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lunes, 6 de julio de 2026

En la muerte de Díaz Novoa



Francisco Javier Gómez Izquierdo


     La muerte de José Manuel Díaz Novoa me pilla en la Demanda donde la cobertura se reparte a cazos y a mi modesto móvil desde don pongo ésto, llega a cucharaditas.


   Servidor ya no estaba en Burgos cuando llegó Novoa, aquel señor que tanto admirábamos y que con Vega Arango y alguno más que no recuerdo pusieron en marcha la Escuela de Mareo. Nos cautivó el juego del Sporting cuando lo entrenó a final de los 70 y principios de los 80 y a mí me alegró cuando lo fichó el Burgos que no era el Burgos CF sino el Real Burgos que vestía de camiseta roja con una franja vertical parda a la altura de la tetilla.


    Del legado de Novoa en el Sporting no tengo aquí apuntes ni modo de buscar. Allí en Asturias le despedirán como merece y cronistas veteranos contarán bondades de un señor serio (serio, serio), formal y sobre todo discreto.

 

   Para mí queda una tarde de sábado o domingo en el 90 que me acerqué en tren a Sevilla para ver en el Sánchez Pizjuán y ante un equipo en el que jugaban entre otros Polster, Zamorano, Bengoechea..., una máquina acordeónica, equilibrada, alucinante para mí y el sevillismo presente que decía: "¿Es el Burgos o el Milán?".


   Era el Real Burgos rojipardillo de Elduayen, Villena, Gonzalo, Ayúcar, Juric... y sobre todo de Díaz Novoa. Ayúcar y Juric ensombrecieron el 1-0 de Polster con dos golazos combinativos dignos de Champions.


   No imaginan ustedes qué tarde tan formidable pasé. Aquella tarde y toda la semana presumiendo de mi equipo "Matagigantes". Inolvidable la victoria ante el Real Madrid con Juric en las vallas. De aquellos sensacionales días la culpa fue de Novoa con sus sensatos y sabios conocimientos de los secretos del fútbol.


    Se va un grande, un grandísimo hombre del fútbol español.  Un hombre que amaba este deporte como si fuera una vocación. Así me lo parecía.


    Descanse en paz. 

martes, 23 de junio de 2026

En la muerte de Javier López, el Bombero

 


Conversando (con Cucho y Márquez en la Andanada del 9)


JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ

-Yo era como esos. A mí todo me gustaba y con que el toro pasase ya estaba aplaudiendo. A mí el que me estropeó la vida fue Antoñete, el que me enseñó de verdad lo que era torear. Y eso, una vez que lo aprendes ya no se olvida nunca.

Así hablaba Javier López, el Bombero, desde su púlpito en la fila 1 de la Andanada 9, cerquita del 8 desde donde ha sido testigo del devenir de la tauromaquia en Madrid durante los últimos cincuenta y tantos años.

-Hombre, Javi, que yo te he visto partirte las manos por Manzanares (padre), y todos nos metíamos contigo, porque en todos tus alrededores no había ni un solo manzanarista

-Es que yo vi la faena al toro Clarín, de Manolo González, y esa ya me dejó marcado… 

-Pues sí que te debió marcar, porque otra de ése ya no viste

A lo largo de la vida uno ha ido conociendo a diversos tipos de aficionados de los más diversos pelajes. Si hubiera que elegir al aficionado granítico, ese sería Javi López, con su afición desmedida que le llevaba a recorrer los kilómetros necesarios para asistir a todos los encierros por el campo que se dan sin cesar, en Horche, en Humanes, en Brihuega, en Fuentelahiguera, en Yunquera… o a la sanjuanera de Soria, o a Ciudad Rodrigo, donde el Zanahorio iba a pegar tres naturales de los que no dan las figuras a un tremendo ejemplar de Guardiola entre medias de la algarabía de los capas en el Carnaval del Toro. La afición de Javier era infinita e insaciable y, cuando pudo, se abrió él mismo de capa en los pueblos, capote raído en mil refriegas con el nombre de Enrique Ponce pintado en el envés, para dar «unos mantazos» y para quitarse la inquietud de estar frente al toro. Y quien dice toro, dice toro grande y, a veces con muy malas intenciones. Nunca cayó en la cursilería de muchos «aficionados prácticos» que quieren sacar conclusiones sobre el toreo y los toreros desde sus «trapazos»; él ansiaba estar frente al toro, simplemente, y tratar de estirarse en una verónica o lo que fuera, y sobre todo estar cerca de los ritos y los juegos del toro en el campo, en la plaza, en un cercado, junto a sus amigos banderilleros, peones, ganaderos de los que llevan ganado a los pueblos… Estuvo haciendo sus pinitos echando una mano en la Escuela Taurina de Guadalajara, de donde le apartaron por decir las verdades, incómodas y molestas, como puños, a pobres muchachos a los que estaban medio engañando. Le echaron del Cocido Taurino de Guadalajara, del que era fundador, porque no se avenía a no cantar las cuarenta al que le ponían a tiro, agriando con su presencia y sus opiniones el amable acto que los organizadores deseaban. Cuando podía, la soltaba. Le dice al padre de Julián López, el Juli, torero al que siempre detestó:

-Su hijo es muy mal torero.

-Pero tenemos mucho dinero

Nunca se plegó. Podría haber ido de finca en finca, de invitación en invitación o, como él decía, «hinchado a platos de jamón y a whiskies» y rodeado de gentes con dinero, solamente a cambio de haberse callado o haber moderado su opinión o haber dicho lo que otros querían oír, pero eso no iba con él, que siempre llamó pan al pan y vino al vino.

Y eso fue, en la atalaya de la Andanada, durante años su seña de identidad más potente: esa manera de enseñar a las enfervorizadas gentes que casi siempre el rey iba completamente desnudo, que la tanda que vitoreaban era puro celofán vendido como seda. Y eso, en una época, enfadaba sobremanera a los nuevos públicos que iban llegando, que detestaban o acaso envidiaban su independencia, su criterio, su dureza y su conocimiento. Nunca entendió la conversión de algunos aficionados, con años de afición a cuestas y que habían paladeado el buen toreo, ese bien tan escasísimo, que se echaban en brazos de la corriente triunfalista que todo aplaude sin echar cuentas de si se templa o se manda o se carga la suerte.

