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sábado, 6 de junio de 2020

Un poco antes del Día D



Hughes
Abc

Una vez decidido el desembarco, la que dio problemas de última hora fue Francia. La de Vichy, por supuesto, y la de De Gaulle, que exigía a Roosevelt un reconocimiento. Paciente, Churchill decidió invitarle a Londres como líder militar. «A fin de cuentas, es muy difícil mantener a los franceses al margen de la liberación de Francia», escribió.

Al juntarse, discutieron. De Gaulle tenía, en opinión del historiador Beevor, una «visión absolutamente francocéntrica de todo» y Churchill le respondió algo que ayuda a entender ciertas cosas: «Vamos a liberar Europa, pero eso es porque los americanos están con nosotros. Así que esto debe quedar claro: cada vez que tengamos que decidir entre Europa y el mar abierto, siempre elegiremos el mar abierto. Cada vez que tenga que elegir entre usted y Roosevelt siempre elegiré a Roosevelt».

Churchill también informó a Stalin de que la deuda de sangre con los soviéticos iba a ser saldada. Roosevelt ya había escrito al ministro de Exteriores ruso comunicándole el Día D, a lo que el ministro contestó preguntando que qué significaba la D.

Los paracaidistas, mientras tanto, hacían tiempo viendo películas de Bob Hope. Se afeitaban la cabeza para facilitar el trabajo a los médicos en caso de herida o se dejaban una franja a lo mohicano. Parecerían jugadores de la NBA fuera de su tiempo.

Se daban arengas. El general Jim Gavin fue más bien conciso: «Soldados, lo que vais a vivir los próximos días no lo cambiaríais ni por un millón de dolares, pero tampoco os gustaría repetirlo con mucha frecuencia. Para la mayoría de vosotros será el primer combate. Recordad que estáis allí para matar, o los que moriréis seréis vosotros».

Eisenhower preguntó si había entre ellos alguien de su pueblo, por lo que mandaron llamar a un muchacho de Alabama que enmudeció de la impresión. Le dio el consejo bélico: «El truco consiste en tirar para adelante». Cuentan que cuando la 101ª Aerotransportada partía, Eisenhower contenía las lágrimas.

Un veterano dijo ayer que entre los de Normandía se querían más de lo que se quiere a una mujer. «Ellos salvaron al mundo y nunca los olvidaré».

Por fuerte y «macroní» que sea la europropaganda, las libertades son una cosa americana que Eisenhower puso aquí. Su relación con el original es parecida a la del jazz, el rock o la hamburguesa.

76 Años del Día D


RUMBO A LA VICTORIA

Ernest Hemingway
Collier's, 1944

Canal de la Mancha. Día D (6 de Junio de 1944). En Normandía. Proa a la playa de Fox Green. Con rumbo de 220 grados bajo el fuego enemigo. Los cañonazos del Texas. Un mar gris lleno de crestas blancas. El viento se lleva por la borda la carta de navegación. Pero ¿dónde está la playa? Suerte para todos ustedes. Bajo el fuego alemán. Hay que esperar. Maniobras entre las minas magnéticas. El ataque frontal. La toma de Fox Green y de Easy Red.


Nadie recuerda la fecha en que se libró la batalla de Shiloh. Pero sí el 6 de junio, día en que se tomó la playa de Fox Green, y el viento soplaba fuertemente del noroeste. Bajo la pálida luz del alba navegábamos con dirección a la costa. Las lanchas de acero de treinta y seis pies de largo, conformadas como ataúdes, levantaban verdes olas que caían sobre los cascos de acero de los soldados, unidos por el serio, embarazoso, incómodo y retraído compañerismo de los hombres que van a entrar en combate. En la popa del LCVP [embarcaciones de desembarco, vehículos y personal] había amontonadas cajas de TNT, bazukas y cajas de proyectiles para ellos, envueltas en un material que recordaba el transparente impermeable que usan las muchachas en las universidades.

Todo el equipo disponía de salvavidas tubulares, y los hombres también los llevaban sujetos con correas bajo los sobacos.

