miércoles, 13 de mayo de 2026

Misterios


Martín Chirino con Esteban


Ignacio Ruiz Quintano

Abc


El árbol de la ciencia no prende en el CSIC. Una rama de ese árbol chirinesco ha vuelto a desprenderse sobre el jardín de la calle de Serrano, y la leyenda de la rama dorada de Frazer debe de estar embargando a Martínez A., el laico director. Frazer escribió “La rama dorada” para explicar la ley que regulaba la sucesión en el sacerdocio de Diana, puesto que sólo podía ocupar aquél que asesinara a su antecesor. Magia y religión. ¡Hummm! Pues será una casualidad, pero el autor de “El árbol de la ciencia” plantado en el CSIC es Martín Chirino, que acaba de lastimarse un pie bajo el peso de un hierro candente escapado del yunque como ánima salida del Infierno. ¡Ah, los herreros y alquimistas de Mircea Eliade! Después de todo, el árbol de la ciencia que saca los pies del tiesto de Martínez A. fue forjado por rumanos de Arganda del Rey. En fin, un misterio. Y otro misterio es el de Calderón (“me llamo Calderón y doy suerte”) en el aeropuerto de Nueva York. Ya su colega Laporta se las tuvo una vez tiesas –¡como que presumió galanamente de “gayumbos-endowment pad” ante los circunstantes!– con los guardias civiles en el aeropuerto de Barcelona. Pero Calderón ha ido más lejos, a Nueva York, desde donde la noticia de su retención corrió como la pólvora. O como Paquillo, que es más nuestro. (La pólvora, aunque parezca valenciana, es china.) Calderón se las echa de abogado y políglota, así que ningún peligro podía correr en manos de la policía más cinematografiada del mundo. Y entonces, encantadora, por “naif”, surgió la esposa telefoneando a Rubalcaba –¡cráneo privilegiado!– para salir del apuro. ¿Puede concebirse una reacción más española? Ahora mismo llamo a Rubalcaba, que para eso lo tenemos todos los domingos en el palco comiendo lunitas de jamón, y se van a enterar estos gilipollas gringos. Como si América funcionara como España, donde la gente puede ser detenida porque, “si el ministro pide detenidos, hay que detener a alguien”. ¿Por qué a Calderón, entonces? No sé. ¿Su fama de izquierdista devorador de oligarcas financieros alarmó en Wall Street? ¿Una camiseta de “Público” con el lema “Fuck Bush” en la Samsonite?... 

San Isidro'26. Excelente novillada de Montealto y campanazo de Álvaro Serrano, a quien ahora querrán echar a perder. Márquez & Moore



JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ


Si hoy en el palco hubieran estado sentados Fernández Serrano, «Madriles» y la señora o señorita María José, con las tragaderas que mostraron el pasado día 6 con el «walking dead» del Cuvillo, hoy habríamos visto lo menos cinco o seis vueltas al ruedo a los novillos de la excelente corrida que Montealto ha traído a Las Ventas. Como, por fortuna, ninguna de aquellas tres eminencias se sentaron en el palco de las orejas, la corrida tuvo, a cambio, el reconocimiento de la afición, superior al de aquellos funcionarios, cuando sacaron a saludar al mayoral de la ganadería una vez que Álvaro Serrano hubo abandonado la plaza a hombros y por la Puerta Grande.


Los seis pupilos que Montealto mandó hoy a Madrid vinieron a dejar muy alto el listón de esta ganadería de remoto origen juampedrero, lo cual viene a dar la razón a los que creemos en ese dicho que reza: «La buena mano del ganadero te arregla lo juampedrero». Vamos, que en 26 años los de Montealto han ido haciendo su propia selección y así hoy hemos podido ver en Madrid una importante corrida bien presentada, seria, y con una espléndida variedad de registros que van desde el toro de buen juego hasta el noble o el manso y con un innegable fondo de casta en su conjunto. Hastiados como estamos de ver animales tan previsibles como la salida del sol cada mañana, era un gusto constatar los diversos humores y caracteres de los Montealto: el primero, Camagueto, número 26, acosando a los peones a la salida de los pares y sacándolos literalmente de la plaza; el segundo, Enrejado, número 18, derribando al penco y a Pedro Geniz que iba encima y empleándose en la segunda vara; el tercero, Cartero, número 70, derribando también al penco y provocando una caída de latiguillo a Marcial Rodríguez; el cuarto, Flamenco, número 33, con cuajo de toro; el quinto, Académico, número 34, que rompe la vara del picador, se duele y no se emplea; y el sexto, Molinero, número 21, que mereció la vuelta al ruedo, si este galardón se otorga por petición pública, pero que fue negada por el palco, hoy tan estricto.