-Hay que ser del que lo hace… ¡Cuando lo hace!

Y predicaba lo mismo que daba trigo, sin que la amistad -la de Iván Fandiño, por ejemplo- nublase su acerado, insobornable, juicio crítico, sin ningún paño caliente, si el torero aquél día no había estado bien.

En septiembre de 2024, en el encierro de Torija, un toro le propinó la paliza de su vida: golpes, cornadas, y fracturas fueron el resultado de aquel encuentro, y no se murió porque Dios no quiso, pues a punto estuvo, porque antes de irse tenía que despedirse de muchos amigos, terminar su enésima Feria y dejarnos la profecía, como a él le gustaba, de que «si no le echan a perder los taurinos, en Diosleguarde hay un gran torero» En la mañana de este 23 de junio Javier entregó, por sorpresa, su alma al Creador dejándonos en el más profundo estupor, sin que el harto consuelo que nos deja su memoria mitigue apenas el dolor por la pérdida del hombre bueno, del amante esposo, del padre generoso, del amigo. Descansa en paz.



Toreando

domingo, 28 de diciembre de 2025

viernes, 28 de noviembre de 2025

En el aniversario del asesinato de Muñoz Seca




FEDERICO GARCÍA LORCA / PEDRO MUÑOZ SECA
1898-1936 / 1881-1936

García Lorca no supo explicarle a Pemán por qué incluyó a Pedro Domecq en el cortejo fúnebre del Camborio, entre sultanes y faraones. “...detrás va Pedro Domecq / con dos sultanes de Persia...” La esencia del arte lorquiano, concluirá Pemán, es su forma inesperada de ideación e imaginación, típicamente gitana. No fue un poeta social: cantó con angustia interminable a la pena y a la luna, que no dan para oponerse a un régimen. Mientras, en el madrileño Café de Levante, Muñoz Seca pide a diario café con tostada y compra el ABC. Al irse, una mujer le pide limosna. Él le da la tostada y el ABC, para que lo revenda. Un día, la mujer desaparece. Llegan dos mujeres, que dicen que la otra ha muerto y que ha hecho testamento. “¿Tenía fortuna?” “No, señor; pero a ésta le deja el ABC y a mí la tostada.”


IGNACIO RUIZ QUINTANO

(Del libro Serán ceniza, mas tendrá sentido / Ediciones Luca de Tena, 2006)



 -Todavía nos llaman rojo maricón a uno y fascista astracanesco al otro. Pero lo hacen sin rencor, sólo para justificarse por habernos asesinado (Mingote)

P 

domingo, 2 de noviembre de 2025

En la muerte de Rafael de Paula


Rafael de Paula
Retrato de Alberto García-Alix para Gente y aparte, ABC


Paula
 

Ignacio Ruiz Quintano
Abc


En la película que uno se había hecho de la vida de Rafael de Paula (con lo que uno pudo verle y con lo que Manuel Arroyo podía contarte) faltaba la toma tremenda, soberbia y final: ese Paula bíblico y patriarcal en la fiesta taurina de ABC en Sevilla, avanzando entre sombras de bohemia, como un Salieri o un Sawa, y sobre rodillas de alambre, con su vara de separar las aguas del mar Rojo (aquí yo y los demás allá), y del brazo de su hijo, un príncipe de Egipto, un Paula de juventud, garboso como el duende de Rafael Albaicín.

 
Así que, al final, de Paula veré la verónica: la más sentida que nunca se haya dado, y no transigiré con las “regañás” que ofrece uno de La Puebla.


En esta decadencia sin vuelta de la tauromaquia, la verónica gitana de Paula es como el caballo blanco de Santiago: un caballo blanco bajó en la batalla de Clavijo, y no transigimos, por consejo de Maeztu, ni con que fuera tordo el caballo.


Veré, pues, la verónica de Paula. Y su fantasía madrileña con “Corchero”, el sobrero de Benavides en el otoño del 87. Y su posado, entonces, para Alberto García-Álix con destino al “Gente y aparte” de ABC. Y, desde luego, ese porte matusalénico, hermoso como una página del Génesis, de anoche en los jardines de ABC, toda su vida en dos rodillas de alambre, temblando de frágil (la fragilidad es la fuerza del toreo paulino) a la vista de don Eduardo Miura y el conde de la Maza, cuyos nombres aterrorizan al moderno escalafón, y, sin embargo, ahí va Rafael de Paula, pasito a pasito, pisando la dudosa luz de las bombillas, hasta llegar a la mesa del Faraón de Camas, Curro Romero. 


Junio, 2012

Amor constante más allá de la muerte*






Lauda de entrada


Ignacio Ruiz Quintano

Nadie muere si vivió de veras. Se mueren sólo los muertos. Si la vida es algo,
 no es de ningún modo nuestra vida, sino la vida nuestra en los demás.
 La inmortalidad es memoria. Temblor de primavera ausente,
 en el invierno del recuerdo. Milagro
.
César González-Ruano



    Al principio, según Mingote, la gente eran sólo dos.

    Nada convence como una buena hipótesis, y la de Mingote es una hipótesis magnífica. El resto bien podemos imaginarlo. Pero, de Pío Baroja a Rocío Jurado, ¿a dónde va toda esa gente que Mingote viene despidiendo desde hace cincuenta años?

    –Ya estoy despedido –apunta Ramón Gómez de la Serna en la lauda de entrada a su libro Los muertos y las muertas–. Tenemos que evitar que suceda lo que en las conferencias telefónicas, que las cortan cuando nos falta la despedida. Yo ya quedo despedido.
    
Se supone que, si Mingote acude a despedirte, es que uno va a ir al cielo.
    
Al cielo iremos los de siempre –avisa un libro de Mingote.
    
Al cielo de Mingote, naturalmente, pero cielo al fin y al cabo, que es un cielo que todo el mundo se imagina con algo de vida en el campo o de veraneo en el Norte.

    Foxá contó una vez cómo el padre Guepin, abad mitrado de Silos, paseando por sus soleados claustros románicos con unos amigos, suscitó la conversación de cómo imaginaba cada uno al cielo.
 Todos expusieron sus visiones: conciertos sacros, espectáculos sin tedio, goces sin pecado...
    
