Mostrando entradas con la etiqueta Al fondo de la Red / Vida. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Al fondo de la Red / Vida. Mostrar todas las entradas

viernes, 27 de enero de 2012

jueves, 24 de septiembre de 2009

"YO HE BEBIDO LO JUSTO"

EXACTITUD
Por Pepe Cerdá
A. es un tipo estupendo. Vive aquí, en Villamayor. A. estuvo trompa desde los catorce hasta los cuarenta y cuatro. En su casa tenían unos campos con viñas que les producían unos dos mil litros de vino al año y en Mayo ya tenían que comprar porque se lo habían bebido entre su padre y él.
A. trabajaba en una empresa multinacional. A los cuarenta y cuatro le diagnosticaron, como es natural, una grave enfermedad hepática en una revisión de la empresa. El médico, poniendo cara de circunstancias, le dijo:

- Le doy la baja permanente. Y su enfermedad es tan grave que no creo que le queden más que unos meses de vida.

El que se murió fue el médico un par de años más tarde, tal y como le gusta comentar a A., que dieciséis años más tarde de esta conversación suele desayunar conmigo por las mañanas en el bar. A. dejó de beber y sigue con nosotros para asombro de la ciencia médica. Desde entonces cobra la inutilidad y hace pequeñas labores en el campo. Tiene una original idea de la justeza.
Dice:

- Yo he bebido lo justo. Una copa más y al cementerio. Una copa menos y aún estaría madrugando y trabajando en la empresa.

Y tiene más razón que un santo.

lunes, 21 de septiembre de 2009

EMILIO ABANTO VIAMONTE SALA 4

Por Pepe Cerdá

Emilio Abanto ha muerto. Ayer fue el entierro. Ayer fui al tanatorio y lo vi anunciado en un display como esos que anuncian las llegadas y salidas en las estaciones y los aeropuertos. Con letras rojas formadas por pequeños puntos de luz se anunciaba centelleante entre otros : EMILIO ABANTO VIAMONTE SALA 4.
Entré en la sala cuatro y lo vi en su ataúd, maquillado y con la barba muy arreglada. Con la cara más afilada de lo normal. Desde que vi a mi abuelo muerto cuando tenía doce años no había vuelto a ver otro muerto. La imagen me impresionó mucho más de lo que suponía y apenas pude saludar a su padre y a sus hermanos al salir de la sala.
Emilio Abanto y yo fuimos amigos desde los catorce o quince años. Fui yo el que le llevó al Bar Bonanza allá por el setenta y siete. Me había dicho Mariano Naharro (anticuario y galerista donde yo trabajaba de aprendiz) que en ese bar se juntaban los pintores y poetas de la ciudad. Y allá que nos fuimos Emilio y yo, que queríamos ser pintores, o poetas o cualquiera cosa que nos permitiese no crecer ni ser adultos madrugadores y trabajadores. Emilio ya no salió más de allí. Creo no exagerar si afirmo que Emilio ha estado en el Bar Bonanza el setenta por ciento de los días de su vida. Era uno más de la familia. Ayer, en el entierro, estaban Manolo, Marisa y sus hijos, los dueños del mítico Bar Bonanza.
Emilio estuvo la mayoría de los días conmigo en los estudios que tuvimos en la calle Ramón y Cajal, calle San Pablo, plaza Santo Domingo, calle Prudencio , La Nave etc.
Lo que no hizo fue venirse conmigo ni a Madrid ni a París. Pero en mis frecuentes vueltas lo veía con frecuencia.
Emilio ha sido un compañero en la vida. Con él se han ido miles de recuerdos compartidos. La gente que asistió a su entierro es probablemente la gente que asistirá al mío. Teníamos los mismos amigos y conocidos de toda la vida.
Emilio fue una persona amable , educada y decente.
Emilio ha muerto. Y una parte de mí se ha ido con él.
17/09/2009 10:10

martes, 14 de julio de 2009

CONVERSACIÓN TERAPÉUTICA


Por Pepe Cerdá
Pintor


Hace algunos lustros mi amigo el maestro-profesor, y sin embargo pintor, Ignacio Mayayo se apiadó de un joven en un bar de madrugada que le dijo que no tenía dónde dormir. Se lo llevó a casa y, como le solía pasar a Ignacio, se quedó a vivir un año largo y a sus expensas.
El joven, al que todos llamábamos el coleguita, se instaló en una habitación interior del piso que entonces ocupaba Mayayo en la calle Mefisto de Zaragoza. Decoró su cuarto pegando en las paredes un montón de páginas de tebeos de Conan el bárbaro. El personaje que más admiraba.
Ignacio ya tenía una larga experiencia de compartir casa con indigentes. Había vivido con un mendigo al que todo el mundo llamaba el Chérif, ya que siempre portaba en su mugrienta chaqueta una estrella de metal. Además de haber sido el pagano y anfitrión de unas cuantas comunas de aquellas del final de los setenta. Por esto, el que otro indigente más se instalara en su casa se lo tomaba con una naturalidad bíblica. No le producía el más mínimo estrés.
El coleguita se ganaba la vida traficando con hachís a pequeña escala. A menudo volvía a casa magullado a golpes por algún altercado propio de la noche y de su negocio. No era mal chaval, pero parecía claro que la fortuna ni le sonreía ni le iba a sonreír.
Un día, al llegar a casa de madrugada, Ignacio se lo encontró llorando desconsoladamente:
– ¿Qué te pasa? –le preguntó Ignacio.
Entre sollozos, el coleguita le respondió:
–Estoy muy triste porque he tenido un desengaño amoroso...
–¡Pero cómo vas a tener tú un desengaño amoroso si eres un mierda que no tiene dónde caerse muerto! Trabaja, búscate una casa, cómprate un coche...Y cuándo tengas todo eso podrás enamorarte y tener desengaños amorosos. ¡No te jode el mierda éste!
El coleguita, tras la conversación, se quedó pensativo. Después arrancó de la pared de su cuarto todos los tebeos de Conan. Por la mañana salió pronto y recién duchao a buscar trabajo.
El otro día me lo encontré, veinte años más tarde, y me contó que vive en un adosao con su familia y es vendedor de ordenadores.

(Publicado en http://pepe-cerda.blogia.com/ En las imágenes, arriba, Ignacio Mayayo, y abajo, Conan el Bárbaro)





domingo, 12 de julio de 2009

LA MADUREZ

CONVERSACIÓN



Por Pepe Cerdá


Converso con un amigo que padece un cáncer bastante grave, y en el transcurso de la charla me dice:

–Lo malo de los moribundos es que se creen seres especiales. Es ridículo el modo en el que a menudo hacen ostentación de su enfermedad. Yo me empeño en no hacer el ridículo y procurar ser el que fui hasta el último instante. Además, créeme que esto que me ocurre no es nada excepcional; a ti también te ocurrirá.

Cavilo tras la charla con él que eso que llamamos madurez consiste básicamente en tener la mayoría de la vida vivida y en asumir con naturalidad la derrota y el fracaso. Desde la inmensa sacudida que le da a mi amigo la inmediatez de su probable muerte, ha tenido la gentileza de charlar un rato conmigo de igual a igual, haciéndome saber que él, por moribundo, no es distinto a mí; es más: haciéndome saber que todos somos moribundos por el mero hecho de haber nacido. Haciéndomelo saber mirándome a los ojos como sólo lo saben hacer los que saben que quizás ésa sea nuestra última conversación.