miércoles, 3 de junio de 2026

Ex




Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Me juran ante un café con churros que Zapatero desea título nobiliario.

Es natural. En cuatro días, sólo será un ex. La República, aboliendo la aristocracia, sólo consiguió, al añadirles la partícula ex, alargar los títulos de nobleza.

Zapatero no es noble, con lo que su ex no pasa de ser la guinda de la nada. Por eso necesita, como asidero del ex, un título nobiliario, sin menoscabo de su compromiso con todos los pobres de España, sus hijos.

¿Acaso el “New York Times” no llama “Mariana” a Rajoy? ¿Qué nos costará a nosotros llamar “Ramón” a Zapatero?

Y usted, ¿por qué no se llama Ramón? –decía Falla para adular al amigo–. Ya ve usted, ¡Ramón Pérez de Ayala, Ramón Menéndez Pidal, Ramón del Valle-Inclán, Ramón Gómez de la Serna y hasta Ramón y Cajal! Tiene usted que cambiar de nombre. ¡Ah, si yo me hubiera llamado Ramón!

De Gonzalón se cuenta que rechazó un ducado sevillano, sin saber que lo que con Monarquía es nobleza con República es cursilería. Cuando Azaña fundó la Orden de la República, Madariaga, buhonero él, propuso “Villalar”, por los comuneros, u “Orden de la granada”, por la Granada de “Los Puntos”.

¡Jamás! –exclamó Azaña, siempre tan fino.

Y Madariaga (¡buhonero!) creó el “Ciudadano de Honor”, a entregar cada 14 de abril, que el primer año fue para Unamuno, el segundo para Cossío, y al tercero (¡celos!) Azaña lo tiró al cesto.

Veo a Zapatero en campo de plata, como indica la heráldica, siete abarcas en faja (formación de tiqui-taca), y de mote, los versos de Valle-Inclán:

–…hay un zapatero / que silba a un jilguero / la Internacional.

[Diciembre, 2011]

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San Isidro'26. Corridón de "escolares" que pedían a gritos a los tres tenores de Aranjuez. Márquez & Moore



JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ


Dios aprieta pero no ahoga. Aunque en ciertos momentos de desesperación, acuciados a veces por la profunda angustia que nos produce tener ante nuestros ojos el descaste, la bobaliconería, el déjà vu de tantos toros ovejunos plenos de «toreabilidad», llevados por la evidencia de que nuestros días en la piedra de Las Ventas van corriendo unos tras otros a veces sin esperanza, mientras clamamos por que la justicia divina nos envíe una prueba, aferrados a la esperanza de poder contemplar el toro íntegro y pujante, el toro imprevisible, de pronto un día se obra el milagro y se presenta ante nuestros ojos una corrida de toros en el más estricto sentido de la palabra que nos da vigor para seguir aguantando otra paletada más de aquellos animales tan bondadosos que  siguen el trapo con fluidez y permiten a las figuras ligar pases, hacer series largas o larguísimas y mostrar su técnica sin crear dificultades, de esos seres que colaboran y se dejan torear: de los odiados toros-artista.


Hace unos días fue Partido de Resina, luego Saltillo, después Pedraza de Yeltes o Adolfo Martín, cada una de esas ganaderías con sus particulares señas y matices, y hoy, siguiendo esa línea clara de animales con los que no se puede dar nada por supuesto, hemos tenido ante nuestros ojos una señora corrida de don José Escolar: toros que te obligan a mirar constantemente sus evoluciones y sus cambios de humor o de parecer, sus nada inocentes distracciones, su imprevisibilidad, su personalidad y su carácter seco.


Y si hay una característica a resaltar de manera neta en la tarde de hoy, ésa es la de la seriedad de los seis cárdenos en diversos grados que se vinieron a Madrid desde Lanzahíta con el firme propósito de que nadie se riese de ellos en su cara mientras pudieran sostenerse en pie. Por eso es que hoy, nuevamente, desaparecieron de Las Ventas todos esos pases y lances terminados en «-ina» que florecen como un lirio de lluvia tras un chubasco, porque hoy la cosa no estaba como para burlarse de ninguno de estos seis escolares que venían con la lección muy bien aprendida de casa.


Para la lidia y muerte de los toros y, de paso, para pasar un mal rato, los de Plaza1 contrataron a Pepe Moral, de canela y oro; Damián Castaño, de catafalco y oro, y a Gómez del Pilar, de azul y oro. Habríamos pagado una fortuna por ver a los tres tenores de Aranjuez del día 31 frente a esta corrida, para que explicasen detenidamente qué es eso del arte y de parar los relojes.


El primero de la tarde se llamaba Capitán, número 32, y eso nos llevó inmediatamente a tener un recuerdo para el inolvidable Capitán, número 43, de Hernández Pla, que habita por toda la eternidad en el cielo de los toros bravos. Este Capitán de hoy traía encima todas las señas de su origen santacolomeño. Acometió al capote felinamente, mirándolo todo. Su pelea en varas, dejándose pegar y cabeceando, distó mucho de la de su tocayo de hace 47 años, si bien es verdad que las lanzas se fueron a una parte un poco trasera de su anatomía. Cumplieron los banderilleros dejando los tres pares en buen sitio, Juan Sierra fue acosado por Capitán a la salida de los pares con no muy buenas intenciones y Pepe Moral se dispuso a pasar de muleta al toro cuyo pitón más negociable era el derecho, en él basó su actuación, aunque también consiguió algún natural aislado. Una estocada entera le sirvió a Moral para darle la licencia absoluta al Capitán, que fue despedido con palmas.


Chulito I, número 23, fue recibido con palmas de aprobación. En la cosa equina lo de reseñar es que recibió poco castigo y trasero. En los palos Rubén Sánchez y «Toñete» clavaron nones y luego Rubén, pares. Tras un conato por la izquierda, que el toro desbarata, Damián Castaño se dedica a ir labrando al toro por la derecha recibiendo un par de sustos de esos que te dejan desconcertado. La embestida del toro tiene emoción por lo incierta, planteándole Damián la pelea a cara de perro, a despecho de las condiciones del toro. Tras pasarle por las dos manos le deja dos pinchazos y una estocada y, finalmente, hace uso del verduguillo.