Yo –dijo el padre Guepin– me lo figuro como un eterno paseo, por los jardines del Paraíso, haciendo “respetuosas objeciones” al Ser Supremo: Señor, ¿por qué hubo enfermedades? ¿Para qué hicisteis a los microbios? ¿Qué objeto tenía el planeta Júpiter?
    
Veraneo en el Norte o vida en el campo. El mejicano Julio Torri, precursor del texto breve –humor, audacia y perfección–, anotó en La vida del campo, inspirada en Villiers de l’Isle Adam:


M. M.

    “Va el cortejo fúnebre por la calle abajo, con el muerto a la cabeza. La mañana es alegre y el sol ríe con su buen humor de viejo. Precisamente del sol conversan el muerto y un pobrete –acaso algún borracho impenitente– que va en el mismo sentido que el entierro.

    ”–Deploro que no te calientes ya a este buen sol, y no cantes tus más alegres canciones en esta luminosa mañana.

    ”–¡Bah! La tierra es también alegre y su alegría, un poco húmeda, es contagiosa.

    ”–Siento lástima por ti, que no volverás a ver el sol: ahora fuma plácidamente su pipa como el burgués que a la puerta de su tienda ve juguetear a sus hijos.
    
”–También amanece en los cementerios, y desde las musgosas tapias cantan los pinzones.

    ”–¿Y los amigos que abandonas?

    ”–En los camposantos se adquieren buenos camaradas. En la pertinaz llovizna de diciembre charlan agudamente los muertos. El resto del año atisban desde sus derruidas fosas a los nuevos huéspedes.

    ”–Pero...

    ”–Algo poltrones, es verdad. Rara vez abandonan sus lechos que han ablandado la humedad y los conejos.

    ”–Sin embargo...

    ”–La vida del campo tiene también sus atractivos.”


M. M.

    Cuando muere un gran hombre, vino a decir Leon Bloy, siempre añade algo a la Vía Láctea. Y no pensaba en la pasarela de la popularidad. La popularidad, tiene para sí Mingote, no es nada.
    
Es más importante el aprecio de la gente que importa, las personas de talento, los maestros, como Wenceslao Fernández Flórez, que estaba firmando en la Feria del Libro. Le llevé el primer tomo de sus Obras Completas para que me lo dedicara, y el maestro, amablemente, era muy amable, escribió una dedicatoria: “Con amistad y admiración a Antonio Mingoti”. O sea, me admiraba, pero no tanto como para aprenderse mi apellido. Se empezaba a perfilar nítidamente mi arrolladora personalidad.

    A Fernández Flórez, por cierto, no le hacía gracia alguna que la exhibición del ataúd donde el interesado va tendido, tan largo como es, sin hacer nada, ofreciera contraste tan agudo con la actividad, con el ajetreo circundante, que para el muerto tiene que resultar vejatorio.

    –La prisa de los demás, reveladora de vida, produce, sin duda, una especie de humillación en el difunto. A nadie le puede gustar, por lo menos en los primeros días, que le recuerden que ya no existe, y pasar inactivo, tumbado, entre la riada de apresurados chóferes que hacen sonar las bocinas, de vendedores clamorosos, de transeúntes diligentes, parece que es ir diciendo: “¡Fastidiarse, amigos, que yo me he asegurado ya la holganza!”
    
No creía arriesgado suponer que el muerto hubiese sentido la inquietud de la proximidad de la noche: el miedo a llegar al camposanto en sombras ya, cuando todo es allí más extraño y temible:

    –Si a uno lo dejan en su nicho con sol, parece que la instalación es menos impresionante; pero el difunto mejor bragado no puede menos de sentir terror, si toma posesión de su tumba entre tinieblas. Dígase lo que se quiera, la primera noche que se pasa en un cementerio, aunque se disponga de un buen panteón, no tiene nada de agradable. No es posible el descanso, se extraña todo y a cada instante se espera que ocurra algo tremendo.
    
La muerte moderna, tiene observado Octavio Paz desde su laberinto de la soledad, no posee ninguna significación que la trascienda o refiera a otros valores.

    –En un mundo de hechos, la muerte es un hecho más.


M. M.
   
Pero como es un hecho desagradable, la filosofía del progreso pretende escamotearnos su presencia: “En el mundo moderno todo funciona como si la muerte no existiera. Nadie cuenta con ella. Todo la suprime: las prédicas de los políticos, los anuncios de los comerciantes, la moral pública, las costumbres, la alegría a bajo precio y la salud al alcance de todos que nos ofrecen hospitales, farmacias y campos deportivos. Nadie piensa en la muerte, en su muerte propia, como quería Rilke, porque nadie vive una vida personal. Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios.”

    –La muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida.
    
César González-Ruano, que sigue siendo el escritor al que mejor se le han dado los muertos, sabía que los muertos no se terminan nunca y tuvo la impresión de que se muere un poco en cada amigo que nos deja:
    
La vida no es mucho más que eso: la fe de ella que dan quienes nos conocen. El día que nadie nos pudiera conocer seríamos como muertos sin enterrar. Vivimos en tanto que vivimos en alguien. Tiene sólo sentido la vida en tanto que alguien nos ama o nos estima. La muerte es el desconocimiento, la indiferencia. A los muertos los han querido, pero ya no los quiere nadie. Si alguien les siguiera queriendo en todo el vigor de la actualidad, de la realidad del amor, resucitarían.
   
 Si Ruano es el escritor al que mejor se le han dado los muertos, Quevedo es el escritor que más y mejor se ha encarado con la muerte.

    –Quevedo es el tremendo español, y por eso anda a vueltas como nadie con el tremebundismo de la muerte –dirá, en apoteosis de necrología, el gran Ramón de los muertos y las muertas–. Quevedo estuvo siempre ensayándose con la muerte.
    
