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sábado, 18 de enero de 2020

Hambres

Feuerbach 


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Quienes en las sobremesas de España todavía se hacen cruces porque un comunista se ocupe del consumo ignoran que el creador del consumismo es Marx, cuyas masas hambrientas sólo tenían, hasta el comunismo, cuatro pobres consumos, enumerados por Gecé: beber, comer, dormir y hacer prole.
    
Comunista, en la Cuba de Cabrera Infante, era el que leía a Marx y atacaba al hombre. Garzón, el ministro que el comunismo ortodoxo tiene colocado en el gobierno, vigilará la “comida basura”. No ha leído a Marx, pero te quita la hamburguesa de la boca.
    
Por “comida basura” un comunista a la cubana entiende las hamburguesas de cadena de montaje, limpias, baratas y alimenticias. La “comida basura” es, pues, una conquista del capitalismo, y su contrapartida en el comunismo es… el hambre.

    El hambre es el hambre, admite Marx, pero aquélla que se apaga con carne guisada, comida con tenedor y cuchillo, es distinta del hambre que con ayuda de las manos, las uñas y los dientes devora carne cruda.
   
 –Objetiva y subjetivamente, la producción produce el producto e impone la técnica (el modo y los modales) de su consumo, al que imprime el “finish”, su acabado.
    
Estas cosas de Marx, agavilladas por Nicolás Ramiro Rico para moldear su “animal ladino”, podría llevarlas Garzón en los bolsillos de su americana de Amazon para dejarlas caer (la lluvia fina marxiana) en la mesa del consejo de ministros, que lo escucharían con la boca abierta.
    
Somos lo que comemos –viene a decir el elegante epigrama de Feuerbach (“der Mensch ist was er isst”, por si Garzón quisiera tatuárselo), el maestro en el cual se han templado Marx… y Evo Morales.
    
En la Primera Conferencia Mundial de Pueblos sobre el Cambio Climático y la Madre Tierra, don Evo tiró de Feuerbach para atribuir a la comida la calvicie y la homosexualidad europeas.

    –El pollo que comemos –reveló Evo– está cargado de hormonas femeninas. Por eso, cuando los hombres lo comen, tienen desviaciones en su ser como hombres.
    
Nos queda el tofu.

Sábado, 18 de Enero

Valle de Esteban

Mi espejo, más profundo que el orbe
Donde todos los cisnes se ahogaron

viernes, 17 de enero de 2020

Los titos de Gamonal por San Antón

 Gamonal
Los titos

Gamonal
Los titeros

F.J.G.I.

“Como se vieron, nos vemos”

 Diego con Fermín

UDS:Huertas, Iglesias, Pita, Rezza, Enrique, D'Alessandro.
Álvarez, Robi, Víctor, Ameijenda y Pérez.


Francisco Javier Gómez Izquierdo 

          No sabría si achacar a la casualidad o la fortuna la vuelta del Real Madrid a Salamanca a disputar un partido oficial de fútbol, pero tal circunstancia ha descolocado a la gran mayoría de aficionados de otras ciudades, que no imaginaban tanta visceralidad en ciudad considerada sensata. De la tenida salmantina me informaba el difunto Paco “Peligros”, que se fue de repente hace unos meses mientras preparaba la cena. Soltero, “echao p’alante”,  y quizás un punto romántico tras su aparente hosquedad, solía venir a mi barrio a echar un mus los jueves con los castellanos que trabajamos en el talego. Le quedaban cinco o seis años para jubilarse, pero solía subir a menudo a su Salamanca para ver a los Unionistas, la “auténtica esencia del sentimiento de la Unión Deportiva; ese Salamanca del Helmántico no es el mío”, decía. Luego me cantaba los resultados de la última jornada, el Burgos inclusive, y el calendario de su equipo para el próximo mes. Paco no ha vivido para disfrutar y sacar pecho del orgullo y la firmeza de una criatura que desprecia los dineros en favor de sus principios, pero yo le hubiera dicho que no es cosa de ponerse tan tremendos y que los salmantinos lo agradecerían llenando el histórico Helmántico.
      
La realidad es que la cosa del fútbol en Salamanca lo último que precisa son listillos que desde fuera organicen sus amores. “En las Pistas, en Zamora o en el Bernabéu, antes que en el Helmántico”, dice el presidente de Unionistas, que siente como sentía Paco y los dos mil y pico socios. Ante tamaña contundencia, soltada incluso delante del señor alcalde, ¿qué vamos a decir los de fuera que no suene a ignorancia sobre la “problemática futbolera” de la ciudad?
     
