JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ
Estaba escrito. Estaba marcado por los hados que el día en el que conmemoraba el décimo aniversario de la aparición pública de Cazarrata en Las Ventas no podía ser un día cualquiera, otro día más en la oficina, y ahí estuvo la ganadería de Adolfo Martín y la excentricidad de Antonio Ferrera, el Morante de los pobres, para que la efemérides no se pasase sin una celebración adecuada.
Con Adolfo Martín llevábamos últimamente casi más penas y desengaños que alegrías, habiendo abandonado ese carácter de corrida seria, dura y encastada que tanto nos ha encandilado, como réplica al otro Martín. Sirva recordar aquellos corridones del año 13 y del 18 como enaltecimiento de los Albaserrada de Adolfo y olvidémonos de otras fechas en las que el ganadero parecía que se había entregado al canto de las sirenas de la «toreabilidad». Hoy, en cambio, Adolfo Martín ha puesto en Madrid una corrida seria y cuajada en la que cada uno de los toros, a su manera, han sostenido la emoción de una tarde en la que nada estaba escrito y donde podías apostar por el triunfo o por el hule con las mismas garantías de éxito. Las huecas miradas de los adolfos, la incertidumbre de sus embestidas, la evidencia de su casta, el respeto que infundían, su espíritu cambiante y atento a todo lo que se mueve a su alrededor provocaron hoy ese milagro de que no dejases de estar atento a todo lo que pasaba en el ruedo, porque no había hoy nada que se pudiera dar por seguro.
Para el despacho y entrega de los seis de Adolfo se trajeron a Antonio Ferrera, de blanco y oro; Manuel Escribano, de catafalco y oro, y Paco Ureña, de palo de rosa y oro. Mientras hacen el paseíllo nos entretenemos en comprobar que los tres ya pasan de los cuarenta años de edad y que los tres ya han superado las dos décadas desde el día de su alternativa.
Volador, número 74, dejó su carta de presentación en el burladero del 10 sacando astillas y levantando las maderas: lo que se conoce como «derrotar en tablas», cosa muy poco vista en la actualidad. Ferrera lancea con suficiencia y poder sin otro lucimiento que el del trabajo bien hecho y el toro se abalanza a por el penco donde toma la primera vara y se deja pegar en la segunda. Sale desentendido de los capotes y no da facilidades a los de los rehiletes, pues espera y se entera. Ante esa disposición del toro Miguelín Murillo opta por pasar en falso un par de veces. Pascual Mellinas deja puesto su par y luego Miguelín se empeña en clavar el suyo, siendo acosado por Volador hasta el burladero del 9 donde el toro se dedica a sacar astillas de la madera. Con buena disposición se va Ferrera al toro, que no regala una sola embestida, y le va sacando de uno en uno los pases. Hay emoción por las peligrosas condiciones del toro, por sus constantes miradas al torero y por el oficio con el que Ferrera le va sobando. Por la izquierda es otro cantar, porque el toro pasa muy avisado y buscando al torero. En una serie por la derecha el toro se para peligrosamente en el centro de la suerte, aguantando el trago Ferrera con entereza. Tras este aviso decide que es hora de matar. Se perfila y el toro se le arranca súbitamente dejando un pinchazo sin soltar, luego un metisaca y después otro, pero esta vez en los bajos, antes de cobrar una estocada baja que acaba con el toro, sin que este haya abierto la boca en ningún momento.
