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lunes, 9 de octubre de 2023

En la Feria de Victorino, Borja Jiménez puso una caseta



JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ


¡Vaya Feria de Otoño que se nos ha quedado! Tras la charlotada de Julián arrastrándose a por su Puerta Grande de metacrilato, de la que nadie echa cuentas, ahí tenemos los dos mansos de anteayer, los de Ureña y Castella, y hoy otra gran tarde de toros de la mano de Victorino (siempre Victorino) y de Borja Jiménez, que se ha metido a Madrid en el bolsillo, demostrando lo fácil que es poner a todos de acuerdo sin tejemanejes, argucias y triquiñuelas.

Victorino nos puso las cosas en su sitio en la última Corrida de la Prensa, junio de este año, otra vez más trayendo a Madrid seis toros de lidia que no regalaban nada y que dictaron sus temas de manera explícita apelando a la seriedad, las dificultades y el trapío. Ya es bien sabido que el hijo del paleto, señor con estudios y buena educación, tiene alrededor a algún tropel de aficionados que le miran con lupa y le escrutan con ojo de entomólogo, con la finalidad de acabar diciendo que éste no es como el padre y que la ganadería se va, poco a poco, al perdedero. Evidentemente Victorino Martín, criado a los pechos del mejor ganadero de bravo que hemos conocido en nuestra vida de afición, mantiene la ganadería en la mano y cuando reseña para Madrid, su Plaza fetiche en la que se ha creado y cimentado su leyenda, no da puntada sin hilo. Baste el corridón de junio al que nos referíamos más arriba para que se vea claramente que él calla bocas cuando quiere, porque puede. 

Viene esto a cuento de que algunos de sus toros, una corrida in crescendo, recibieron ciertos silbos y muestras de desaprobación, especialmente el primero, que tampoco era un Hércules en su fortaleza, pero que a la primera de cambio que vio descubierto a Román le soltó una cornada de aúpa, que ahí estaba el hombre con la pierna derecha chorreando sangre mientras el toro le lanzaba otro gañafón de idéntica factura e intención que el primero, sólo que éste no prendió. El Victorino no le perdonó, y eso es lo que tienen los toros cuando son toros.

La corrida estuvo protagonizada, por la parte taurina, por Gardacho, Paquecreas, Gallareto, Patero, Plazuelo y Venadito, con los números 57, 46, 75, 47, 22 y 48, y por la parte torera por Borja Jiménez, con 31 años de ansia de triunfo. Y antes de seguir digamos que para muchos, en los que me incluyo, la parte más cansina de esta corrida era la que representaba Borja Jiménez, con lo cual se demuestra una vez más que, en los toros, los prejuicios los puedes dejar en un cajón de tu casa antes de bajar a la Plaza, porque las cosas que ocurren durante la corrida pueden dar la vuelta como un guante a la opinión más cimentada o a la más estúpida (en este caso la mía).


Desde la salida de su primero se pudieron apreciar bien claramente las ganas con las que venía a Las Ventas el de Espartinas, que comenzó bregando a Paqueveas hacia los medios con gran seguridad y maestría, rematando con una airosa media verónica que le granjeó sinceros aplausos. No nos extasiaremos en el tercio de varas, que no fue de los de contar a los nietos, y vámonos directamente a la faena de muleta que el torero comienza con la derecha, basto, espatarrado y muy convencido aguantando las incertidumbres del Victorino, que entraba con energía a los cites y que enviaba presagios funestos, ante los que Jiménez no se arredró, bien al contrario buscó de manera ostensible la rectitud frente al toro y, con un uso de la franela basado en el oficio, fue haciéndose con el toro, que sólo hallaba muleta, muleta y muleta ante él. A lo largo de todos estos muletazos a más con la derecha se iba viendo cómo Jiménez iba creciendo y cuando se pasa la muleta a la izquierda pone a la Plaza en pie con naturales magníficos propuestos desde la más ortodoxa rectitud, cruzando al pitón contrario y resolviendolos con trazo largo y gran torería, enroscándose al toro alrededor, templando de manera excelente la embestida de Paquecreas y sometiendo su embestida con arte y oficio. El toro se le entrega y tras unos adornos para levantar el ambiente después de ir a por el estoque cobra una media estocada tendida que sirve para que la Plaza pida la oreja, que don Víctor Oliver concede. Al hilo de esto hoy llamó mucho la atención lo que rompe el ritmo de una faena tan intensa y tan compacta eso de tener que abandonar en medio de la pista a la pareja de baile para ir al ambigú (esto es de don Antonio Díaz Cañabate, no mío) y volver al rato a rematar la cosa. Hoy se echó de menos que el diestro portase el acero de verdad y hubiera rematado su faena en el sitio que la había armado, sin solución de continuidad. En cualquier caso el acuerdo sobre la actuación del torero fue unánime, para demostrar que Madrid se entrega al que viene de frente.

Su segundo es Patero, que habría sido el segundo de Román, quien no sale de la enfermería con el fuerte tabaco que lleva. De nuevo ahí se planta Borja Jiménez con su capote a pararle y a salirse con él a los medios bregando al toro por bajo con enorme mando y buen uso del percal. El toro, de esos negros ibarreños que a veces suelta la casa, era de los que meten miedo por su mirada hueca, su armadura y su presencia, y luego el comportamiento reservón, rebrincado y pegajoso, sin dar una sola facilidad, pero Jiménez entiende al toro y le aleja de sí con poderosa muleta, para que no se le eche encima (como le había pasado a Valadez con su primero) y así abrir espacio en el que poder plantear el cite. El toro no regala ni media embestida y todo tiene que hacerlo el de Espartinas, que basa el inicio de su faena en la izquierda, tirando del toro, dibujando el trazo curvilíneo hecho por el torero a base de mando. De nuevo emoción a raudales por la colocación y la verdad que pone Borja Jiménez, para cuajarlo después con la derecha en toreo a más y rematar con cuatro naturales, dos de ellos extraordinarios, mirando al tendido que le ovacionaba puesto en pie. Un aviso, una nueva media estocada tendida, idéntica a la que cobró con su primero, y un certero descabello le valen la petición de la oreja que don Víctor Oliver acepta con la exhibición del trapo ése, más o menos blanco, que tienen en la Presidencia.

