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lunes, 21 de septiembre de 2026

Hughes. Atlético, 2; Real Madrid, 1. Mourinho ya ha dicho Negreira



Hughes

Pura Golosina Deportiva

 

He vuelto Mourinho. Después de unos meses de trabajo actoral y de una estudiada mezcla de realismo y prudencia, Mourinho ha vuelto.


A medida que sea necesario, irá volviendo más. Podríamos observar una relación directa entre los problemas deportivos (que nos dijo y sabíamos que iban a llegar) y sus apariciones.


¿Tiene razón Mou o no tiene razón?


La tiene toda.


Pero vayamos al partido.


Lucía bonito (dentro de lo que cabe) el Metropolitano. “Ambiente de fútbol”. Ambiente ponen, el fútbol ya si eso...


Lo primero que llama la atención es que el narrador se calle mientras suena íntegro el himno a capela. Pensé que no iba el sonido, pero era la reverencia periodística.


En el once, “los mismos cabrones de siempre”, que diría JB. Tres años después, el mediocampo lo llevarían Fede y Tchoua, que al menos ya se han ahostiado juntos.


(Discutir sobre los centrocampistas del Madrid, igual que sobre los delanteros del Madrid, no merece la pena. Son coordenadas del florentinismo en su rama deportiva. No se puede tener el florentinismo con lo bueno y sin lo malo. Quizás pudo haber sido posible, pero si no lo ha sido después de 25 años, sólo cabe resignarse ya).


(¿De qué se puede discutir entonces, oh, plumilla? De cómo se maneja lo que tiene, dentro, también, de un marco de realismo. Vini y Mbappé son activos del Madrid y hay que exprimirlos. “Deportarlos” era algo que no hacían ni en el antiguo y soviético Dinamo de Kiev).


Primer balón para Güler, patada, y el de negro (el entrenador) pidiendo tarjeta para él. Ése era el mundo de País de las Maravillas en el que nos adentrábamos...


Bellingham ganaba sus duelos en el medio, no así Güler, como si el partido aun fuera demasiado para él.


El Madrid esperaba en su campo y el poco peligro del Atlético llegaba por su banda derecha. En el gráfico de los pases colchoneros, la figura resultante era como una punta disparada al espacio justo entre Vinicius y Cucurella, espacio amplio al que el Atético se dirigió inteligentemente.


En el gráfico de los pases del Madrid, la figura geométrica apuntaba, como si le saliera un cuerno hacia ese lado, a la zona en la que coincidían Vini, Mbappé y Bellingham. No llegaron a tropezar como en otros tiempos, pero respiraban el mismo aire.


Lo del Atleti era un logro, lo del Madrid un vicio.


Por el otro lado, Güler jugaba como sobre ascuas y Dumfries daba sus toques sucios, bastos, estocásticos. Dumfries hace algunas cosas bien y otras mal, Siempre las mismas, y siempre radicalmente bien y mal.


El Madrid se vio pronto que tenía dificultades constructivas, por decirlo finamente. No eran Demóstenes con la pelota ni Valverde ni Tchouameni y enfrente había un equipo serio.


El argentinismo del Atlético se ha olvidado: el Cuti, Giuliano... ¿se acuerda la gente de la ardiente polémica entre Argentina y España en la final? Apostamos entonces a que no llegaría viva al derbi. ¿se imaginan lo que dirían los soy-madridista-de-toda-la-vida-pero-me-van-a-obligar-a-hacerme-del-Atleti ante el Cuti?


Además está Baena, el angelito...


Una pequeña novedad es que Mbappé se tiraba un poco a la izquierda, como le gusta a Zidane. Eso hacía que Vinicius se metiera en el espacio entre la izquierda y el centro, y era como meterse en el forro de algún bolsillo interior del juego por el que se perdió como un bonometro...


El Madrid se apelotonaba por donde los tres tenores y por la derecha había una tundra o una tunda que le daban a Güler cuando osaba intentar jugar.


En el banquillo miraba el ardor Julián Álvarez, exquisitamente ausente, tan ausente que parecía sentado en el metro.


Tchouameni recuperaba lo que perdía, no así Güler. Fueron interesantes sus recuperaciones ‘altas’, arriba, en presiones puntualísimas que el Madrid lanzó a la defensa local. Es una gran habilidad que el Madrid tendrá que explotar.


Por una de esas le llegó el balón a Vini, que chutó de lejos en lo que quizás fue el único acercamiento (aunque no fue cerca) del Madrid, alrededor del minuto 25.


El mejor en ese rato del partido, lo juro, era Huijsen.


Hubo un rato en la primera parte, a la altura de la media hora, en que el Madrid subió líneas y simeonizó un poco al Atleti. Ahí hubo algo valorable. Vislumbres de algo serio, conjunto y unitario.


Pero esos minutos fugaces pasaron y el Madrid se resintió del esfuerzo. El equipo volvía a trozos: el bloque, antes; Arda y Jude, luego, y delante, Vini y Mbappé. Tres niveles salariales, tres niveles de correr. No se partía pero se elongaba.


El Madrid estaba a punto de hacer crac, de romperse. Vinicius perdía un balón y se quedaba quieto, y esto provocó en Mourinho gestos de una ira ya visible.


Minutos de cierto sufrimiento. Llegaba el Atlético y el Madrid se quedaba sin balón y sin cohesión. Puedes quedarte sin balón y convertirte en una tortuga o un gremlin mojado, pero el Madrid se queda sin balón y se hace largo y blando como un vientre dado de sí después de una larga comida.


A quedarse sin balón y al hacerse demasiado largo le sigue (conocemos la secuencia), no poder salir de su área. Ah... el bloque bajo convertido en una mazmorra de la que no salir.


Aún habría, en esa situación, una cualidad posible: el mourinhismo del Inter, la pasión agónica y masoquista por el bloque bajo, bien conocida en la historia de la 14ª.


En ese instante de déjà vu (déjà vu es una palabra con extremos cambiados), algo pasó. Quizás no fuera mucho, pero sí algo. Mbappé robó una pelota a la altura del medio campo y rabioso se fue con la pelota. Le tuvieron que parar con una falta que recibió amarilla, y el coro cholista rodeó al árbitro como si fuera a dar un canutazo.


Es reconfortante comprobar que año tras año, y son muchos ya, el Atlético sigue fiel al su mezcla de marrullería, salvajismo ocasional y teatralidad.


Pero es fútbol, de cuando se decía que era un “deporte viril”, y en el mediocampo había una batalla. Se oían golpes como espadones, pero eran las tibias chocando. Hubo un lance entre Bellingham y otro jugador del Atlético, del que por supuesto salió tarjetado el madridista, y cuando supimos que el involucrado era el famoso Cuti, no hizo falta ni ver la repetición. Tampoco nos sorprendió que Bellingham pidiera el VAR. Se podía ir uno a la cocina corriendo a por palomitas para disfrutar en la moviola una de terror... efectivamente: un pisotón en la pierna del inglés... cholismo puro, cholismo tradicional, del mismo Cholo, que en alguna tersa pierna rubia dejó alguna vez los tacos impresos.


El árbitro, que llevaba un bigotito que nada tenía que ver con el de Ramos Marcos, regresó del ‘visionado’ y deshizo la tarjeta del inglés para imputársela al llamado Cuti, perdonándole así la vida.


