martes, 2 de junio de 2026

«El alma hecha gesto»: personalismo, «yoísmo»… y Toros (1)


Plaza de Toros, Puerta de Alcalá


Jean Juan Palette-Cazajus



(Sirva de contribución anual a la Feria de San Isidro, este extracto del capítulo XIX de mi ensayo titulado «Españoles y Franceses, la Historia, la Nación, el “Carácter”». Se ofrecerá en dos entregas por no abusar de la paciencia del hipotético lector). 


…De modo que «personalismo» se mostraría tal vez palabra más adecuada que la de «individualismo» para calificar aquellos comportamientos particularmente autoafirmativos engendrados a partir de las distintas modalidades de la vivencia española. «Su patriotismo es de parroquia, y la propia persona es el centro de gravedad de todo español», escribía en 1846 un compatriota de Alexander Jardine, nuestro conocido, y buen conocedor, Richard Ford. Sin que tampoco resulte la palabra plenamente satisfactoria. En realidad deberían bastar las simples lecciones de la experiencia cotidiana para que acertemos a nombrar más correctamente la singularidad de cierto tipo de actitudes, captadas lo mismo por propios que por extraños. Nos impondrá entonces su evidencia una denominación más básica y hormonal, la de un «yoísmo» declinado en sus versiones más exaltadas y rudimentarias. «Yoísmo» que engendra, paradójica pero comprensiblemente, una propensión al igualitarismo comparativo y epidérmico simbolizado por la sagrada sentencia: «Nadie es más que nadie».


Ha ocurrido que por acudir Alfonso XII a una corrida después de la hora, recibió una soberana silba. Monarquía en que se silba al rey por hacer esperar el principio de una corrida [...] ¡cosa vista, apaga y vámonos!


Tan ofuscado estaba Unamuno por su muy recurrente obsesión antitaurina que, en aquella ocasión, le dio asueto a su habitual lucidez y no quiso ver el trasfondo igualitario que yacía detrás de la anécdota, relatada en el salmantino diario La Libertad, el 17 de octubre de 1891. Salvador de Madariaga también echó su cuarto a espadas en esta cuestión. En su opinión, «El “sentido” de igualdad que empapa la vida española, difiere de la “idea” de igualdad sobre la que descansa el orden francés». Se le había anticipado Rosseuw de Saint Hilaire, un joven universitario galo que también había «peregrinado» a Andalucía, en 1837, antes de dedicar buena parte de su existencia a la historia de España. Había acudido a una corrida de toros en el Puerto de Santa María, donde la contemplación del variopinto público que lo rodeaba le inspiró un sentido comentario sobre «este instinto de igualdad que es el fondo del carácter español y asoma aquí por todos los poros». Unos cinco años más tarde, otra viajera, esta vez británica, Mrs Romer, coincidiría plenamente con el anterior. También lo hizo desde una plaza de toros, en esta ocasión la de Málaga. El espectáculo de un grupo «de genuinos majos andaluces» le sugirió «una ausencia de servilismo hacia sus superiores, […] que, de hecho, se funda en una dignidad innata […] esa fría independencia que tanto se asemeja a un sentimiento de igualdad». Tampoco se quedaría corto Gerald Brenan en una obra que fascinó nuestra juventud, El Laberinto Español (1943): «No hay raza en Europa tan profundamente igualitaria y con menos respeto hacia el éxito y hacia la propiedad». Instinto o sentido de la igualdad, inherente a la persona orgánica, pero que, por prescindir de la «idea de igualdad» y de todo horizonte de posible objetivación social, corrió a menudo el peligro de pervertirse y de considerar como desmerecimiento propio toda manifestación del mérito ajeno. Del papel desempeñado por aquel «yoísmo» primordial en las conciencias españolas, se pudo inferir, matemáticamente, el protagonismo de la envidia en tanto que defecto corolario. «Vicio pasivo y contemplativo», decía de ella Madariaga. De cainismo, prefería calificarla Unamuno, porque ataca a quien es honesto, a quien trata de elevarse y de esforzarse. Todo este asunto, en general, no podía dejar de suscitar también discrepancias. El historiador José Álvarez Junco manifestaba, al respecto, bastantes dudas y reticencias:


Tanto la izquierda como la derecha se han dejado cautivar por esta creencia en un “carácter español” dominado por un disolvente individualismo. Pero ninguno de aquellos análisis [...] se apoyó en datos mínimamente verificables.[…] Porque lo que de verdad ha caracterizado a la cultura política española moderna ha sido precisamente la debilidad del individualismo: el estatismo, el corporativismo, el clientelismo, la fuerza de la familia y del grupo sobre el individuo.


Casualmente, la lectura inopinada de dos textos de Rafael Sánchez Ferlosio (1927-1919), el uno escrito en 1980, el otro, más reciente, de 2012, nos sirvió en bandeja sendas jaculatorias cuya perentoria concisión se nos impuso como la mejor ilustración posible de estas formas tan españolas de proclamar la asertividad individual: «Lo que más hondas satisfacciones produce en las almas españolas es poder decir ¡No hay derecho!», sentenciaba la primera, en la mejor línea del evocado yoísmo, justiciero e igualitario. En cuanto a la segunda, se mostraba como un óptimo concentrado de todo lo que estamos tratando vanamente de sugerir aquí: «El “¡Ahí queda eso!” me parece el paradigma del alma-hecha-gesto de la españolez», decretaba Sánchez Ferlosio. Toda la frase, en su brevedad, resulta una mina de oro: «¡Ahí queda eso!», «¡El alma-hecha-gesto!», «¡españolez!». Tenemos aquí tres pepitas, tres formulaciones cuyo trasfondo y capacidad de sugestión equivalen a todo un tratado etnográfico. Cómo no recordar una vez más a Salvador de Madariaga:



Dos majos y dos majas

La lengua popular de España presenta con frecuencia expresiones de un sintetismo al que nada se sustrae y que resumen en pocas palabras henchidas de sentido, no la idea, sino la pasión del todo que es el verdadero fondo, la sustancia del alma de España.