Ya tiene Jiménez abierta la Puerta Grande de Madrid y, pese a eso, decide irse a porta gayola a recibir a Plazuelo, que siendo el quinto se lidia en sexto lugar al haberse corrido turno. Ahí frente a chiqueros se marcó una media verónica digna de Ruano Llopis y una revolera inspirada y leve. El toro es el que más netamente cumplió en varas, siendo picado por Juan Francisco Peña con buenas mañas. Luego comienza Jiménez su faena con ayudados y con la pierna flexionada, en los que se hace con el toro y de nuevo se encuentra, en plenitud, con la magia de que todo lo que intenta le sale. El toro es el mejor para la muleta, lo cual no quiere decir que fuera la perra amaestrada nuestra de cada día, y Jiménez vuelve de nuevo a colocar sus ganas en otro trasteo emocionante en el que vuelve a reiterar su lección de colocación, comenzando con la derecha y elevando el diapasón en las tandas con la zurda, con tres naturales excelsos, de nuevo de óptima colocación, muy jaleados. Luego, vuelta a la derecha, con la Plaza entregada a él y como final unos mandones ayudados por bajo antes de cobrar su tercera media estocada tendida.

Con sus tres campanadas de hoy, Borja Jiménez ha dado un golpe de mano en el toreo en este final de temporada para contradecir a aquellos que siempre se meten con los «ogros» de Madrid a los que se amansa como corderos cuando se presenta ante ellos la verdad descarnada y la sinceridad del toreo, sin trampas y ejecutado ante toros de respeto. Con tres buenas estocadas estaríamos hablando de una tarde “histórica” como les gusta decir a las gentes por ahí. Lo indudable es que César Jiménez ha irrumpido como un vendaval en esta gerontocracia taurina llena de viejunos que se resisten a retirarse, aunque ya nada tengan que ofrecer más que su decadencia, y que lo ha hecho basándose en lo que son los cimientos del toreo inmortal: la verdad en el cite, el toreo de arriba hacia abajo y de delante hacia atrás, el mando, la torería, el oficio al servicio del buen toreo… El jueves, si Dios quiere, le veremos en Zaragoza.

Leo Valadez se dio cuenta esta tarde de que no es lo mismo los Fuente Ymbro de mayo que estos Victorinos de octubre. Estuvo como pudo y baste esto. Román intentó acabar su faena con la cornada en la pierna, valerosamente, y cobró su estocada antes de que le sacasen en brazos camino de la enfermería.



Borja Jiménez




ANDREW MOORE









Lo de Román




FIN 

domingo, 8 de octubre de 2023

Feria de Otoño. Manuscrito hallado en los chiqueros de Las Ventas. Márquez & Moore

 

Ganadería El Pilar, S.L.
D. Moisés Fraile Martín
Puerto de la Calderilla. 37600 TAMAMES (Salamanca)

Estimado señor Fraile: le adjunto, por si fuera de su interés, un documento que se ha hallado en los corrales de la Plaza de Toros Monumental de Las Ventas tras la corrida del día 7 de octubre y que parece ser dirigido a usted.

 


 

“MANUSCRITO HALLADO EN LOS CHIQUEROS DE LAS VENTAS


Querido amo Moisés: soy Dudarado, el negro listón bragado corrido marcado con el número 137 que una vez amagó de embestir en un cercado asustando a los vaqueros. No sé si habrá usted tenido tiempo de conversar con nuestro amado mayoral sobre las cosas que nos están pasando en la Plaza de toros de Madrid, a la que nos mandó el otro día. Ahora mismo estoy aterrado por si esos silbidos que llegan desde la Plaza al toril donde me tienen metido desde esta mañana y le pongo estas letras para explicarle lo que va sucediendo y que usted tenga noticia de primera mano hasta donde esto llegue, en el caso de que me toque salir a la Plaza.


El viaje lo hicimos bien los siete desde Salamanca y para nosotros, que nunca habíamos salido del Puerto de la Calderilla, fue muy bonito ir mirando los paisajes nuevos que veíamos por ciertos resquicios que había en los cajones en los que se nos transportaba, especialmente al pasar cerca de Ávila y ver la muralla de piedra de la que habíamos oído hablar una vez a unos hombres con gorra, estando en un cercado. Llegamos a Madrid a buena hora y por fin pudimos salir de los estrechos cajones para entrar en unos corrales con unas redes en la parte de arriba, donde nos recibieron unos cabestros parecidos a los de nuestra ganadería sólo que mejor alimentados, que atendían a lo que les iba diciendo un tal señor Florito. Luego pasaron por allí unos doctores a echarnos un ojo, para cuidarse de nuestra salud, que nos miraban y nos miraban y se hacían cruces de palabras y de miradas, porque no acababan de estar muy conformes con nuestro aspecto. En seguida la tomaron con nuestro hermanillo Bastardero, el negrito listón del que siempre hacíamos la broma de que le había tocado el número 13 cuando nos herraron aquella fría mañana de marzo de hace ya cinco años, que hay que ver cómo pasa el tiempo. Decían que era muy esmirriado y que a ver cómo le iban a meter para que las gentes no le protestasen y que algo se les ocurriría.


Pues bien, amo Moisés, la cosa es que nos dejaron tranquilos en aquel corral y se fueron echando sus cuentas, pero ahí ya les escuché yo decir que a mí me tocaría hacer de sobrero. Luego, no sé cuánto tiempo pasó, nos estuvieron bazuqueando otra vez y había gentes tras de unos burladeros y ahí unos que nos ponían verdes, otros que nos defendían, otros que sólo miraban, una confusión y luego esos se fueron y volvió el tal Florito con sus bueyes, que hay uno bien simpático, para ir separándonos mediante unas puertas que se abrían y se cerraban y acabar metiéndonos en esta oscura mazmorra, que la tiene bien limpia el señor Florito, por cierto.


Ahí nos hemos tirado ni sé el tiempo, con este delicado olor a Zotal, hasta que se ha comenzado a oír bullicio y hemos sentido que se abría la puerta en la que estaba Potrillo, el colorado del número 91. Este toro le tenía que haber tocado a un tal Daniel Luque, pero por no sé qué le tocó a un paisano nuestro que se llama Damián Castaño.

Hasta el sitio donde yo estaba llegaron ciertos gritos de desaprobación del pobre de Potrillo, que con lo tímido que era se estaría muriendo de vergüenza de las cosas que le decían. Llegaban gritos a oleadas y creo que un tal señor Sandoval agujereó la espalda de Potrillo dejándole hecho un cisco. Luego no sé qué le harían pero no se sentía nada. Estábamos en ascuas y de nada nos enteramos hasta que sonó el ruido de unas trompetas y unos tambores y se oyó la voz de Bastardero que se despedía de nosotros. Rápidamente se escucharon las protestas y el griterío poniendo verde a Bastardero desde que pisó el ruedo, que el pobre las estaría pasando fatal y encima de lo que le gritaban pretendían que se pusiera bravo con el caballo, que es no conocer la timidez de Bastardero pensar que iba a andar peleando y luchando, que en la finca ya sabe usted que por no discutir se apartaba del comedero. Ahí andaba un señor muy compuestito y con pinta de tener buena educación llamado Juan Ortega que estuvo a ver si Bastardero le embestía, pero a esas alturas él sólo quería que le dejasen en paz y andaba por la Plaza tan tranquilo como cuando paseaba junto a las adelfas para buscar la fuente.