Ayer, y al hilo del tremendo guirigay que se está montando alrededor del Córdoba, con un autoproclamado propietario -el ínclito Carlos González- del Córdoba CF, un Córdoba CF que compite porque un juzgado lo permite pero que no es el de siempre, un grupo de Bharein que al parecer se ha hecho cargo de gastos pero no de todos y el presidente de antier que dice que el club sigue siendo suyo, vino a cuento la desaparición del Salamanca, su reflotación y el sentimiento unionista, que eso del sentimiento es un verso argentino que se canta mucho en los estadios. A los de mi peña les cuento la paralela historia del Burgos que ahora, en teoría, es el de siempre, pero en realidad desapareció para engendrar el Real Burgos, que en vez de blanquillo vestía de rojipardillo. Al Real Burgos los burgaleses lo consideramos en su día como la continuidad del Burgos, como la UDS Salamanca muchos salmantinos lo tienen como la continuidad del equipo de D’Alessandro, Alves el de los guantes negros, Ameijenda –qué bueno y qué bien tiraba los penaltys Ameijenda-, y Sánchez Barrios, el zurdo que fichó el Madrid.  El Real Burgos, hace 30 años, llegó a Primera y un servidor se acercó varias tardes en tren a Sevilla a disfrutar muy buenas exhibiciones burgalesas... pero aquel Real Burgos, con oscuras maniobras federativas, también desapareció de momento... y digo de momento porque a los quince años volvió a reaparecer y ahora anda en 3ª donde amenaza descender el Burgos CF actual, refundado en 1994, tras la desaparición del Real Burgos. Un lío que sólo comprendemos los burgaleses. Como el lío de Salamanca sólo es apto para los salmantinos.
    
 “Yo metí un golazo con el Córdoba en El Plantío desde casi medio campo”, me dijo Diego Moreno Gavilán un día. “No. El primer partido que ganó el Burgos en 1ª fue al Córdoba. 1-0, y lo marcó Benegas. El Córdoba bajó ese año y no ha vuelto.” La conversación fue antes del ascenso del 2014. “Joer, fue al Burgos. Iban de blanco y pantalón negro” “Te buscaré el gol en mis Dinámicos”. El golazo de Diego fue al Salamanca en El Helmántico. Si “los de fuera” confunden al Burgos con el Salamanca... ¿cómo van a entender que Unionistas no son el Salamanca?

Vishinski

El despellejamiento de Sisamnes
Gérard David


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Bertrand Russell aconsejaba leer a Herodoto porque le parecía una mezcla del “Hola” y “El Caso”, llena de anécdotas divertidas, como la del rey vano Candaules, que buscaba mirones para su esposa, o la del juez corrupto Sisamnes, que dictó, sobornado, una sentencia injusta y fue despellejado vivo por el rey de los persas Cambises, quien ordenó usar su piel para tapizar la silla del juez, donde colocó al hijo de Sisamnes.

    –Pregúntese algún día cuántas pieles revisten su butaca. La vida normal de un juez instructor es de cinco años. Después le aguarda el final de un perro.
    
Eso dice un personaje de Dombrovski en “La facultad de las cosas inútiles”, que en la Urss, como aquí, es el Derecho. El que por una mentira legitimada o por una verdad de convención te endilgaran una pena a la que no sobrevivirías, eso era en esencia la legalidad soviética.
    
El camarada Vishinski llegó y lo puso todo en orden. No tengan miedo del Derecho, dijo, nos llevaremos bien con él. Lo amputaremos sólo un poco. Y así lo hizo, con la satisfacción general. Mientras tanto, los profesores lanzaban el eslogan “Abajo el Derecho” desde sus cátedras universitarias. ¡Y qué profesores! ¡Faros! ¡Pensadores! ¡El cerebro y la conciencia de la intelectualidad revolucionaria! Así decían: ¡El Derecho es una de las cadenas con las que la burguesía esclavizó al proletariado! Pero nosotros los liberaremos de ese peso. Y lo hicieron.
    
Sin salirnos de Dombrovski, “todo hombre es abyección”, dijo Gógol, y es verdad. “¿Ha visto a esos tipos que recogen perros en la ciudad? Llenan una carreta y se los llevan. Cada vez que da con un bache, los pobres animales caen unos encima de otros. ¡Se muerden, vuelan los mechones de pelo! Y la cerreta sigue circulando, los llevan al matadero. Allí los despellejan con tenazas de hierro. Nosotros también actuamos así…”.
   
 Madame de Staël reconoce que oponerse a un poder injusto le hace sentir un placer físico. Y luego está la inmensa fuerza liberadora del desprecio.

Fiscal Vishinski

Setas con huevo y jamón


Viernes, 17 de Enero

Valle de Esteban

¡Amigo!
Levántate para que oigas aullar
al perro asirio

jueves, 16 de enero de 2020

Gobernar

Gagarin

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Si a De Gaulle se le hacía difícil gobernar un país con trescientas clases de quesos, no queremos saber qué pensará un mangoneador como Sánchez teniendo que gobernar un país con veintitantos ministrillos.

    Ministrillos porque, salvo Duque, el Gagarin de San Blas (con Stalin, aquél que llevara el apellido Gagarin era definido sin falta como príncipe), todos esos Juan Nadie con cartera representan a todos los españoles que, según Pemán, abrigan la ilusión de gobernar 24 horas (todos con una iniciativa original y tajante para llenar ese día mágico): “Si a mí me dejaran gobernar, nada más que 24 horas…”
    
Iván Redondo, que políticamente parece la apoteosis de una calabaza, va más lejos, y se pide una condena: 30 años. Muy tonto ha de ser un hombre para que en treinta años no se le ocurra algo.
    
