarde del 0-3 el Vicente Calderón.

     He disfrutado mucho... mucho, requetemucho... con Viteri. Kresic y Juanito: casi todo lo hacían bien. Tan bien que a veces no eran entendidos por los compañeros, pero Viteri era, para mí, la inspiración que se espera, la inconcebible dejada, el disparo genial, el sombrero al portero, el tercer e innecesario regate en el área, esa abulia que se achaca hoy a Benzema, otro genio mal entendido por muchos madridistas, y de la que los señalados por los dioses no pueden desprenderse y sobre todo el número 9 que me decepcionaba cuando se lo daban al difunto Burguete, un goleador nato, la verdad, o Machicha  al principio, y luego a Patrizio Cos Luján o aquel uruguayo enjuto conocido por Omar Rey con aquellas “tenidas” que se gastaba con entrenadores “de raza” como Naya o Marcel Domingo y educados como Muller. Los dos franceses, los que mejor le comprendieron.
   
En fin, que me he alegrado mucho este fin de semana al saber que Rafael Viteri está bien, que es posible que pueda verlo no tardando mucho y que me he atrevido a poner estas cuatro letras para dar cuenta a los amigos de que Viteri es eterno.

Los 70 en Burgos
(Rafael Viteri fue la Ginger Rogers de Juan Gómez,
que era el Fred Astaire)

De pie: Gómez, Romero, Ferrero, Navarro II, Ruiz-Igartúa y Palmer
Agachados: Juanito, Tito Valdés, VITERI, Navarro I y Adzic

Lunes, 17 de Septiembre


¡Tu barca es bruma, sueño, por la orilla!

domingo, 16 de septiembre de 2018

Españoles y Franceses: Un turbulento ayer, un presente mohíno, un improbable futuro. Capítulo 22 de 26

 El féretro de De Gaulle por las calles de Colombey


Jean Juan Palette-Cazajus

22. Caminando hacia la incertidumbre

La identidad de Francia durante el siglo XIX fue esencialmente dinámica y extravertida. Comportamiento lógico por parte de una ideología «nacional» tributaria de las categorías de la comunicación entre individuos, de su difusión y de su expansión. Podríamos acordarnos de la sartriana polémica de los años cincuenta sobre «existencia» y «esencia». La Francia del siglo XIX, en busca de sí misma, en fase de construcción de su identidad moderna se adscribía claramente a la noción de «existencia» mientras España, renuente a modificar lo que consideraba como la evidencia de su naturaleza preexistente, se refugiaba en la certeza de una «esencia». Lógicamente, a la «extraversión» ideológica francesa, España opuso un tiempo una forma de «ensimismamiento». Extraordinaria palabra que no tiene equivalente en francés. Palabra que nos dice mucho sobre la tradicional relación española consigo misma y con la alteridad, siempre intensa, siempre desconfiada frente a las categorías de pensamiento pluralistas, siempre necesitada de situaciones sin ambigüedades: o protagonista del mundo o retirada del mundo.

 La Coupole, emblema de Montparnasse

 Decía el historiador Jules Michelet (1798-1874): «Si Inglaterra es un imperio, Alemania un país y una raza, Francia es una persona». Esta percepción personalizada, encarnada, de la nación francesa permanece en alguna medida vigente en el inconsciente colectivo y es anterior a la simbología republicana moderna, la de la matrona de pechos generosos, tocada con el gorro frigio. Napoleón decía en 1809: «No tengo más que una pasión, una amante; es Francia, me acuesto con ella; nunca me falla, me regala su sangre y sus tesoros». Más cerca de nosotros, al anunciar en televisión, el  9 de Noviembre de 1970, la muerte del general De Gaulle, el entonces presidente Pompidou dijo sencillamente: « El general De Gaulle ha muerto, Francia es viuda». Hemos visto cómo fue la desaparición del rey al que, en Francia, derivó el concepto de la nación desde su encarnación simbólica en el monarca hacia su encarnación real en el cuerpo de la nación. Tal vez podríamos hablar del paso de una conciencia «delegada» a una conciencia «encarnada». En Francia el régimen republicano uniformizó -sin duda excesivamente- la nación pero la cohesionó. En España, por una amarga e injusta paradoja, la dimensión simbólica de la institución monárquica, poco propensa por naturaleza a violentar la pluralidad de las identidades interiores, favoreció la perpetuación de las tendencias centrífugas que siguen fragilizando la nación. Puestos a proseguir en la hipótesis inicial que sugería una España esencial y una Francia existencial, llegaríamos a la conclusión de que si España vive preocupada por su «ser», Francia vive preocupada por su «biografía». 

 Madrid, 1977
Colas para votar

Reparemos en que sólo 26 años separan el libro de Fouillée (1903) y el de Madariaga. La diferencia de contexto intelectual es en cambio enorme. La obsesión racialista y craneológica de Fouillée era un rasgo ideológico que compartía con la inmensa mayoría de los intelectuales de su época. Esa obsesión no era sino el corolario de un periodo histórico que presenciaba el apogeo de la creencia en una esencia de las naciones. Fouillée no llegó a pensar que la rivalidad entre naciones además de encendida fuese realmente tan inflamable. La lectura que hace de las naciones europeas exalta las diferencias pero quiere ignorar que propician también el enfrentamiento. Las ideas de Fouillée son anteriores a la catástrofe, las de Madariaga son el producto de la catástrofe. Sus intenciones apuntan al mutuo conocimiento de los pueblos y a una pedagogía del conocimiento recíproco con vocación europeísta. Si Fouillée es ya histórico y obsoleto, podríamos decir del libro de Madariaga, 89 años después de su publicación, que sigue sin perder nada de su capacidad de sugestión. Pero se quedó «démodé» ante los nuevos sobresaltos de la historia. Tampoco Madariaga pudo anticipar el impensable horizonte. Quienes vivieron la trágica experiencia de 1914-18 y le sobrevivieron decían que aquello era irrepetible. Veinte años después, los nacionalismos totalitarios volvían a incendiar Europa. Stefan Zweig se suicida en 1942 porque, convencido desde 1918, de que la Primera Guerra Mundial ya había acabado con Europa, no concibe la repetición de la tragedia. De modo que a partir de 1945 quien se atreviera hablar de cosas como los caracteres o las identidades nacionales será considerado como el niño irresponsable que juega con cerillas.

