JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ
Es harto conocido el hecho de que los disfraces de soldado romano que se usaron para la película «La caída del imperio romano» (Anthony Mann, 1964), producida por Samuel Bronston y rodada íntegramente en España, han seguido siendo utilizados a lo largo del tiempo en las más variopintas producciones, peplum y películas fantásticas, llegando su uso conocido hasta la conocida «Gladiator» (Ridley Scott, 2000) y aún más allá. Nos imaginamos, entonces, que los disfraces que se vienen utilizando en las llamadas corridas goyescas son las sobras del enorme guardarropía del filme «Sangre de mayo» (José Luis Garci, 2008) y que los atuendos que hoy lleva un mulillero los pudo haber portado en la ficción Manuel Galiana o Fernando Guillén. En estas «corridas de disfraces» la peor parte siempre les toca a los areneros que o bien parecen escapados del Gran Circo Mundial, caso de la Corrida Picassiana de Málaga, o bien huidos de un Belén viviente de los muchos que se dan por ahí, como pasa en la goyesca; les quitas el rastrillo y les pones en sus manos una gallina o un jarro de barro o un haz de leña y ya tienes caracterizados sin solución de continuidad a los que se acercan al portal a adorar a Nuestro Señor. En esto de la goyesca falla siempre la arenera, que va vestida de figurita masculina, cuando luciría más apropiadamente con su corpiño, su basquiña, su delantal y la redecilla. Se ve que no han caído en esto. Por lo demás, repetiremos lo de siempre: que sin media luna, perros de presa y caballos sin peto estamos a años luz de lo que vio Goya en la plaza de toros de la Puerta de Alcalá.
Bueno, pues un nuevo 2 de mayo y una nueva corrida de disfraces más para celebrar la insurrección del pueblo de Madrid, esta vez con los toros de El Pilar, primera visita en la temporada madrileña de toros relacionados con el apellido «Fraile». Posiblemente lo de elegir el ganado de El Pilar para hoy sea un guiño a la heroica defensa de los zaragozanos contra el francés, porque otros grandes méritos no avalan en los últimos años en Las Ventas a la vacada de doña Pilar, si descontamos la durísima corrida del año 19 y la más «manejable» del año 22, en la que Javier Cortés pasó su particular quinario. Para despachar a los seis pilaristas trajeron a Uceda Leal, El Cid y Javier Cortés, con lo que se creó un muy atractivo cartel para el aficionado madrileño, que con este cartel en La Maestranza ya sabemos que no van ni los acomodadores, para que se vea el abismo que se abre entre las distintas aficiones.
Antes de seguir hablaremos brevemente del peonaje, que siempre se queda en el tintero. Por la parte de los picadores, como aún tenemos en nuestras retinas grabado el respetuoso enaltecimiento del tercio de varas contemplado hace tan sólo una semana en San Agustín del Guadalix, podemos despachar a los picacarne con nuestro más oprobioso desprecio, por el uso constante de ventajas, trapacerías y triquiñuelas sin tasa orientadas a destruir la suerte de varas, ejecutada esta de una manera harto repugnante. Tan solo Mario Benítez, de la cuadrilla de El Cid, justificó con decencia su condición de picador de toros. En cuanto a los de a pie tuvimos la apuesta segura en el buen hacer de Iván García, aunque hoy puso pares y nones, la torería con los palos de Rafael González y la sorpresa de Pablo Gallego, que recibió una cerrada ovación por sus recios pares al sexto de la tarde.
En cuanto a los toreros hoy se nos brindó la fortuna de poder ver tres personalidades distintas, tres toreros con su propia personalidad. Y esto hay que remarcarlo porque lo que habitualmente contemplamos es una cascada de señores que se parecen los unos a los otros, que son casi indiscernibles el que se llama Ramírez del que se llama González o del que se llama Peláez o del buenazo de López. Estos de hoy no. Estos de hoy marcan su sello y se les reconoce por sus modos y por sus formas, por cómo andan a los toros y por cómo se mueven. Luego las cosas salen frente al toro como hayan de salir, pero cuando Uceda, o Cid o Cortés están en el ruedo están «a su manera», que es una manera suya propia e inconfundible de la de los demás. Esto es algo que se viene echando mucho de menos.
Uceda nos dejó algunos retazos de si mismo, especialmente una media verónica en su primero y una estocada marca de la casa en ese mismo toro. Su carrera está hecha, tras casi treinta años de alternativa, y es buena ocasión para estos jóvenes que ahora se acercan a la tauromaquia que se fijen en él, porque cuando peinen canas, si perseveran en su afición, le recordarán con agrado. En su segundo, un colorado que les metió el miedo en el cuerpo a los peones desde el principio, dejó el recuerdo de unos doblones en el inicio, más precauciones de las deseables en el nudo y un inusual desbarajuste con el acero en el desenlace.
Manuel Jesús, El Cid, veintiséis años de su alternativa en esta misma plaza, vio desde el inicio las condiciones de su primer toro, Sospechillo, número 24. Le toreó divinamente con el capote y le llevó galleando al caballo donde estaba apostado el hermano de Espartaco. El pitón del toro era el izquierdo y ahí se enfrascó El Cid en el toreo al natural, tirando de su innegable oficio y sin acabar de dar el paso hacia adelante que hace el toreo grande. Las pocas veces que pisó el terreno adecuado la plaza rugió, pero su decidida falta de colocación le llevó por derroteros que se sostenían, como se dijo antes, en el oficio, no en la emoción. El resultado fue una faena excesivamente larga, con algunos momentos intensos, en la que el toro se aburre o se cansa o las dos cosas. Luego vino la ya proverbial falta de tino de M.J con el acero y el reconocimiento de Madrid a este torero que tantos momentos buenos ha dado a esta plaza. En su segundo brindó al público con esa especie de sombrero goyesco de dos picos y por un momento pareció que la cosa podía ser, cuando el toro se le vino con fuerza y le recogió impecablemente en un poderoso derechazo… pero al siguiente el animal le enganchó la muleta y desde ahí el signo de la faena, basada esta vez en la derecha, no logró tomar vuelo. Le clavó el estoque al bicho y luego acabó descabellando.
Javier Cortés torea muy poco para lo buen torero que es. Ves por ahí a gente que nada tienen que decir y que se hinchan a torear y este ilustre getafeño no consigue abrirse un sitio en las ferias. Dejó su sello por chicuelinas en un quite al segundo, dos chicuelinas de las de verdad, no culerinas de las de todo a cien, de las que se dan de frente y trayendo al toro hacia sí, rematadas con una media verónica. En su primero, nada reseñable, pero en su segundo, Niñito, número 23, ha dado una gran medida de sus capacidades, mostrando a las claras lo que nos estamos perdiendo por no ver anunciado más a menudo a este hombre que ya suma dieciséis años de alternativa. Desde el inicio, saliéndose torera y suavemente hacia el tercio, le plantó cara al de El Pilar en una faena por ambas manos, bien medida de tiempo, con tandas cortas y ligadas en la que las series por la derecha y los pases de pecho fueron sensacionales, imprimiendo una inverosímil velocidad a la embestida del toro, completamente mandado por la muleta de Cortés, siempre colocado en el sitio en el que se torea, y sin darse importancia, todo naturalidad. Faena a más que termina con fortísima ovación y que se queda en eso por el deplorable uso del acero, como tantas veces pasa. Con permiso de los cortesistas, creo que hoy ha firmado su mejor actuación en Las Ventas.
ANDREW MOORE




