Cobrador, número 79, también fue saludado con aplausos por su lámina al aparecer en el ruedo. En la primera vara de Sangüesa no se emplea y el pica le castiga poco; en la segunda vara, más de largo, le cuesta atacar al caballo, pero cuando lo hace empuja fijamente y, de nuevo, recibe poco castigo. Una tercera vara hubiera estado bien, pero don Ignacio Sanjuán sacó el lienzo blanco y nos dejó sin verla. En banderillas Raúl Palancar y Antonio Vázquez primero pusieron nones y después Palancar puso pares. El toro es extremadamente complicado. Puede decirse que cambia en cada serie. No muestra un comportamiento uniforme, y eso complica extraordinariamente la labor de Gómez del Pilar, que se muestra firme y decidido frente a este toro tan desconcertante. Se atasca con el acero en sus tres entradas a matar y se enmaraña con el verduguillo en nueve intentos fallidos y un acierto. El toro recibió palmas al ser transportado por los benhures.


Con el número 27 perfectamente herrado en el costillar aparece Cabestrero, de menos presencia que los anteriores, pero con una descarada cabeza veleta. Su paso por las cercanías del equino no es como para escribir un romance, pues cabecea y cabecea y no se emplea, lo mismo en la primera vara que en la segunda. En banderillas, con la acertada brega de Juan Sierra, recibe pares de David Salvador y Óscar Reyes y, después un solitario palitroque de parte de David Salvador. Cuando llega el tercio de muerte Pepe Moral lo intenta con más ahínco por el pitón derecho que por el otro, recibiendo tarascadas, miradas y malos modos a cambio, por lo que sin gran dilación se va a por el estoque para cobrar un pinchazo y media estocada tirando la muleta en la suerte contraria y 6 descabellos, que no acaban con el toro, porque este se echa cuando le da la gana.


El segundo de Damián Castaño es Minutero, número 24, serio y bien hecho, que da signos de su personalidad desde el principio, en el saludo de capa de Castaño, que le lancea eficazmente. Toma tres varas de Javier Martín, la primera al relance en la que cabecea para quitarse el palo, la segunda, medio mal colocado en la que más bien se deja pegar y la tercera más de lejos en la que acude con alegría y se emplea algo más. El tercio de banderillas se resume en que, al acabar este, el toro lleva en la espalda cinco palos en cinco pasadas. Antes, al inicio, el toro había sorprendido a Rubén Sánchez haciéndole un extraño y lanzándole por los aires sin otras consecuencias que el susto. Con la montera calada se va Castaño al toro, decidido a aguantar sus fieras acometidas y a ir labrándole en la medida de lo posible. El resultado es un trasteo de gran emoción en el que Castaño va sacando los muletazos de uno en uno, aguantando la posición con firmeza a despecho de las petrificantes miradas del encastado toro. A medida que la faena avanza incluso llega a enhebrar los pases a base de decisión, de conocimiento y de valor, con la plaza vitoreándole. Mata mal, como tantas veces, y pierde pie cayendo al suelo para dar lugar a que «Toñete» le haga un quite milagroso, llevándose al toro que literalmente estaba ya encima de él. Pinchazo, estocada y descabello es la cuenta de su tauricidio como preámbulo a una clamorosa vuelta al ruedo y palmas en el arrastre para el toro.


Y para terminar este corridón de toros pusieron a Buenacara, número 45, otro buen mozo que embiste de manera taimada al capote de Gómez del Pilar y que tampoco pasará a los anales por su pelea en el caballo, pues en las dos entradas que hizo a las faldillas se empleó lo justo, recibiendo poco castigo de Pepe Aguado. En banderillas «Candelas» dejó dos en dos pasadas y Antonio Vázquez cumplió con su par. El toro es desconcertante, porque su comportamiento más humillador en la muleta dista una barbaridad del demostrado en los dos primeros tercios. Gómez del Pilar aprovecha la circunstancia y va desgranando una faena con cuajo en la que tira del toro, se coloca y busca el pitón contrario tanto por la derecha como por la izquierda y, tirando el espadín, le pega una serie de derechazos sin ayuda que llega mucho al tendido. Sobraba una última serie que se empeñó en dar y que enfrió un poco los ánimos. Ahí se echó de menos que llevase el estoque de verdad. O lo mismo no, porque no estuvo fino con la espada, cobrando una media lagartijera y luego dos descabellos. Ovación para el toro y lo mismo para el torero fue el resultado de la actuación de ambos, con lo que se ponía punto final a una emocionante tarde de toros que vinieron a Las Ventas dispuestos a no regalar nada.




ANDREW MOORE


 

























FIN

«El alma-hecha-gesto»: Toros, «españolez» y «españolidad» (2)


Goya: Joaquín Costillares


Jean Juan Palette Cazajús



…Parece que fuera Joaquín Rodríguez, Costillares (1743-1800), el que exigiese, en 1793, que el traje de los toreros, habitualmente adornado con botones y galón blanco lo fuera con los botones y el galón de plata que realzaban, hasta la fecha, la vestimenta de los todavía prestigiosos varilargueros. Igualitarismo de las apariencias, pues, al servicio de un yoísmo de la esencia. En realidad, aquellos eran los momentos cruciales en que el pueblo español, cerrados ya los caminos de acceso al estatuto de pueblo político y soberano, estaba en trance de salirse parcialmente de la historia y –al menos por parte de algunos de sus estamentos– de acceder al estatuto ambiguo, y ya vimos que duradero, de pueblo «ontológico». Y dentro de aquel pueblo «ontológico» y a la vez incapaz de promover colectivamente una mutación de su estatuto social, la tauromaquia ofrecía un resquicio para el éxito y la promoción de algunos individuos.



Salvador Viniegra, detalle de
"La promulgación de la Constitución de 1812" (1912)

Los momentos excepcionales que acontecen en los ruedos ante los ojos de los amantes de la tauromaquia son por naturaleza excepcionalmente fugitivos. Son tan ajenos a la noción de obra como a la de producto.  Se acordarán de que en la triple categorización que hacía de Ingleses, Franceses y Españoles, Madariaga definía a los primeros como «hombres de acción», a los segundos como «hombres de pensamiento» mientras los españoles eran «hombres de pasión». La singularidad de un fenómeno tan improbable como la tauromaquia es el ejemplo canónico del ejercicio de la acción por el «hombre de pasión», cuya actuación no viene corrompida por ningún propósito venal o utilitario. El arte del torero es «gratuito» en el sentido primero de la palabra. Es una manera de recordar que el «alma-hecha-gesto» se desenvuelve exclusivamente en los paisajes del «ser». Que es absolutamente ajena a las imposiciones físicas y materiales del «hacer». Nietzsche dijo de Séneca que era el «torero de la virtud». Unamuno fue el «torero del ser», en su caso un torero ciertamente antitaurino, pero el que más alto afirmó su desprecio por los valores del «hacer»: «Yo me voy sintiendo profundamente antieuropeo. ¿Que ellos inventan cosas?, invéntenlas» (famosa carta a Ortega y Gasset, de ruidosas resonancias, fechada el 30 de mayo de 1906). Por esto nos pareció muy significativa en su momento, además de alarmante en nuestra calidad de aficionado a los toros, la extraña ocurrencia del torero Miguel Ángel Perera, en febrero de 2021, cuando le dio por solicitar la inscripción de una de sus faenas en el Registro de la Propiedad Intelectual en tanto que creación artística. Numerosas y variadas reflexiones podrá suscitar la peregrina iniciativa. Nosotros tenemos el sentimiento de que, con semejante propósito, lo único que hacía el citado torero era mostrar un sorprendente desconocimiento de los fundamentos ontológicos que definen su arte. Una práctica excepcional que él lleva años ejerciendo y que resulta, por definición, irreductible a toda objetivación productiva. Lo que pretendía registrar ese señor, mucho nos lo tememos, era la imposible propiedad intelectual del «alma-hecha-gesto».