Madariaga cuenta que en tiempos de Guillermo II corría por Berlín un cuento atribuido “al” capitán de la guardia de a caballo del emperador, es decir, el Redondo de la situación:
    
Primero es el emperador; luego su capitán de la guardia de a caballo; luego, su caballo. Después nadie, después nadie y después nadie. Y luego el capitán de la guardia de a pie.
    
Que por su forma de talonar en las escaleras de La Moncloa, a lo Cristiano para ejecutar un golpe franco, debe de ser Pablemos.
    
Debe diferenciarse entre estado y gobierno, regla política que nadie ha observado –aconsejaba “in illo tempore” el buen Bodino.
    
Pero si hiciéramos eso en España, toda la tramoya quedaría al descubierto, y se nos pararía el gobierno como el Don Tancredo de Bergamín (¡un gobierno de tancredistas de la vanidad!), cuando el gobierno, decía Hegel (en La Moncloa hay un ujier que ha oído hablar de Hegel) es movimiento. Mas la tentación tancredista (la tentación de quedarse) es enorme, y el plan Redondo es tancredizar un régimen de crisis política más que una crisis política de régimen. Y todo por aquella salida de pata de banco, a lo Maura, de Rajoy:

    –Que gobiernen los que no dejan gobernar.

Jewell, otro héroe de Clint Eastwood




Hughes
Abc
 
Para cierta gente, cada película de Clint Eastwood es como “Los Puentes de Madison”. Se hace difícil no salir del cine con los ojos húmedos. En Richard Jewell vuelve a ofrecer el retrato de un héroe distinto, vulgar, anodino, alguien de quien resulta más fácil reírse. La película puede verse como parte de un ciclo junto a American Sniper, Sully y Tren a París, todas basadas en hechos reales.
Eastwood construye así en su última filmografía un panteón personal de héroes americanos, lo que supone, en cierto modo, una declaración moral y política: señalar los héroes, enaltecerlos con un tono de restitución.

¿Y quiénes son esos héroes?

Jewell tiene un poco de todos ellos: el instinto de protección del tirador, la responsabilidad y ética laboral puestas en entredicho por maquinarias corporativo-burocráticos de Sully, y cierta simpleza conmovedora de protagonista de Tren a París. Jewell es ellos tres, pero su físico y su naturaleza lo agudiza todo. Un comedor de donuts, el último mono en el mundo jerarquizado de un edificio de oficinas. El insignificante. Jewell es un simple, un pobre de espíritu.

Esos pobres de espíritu son los personajes que Eastwood prefiere. Esa galería de americanos humildes, ingenuos, obedientes, fieles a su bandera, a su país y a unas instituciones y autoridades que a veces abusan de ellos.

La polémica pseudofeminista que anunciaban es absurda, completamente absurda, aunque sea inevitable extraer conclusiones políticas de la película. Hace una critica despiadada de la prensa y del FBI como ejemplo del Deep State, el Estado Profundo y el desarrollo incontrolado de agencias gubernamentales capaces de machacar al individuo que se cruce en su camino. Conmovedora y muy política es la apelación de la madre al presidente de los EEUU, Clinton entonces, frente a los poderes autónomos y oscuros del FBI: “Señor Presidente, limpie, usted que puede, el nombre de mi hijo”). ¿No es una llamada a la pureza electiva del poder ejecutivo frente a los poderes no electos?

La crítica de Eastwood es muy clara, y no es, desde luego, a la mujer. La mujer es una periodista (irresistible Olivia Wilde) que ejemplifica la ambición rubia de la prensa, pero a la que él redime por su investigación final y sus lágrimas de arrepentimiento ante el discurso de la madre (Kathy Bates). ¿Molestaba acaso esa conexión y revelación femenina que nace de lo maternal?

Hay otra cosa… Jewell es presentado como una caricatura de la paranoia derechista. El personaje que lo denuncia al FBI, por cierto, es el rector universitario. Ese personaje expulsa a Jewell del campus donde su benigno aunque excéntrico sentido del deber y la disciplina resultaban excesivos. Ese señor remilgado y académico es el que levanta sospechas sobre él cuando la prensa le encumbra espontáneamente como héroe. El tipo humano que era Jewell estaba bajo sospecha. Hay una obra ya clásica de Richard Hofstadter sobre la parnaoia de la derecha americana (The paranoid style of American Policing). Esta visión presenta a la derecha como predestinada, paranoica y tendente a la explicación conspiranoica.
 
Y Jewell es eso. Ve terroristas en cualquiera. Es alguien obsesionado con la autoridad, la policía, las armas y la seguridad. Con ataques terroristas. Un protector vocacional de sus conciudadanos que se ha arrogado esa facultad protectora. Un tipo de hombre reconocible, con sus grotescas limitaciones. Así que a Jewell nadie le cree cuando ejerce con celo su trabajo de guardia de seguridad. Hasta que acierta la noche del atentado de Atlanta. Pero es la sospecha contra esa caricatura (esa sospecha academicista y culta) la que acaba desprotegiendo al ciudadano americano. El protector-paranoico acierta, acertó al final. Cuando los demás se relajaban, el centinela insomne (y flatulento) vio la amenaza. No estaba de más su sentido de la sospecha, su desvelada alerta.

