Ignacio Ruiz Quintano
Abc
“¡Mestre! ¡Mestre! ¡Socorro! ¡Que se llevan al mestre!”, gritaban unos discípulos de Miró en Roma cuando unos visitantes del artista, con el ánimo de comprobar su peso de hombre menudo, lo cogieron en brazos, ante el estupor del “mestre”. Y lo que son los tiempos: Mestre, hoy, es la gobernadora de Madrid, el sultanato de todas las manifestaciones de España. Por las cosas que ella viene diciendo no puede uno hacerse una idea definitiva de su programa: procedente del lugarcomunismo puro y duro, habla cual lorito real de la rama del progreso, que es la que la sostiene. A su lado, Méndez, el de antes, era el hijo de Minerva y de uno de los gigantes que quisieron escalar el cielo. (Lancemos aquí otro cubo de cohetes en honor del gobernador despedido.) Ni altisonancias ni imágenes, ni increpaciones ni tropos. Tampoco la sugestión de una habilidad o el regalo de una cuquería. Ni una sola frase rotunda, capaz de taladrar la indiferencia de la muchedumbre. “Frases aburridas, gastadas, insignificantes –temáticas– que algún día fueron gala de los artículos de fondo de los periódicos provincianos, pero que nadie pronuncia ya, que se han quedado sin sentido, huecas, cascadas, polvorientas, adormilantes, viven aún, como en un museo de vulgaridades, en el cerebro de...” Pues eso. Palabras acordeonadas, prensadas, copiosas e insistentes. Fetichista de una denominación: “Estado de derecho”. Braceemos en la hojarasca de sus tópicos: “En un Estado de derecho...” “Soy ciudadana de a pie...” “A los inmigrantes hay que abrirles los brazos...” “Los inmigrantes vienen a trabajar...” “Empeño mi palabra de mujer [al buey por el cuerno, al hombre por la palabra] en consolidar el trabajo de mi antecesor, que me parece que tiene un nivel de ética excelente...” “Me gustaría mejorar la seguridad de tal manera que camináramos más confiados por las calles...” ¿Más confiados? Será ella la desconfiada. Pocas cosas dan más confianza en la vida que caminar por las calles de Madrid, si se conoce la doctrina: abrazarse a los inmigrantes (o chocar las manos al estilo NBA) y cambiarse de acera únicamente si uno se encuentra, bien con un español, bien con un turista, que serían, por pura lógica, los transeúntes peligrosos.