Comportamientos diversos en el ganado, bajo el prisma del interés. Y reconocimiento de la afición, que despidió con palmas a los cinco primeros y con una fuerte ovación al sexto. Y aunque no hubiera ocurrido el milagro de Álvaro Serrano, la tarde habría sido igual de entretenida, porque en el ruedo estuvo constantemente presente la emoción que da el toro en un espectáculo que, precisamente, se denomina «Los Toros». Y siempre que el toro sea un enigma, una incógnita que hay que despejar, una falta de certeza, las cosas serán adecuadas y hermosas, viriles y dificultosas, y cuando el toro sea una babosa colaboracionista asistiremos, como tantas tardes, a un decadente ballet sin sentido ni emoción.

 

Si los Montealto nos proporcionaron la sorpresa de su seria imprevisibilidad, Álvaro Serrano nos trajo por su parte un soplo, un vendaval más bien de aire fresquísimo, un ciclón, que barrió de la plaza todos los manidos y diarios lugares comunes que van desde eso de «el toro no ha servío» hasta lo de «el viento molestaba» pasando por el «así es imposible torear», que solamente sirven para tapar las deplorables actuaciones que nos echan cada tarde, como el que echa de comer a un perro. Con una actitud digna de elogio, actitud de novillero con ganas que le lleva a estar en quites, a mostrar la majeza de su capote, a querer que los que están en la piedra sentados se fijen en él, no ha permitido que la tarde se le fuera, como se les fue a los otros dos que le acompañaban en el cartel, y ha recibido el aplauso sincero y el reconocimiento del respetable, consiguiendo plenamente su objetivo: que todos hablasen de él. Y uno de sus grandes méritos de esta tarde consiste en no ser como todos, en mostrar su propia personalidad. Los que hemos visto a Tomás Bastos en otras circunstancias no reconocíamos en este torero envarado, anulado, a aquel Tomás Bastos que nos encandiló frente a novillos de José Escolar. ¿Qué fue de aquel torero de corte clásico? ¿Qué han hecho con él los dráculas taurinos convirtiéndole en este espantajo que hoy ha andado por Las Ventas? Con esto queremos significar que el riesgo que Álvaro Serrano tiene ahora es tremendo: se han fijado en él (¿y quién no en la tarde de hoy?) y tratarán de arrebatarle el corazón, el alma, tratarán de adocenarle explicándole que lo que hoy le ha hecho famoso: su colocación su toreo hacia adelante, su empeño en hacer lo decente, no debe hacerlo y que los modos son otros, como los que hoy han echado al sepulcro a Bastos en su deprimente despedida como novillero de Madrid, apenas aliviada por un postrero quite del perdón. En ello le va su vida como torero.


Además del ya reseñado toreo de capa, en el que Serrano ha ofrecido más variedad en lances que en todas las corridas que llevamos de feria, planteó dos faenas llenas de emoción a dos novillos de signo muy diferente. Su primero, Cartero, con aires de toro, cumplió en las dos varas que tomó y nos hubiera gustado verle en una tercera que el palco y Serrano nos hurtaron y que quizás, viendo el desarrollo del animal, no le hubiera hecho mal. En el tercio se pone a torear, bajando la mano, aguantando las constantes miradas del novillo, sacando muletazos de buen trazo por el derecho. El pitón izquierdo tenía otras condicionantes de menor afabilidad, con embestidas más brutas que fueron aguantadas con torería y entereza por Serrano, sosteniendo la posición a despecho de la impresión que daba el novillo de que se iba a parar en el centro de la suerte. En esa firmeza es donde se asienta su victoria sobre Cartero que, viéndose derrotado, opta por irse a terrenos más confortables para él. Faena complicada, por las propias complicaciones derivadas del carácter del novillo, que se remata con mucha torería rodilla en tierra antes de dejar una estocada suficiente. Cabe resaltar la impresión de que, con las imperfecciones que se le puedan achacar como novillero, su cabeza funciona en la cara del toro y sabe qué es lo que quiere hacer y cómo llegar a ello, especialmente en este toro que es el que mayores dificultades le trajo.