Pero dejemos la política o las politiquerías.

Las emociones de Eastwood son genuinas. Se esperan durante la película como un ejercicio de purificación. No presenta sólo las emociones habituales que surgen de las relaciones humanas, también otras vinculadas a la dignidad, el honor y la integridad del hombre puesto en entredicho. Eastwood parece obsesionado con cantar la grandeza del hombre común. En esto parece una especie de moderno poeta democrático. Después de ver una película de Eastwood, un centro comercial parece un campo homérico. En sus emociones hay un componente cívico, tañe un metal comunitario e inspirador que apela a una experiencia humana reconocible pero entrelazada con lo social. Algo que además da significado a la vida, la realiza, la eleva espiritualmente. En las películas de Eastwood encontramos un sentido, hay algo vertical, elevado, que construye al personaje, su familia, su trabajo, su comunidad y su lugar en el mundo. Maravilla lo poco con lo que ya hace una película. Un relato, una historia conocida y el estudio de dos, tres relaciones. Suficiente.

Creo que Eastwood produce emociones reconocibles asociadas al honor, la humildad y la grandeza inmensa, universal, de los pequeños actos y las pequeñas obras. Por eso, Jewell, pequeño desastre, hombre casi disfuncional del que tan fácil resultaba reírse, enmadrado, sencillo, gordinflón y seguramente virgen nos va enseñando mientras se revela su congruente grandeza personal. Su amor por su madre, su lealtad hacia los demás, su compromiso cívico, su valor, su amor propio, su orgullo y hasta la fidelidad a su propia naturaleza (cuando le dice al abogado/amigo: yo soy así, no soy un hombre como tú). El último plano de la película, cuando ya es policía, muestra un rostro resuelto, el del sabueso ante el criminal confeso. Eastwood, al final de su carrera, nos retrata otro Harry el Sucio adicto a los donuts. Así es: de Harry Callahan a Richard Jewell. Eastwood pasa de los héroes estilizados y moralmente cuestionables de sus inicios o del Spaghetti western a unos héroes orondos, absurdos pero moralmente ejemplares donde la soledad y el individualismo están orientados a la comunidad y el servicio. Héroes con michelines y un modesto CI.

El actor que interpreta a Jewell, Paul Walter Hauser, no es una estrella, pero vuelve a ser efectivo. Mucho más que efectivo. No necesita grandes figuras Eastwood, en Tren a París pudo hacerlo con los personajes reales. No necesita de ellos para crear una emoción empática y honda. El físico de Hauser produce ternura creciente y es sutil y poderoso el proceso por el que a través de sus adiposidades, blanduras y torpezas se abre paso el héroe, el carácter. Esa mezcla de torpeza y resolución está muy lograda y debería celebrarse más.

El heroísmo, como en las películas anteriores, no es algo excepcional, sino el simple ejercicio del deber. Un hombre que se toma absolutamente en serio su trabajo puede ser un héroe. Su vida vale tanto como la de cualquiera. Casi apetece ver esta especie de suites eastwoodianas como parte de la trascendentalización del trabajo en el populismo trumpiano del “jobs, jobs, jobs”, es decir, en el nacionalismo económico. El trabajo no es sólo sostenimiento familiar y realización personal, puede ser fuente de heroísmo y ejemplo y servicio a la comunidad. Toda la dignidad humana alcanzable cabe en la vuelta a casa de un hombre que ha hecho bien su trabajo. Los fordianos reconocerán esto.

En Jewell veríamos además dos formas de la derecha americana: la sumisión a la autoridad gubernamental, la entusiasta devoción federal y, por otro lado, la suspicacia libertaria, el celoso derecho del individuo frente a los poderes. La razón del individuo solo. El otro pilar de la democracia: la protección de la minoría. Jewell representa lo primero, su abogado, lo segundo. La relación de los dos es otra historia de amistad emocionante. Juntos forman algo que se complementa: lealtad patriótica al Gobierno y sumisión a la autoridad, y defensa de la libertad y dignidad individuales frente a cualquier poder.

El abogado (excepcional Sam Rockwell) refresca el sentido constitucional de esa porción de América que sería Jewell sometida al poder conjunto de medios y agencias estatales. Uno y otro están perdidos, pero sus vidas se entrecruzan como un contrapunto necesario. ¿No son como los dos brazos constitucionales de la tradición americana?

Ahí está la política, si queremos verla en la película, y no en el feminismo, a no ser que pretendan que el personaje de Richard Jewell, que era un hombre blanco y con cierto perfil psicosocial, sea transformado por Eastwood en una mujer negra joven, por ejemplo. No podría ser, además, porque si hay algo de denuncia histórica y concreta, identitaria, en la película puede ser la injusticia y el exceso que supuso culpabilizar a un hombre blanco y frustrado como posible terrorista por el simple hecho de serlo. La historia de Richard Jewell es, inevitablemente, también la reivindicación y defensa de ese tipo humano.

