Conversando (con Cucho y Márquez en la Andanada del 9)
JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ
-Yo era como esos. A mí todo me gustaba y con que el toro pasase ya estaba aplaudiendo. A mí el que me estropeó la vida fue Antoñete, el que me enseñó de verdad lo que era torear. Y eso, una vez que lo aprendes ya no se olvida nunca.
Así hablaba Javier López, el Bombero, desde su púlpito en la fila 1 de la Andanada 9, cerquita del 8 desde donde ha sido testigo del devenir de la tauromaquia en Madrid durante los últimos cincuenta y tantos años.
-Hombre, Javi, que yo te he visto partirte las manos por Manzanares (padre), y todos nos metíamos contigo, porque en todos tus alrededores no había ni un solo manzanarista…
-Es que yo vi la faena al toro Clarín, de Manolo González, y esa ya me dejó marcado…
-Pues sí que te debió marcar, porque otra de ése ya no viste…
A lo largo de la vida uno ha ido conociendo a diversos tipos de aficionados de los más diversos pelajes. Si hubiera que elegir al aficionado granítico, ese sería Javi López, con su afición desmedida que le llevaba a recorrer los kilómetros necesarios para asistir a todos los encierros por el campo que se dan sin cesar, en Horche, en Humanes, en Brihuega, en Fuentelahiguera, en Yunquera… o a la sanjuanera de Soria, o a Ciudad Rodrigo, donde el Zanahorio iba a pegar tres naturales de los que no dan las figuras a un tremendo ejemplar de Guardiola entre medias de la algarabía de los capas en el Carnaval del Toro. La afición de Javier era infinita e insaciable y, cuando pudo, se abrió él mismo de capa en los pueblos, capote raído en mil refriegas con el nombre de Enrique Ponce pintado en el envés, para dar «unos mantazos» y para quitarse la inquietud de estar frente al toro. Y quien dice toro, dice toro grande y, a veces con muy malas intenciones. Nunca cayó en la cursilería de muchos «aficionados prácticos» que quieren sacar conclusiones sobre el toreo y los toreros desde sus «trapazos»; él ansiaba estar frente al toro, simplemente, y tratar de estirarse en una verónica o lo que fuera, y sobre todo estar cerca de los ritos y los juegos del toro en el campo, en la plaza, en un cercado, junto a sus amigos banderilleros, peones, ganaderos de los que llevan ganado a los pueblos… Estuvo haciendo sus pinitos echando una mano en la Escuela Taurina de Guadalajara, de donde le apartaron por decir las verdades, incómodas y molestas, como puños, a pobres muchachos a los que estaban medio engañando. Le echaron del Cocido Taurino de Guadalajara, del que era fundador, porque no se avenía a no cantar las cuarenta al que le ponían a tiro, agriando con su presencia y sus opiniones el amable acto que los organizadores deseaban. Cuando podía, la soltaba. Le dice al padre de Julián López, el Juli, torero al que siempre detestó:
-Su hijo es muy mal torero.
-Pero tenemos mucho dinero…
Nunca se plegó. Podría haber ido de finca en finca, de invitación en invitación o, como él decía, «hinchado a platos de jamón y a whiskies» y rodeado de gentes con dinero, solamente a cambio de haberse callado o haber moderado su opinión o haber dicho lo que otros querían oír, pero eso no iba con él, que siempre llamó pan al pan y vino al vino.
Y eso fue, en la atalaya de la Andanada, durante años su seña de identidad más potente: esa manera de enseñar a las enfervorizadas gentes que casi siempre el rey iba completamente desnudo, que la tanda que vitoreaban era puro celofán vendido como seda. Y eso, en una época, enfadaba sobremanera a los nuevos públicos que iban llegando, que detestaban o acaso envidiaban su independencia, su criterio, su dureza y su conocimiento. Nunca entendió la conversión de algunos aficionados, con años de afición a cuestas y que habían paladeado el buen toreo, ese bien tan escasísimo, que se echaban en brazos de la corriente triunfalista que todo aplaude sin echar cuentas de si se templa o se manda o se carga la suerte.
-Hay que ser del que lo hace… ¡Cuando lo hace!
Y predicaba lo mismo que daba trigo, sin que la amistad -la de Iván Fandiño, por ejemplo- nublase su acerado, insobornable, juicio crítico, sin ningún paño caliente, si el torero aquél día no había estado bien.
En septiembre de 2024, en el encierro de Torija, un toro le propinó la paliza de su vida: golpes, cornadas, y fracturas fueron el resultado de aquel encuentro, y no se murió porque Dios no quiso, pues a punto estuvo, porque antes de irse tenía que despedirse de muchos amigos, terminar su enésima Feria y dejarnos la profecía, como a él le gustaba, de que «si no le echan a perder los taurinos, en Diosleguarde hay un gran torero» En la mañana de este 23 de junio Javier entregó, por sorpresa, su alma al Creador dejándonos en el más profundo estupor, sin que el harto consuelo que nos deja su memoria mitigue apenas el dolor por la pérdida del hombre bueno, del amante esposo, del padre generoso, del amigo. Descansa en paz.
Toreando