Su segundo fue Molinero, que no dio apenas de qué hablar sobre su encuentro con Héctor Vicente y su jaco, que marcaron hoy la excelencia en el tercio de varas por su buen hacer conjunto. Luego vino una soberbia brega de Caco Ramos y un no menos espectacular segundo tercio protagonizado por Jesús Aguado e Ignacio Martín, que dio paso a la faena de muleta de Álvaro Serrano. Empezó éste muy toreramente con ayudados por alto, rematados bellamente por abajo. Serrano se entendió perfectamente con el novillo: entendió su distancia y su exigencia de colocación, llegando ambos a un acuerdo que proporcionó hermosas series ligadas de mano baja en las que hubo naturales descomunales, hondos pases de pecho y, sobre todo, un concepto muy torero y muy personal en el que no hay tiempos muertos, por lo que la faena va desarrollándose a más, bien ensamblada y, acaso, ligeramente más larga de lo que debiera. Un final de trinchera y ayudado por bajo dio lugar a una estocada entera que para unos era contraria, para otros trasera, para otros atravesada y para otros la mezcla de varias de esas características, o sea que cada cual se quede con lo que le apetezca. La cosa es que el acero no fue de efecto rápido y cuando el toro se echó ahí estaba Ignacio Martín para levantarlo por dos veces, hasta que Serrano lo descabelló al borde del tercer aviso.


Una multitud de jóvenes acompañaron respetuosamente a Álvaro Serrano cuando daba la vuelta al ruedo y luego le sacaron a hombros hacia la calle de Alcalá mientras Tomás Bastos y Martín Morilla abandonaban la plaza cabizbajos.


El peligro que ahora corre Álvaro Serrano es terrible. Querrán cambiarle y echarle a perder, robarle su desparpajo y su decisión, anegarle en mantras y en ruedas de molino. Ojala eso no ocurra.




ANDREW MOORE


























FIN 

Miércoles, 13 de Mayo

 



Lectura en la barbería

martes, 12 de mayo de 2026

Recuerdos del futuro


San Agustín


Ignacio Ruiz Quintano

Abc


En contra de las promesas presidenciales, el militarismo trumpista ha disparado la deuda del imperio hasta lo nunca visto, lo cual, para saldarla, dispara las proyecciones de guerra en Europa, cuyos súbditos serán quienes se batan en los frentes hasta que, decidida la contienda, aparezca por el horizonte el espíritu de Hollywood disfrazado de Séptimo de Caballería a recoger las nueces, como en el 18 y en el 45, “la guerra buena”, como la llaman ellos. El bello edificio de la República Constitucional (hija del optimismo lockeano de Madison y del pesimismo hobbesiano de Hamilton) sólo duró seis presidencias; a la séptima, la de Andrew Jackson, el ídolo de Trump, sucumbió a la corrupción.


Es un negocio muy rentable. Somos como piratas –justifica el presidente de los Estados Unidos el decomiso de barcos por la Marina de Hegseth, un patán que opina que “el Derecho internacional ata a los Usa”.


Es una pena que en las ruedas de prensa de la Casa Blanca no haya un solo lector de San Agustín para recordarle a Trump cuán semejantes son los reinos sin justicia a las bandas de ladrones. “Pues si se elimina la justicia, ¿qué son los reinos, sino grandes bandas de ladrones? Porque también las bandas de ladrones ¿qué son, sino pequeños reinos?”


Realmente ingeniosa y veraz fue la respuesta que le dio a Alejandro Magno un pirata que había sido apresado. Pues, al preguntarle dicho rey al personaje qué le parecía tener el mar infestado, aquél le respondió con libre insolencia: lo mismo que a ti tener infestado el orbe de la tierra; pero como yo actúo con un pequeño navío, me llaman ladrón; y como tú lo haces con una gran flota, te llaman emperador.


Antes de Trump, los europeos mirábamos la geopolítica como las ranas de la fábula de Fedro (afrancesada por La Fontaine y relatinizada por Fenelon) miraban a los toros: ranas asustadas en su charca viendo luchar a dos toros por una novilla blanca; saben que el perdedor será desterrado y que querrá reinar en la charca, aplastándolas a ellas. Después de Trump, el punto de vista geopolítico de los europeos parece más un video de la policía mejicana que circula por las redes: unos policías uniformados (“tecolotes”, en la fraseología desfigurada popular y del hampa de “Picardía mexicana”) arrestan a un par de manotas y para mofarse de ellos los obligan primero a besarse (uno de ellos, al terminar, escupe), y luego, a pegarse de trompadas hasta que ya no pueden más y entonces es la pasma la que prosigue con las trompadas.