Nótese, de pasada, que, muy parecidamente a lo que ya tuvimos ocasión de observar, en nuestro capítulo VI, a propósito de aquellas  «cinco excelencias del español…» que Fray Benito de Peñalosa enumeraba en 1629, ninguno de tales aciertos expresivos parece preocupado de referirse a un obrar provechoso y duradero, puesto al servicio de la colectividad. Todo parece aludir más bien al resultado fugaz de una actitud, de un dicho, de un gesto que honran, por un instante, la calidad inmaterial, ontológica, del individuo. Conviene recordar que, prácticamente en los mismos años en que los menestrales parisinos tomaban la Bastilla, sus equivalentes andaluces habían asaltado otra bastilla, la de la tauromaquia aristocrática. Descabalgaron literalmente aquella tradición caballeresca y la reinventaron de forma revolucionaria. Le apearon el tratamiento a lo que era una fortaleza estamental y la convirtieron en un monopolio popular. Los ruedos se convertirán entonces en los espacios privilegiados donde podrán expresarse, ya sin cortapisas sociales que limitaran el ejercicio de sus facultades personales, la capacidad y el talento de los toreros de a pie. Ellos son los nuevos héroes de las clases populares, entregados a las hazañas del «alma-hecha-gesto». Prosper Mérimée, por cierto uno de los pocos viajeros foráneos capaces de referir juiciosamente y con conocimiento de causa el desarrollo del espectáculo taurino, nos confirmaba, en una carta de 1830, hasta qué punto habían cambiado las tornas jerárquicas en los ruedos, puesto que ahora eran los aficionados de alta cuna los que solicitaban el privilegio de alternar con los de a pie. Y así, cuenta haber «visto en Sevilla, un marqués y un conde cumpliendo en una corrida las funciones de picador». A su modo peculiar, el «¡Ahí queda eso!» de los desplantes toreros constituyó una proclamación existencial de la igualdad. La nueva realidad de los ruedos proclamaba que la valía individual nada le debía a la cuna.

 

Pero aquella extraña forma de transgresión, a la vez social y hormonal, era susceptible de interpretarse, al mismo tiempo, como un reconocimiento implícito de la impotencia política, como una compensación por la imposibilidad de acceder a la condición libre y participativa del ciudadano moderno. Temeraria sería cualquier pretensión de buscar en la revolución del toreo a pie algo parecido a una revolución conscientemente política y antiaristocrática. La nueva tauromaquia se contentó con oficializar la democratización de la hombría. Si nos fiamos de la descripción que Sébastien Blaze, nuestro conocido boticario del ejército napoleónico, ofrecía en sus memorias de la Guerra de Independencia, los toreros iban vestidos de majos. Por su parte, hacia 1842, Mrs Romer, la ya citada viajera británica, nos confirmaba, en sus minuciosas descripciones, la realidad de la evolución inducida en el traje de torear por Francisco Montes, Paquiro (1805-1851) y que lo acercaban a las características y las «luces» de su estado actual. Pero también recordaba, nuestra intrépida y muy observadora lady, un casual encuentro en la calle con el mismo Paquiro y los hombres de su cuadrilla, todos ellos, nos dice, «vestidos con el traje de majo andaluz». Cuatro años más tarde, en 1846, de aquella relación entre majeza, guapeza y toreo, Estébanez Calderón supo ofrecernos una divertida versión, con su retrato del sevillano Pulpete:


El capote abierto, el sombrero derribado a la oreja, pisando corto y pulidamente, y manifestando en todos sus miembros y movimientos ligereza y elasticidad a toda prueba, daba a entender abiertamente que en campo raso y con un retal carmesí en la mano, bien se burlaría del más rabioso jarameño o del mejor encornado de Utrera


El toreo a pie llegó a confirmarse como una de las manifestaciones más sintomáticas del «majismo», y el «majismo» era un fenómeno, al fin y al cabo, antigabacho, antipetimetres. Era la exhibición de una virilidad popular y castiza que se sentía como agredida por la invasión de las costumbres y de los modales afrancesados entre «currutacos», «lechuguinos» y otras «madamitas» de nuevo cuño. Aquello lo entendía el majismo como la amenaza de una ideología foránea, usurpadora y peligrosa para su yoísmo esencial. Una ideología que, por su parte, no ocultaba su desdén hacia unas culturas populares a las que consideraba rezagadas, ignorantes e indiferentes al espíritu y las prácticas de la cultura ilustrada. Unas culturas populares que preferían expresarse a través de la arrogancia física y del vocabulario corporal, a través de la dimensión emocional, en la vida como en los ruedos. La calza ajustada del majo, sus medias ceñidas a la recia pantorrilla, proclamaban el desprecio por el moderno «pantalón» del currutaco y modelizan lo que será la taleguilla del torero. Entre aquellos sectores taurinos y populares, eran las propias ideas procedentes de la Revolución francesa las que asimismo podían ser interpretadas como una forma de amenaza difusa. Porque una «idea de igualdad» demasiado abstracta y genérica traía implícita la necesidad de cierto grado de disciplina ciudadana y de conciencia cívica. Algo que entraba en conflicto con aquel «sentimiento de igualdad», indómito y puramente individual, el que caracterizaba el yoísmo existencial. (Seguirá)



La maja y los toreros, Francisco Soria Aedo