Tras un nuevo sonido de esas horribles trompetas sentimos que se abre el cerrojo de Liebrez, el del 169, que sale corriendo con lágrimas en los ojos porque ya se imagina que lo que hay donde la luz no le va a gustar. Y menos aún le gusta que las personas se pongan a rechiflarse de él y a reírse de sus trazas según aparece en el ruedo. Ya sabe usted, amo, que éste era el más soso de la ganadería y que cuando estábamos por las noches reburdeando en el cercado a este no había quien le sacase un chiste y ni siquiera algo ingenioso y que la mayoría de nosotros nos apartábamos de su lado por su condición tan poco divertida y tan ceniza. Creo, por lo que me llegaba, que un tal Pablo Aguado anduvo en las proximidades de Liebrez y que no le sacó ni una gracieta. aunque luego se oyeron muchos silbidos junto al sonido de unos cascabeles.

 
Cuando abrieron la puerta para que saliera Guantero, el negrito listón del número 75, se despidió de nosotros diciendo: “¿Por qué nos odian tanto?, y es verdad que a ninguno de los que iban saliendo nadie les hacía aprecio de ningún tipo y más bien nos llegaban voces donde la masa enfurecida pedía que nos mandasen al matadero a todos y también a nuestros padres y madres directamente desde Tamames, a cualquier matadero, al de Santa Marta de Tormes o mismamente al de cerdos de Béjar. Acaso rabioso por tanta iniquidad, Guantero se metió un guantazo con el caballo y se quedó tirado a lo largo en el suelo como un lechón y cuando se levantó creo que no sabía ni donde estaba. Estuvo echando el rato con ese Damián Castaño y las gentes se enfadaron porque se cayó, como si ellos no tropezasen nunca, y otra vez la misma cosa y todo el mundo diciendo no sé qué de “casta”, que no tengo ni idea de lo que será eso, pero que no me suena nada bien. 


Medicillo, ¿se acuerda usted cuando el destete?, el colorado del 163, salió tan ufano a recibir otra ración de poca comprensión y de hostilidad. Y otra vez la gente con lo de esa maldita “casta” y con lo de la “bravura”, sean lo que sean esas dos palabras que a mí no me dicen nada. Y allí se oían unas cosas tremendas poniendo a Medicilo de vuelta y media de que si era enano, de que si era un medio toro o una birria, y no vea usted, amo, lo que se oía por allí. Y luego empezaron a gritar “¡miau!” cada vez que el querido hermano se arrancaba con tan pocas fuerzas y a mí se e partía el alma encerrado, pero por otra parte tan feliz de que mi puerta no se abriera.


Y después, tras la fanfarria espantosa, se despidió de nosotros el 83, Resistón, con lo apuesto que era y lo bien que le hacía el ojo de perdiz, y le recibieron lo mismo, y unos gritaban que estaban hartos, otros insistían en que usted llevase a toda la ganadería al matadero y dedicase la finca al ganado lanar, otros abogaban porque nuestro hierro amado, esa bella conjunción gráfica de Moisés y Pilar, se extinguiese a la mayor brevedad y otros porque no volviéramos nunca a Madrid, ciudad áspera y hostil que desde hoy detesto. De pronto se oyó como un bisbiseo y muchos gritaron “¡Pum, petardo!”, aunque creo que eso iba más bien dirigido a Juan Ortega*, que es el que andaba con Resistón.


Yo, a Dios gracias, he salvado la vida y soy el único de los siete que vinimos de Tamames que no ha sido objeto de burla y de mofa, que es muy triste ver morir a tus hermanos sin que nadie les eche cuentas, como si fueran charoleses, que igual el lío del charolés era una buena solución que usted debía ir pensando.


Reciba mi más cordial saludo, amo Moisés, y mi agradecimiento por la manutención de estos cinco años que, si quiere que le diga la verdad, podía haber sido algo más generosa.

 


Firmado: Dudarado

Por la transcripción, José Ramón Márquez.

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*El torero Juan Ortega es ingeniero agrónomo y, según el Godard de Gijón, "habla como un actor de Hollywood"

sábado, 7 de octubre de 2023

Feria de Otoño. Los dos mansazos que nos arreglaron la tarde. Márquez & Moore


 Ureña, a sangre y fuego

 

JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ

 

Aquí, hoy, como han pasado cosas, conviene ir a lo negro, que en este caso sería la lidia y muerte del cuarto y del quinto de la tarde, los dos que portaban el hierro de Toros de Cortés, pero antes hay que hacer dos apuntes, a ver si salen breves.


En primer lugar que en los toros nada está escrito y por más que te anuncien una corrida como la de hoy con ganado de Victoriano del Río y Toros de Cortes, como si dicen setroC ed soroT y oíR led onairotciV, juampedreo comercial de primera, pasto de figuras, toros criados para la muleta, etc., nadie es capaz de imaginar que van a saltar al ruedo los dos mansazos de Premio Nobel, a los que tan sólo les faltó saltar al callejón para explicar el catálogo entero de la mansedumbre, y que esos dos toros se iban a convertir en los protagonistas que cambiaron el signo de una tarde anodina, como tantas, en una efervescencia de emoción en la que nadie fue capaz de apartar los ojos del redondel.


En segundo lugar, que tiene que darse la coincidencia de que al toro le corresponda el torero que quiera y pueda medirse con él, que a ti te han contratado para tomarte un chocolate con churros y de pronto ni chocolate ni churros, sino que lo que te toca es zamparte la botella entera de whisky peleón. Y que esto pase con uno, vale, pero es que han sido dos los que han agarrado la botella por el cuello y se la han ventilado, cada cual en sus estilo, apurándola hasta las heces.


Hoy, en Las Ventas se ha dado esa conjunción y hemos tenido una extraordinaria tarde de toros, de esas que sirven para que alguien que jamás haya entrado a una Plaza se interese por lo que sus atónitos ojos están viendo, porque en mi opinión hace más por la Fiesta la exhibición de valor, ganas, oficio y conocimiento frente a la incertidumbre del comportamiento de un animal, el dramatismo de no saber si el pase siguiente se logrará producir, la insoslayable voluntad de un hombre de salir vencedor en la pelea, jugando valerosamente con la ausencia de cualquier certeza sobre si lo que se propone va a llegar a buen puerto, que esos tristísimos muleteos a la caza de la exquisitez y de lo que en el mundillo se conoce como “arte”, la mayoría de las veces decadentismo y postureo. Corrida para ver en la Plaza, que es como se ven los toros y no en esa cajita resabiada y hortera de la TV que tanto bien hace a los malos toreros.