Es inconstitucional buscar la aprobación del Congreso para la guerra: ningún otro país tiene que hacer eso –dice Trump a los periodistas, que se llevan a sus redacciones ese cascote de la República Constitucional como se llevaban a sus casas los pegotes del Muro de Berlín.


[Martes, 5 de Mayo] 

Martes, 12 de Mayo

 



Burgaleses por el mundo

lunes, 11 de mayo de 2026

Por qué Mourinho




Ignacio Ruiz Quintano

Abc


El hombre indicado para recuperar al Madrid de su anemia competitiva es Mourinho, que cerraría el círculo florentino, esa época gloriosa a la que ni siquiera se acerca ninguno de esos grandes clubes-Estado, con sus petrodólares por castigo y sus entrenadores modernos (“los cornudos del viejo arte moderno”, que decía Dalí), tipo Pep de Sampedor, Xabi de Tolosa o Jurgen de Stuttgart, ¡la Nouvelle Vague balompédica!, y sus futbolines de autor, con las ranas prisaicas cantando al plano lento (fútbol limpiaparabrisas) en “As” y “Marca”, sus “Cahiers du Cinéma”. 


Escucho a la gente comparar a Guardiola con Ferguson y sonrío, porque para mí no es la misma historia. Para mí es simple: uno hizo historia. El otro hace triángulos. Ferguson construyó dinastías en diferentes generaciones, diferentes estilos, diferentes desafíos. Guardiola, entrenador fantástico y fútbol hermoso, sí, pero siempre en las condiciones perfectas, la estructura perfecta, la orquesta perfecta y afinada para él. Ferguson crea la orquesta. Pep la dirige. He ahí la gran diferencia.


Esto tiene dicho Mourinho de Ferguson.


La gente habla mucho hoy de táctica: entrenadores más detallistas, equipos más estructurados… Pero al final del día, el fútbol siempre se reduce a los jugadores y su mentalidad. En el United nos enfocamos a construir ganadores, y eso no trata sólo de habilidad, sino de carácter, de cómo los jugadores manejan la presión y de cómo responden en lo malo. El mejor sistema del mundo, si los jugadores no tienen fe o personalidad, no durará. En la mayoría de los partidos la táctica no nos dio la victoria: era la actitud, la negativa a perder, la disposición a asumir la responsabilidad en los momentos decisivos. Eso no siempre se puede enseñar, pero se puede incorporar a la cultura de un club. Por eso no importa cuánto cambie el fútbol: las cosas importantes han de permanecer igual. Los jugadores ganan partidos y la mentalidad gana trofeos. Eso es todo.


Y esto tiene dicho Ferguson hablando de Mourinho.


Pero el pipero elegante habla de Klopp con la misma unción que el progre pipero de los 70 (los que pelaban pipas en el “Avión Club” de la calle de Hermosilla) hablaba de Truffaut, y todo porque en los “Cahiers du Cinéma” Truffaut se engorilaba contra el “cinéma de qualité” (el cine de toda la vida) en tanto que cine de guionistas más que de realizadores. La pretendida “Nouvelle Vague” del balón se ha apropiado del “fútbol ofensivo”, pero, década y media más tarde, en España el récord de goles sigue siendo de Mourinho. Ahora quieren incluir a Luis Enrique en la “Nouvelle Vague” porque ya habla francés (se las echa de “boulevardier” como aquel español residente en París que vino a Madrid y al salirle al paso en Sol un galgo, gritó a un guardia: “Sergent, sergent, separé de muá ese perrit!”) y porque le metió cinco al Bayern, que a su vez le metió cuatro al PSG. Un 5-4 en París tiene a los medios gritando “¡El Partido del Siglo!”, cuando no hace tanto un 4-3 en Munich no dio mediáticamente ni para partido de la semana, lo cual indica que no son los goles, sino sus beneficiarios, lo que cuenta. Con Courtois y sin Mbappé, el Madrid estaría hoy en la Final del Puskas Arena de Budapest, pues lo que acreditaron Bayern y PSG en El Partido del Siglo fue una insolvencia defensiva propia del fútbol femenino, incluidos dos porteros obcecados en la disputa del premio Loris Karius.