Y quienes se atreven sin embargo a abordar el tema, lo hacen ya bajo la forma descafeinada de la información para turistas papanatas. Porque si hay algo que caracteriza el periodo contemporáneo es el auge inaudito del trío «ICD»:  Información, Comunicación, Desplazamientos. La televisión primero y la informatización después, la democratización del coche individual y el abaratamiento de los viajes aéreos, contribuyeron a la difuminación de las particularidades nacionales. Todo ello estimulado, sugerido e instado por el contexto de construcción europea en que fingimos estar inmersos. Sobre todo, Europa se ha convertido, durante los últimos decenios, en un continente de inmigración masiva. La muy loable intención de no despertar los nacionalismos que condujeron a las dos grandes catástrofes ha llevado los países implicados a renunciar a cualquier invocación de sus rasgos particulares para asumir el estatuto paradójico de territorios "neutros" donde, en cambio, las que pueden y deben explayarse a gusto son las «diferencias» de los recién llegados. El sentimiento de culpabilidad heredado de la colonización y de las pasadas guerras pesa como una losa sobre nuestras conciencias. Nuestras sociedades, se han convertido en el campo de juego de las diferencias ajenas, sistemáticamente virulentas e intolerantes. Es dudoso que los tiempos futuros vuelvan a conocer algo parecido a la mutación evolutiva que ha caracterizado nuestra historia reciente, este vertiginoso tránsito desde los nacionalismos prepotentes a la inhibición y la  pusilanimidad.

 Madrid
Ouka Lele

Pero las realidades nacionales siguen existiendo y tan interesante resulta la pregunta de saber en qué medida siguen siendo diferentes hoy en día españoles y franceses como de comprobar hasta qué punto son ambas naciones diferentes de lo que eran en 1929, cuando las escrutaba Madariaga. De Francia, dijimos en su momento que la Revolución había producido en su continuidad histórica una ruptura de enorme calado. Hablar de dos países diferentes no supone ninguna exageración. El trauma profundo de la primera Guerra Mundial contribuyó también a una redefinición de la identidad nacional. El país, literalmente desangrado, al salir de la contienda encontró en el sacrificio de cerca de 1500 000 de sus hijos y en la experiencia de las trincheras un profundo factor de referencia memorial, de cohesión nacional y de conciencia de sus valores. Francia trató de convencerse, por un rato, de que podía volver a ser el país de la «douceur de vivre», en contraste con quienes tanto habían gustado de exhibir la fúnebre calavera, la «totenkopf», en sus uniformes. Muchos fueron los que consideraron, además de Hemingway, Scott Fitzgerald o Henry Miller, que «París era una fiesta». En Berlín tenían otras preocupaciones. 

En 1945, el recuerdo doloroso y glorioso de 1918 se había esfumado y el país se despertaba sonado y humillado tras cuatro años de ocupación alemana, además de profundamente disminuido económica y moralmente. España, por su parte se enfrentó, con la Guerra Civil al peor trauma de su historia. Siguieron 36 años de una dictadura que se puede calificar también de pedagógica y terapéutica en la medida en que su discurrir mostró la inanidad de una visión esencialista apoyada en el inmovilismo ideológico premoderno, en la creencia en que dos instituciones tradicionales, el Ejército y la Iglesia, podían ser eternas custodias del cuerpo social. El país empezó a salir del marasmo cuando el poder entendió que detrás de la gesticulación ideológica la salvación pasaría por engancharse al tren de las economías democráticas mientras la sociedad, por su propia cuenta, iba interiorizando paulatinamente los valores con que aquellas sociedades se regían. Durante el franquismo germinó la clase media con que soñaba Madariaga. El proceso de mutación genética iniciado con la Guerra Civil, gestado durante la dictadura y culminado con la transición democrática ha alumbrado en gran medida un nuevo país. 

Concorde

Durante buena parte de la etapa democrática, el asombroso esfuerzo en materia de infraestructuras viales y urbanas, turísticas y deportivas, la nueva calidad de los centros urbanos, la homologación del nivel de vida con los mejores estándares europeos, la cobertura social y sanitaria, los éxitos culturales y deportivos han arrancado los españoles a la depresión y la autoflagelación tradicionales y han conferido al país un peso en el concierto internacional más acorde con su historia. Ningún país europeo dio semejante salto cualitativo. En cuanto a Francia, si bien el PIB se había hundido, en 1945, al 40% de su nivel anterior a la guerra, ya desde los primeros años cincuenta, la situación económica mejoraba rápidamente. Una vez librado el país de la rémora colonial y del lastre financiero y psicológico de la Guerra de Argelia, durante la presidencia del general De Gaulle, el país alcanzó cotas elevadas en materia de pleno empleo y de innovación tecnológica. Es la época del Concorde, de las primeras centrales nucleares, de los prototipos del TGV, primer tren de alta velocidad. El país tenía conciencia de que debía renunciar a cualquier ínfula de gran potencia, pero trataba de mantener el tipo con cierta dignidad.

Ciudad de las Artes y las Ciencias
Valencia