Jean Juan Palette Cazajus
En honor de estas efemérides, os propongo un breve extracto del capítulo XII de mi ensayo (pendiente de edición) titulado: «Españoles y Franceses. La historia, la nación, el “carácter”».
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De su larga estancia en España, también nos habló dilatadamente el futuro Barón-General Marcelin de Marbot (1782-1854), en sus apasionantes Memorias. Era entonces capitán de húsares en el Estado Mayor del mariscal Masséna, uno de los más brillantes representantes de aquella selecta cohorte de jefes militares que llegaron aureolados de gloria, pero fueron dejando poco a poco, en la trampa española, los jirones de su prestigio. Cuando no se dejaron arrastrar por la codicia y la desidia moral. Masséna, pronto consciente del callejón sin salida de la aventura ibérica y preocupado por el inexorable desgaste de sus efectivos, dirigió a regañadientes la Campaña de Portugal y la pasó acompañado hasta el final por su concubina, disfrazada de oficial. El caso es que Marbot, por su parte, demostró siempre una sorprendente lucidez, primero al desconfiar de las capacidades militares del ejército inicialmente enviado a Madrid e integrado por una mayoría de bisoños:
– Comparando los anchos pechos y robustos miembros de los españoles que nos rodeaban con los de nuestros débiles y raquíticos infantes, mi amor propio nacional fue humillado, y sin prever los problemas que causaría la mala impresión que los españoles iban a concebir de nuestras tropas, lamenté vivamente que el emperador no hubiera enviado a la península alguno de sus viejos cuerpos de Alemania.
Más tarde, al comentar las jornadas del 2 y 3 de mayo de 1808, en cuya sangrienta represión no tuvo más remedio que participar, tampoco renunció a su habitual lucidez:
–Como militar, tuve que repeler aquellos hombres que atacaban al ejército francés; pero no pude dejar de reconocer, en mi fuero interno, que nuestra causa era mala y que los españoles tenían razón al intentar rechazar a unos extranjeros que, tras llegar a España como amigos, querían destronar a su soberano y apoderarse del reino mediante la fuerza. Esta guerra me parecía pues impía, pero yo era soldado y no me podía negar a marchar sin ser tachado de cobardía […]. La mayor parte del ejército pensaba como yo pero tampoco podía negarse a obedecer.
Joachim Murat, el centauro emérito, que siempre se mostró más diestro con el sable de caballería que con el uso ponderado de las neuronas, había encabezado y ordenado la represión posterior al levantamiento popular. Tras los fusilamientos, no se le ocurrió otra cosa que declarar atolondradamente que aquellos días Dos y Tres de Mayo iban a señalar la sumisión definitiva de España al Emperador. A lo que el cubano Gonzalo O’Farrill, entonces ministro josefino de la Guerra, más por temor al vacío de poder que por verdadera adhesión napoleónica, le contestó que lo más probable era que aquellos acontecimientos presagiaran, al revés, su pérdida definitiva. Algo de lo que también parecía convencido otro oficial francés, Pierre Guingret, comandante en el 69 Regimiento de Infantería Ligera, que lo consignaba en sus memorias:
–la ayuda extranjera aceleró la liberación de España, pero no podemos dudar de que, vista la manera con que los españoles se empeñaron en permanecer libres incluso bajo el yugo de nuestra esclavitud, ellos solos, a la larga, hubiesen terminado expulsándonos de su península.
El joven vizconde de Naylies, aristócrata venido a menos y simple sargento en el 19 Regimiento de Dragones escribía por su parte: «Yo consideraba a los españoles como las heroicas víctimas de su patriotismo y de su entrega a la noble causa de su independencia. Los admiraba». En cuanto a Jean de Rocca, era un joven oficial de húsares que terminaría siendo el segundo marido de la gran escritora Madame de Staël, de la que hemos tenido, y volveremos a tener, varias ocasiones de hablar. Al llegar a España se mostró sorprendido por «el aire severo y reservado de los habitantes de todas las clases sociales», al mismo tiempo que apreciaba «en las miradas y la compostura de los castellanos, aquella gravedad y dignidad que siempre los caracterizó». Pero también advertía, a propósito de muchos mariscales y generales, que «querían a todo trance abandonar una guerra irregular e impopular en el propio seno del ejército». Es difícil calibrar el impacto y la persistencia, en la memoria histórica, de aquella terrible realidad, la de unos años que vieron desmandarse en ambos bandos los peores instintos de la especie humana. Sin necesidad de que nos acordemos de Goya, la mayoría de los testimonios dejados por oficiales y soldados franceses que combatieron en España dan cumplida noticia de la terrible manera con que la plebe española se encarnizó con los soldados franceses caídos en sus manos, y de las no menos terribles represalias de éstos. Antoine-Laurent Fée, de cuyas memorias hablaremos más largo y tendido en páginas ulteriores, comentaba que:
–Crucifixiones, descuartizamientos, suspensión por todas las partes del cuerpo, estrangulaciones lentas y graduadas, nada le faltó a aquellas atrocidades. El fuego, el aceite hirviendo, la sierra, el hacha, la soga, el puñal, el gancho, todo se empleó que propiciara una muerte lenta.
A continuación, se sentía obligado a especificar que «los franceses, en sus represalias, […] mataban pero no torturaban». Lo cual, desgraciadamente, no parece que se correspondiera con la realidad. Por su parte, el ya citado comandante Pierre Guingret no negaba las atrocidades francesas, pero les encontraba una explicación:
–Las mujeres, las muchachas halladas en descampado, se veían obligadas a saciar las pasiones más desenfrenadas para evitar la muerte. Algunas incluso eran degolladas por aquellos tigres […]. Los que cometían aquellas abominaciones eran algunos miserables salidos de los desechos gangrenados de las grandes ciudades y que el sorteo había introducido en las filas de los valientes. Aquellos seres ruines, libres de todo yugo, eran los que se entregaban ciegamente a la ferocidad. Cuídense de confundir aquellos bandidos atroces con nuestros verdaderos soldados. Los hombres más crueles suelen ser los más cobardes.
El coronel Vigo-Roussillon, entonces comandante, cuenta cómo le impusieron un día la terrible tarea de ejecutar, a bayonetazo limpio, a buen número de los varones de un pueblo toledano donde habían sido degollados ocho soldados franceses. Confrontado con el cabreo del rey José, lógicamente preocupado por el efecto de semejantes tropelías sobre el ya dudoso grado de adhesión de sus súbditos, el general responsable quiso cargarle el mochuelo a Vigo-Roussillon. Cuenta este que, previsor, había tenido buen cuidado en conservar la orden escrita de aquella barbaridad. A consecuencia de la escalada constante en la práctica de los horrores, dentro del conocido ciclo insurrección/represión, las tropas francesas se iban desgastando y consumiendo en constantes escaramuzas, emboscadas y desplazamientos. Por no hablar de otro orden de sufrimientos, más temidos aún por los soldados que los propios combates y que eran los infligidos por los rigores del clima. Y así, Vigo-Roussillon se indignaba de que...
–sin necesidad, los generales hiciesen marchar sus tropas, ¡a mediodía y en España! bajo calores mortales […] de modo que los caminos estaban sembrados de nuestros enfermos y nuestros heridos que arrastrábamos amontonados en carros, y que el calor, el hambre y la sed mataban en mucho mayor número que los combates. Y luego el emperador se extrañaba de que sus ejércitos formados –decía– por los mejores soldados del mundo, se derritiesen tan rápidamente en España.