Protestó el banquillo del Madrid, todos, de pie, indignados, salvo un hombre: Mourinho, que sentado observaba la protesta misma, más que lo protestado, el surgimiento quizás de un sentir común.


Güler pegó un chut lejano en el 38 y eso fue el ataque del Madrid en la primera parte. No tuvo su tarde Güler, aunque cada vez que cogía la pelota recibía un poco de chimichurri local. Baena especialmente. “Se desespera”, decía el locutor, cuando a Baena le pitaban la falta. Incómodo él e incómodo el equipo, Güler se fue al centro a intentar mover el pesado barco del Madrid, pero sin conseguir gran cosa.


Después llegó el lance entre Kang-In y Valverde, consistente en que el primero pisó como una colilla el tobillo de Valverde, que al doblarse formó un ángulo de 90 grados. Esto no lo supimos por la televisión, que pasó por el asunto como si nada. Claro está que el tobillo de Valverde demostró una tendencia a la espectacularidad y el dramatismo que un jugador del Madrid, que el tobillo de un jugador del Madrid, no se debería permitir. Yo espero mañana el artículo de Ignacio Camacho: populismo tobillero en Chamartín: la convivencia y buen nombre del fútbol español, y la historia del Madrid, hecha de articulaciones honradas y crujientes, lo último que necesitan son numeritos y fingimientos. A ver, ¿te han roto el pie? ¿puedes andar? Pues lo demás sobra. ¡El señorío empieza en el astrágalo!


Kang In se ganaba así su estrella en el estadio. El Cholo, estaba claro, iba a acabar teniendo coreanos en el equipo...


De la primera parte sacábamos dos conclusiones: el Madrid, que era el de siempre, resistió como pudo cuando iba a romperse, con reacciones muy pobres pero voluntariosas de Vinicius y Mbappé ; la otra era que sólo mediando homicidio podría haber tarjeta roja para los locales, y eso estando el VAR por la labor.


La segunda parte empezó con detalles feos. Hubo trifulca en el descanso, señal de que el arbitraje había sido polémico, algo que un espectador televisivo no comprendería del todo.


El balance defensivo del Madrid ya era en plan talgo: un vagón... otro vagón... el vagón cafetería...


Y hubo una contra, la contra, que llevó Güler y que Mbappé y Vini cegaron en parte al ir corriendo a parecida zona.


Todo eso ya lo habíamos visto, pero “esta vez será diferente”, nos decíamos, aferrados a nuestro respeto por Mou, cuando en el 49, un balón largo sobrevoló la no precisamente acorazada media del Madrid (se han quedado sin chips antiaéreos); buscando la carrera de Giuliano, el hijísimo, que al ganar el sitio a Huijsen, recibió un incomprensible abrazo de impotencia que se quiso deshacer y se deshizo pronto, tarde ya, pues el atacante rodaba por los suelos muriendo una muerte cinematográfica.


Ay, mi Huijsen, maravilloso jugador que pese a su gran mejoría abre una grieta de juventud y blandura en la defensa que tendría que ser capaz de asegurar el cero en la puerta.


¿Empezó fuera el abrazo? No hubo mucho análisis en la retransmisión. No insistieron en ello. Pero la acción era un contraste demasiado grande entre el instinto vivo de Giuliano y el instinto muerto, reflejo incontrolado, de Huijsen, que abrazó al jugador un poco como quien abraza la almohada al dormir. Cuando Huijsen se quiso dar cuenta, estaba ya atrapado en una viñeta en la que el dibujante terminaba el penalti, el portero, el marcador, la expulsión, otra visita aciaga al Metropolitano...


Faltan quizás mejores medios, pero no faltan medios. Lo que sí falta es un defensa bragado más.


Marcó Grimaldo y al minuto siguiente llegaron los cambios. La adaptación a estar con diez ocultará que Mou sentó a Vini en el 53, sin escándalo alguno. Aprovechaba el desastre para dar ese paso.


Se equivocó al ordenarlos y los reajustó. Valverde del medio a la derecha, y en esas llegó el 2-0, por la banda dañada de Cucurella, aunque ya no con Vinicius. Pase de Giuliano y gol de David.


Que Giuliano Simeone te fabrique dos goles yo creo que es para hacer la conjura de invierno ya, en septiembre.


Entró Julián, pitado. Por comparación, no pitaron tanto a Vinicius. Yo creo que hasta los del Atlético ya se están cansando de Vini...


El Madrid estaba grogui. Con Tchouameni solo en la media era imposible salir. Era como darle el primer monólogo de la obra a un mudo. Estaba estrangulado el Madrid, incapaz de salir.


¿Cuál era la solución? Pues Camavinga...


Luego salió, más tarde, Bernardo, que parece juega en otro plano psíquico.


Lo mejor de esos minutos fue Diomandé. Regateó, presionó, recuperó y se plantó ante el portero y fue como si en su exuberancia aun no contara con el recurso de la picadita, que seguramente pronto hará suyo.


El Madrid sacaba potencia. Un equipo mayoritariamente negro. Un equipo de fútbol con jugadores modernos pero con algo antiguo. Es un equipo negrísimo que podría presionar y no presiona porque arriba hay una casta de cracks, una cosa antigua, como del siglo pasado que arrastra Florentino.


Así que era un Madrid paradójico, como siempre, pero Yan Diomandé se ganaba algo más que un aplauso. Su frescura ha de destrozar por dentro a Vinicius, que necesita volver a ser él, pero... ¿cómo va a volver a ser él si se ha cambiado la cara? Confieso que a veces esto me da terror. Me pongo en la piel de Vinicius y sufro.


Ese Madrid tremendo dejó otro rastro de lo que tiene y en el 89 marcó el 2-1 de cabeza por Rudiger. Cuando van todos a rematar parece eso un rebote de los Houston Rockets. Son tremendos. Ahí el Madrid tiene goles esperando...


Y no olvidemos una de las noticias del día: Tchouaméni no es Vitinha, cosa que ya sabíamos, pero cada vez que presiona arriba roba. Y si él, Valverde y Bellingham lo hacen tan bien... ¿por qué no hacerlo más?


Con muy poco, el Madrid metió miedito en el Atleti, y el Cholo se convertía en mascota haciendo gestos a la grada. Al pitar el árbitro con bigotito el final, se fue dando brincos de felicidad al vestuario, mientras su colega de profesión le pedía a alguien que, por favor, imprimiera dos imágenes. Conocíamos de alguien cuyo ayudante viaja con impresora bajo el brazo. Su nombre es Donald Trump. También lo hace Mourinho.


Con ese papel entró en la rueda de prensa y quedó inaugurada la nueva temporada. Donde Alonso cayó (mal caído), Mou da comienzo a algo. 



@realmadrid


miércoles, 16 de septiembre de 2026

Hughes. Elche, 2; Real Madrid, 3. Tenemos que hablar


@realmadrid


Hughes

Pura Golosina Deportiva

 

Mourinho dice mucho eso de “top”. Mbappé y Vinicius desde hoy, más que top son crop top por cómo se pusieron la camiseta de solidaridad con Ceuta; a mitad, hasta medio cuerpo. Les acompañaba en eso Konaté, que importa menos. En las redes, los ‘creadores de contenido’ competían por el castigo más apropiado: entre la deportación y el linchamiento. Mourinho ha trabajado mucho en reforzar vínculos y esto es un paso atrás. El club, que será atacado por las hordas antimadridistas (con perdón para las hordas), debería llevar el equipo a Ceuta. Un amistoso para la ciudad y que jueguen los tres.