En el Sueño de la muerte, la muerte avisa que eso –huesos descarnados con una guadaña al hombro– no es la muerte. Dice la muerte:


M. M.

    Eso no es la muerte, sino los muertos o lo que queda de los vivos. La muerte no la conocéis, y sois vosotros mismos vuestra muerte: tiene la cara de cada uno de vosotros y todos sois muertos de vosotros mismos. La calavera es el muerto y la cara es la muerte; y lo que llamáis morir es acabar de morir, y lo que llamáis nacer es empezar a morir, y lo que llamáis vivir es morir viviendo, y los huesos es lo que de vosotros deja la muerte...
    
A Ramón lo estremece de Quevedo la proposición de que caminemos muertos para no dejar de vivir, como si nos diese la contraseña para pasar frente a todas las garitas en que la muerte vigila. Y se agarra al descomunal soneto en que Quevedo juega con toda la mitología griega del otro mundo: el alma en la laguna, orillados los recuerdos, Caronte aguarda.

    –Su mejor poesía –concluye Ramón su Quevedo– es esa en que habla de sus cenizas enamoradas, soneto con algo de epitafio de sí mismo: Amor constante más allá de la muerte.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
Venas que humor a tanto fuego han dado,
Medulas que han gloriosamente ardido:

Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado
.

    Mientras aguardaba a su boda con una viuda –¡nada que ver con Lisi!–, Quevedo tuvo la obsesión de expresar poéticamente, al hilo de Propercio, la idea de la pasión amorosa sobreviviendo a la fugacidad del cuerpo. El amor, que diera sentido a la vida, había de dar sentido a la muerte.

__________
*Prólogo para el libro de necrológicas  
Serán ceniza, mas tendrá sentido, de Antonio Mingote
Ediciones Luca de Tena, 2006



M.M.

sábado, 1 de noviembre de 2025

En el Día de los Muertos



Por otra parte, la muerte nos venga de la vida, la desnuda de todas sus vanidades y pretensiones y la convierte en lo que es: unos huesos mondos y una mueca espantable.



En un mundo encerrado y sin salida, en donde todo es muerte, lo único valioso es la muerte. Pero afirmamos algo negativo.


Calaveras de azúcar o de papel de China, esqueletos coloridos de fuegos de artificio, nuestras representaciones populares son siempre burla de la vida, afirmación de la nadería e insignificancia de la humana existencia.


Adornamos nuestras casas con cráneos, comemos el día de los Difuntos panes que fingen huesos y nos divierten canciones y chascarrillos en los que ríe la muerte pelona, pero toda esa fanfarrona familiaridad no nos dispensa de la pregunta que todos nos hacemos: ¿qué es la muerte?


No hemos inventado una nueva respuesta. Y cada vez que nos la preguntamos, nos encogemos de hombros: ¿qué me importa la muerte, si no me importa la vida?

TODOS SANTOS DÍA DE MUERTOS

EL LABERINTO DE LA SOLEDAD / OCTAVIO PAZ 

El último bufón de Velorios



 

Alberto Salcedo Ramos

Avenidaperiodismo

 

Chivolito jura por Inés Cuesta, su madre, que no se duerme cada noche con la esperanza de que a la mañana siguiente amanezca muerto alguno de sus paisanos.

Luego carraspea, se queda pensativo. Casi en seguida advierte que aunque a él le conviene la muerte del prójimo, jamás se ha sentado en la terraza a esperar que eso ocurra. La gente estira la pata porque le toca y no porque él se encargue de liquidarla. «Yo no tengo la culpa de que la trombosis ande suelta por las calles buscando empleo», añade, con una sonrisa malévola.

Chivolito, cuyo nombre de pila es Salomón Noriega Cuesta, le debe el apodo a una pequeña verruga que tenía sobre la frente. Se ha pasado los últimos 50 años de su vida contando chistes en los velorios de Soledad, Atlántico, su pueblo natal. Los asistentes se desternillan de la risa y le brindan licor. Lo aplauden, le dan palmadas sobre los hombros. Al final de la jornada, él extiende frente a ellos una gorra, para que se la llenen de monedas. Casi siempre recoge entre ocho mil y doce mil pesos.

A menudo son los propios dolientes quienes lo solicitan como bufón, pues saben que su presencia le garantiza compañía al difunto. También sus vecinos le llevan el reporte de los conciudadanos fallecidos durante las últimas horas. Y, a veces, él mismo está pendiente de los carteles de muerte que amanecen pegados en las paredes. En Soledad y en varios barrios del sur de Barranquilla ha hecho carrera la frase según la cual un velorio donde falte Chivolito no tiene ni pizca de gracia.

Por lo general, Chivolito llega al velorio a las ocho de la noche. Les da el pésame a los deudos y se sienta un rato en la sala, al lado del ataúd. Luego se va para el patio o para la parte externa de la casa —depende de dónde esté el público— y comienza su función, que se prolonga hasta el alba. Muchos de los asistentes le resultan ya familiares, pues son vagabundos de feria que se trastean de un lugar al otro, tras los pasos de él. Como conocen a fondo su repertorio, le van haciendo peticiones en voz alta, una actitud similar a la de esos espectadores enardecidos que, en los conciertos, les solicitan canciones a sus músicos favoritos. «¡Echa el del man que tenía dos próstatas!», le grita un calvo de bigote frondoso. «Nombeeee, es mejor el del viagra pediátrico», exclama un vendedor callejero de butifarras. «Cuenta el de los esposos que se detestaban», propone un anciano desdentado. Ellos ignoran que, al recordarle a Chivolito sus propios chistes, lo ayudan a combatir los estragos de su memoria, y a seguir vigente a los 78 años.

Hubo un tiempo en que Chivolito sabía exactamente a cuántos finados había visitado. Cargaba un bastón de guayacán en forma de culebra, al cual le trazaba una raya con un cuchillo de cocina, cada vez que animaba un nuevo funeral. Hace 20 años, el bastón se le extravió y Chivolito dejó de llevar las cuentas: entonces iba por 916 velaciones. Antes, cuando le sobraban arrestos, recorría la costa caribe de punta a punta, desde el Cabo de la Vela hasta Bocas de Ceniza, en busca de velorios para sus humoradas. Ahora, viejo y achacoso, evita en lo posible los lugares que están demasiado retirados de su casa.