Dicen que el reto de Mourinho en el Madrid es hacer correr a Mbappé, cuya situación tras el hundimiento del Madrid es como la de Bertrand Russell tras el hundimiento del “Lusitania”, cuando llegó la violencia, “como si se creyera que yo era responsable del desastre”. En la iglesia de la Hermandad de Southgate Road fue asaltado por una multitud borracha, y “los más feroces eran las viragos, armadas con tablas de madera llenas de clavos oxidados”. Una pacifista pidió que lo defendieran a los policías, que se encogieron de hombros. “Es un filósofo”, les dijo. Nada. “Es famoso”. Nada. “Pero es hermano de un conde”. Los policías acudieron en su ayuda como leones.


 [Sábado, 2 de Mayo]

San Isidro'26. La insoportable levedad de los guirlaches de Mayalde , con Caballero, Román y Galván. Márquez & Moore



JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ


A las 20:33 horas de la tarde, al morir el tercero, ya llevábamos encima 173 muletazos, según el cómputo de la gentil aficionada CLL y tres avisos en la cuenta del aficionado DA. Llevábamos una hora y media en la piedra, a la espera de que el cuarto toro apareciera por la puerta de los chiqueros, custodiada como viene siendo habitual por don Gabriel Martín ataviado como un barquillero del Retiro. La corrida del señor Conde de Mayalde, los guirlaches de Mayalde, iba pesando ya como una tonelada de plumas, y tan sólo nos había conseguido sacar del sopor en noventa minutos la desbandada furiosa de las mulas cuando iban a arrastrar al segundo de la tarde. Los benhures que se ocupan de ellas fueron incapaces de contenerlas en sus bríos cuando salieron de naja, y las hijas del burro y de la yegua, espantadas por vaya usted a saber qué, huyeron a galope tendido desde el 9 hasta el 4 y a la vuelta arrollaron a un insensato de los benhures que se interpuso en su camino con la vana ilusión de parar a aquellas furias desatadas, hasta que se consiguió detenerlas en el punto opuesto al que ocupaba el cadáver de Escultor, número 27, que esperaba sin prisa ser conducido a rastras hasta  los destazadores.


La cosa ya comenzó mal cuando un blandengue Jibelino, número 31, anduvo por la plaza mostrando sus debilidades congénitas y las sobrevenidas tras su paso por las manos y la vara de Daniel López. El bicho no podía ni con la penca del rabo y sus trémulos pasos por la arena de miga de la Plaza fueron refrendados con silbidos y los consabidos signos de desaprobación, sin que esas manifestaciones de los expertos ojos de tantos aficionados sirviesen para conmover a don José Luis González2, que se empeñó en mantener al animal haciendo el ridículo públicamente hasta que una perfecta caída en plancha longitudinal a la salida de un capotazo en banderillas le convenció de que debía mostrar el trapo verde. A cambio de eso sacaron a una especie de morucho, negro y lleno de barro, de Fermín Bohorquez que atendía por Noruego, número 97, con el que volvió a principiar la corrida, siendo el gaditano David Galván el encargado de vérselas con él a ver qué se podía hacer con esa prenda. Hoy no quisieron poner al de El Freixo de sobrero, a saber por qué, y a cambio tenían a éste y al que se citará más adelante. Galván anduvo de acá para allá con el toro, que tampoco era como para irse con él de copas, y entre medias dejó alguna leve pincelada en forma de pase natural en una faena larga y de parcos argumentos. 


Escultor es nombre querido en la casa Mayalde y hoy nos echó a uno, herrado con el 27, cuyas señas de nombre y cifra son idénticas a las de otro Escultor que, en forma de novillo, vimos en el año ’23, blando y sin fuelle, que de nada le sirvió a Mario Alcalde. Éste de hoy no fue un paladín de la fuerza bruta, pero al menos no anduvo derrengado. Sirvió para que apreciásemos la disposición de Román, preguntándonos a qué habría venido Román con los de Mayalde, y comprobásemos cómo el animal cantó la gallina, estando más interesado en irse que en quedarse a lo de la muleta, aproximándose cuando tuvo ocasión al abrigo del maderamen de la barrera de donde no quiso ya salir y donde Román lo cazó a la tercera o a la cuarta antes de descabellarlo.


