domingo, 24 de mayo de 2026

El móvil


Gallardon, Eure y Loir, Francia 1907


Ignacio Ruiz Quintano

Abc


Hace poco se llevaron al talego a unos caballeros que tenían una TV en la sierra donde recibían llamadas telefónicas para un concurso cuya ganancia consistía en aguantar las llamadas para que corriera el contador. Gallardón acaba de poner en marcha en Madrid un sistema por el cual, mediante una llamada de móvil a un número municipal, puede enterarse uno de cuánto va a tardar en llegar a la parada el autobús. La broma sale por diecisiete céntimos de euro, aunque tampoco es cosa de llevarse al talego a Gallardón, porque aquí, a diferencia de lo que ocurría en la sierra, no hay nadie aguantándote la llamada para estirar los céntimos. Es decir, que llamas y no es Cobo quien descuelga para darte todo el palique que pueda hasta que llegue el autobús con el propósito de colocarte en la cuenta una pila de euros. Podrían hacerlo, porque en Madrid, ahora mismo, la mies es mucha y pocos los segadores: nunca había estado esta ciudad tan indecentemente destartalada por las obras, y eso supone mucho dinero que de algún sitio tiene que salir: por ejemplo, de los pardillos que, impacientes por la demora del autobús a consecuencia precisamente de las obras, telefoneen al número dispuesto por Gallardón para cobrarles diecisiete céntimos por decirles cuánto tiempo de espera tienen por delante. Podrían hacerlo, pero no lo hacen, porque para arruinar Madrid, y estamos en el buen camino, hay métodos más rápidos, como, por ejemplo, el crédito. Al término del mandato gallardoní, Madrid deberá más que Alemania tras la guerra del 14, y los vecinos no habrán visto el menor beneficio. Madrid es hoy una ciudad más sucia y más maleducada que cuando la cogió Gallardón, que ha hecho del madrileño medio una especie de fantasmón en pantalones cortos –un “gesto de modernidad”, por cierto, si nos atenemos a lo que, a propósito del Papa, ha editorializado la prensa de progreso– con un manojo de pulseras de goma en una mano –la de Armstrong, la del racismo, la del 2012 y la de tonto contemporáneo–, y en la otra, el móvil de darle diecisiete euros al Ayuntamiento a cambio de las horas del autobús.