Porque la naturaleza excepcional de la faena del torero nada tiene en común con la definición de una obra. «Cosa hecha o producida por un agente», la describe el DRAE, es decir resultado concreto y duradero de un obrar. Nosotros hablamos aquí de algo que consiste exclusivamente en ese momento excepcional durante el cual es el propio y transitorio acto de obrar el que se constituye en la propia obra. Un momento ontológico y autosuficiente, ajeno a toda noción de resultado material y duradero. Aristóteles habría dicho que no se trata de poiesis, sino de praxis. La trascendental diferencia entre los dos conceptos, la enunciaba el estagirita en su Ética a Nicómaco. El Diccionario Iberoamericano de Filosofía de la Educación resume, didáctico, la cuestión:



Goya: Pedro Romero

Mientras que la poiesis (ποίησις) consiste en la producción o fabricación de una cosa diferente al sujeto que la produce, la praxis (πρᾱξις) es una acción inmanente en la que el fin de la acción es la misma actividad. La poiesis está moderada por la téchné (τέχνη), en tanto que la praxis lo está por la prudencia, phrónesis (φρόνησις) o sabiduría práctica, entendida como una virtud capaz de tender puentes entre el logos y el ethos.


No cabe pues mejor ilustración de la praxis aristotélica que una faena taurina o que la propia tauromaquia en general, que no consisten en un «hacer», sino en un arriesgado acceso a un puro evento, ético y plástico, del «ser». Porque la excepcional singularidad de la tauromaquia consiste en la imposibilidad consustancial de separarla del flujo temporal del ser y de su fugacidad peligrosa. Aparece como la encarnación de aquella «vida pasional» que, según Madariaga, constituye para el español «todo el camino, pasado, presente y futuro comprendido y sentido instantáneamente». Por esto, cuando le preguntaron un día a Rafael Molina Sánchez, Lagartijo (1841-1900) por lo que más le disgustaba de su oficio, su contestación habría sido: «er tren». No el momento del toro ni su peligro, sino los viajes agotadores de una plaza a otra. La única explicación plausible para la extraña iniciativa de Miguel Ángel Perera, es que, en el fondo, tuviera muy poco que ver con la tauromaquia y solo pretendiera, de algún modo, aparecer como una contribución al cumplimiento de aquel piadoso voto expresado, en 2008, por la señora que ocupaba entonces el cargo de ministra de Ciencia e Innovación: «Es hora de acabar con el “que inventen ellos”». Es decir que, quizá, convenga interpretar la iniciativa del citado torero como un tardío acto antiunamuniano destinado a sostener y refrendar el definitivo acceso de España a un estatuto existencial fundamentalmente productivo. A su manera, quería el torero aportar su grano de arena al tránsito definitivo desde la vieja España ontológica hacia la puramente económica y empírica. Sarcasmos aparte, tampoco nos extrañaremos de que Perera estuviese dispuesto a reivindicar el carácter «productivo» de un arte tan evanescente como el suyo: hace mucho tiempo que los aficionados lúcidos saben hasta qué punto las actuales faenas taurómacas se atienen efectivamente a un modelo estereotipado cuyo carácter estandarizado e industrial deja lugar a pocas dudas.


Y por cierto: tendrá su importancia preguntarnos a qué territorios pertenece la tauromaquia ¿a los de la españolidad o a los de la «españolez»? Poco tardaremos en comprobar que la «españolez» prospera en los territorios de una forma de «sentimiento nacional» más bien exhibicionista y atolondrado. De proseguir con los símiles taurinos, diríamos que la «españolez» se encuadra en la categoría de los llamados «desplantes». Pero en los ruedos, la función de los desplantes más teatrales consiste habitualmente en un intento de camuflar la mediocridad, la impotencia o el desconcierto del diestro. Los toreros hondos y serios suelen ser más sobrios en su gestual. Lo que nos llevaría a considerar, por contraste, que la españolidad no puede entenderse sin unas necesarias dosis de cordura y comedimiento. La «españolez» presume así de un incómodo espesor presencial, excesivamente imperativo, por no decir exhibicionista. La «españolez» suele ignorar las habituales dudas y preguntas que acompañan siempre la exigente lidia reflexiva en pos de una definición razonable de la «españolidad». Vemos que ambas palabras comparten idéntica base léxica y presuponen idéntica morada geográfica y vital. En cambio, la bifurcación de los dos sufijos basta para revelarnos muy distinta morada existencial y ética detrás de uno y otro. La «españolez» es propensa a la retórica abotargada y tartamuda, al psitacismo que, con tanta frecuencia, sigue aquejando a los ventrílocuos de la identidad nacional. Trata de suplir sus carencias ontológicas mediante una redundancia retórica de la que han desaparecido dimensiones tan necesarias como la distancia reflexiva, el humor, la ternura o el necesario desengaño. Digamos, al estilo de Sánchez Ferlosio, que la «españolez» está obsesionada por «demostrarse», mientras a la españolidad debería bastarle con «mostrarse».



Larga lagartijera, por su autor

Consideremos la siguiente cita, perteneciente al conocido panfleto de Antonio de Capmany contra los franceses:


Podrían igualmente contribuir a mantener este espíritu nacional las corridas de toros [...] prefiriendo yo ésta que llaman fiereza española, que nos puede hacer temibles, a la molicie y frivolidad filosófica del día, que nos ha hecho despreciables a los ojos de los mismos que nos la han inoculado.