El tercero fue Joyero, número 18, ante el que se plantó Gonzalo Caballero, una corrida el año pasado y sin apoderado, en otra de esas duras pruebas que algunos se ven obligados a pasar a ver si suena la flauta y son capaces de enderezar una carrera que flaquea. Cuando Galván se pone a hacer unas chicuelinas en su quite, el toro le echa al suelo y le pisotea, encelándose con él y las asistencias se le llevan a la enfermería. Después del susto, Caballero pone su a veces ciego valor y su falta de un plan ante las complicaciones del toro. La faena te tiene en vilo, porque ves al torero cogido la mitad de las veces, pero los argumentos que el torero despliega ante el toro son de poca enjundia. Quiso torearlo en la distancia al principio y luego optó por buscar unas cercanías que el toro ni demandaba ni quería, dando la sensación de no acabar de comprender al Mayalde.


Ahora estamos justamente donde empezamos el folio: son las ocho y treinta y tres minutos, llevamos tres toros y como David Galván está en las manos de Padrós, se corre turno y le toca a Román vérselas con el quinto, Enarbolado, número 15, un toro castaño, cuajado y de armónicas hechuras que se emplea en el primero de sus encuentros con Francisco de Borja y su mascota equina y que acude con soltura a banderillas. Román, sin dudarlo, le plantea el cite de largo al toro y le recoge en una primera serie de derechazos templados y limpios. Generosa la apuesta de Román, que basa toda su faena en la distancia, haciendo galopar al toro en una segunda serie más encajada y después en otra más con la plaza entera aplaudiendo. Luego dos series de naturales, de nuevo basadas en la distancia en el cite, en la ligazón y en la buena colocación, antes de retornar a la diestra para otra serie de categoría. La faena de Román es maciza y meditada. No es fruto de improvisación; se percibe que el torero tiene muy claro lo que quiere hacer y está dispuesto a hacerlo sin agobios, luciéndose él y luciendo al toro, sin darse importancia y llevándose la tarde de calle. Tras unos adornos para cerrar al toro hacia las rayas, que no salieron todo lo bien que nos hubiera gustado, una estocada recibiendo refrendó su importante trabajo en esta tarde. Frente a la nada de Talavante del otro día, aquí ha explicado hoy Román sus argumentos basados en el toreo hecho sin artificio, en la verdad, la colocación y, sobre todo, en la generosidad.


Gonzalo Caballero repitió en su segundo las mismas jaculatorias que en su primero. Aguantó una colada de esas que te dejan mudo al principio y volvió a porfiar con Entrador, número 15, en un trasteo al que le faltaba una idea central que le diera unidad. Minutos antes habíamos visto la homogénea faena de Román, su unidad de tiempo, de espacio y de acción y tan de seguido Caballero se nos figuraba un poco a la deriva, sin aprovechar las -pocas- nobles embestidas del toro y entregándose a un trasteo largo y sin propósito. En este toro merece la pena destacar la gran actuación con los palos de Ángel Gómez.


Cuando esperábamos de nuevo a Román, salió David Galván de la enfermería con una especie de faja ventral y se dispuso a vérselas con Enarbolado, número 23, con el que don José Luis González2 repitió la misma monería que con el primero: la de tenerle en la plaza, picarle y cambiarle en banderillas, cuando las gentes viendo la hora que era ya pensaban más en la cena que en la lidia. Eso nos permitió conocer al otro morucho de Fermín Bohorquez, Templado, número 83, igual de embarrado que el primero pero mucho más feo, como de granja de engorde de chotos poco escrupulosa. El bicho era una prenda y los banderilleros no se fiaban de él. No se le veían ganas de humillar y entraba con la cara levantada a ver dónde colocaba el derrote. Galván se puso decididamente frente a las inexistentes virtudes del Bohorquez y consiguió arrebatarle algún muletazo a base de tragar y de quedarse, con mucha decisión y hombría, y de dejarle una gran estocada. La parte graciosa de la faena vino cuando la conocida voz de un anciano del tendido le aconsejó al diestro:


-¡Bájale la mano!


Y eso ya fue un festín de risas en la larga tarde, esa mentecata recomendación dada para un toro que no había humillado una sola vez en toda su vida pública, como si el pescuezo lo tuviese escayolado.


A las diez y diez abandonábamos ateridos la plaza, haciendo recuento de avisos: contando los 4 de hoy, en tres corridas llevamos 11.



Román


ANDREW MOORE



 
















FIN