Cuando no ejerce como bufón, Chivolito se la pasa refunfuñando contra lo que él llama su «mala suerte». Su inventario de quejas es extenso: le duelen las articulaciones, le arde la garganta, duerme muy poco. Le molesta la catarata del ojo izquierdo y le preocupa el ácido úrico. Hace treinta años lo abandonó la esposa y hace diez se le murió la hija. Así que a estas alturas vive de caridad donde un compadre, en una pieza estrecha y oscura. No es justo, dice, que a su edad deba recorrer tres kilómetros diarios bajo el sol bárbaro de Soledad, para vender rifas y ganarse apenas cinco mil pesos. Hace tres años fue arrollado por un camión —en este punto se levanta la bota del pantalón para mostrar la cicatriz que le quedó en la rodilla. Y, como si fuera poco, su familia le dio la espalda. Solo falta —remata, con un suspiro— que los perros del barrio lo confundan con una caneca de basura y lo orinen. Chivolito repite su perorata ante todo el que se tropieza, sea conocido o desconocido. Pero cuando está en los velorios contando chistes, parece que olvidara todos sus problemas.

***

El féretro de José del Carmen Urueta preside la sala, justo en medio de una rueda de mujeres apesadumbradas. Casi todas visten de negro riguroso. Están rezando por el alma del muerto, con los ojos entornados y un rosario entre las manos, a la altura del pecho.

Dale, Señor, el descanso eterno —dice la que conduce la oración.

Brille para él la luz perpetua —le responden las otras.

Hilda Salas, la viuda, está sentada en el centro del redondel, flanqueada por dos matronas que tratan de consolarla. Una le echa loción mentolada en las sienes y la otra le abanica el pecho con un sombrero de palma de iraca. De vez en cuando se zafa de sus comadres y se asoma por la ventanilla del ataúd, para llorar sobre el rostro del difunto. Grita, se estremece. La mano izquierda, con la cual empuña un pañuelo arrugado, se agita en el aire. Las otras mujeres se contagian de su histeria y sueltan también un llanto estentóreo.

A través de la ventana abierta se divisa la calle, donde se encuentran los otros asistentes al velorio. Hay que dar tan solo nueve pasos para atravesar la sala y reunirse con ellos. Aquí afuera, a diferencia de lo que ocurre allá adentro, todos son hombres. Están organizados también en forma circular pero, en vez de rezar, ríen a carcajadas. La causa de tanto jolgorio es el tipo de baja estatura que cuenta chistes en el centro de la circunferencia. Tiene una voz chillona que taladra los oídos y una variadísima colección de ademanes cómicos: tuerce la boca, se pone bizco, camina renqueando, se tira al piso, se alborota el pelo, saca una peinilla, se peina con la raya en la mitad, hace la mímica de un borracho, toca las palmas, se arrodilla. Parece un muñeco de cuerda manipulado por un titiritero delirante.

Chivolito, ¿por qué no cuentas el del hombre de las dos próstatas? —interviene a gritos el vendedor de butifarras.

Ese es muy largo —responde él, sin mirar al autor de la pregunta.

Una garrafa de ron blanco empieza a rodar de mano en mano. El que la recibe apura un trago a pico de botella y enseguida se la pasa al siguiente.

Un monstruo se casó con una monstrua —vuelve a la carga Chivolito, con su voz penetrante. Una noche el monstruo llegó a la casa con tremenda borrachera. Y le dijo a la monstrua: bueno, mi amor, vamos a acostarnos, que vengo con muchas ganas de hacerte monstruosidades. La monstrua le contestó: «ñerda, papi, hoy no se va a poder, porque tengo la monstruación».

El chiste, pese a que es vulgar, parece demasiado sofisticado para este auditorio del barrio Rebolo, en el sur de Barranquilla. La gente se ríe de manera un tanto forzada. Ahora le toca a Chivolito el turno de beberse su trago de ron. El hombre empina la botella con las dos manos y se la lleva a la boca, el rostro levantado y el cuello echado hacia atrás, como si fuera a comenzar un solo de trompeta. Después le entrega la garrafa al vendedor de butifarras, no sin antes limpiarse los labios con la manga derecha de su camisa. Su semblante gozoso dista mucho del aire de pena que tenía por la tarde, cuando esgrimía por enésima vez su catálogo de dolencias.

Bueno, les voy a contar uno muy apropiado para esta noche —dice, con el rostro iluminado. Dos esposos llevaban treinta años sin hablarse. Una tarde, el tipo fue al médico y se enteró de que se iba a morir al día siguiente. Entonces, llamó a la mujer: «Fíjate, Susana, desperdiciamos treinta años odiándonos y ya mañana me van a comer los gusanos. No quiero irme a la tumba sin reconciliarme contigo. Te propongo lo siguiente: primero nos damos un abrazo y después nos vamos a cenar. Entramos a cine, tomamos vino y rematamos la noche en un motel». Y le responde la esposa: «Nada de eso, malparido, recuerda que yo tengo que madrugar a preparar el entierro».

La risotada es estrepitosa. El anciano desdentado luce al borde de un infarto. Se sacude, se golpea el pecho con la mano abierta. Los ojos le lagrimean. En medio de la algarabía, ninguno de los radiantes espectadores parece interesado en mirar hacia la sala, donde las mujeres enlutadas continúan entregadas a su plegaria por el difunto.

***

Chivolito está jugando dominó en una terraza del barrio Porvenir, en Soledad, donde vive desde hace cuarenta años. Sus compañeros de partida son el albañil Carlos Rico, el mecánico Heberto Guzmán y el licenciado en Sociales Agustín de la Hoz. El tema de conversación es la muerte.

Morirse es lo más fácil del mundo —opina Rico, a quien los demás llaman El Mono. Uno se acuesta vivo y amanece con la cabeza doblada.

Eso es verdad —tercia Guzmán. La muerte es lo único que tenemos asegurado.

Lo único —repite Chivolito con un gesto reflexivo, mientras juega su ficha.

El profesor De la Hoz no dice nada. Está concentrado en la partida. Son las tres de la tarde y la calle 17 es un hervidero de autobuses viejos, carretillas tiradas por mulas y bicicletas con carrocería habilitadas como taxis. El concierto de ruidos es atronador: el frenazo de un camión, el chirrido de una segueta eléctrica, el pregón de un vendedor de aguacates. Algunos de los transeúntes detienen su marcha y se quedan al lado de la mesa, mirando el juego. Chivolito sigue hablando.