Diríamos que semejante invocación de la «fiereza española» bien podría adscribirse a los terrenos de una modalidad áspera y beligerante de la «españolez», aquí además con propensión al desplante retador contra el enemigo. Ciertamente comprensible en aquellas circunstancias históricas extremas. El eminente historiador Carlos Martínez Shaw pudo escribir que «la Ilustración española aparece como un bloque antitaurino, con las únicas fisuras de algunas excepciones notables, como la de Nicolás Fernández de Moratín». Otra excepción posterior sería la de nuestro Antonio de Capmany que, probablemente alrededor de 1810, si bien con póstuma publicación en 1815, escribiría una breve Apología de las fiestas públicas de toros, donde podía leerse una proposición esencial: «se infiere que un lidiador de toros puede morir ¿Quién lo ha de negar? Pero el público no va a verle morir, sino a ver cómo no muere». Y aquí, Capmany mostraba su capacidad para torear en los terrenos de una clarividente «españolidad». Contra las censuras ilustradas a la supuesta crueldad de las fiestas de toros y de quienes las presenciaban, el autor venía a recordar que el público no valora las empresas del «alma-hecha-gesto» por culpa de un apasionamiento sádico y atolondrado, por algún culto bárbaro a la temeridad suicida, sino, al revés, porque vienen apoyadas en la competencia y la seriedad de un excepcional bagaje técnico y profesional. En el ruedo, no hay espacio ni para el morbo ni para la inconsciencia. Lo que busca y valora el aficionado a los toros es la autenticidad, la capacidad y la oportunidad de rendirse ante una forma particular de excepcionalidad de las competencias humanas. La españolidad es esa sabiduría indulgente y profunda que corre el riesgo de pasar desapercibida detrás de la aparatosidad del desplante inducido por la «españolez». Digamos entonces que la españolidad sería el «alma» y la «españolez» no pasaría del «gesto». Juntas, configuran un camino de cruces y desencuentros que acompaña el flujo de aquellas vivencias en las cuales se explaya el «alma-hecha-gesto», unas veces grandeza, otras muchas vanidad, hasta desembocar inexorablemente en la sentencia máxima, el famoso y tajante «nadie es más que nadie». 



¿Españolez o españolidad?

Miércoles, 3 de Junio

 



Diccionario primaveral

martes, 2 de junio de 2026

Perros de Page



Ignacio Ruiz Quintano

Abc


Por la calle hemos visto a Page, cacique manchego, decirle a una señora que le pedía ayuda, madre de una víctima de la riada, algo que ruborizaría a María Antonieta, la gran princesa que según el cotilla de Rousseau, al saber que los campesinos carecían de pan, dijo “Qu’ils mangent de la brioche”.


Tienes que pasear más al perro.


Eso dijo a la madre sin hijo el tal Page, que está de tan buen ver como el cacique de Cempoala glosado por Bernal Díaz. Un Xicomecóatl del 78, pero con más séquito de calvos, en el sube y baja por las calles de Toledo que uno se imagina, por culpa del Greco, transitadas por paisanos filiformes paseando perros de Page. Paisaje y paisanaje. Del perro de Goya que surge de la pintura negra para seguir el vuelo de dos pájaros los hispanistas británicos tienen dicho que es el único ser cariñoso, preocupado, humilde: “Humano, por así decirlo”. El perro que Page manda a paseo sería lo único humano de esa pintura negra que es el 78. Tú pasea al perro que de España ya me ocupo yo.


El cielo y la tierra son implacables; los seres de la creación son para ellos meros perros de paja –cita John Gray del “Tao Te Ching” en su “Perros de paja” para explicar que en los ritos de la China antigua se empleaban perros de paja como ofrenda a los dioses: durante el ritual eran tratados con la mayor de las reverencias, pero, al final, cuando habían dejado de ser necesarios, eran pisoteados y abandonados.


En resumen: si los humanos perturban el equilibrio de la Tierra, serán pisoteados y abandonados, como lo son los contribuyentes que perturban el “fart walk” de un jefazo setentayochista, régimen de tragaldabas inspirado en la teoría de lo político de Carl Schmitt, que “tiene bastante de canina”, como descubrió Nicolás R. Rico paseando por la “República” de Platón a propósito de la flexible condición del perro, “amistoso para el conocido, fiero para el extraño”.


Las ciudades, recuerda Gray, nacieron del deseo de una existencia estable: guardan vestigios psíquicos de las generaciones que pasaron por ellas. Pero en nuestras ciudades deconstruidas, “las personas son sombras proyectadas por los espacios y no hay generación que dure lo que dura una calle”. El 78, con más de tres generaciones culturales de régimen a cuestas, nos ha deconstruido la nación y el verano nos trae la brisa marina de Mallarmé: la carne (del veraneante) es triste, ay; y ya agoté los libros; ¡huir, huir más allá!… Pienso mucho en el perro de Lasso de la Vega (¡otro perro de Page!), que era de la pintora Betina Jacometi, que marchó de viaje y dejó su estudio al poeta a cambio de que cuidara al perro. Ruano: “Desde el primer día, Lasso fue vendiendo los muebles, y en uno de mayor apuro mató al perro, lo asó y se lo comió con patatas”.


[Martes, 26 de Mayo] 

«El alma hecha gesto»: personalismo, «yoísmo»… y Toros (1)


Plaza de Toros, Puerta de Alcalá


Jean Juan Palette Cazajús



(Sirva de contribución anual a la Feria de San Isidro, este extracto del capítulo XIX de mi ensayo titulado «Españoles y Franceses, la Historia, la Nación, el “Carácter”». Se ofrecerá en dos entregas por no abusar de la paciencia del hipotético lector). 


…De modo que «personalismo» se mostraría tal vez palabra más adecuada que la de «individualismo» para calificar aquellos comportamientos particularmente autoafirmativos engendrados a partir de las distintas modalidades de la vivencia española. «Su patriotismo es de parroquia, y la propia persona es el centro de gravedad de todo español», escribía en 1846 un compatriota de Alexander Jardine, nuestro conocido, y buen conocedor, Richard Ford. Sin que tampoco resulte la palabra plenamente satisfactoria. En realidad deberían bastar las simples lecciones de la experiencia cotidiana para que acertemos a nombrar más correctamente la singularidad de cierto tipo de actitudes, captadas lo mismo por propios que por extraños. Nos impondrá entonces su evidencia una denominación más básica y hormonal, la de un «yoísmo» declinado en sus versiones más exaltadas y rudimentarias. «Yoísmo» que engendra, paradójica pero comprensiblemente, una propensión al igualitarismo comparativo y epidérmico simbolizado por la sagrada sentencia: «Nadie es más que nadie».