El primero, Lastimado, número 5, castaño listón y bien puesto dio lugar a un pique de quites entre Castella y Paco Ureña que anunciaba la disposición con la que venía el francés, lanzado al mundo de la gloria desde su actuación madrileña en San Isidro, y las ganas de Ureña de defender su innegable cartel en Las Ventas. Castella brindó al público. Cuando iba a comenzar su faena, con la Plaza en absoluto silencio, una certera y potente voz gritó: “¡Eutimio, fuera del Palco!”, opinión que desde aquí suscribimos completamente. El toro se apagó y no merece la pena seguir con él ni con el desarrollo de la corrida hasta la salida del cuarto, Devoto, número 183, negro, que es el toro más manso que hemos tenido la oportunidad de ver en años en Las Ventas. Después de andar un rato el toro sin centrarse en nada ni en nadie, Castella se aproxima al bicho y le tiende su capote aguantando la indecisión del animal y, cuando por fin éste se arranca, refrenándose, le brega con suficiencia saliéndose con él hacia el tercio, aguantando las tarascadas y consiguiendo que el toro no le tropiece la tela del capote ni una sola vez. Algunos insensatos comienzan a corear “¡Fuera, fuera!”, como si la condición mansa del toro fuera motivo como para echarle, ellos sabrán por qué. Luego el tercio de varas es tal como cualquiera pueda imaginárselo, porque el animal no toma una sola en regla. A continuación entra el animal en el negociado de José Chacón, que está enorme en la brega labrando el toro para su matador, pura torería y pura eficacia, y que se lo deja listo a Rafael Vioti para que se luzca con los palos, aguantando lo que nadie sabe y, en el segundo de ellos, recibiendo un trompicón tras clavar del que sale con guapeza y torería. En ese momento la Plaza en pie rompe en aplausos en reconocimiento al mérito de ambos toreros.

 
Con un runrún creciente y con los del “¡fuera!” callados ahí se va Castella a iniciar por bajo la faena. Comienza a trabajar sobre los cimientos de Chacón y a mover al toro con la mano derecha, muy seguro y dominador, con gran oficio, armando la faena de una forma muy ensamblada, muy bien estructurada, convenciendo bastante al respetable y, una vez que tiene la certeza de que el toro está en su poder, más erguido, pega unos derechazos de mucha enjundia que ponen a muchos en pie. A continuación se empeña en ese registro y la faena baja un poco de intensidad  hasta que un pase de trinchera vuelve a enardecer a los tendidos. Insiste con la derecha confiado y mandón y se pasa la franela a la zurda para intentar ese registro sin mucho convencimiento; en este momento la faena vuelve a bajar, pero ahí tiene Castella preparada su traca final con dos cambios de mano impresionantes, el primero de ellos sobre todo, alargando el pase natural con mando, poder y torería y resolviendo esa ecuación de posiciones con el pase de pecho de pitón a rabo. Es en este momento cuando vuelve a poner a la Plaza en ebullición y desde ahí ya considera que es el momento de matar, fallando por tres veces en la suerte suprema. Muy serio y muy bien Castella con los mimbres de su toreo a los que pondríamos sinceramente la pega de la longitud de su trasteo al que le sobran, como mínimo, dos series de derechazos. Faena armada, concebida desde la tauromaquia del francés, completamente la de un torero cuajado y con claridad de ideas. Vuelta al ruedo unánime.


Nadie sabía que en el chiquero estaba aguardando Andaluz, número 182, negro listón salpicado que iba a arrebatar a Devoto inmediatamente el cetro de la mansedumbre suma, pues desde su salida quiso hacer ver a todo el mundo que a él a manso no le ganaba ni su hermano. Anduvo de acá para allá todo el tiempo que le dio la gana sin hacer caso del capote de Ureña ni del de Agustín de Espartinas, que, finalmente y a base de esfuerzo, consiguió darle un medio chicotazo con el percal. Lo de las varas ya fue el acabose, porque el bicho iba de un caballo al otro y al sentir la pica en el espaldar, o donde cayese, salía de naja como uno de esos tironeros de los bolsos, sin atender a nadie, y cuando se acercaba al caballo se acordaba de que allí le habían pinchado y salía a escape haciendo un regate al penco. En esas circunstancias nuestro “Timi” sacó el trapo colorado para que el oprobio de las banderillas negras cayese sobre Andaluz, que desde el inmortal Cazarrata no veíamos ese pañuelo asomar en el Palco. Con muchísimas fatiguitas, que incluyen tirarse al callejón de cabeza anduvieron Curro Vivas y “Azuquita” con los que el toro hizo furioso  hilo hasta la barrera sin atender a capotes. “Timi”, acaso por motivos humanitarios, cambió el tercio con dos banderillas en el espaldar del toro y una en el cerviguillo, y allí que se fue Ureña a ver qué es lo que se podía enjaretar con este Andaluz de tan poco salero. Nadie hubiera censurado a Paco Ureña que se hubiese doblado con el toro y le hubiese pegado un espadazo, visto lo visto, pero no era esa su intención, que él desde el principio le propone la muleta al toro con sus precauciones y este acude, y entonces el lorquino comienza su obra que consiste en poder al toro en los medios, aplicando la fórmula clásica del toreo, que es ponerse en el viaje del toro y de rematar el pase cayendo hacia adelante, sin retroceder. La sensación dramática es que el toro se le puede echar encima en cualquier momento, pero que el torero no está dispuesto a ceder su posición al de los cuernos pase lo que pase. Al principio le va sacando los muletazos, intensísimos, sin fiarse de la posible repetición del toro, retirando la muleta y sin buscar la neta incertidumbre de la ligazón, sin ceder ni un solo centímetro su posición de torero que sabe que esa pugna la va a vencer. Ureña se la juega en cada uno de sus desgarrados muletazos a sangre y fuego, de los que unos salen más limpios y otros más comprometidos, pero aquí se trata de vencer y de crear la sublime belleza de un hombre frente a la fiera, a la que va a dejar sometida en una apoteosis de toreo por abajo, de mando y de muñeca, con la Plaza entregada a su torería y a su verdad. Falla a espadas y recoge las ovaciones unánimes en su vuelta al ruedo. Es extraordinaria la actuación de Ureña, que a mi modo de ser de aficionado me llena más que la de Castella quien ha firmado su mejor actuación en Madrid de su carrera. Ahí quedan dos conceptos para debatir entre los aficionados y para enredarnos en esas sobremesas del invierno, que es muy largo.