La muerte era mejor negocio antes. Ahora se han puesto de moda las cremaciones esas, porque salen baratas. Yo pregunto: ¿quieren economizar? Amárrenle al cadáver una piedra en el tobillo y lo tiran al río. Así les sale gratis y de paso se ahorran hasta la llorada.

Uno de los curiosos apiñados alrededor de los cuatro jugadores, le pregunta a Chivolito si para él también se ha desmejorado el negocio de los velorios.

¿Y a ti quién te dijo que yo vivo de los velorios? —responde, con cara de ofendido. En Soledad todo el mundo sabe que yo trabajo vendiendo boletas de las rifas JB. ¡Tú acabas de llegar de Marte y no te has dado cuenta de esa vaina!

A continuación, en un tono sosegado, Chivolito le informa a su interlocutor que todas las mañanas recorre a pie cerca de tres kilómetros y vende 130 boletas, a razón de 100 pesos por unidad. El dueño del negocio le paga el 40 por ciento de las ventas, es decir, unos 5.200 pesos diarios. Es poco, advierte, pero ¿qué más puede hacer un viejo de 78 años? Lo de las muertes es una ayuda, por supuesto, pero no siempre se muere la gente y, en todo caso, hay velorios de donde lo ahuyentan a patadas, porque los deudos consideran que sus bufonadas son irrespetuosas.

¿Irrespetuoso yo? —pregunta, dándose golpes de pecho. Ellos son los que creman los cadáveres, o se ponen a pelear herencias cuando el cajón todavía está en la sala. ¡Y el irrespetuoso soy yo!

En seguida vuelve a desembuchar su lista de calamidades. Un primo panadero se esconde cuando lo ve, para no regalarle ni un mísero pan. Un hijo extramatrimonial que tuvo en Malambo, se volvió ladrón y perdió la vida en una balacera. A veces le da mareo y se queda sin visión durante unos segundos. A veces se le hinchan los pies de tanto caminar bajo el sol. Lo peor de todo, dice, es que él era talentoso y, sin embargo, no pudo derrotar a su «mal destino». En la juventud lo dejaban entrar gratis a las salas de cine, para que con un megáfono le metiera la voz a las películas de Chaplin. Ahí donde lo ven, con su 1,55 de estatura, él protagonizó dos comedias en el Teatro Mogador. Todo el mundo pronosticaba que sería como Cantinflas o como Germán Valdés, el popular Tin Tan. ¿Y quién es Chivolito hoy? ¿Quién es, a ver? Un pobre tipo sin suerte. Menos mal —concluye, meditabundo— que todavía hay personas como el compadre Luis de los Ríos, que le da posada y comida.

Mientras Chivolito hablaba, la partida de dominó había quedado suspendida. Ahora, Carlos Rico lo amonesta.

¡Juega rápido, no joda! —gruñe.

Yo te creo a ti la mitad de lo que dices —le advierte Heberto Guzmán.

Después se dirige al resto de contertulios.

Eche, llevamos 40 años oyéndole el cuento de la esposa que lo dejó y de la hija que se le murió, y ni siquiera los más viejos del pueblo conocieron a esas dos mujeres. Deja de hablar paja y pon rápido ese doble seis, si no quieres que te lo ahorque.

Chivolito juega la ficha con un golpe seco sobre la mesa.

¡Pa joderte, marica!

***

El profesor Agustín de la Hoz llegó desde por la tarde a la casa de la familia Urueta. Mientras arribaba el resto del personal, se puso a dialogar con un hombre sobre la pésima campaña del Atlético Junior. Después, la charla derivó hacia la muerte.

Como decía Quevedo, somos una presente sucesión de difuntos.

Según De la Hoz, la costumbre de hacer ruido en los funerales ha estado arraigada desde hace años en el Caribe, sobre todo en las zonas rurales. La bulla de los dolientes en los sepelios es quizá un alarido de pavor. Una manera de ahogar entre todos el implacable silencio de la muerte. Durante los últimos años, la tradición se ha ido perdiendo, debido a la educación y a la influencia de culturas ajenas. Es posible que Chivolito sea el último bufón de velorios que sobrevive.

En algunos pueblos de la costa caribe despiden a los finados con tambores. En otros, les cantan coplas. Las plañideras a sueldo del pasado son hoy una leyenda pintoresca, pero no hay entierro popular al que le falte su cortejo de mujeres quejumbrosas: familiares, vecinas, amigas, conocidas o simples entrometidas. Se apoderan del muerto sin autorización de nadie, y lo lloran a grito herido, como si establecieran una relación proporcional entre el afecto y la potencia de su llanto. A ningún hijo de Dios le falta su banda sonora desgarrada el día del entierro. Es la prueba de que no vivió en vano, la evidencia de que dejó una huella. Si se miran bien las cosas —añade el profesor De la Hoz— este sollozo colectivo es un baile de máscaras. Por eso, tal vez, la máxima fiesta de la región, el Carnaval de Barranquilla, termina con el entierro multitudinario de Joselito, un personaje simbólico: se muere para renacer. Para salvar la próxima fiesta.

Y eso —salvar la fiesta a pesar de la muerte— es lo que procura Chivolito esta noche, mientras cuenta sus chistes.

Una viejita se desnudó frente al espejo y empezó a hablar con su propia imagen. «Ay, mijita, estás toda arrugada como un acordeón. Ya no eres la misma que martillaba con navegantes, choferes, poetas, albañiles, músicos, zapateros, carpinteros, butifarreros, profesores y futbolistas. ¡Estás llevada de la malparidez!». De pronto se le salieron cuatro gotas de orín por donde sabemos, y dice la viejita: «Echeeeeee, ¡lloras porque te digo la verdad!».

Esta vez, el público aplaude además de reír a carcajadas. El calvo de bigote frondoso le pasa la garrafa de ron blanco. El vendedor de butifarras vuelve a pedirle el chiste del hombre de las dos próstatas. Y la barahúnda parece salida de madre. Dentro de la casa, la viuda luce tranquila a pesar de este alboroto, como si entendiera que es un deber cristiano prestar su muerto, para que Chivolito y su comparsa sepan que están vivos.