Ha ocurrido que por acudir Alfonso XII a una corrida después de la hora, recibió una soberana silba. Monarquía en que se silba al rey por hacer esperar el principio de una corrida [...] ¡cosa vista, apaga y vámonos!


Tan ofuscado estaba Unamuno por su muy recurrente obsesión antitaurina que, en aquella ocasión, le dio asueto a su habitual lucidez y no quiso ver el trasfondo igualitario que yacía detrás de la anécdota, relatada en el salmantino diario La Libertad, el 17 de octubre de 1891. Salvador de Madariaga también echó su cuarto a espadas en esta cuestión. En su opinión, «El “sentido” de igualdad que empapa la vida española, difiere de la “idea” de igualdad sobre la que descansa el orden francés». Se le había anticipado Rosseuw de Saint Hilaire, un joven universitario galo que también había «peregrinado» a Andalucía, en 1837, antes de dedicar buena parte de su existencia a la historia de España. Había acudido a una corrida de toros en el Puerto de Santa María, donde la contemplación del variopinto público que lo rodeaba le inspiró un sentido comentario sobre «este instinto de igualdad que es el fondo del carácter español y asoma aquí por todos los poros». Unos cinco años más tarde, otra viajera, esta vez británica, Mrs Romer, coincidiría plenamente con el anterior. También lo hizo desde una plaza de toros, en esta ocasión la de Málaga. El espectáculo de un grupo «de genuinos majos andaluces» le sugirió «una ausencia de servilismo hacia sus superiores, […] que, de hecho, se funda en una dignidad innata […] esa fría independencia que tanto se asemeja a un sentimiento de igualdad». Tampoco se quedaría corto Gerald Brenan en una obra que fascinó nuestra juventud, El Laberinto Español (1943): «No hay raza en Europa tan profundamente igualitaria y con menos respeto hacia el éxito y hacia la propiedad». Instinto o sentido de la igualdad, inherente a la persona orgánica, pero que, por prescindir de la «idea de igualdad» y de todo horizonte de posible objetivación social, corrió a menudo el peligro de pervertirse y de considerar como desmerecimiento propio toda manifestación del mérito ajeno. Del papel desempeñado por aquel «yoísmo» primordial en las conciencias españolas, se pudo inferir, matemáticamente, el protagonismo de la envidia en tanto que defecto corolario. «Vicio pasivo y contemplativo», decía de ella Madariaga. De cainismo, prefería calificarla Unamuno, porque ataca a quien es honesto, a quien trata de elevarse y de esforzarse. Todo este asunto, en general, no podía dejar de suscitar también discrepancias. El historiador José Álvarez Junco manifestaba, al respecto, bastantes dudas y reticencias:


Tanto la izquierda como la derecha se han dejado cautivar por esta creencia en un “carácter español” dominado por un disolvente individualismo. Pero ninguno de aquellos análisis [...] se apoyó en datos mínimamente verificables.[…] Porque lo que de verdad ha caracterizado a la cultura política española moderna ha sido precisamente la debilidad del individualismo: el estatismo, el corporativismo, el clientelismo, la fuerza de la familia y del grupo sobre el individuo.


Casualmente, la lectura inopinada de dos textos de Rafael Sánchez Ferlosio (1927-1919), el uno escrito en 1980, el otro, más reciente, de 2012, nos sirvió en bandeja sendas jaculatorias cuya perentoria concisión se nos impuso como la mejor ilustración posible de estas formas tan españolas de proclamar la asertividad individual: «Lo que más hondas satisfacciones produce en las almas españolas es poder decir ¡No hay derecho!», sentenciaba la primera, en la mejor línea del evocado yoísmo, justiciero e igualitario. En cuanto a la segunda, se mostraba como un óptimo concentrado de todo lo que estamos tratando vanamente de sugerir aquí: «El “¡Ahí queda eso!” me parece el paradigma del alma-hecha-gesto de la españolez», decretaba Sánchez Ferlosio. Toda la frase, en su brevedad, resulta una mina de oro: «¡Ahí queda eso!», «¡El alma-hecha-gesto!», «¡españolez!». Tenemos aquí tres pepitas, tres formulaciones cuyo trasfondo y capacidad de sugestión equivalen a todo un tratado etnográfico. Cómo no recordar una vez más a Salvador de Madariaga:



Dos majos y dos majas

La lengua popular de España presenta con frecuencia expresiones de un sintetismo al que nada se sustrae y que resumen en pocas palabras henchidas de sentido, no la idea, sino la pasión del todo que es el verdadero fondo, la sustancia del alma de España.


Nótese, de pasada, que, muy parecidamente a lo que ya tuvimos ocasión de observar, en nuestro capítulo VI, a propósito de aquellas  «cinco excelencias del español…» que Fray Benito de Peñalosa enumeraba en 1629, ninguno de tales aciertos expresivos parece preocupado de referirse a un obrar provechoso y duradero, puesto al servicio de la colectividad. Todo parece aludir más bien al resultado fugaz de una actitud, de un dicho, de un gesto que honran, por un instante, la calidad inmaterial, ontológica, del individuo. Conviene recordar que, prácticamente en los mismos años en que los menestrales parisinos tomaban la Bastilla, sus equivalentes andaluces habían asaltado otra bastilla, la de la tauromaquia aristocrática. Descabalgaron literalmente aquella tradición caballeresca y la reinventaron de forma revolucionaria. Le apearon el tratamiento a lo que era una fortaleza estamental y la convirtieron en un monopolio popular. Los ruedos se convertirán entonces en los espacios privilegiados donde podrán expresarse, ya sin cortapisas sociales que limitaran el ejercicio de sus facultades personales, la capacidad y el talento de los toreros de a pie. Ellos son los nuevos héroes de las clases populares, entregados a las hazañas del «alma-hecha-gesto». Prosper Mérimée, por cierto uno de los pocos viajeros foráneos capaces de referir juiciosamente y con conocimiento de causa el desarrollo del espectáculo taurino, nos confirmaba, en una carta de 1830, hasta qué punto habían cambiado las tornas jerárquicas en los ruedos, puesto que ahora eran los aficionados de alta cuna los que solicitaban el privilegio de alternar con los de a pie. Y así, cuenta haber «visto en Sevilla, un marqués y un conde cumpliendo en una corrida las funciones de picador». A su modo peculiar, el «¡Ahí queda eso!» de los desplantes toreros constituyó una proclamación existencial de la igualdad. La nueva realidad de los ruedos proclamaba que la valía individual nada le debía a la cuna.