A veces uno se siente hasta culpable, pero no hay ahora demasiadas cosas que sean mejores que estos retratos humanos de Eastwood en los que no hay soberbia, rabia, odio ni protesta, sino reconocimiento, gratitud y humildad. Uno sale del cine metido en sus zapatos, convencido de que son suficientes para hacer lo correcto.


Jueves, 16 de Enero

Valle de Esteban

Mástil de soledad, prodigio isleño,
flecha de fe, saeta de esperanza

miércoles, 15 de enero de 2020

Huevo con patatas y gambas al ajillo

Límites

 
El vago es el fiscal del que trabaja

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Al español le dan división de funciones (“unidad de poder y coordinación de funciones”, lo formulaba el general) por separación de poderes, y eso es dar gato por liebre, algo que, por cierto, no le importa ni a la liebre ni al gato ni al español.

    ¿Por qué había de importarle al español que no le dejen elegir a sus gobernantes, si no lo hizo nunca? Que ahora le impongan un gobierno comunista cuando el comunismo está muy lejos de la mayoría de los españoles deja frío al español, que sólo se calienta en la cola del supermercado, y la flamante ministra Irene Montero, que fue cajera (sacrificó Harvard por la caja), debe de saberlo.
    
A un español puedes tocarle todo menos la cola en el supermercado: si alguien se la salta, siquiera por descuido, se las verá con el igualitarista más ferino. Por eso choca ver, de pronto, al español amoscado por un trasteo de fiscales.

    –El vago es el fiscal del que trabaja –dijo Unamuno viendo a los mirones de los artesanos en la plaza Mayor de Salamanca.
    
Pero el español no habla de Unamuno, sino de Montesquieu, a quien atribuye la teoría de los tres poderes, cuando para el barón el orden judicial era una dependencia del ejecutivo, ya que no hay más que dos poderes, el que hace la ley y el que la hace ejecutar (que en el Estado de Partidos es el mismo). El “poder judicial” fue un invento (otro más) de Hamilton en Filadelfia para conciliar dos soberanías, la de la Unión y la de los Estados, y que sólo funcionó allí, como comprobaron luego los esnobs del centralismo revolucionario francés.

    Al español le falta llevar la indignación del supermercado a la política, y para eso debe interiorizar la noción (¡medieval!) de que todo poder ha de ser limitado. Más Hamilton y menos Kelsen: el poder en función del Derecho (“rule of law”), no el Derecho en función del poder (Estado de Derecho). Pues si el Sistema hace de Sánchez (o de Suárez) un rey Midas que convierte en Derecho cuanto toca, estamos aviados. ¿Algún juez Coke en la costa?

Montesquieu & Quique San Francisco


Montesquieu

Quique San Francisco

Miércoles, 15 de Enero

Valle de Esteban

Se ha puesto el gallo incierto, hombre

martes, 14 de enero de 2020

Logocracia




Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Reunido el nuevo gobierno, sus miembros no dan, todos juntos, para medio Bachiller del de Sainz Rodríguez, pero es que estos ministros no vienen a gobernar, sino a dar conversación. ¡La logocracia!
   
 –Seremos varias voces y una sola palabra –resume el presidente, un “homo loquax” que habla como escapado de la selva palúdica de los pirahá en el Amazonas, cuya lengua, carente de numerales, que siempre vienen bien para gestionar la deuda nacional, se reduce a ocho consonantes y tres vocales, como quien dice Schwarzkopf, aquel general americano que en el Golfo dijo: “Ir a la guerra sin Francia es como salir a cazar ciervos sin tu acordeón”.
    
La Moncloa como claro del ser heideggeriano para “el diálogo”. (“Ewiges Gespräch”). ¿Qué diálogo? Lo especifica el diario gubernamental: el “diálogo social” (otra cosa sería hablar solo, como los clientes del doctor Esquerdo) y el “diálogo territorial”, que no va a ser indagación en la voz y el paisaje a lo León Felipe, sino chalaneo de pequeña política de domicilios.

    –Nosotros, los logócratas…
    
El logos de Sánchez es el viejo logos de Heráclito, el logos como unidad de los contrarios: de ahí que en su gobierno todo sean parejas, como en el Ales-Boite de Veneras, 6 en los 70. El caso es hablar: en pareja, en sociedad.

    –De la a discusión –pensaba Cánovasnacen naciones como Inglaterra. El silencio produce naciones como la España de Carlos II.
    
Palabra de España, decían.
    
La casualidad, que es la décima musa, hizo que los mandilones de “Crisol”, que llevaban diez días en la calle, salieran el 14 de abril del 31 con un sueltecillo suspiroso sobre “La palabra España”:
   
 –En 1900, cuando el barranco del Lobo, España calló. En 1917, España no acertó a decir lo que quería. En 1921 se niveló el patriotismo para tapar el desastre y España aplazó su palabra. En 1923, cuando iba a hablar, la cogieron por la garganta. Hasta hace unos días tuvo la mordaza puesta. Y su primer grito ha sido éste: “¡República!”
    