 


Soledad Atlántico

miércoles, 1 de enero de 2025

En la muerte de César Leal Jiménez

 

 

El artista visual César Leal Jiménez, destacado por su contribución a la pintura contemporánea cubana, falleció este lunes a los 76 años en La Habana. El velorio de Leal Jiménez se realizó en la funeraria de Calzada y K, en el Vedado, y su entierro tuvo lugar en el Cementerio de Colón. A través de sus publicaciones en Facebook, César Leal manifestó con valentía su preocupación por la creciente presión ejercida por el régimen cubano sobre los creadores y sus ideas. Su mayor afición final fue el Real Madrid.


El Receso. Óleo, 1992. César Leal Jiménez

@clealjimenez48


jueves, 28 de noviembre de 2024

En el aniversario del asesinato de Muñoz Seca




FEDERICO GARCÍA LORCA / PEDRO MUÑOZ SECA
1898-1936 / 1881-1936

García Lorca no supo explicarle a Pemán por qué incluyó a Pedro Domecq en el cortejo fúnebre del Camborio, entre sultanes y faraones. “...detrás va Pedro Domecq / con dos sultanes de Persia...” La esencia del arte lorquiano, concluirá Pemán, es su forma inesperada de ideación e imaginación, típicamente gitana. No fue un poeta social: cantó con angustia interminable a la pena y a la luna, que no dan para oponerse a un régimen. Mientras, en el madrileño Café de Levante, Muñoz Seca pide a diario café con tostada y compra el ABC. Al irse, una mujer le pide limosna. Él le da la tostada y el ABC, para que lo revenda. Un día, la mujer desaparece. Llegan dos mujeres, que dicen que la otra ha muerto y que ha hecho testamento. “¿Tenía fortuna?” “No, señor; pero a ésta le deja el ABC y a mí la tostada.”


IGNACIO RUIZ QUINTANO

(Del libro Serán ceniza, mas tendrá sentido / Ediciones Luca de Tena, 2006)



 -Todavía nos llaman rojo maricón a uno y fascista astracanesco al otro. Pero lo hacen sin rencor, ssólo para justificarse por habernos asesinado (Mingote)

domingo, 3 de noviembre de 2024

La Muerte ha estado alegre y ha cantado en su hueso


Manuel Manilla


Amada, en esta noche tú te has crucificado
sobre los dos maderos curvados de mi beso;
y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado,
y que hay un viernes santo más dulce que ese beso.

En esta noche clara que tanto me has mirado,
la Muerte ha estado alegre y ha cantado en su hueso.
En esta noche de setiembre se ha oficiado
mi segunda caída y el más humano beso.

Amada, moriremos los dos juntos, muy juntos;
se irá secando a pausas nuestra excelsa amargura;
y habrán tocado a sombra nuestros labios difuntos.

Y ya no habrá reproches en tus ojos benditos;
ni volveré a ofenderte. Y en una sepultura
los dos nos dormiremos, como dos hermanitos.

CÉSAR VALLEJO

sábado, 2 de noviembre de 2024

Amor constante más allá de la muerte*






Lauda de entrada


Ignacio Ruiz Quintano

Nadie muere si vivió de veras. Se mueren sólo los muertos. Si la vida es algo,
 no es de ningún modo nuestra vida, sino la vida nuestra en los demás.
 La inmortalidad es memoria. Temblor de primavera ausente,
 en el invierno del recuerdo. Milagro
.
César González-Ruano


    Al principio, según Mingote, la gente eran sólo dos.

    Nada convence como una buena hipótesis, y la de Mingote es una hipótesis magnífica. El resto bien podemos imaginarlo. Pero, de Pío Baroja a Rocío Jurado, ¿a dónde va toda esa gente que Mingote viene despidiendo desde hace cincuenta años?

    –Ya estoy despedido –apunta Ramón Gómez de la Serna en la lauda de entrada a su libro Los muertos y las muertas–. Tenemos que evitar que suceda lo que en las conferencias telefónicas, que las cortan cuando nos falta la despedida. Yo ya quedo despedido.
    
Se supone que, si Mingote acude a despedirte, es que uno va a ir al cielo.
    
Al cielo iremos los de siempre –avisa un libro de Mingote.
    
Al cielo de Mingote, naturalmente, pero cielo al fin y al cabo, que es un cielo que todo el mundo se imagina con algo de vida en el campo o de veraneo en el Norte.

    Foxá contó una vez cómo el padre Guepin, abad mitrado de Silos, paseando por sus soleados claustros románicos con unos amigos, suscitó la conversación de cómo imaginaba cada uno al cielo.
 Todos expusieron sus visiones: conciertos sacros, espectáculos sin tedio, goces sin pecado...
    
Yo –dijo el padre Guepin– me lo figuro como un eterno paseo, por los jardines del Paraíso, haciendo “respetuosas objeciones” al Ser Supremo: Señor, ¿por qué hubo enfermedades? ¿Para qué hicisteis a los microbios? ¿Qué objeto tenía el planeta Júpiter?
    
Veraneo en el Norte o vida en el campo. El mejicano Julio Torri, precursor del texto breve –humor, audacia y perfección–, anotó en La vida del campo, inspirada en Villiers de l’Isle Adam:


M. M.

    “Va el cortejo fúnebre por la calle abajo, con el muerto a la cabeza. La mañana es alegre y el sol ríe con su buen humor de viejo. Precisamente del sol conversan el muerto y un pobrete –acaso algún borracho impenitente– que va en el mismo sentido que el entierro.

    ”–Deploro que no te calientes ya a este buen sol, y no cantes tus más alegres canciones en esta luminosa mañana.

    ”–¡Bah! La tierra es también alegre y su alegría, un poco húmeda, es contagiosa.

    ”–Siento lástima por ti, que no volverás a ver el sol: ahora fuma plácidamente su pipa como el burgués que a la puerta de su tienda ve juguetear a sus hijos.
    
”–También amanece en los cementerios, y desde las musgosas tapias cantan los pinzones.

    ”–¿Y los amigos que abandonas?