 

Pero aquella extraña forma de transgresión, a la vez social y hormonal, era susceptible de interpretarse, al mismo tiempo, como un reconocimiento implícito de la impotencia política, como una compensación por la imposibilidad de acceder a la condición libre y participativa del ciudadano moderno. Temeraria sería cualquier pretensión de buscar en la revolución del toreo a pie algo parecido a una revolución conscientemente política y antiaristocrática. La nueva tauromaquia se contentó con oficializar la democratización de la hombría. Si nos fiamos de la descripción que Sébastien Blaze, nuestro conocido boticario del ejército napoleónico, ofrecía en sus memorias de la Guerra de Independencia, los toreros iban vestidos de majos. Por su parte, hacia 1842, Mrs Romer, la ya citada viajera británica, nos confirmaba, en sus minuciosas descripciones, la realidad de la evolución inducida en el traje de torear por Francisco Montes, Paquiro (1805-1851) y que lo acercaban a las características y las «luces» de su estado actual. Pero también recordaba, nuestra intrépida y muy observadora lady, un casual encuentro en la calle con el mismo Paquiro y los hombres de su cuadrilla, todos ellos, nos dice, «vestidos con el traje de majo andaluz». Cuatro años más tarde, en 1846, de aquella relación entre majeza, guapeza y toreo, Estébanez Calderón supo ofrecernos una divertida versión, con su retrato del sevillano Pulpete:


El capote abierto, el sombrero derribado a la oreja, pisando corto y pulidamente, y manifestando en todos sus miembros y movimientos ligereza y elasticidad a toda prueba, daba a entender abiertamente que en campo raso y con un retal carmesí en la mano, bien se burlaría del más rabioso jarameño o del mejor encornado de Utrera


El toreo a pie llegó a confirmarse como una de las manifestaciones más sintomáticas del «majismo», y el «majismo» era un fenómeno, al fin y al cabo, antigabacho, antipetimetres. Era la exhibición de una virilidad popular y castiza que se sentía como agredida por la invasión de las costumbres y de los modales afrancesados entre «currutacos», «lechuguinos» y otras «madamitas» de nuevo cuño. Aquello lo entendía el majismo como la amenaza de una ideología foránea, usurpadora y peligrosa para su yoísmo esencial. Una ideología que, por su parte, no ocultaba su desdén hacia unas culturas populares a las que consideraba rezagadas, ignorantes e indiferentes al espíritu y las prácticas de la cultura ilustrada. Unas culturas populares que preferían expresarse a través de la arrogancia física y del vocabulario corporal, a través de la dimensión emocional, en la vida como en los ruedos. La calza ajustada del majo, sus medias ceñidas a la recia pantorrilla, proclamaban el desprecio por el moderno «pantalón» del currutaco y modelizan lo que será la taleguilla del torero. Entre aquellos sectores taurinos y populares, eran las propias ideas procedentes de la Revolución francesa las que asimismo podían ser interpretadas como una forma de amenaza difusa. Porque una «idea de igualdad» demasiado abstracta y genérica traía implícita la necesidad de cierto grado de disciplina ciudadana y de conciencia cívica. Algo que entraba en conflicto con aquel «sentimiento de igualdad», indómito y puramente individual, el que caracterizaba el yoísmo existencial. (Seguirá)



La maja y los toreros, Francisco Soria Aedo 

Martes, 2 de Junio

 


España

lunes, 1 de junio de 2026

Fútbol de hombres y fútbol de vacas



Ignacio Ruiz Quintano

Abc


En lo que llega el Mundial, ese muermo de patriotas pecho de lata, la distracción del piperío mediático va a ser elegir al “hereu” del Mejor Entrenador de la Historia, el Pep, que deja el City (hecho unos zorros, por cierto, y en expectativa de desastre, si finalmente se producen las sanciones, que se producirán, dado que en Inglaterra no influye Puigdemont). En Champions, que es la única competición en el fútbol de los adultos, al Pep lo pasó este año por encima brillantemente Arbeloa, en Madrid y en Manchester.


El Pep fue el “hereu” del cruyffismo (“¡no creerá que las dos Ligas de Tenerife las ha ganado usted!”), y ahora nos encontramos con que el Pep no tiene “hereu”: el Relato lo hizo, y después rompió el molde. Dirigió al Barcelona del Negreirato hasta que Mourinho lo puso en fuga hacia Alemania, donde ganó con el Bayern de Munich una Liga que luego también ganó el chico de Perico Alonso con el Leverkusen, para ir a parar al City del jeque Mansour en Inglaterra, donde, al decir de las “pepetes”, habría cumplido una década prodigiosa porque, después de un volquete de millones, conquistó una Orejona cuyo secreto fue la paciencia, como explicó Pochettino: “Si a mí me elimina el Madrid, me echan; si el Madrid elimina a Pep, le fichan cinco jugadores para volver a intentarlo”. Ciñéndonos a las Champions, Pep sería la gallina, y la sardina, Ancelotti: en lo que la gallina pone un huevo y lo cacarea para que se entere todo el mundo, la sardina pone un millón de huevos en el más exquisito de los silencios. ¡Y a qué precio! El “fair play” inglés es una bobada que Julio Camba definió en su época como la cándida ilusión de un pueblo que creía haber descubierto una manera leal y caballeresca de pescar truchas y cazar zorras, pero, siendo ese “fair play” lo único que a los ingleses les queda de su Imperio, los jueces de la Premier le quieren pasar la garlopa a los millones invertidos por el City (hablamos de un “fair play” de dos mil quinientos millones en diez años) en proporcionarle al Pep futbolistas para su fútbol, que no es un fútbol cualquiera: es el “fúpbol”.


El “fúpbol” del Pep consiste en hacerle meter goles a Haaland, el cyborg que tenía por ídolo a Michu, hoy director deportivo del Burgos de Ramis, mientras que el “futebol” de Mou consiste en hacerle meter goles a Fellaini, que eso lo hemos visto en el United. Y es que el fútbol es un juego tan simple que pueden jugarlo al mismo tiempo Fellaini y Haaland. Sólo los sacamuelas del pepismo se propusieron envolverlo en complejidades ajedrecísticas para, en la grande polvareda, darle a la plebe gato de portal por liebre de Castilla. 


Se va del City el Pep, dejando dos o tres jugadores de renombre que salen a subasta, y al Madrid vuelve Mourinho, se supone que para renovar la locura, ahora agotada, que él dejó, que eso era rocanrol, y no el torrezno de Soria dando vueltas en la boca de un viejo que Xabi, un Lillo con lecturas de “Jot Down”, parecía decidido a colarnos.