El tercero en discordia en esta tarde era Ginés Marín, que no tuvo la suerte de que le tocara su correspondiente mansazo. Tanto su padre Guillermo Marín como Ignacio Rodríguez fueron derribados de sus pencos, siendo esto lo más reseñable en la tarde del de Jerez.


 


La mejor tarde de Castella en Madrid


ANDREW MOORE











LO DE CASTELLA







LO DE UREÑA
 
 

 


FIN

viernes, 6 de octubre de 2023

Novillada de Fuente Ymbro para convalcirntes de la zarzuela de Julián y don Eutimio. Márquez & Moore

 


José Ramón Márquez

 

Tras los vaivenes julianos nos incorporamos a Las Ventas a lo que denominaríamos «la parte seria de la Feria de Otoño» en la que las cosas vuelven a la normalidad y todo el mundo trata de olvidar el gran amañamiento del que fue víctima la Monumental de Las Ventas con la Empresa Plaza 1 y con el malhadado Presidente Eutimio, o «Timi», como le conocen los íntimos, a mayor gloria de Julián el Innecesario, el torero que tras veinticinco años de «figura», sea lo que sea eso, no ha dejado el recuerdo de un lance, de un muletazo, de un adorno, de un volapié… y a la mente solamente viene la cargante insistencia de su carácter «poderoso», publicitada por tierra, mar y aire. Para que se vea claro lo que queremos decir, baste recordar que tal día como hoy se conmemora el X aniversario de la espléndida faena de Manuel Jesús «El Cid» a Berbenero, (sic) número 79, castaño bociblanco de Victoriano del Río, serio y bien armado, la tarde en la que el Toreo -con mayúscula- retornó a la Monumental. Pongamos este espléndido contrapunto del Toreo basado en la verdad, que sería la pura negación del julismo y de los mantras que ha ido poniendo en pie sobre lo que se puede y no se puede hacer, revelada netamente mediante la demostración pública de lo que es la torería, el clasicismo, la naturalidad y el mando, sin paliativos. Recordamos aquella faena de manera vívida, tantos años después, y de Julián de San Blas no nos queda más que la evocación de su «julipié», precisamente en aquella tarde gloriosa en que Cid volvió, una vez más, a fallar a espadas.


Como prueba evidentísima de la vuelta a la normalidad venteña baste con decir que hoy el ganado era de Fuente Ymbro, que es como ese pariente que se viene a pasar unos días a casa y ya aprovecha y se queda dos meses, pues Fuente Ymbro es lo mismo en toro, que un día empezaron a venir para quedarse y ya llevan una pila de años anunciándose tres o cinco tardes por temporada, lo mismo da si toros o novillos. La explicación manida al tema es que «en el campo no hay toros», pero que el señor Gallardo los tiene a porrillo. Cuatro castaños y dos negros mandó don Ricardo desde San José del Valle a los madriles a defender el honor de la divisa verde, con variedad de pesos en la medición del Sistema Métrico Venteño entre los 490 del segundo y los 515 del sexto. En general de interesante comportamiento, con alguna caída extemporánea, sin que esa pueda ser tomada como la principal seña del encierro, bravucones frente a los pencos pese al deleznable tercio de varas que nos ofrecieron los «profesionales» y sacando los pies del tiesto lo justo como para dar emoción a la tarde y algún susto a los novilleros que se pusieron frente a ellos: dos toledanos, que eran Jorge Molina y Guillermo García Pulido, y uno de Zaragoza que era Cristiano Torres.


Jorge Molina nos dio una lección magistral de lo que le han enseñado, ese toreo ajulianado y plúmbeo que produce somnolencia, en el que falla la colocación -lo principal- y se abusa de la ventaja del cite con el pico y demás triquiñuelas manidas. Como es natural cuando el novillo se ponía en movimiento y repetía, hubo gentes que bramaron, acaso pensando que ese dar pases es torear. Tampoco nos vamos a poner duros con el estimable público, porque tenemos la certeza de que una gran mayoría de ellos no habrán visto torear jamás y por ello ese ir y venir les vale perfectamente. Un chico de, pongamos, quince años que hoy tenga veinticinco y que asistiese a la tarde de «El Cid» con Berbenero, a poco que sea un poco espabilado ya pilló una referencia de lo que es torear y a ése ya no le pueden dar gato por liebre, pero ese caso, lamentablemente, nos tememos que no sea lo más común. Tras de mi se sentaban unos chicos extranjeros, de los que uno llevaba tatuada en la pierna derecha la frase «MEMENTO MORI», que aplaudían con furor ese ir y venir del toro que tanto exaspera al aficionado, ignorantes del poco mérito de eso frente al toreo de verdad, el de mandar y cargar la suerte. La tarde de Molina se fue pasando sin que cobrase vuelo alguna de sus dos propuestas, salvo para un vozarrón en el 4 que pegaba unos «oles» que temblaba el Misterio.


García Pulido venía vestido de Antoñete, con aquel terno lila que tanto gustaba al del mechón. No dio el aldabonazo de salida, porque empezó su faena con Tañidero, número 40, con este toreo feista que ahora se estila, pero a medida que se fue centrando con él y tomando confianza la faena fue cobrando vuelo y al final compuso una faena a más en la que sacó a relucir su mano izquierda para componer unos naturales muy estimables, de buena colocación y predisposición. La faena se alargó en demasía y eso hizo que el novillo llegase algo más parado a la parte más interesante de la faena, porque eso de la faena corta y medida no lo deben enseñar en las Escuelas Oficiales de Tauromaquia que proliferan por toda España. Sobre la brevedad de la faena y su «tempo» ahí está Damián Castaño para quien quiera fijarse en él. Muy buen concepto al natural y gusto en los adornos le granjearon los aplausos de la Cátedra, recogiendo una ovación desde el tercio a causa del mal uso del estoque en su primer intento y del aviso que le sonó. Con el sexto, Incapaz, número 146, las cosas no le rodaron tan bien como con el anterior, porque este torete tenía su inteligencia y era menos confiado que su hermano, cosa que se advirtió perfectamente las dos veces que le puso los pitones en la hombrera al torero. Se llevó García Pulido un revolcón y volvió raudo a la cara del novillo sin descomponerse, para acabar con la peste de las bernardinas, esa mendicidad de algún aplauso. Deja cartel y ganas de que le repitan pronto. A ver si los taurinos profesionales no le estropean las cosas buenas que hoy ha mostrado.