    ”–En los camposantos se adquieren buenos camaradas. En la pertinaz llovizna de diciembre charlan agudamente los muertos. El resto del año atisban desde sus derruidas fosas a los nuevos huéspedes.

    ”–Pero...

    ”–Algo poltrones, es verdad. Rara vez abandonan sus lechos que han ablandado la humedad y los conejos.

    ”–Sin embargo...

    ”–La vida del campo tiene también sus atractivos.”


M. M.

    Cuando muere un gran hombre, vino a decir Leon Bloy, siempre añade algo a la Vía Láctea. Y no pensaba en la pasarela de la popularidad. La popularidad, tiene para sí Mingote, no es nada.
    
Es más importante el aprecio de la gente que importa, las personas de talento, los maestros, como Wenceslao Fernández Flórez, que estaba firmando en la Feria del Libro. Le llevé el primer tomo de sus Obras Completas para que me lo dedicara, y el maestro, amablemente, era muy amable, escribió una dedicatoria: “Con amistad y admiración a Antonio Mingoti”. O sea, me admiraba, pero no tanto como para aprenderse mi apellido. Se empezaba a perfilar nítidamente mi arrolladora personalidad.

    A Fernández Flórez, por cierto, no le hacía gracia alguna que la exhibición del ataúd donde el interesado va tendido, tan largo como es, sin hacer nada, ofreciera contraste tan agudo con la actividad, con el ajetreo circundante, que para el muerto tiene que resultar vejatorio.

    –La prisa de los demás, reveladora de vida, produce, sin duda, una especie de humillación en el difunto. A nadie le puede gustar, por lo menos en los primeros días, que le recuerden que ya no existe, y pasar inactivo, tumbado, entre la riada de apresurados chóferes que hacen sonar las bocinas, de vendedores clamorosos, de transeúntes diligentes, parece que es ir diciendo: “¡Fastidiarse, amigos, que yo me he asegurado ya la holganza!”
    
No creía arriesgado suponer que el muerto hubiese sentido la inquietud de la proximidad de la noche: el miedo a llegar al camposanto en sombras ya, cuando todo es allí más extraño y temible:

    –Si a uno lo dejan en su nicho con sol, parece que la instalación es menos impresionante; pero el difunto mejor bragado no puede menos de sentir terror, si toma posesión de su tumba entre tinieblas. Dígase lo que se quiera, la primera noche que se pasa en un cementerio, aunque se disponga de un buen panteón, no tiene nada de agradable. No es posible el descanso, se extraña todo y a cada instante se espera que ocurra algo tremendo.
    
La muerte moderna, tiene observado Octavio Paz desde su laberinto de la soledad, no posee ninguna significación que la trascienda o refiera a otros valores.

    –En un mundo de hechos, la muerte es un hecho más.


M. M.
   
Pero como es un hecho desagradable, la filosofía del progreso pretende escamotearnos su presencia: “En el mundo moderno todo funciona como si la muerte no existiera. Nadie cuenta con ella. Todo la suprime: las prédicas de los políticos, los anuncios de los comerciantes, la moral pública, las costumbres, la alegría a bajo precio y la salud al alcance de todos que nos ofrecen hospitales, farmacias y campos deportivos. Nadie piensa en la muerte, en su muerte propia, como quería Rilke, porque nadie vive una vida personal. Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios.”

    –La muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida.
    
César González-Ruano, que sigue siendo el escritor al que mejor se le han dado los muertos, sabía que los muertos no se terminan nunca y tuvo la impresión de que se muere un poco en cada amigo que nos deja:
    
La vida no es mucho más que eso: la fe de ella que dan quienes nos conocen. El día que nadie nos pudiera conocer seríamos como muertos sin enterrar. Vivimos en tanto que vivimos en alguien. Tiene sólo sentido la vida en tanto que alguien nos ama o nos estima. La muerte es el desconocimiento, la indiferencia. A los muertos los han querido, pero ya no los quiere nadie. Si alguien les siguiera queriendo en todo el vigor de la actualidad, de la realidad del amor, resucitarían.
   
 Si Ruano es el escritor al que mejor se le han dado los muertos, Quevedo es el escritor que más y mejor se ha encarado con la muerte.

    –Quevedo es el tremendo español, y por eso anda a vueltas como nadie con el tremebundismo de la muerte –dirá, en apoteosis de necrología, el gran Ramón de los muertos y las muertas–. Quevedo estuvo siempre ensayándose con la muerte.
    
En el Sueño de la muerte, la muerte avisa que eso –huesos descarnados con una guadaña al hombro– no es la muerte. Dice la muerte:


M. M.

 
   –Eso no es la muerte, sino los muertos o lo que queda de los vivos. La muerte no la conocéis, y sois vosotros mismos vuestra muerte: tiene la cara de cada uno de vosotros y todos sois muertos de vosotros mismos. La calavera es el muerto y la cara es la muerte; y lo que llamáis morir es acabar de morir, y lo que llamáis nacer es empezar a morir, y lo que llamáis vivir es morir viviendo, y los huesos es lo que de vosotros deja la muerte...
    
A Ramón lo estremece de Quevedo la proposición de que caminemos muertos para no dejar de vivir, como si nos diese la contraseña para pasar frente a todas las garitas en que la muerte vigila. Y se agarra al descomunal soneto en que Quevedo juega con toda la mitología griega del otro mundo: el alma en la laguna, orillados los recuerdos, Caronte aguarda.

    –Su mejor poesía –concluye Ramón su Quevedo– es esa en que habla de sus cenizas enamoradas, soneto con algo de epitafio de sí mismo: Amor constante más allá de la muerte.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
Venas que humor a tanto fuego han dado,
Medulas que han gloriosamente ardido:

Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado
.

    Mientras aguardaba a su boda con una viuda –¡nada que ver con Lisi!–, Quevedo tuvo la obsesión de expresar poéticamente, al hilo de Propercio, la idea de la pasión amorosa sobreviviendo a la fugacidad del cuerpo. El amor, que diera sentido a la vida, había de dar sentido a la muerte.

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*Prólogo para el libro de necrológicas  
Serán ceniza, mas tendrá sentido, de Antonio Mingote
Ediciones Luca de Tena, 2006



M.M.