La polémica le roba foco a un partido bien surtido de detalles.


El árbitro, por ejemplo, llevaba un pinganillo en una oreja y en la otra una cámara colgada en lo que parecía un homenaje a la Dama de Elche. Pudimos ver en primer plano a Valverde poner la misma cara que pone Valverde para todo.


El camachismo del club, los de “no tiene cohones el portugués”, tenían su primera alegría: Belligham descansaba y en su lugar salía Arda, de niño bonito o 10.


El partido nació muy vivo. Había ráfagas de presión arriba con un par de ocasiones que empezaba a fallar Vinicius. Huijsen gustaba: cabezazo de córner, anticipación, pases largos, pases clarividentes al centro...


Al Madrid de Mou los partidos no le salen cerrados, ceroceristas, nihilistas, sino más bien alegres, de ida y vuelta. Eso es bueno, pero se echa de menos la capacidad de hacerse uno, bloque, de cerrarse, de hacer la formación de tortuga romana por el simple placer del cero.


El Madrid tuvo muchas llegadas que sería quizás ocioso ir contando ahora. Lanzaba el juego Trent, o Huijsen o Güler, es decir, aprovechaba bien a los “con pie”, a los jugadores podales.


Llegaba mucho, se oía mucho decir “mucho, mucho”, pero es verdad que Vini estaba de nuevo fallón. Todo lo que cogía lo perdía. Yo pensaba en el chico ese de “no hago más declaraciones”, en cómo estaría y en la cara que tendría su novia en esos momentos.


La frescura desde luego no estaba en Vinicius y asomaba por otros lares. Estaba en Güler, que marcó el 0-1 poniendo una falta pegadita al palo, en sus pases profundos y acompasados, que lleva como en un carcaj, y estaba en Diomandé, presentado ya ante el madridismo y quizás la Eternidad.


El 2-0 fue en parte suyo: balón largo de Valverde a una carrera que Diomandé había empezado un instante antes; llegó y de primeras asistencia a Mbappé. Gol de tiralíneas, por cierto, con lo que eso tiene de logro conjunto, de velocidad conjunta.


Era un golazo y cuanto más golazo e importante es un gol, mayor terror pixélico se siente en la liga española. Afortunadamente, no hubo causa para VAR.


Diomandé celebró su asistencia porque sabía lo que acababa de hacer. Tonto no es, y corre como tres. Al poco ya estaba robando otro balón. Partía de extremo diestro, se iba a presionar hasta la media izquierda y volvía a acabar de lateral derecho. El sueño de un entrenador.


En esa primera parte, el Madrid pudo meter cuatro. Su juego fue alegre y equilibrado, lleno de variantes, con recursos suficientes y el Elche poco hizo. Solo llegadas de Tete Morente, que sonaban (qué suerte llamarse así) más flamencas que peligrosas.


En la segunda parte llegó la catástrofe y casi se nos escojoncia el mourinhismo. Solo vimos a Diomandé, que siguió bajando, subiendo, yéndose, caracoleando...


Es la leche porque se va de los rivales como quiere y luego vuelve como un loco para perseguir a esos mismos rivales. Es una locura. Su vida es un irse y un venirse. Además es un jugador sin sobrecarga psíquica, incluso despreocupado. Se le nota. ¿Se contagiará Vinicius de esa olvidada frescura de ser solo extremo?


Ya hablaremos de Diomandé. Es todo lo que nos dijeron que sería Babangida. Y mucho más. Mou lo va a drogbificar, además, Mourinho tiene que estar feliz con ese diamanté, porque Diomandé es un diamanté en muy bruto (ojala eso en portada del Marca).


El Madrid se desconectó del todo. Volvieron todos a los mundos de Yupi. Espiritualmente, el equipo no llegó a salir del todo al campo. Entendimos por fin que la enemistad entre Valverde y Tchouaméni empezó por los pases que se daban, y Vinicius siguió ampliando su gafancia que parece tener que ver con algo psicológico, con algo de carboncillo, de suciedad, de miguitas en el blanco de la serenidad de la conciencia. Tiene que quitarse un poco el traje de Vinicius, la presión de ser, bajar mentalmente el escalón que subió hace unos años con esfuerzo titánico.


Es eso o culpar a la novia, que también.


El Madrid estaba en su campo, sin robar, ya vimos incluso los clásicos patadones a la Tchouaméni, y al final marcó el Elche, 1-2 de Osorio.


Muy mal los jugadores, pero ¿por qué no cambiaba Mou? Volvió a tardar un poco demasiado y llegó el 2-2, empate de Niño. Mou empezó a escribir violentamente en su cuadernillo.


Ahora sí: cambios. O el cambio: Espí, que con su corpachón se lanzó a por todas.


Cumplido el 90, Bellingham se fue del cansado rival con autopase, luego pasó con clase a la carrera de Mbappé, que sobrado de power cedió a Espí.


Mourinho va de hierático pero el gol se le notó, aunque tratara de sofocarlo. Perdió unos papelitos y luego, alguien, al rato, le avisó y los recogió. Había sido, literalmente, una pérdida de papeles. 

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Hughes. Real Madrid, 2; Inter, 1. Para medio campo, ninguno


@realmadrid


Hughes

Pura Golosina Deportiva

 

Sólo dos mediocampistas en la alineación, y eran los box to box, los que el mediocampo lo atraviesan más que ocuparlo. Valverde y Bellingham a su modo crearon fútbol: robando, presionando; empezó muy pronto Valverde.


Como el mediocampo era un problema, el Madrid lo eliminó. Dejó el balón y la iniciativa a un gran rival. Porque el Inter no era cualquier cosa. A pesar de no tener la pelota, el Madrid tuvo muchas ocasiones y ante la portería se las ingenió para ser a la vez letal y romo, certero y negado.


Trent de mediocentro es una mala elección y fue peor aún defensivamente. Es un lanzador de pases, no le pidamos mucho más.


El Madrid se replegó sin complejo alguno y marcó con un robo alto que Brahim, el paradigma de la viveza, se la pasó a Mbappé, que remató sin pensar.


Al ser de Champions, el gol se celebró con otra tranquilidad. No había una brigada audiovisual fiscalizando frame a frame la jugada.



@realmadrid


Era muy llamativa la debilidad defensiva de Trent, un subbuteo de esos, y Courtois ya le paraba una al turco fonéticamente conocido como Chalanoglu.


El entrenador del Inter era Chivu, otro central que sonó como ahora Bastoni. Parecía Solari con rinoplastia y lucía un suéter elegante, señal de que el Inter, al menos estéticamente, está volviendo.


La presión era la única vía, y así, metiendo la pierna, Bellingham se la puso cual Fernando VII a Vini, que no iba a tener su noche ofensivamente.


El Madrid tenía una blandura y un bloquebajismo de corte ancelottista, pero con espolón. Le salían momentos de presión muy focalizada. El Inter tocaba de un modo cansino e irritante. Era un dominio inútil, cautivador de Maldinis; el narrador repetía, asesino de sinapsis, el sofisticado sello de identidad interista consistente en dejar un central en el mediocampo.



@realmadrid

El toque era amanerado, irrespetuoso y tonto, y tuvo justo pago en el 2-0, otro siroco presionante de Valverde que robó al portero Josep Martínez, nombre de concejal odiador de España.