El agua verde se volvía blanca a medida que la lancha subía una ola y entraba en ella, mojando a los hombres, armas y cajas de explosivos. Ya quedaban atrás los grises mástiles de los transportes y los brazos de sus grúas, se divisaban las costas de Francia y un enjambre de lanchas navegaba con dirección a ellas.

Cuando la LCVP alcanzaba la cresta de una ola, se divisaban la débil configuración de la línea de cruceros y los dos grandes acorazados paralelos a la costa. Se veían los fogonazos de sus andanadas y el humo pardo que subía y se disipaba impelido por el viento. Desde la popa, el comandante de la embarcación, teniente Robert Anderson, de Roanoke (Virginia), voceó:

-¿Qué rumbo llevamos, timonel?

Fijos los ojos de su afilado y pecoso rostro en la brújula, Frank Currier, vecino de Saugus (Massachusetts), contestó:

-Doscientos veinte grados.

-¡Mantenga el rumbo! -respondió Anderson-. ¡No siga navegando a lo largo y ancho de todo este maldito océano!

-¡Mantengo un rumbo de doscientos veinte grados, señor -respondió el timonel, resignadamente.

-Está bien -dijo Andy.

Estaba nervioso. Su dotación participaba por primera vez en una operación de desembarco bajo el fuego enemigo, pero sabía que este oficial había mandado un LCVP en los desembarcos en el Norte de África, Sicilia y Salerno, y tenía confianza en él. Y, al pasar metiendo ruido junto al enorme casco de un petrolero de las fuerzas de desembarco, prosiguió diciéndole:

-¡No vayamos a chocar con ese LCT [embarcaciones de desembarco, tanques]!

-Gobierno el rumbo que se me ha señalado -respondió el timonel.

-Eso no significa que haya que arremeter contra todo lo que se ponga por delante en el mar -repuso Andy.

Era un muchacho bien parecido, de mejillas algo hundidas, elocuente y un poco áspero, pero no de un modo desagradable. Se dirigió a mí:

-Señor Hemingway, ¿quiere, por favor, ver de qué color es esa bandera que ondea allá arriba? Si puede.

Saqué del bolsillo de la chaqueta mi viejo Zeiss, que llevaba metido en un calcetín de lana, junto con un trozo de papel de seda para limpiarlo, y enfoqué la referida bandera antes de que una ola me lo mojase.

-Es verde.

-Entonces debemos estar en el canal libre de minas -dijo Andy-. Está bien eso. -Y dirigiéndose al timonel-: ¿Qué pasa? ¡A rumbo!

Intenté sacar los prismáticos, pero fue inútil, debido a las salpicaduras que caían constantemente sobre nosotros. Los envolví y guardé en el bolsillo con el propósito de secarlos más tarde, y me puse a contemplar el acorazado Texas, que batía a cañonazos la costa. Estaba situado a estribor de nuestra lancha y disparaba por encima de nosotros, mientras navegábamos en dirección a la costa francesa, que iba distinguiéndose cada vez más, e íbamos con rumbo de doscientos veinte grados o no, según se creyese al teniente Andy o al timonel Currier.

Risas y lágrimas del Día D

LAS LÁGRIMAS
El general Eisenhower llora en un discurso al recordar los muertos
 bajo su mando el día D en 1944  @BeschlossDC
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Y LAS RISAS
LA ÉPICA PROGRE

-Como el toque de queda duraba hasta las siete de la mañana, las fiestas se prolongaban hasta esta hora. “Comenzamos a organizarlas sólo para pasarlo bien, no tenían nada que ver con reuniones editoriales ilegales ni con nada semejante”, confesó posteriormente Sartre. La noche del Día D, la del desembarco en Normandía, la fiesta se celebraba en casa de Charles Dullin, director del Théâtre de la Cité. Entre los asistentes se encontraban Sartre y BeauvoirCamus y María Casares (que animaban las fiestas con sus pasodobles), Michel y Luise Leiris y Raymond Queneau.

En El Café de Ocata