Ignacio Ruiz Quintano
Abc
Eso. ¿Y Madrid? Es la pregunta que le venía a uno a la cabeza viendo la foto municipal de Madrid 2012, con Cobo poniendo la mano francamente en el sobre olímpico. Cobo es aquel campeón del oportunismo-basura que, sintiéndose rodeado de fachas, echó la pata adelante y se llevó tal cornada que presentó la dimisión a Gallardón, que no se la aceptó, porque Gallardón, cosa que Cobo no sabía, tiene un contrato social, como el de Rousseau, con el pueblo madrileño, que le impide aceptar las dimisiones de Cobo. Con Gallardón y Cobo más tranquilos en el Ayuntamiento, Rodríguez se presentó en el Senado y dijo que lo de “nación española” es una cosa bastante discutible. ¡En el Senado! Acuérdense de cómo un día, al final de cierta sesión nocturna en el Congreso, don José Ortega y Gasset apareció en el salón de sesiones, donde, con voz débil y ademán vacilante, porque su salud se encontraba entonces bastante quebrantada, declaró que los conceptos de autonomía y federalismo no eran conceptos análogos, sino conceptos opuestos. “Para decir una cosa tan sencilla –decía Camba, con gran sentido del bochorno–, tuvimos que sacar de la cama con toda urgencia, hacia las cuatro o cinco de la madrugada, al filósofo máximo de la nación, llevándolo a la plaza de las Cortes poco menos que en unas parihuelas, y es que, sencilla y todo, esa cosa no la sabía nadie en el Congreso. Para aquellos energúmenos era lo mismo ensamblar las piezas de un ‘puzzle’, a fin de formar un cuadro, que coger un cuadro y hacerlo añicos, al objeto de crear un ‘puzzle’, y era igual buscar un aumento de poder en la unión con otros países que desmembrar el territorio nacional en regiones más o menos independientes.” Al final, don Manuel Azaña, haciendo grandes aspavientos, declaró que, después de todo, España no era, realmente, un país unitario, y que la unidad nacional carecía de tradición entre nosotros. Ahora, a falta de otro Azaña, los editorialistas de progreso declaran que “la pluralidad de España es un hecho innegable” (?), y arrojan tomos de Derrida contra los recalcitrantes. ¿Y Madrid?