Los box to box no son vitinhas, vale, pero van al choque y a la vez son grandes llegadores, y eso se acaba convirtiendo en presión alta. Su modo de ser es altopresionante, lo cual viene muy bien al equipo. Valverde y Bellingham, con todas sus debilidades, le dan al Madrid el tono y el empuje.


Hubo un tramo de contragolpismo mourinhista de tronío, galopadas frenéticas que empezaron con una gran ocasión de Mbappé a pase, de nuevo vivísimo, de Brahim.


Hubo un lance curioso. Lautaro luchó un balón con Courtois y le clavó el codo en la nuez. La narración: “Courtois le da a Lautaro en el antebrazo, la parte picuda del antebrazo”.


Por el triángulo Dumfries-Trent-Konaté no había fútbol, ni suyo ni de ellos. El Inter llegaba alguna vez por el lado izquierdo del Madrid, pero con el trabajo esforzado de Vini el peligro o la inquietud pasó a cualquier sitio donde estuviera Trent.


La primera parte acabó con una jugada de marciano de Mbappé. Fuera del área se fue con su andar de canguro, cambió de ritmo y dirección aunque luego no superó a Martínez. Era un ‘fallo’ pero también era una creación ex nihilo, por decirlo finamente.



@realmadrid

Volvió a suceder iniciada la segunda parte. Un balonazo desde su campo lo convirtió, con velocidad supersónica, en un mano a mano que no supo resolver. Desde el sofá se veía una vaselina, pero tardó. La impresión es que los delanteros del Madrid están faltos de confianza y temen la reacción del respetable. Hay un ambiente feo alrededor, una atmósfera de tocacojones.


¿Está mutando el Bernabéu del ‘lamismo’, que ya era mucho, a una mezcla de Carrusel y redes sociales?


La segunda parte era para salir a la contra, presionar puntualmente, sin media ni posesión, sin documentos, como la canción, y con Courtois parando los merodeos del Inter.


Defensivamente pudo ser el peor partido del Madrid. Tuvo de bueno ver cómo le salen los pelos de la barba a Huijsen, que hasta le echaba cancherismo a Lautaro y pedía ardor al público. No me escondo: Bastoni no me pareció mejor.


Brahim hizo una genialidad miniaturesca de las suyas, un autopase de micromachine, la elevó con un chip, pero Bellingham añadió un control a lo que pedía sólo remate. Otro que decidió mal ante el gol. Luego le sucedió a Mbappé, tras otro pase (o habilitación, compliquémoslo) de Brahim.


Empezaba a haber psicosis y Brahim quiso democratizar la negación con otro fallo suyo. Cuando tenían que pasar, chutaban; cuando tenían que chutar, pasaban, y a todo le ponían una décima más de duda.


El partido era un correcalles de toros cansados, pero Mourinho volvió a reaccionar tarde, ya con el 2-1 encima (gol de Lautaro). Entró Tchouaméni, por fin, y Diomandé, que es bueno, pero otra rifa de pepona en cuanto a las decisiones.


Cuando cambió a Vinicius, Mourinho salió a aplaudir. La gente pitaba. Había trabajado cual Etoo’o, como un vulgar carrilero, pero a la gente le daba igual. No era eso. No era el esfuerzo, ni el trabajo. Mucho madridismo simplemente le ha cogido manía. Las fobias son libres. Puedes ser madridista y cogerle manía a los madridistas.



@realmadrid

 

lunes, 31 de agosto de 2026

Hughes. Real Madrid, 4; Málaga, 0. Mou consigue la espabilación general


@realmadrid


Hughes

Pura Golosina Deportiva

  

Vi el partido en diferido. Cuando lo veo así, paso las típicas tardes huidizas en que trato de no ver nada, ni hablar con nadie. Esta vez me pilló en una residencia de ancianos, y fue más fácil. No ponían el partido, ni había transistores. Cuando yo esté (si llego), por favor, que tengan Movistar. No sé si me llegará la pensión. Yo creo que no. Me consolaría ver al Madrid, aunque de fondo siguiera Carlos Martínez...


Mou rotó, y no estaban los del toque, Arda y Bernardo (que se mordía las uñas, un poco nervioso, señal buenísima), pero a cambio entró Trent, que es un escándalo. De tan bueno que es se hace problemático. Lleva las medias a media altura, y con esas piernas finas, en mi cerebro tardoochentero se me figura un Gordillo con toque de Michel. Ese lado gordillesco, de correr la banda, que no es lo suyo, se le notaba más hoy. Estaba mejor Trent porque todos están mejor. Mou ha conseguido la espabilación general.



El equipo le buscaba mucho al principio. Hubo un pase excelente, pero excelentísimo de Huijsen. Eran los dos mejores ‘tocadores’, eso que se dice ahora, los jugadores “con pie”, como si los otros tuvieran muñones. Se supone que en esa categoría lisiada estaba Camavinga, que estuvo estupendo. Camavinga está centradísimo, entra y sale de las jugadas con las ideas más claras, y si uno mira de lejos recuerda más un Davids que al mismo Camavinga dubitativo del año pasado.


Camavinga es un caso extremo de clarificación, de la clarificación de roles que ha logrado Mourinho. Él y quizás Bellingham, algo previsible en el entrenador que tuvo a Lampard.


De esos minutos de tanteo con Trent fuimos pasando a otros de aparición de Bellingham, cuya corpulencia y braceo no se han visto desde Redondo.


Pronto el Madrid estaba en la posición que uno espera en casa: atacando el dichoso bloque bajo, o sea, como un escultor ante el bloque de mármol. Presionaba el Madrid arriba y el público malaguista, que había y mucho, celebró con olés salir del área, todo un hito.


El Málaga, con un fascinante Izan Merino, tiene en sus jugadores algo muy representativo. El conjunto boquerón, creo que se decía antes, como a los de Ceuta les llaman caballas.


Pasado el cuarto de hora, llegó el primero, un golazo de Bellingham, hecho un talgo: recoge la pelota, se va de uno, de otro, y coloca. Alguien pidió falta pero los jugadores malacitanos parecían infantes a su paso labrado.


¿Por qué a veces malagueño y otras malacitano?


Si yo fuera de allí, de la ciudad del paraíso, creo que preferiría malacitano. Antonio Banderas, con su bolsito de señor, se hacía malagueño.


En el 1-0 hubo un instante de duda arbitral, de posible VAR, y en Mou asomó una divertida cara de ira sofocada a duras penas.


Mourinho y sus suetercitos luciendo ese ligero descuelgue pectoral, de la tetilla, ese otoño pectoral... pero ¿qué sentiríamos si Mou fuera en plan De la Fuente? Creo que su sabiduría exige eso, estar así.


Hubo una jugada espectacular en la que el Madrid tuvo, digamos, rutilancias galácticas: Trent pegó un patadón, pero hasta los despejes le salen geniales y se convirtió en un pase que Mbappé controló casi perfectamente. O sea, cualquier pedrada de estos jugadores, uno u otro la salvan, la remedian, la aurifican...


Se ve también ahí que el Madrid, como equipo, está afilando el cuchillos de los contragolpes.


Era un sopapo tras otro y en el 25 llegó el 2-0, Bellingham llegando de cabeza al rechace de una acción de Mbappé, algo que veremos muchísimo. Jude va a ser el coche escoba de mucho de lo que produzca, deje, suelte, se le caiga a Mbappé...