Cristiano Torres es el hijo de Ricardo Torres, que es también su apoderado. Fresco, bullidor, muy en novillero y bastante verde, trajo a Madrid sus ganas y su desparpajo, su encimismo y sus deseos de comerse al novillo, que no se comía a nadie. Le dio al novillo la primera arrucina de rodillas que hemos visto en nuestra vida de aficionados y en el transcurso de su faena se llevó una voltereta, pinchó tres veces y luego cobró una buena estocada. Con su segundo, que se movía más que el otro y que tenía menos intenciones, estuvo menos acelerado, aunque acabó con unas indescriptibles manoletinas de rodillas también a la búsqueda del aplauso al precio que fuera. Muy en novillero con ganas. La estocada que le recetó a este Incapaz, número 146, fue muy buena.

 
Presidió sin problemas don José María López Egea.

 

Pulido, de Antoñete

 


Cristiano, de novillero


FIN

lunes, 2 de octubre de 2023

Feria de Otoño. Novillos de Guadaira para Burdiel, de Sevilla; Peñaranda, de Cuenca; y Martín, de Zurich. Vuelta a la normalidad. Campos & Moore




Pepe Campos

Plaza de toros de Las Ventas. Domingo, 1 de octubre de 2023. Segundo festejo de la Feria de Otoño. Tarde ideal. Tres cuartos de entrada. Las andanadas donde se han regalado los abonos anuales para los jóvenes aficionados, vacías.

Novillos de Guadaria, de origen Jandilla (Domecq), bien presentados, mansos, no se emplearon en el caballo, flojos y nobles; primero y, sobre todo, el tercero con algo de picante que desbordó a los toreros; cuarto idóneo para la muleta; segundo y quinto con buen son; sexto descastado y muy flojo. Cuatro de ellos lucieron crotal.

Terna: Álvaro Burdiel, de Sevilla, azul Prusia y oro, con cabos blancos, silencio, ovación y silencio (en el sexto que mató por haberse lesionado Ismael Martín); veinticuatro años. Alejandro Peñaranda, de Iniesta (Cuenca), grana y oro, con cabos blancos, ovación y palmas; veintiún años. Ismael Martín, de Zurich (Suiza), hacía su presentación como novillero en Madrid, de azul Rey y oro, no pudo descabellar al tercer novillo, por lesionarse el hombro, silencio; veinte años.

Nos costó mucho esfuerzo volver a los toros, ayer, cuando se lidiaba en Madrid la primera novillada de la Feria de Otoño de 2023. Las sensaciones vividas el día anterior en la despedida de El Juli de Madrid, para un aficionado de a pie ponderado, fueron deprimentes; y se nos hizo muy difícil volver a la plaza, a nuestro abono, con buen ánimo. El espectáculo montado y sucedido en esa despedida fue paupérrimo y nocivo. Volvamos a recordarlo. No hubo toros y no existió toreo, pero sí se produjo corte de orejas debido a un público obsesionado en pronunciarse de modo burdo y chacotero, invasivo, lo que viene a significar, de nula seriedad. Un público adocenado, por no decir cumplidor de consignas. Una multitud ciega, seguidora de las directrices que plantea el mundo taurino, que parece ser, por lo visto, tiene mucho eco y fuerza. Este aspecto, desde el punto de vista de si la tauromaquia tiene adeptos, sería una muy buena noticia, pero no es así, pues bajo el criterio de que el toreo tiene unas exigencias éticas, técnicas y regladas, se prefigura como un pésimo vaticinio.

 
Nos abocamos a un tiempo futuro incierto para el mundo de los toros. En este momento, no encontramos, dentro del mismo, referentes válidos. No decimos que no exista algún que otro buen torero, sino que ese modelo necesario —o modelos— que sirvan de faro para que un nuevo aficionado pueda fijarse y aprender —en toreros clásicos y poderosos— no lo intuimos. Tampoco vemos por ningún lado a ese molde que, a su vez, pueda ser útil para los novilleros, para que aprecien la verdadera técnica del torear —el canon—. Ni para que la sociedad que nos rodea entienda el verdadero compromiso y esfuerzo que representa la tauromaquia —en torno a un torero cabal— no lo vislumbramos. En este último apartado tenemos que agarrarnos, porque no tenemos más remedio y nos conviene, a lo que representa Morante de la Puebla hoy, si bien compartiendo con él todas sus dudas, que no son otras que esa su resistencia a elegir verdaderos toros para su toreo, y no ese toro dócil y claudicante que desde hace un tiempo eligen todas las figuras y que tiene adulterada y homogenizada a la tauromaquia.

 
Decir figura del toreo es como convocar a la ataraxia y entrar en un estado espiritual beatífico en el que ya no es necesario pensar, sino obedecer y acatar. Es un término que debe llevar un siglo de existencia, habría que datarlo exactamente. En el diccionario de José Carlos de Torres, Léxico español de los toros, leemos la siguiente explicación: «Dícese del torero cumbre, as o mandón en el toreo…(Camisero)». Camisero será seguramente Ángel Carmona, que fue torero y escritor. Por lo que se ve, en la actualidad, los taurinos han entendido la voz acogiéndose, exclusivamente, a la expresión: mandón en el toreo, que señala al torero que llega arriba —en la jerarquía taurina— y que desde ese instante se dedica a defender sus propios intereses, dándole igual cualquier aspecto ético que se relacione con la tauromaquia —lo grave y lo serio de la misma—. Un tipo de torero que manda para configurar carteles; para torear donde le plazca; para crear una atmósfera de boato de sí y a su alrededor, —nada de críticas—; para no medirse nunca a toros de edad, trapío, íntegros y con casta —sólo le vale el toro comercial—.  Para hacerse rico de cualquier modo y manera. Etc. Ante esta apabullante realidad de la existencia de las figuras del toreo, que parece son tan necesarias, el aficionado tiene que claudicar y hablar bien y servicialmente de esa figura, de sus caprichos, de sus estadísticas, de su técnica, de su pétrea verdad taurina, porque es figura y ser figura viene a ser como un Dios taurino que nos da la vida, nos protege y nos aporta razón y lógica para nuestra vida de aficionados. Por lo tanto, no hay nada más que hablar, ni reflexionar o discutir.
Ante esta dictadura psicológica candente del mundo de los toros, los novilleros están dirigidos y espoleados a ser figuras, y quedan engullidos en una trama espesa de intereses y complejidades que para cualquier persona —y para el aspirante a torero— es incomprensible, ni de entender ni de digerir. En fin, una realidad envolvente que devora también al aficionado. Inextricable. Desde esta perspectiva vamos a analizar con brevedad lo sucedido ayer en la novillada de Las Ventas, a la que acudimos como probos aficionados y mosqueados ciudadanos.