Mentiroso, número 50, es recibido por Escribano con unos «medios gayolos», porque a la distancia que se sitúa de la puerta del chiquero no es como para usar la palabra «porta» Con el percal pasa un ratillo de apuro con las embestidas del toro, que es un tío alto y cuajado, un pedazo de ejemplar que se abalanza a por el caballo que Juan Peña le ofrece atravesado para tomar una vara en la que no cobra mucho, quedándose encelado con el caballo un buen rato. Con la misma técnica de caballo atravesado, Peña le deja otra vara de idéntica factura a la anterior, hasta que el toro decide irse. Las banderillas las pone el maestro sin mucho lucimiento: marra en el primer envite bastante ventajista, repite lo mismo en el segundo pero clavando y se va al 5 a recibir los vítores del agradecido público de sol, pero el toro le obliga a salir del ruedo y cambia de terreno hacia el 3 donde deja un par similar al anterior. Luego se sienta en el estribo y deja un par por los adentros de bastante exposición y decide poner un cuarto par con el toro al relance que resulta el mejor de todos. Viendo las condiciones demostradas por el toro nos esperábamos una faena basada en la distancia. Nada más lejos de la intención de Escribano, que desde el principio opta por las cercanías. Se ve claramente que está agobiando al toro, pero insiste en sus formas como si quisiera decir que no quiere ni ver al toro. Como signo de protesta el toro se para y dice que él así no va. Lo dice con el pensamiento, porque la boca la tiene cerrada, y entonces Escribano pone fin a la relación mediante una estocada entera en la suerte natural. El toro aprovecha un descuido para quitarle el capote de las manos a Curro Robles y, como tarda en caer y le han pegado un aviso, el torero decide descabellarle a la primera.
El tercero es Peluquero, número 67, más feo y ensillado que los precedentes, pero en tipo de la casa. Recibe unas buenas verónicas de Ureña sin hacer extraños y se emplea en la primera vara de Richi Romero que le pega con ganas, cayéndose al salir del potro de tortura. Para la segunda vara, el picador pasa valientemente por encima de la inútil raya blanca buscando al toro que se arranca con vigor y que se deja pegar. La vara cae trasera. Tras el quite de Ferrera, Peluquero lleva a José María Soler al burladero del 10 sin clavar, luego «Azuquita» pasa con prisa clavando una, después Soler vuelve a pasar sin clavar y Azuquita pone una, siendo acompañado por el toro hasta el burladero del 9. Soler al fin consigue dejar una a la media vuelta y azuquita finaliza su actuación de nones clavando una de nuevo. Comienza Ureña su labor siendo cogido muy feamente al tercer pase al frenarse el toro en el centro de la suerte. Se ve que va herido en la pierna pero decide seguir frente al toro sacando algún excelente natural, máxime viendo las condiciones del toro. Un nuevo conato de cogida le convence a Ureña a finalizar su tarea con una estocada perpendicular atravesada y un descabello. Cruza la plaza entre ovaciones para ir a la enfermería, de donde ya no saldrá. Los espíritus sensibles silban al toro, que no puede contestar porque siempre tuvo la boca cerrada.
Mentiroso, número 68, es el segundo de Ferrera. De salida es de embestida violenta que Ferrera domina con eficacia con su capote de seda azul. La primera vara la toma a distancia, recibiéndole el caballo atravesado que, cuando el toro empuja, se acuesta sobre él. Para la segunda vara se arranca desde la misma raya y no recibe mucho castigo. Ángel Otero deja un excelente primer par y Pascual Mellinas deja el suyo antes de que Otero deje el mejor par de banderillas de la Feria. Comienza Ferrera con la derecha y sobre la marcha se cambia de mano dejando un gran natural y uno extraordinario de pecho. Luego una buena serie de naturales, otra buena de derechazos y otros naturales algo trompicados, cuando de pronto le da el arrebato y tira el espadín y deja una soberbia serie de derechazos sin la ayuda y luego otra, improvisando cambios de mano de pura inspiración. El toro ha sacado una nobleza que es también propia de la casa y Ferrera lo ha visto de inmediato. Se dispone a matar en la suerte contraria yendo al toro desde muy lejos, con la muleta al hombro y deja un pinchazo; repite lo mismo a la suerte natural y deja una estocada aguantando hasta la bola. Arrastran al toro, con la boca cerrada, entre ovaciones y Ferrera da la vuelta al ruedo con una oreja en la mano.