La finura, los del pie, eran Trent y Jude, sin olvidar a Huijsen, que dará alegrías a los que apostamos por él. Si lo hubiéramos hecho de verdad, o sea, poniendo dinero, creo que veríamos un pellizco este año.


Y de Trent llegó el tercero, que se fabricaron él y Mbappé, en paredes sucesivas: toma, dámela luego, pónmela así, algo que hace mucho Mbappé, ponerle el balón al que le tiene, a su vez, que ponerle el balón, activar a sus asistentes...


Marcó el gran e histórico Mbappé y en el palco lo celebró Ester Expósito, su novia y, más importante, sobrina del tron, aunque las miradas del cronista, que rara vez se desvía del fútbol (su profesionalidad o, en este caso, su amateurismo es un sacerdocio), se fueron a la amiga, asomando el eros añejo o machucho.


Menos mal que Mbappé no sabía “atacar los espacios”, como se llegó a leer (el castigo neuronal a la larga de leer estas cosas...).


Vimos a Vini tapando banda, ayudando al lateral, vislumbres de su posible etooización.


Con 3-0 a la media hora, ¿habría tensión? ¿se relajaría el Madrid? La idea de mantener la excelencia, la voluntad, si uno se fija, ya nos choca, nos parece una cosa como prusiana y decimonónica, un vestigio de otra economía de las cosas.


Otro Madrid se hubiera ido desdibujando, entreteniendo, entrado en una larga pájara o en un correcalles, pero el de Mourinho mantuvo un grado aceptable de compacidad (de ser compacto) y un ánimo combativo.


Los mediocentros, los pivotes, el 6 y el 8, Valverde y Camavinga, se iban convirtiendo, se están convirtiendo en otra cosa. No es el toque lo suyo, es el tacle, el tackling. Son como dos segadoras locas, dos sierras mecánicas sueltas en el medio campo, cortando todo. Brillan en eso, pero cuanto más brillan más subsumidos están en el conjunto, en el todo, como si entregaran su individualidad, sus veleidades, sus pinitos de antes, a la idea del entrenador.


La primera parte se cerró con una odisea de Brahim que, como casi siempre, casi llega. Parecía un vespino napolitano dando pequeñas arrancadas y frenazos.


La segunda fue otra cosa, todo más flojo, pero todo en su sitio. Sólo hubo un par de instantes en que Camavinga hico una cosa rara, como si volviera al pasado y, con él, nos quisiera meter a todos. En la mente de Camavinga, en su concentración, está la temporada. Si Mourinho domina esa cabeza, si centra a ese chico, ¿qué se le puede resistir?


En el Madrid hubo todo el tiempo una buena circulación sin manierismo, hija quizás no tanto del toque como de la buena colocación. Y siguió habiendo presión. Belligham parece el más interesado, quizás egoístamente porque es quien más saca de ella; por ejemplo, su tiro al palo en la segunda mitad. Sería un golpe maestro de Mou: “Mira, Jude, si presionas como un loco, si de alguna forma haces de intermedio y transmisor entre las dos segadoras locas de detrás y los de arriba, si lo consigues, si los contagias, el 51% de lo que obtengamos será para ti, para tus goles”.


Así, el Bellingham goleador sería compatible con el más abnegado mediocampista, una cuadratura del círculo que podría lograr Mou o José, como muchos mourinhistas han decidido llamar a Mourinho.


Hubo cambios. Vamos confiando motrizmente en Diomandé, locomotrizmente en él. Es más bailarín que tarugo, desde luego. Deja una maravilla un día, otra al siguiente...


Salió Valverde con aplauso de Tchouameni (el realizador parece, por fin, de Real Madrid TV) y entraron Bernardo y Güler, que marcó el cuarto tras gran asistencia de Vinicius. Yo creo que todos dedicamos el gol al torturador comentarista Maldini, que había dedicado su jornada laboral a repetir la frase “no le sale nada a Vinicius”.


Pero este año, el fútbol no acaba con el partido. El fútbol sigue en las ruedas de prensa. Mourinho habla y en cada frase pule la obra y nos va entrenando a todos. Cada cosa que dice es un concepto. Ahora meteré esta croniquilla, que ya se ha hecho muy larga, y me iré a la cama (es tarde ya) con pinganillo para escucharle. Las palabras del míster me llevarán al orden y luego, dulcemente, al sueño. 

jueves, 27 de agosto de 2026

Hughes. Real Madrid, 4-Real Sociedad, 1. Primeros logros de Mou



Hughes

Pura Golosina Deportiva

 

El gusto de ver a Mou. La tranquilidad de tenerlo ahí. Igual que apetece ver películas de Bogart por verle fumar, llegar, poner cara de pocos amigos. La gabardina de Mourinho sería el suetercito que lleva sobre los hombros y quizás ese anillaco un poco gitano que luce como una promesa.


Es Mou, y Mou gusta por el mero hecho de ser él. Le vemos y sentimos el paso del tiempo. El gran país de las canas, la común ideología de las canas.



Pero era mi primera vez este verano y además de ver a Mou se vieron cosas, diría que bastantes.


Lo primero que se vio en el Madrid es una caja en el centro del campo: por abajo, Bernardo y Valverde; por arriba, Güler y Bellingham. Después, tacklings de Bellingham, segadas, piernas bien metidas, jugador por los suelos, y junto a él, la velocidad sobre la velocidad que añadía Valverde, también muy hecho al sacrificio.


Hay algo distinto en los futbolistas. Se percibe en Huijsen, incluso en Camavinga, que no era titular, y que de lejos tiene la determinación de un Davids. Los jugadores del Madrid dejan señales de una nueva determinación. Diríamos que la comedura de coco de Mou ya surte efecto.


Ya ha conseguido activar la intensidad, que los jugadores entren fuerte y jueguen rápido, como con instrucciones precisas, sencillas; el corazón del equipo lo pone en Jude y Valverde, los box to box, dos torrentes de fútbol que le dan al Madrid ritmo defensivo y eso que llamábamos dinámica. Valverde pone la velocidad a la velocidad. ¿Por qué no aceptamos que así es este Madrid y que está bien? El ataque aparecía cuando ellos robaban y el juego tenía el sentido de su estampida, de su ser impetuoso.


Cuando ellos robaban o interceptaban un balón, la espera en (digamos) bloque medio, se convertía en chispazo de fútbol, en verticalidades que nos querían sonar, que no eran las grandes contras mourinhistas aquellas, pero sí líneas de un fútbol más directo.


En esos minutos nos queríamos mentalizar, olvidar definitivamente el fútbol español, el toque Rodri-Pedri: el Madrid será orden y agitación, espíritu de zafarrancho.


Pero cuando eso quedaba claro, ese pacto de los frenéticos con Mourinho, pasó otra cosa: el Madrid inició unos minutos de toque, empujando a la Real en su área, y ahí vimos como una nueva ciencia del bloque bajo. El Madrid mostró una disposición a atacarlo mejor, con más paciencia.


Aquí se activaban los otros dos medios: Güler y sobre todo Bernardo, que subía inclinado hacia su habitual lado derecho. El viejo Madrid de las estrellas quedaba en la izquierda, y por la derecha brotaba uno distinto, bajito, trenzado, afecto a la pelota... Surgía otro Madrid que pasaba con más paciencia y que le abría a las estrellas (Vini, Jude, Mbappé) un horizonte.


