Hughes
Pura Golosina Deportiva
El gusto de ver a Mou. La tranquilidad de tenerlo ahí. Igual que apetece ver películas de Bogart por verle fumar, llegar, poner cara de pocos amigos. La gabardina de Mourinho sería el suetercito que lleva sobre los hombros y quizás ese anillaco un poco gitano que luce como una promesa.
Es Mou, y Mou gusta por el mero hecho de ser él. Le vemos y sentimos el paso del tiempo. El gran país de las canas, la común ideología de las canas.
Pero era mi primera vez este verano y además de ver a Mou se vieron cosas, diría que bastantes.
Lo primero que se vio en el Madrid es una caja en el centro del campo: por abajo, Bernardo y Valverde; por arriba, Güler y Bellingham. Después, tacklings de Bellingham, segadas, piernas bien metidas, jugador por los suelos, y junto a él, la velocidad sobre la velocidad que añadía Valverde, también muy hecho al sacrificio.
Hay algo distinto en los futbolistas. Se percibe en Huijsen, incluso en Camavinga, que no era titular, y que de lejos tiene la determinación de un Davids. Los jugadores del Madrid dejan señales de una nueva determinación. Diríamos que la comedura de coco de Mou ya surte efecto.
Ya ha conseguido activar la intensidad, que los jugadores entren fuerte y jueguen rápido, como con instrucciones precisas, sencillas; el corazón del equipo lo pone en Jude y Valverde, los box to box, dos torrentes de fútbol que le dan al Madrid ritmo defensivo y eso que llamábamos dinámica. Valverde pone la velocidad a la velocidad. ¿Por qué no aceptamos que así es este Madrid y que está bien? El ataque aparecía cuando ellos robaban y el juego tenía el sentido de su estampida, de su ser impetuoso.
Cuando ellos robaban o interceptaban un balón, la espera en (digamos) bloque medio, se convertía en chispazo de fútbol, en verticalidades que nos querían sonar, que no eran las grandes contras mourinhistas aquellas, pero sí líneas de un fútbol más directo.
En esos minutos nos queríamos mentalizar, olvidar definitivamente el fútbol español, el toque Rodri-Pedri: el Madrid será orden y agitación, espíritu de zafarrancho.
Pero cuando eso quedaba claro, ese pacto de los frenéticos con Mourinho, pasó otra cosa: el Madrid inició unos minutos de toque, empujando a la Real en su área, y ahí vimos como una nueva ciencia del bloque bajo. El Madrid mostró una disposición a atacarlo mejor, con más paciencia.
Aquí se activaban los otros dos medios: Güler y sobre todo Bernardo, que subía inclinado hacia su habitual lado derecho. El viejo Madrid de las estrellas quedaba en la izquierda, y por la derecha brotaba uno distinto, bajito, trenzado, afecto a la pelota... Surgía otro Madrid que pasaba con más paciencia y que le abría a las estrellas (Vini, Jude, Mbappé) un horizonte.
El habitual atasco de ellos por la izquierda, ese fútbol sin espacio y puramente individualista, era aliviado por el surgimiento de otro frente en la derecha donde pisaba Bernardo, futbolista fabuloso, buscando a Güler, aun errático los primeros minutos. Por allí rompía o irrumpía Dummfries, jugador de enorme trapío y muy concentrado (tanto que es ceñudo, uno de los jugadores más ceñudos que se recuerdan).
O sea, al triángulo de las Bermudas de los dos últimos años en ataque estático (o, en tactiqués, bloque bajo) se le sumaba otra cosa posible, alternativa, remediadora, hecha de clase, pausa, y fútbol de espacios muy pequeños. O sea, se vislumbró, aun en formación, una nueva manera contra el bloque bajo. Por supuesto, la importancia de Bernardo Silva es absoluta. Se le tiene que ir mimando desde ya.
Ese otro polo de fútbol nuevo, distinto y complementario era el continente al que llevaban los pases de Kroos.
Había pocas llegadas aun y hubo una pájara, minutos en los que el Madrid esperaba y miraba, no descompuesto pero sí poco capaz del robo.