La logocracia.

Loro de café

Tú no, bicho

ABC

 Además hay que acreditar no ser taurino, ni conservador (ser de derechas, pero en fino), ni tener, por descontado, nada que ver con Vox


Si hay que "centrear", se "centreará". Las madres avisan con su sabiduría: "Hijo, tú no te signifiques, que así no vas a encontrar nunca una muchacha"

Martes, 14 de Enero

Valle de Esteban

...peinado
por el sol canicular,
de loma en loma rayado
de olivar y de olivar

lunes, 13 de enero de 2020

Primer campeón

Barco asentado en tejado
Barbate

Francisco Javier Gómez Izquierdo

          Hubo un ministro que para no subirnos el sueldo  a los funcionarios -al parecer no disponía de cuartos- se sacó de la manga uno de los mejores inventos en materia de legislación laboral de la  Administración que, supongo, descolocó sobremanera a los sindicalistas: los días de asuntos propios o particulares. El prócer era riojano y se llamaba, se llama, pues creo que aún vive, Javier Moscoso. Los moscosos se convirtieron en materia casi de escándalo, pero poco a poco se fueron asentando en todas las administraciones y llegaron al extraordinario milagro de la procreación conforme uno iba acumulando trienios. Un servidor, sin ir mas lejos, con once trienios, doblaba los seis que don Javier concedió en los 80 y me jubilé con 12 día de moscosos. Creo que 12 es el tope.

        Don Luis Rubiales, que no es padre conscripto pero quiere parecerlo, se ha sacado también de la manga la venta de un espectáculo futbolístico y quiere institucionalizar el negocio haciéndolo anual en tierra extraña. A ser posible en Oriente, que es donde se suelta la mosca sin problemas. Es posible que lo consiga y que la Supercopa con el tiempo no se llame Supercopa sino el torneo Rubiales, como moscosos los días de asuntos propios, pero yo creo que habrá un año que estos modernos Reyes de Oriente  dejen de entusiasmarse por los futbolistas famosos y corten el grifo de su generoso chorro de euros para los equipos europeos.
      
¿Qué gana esta gente de Arabia Saudita, Qatar o Bahrein metiendo pastizales en el fútbol? Estarán conmigo en que nada y que sólo se entiende tanto derroche en que tienen el dinero por castigo y muchos de estos herederos del rey Midas se levantan una mañana con ganas de desocupar una habitación llena de dinero para alojar en ella una nueva esposa y, como es moda entre ricos, compran un equipo -al Córdoba lo han salvado unos señores de Baherein- o llevan a Messi a Doha o Yedda. Una cosa así tiene que ser, porque no me explico ese poner y poner.
     
Lo más curioso es que son pocos los aficionados de las arabias a los que les guste de verdad el fútbol. Uno veía el oleaje que montaba ayer el personal y le dan ganas de expulsar a todo Cristo del campo. Y ¿qué decir del entusiasmo ante la tanda de penaltys, circunstancia que seguro dará continuidad al menos tres o cuatro años de esta supercopa entre torres de petróleo? El caso es que las semifinales del torneo, como le gusta decir a don Rubiales, fueron bastante espectaculares y a mí particularmente me gustaron lo suyo. La final y como corresponde a la presencia atlética fue correosa, trabada, imprecisa, a ratos desesperante por los errores en el pase de los buenos Joao Félix o Modric... y me  inquieta Morata con su amargura existencial de cada partido, siempre pendiente de lo que no debe y no llegando a ser el futbolista que yo pensé que iba a ser. Morata es mejor futbolista de lo que nos parece y de lo que él cree, pero algo le pasa a este chico y nada más evidente que el recurso del piscinazo en el moderno mundo del VAR. Morata parece tener demonios particulares que lo desequilibran, justo lo contrario que Valverde, el mejor de la final y cuya intervención más decisiva fue una falta precisamente a Morata que, de no recibirla, podría haber glorificado al delantero, pero está visto que Morata es de los llamados, pero no de los elegidos.
     
Enhorabuena al Madrid y más flores para Zidane, al que habrá que institucionalizar también como jardinero mayor del reino.

Jugar como nunca, ganar como siempre

Mi amiga saudí. Grandes momentos en la Supercopa del cambio


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Zidane ha reseteado su lámpara y el Genio le concede sus deseos. ¡Ríndete, Klopp! Valverde salvó en Arabia el título de España talando a Morata como Sergio Ramos una encina. Así que, si eres atlético ¿con quién te vas a indignar? ¿Con los maleteros del aeropuerto?
  
Lo dijo un eximio arabista vasco, Luis Antonio de Vega, compañero de trasnoche de Ruano (no se acostaban y luego iban a desayunar a un prado donde los dejaban mamar de una vaca color canela), destinado a Tetuán:

    –No sé cómo se blasfema en árabe. ¡Cómo me voy a indignar con los maleteros de la estación!
  