El habitual atasco de ellos por la izquierda, ese fútbol sin espacio y puramente individualista, era aliviado por el surgimiento de otro frente en la derecha donde pisaba Bernardo, futbolista fabuloso, buscando a Güler, aun errático los primeros minutos. Por allí rompía o irrumpía Dummfries, jugador de enorme trapío y muy concentrado (tanto que es ceñudo, uno de los jugadores más ceñudos que se recuerdan).


O sea, al triángulo de las Bermudas de los dos últimos años en ataque estático (o, en tactiqués, bloque bajo) se le sumaba otra cosa posible, alternativa, remediadora, hecha de clase, pausa, y fútbol de espacios muy pequeños. O sea, se vislumbró, aun en formación, una nueva manera contra el bloque bajo. Por supuesto, la importancia de Bernardo Silva es absoluta. Se le tiene que ir mimando desde ya.


Ese otro polo de fútbol nuevo, distinto y complementario era el continente al que llevaban los pases de Kroos.


Había pocas llegadas aun y hubo una pájara, minutos en los que el Madrid esperaba y miraba, no descompuesto pero sí poco capaz del robo.


El temperamento mourinhista ya se nota, la primera conexión la ha logrado Mou con Jude y Valverde, convertidos los dos en los cigüeñales del Madrid. Su fútbol directo, franco, poco reflexivo e inmediatísimo, se realza, se aprovecha, cobra sentido en un todo que va cogiendo coherencia.


El gol llegó de una vertical típica valverdiana, en cuesta abajo, y Mbappé controló con uno de esos toques con los que, a la vez, alarga la jugada, supera al rival y prepara el tiro. Mourinho hace my bien en recordar y explicarle a la gente (pues la gente... ay la gente) que Mbappé es “histórico”. Igual que ha puesto nombre a lo que sufre Vinicius, trata de dar a Mbappé la importancia debida.


El Madrid se vino arriba con el gol, se sumó con un par de acciones Konaté, pletórico, gigante, armariesco, aunque luego cediera un rechace para el empate de la Real, sentido como una vuelta a las andadas de fragilidad de Huijsen, objetivo injusto del realizador televisivo, y de Carreras, sustituido en el descanso por un indiscutible Cucurella que reconecta el lateral con Marcelo.


Bellingham y Valverde habían puesto los robos, la intensidad y los lanzamientos de fútbol, pero faltaban Bernardo y Güler, y bien que aparecieron tras el descanso. Con Cucurella había un triángulo de salida muy serio junto a Huijsen y Bernardo Silva, y en el inicio mismo del juego estuvo el portugués seguro y tranquilo (jugador capaz de jugar andando) mejorada también su brega defensiva.


Güler dio muy pronto un pase de los suyos a Mbappé. Pases tan buenos que casi se le enredan al delantero entre las piernas, que le quieren llegar en el apogeo de la carrera. Esos pases dan relieve, dibujan su velocidad, que de otra forma queda perdida. Son como el boceto, el bosquejo de una forma.


El Madrid cogió la pelota, superó la presión de la Real y corrió. Y se vio que sobre lo del año pasado, conservado, aparecen otras cosas, estructuras nuevas que dan mayor riqueza y complejidad al equipo.


Mbappé marcó el 2-1 en una pared muy bonita con Bellinghan. Los dos en forma y comprometidos, líderes de alguna manera.


Pero fue el 3-1 el clímax de la noche. El Madrid robó, por Konaté, y al hacerlo tan arriba el fútbol se le hace peligro. Bellingham la cogió, buscó chutar, bregó, robó y asistió a Vinicius protegiendo el balón con su largo y fuerte pataje como de caballo.


En la segunda parte se vio claro que será el líder del equipo, uno de sus ejes o su centro. En él nace la delantera y se comprime la media. Se le vio ordenar, con gesto lleno de psicología, la defensa de Vini.


El gol (de Vini, en simple remate) fue emocionante por su lucha, su empeño y se vio en la cara de Mou, que se levantó enérgico y con algo de la vieja pasión (casi violenta). Mou la conserva sin necesidad de dejar a su mujer.


Jude, ovacionado, con sensaciones de su primer año, fue sustituido por Camavinga, que no lo hizo mal (convencido de que triunfa). Güler, que se había redimido con un buen segundo tiempo, dejó el puesto para el rapidísimo Brahim.


Aun saldría Espí, que ha caído de pie y Diomandé, que por la izuierda regateó con una ligereza de danzarín. Extremo africano, de posibilidades sorprendentes. El Madrid marcó el 4-1 tras una maravilla de Vini (el regateador dio paso al goleador que se rinde ante el pasador) con picadita suprema de Mbappé. Esa picadita nos hizo pensar, por caprichos de la mente ya machucha, en Esther Expósito.


Rota ya la Real, que mucho aguantó, los goles sirvieron para sumar estadísticas los de arriba. La cohabitación parece mejorada. Mourinho está haciendo algo que ni creíamos posible: Vini muy abierto, Mbappé participando , detrás Bellingham, o mejor, en todos lados Bellingham y Güler por la derecha o desde la derecha, donde siempre jugó Bernardo Silva, que ahora la saca tranquila, con flema absoluta, vitinhizándose. Ha logrado el primer milagro. No sólo cabían todos, sino que pueden brillar. Y (magia mourinhista) estando todos bien, casi felices, hacen nacer un conjunto. 

sábado, 8 de agosto de 2026

Hughes. La alegría de un Madrid de extremos


Visnú


Hughes

Pura Golosina Deportiva

 

El no fichaje de Rodri ha provocado gran convulsión. He de reconocer que yo, durante un rato, me sentí descompuesto. Esto es de esas cosas, pensé, que te jode una semana de verano. Pero luego me he ido reponiendo. Duró un ratito sólo. De todos modos, es algo de lo que habrá que hablar. El Madrid no se sabe si es tonto o si es sublime.


Pero esto sucedió el mismo día en que fichaba a Diomandé y renovaba a Vinicius. Escribo estas líneas casi a oscuras y no veo bien el teclado. No tengo muy claro si es Diomande o Diomandé (de estas cosas yo me reía antes... y ahora me pasan a mí, como dirían los Smiths).


El no fichaje de Rodri (la cara de Rodri no es de jugador del Madrid, pensé cuando miraba a Trump de una cierta manera) se ha comido un día importante porque el Madrid consigue asegurar dos extremos. Diomandé puede jugar por la izquierda y por la derecha, de hecho, creo que por la derecha ha tenido mejores ‘números’. Con él y Vini, el Madrid tiene extremos puros y abiertos, extremos que se van por fuera, cosa bastante rara y que podemos volver a ver con la africanización del fútbol.


Ahora hay una moda a mi juicio un poco irritante de extremos a pierna cambiada. Empezaron de izquierda a derecha y ahora triunfan los de la diagonal desde el otro lado.


El Madrid va a tener a dos jugadores que pueden abrir el campo y estirarlo como Hulk Hogan su camiseta. Esto no es del todo habitual. Es más, no lo recuerdo mucho en el Madrid.


Diría que la coincidencia de dos extremos así la hubo fugazmente cuando Robinho y Robben, pero eso fueron meses, creo que con la liga de Schuster (una de las Ligas con menos literatura del Madrid). Pero no recuerdo que fueran titulares. Más claro fue en el 94, la Liga de Valdano, cuando se lesionan Míchel y Martín Vázquez y Valdano pone, porque no le queda otra, a Amavisca y Luis Enrique, que eran dos puñales. Ese sería el antecedente moderno.