De Mourinho se espera que ponga fin a la guerra de almohadas que es el vestuario con Mbappé. Que apañe un grupo defensivo serio, con Rudiger de Terry (y hasta de Otamendi, si miramos de dónde venimos), más la intención de hacer de Huijsen (amigo de los hijos de Mou, por cierto) otro Varane. El resto, verticalidad. La verticalidad del mourinhismo contra la horizontalidad del pepismo. No por nada los atléticos pusieron a Rodri Hernández el mote de “Rodrizontal”. Repitamos con Madariaga en su “Retrato de un hombre de pie”: el centrocampismo es horizontalidad (la vaca); el contrataque es verticalidad (el hombre). También Madariaga sufrió su pepismo: una época de fuerzas horizontales arrasando a las verticales: “Por doquier lo horizontal, la cantidad, triunfa sobre lo vertical, la calidad”.


Para el animal horizontal, una dirección vale otra: sólo ve patas. El gran arte es vertical: una fuerza que recoge todos los planos y los concentra en una emoción inteligente.


Os parecerá poca cosa.


[Sábado, 23 de Mayo]

San Isidro'26. Adolfos serios y cuajados para la excentricidad de Ferrera, el Morante de los pobres. Márquez & Moore



JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ


 Estaba escrito. Estaba marcado por los hados que el día en el que conmemoraba el décimo aniversario de la aparición pública de Cazarrata en Las Ventas no podía ser un día cualquiera, otro día más en la oficina, y ahí estuvo la ganadería de Adolfo Martín y la excentricidad de Antonio Ferrera, el Morante de los pobres, para que la efemérides no se pasase sin una celebración adecuada.


Con Adolfo Martín llevábamos últimamente casi más penas y desengaños que alegrías, habiendo abandonado ese carácter de corrida seria, dura y encastada que tanto nos ha encandilado, como réplica al otro Martín. Sirva recordar aquellos corridones del año 13 y del 18 como enaltecimiento de los Albaserrada de Adolfo y olvidémonos de otras fechas en las que el ganadero parecía que se había entregado al canto de las sirenas de la «toreabilidad». Hoy, en cambio, Adolfo Martín ha puesto en Madrid una corrida seria y cuajada en la que cada uno de los toros, a su manera, han sostenido la emoción de una tarde en la que nada estaba escrito y donde podías apostar por el triunfo o por el hule con las mismas garantías de éxito. Las huecas miradas de los adolfos, la incertidumbre de sus embestidas, la evidencia de su casta, el respeto que infundían, su espíritu cambiante y atento a todo lo que se mueve a su alrededor provocaron hoy ese milagro de que no dejases de estar atento a todo lo que pasaba en el ruedo, porque no había hoy nada que se pudiera dar por seguro.

 

Para el despacho y entrega de los seis de Adolfo se trajeron a Antonio Ferrera, de blanco y oro; Manuel Escribano, de catafalco y oro, y Paco Ureña, de palo de rosa y oro. Mientras hacen el paseíllo nos entretenemos en comprobar que los tres ya pasan de los cuarenta años de edad y que los tres ya han superado las dos décadas desde el día de su alternativa.


Volador, número 74, dejó su carta de presentación en el burladero del 10 sacando astillas y levantando las maderas: lo que se conoce como «derrotar en tablas», cosa muy poco vista en la actualidad. Ferrera lancea con suficiencia y poder sin otro lucimiento que el del trabajo bien hecho y el toro se abalanza a por el penco donde toma la primera vara y se deja pegar en la segunda. Sale desentendido de los capotes y no da facilidades a los de los rehiletes, pues espera y se entera. Ante esa disposición del toro Miguelín Murillo opta por pasar en falso un par de veces. Pascual Mellinas deja puesto su par y luego Miguelín se empeña en clavar el suyo, siendo acosado por Volador hasta el burladero del 9 donde el toro se dedica a sacar astillas de la madera. Con buena disposición se va Ferrera al toro, que no regala una sola embestida, y le va sacando de uno en uno los pases. Hay emoción por las peligrosas condiciones del toro, por sus constantes miradas al torero y por el oficio con el que Ferrera le va sobando. Por la izquierda es otro cantar, porque el toro pasa muy avisado y buscando al torero. En una serie por la derecha el toro se para peligrosamente en el centro de la suerte, aguantando el trago Ferrera con entereza. Tras este aviso decide que es hora de matar. Se perfila y el toro se le arranca súbitamente dejando un pinchazo sin soltar, luego un metisaca y después otro, pero esta vez en los bajos, antes de cobrar una estocada baja que acaba con el toro, sin que este haya abierto la boca en ningún momento.


Mentiroso, número 50, es recibido por Escribano con unos «medios gayolos», porque a la distancia que se sitúa de la puerta del chiquero no es como para usar la palabra «porta» Con el percal pasa un ratillo de apuro con las embestidas del toro, que es un tío alto y cuajado, un pedazo de ejemplar que se abalanza a por el caballo que Juan Peña le ofrece atravesado para tomar una vara en la que no cobra mucho, quedándose encelado con el caballo un buen rato. Con la misma técnica de caballo atravesado, Peña le deja otra vara de idéntica factura a la anterior, hasta que el toro decide irse. Las banderillas las pone el maestro sin mucho lucimiento: marra en el primer envite bastante ventajista, repite lo mismo en el segundo pero clavando y se va al 5 a recibir los vítores del agradecido público de sol, pero el toro le obliga a salir del ruedo y cambia de terreno hacia el 3 donde deja un par similar al anterior. Luego se sienta en el estribo y deja un par por los adentros de bastante exposición y decide poner un cuarto par con el toro al relance que resulta el mejor de todos. Viendo las condiciones demostradas por el toro nos esperábamos una faena basada en la distancia. Nada más lejos de la intención de Escribano, que desde el principio opta por las cercanías. Se ve claramente que está agobiando al toro, pero insiste en sus formas como si quisiera decir que no quiere ni ver al toro. Como signo de protesta el toro se para y dice que él así no va. Lo dice con el pensamiento, porque la boca la tiene cerrada, y entonces Escribano pone fin a la relación mediante una estocada entera en la suerte natural. El toro aprovecha un descuido para quitarle el capote de las manos a Curro Robles y, como tarda en caer y le han pegado un aviso, el torero decide descabellarle a la primera.