Tres veces nos indignamos anoche. La primera, por coraje, con Joao Félix, por fallar el regalo de Ramos que hubiera cambiado el estilo del partido. La segunda, por capricho, con el Pajarito Valverde, por fallar una pelota de partido con un remate picado frente-muslo (“stop shot”, en el billar). Y la tercera, por placer, con la prórroga: ante semejante juego, una prórroga (ni siquiera la loca prórroga que vimos) no la merecía ni Rubiales.
 
 Es verdad que el amo de la Federación de Fútbol, Rubiales, se gasta cierto aspecto de galán de cine serbio, pero tiene golpes, y el de la Supercopa ha sido genial. Si Gamper y Bernabéu tienen un trofeo de verano, ¿por qué Rubiales no iba a tener su trofeo de invierno, aunque haya que parar la Liga? Ese Trofeo Rubiales es la Supercopa, a jugar donde el cojonudismo de Rubiales nos lleve, que para empezar fue a Arabia Saudí y con música de “Aladdin”.
  
Hasta ahora, en la Supercopa se ventilaba un campeón de campeones, el de Liga y el de Copa, a un partido, y el que más chiflase, capador. Pero Rubiales tuvo la ocurrencia ante el espejo de organizar un “Mundialito Rubiales” con los campeones, Barcelona y Valencia, más Real y Atlético.
  
En aras del marketing y del glamour, Rubiales se llevó su trofeo al desierto, pero no al de Almería, sino al de Arabia, donde lo más parecido (físicamente) al “Aladdin” de la Disney (Mena Massoud) era Joao Félix, al que Simeone tiene privado de alfombra mágica, y así es imposible volar para hacer aladdinadas. Ésas las hizo este verano, cuando los siete goles, porque el castrador sistema simeónico aún no había atrapado al menino. Todo el morbo de la final de ayer venía dado por los siete goles del verano. Y deportivamente, eliminados el campeón de Liga y el campeón de Copa, la cuestión era dirimir que entrenador de los dos, Zidane o Simeone, es el mejor para los próximos quince días.

Zidane se cree mejor entrenador ahora que cuando ganó la Champions a Simeone, y también Simeone se cree hoy mejor entrenador que cuando la perdió ante Zidane. Visto desde fuera, Zidane tiene suerte, y Simeone, no. Si a Zidane no le aplazan el Clásico por la movida política en Cataluña, Zidane hubiera perdido el partido, y entonces no hubiera seguido en esta partida de ajedrez.

    –El ajedrez –observó Richard Burton (el orientalista, no el marido de Lyz Taylor)– es un juego erótico: todo consiste en poner horizontal a la reina.
  
Zidane primero puso horizontal a Celades y después el reto era poner horizontal a Simeone. Zidane tiene en su poder la lámpara de “Aladdin”, y el famoso Visitante Nocturno que se le aparece de madrugada para darle instrucciones y concederle deseos únicamente puede ser el Genio encerrado en la lámpara, que en la última versión de Disney es Will Smith, calvo como Zidane, pero con mejor sentido del humor. En su primera venida Zidane le pidió al Genio tres deseos, que fueron tres Champions. En su segunda venida, los tres deseos que haya pedido serán Liga, Copa y Champions, porque en la Copa Rubiales lo único que se juega el club es la honra. Montesquieu dice que el fundamento de una monarquía es el honor, y el Real es una monarquía, razón por la cual Bernabéu dio siempre la mayor importancia al honor. El Barça, por ejemplo, ha perdido en Arabia tanto honor que la directiva se ha fijado en un Príncipe de Asturias, Xavi, ex cerebro de España, para sentarlo donde el Chingurri Valverde. ¡Ojalá!
  
Si miramos el resultado (7-0 ante el Bayern), nos quedamos en lo superficial. ¡El balón fue nuestro! –fue la explicación, en su día, de Xavi, dueño de la relatividad del juego en el fútbol, expresada por él en una frase: “En el Barça entendemos el fútbol como espacio-tiempo”.
  
Xavi, perfil numismático del “fúpbol”, vuelve como el giróvago del tiquitaca, que es al fútbol lo que la pierna atrás es al toreo, o sea, destoreo, y por consiguiente, antifútbol, que hace que el espectador (la observación es de Pablito Aimar) sea incapaz de ver un partido completo.
  
Pero ¿quién le quita a Zidane su lámpara maravillosa?

LECHE Y MIEL

    Arabia mana leche y miel. Su rey Iben Saud dijo un día en El Cairo a los periodistas que sólo le interesaban tres cosas: “Las mujeres, los perfumes, la oración”. Eran los 40 y todavía un rey podía comerse el fútbol, cosa que en los 70 ya no pudo hacer el roquero Rod Stewart cuando, puesto por la prensa ante la misma tesitura, contestó: “El fútbol, las cervezas, las mujeres”. Estas quisicosas y la imagen de Cerezo en el palco, que parecía un alcalde en la cabalgata de Reyes Magos ayudaron a sobrellevar el muermo de un espectáculo cuyo locutor de TV te aclara en cada pase con qué pierna, derecha o izquierda, le pega al balón el futbolista.