En la Quinta estaba Michel, interior, y Gordillo, lateral; en los Galácticos, la izquierda era de Zidane y Roberto Carlos, uno entraba para la llegada del otro; Bale y Cristiano tampoco jugaban como extremos disciplinados. Lo más parecido recientemente quizás ha sido el Vinicius-Rodrygo, pero Rodrygo no estaba cómodo ahí, no era lo suyo, y a menudo buscaba otras zonas.


Como extremos puros en cada banda, de irse por fuera, suena el Amavisca-Luis Enrique (que era un comodín absoluto), y la coincidencia breve de Robinho-Robben, aunque Robben, que era buenísimo, se iba por fuera pero sobre todo por dentro. Y ya habría que irse a los años sesenta, cuando jugaban Gento y Amancio, uno por cada banda. Esto sí duró y marcó una década.


O sea, que el Vini-Diomandé es volver a los 60. Florentino era un adolescente. Tendría bastante sentido que acabara haciendo el equipo que le fascinó cuando era un chaval.


El momento Robinho-Robben, que fueron dos frustraciones en el Madrid, en realidad activa algo más actual, la combinación Diarrá-Guti, muy parecida a un Tchouaméni-Bernardo/Güler.


Después de decir todo esto, queda claro que estoy superando lo de Rodri. 

domingo, 12 de julio de 2026

Sobre el Mundial de fútbol




Hughes



El Mundial está siendo un exitoso fracaso. Todo son críticas, pero la gente lo ve y habla de ello, que es tan importante como verlo.


Quizás este sea el primer Mundial que incorpora la complejidad de la globalización. Por ejemplo, en el Mundial de Qatar unos argentinos se hicieron famosos por cantar ante las cámaras el «escuchen, corre la bola… juegan en Francia pero son todos de Angola». Provocó cierto escándalo, pero ya no. Una diputada paraguaya se lo dijo a Mbappé, «africano colonizado que finge ser francés», y algo parecido salió de Chilavert, que matizó que en 1998 su Paraguay se enfrentó a una selección francesa, no africana.

Lo más extraordinario ha sido querer explicar la decadencia de Brasil por el auge del evangelismo. Son esas cosas que se encuentran en Internet. He llegado a leer, ante el comportamiento incívico de unos aficionados argentinos, que era culpa del «sionismo liberal» de Milei. Hombre, si las Barras Bravas, más viejas que el tango, son también culpa del «anglosionismo»…




Lo del evangelismo ignora la tradición de futbolistas brasileños religiosos. Los famosos atletas de Cristo. Por ejemplo, Donato, del Atlético y del Dépor. Los brasileños que se fichaban antes o salían nocturnos o salían formales. Pero en ambos casos eran muy técnicos. Los religiosos no eran unos troncos. Por ejemplo, Bebeto o el mismo Kaká, que era tan bueno, en el sentido de santurrón, que lo dejo la mujer (dicho por ella misma).

Esto del evangelismo permite culpar a la CIA de que ya no haya Pelés, pero la crisis viene de muy atrás. El futbolista brasileño clásico, que era la gran razón para ver el Mundial (El Mundial era ver a Brasil) era el llamado malandro, y su fútbol era el malandragem, como si aquí lleváramos la figura del pícaro al campo de fútbol pasando por la playa. El regate, la finta, el engaño, un fútbol de samba y capoeira y la alegría de vivir eran todo parte de una forma de ser del negro en tanto futbolista.




Esto entró en crisis hace ya tiempo. Tampoco hay nuevos Gilberto Gil, otro Caetano Veloso… En Brasil se debatía mucho sobre táctica. Sobre cuánto conceder para ganar a los europeos. Se europeizaba a los equipos. Surgían centrocampistas totales que sujetaban ellos solos la indisciplina de los demás: Dunga, Mauro Silva… se diría que Brasil ganó cuando ellos estaban. Quizás su última oportunidad fue en Rusia, cuando expulsaron a Casemiro.

Pero ya de hace tiempo se sentía que el malandro estaba en crisis. Neymar y Vinicius han sido los últimos representantes. Poner a Neymar como ejemplo de desnaturalización del brasileño es no entender nada o querer liarlo todo. A Neymar se le entendió mal en Europa, en Brasil se quejaban de que el arbitraje era sesgado desde un punto de vista cultural. Y qué diremos de Vinicius, cuyos problemas en España empezaron al bailar, bailando, que fue traducido bárbaramente como «hacer el mono». La defensa de Vinicius era, lo primero de todo, defensa de lo brasileño puro, o sea, de la sagrada diversidad del mundo. La incomprensión fue completa (uno de esos momentos en que uno, con dinero, emigra).



Hay algo cultural que se ha perdido en el fútbol brasileño. Algo relacionado con los clubes, su mezcla de empobrecimiento relativo y profesionalización. Entre la favela y la ciudad deportiva ha ocurrido algo.

El último futbolista de ese estilo quizás sea Estevao, el joven del Chelsea. Pero ya no destacan igual. Antes, los brasileños eran los únicos en incorporar sangre africana, pero ahora Europa la tiene también.



Las varias nuevas Francias
 

Esto nos lleva a la otra gran cuestión. Descartamos la religiosa-evangélica, pero nos queda la ‘africanización’, o como algunos interpretan: la Sustitución o Gran Reemplazo aplicado al fútbol o mejor, desvelado en el fútbol.

Lo que decía Chilavert: la del 98 era Francia, esta es África (por cierto, himno mundialista de Shakira que universalizo y llenó de jubilosa aceptación el «porque esto es África»).

La del 98 era la Francia «blanc, black, beur», blanca, negra y mora, que levantó no poca polémica. La que vendría después, la actual, es lo que Finkielkraut llamó la «black, black, black», aunque sobre esto habría algo que decir.




La Francia de Zidane campeona del Mundo en el 98 tenía jugadores de origen africano occidental, magrebí y antillanos como Henry o Thuram. La gran Francia anterior, la que le ganó a España una Eurocopa en los años 80, era la de Platini y tenía también un reflejo de inmigración. El mismo Platini tenía ancestros italianos, estaban los españoles Amorós y Luis Fernández, el africano Tigana, junto a franceses inequívocos como Giresse y Rocheteau, que parecían Truffaut y La Rochefoucauld.



Esa selección jugaba con cuatro medios maravillosos, los cuatro mosqueteros, y fue un canto del cisne tanto como de le coq porque Francia tardó en brillar colectivamente. En los 90 hubo grandes jugadores franceses, de un afrancesamiento físico total: Ginolá, Cantoná o Papin, que era un rematador napoleónico… Eran puramente franceses, tenían gestos de franceses, cara de franceses, en esos 90 eran como ver a Depardieu… (esa cara de los franceses como de degustar quesos o acabar de hacer un cunnilingus). Y en cierto modo, fueron un apogeo y un acabose. Luego, lo francés pasó a ser simbolizado por la maravillosa selección de Zidane, que convertía en fútbol exitoso la descolonización francesa.



Esa selección tenía un eje blanco: Barthez, Lizarazu, Petit, Deschamps, Dugarry… y una inmigración variada, hasta con el armenio Djorkaeff… La de Pogba-Kanté-Mbappé tenía a Lloris-Griezmann-Giroud pero la actual ya es más intensamente negra, la del black, black, black, aunque presenta una particularidad en la que reparó Steve Sailer: un tipo nuevo (nuevo en lo deportivo) mezcla de sangre subsahariana y norteafricana; por ejemplo, Mbappé, o el mismo Olisé, como el español Lamine Yamal… Es decir, los mejores jugadores jóvenes del mundo en la actualidad. Faltaría Dembelé, que está casi casi, porque es de padre subsahariano y madre mauritana, pero en la frontera sur. Son mezclas derivadas de la inmigración, aunque se hayan dado toda la vida en el continente africano.