El tercero es Peluquero, número 67, más feo y ensillado que los precedentes, pero en tipo de la casa. Recibe unas buenas verónicas de Ureña sin hacer extraños y se emplea en la primera vara de Richi Romero que le pega con ganas, cayéndose al salir del potro de tortura. Para la segunda vara, el picador pasa valientemente por encima de la inútil raya blanca buscando al toro que se arranca con vigor y que se deja pegar. La vara cae trasera. Tras el quite de Ferrera, Peluquero lleva a José María Soler al burladero del 10 sin clavar, luego «Azuquita» pasa con prisa clavando una, después Soler vuelve a pasar sin clavar y Azuquita pone una, siendo acompañado por el toro hasta el burladero del 9. Soler al fin consigue dejar una a la media vuelta y azuquita finaliza su actuación de nones clavando una de nuevo. Comienza Ureña su labor siendo cogido muy feamente al tercer pase al frenarse el toro en el centro de la suerte. Se ve que va herido en la pierna pero decide seguir frente al toro sacando algún excelente natural, máxime viendo las condiciones del toro. Un nuevo conato de cogida le convence a Ureña a finalizar su tarea con una estocada perpendicular atravesada y un descabello. Cruza la plaza entre ovaciones para ir a la enfermería, de donde ya no saldrá. Los espíritus sensibles silban al toro, que no puede contestar porque siempre tuvo la boca cerrada.


Mentiroso, número 68, es el segundo de Ferrera. De salida es de embestida violenta que Ferrera domina con eficacia con su capote de seda azul. La primera vara la toma a distancia, recibiéndole el caballo atravesado que, cuando el toro empuja, se acuesta sobre él. Para la segunda vara se arranca desde la misma raya y no recibe mucho castigo. Ángel Otero deja un excelente primer par y Pascual Mellinas deja el suyo antes de que Otero deje el mejor par de banderillas de la Feria. Comienza Ferrera con la derecha y sobre la marcha se cambia de mano dejando un gran natural y uno extraordinario de pecho. Luego una buena serie de naturales, otra buena de derechazos y otros naturales algo trompicados, cuando de pronto le da el arrebato y tira el espadín y deja una soberbia serie de derechazos sin la ayuda y luego otra, improvisando cambios de mano de pura inspiración. El toro ha sacado una nobleza que es también propia de la casa y Ferrera lo ha visto de inmediato. Se dispone a matar en la suerte contraria yendo al toro desde muy lejos, con la muleta al hombro y deja un pinchazo; repite lo mismo a la suerte natural y deja una estocada aguantando hasta la bola. Arrastran al toro, con la boca cerrada, entre ovaciones y Ferrera da la vuelta al ruedo con una oreja en la mano.


Malagueño, número 52, conoce también el saludo desde los «medios gayolos», pero esta vez le sale mejor a Escribano su propuesta de lanceo, salvo que al final pierde el capote. Recibe una vara rectificada de Juan Francisco Peña a la que el toro acude con violencia. El pica no se ceba. Para la segunda entrada es el propio pica el que pide el toro a distancia y cuando este entra fuerte recibe un puyazo más bien trasero. En banderillas el toro no acude y obliga a pasar en falso, repite la misma propuesta dejando un buen par, el mejor de los siete que ha puesto, luego otro a toro pasado y luego un violín al quiebro. Se va a chiqueros con la muleta y allí comienza su trasteo que, en seguida, nos muestra que el toro tiene más clase que el torero, que se va de la suerte antes de que acabe el muletazo, que adolece de falta de colocación, que no somete por abajo. Basó su trabajo en la mano derecha y usó la izquierda para mostrar que la tenía, en un trasteo sin gloria, tras la denodada disposición de Ureña y la arrebatada personalidad de Ferrera, Escribano no decía nada. El toro abrió la boca, para hacernos rabiar, y tras sonar el aviso Escribano dejó un pinchazo en la suerte contraria, un pinchazo hondo en la suerte natural y dos descabellos. El toro recibió tibias palmas en su arrastre.


El sexto, Monedero, número 51, fue el del lío. Con Ferrera en modo super arrebatado y con la Puerta Grande a medio abrir decidió que si el triunfo se le iba no sería por culpa suya. Tras otro eficaz saludo de capa, puro oficio, salió corriendo a desmontar al piquero de turno para ser él quien picase. El milagro se produjo porque uno de esos caballos lentos, desobedientes y pesados de cada día, con Ferrera encima se movía como si fuera de la Escuela Española de Equitación de Viena, y eso que el jinete de luces ni siquiera llevaba espuelas. Lidia Escribano y deja al toro colocado, que se arranca y Ferrera le pone la puya en buen sitio, sin pegar mucho. Luego pide a Otero que le ponga el toro más de lejos, aunque esta vez no acierta en clavar, ni intenta rectificar una vez que tiene al toro abajo. Por tercera vez se arranca el toro de lejos y esta vez clava en buen sitio sin infligir mucho castigo. A toda prisa se descabalga y sale corriendo con el capote a dejar dos chicuelinas y una serpentina que ponen la plaza en pie.


Aquí vino el lío, porque el Presidente había cambiado el tercio y nadie se había enterado. Se crea una confusión tremenda en la que el asesor artístico de la presidencia, «Madriles», gesticula como un simio a punto de darle una hemiplejia y el presidente habla por teléfono. Las gentes se encrespan y quieren al Presidente fuera del palco, formándose una grandísima bronca mientras vuelven a picar al toro. Una vez aclaradas las cosas se va el pica camino del patio de caballos y Ferrera desiste de banderillear, dejando que Curro Vivas clave sus dos pares y Azuquita deje una en el toro. Luego Ferrera se va a brindar a Ureña a la puerta de la enfermería y comienza una faena algo acelerada de aire más pueblerino en la que brilla una buena serie con la izquierda de excelente colocación y después otra mirando al tendido. En la siguiente serie, esta vez con la derecha, el toro se le queda y él aguanta con decisión. La plaza vitorea su faena a más y cuando el torero decide matar, se lleva el toro a los medios y allí le deja para él irse al burladero del 9 y desde allí iniciar su camino hacia el toro con la espada por delante,  dejando una estocada delantera y entera que el toro fue escupiendo y que fue refrendada con un descabello tras el aviso. El toro tampoco abrió la boca. Las gentes pidieron con fuerza la oreja que le abría la Puerta Grande a Ferrera.


Creo que prácticamente todos los que estuvimos hoy en la plaza salimos con la feliz sensación de haber disfrutado de una gran tarde de toros, muy entretenida, en la que, además, se dieron cosas que jamás habíamos visto. En cuanto a esa manera extravagante de matar de Ferrera pensamos que los que le censuraban se rasgaban las vestiduras igual que lo harían los contemporáneos de Costillares cuando le vieran poner en práctica su invención del volapié.







ANDREW MOORE



















Adolfo Martín


FIN