Lunes, 13 de Enero


caigo del viento sobre la luz;
caigo de la paloma sobre el viento

domingo, 12 de enero de 2020

Costillar de cordero lechal al horno


Psicología del pánico




Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Los violines del otoño hieren nuestro corazón con monótona languidez, lo que, según la experiencia histórica, significa que se prepara otro desembarco de Normandía, sólo que esta vez en forma de vacas flacas. Como el Juicio Final, de dar crédito a las previsiones del Apocalipsis, estas vacas aparecen precedidas de señales, y de ellas se aprovecha la psicología del pánico, una psicología vulgar y ruin según la cual todo se viene abajo porque se cae. A todo esto, ¿qué dice el Gobierno? Pues, por el momento, el Gobierno no ha dicho nada, aunque todos sabemos que una vacuidad tan perfecta no puede ser espontánea.

Para empezar, los ministros parecen lapas, que, siendo como son los ministros, no es mala señal. De hecho, es la mejor señal de que la situación está controlada. «Sí, pero el euro nos come como sabañones las hipotecas», protestan los psicólogos del pánico. Naturalmente. Pero, mientras el sabañón de nuestras hipotecas no sea la peseta, ¿qué puede hacer el Gobierno, salvo reunirse? Galbraith tiene escrito que en una democracia auténtica y eficiente es indispensable algún que otro artilugio para simular que se hace algo cuando la acción es imposible, que así fue como los americanos inventaron las reuniones: «Las reuniones improductivas de la Casa Blanca se han convertido en una institución más del gobierno.»

Si la pelea es con el dólar, el euro, lógicamente, cae, porque ésa es una pelea tan tonta como la de Poli Díaz, no ya con Mike Tyson, sino con Pernell Whitaker. Los pobres no escogen, y al lado de una moneda como el dólar, que pasea por el mundo la leyenda «In God We Trust», el euro no tiene más importancia que las perras gordas que usaban nuestros señoritos para hacer aquel gesto tan castizo de echarlo a rodar despectivamente sobre la mesa del café para que el camarero lo recogiera y saludara hasta los pies. Un americano con un dólar confía en Dios, y nosotros, con una perra gorda en el bolsillo, en vez de mirar al cielo, miramos al Gobierno, como han hecho los franceses en la guerra de la gasolina, que menos mal que ya no lleva plomo.

Es posible que en España ya no se viva como en una flor, pero esta circunstancia tampoco debe empujarnos a abrazar la psicología del pánico. Tenemos un paquete penal para el norte, por la cosa de la insurrección vasca, y un plan antinuclear para el sur, por la cosa del submarino inglés, sin olvidar que ya han comenzado las obras del cubo de Moneo, que a lo mejor forma parte del mismo plan, pero en la capital, donde la clase política ya cuenta con un viejo búnker en La Moncloa. Prevenir es mejor que curar, y si la reparación del béndix del submarino inglés no discurriera con la normalidad prometida en julio por el portavoz gubernamental, el nuevo búnker del Prado, que no por nada está al mando de un ex ministro de Defensa, sería el refugio más seguro para la clase cultural —humanistas de la poesía clara, poetas del humanismo ministerial, etcétera—, pues, en caso de emergencia, todos convendremos en que un país siempre puede prescindir de su sociedad, pero nunca de su clase política, que es la que dirige, ni de su clase cultural, que es la que vive.

Pero la psicología del pánico es perseverante, y, sacada de una posición, en seguida ocupa otra. «¿Y las placas de las matrículas?» «¿Y el peligro de los retrovisores?» No es mandar a callar a nadie recordar que un Ministerio del Interior no es la Mitsubishi, cuyo presidente ha dejado el puesto porque ocultó las averías de los coches. La Mitsubishi es Japón, el país donde Borges aprendió que se debe procurar que el interlocutor sea quien tenga razón y no uno. El Ministerio del Interior es España, el país donde no se sabe de averías ocultas, como lo demuestra el hecho de que cualquier seguidor de TVE tiene bien claro que ninguno de los forenses que salen en los telediarios ha encontrado en el estómago del guineano muerto en Lanzarote las diez toneladas de perico que la Policía buscaba en el «Privilege» atracado en Las Palmas. ¿Dónde está el pánico?

J. L. Borges

Japón, el país donde Borges aprendió que se debe procurar que el interlocutor sea quien tenga razón y no uno

Los 80. Ana Torroja

ABC, 10 de Enero de 1982

FARÁNDULA Ignacio Ruiz Quintano

ABC

Ana no cree que cante muy bien, pero de pequeña se aprovechaban de que es golosa para que cantara el Frére Jacques a cambio de una galleta

Mientras, seguirá madrugando para ir a clase de matemáticas, que las da un hombre elegante, dice, el profesor Miguel Ángel Cerdá, en la Facultad de Económicas, en Somosaguas

Domingo, 12 de Enero

Valle de Esteban

en tormenta tamaña

«Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco»

DOMINGO, 12 DE ENERO

En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.
Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?». Jesús le contestó:
-Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia.

Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco».

Mateo 3, 13-17