Álvaro Burdiel mató tres novillos. En su primero se vio superado, creemos que porque abusó de poner la muleta en uve y así era muy difícil someter, mandar, a un novillo que requería dominio, no se acopló en ningún momento, ensayó ligeramente el natural por las afueras y mató de bajonazo en la suerte contraria. En el cuarto de la tarde, con el capote lució en una media verónica, se enfrentó a un excelente novillo, realizó un buen comienzo de faena —con dos estupendas trincheras— y un final clásico, con buen compás, en el desarrollo de la labor consiguió muletazos de clase, pero sin llegar a redondear nada, le faltó presentar mejor la muleta y mató en la suerte natural de una estocada trasera, caída y desprendida. En el sexto novillo tuvo poco trabajo pues éste llegó muy quedado a la muleta, mató en la suerte contraria, de pinchazo y de media caída baja.


Alejandro Peñaranda, en su primer novillo, le vimos precavido, mal colocado, perfilero, en ocasiones con la pierna retrasada, a medias todo, mató en la suerte natural, de estocada delantera caída y un descabello, escuchó un aviso. En el quinto, intentó por todos los medios hacer faena pero no pudo acoplarse, por la distancia, en la que no se ajustó, por falta de mando en las embestidas del novillo que sacó un poquito de picante, por su postura de perfil que no le ayudó; mató en la suerte natural de estocada caída. Fue una lástima ver a este torero algo desdibujado ayer tarde, pues en su presentación en Madrid, acaecida este verano, nos encantó por su corte clásico, por su seguridad y su por su elegancia.

 
Ismael Martín, en el único novillo que intentó matar —tuvo que descabellarle Álvaro Buriel—, se midió al astado más interesante para el aficionado, por su movilidad y casta, pero más difícil para el torero. No pudo en la pelea, que le ganó el novillo, intentó la estocada en la suerte contraria en cuatro intentos, quedando caída en el último. Al descabellar —en el tercer golpe— se lesionó en el hombro y tuvo que hacerlo Buriel, que se empleó en cinco descabellos en los mismos medios a dónde el ejemplar de Guadaira llevó a los toreros.

 


ANDREW MOORE

 


 



  
Álvaro Burdiel, de Sevilla, azul Prusia y oro,
 con cabos blancos, silencio, ovación y silencio
 

  
Alejandro Peñaranda, de Iniesta (Cuenca),
 grana y oro, con cabos blancos, ovación y palmas;
 veintiún años
 

Ismael Martín, de Zurich (Suiza),hacía su presentación como novillero en Madrid, de azul Rey y oro, no pudo descabellar al tercer novillo, por lesionarse el hombro, silencio; veinte años

FIN

domingo, 1 de octubre de 2023

Feria de Otoño. El Juli convierte la tauromaquia en un chiste. Campos & Moore


Presidió el festejo D. Eutimio Carracedo. No sabemos si se quedó con las ganas de conceder uno o varios rabos


Pepe Campos

Plaza de toros de Las Ventas. Sábado, 30 de septiembre de 2023. Primera corrida de la Feria de Otoño. Tarde excelente. Lleno de no hay billetes. Claros en las andanadas del cinco y del seis, seguramente donde se han repartido abonos anuales gratuitos entre jóvenes aficionados. Despedida de Julián López, El Juli, de Madrid. Presenció el festejo la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.

Toros de Puerto de San Lorenzo y de La Ventana del Puerto. De escasa fiereza, ni acometividad. Flojos, mansos, inválidos. Nobles desrazados. No merece la pena entrar en detalles de toro a toro, por su parva presencia y juego. Todos impresentables, el cuarto flojo y cobardón (abanto).

Presidió el festejo, D. Eutimio Carracedo. No sabemos si se quedó con las ganas de conceder uno o varios rabos.

Terna: Ignacio Uceda Leal, de púrpura y plata, palmas y silencio. Julián López, El Juli, de burdeos y oro, con cabos blancos, ovación y dos orejas eutímicas. Tomás Rufo, de violeta y oro, con cabos blancos, silencio y oreja eutímica.

Todo lo que vimos ayer tarde en la Plaza de toros de Las Ventas fue un puro chiste, una chanza que no tenía ninguna gracia. El público que acudió al festejo de despedida de El Juli de la afición de Madrid, fue tan responsable de la chuscada taurina que vivimos como lo fueron los empresarios de la plaza que permitieron que se lidiaran seis toros bobalicones, impresentables, hasta decir ¡basta! Ayer la plaza de toros de Madrid estuvo irreconocible. Ningún atisbo de afición, de seriedad, ni de exigencia. Nadie dijo nada desde la salida del primer toro de esa ganadería que no hay por dónde entenderla, Puerto de San Lorenzo/Ventana del Puerto, que se ha convertido en una especie de factoría de toros desrazados, nobles babiecas, mansos gilís, de comportamiento borreguil, alguno de aspecto caprino, sin ningún trapío, flojos e inválidos para una lidia mínimamente rigurosa. Todos los toros dio pena verlos, impropios de Las Ventas y de una feria que antaño tenía su aquél, con corridas a final de temporada que reconciliaban a la afición de Madrid con ganaderos y toreros, por lo cabal de sus planteamientos.
Es muy difícil entender y explicar lo que ayer sucedió en el ruedo venteño. Es cierto que muchos aficionados sensatos renunciaron a acudir a lo que se presagiaba como la segunda salida obligatoria por la Puerta Grande de El Juli en Madrid. Es posible que esos aficionados buenos regalaran sus entradas a personas de bien que querían prohijar a El Juli, aunque el torero madrileño —veinticinco años en la cúspide taurina— es un ser algo mayorcito y con un inmenso capital de ganancias acumuladas. Pero había que sacarle por la Puerta Grande como fuera, y así ocurrió. Las paupérrimas lidias realizadas a los toros gaseosos de «El Puerto», el toreo ventajista que se les aplicó por los tres espadas —un destoreo de quilates—, los espadazos bajos con los que se pasaportó a los bóvidos chochos puerteños, sea cual sea su obscuro origen, avalan el dislate, el disparate, la chirigota, de una tauromaquia escenificada en un templo, otrora cátedra del toreo, ayer mismo taburete de una fenecida tauromaquia. Si nos ponemos algo serios y hacemos honor a lo visto en nuestras vidas en la plaza madrileña —más de mil setecientas corridas, a pesar de tantos años fuera de España—, lo de ayer fue tocar fondo, con graves consecuencias para que podamos remontar la afición a los toros por la vía del saneamiento, de la ética, del canon y del clasicismo, de todo aquello que convierte a la tauromaquia en un arte defendible del cual podamos sentirnos orgullosos de poseer y practicar.