El temperamento mourinhista ya se nota, la primera conexión la ha logrado Mou con Jude y Valverde, convertidos los dos en los cigüeñales del Madrid. Su fútbol directo, franco, poco reflexivo e inmediatísimo, se realza, se aprovecha, cobra sentido en un todo que va cogiendo coherencia.
El gol llegó de una vertical típica valverdiana, en cuesta abajo, y Mbappé controló con uno de esos toques con los que, a la vez, alarga la jugada, supera al rival y prepara el tiro. Mourinho hace my bien en recordar y explicarle a la gente (pues la gente... ay la gente) que Mbappé es “histórico”. Igual que ha puesto nombre a lo que sufre Vinicius, trata de dar a Mbappé la importancia debida.
El Madrid se vino arriba con el gol, se sumó con un par de acciones Konaté, pletórico, gigante, armariesco, aunque luego cediera un rechace para el empate de la Real, sentido como una vuelta a las andadas de fragilidad de Huijsen, objetivo injusto del realizador televisivo, y de Carreras, sustituido en el descanso por un indiscutible Cucurella que reconecta el lateral con Marcelo.
Bellingham y Valverde habían puesto los robos, la intensidad y los lanzamientos de fútbol, pero faltaban Bernardo y Güler, y bien que aparecieron tras el descanso. Con Cucurella había un triángulo de salida muy serio junto a Huijsen y Bernardo Silva, y en el inicio mismo del juego estuvo el portugués seguro y tranquilo (jugador capaz de jugar andando) mejorada también su brega defensiva.
Güler dio muy pronto un pase de los suyos a Mbappé. Pases tan buenos que casi se le enredan al delantero entre las piernas, que le quieren llegar en el apogeo de la carrera. Esos pases dan relieve, dibujan su velocidad, que de otra forma queda perdida. Son como el boceto, el bosquejo de una forma.
El Madrid cogió la pelota, superó la presión de la Real y corrió. Y se vio que sobre lo del año pasado, conservado, aparecen otras cosas, estructuras nuevas que dan mayor riqueza y complejidad al equipo.
Mbappé marcó el 2-1 en una pared muy bonita con Bellinghan. Los dos en forma y comprometidos, líderes de alguna manera.
Pero fue el 3-1 el clímax de la noche. El Madrid robó, por Konaté, y al hacerlo tan arriba el fútbol se le hace peligro. Bellingham la cogió, buscó chutar, bregó, robó y asistió a Vinicius protegiendo el balón con su largo y fuerte pataje como de caballo.
En la segunda parte se vio claro que será el líder del equipo, uno de sus ejes o su centro. En él nace la delantera y se comprime la media. Se le vio ordenar, con gesto lleno de psicología, la defensa de Vini.
El gol (de Vini, en simple remate) fue emocionante por su lucha, su empeño y se vio en la cara de Mou, que se levantó enérgico y con algo de la vieja pasión (casi violenta). Mou la conserva sin necesidad de dejar a su mujer.
Jude, ovacionado, con sensaciones de su primer año, fue sustituido por Camavinga, que no lo hizo mal (convencido de que triunfa). Güler, que se había redimido con un buen segundo tiempo, dejó el puesto para el rapidísimo Brahim.
Aun saldría Espí, que ha caído de pie y Diomandé, que por la izuierda regateó con una ligereza de danzarín. Extremo africano, de posibilidades sorprendentes. El Madrid marcó el 4-1 tras una maravilla de Vini (el regateador dio paso al goleador que se rinde ante el pasador) con picadita suprema de Mbappé. Esa picadita nos hizo pensar, por caprichos de la mente ya machucha, en Esther Expósito.
Rota ya la Real, que mucho aguantó, los goles sirvieron para sumar estadísticas los de arriba. La cohabitación parece mejorada. Mourinho está haciendo algo que ni creíamos posible: Vini muy abierto, Mbappé participando , detrás Bellingham, o mejor, en todos lados Bellingham y Güler por la derecha o desde la derecha, donde siempre jugó Bernardo Silva, que ahora la saca tranquila, con flema absoluta, vitinhizándose. Ha logrado el primer milagro. No sólo cabían todos, sino que pueden brillar. Y (magia mourinhista) estando todos bien, casi felices, hacen nacer un conjunto.