Ignacio Ruiz Quintano
Abc
Michelito es un torerillo mejicano de once años que lleva a los comisarios de la corrección política a preguntarse: “¿Puede este niño matar a un toro?” Y claro que puede. ¿No pueden los jueces matar al cervatillo del “Cantar de los Cantares”? “Vuélvete, amado mío; sé semejante al corzo, o como el cervatillo / sobre los montes de Beter.” Michelito, que admira a su papá y a Morante, es un niño prodigio, que es una de los modos de entrar en el toreo. Así lo hizo El Juli, y ahí sigue, de Joselito del canteo, en plan Ruiseñor de las Cumbres. Otra forma de entrar en el toreo es la de El Trianero, cirial de San Gonzalo, que en un parón de la procesión abordó al hermano César Cadaval, autor de “Azahar de San Gonzalo”, para hacerle la confidencia definitiva: “Don César, que mi sueño es torear en La Maestranza.” Que es el sueño de Cayetano, sólo que Cayetano, al contrario que Michelito, llegó al toreo tarde, y tiene prisa, lo que no es poco trabajo. “¡Se figuran vuesas mercedes que es poco trabajo hinchar un perro!”, decía el loco del cuento cervantino. Cayetano vino a Madrid en Beneficencia, espectáculo que solía reservarse a los triunfadores de San Isidro. Para que se hiciera a las distancias del ruedo, le prestaron durante dos tardes la plaza a puerta cerrada. Este año repetirá en Beneficencia, mas con la espina, otra vez, de Sevilla la mágica. ¿Mágica? Miguel Ángel Aguilar, el que protegía a ZP de la curruca periodística en la Asociación de Periodistas Europeos, cree haber visto a José Tomás salir el año pasado por la Puerta del Príncipe con tres orejas, y eso, desde luego, es magia. Parece natural, pues, que Cayetano sueñe con la Maestranza, cuyo empresario, Canorea, lee libros, pero no sólo de cuentas, y no será por manías por lo que deje fuera de Sevilla a un torero tan literario como Cayetano. “¿Para qué va usted a España?”, preguntó Heine a Gautier cuando éste se disponía a hacer su famoso viaje “tras los montes”. “Para verla, y no solamente para oírla”, contestó Gautier. “Hará usted un viaje incómodo e inútil –insistió Heine–, porque no la encontrará; no existe; la hemos inventado nosotros.” Luego está la España real, que es la de los victorinos.