Malagueño, número 52, conoce también el saludo desde los «medios gayolos», pero esta vez le sale mejor a Escribano su propuesta de lanceo, salvo que al final pierde el capote. Recibe una vara rectificada de Juan Francisco Peña a la que el toro acude con violencia. El pica no se ceba. Para la segunda entrada es el propio pica el que pide el toro a distancia y cuando este entra fuerte recibe un puyazo más bien trasero. En banderillas el toro no acude y obliga a pasar en falso, repite la misma propuesta dejando un buen par, el mejor de los siete que ha puesto, luego otro a toro pasado y luego un violín al quiebro. Se va a chiqueros con la muleta y allí comienza su trasteo que, en seguida, nos muestra que el toro tiene más clase que el torero, que se va de la suerte antes de que acabe el muletazo, que adolece de falta de colocación, que no somete por abajo. Basó su trabajo en la mano derecha y usó la izquierda para mostrar que la tenía, en un trasteo sin gloria, tras la denodada disposición de Ureña y la arrebatada personalidad de Ferrera, Escribano no decía nada. El toro abrió la boca, para hacernos rabiar, y tras sonar el aviso Escribano dejó un pinchazo en la suerte contraria, un pinchazo hondo en la suerte natural y dos descabellos. El toro recibió tibias palmas en su arrastre.
El sexto, Monedero, número 51, fue el del lío. Con Ferrera en modo super arrebatado y con la Puerta Grande a medio abrir decidió que si el triunfo se le iba no sería por culpa suya. Tras otro eficaz saludo de capa, puro oficio, salió corriendo a desmontar al piquero de turno para ser él quien picase. El milagro se produjo porque uno de esos caballos lentos, desobedientes y pesados de cada día, con Ferrera encima se movía como si fuera de la Escuela Española de Equitación de Viena, y eso que el jinete de luces ni siquiera llevaba espuelas. Lidia Escribano y deja al toro colocado, que se arranca y Ferrera le pone la puya en buen sitio, sin pegar mucho. Luego pide a Otero que le ponga el toro más de lejos, aunque esta vez no acierta en clavar, ni intenta rectificar una vez que tiene al toro abajo. Por tercera vez se arranca el toro de lejos y esta vez clava en buen sitio sin infligir mucho castigo. A toda prisa se descabalga y sale corriendo con el capote a dejar dos chicuelinas y una serpentina que ponen la plaza en pie.
Aquí vino el lío, porque el Presidente había cambiado el tercio y nadie se había enterado. Se crea una confusión tremenda en la que el asesor artístico de la presidencia, «Madriles», gesticula como un simio a punto de darle una hemiplejia y el presidente habla por teléfono. Las gentes se encrespan y quieren al Presidente fuera del palco, formándose una grandísima bronca mientras vuelven a picar al toro. Una vez aclaradas las cosas se va el pica camino del patio de caballos y Ferrera desiste de banderillear, dejando que Curro Vivas clave sus dos pares y Azuquita deje una en el toro. Luego Ferrera se va a brindar a Ureña a la puerta de la enfermería y comienza una faena algo acelerada de aire más pueblerino en la que brilla una buena serie con la izquierda de excelente colocación y después otra mirando al tendido. En la siguiente serie, esta vez con la derecha, el toro se le queda y él aguanta con decisión. La plaza vitorea su faena a más y cuando el torero decide matar, se lleva el toro a los medios y allí le deja para él irse al burladero del 9 y desde allí iniciar su camino hacia el toro con la espada por delante, dejando una estocada delantera y entera que el toro fue escupiendo y que fue refrendada con un descabello tras el aviso. El toro tampoco abrió la boca. Las gentes pidieron con fuerza la oreja que le abría la Puerta Grande a Ferrera.
Creo que prácticamente todos los que estuvimos hoy en la plaza salimos con la feliz sensación de haber disfrutado de una gran tarde de toros, muy entretenida, en la que, además, se dieron cosas que jamás habíamos visto. En cuanto a esa manera extravagante de matar de Ferrera pensamos que los que le censuraban se rasgaban las vestiduras igual que lo harían los contemporáneos de Costillares cuando le vieran poner en práctica su invención del volapié.
ANDREW MOORE
Adolfo Martín
FIN