Esto sería el black-beur, y viene a ser, en cierto modo, otra forma tricolor: aportación negra, magrebí y nurture europea. Quizás explica que estos futbolistas sean tan buenos. Juntan la mejor capacidad física, un talento que parece estar solo en la ribera mediterránea y una finura técnica y táctica europea.



Estos jugadores serían un producto complejo ya de la inmigración. Una ‘creación’ de la mezcla en segunda potencia.

Y es la ventaja futbolística de Francia, que no tienen Inglaterra ni Alemania.

Inglaterra caribeña
 

Inglaterra recibió futbolísticamente en los 80 (ídolos como John Barnes) a los primeros descendientes de la inmigración caribeña justo después de la Segunda Guerra Mundial. Y en la actualidad esto ha aumentado, pero la gran inmigración recibida por el derrumbamiento del Imperio británico fue la de India y Pakistán, países poco futbolísticos (hasta el punto de que en la India hay una gran colonia de forofos enloquecidos de la selección argentina, a la que prestan su capacidad para la divinización). O sea, Inglaterra ha tenido una inmigración menos aprovechable futbolísticamente, con aportaciones solo de origen caribeño. desde Cunningham hasta Bellingham, madridistas los dos, pasando por los Barnes, Wright, Cole o Paul Ince, que fue el primer capitán negro de la selección inglesa.




Inglaterra no ha hecho gran cosa desde el Mundial del 66, siempre puesto en entredicho (la corrupción de la FIFA es algo que algunos han descubierto ahora con la tarjeta que pidió revisar Trump). Los ‘nuevos ingleses’ ponen más difícil que vuelvan a aparecer los futbolistas alcohólicos autóctonos como Best, Gascoigne, Merson, etc (quedaba Grealish)… pero están mejorando la competitividad de los Three Lions.

Alemania y el desnortamiento
 

En el caso de Alemania, la crisis es de otro tipo. Durante años hubo jugadores turcos, hijos de los «trabajadores invitados» de Turquía: Scholl, Ozil, Gundogan… En la actualidad, la gran diversidad racial de la selección alemana (la mannschaft) expresa la apertura del derecho de ciudadanía para inmigrantes a principios del siglo XXI. Alemania es ya muy diversa, aunque tiene reductos de germanismo clásico como la portería. Un aficionado al fútbol ha visto en su vida muy pocos porteros en la selección teutona, que diría un deportivo: Schumacher, Oliver Kahn y Neuer, con el intermedio fugaz de un Bodo Illgner en el Mundial del 90.





El cambio demográfico alemán estuvo anticipado o redoblado por el cambio cultural que supuso el fichaje de Guardiola por el Bayern de Munich en 2013. Con aplicación alemana asumieron la idea del toque y aun intentan reencontrar su verdadero Ser futbolístico, pero la hipótesis es que lo están intentando hacer cuando el habitante ya ha cambiado. O sea, perdieron la ‘alemanidad’ futbolistica tocando y tocando la pelota y quisieron recuperarla, pero con un jugador que ya no es ‘el clásico alemán’. Musiala es maravilloso, pero no es Matthaus, ni Moller, ni Effenberg. Ni Sammer.
 

España y el estilo global
 

Más que la religión, más que la inmigración. Quizás el gran responsable del cambio cultural en las selecciones, de que los equipos perdieran su sello, fue la extensión global del toque, del tiquitaca, de lo que se supone es el estilo español. Ahí está el naufragio de Italia, que fue abandonando su catenaccio, cuando llegó a tenerlo asumido como estilo nacional, pragmático y un poco maquiavelista. En Brasil no salen Ronaldinhos, en Italia empiezan a no salir Chiellinis.




Uno de los popes del estilo, Juanma Lillo, la persona que se ha sentado muchos años junto a Pep, o sea, su segundo socrático, reconoció en una entrevista que esto había acabado con las singularidades del fútbol «suprimiendo muchas naturalezas», creo que decía eso exactamente. Es tal cual. El toque aplanó los estilos de cada país, lo homogeneizó todo hasta aburrirlo. Fue un pequeño exterminio cultural.




Esto es el principal agente globalizador del fútbol y es una ironía que España haya encontrado su estilo cuando se convertía en hegemónico. De hecho, fue la que contribuyó en mayor medida.



Pero no era el estilo de España. El de España era La Furia, aunque fuera una furia interpretada por furiosos de 1’60, y fue Clemente, el nunca comprendido Clemente, el que la llevó más lejos que nadie reforzándola físicamente. Su selección, llena de centrales, Alkorta, Camarasa… con Nadal, con Hierro, con Caminero, con un poderío físico que pocos equipos tenían, estiraba el tipo de futbolista español, lo llevaba a unos ciertos límites estéticos, lo sacaba de su estilo pretendido, rechazando por ejemplo a La Quinta, que era lo precruyffista, y era su forma dura, vasca y objetora de reinterpretar la Furia Españaola, inmortalizada para siempre en las lágrimas y la sangre de Luis Enrique en Estados Unidos.




Clemente entendió que estábamos en un callejón sin salida, intuyó que había que hacer algo.

Entre el 94 y el 98

Esa selección jugó en dos mundiales importantes. El de USA 94, que todos consideramos el último Mundial ‘antiguo’, de un mundo anterior y el del 98, donde ya todo había empezado a cambiar.

El del 94 lo ganó Brasil, con Bebeto y Romario, el del 98 la Francia multicultural de Zidane y el «blanc, black, beur».

Por volver a la crisis del fútbol brasileño: el anuncio de Nike con la selección de Brasil jugando en el Aeropuerto es, precisamente, del 98.



En esos años en que está tomando forma, digamos, la globalización del fútbol (ley Bosman, año 1995), España está en el experimento de Clemente, que es la radicalización de lo furioso, intentar algo con lo tradicional…

Ya sabemos lo que pasa después: Luis Aragonés se rebela contra el sistema amical mediático madrileño (Raúl y cía) y comete la genialidad total de nuestro fútbol: identificar el biotipo español con el juego de toque que estaba haciendo el Barça y que él iba a mediterraneizar un poco más, diría que mesetizándolo, haciéndolo un poco fútbol de campo, de era (ahí estaba lo manchego, en Iniesta…).



Pero no nos volvamos locos: eso venía de Holanda, del protestantismo, porque, está escrito, el fútbol total de Cruyff y Michels no era una manera precisamente meridional de pensar el fútbol, el conjunto y los espacios…

Por esa regla de tres, y volviendo a los inicios con Brasil: ¿diríamos entonces que nos desespañolizó el protestantismo a través del separatismo alejándonos de nuestro juego católico?  ¿Culparemos a la CIA, al «anglo» o incluso al sionismo internacional de nuestro estilo hoy campeón con el que España ha conseguido no perder sino encontrar El Ser futbolístico en plena globalización, cuando otros lo pierden y Brasil ya no es Brasil?

Habría mucho que hablar, pero nos hemos ganado, querido lector (usted mucho más), una pausa de hidratación.

 

 

[La Gaceta de la Iberosfera]