Estamos en tiempos donde la controversia entre aficionados toristas y toreristas, creemos, ya no existe, a pesar de esos gramos de festejos donde a lo largo del año sale el toro serio, con cuajo, con incuestionable trapío —recordemos ese toro de Sobral, sardo, de nombre recluido, lidiado el domingo 17 de septiembre, hace unos días, aquí en Las Ventas, al que toreó con suma dignidad Octavio Chacón—; ese toro inexistente al que cuesta poderle, al que el torero debe entender e imponerse con valor, conocimiento y técnica. Pero ese toro ya es una alucinación, un pasaje de nuestro recuerdo que no sabemos si se dio realmente. Hoy todo es torerismo, que viene a significar triunfalismo, diversión, llamarada, cachondeo o farra —por qué no, si al torero se le alza a hombros sin ningún motivo para que suene la carcajada de la multitud—. El aficionado digno sabe que la fiesta de los toros es verdadera y debe seguir siéndolo —que hay vida y que hay muerte— y que todo aquello que lleve o se encamine hacia una simple distracción sin fundamentos donde el toro sea flácido y que la técnica empleada por los toreros —consecuentemente— transformada en un simulacro, a modo y a la manera —un símil—de conceptos taurómacos de aficionados devotos prácticos que sólo quieren mantenerse en forma y que defienden el destoreo…; eso, el aficionado solvente sabe que, todo eso, ese cambalache, devalúa la tauromaquia, que le extirpa la razón de existir, que la deja fuera de la razón histórica. Eso, ese manejo, aconteció ayer en Madrid.


Reflexionemos sobre lo anterior. En este sentido, ahondemos un poco sobre la trayectoria profesional del homenajeado ayer tarde en Las Ventas, El Juli. Según dicen algunos fervientes taurófilos, un torero que pasa a la historia como el gran dominador de todos los toros; es decir, es un torero completo. Bien. Llegados a este punto repasemos la relación de ganaderías duras —con leyenda, vigentes todavía— que ha toreado y matado Julián López, El Juli, en el último cuarto de siglo. Nos llevamos una enorme sorpresa, pues, prácticamente, El Juli, no ha matado ningún toro procedente de encastes a los que al torear, el torero debería llevar —palabras de Domingo Ortega— «por donde el toro no quiere ir», para demostrar el auténtico poder del matador sobre los astados. Así (dentro del paréntesis, el número de toros matados de cada una de las ganaderías por El Juli), encontramos —datos de la web de El Juli— que de Dolores Aguirre (ha matado 0 toros), de Celestino Cuadri (0), de Murteira (0), Hoyo de la Gitana (0), Cebada Gago (0), Prieto de la Cal (0), José Escolar (0), Palha (0), Conde de la Maza (0), Valverde (0), Hernández Pla (0), Saltillo (0), Flor de Jara (0), Peñajara (2), Adolfo Martín (2), Pablo Romero (4), Baltasar Ibán (4), Victorino Martín (17). Son datos. Toros totales matados por El Juli, 3.876. Entonces debemos pensar que El Juli es un «gran dominador de toros comerciales». De toros como los de ayer tarde lidiados en Madrid de El Puerto de San Lorenzo/Ventana del Puerto. ¿Dónde situar ante todo esto una trayectoria como la de Francisco Ruiz Miguel? En fin… Y no entramos hoy en «esas maneras de torear y de matar» de El Juli. Mejor, aquí lo dejamos, y pasamos a un breve análisis de lo ocurrido.


Uceda Leal, ante su primer toro, un bóvido dormido y ausente, flojo e inválido, que se derrumbaba aquí y allá, un borreguito con boca abierta, toreó, en cercanías del tendido siete y del ocho, con maneras elegantes —que valoramos— pero despegado y por las afueras. Todo con muy poca transmisión y sin emoción. Le recetó un bajonazo. Al cuarto, un toro similar al primero pero, además, con muy poco celo y huído, no pudo plantearle ninguna faena. Volvió a dirigir la espada, al matarlo, hacia los bajos del toro.


El Juli, en el segundo, toreó a la verónica con cierta rapidez —toda la tarde estuvo veloz—, puso al toro al caballo por chicuelinas al paso, realizó un quite manteniendo las chicuelinas y se empleó en tres medias —digamos que decentes— no conclusivas. La faena fue un simulacro de tauromaquia, pues toreó a un perrillo, con el pico, por las afueras y despegado. Muy vulgar. Estocada baja. A pesar de esto el «respetable» pidió una oreja para El Juli, que quedó en ovación. Don Eutimio aquí resistió. En el quinto, de limitado trapío —como toda la corrida—, con cuerna buida y vuelta, derrengado, que parecía que se iba a derrumbar pero a duras penas se mantenía sobre manos y patas, lo toreó en los medios con medios pases, entre amago de caídas del toro y vueltas a empezar, mucho pico, despegado, destacando, de entre todo dos pases en círculo por delante de su persona, echando el torero el torso hacia delante y acompañando el paso del toro con un giro corporal en redondo difícil de describir y que encendió las almas de la mayoría de los asistentes, hecho que le condujo —junto a la muleta que mantuvo en el hocico del toro hasta el remate— por la Puerta Grande de Madrid, tras esgrimir «el gran julipié» de su carrera, traserillo y caidillo. Don Eutimio, llegado este momento, se manifestó profuso enseñando pañuelos.


Tomás Rufo, al tercero, un toro flojo, inválido, de lengua fuera, lo recibió con verónicas despegadísimas. Todo fue poquita cosa, el toro claudicante y el toreo de Rufo, más, de pierna retrasada, pico, por fuera y despegado. Lo mató de un bajonazo. Escuchó un aviso. En este toro El Juli realizó con quite a la verónica, lentas por el pitón izquierdo. Lo mejor de su actuación. En el último de la tarde, un toro que parecía una cabra, Rufo lo toreó con medios pases, despegado, tandas de muletazos sin plan. Cerró con manoletinas y una estocada trasera y tendida, muy eficaz.

 

 
"lo toreó en los medios con medios pases, entre amago de caídas del toro y vueltas a empezar, mucho pico, despegado, destacando, de entre todo dos pases en círculo por delante de su persona, echando el torero el torso hacia delante y acompañando el paso del toro con un giro corporal en redondo difícil de describir y que encendió las almas de la mayoría de los asistentes, hecho que le condujo por la Puerta Grande de Madrid, tras esgrimir «el gran julipié» de su carrera, traserillo y caidillo"
 
 

Con tuteo falangista, López brindó lo que hacía de toro a la presidente Ayuso, que ocupó, no el palco de respeto, sino la barrera del jolgorio

FIN