PEPE CAMPOS
Plaza de toros de Las Ventas.
Sábado, 23 de mayo de 2026. Decimocuarto festejo de San Isidro. Primera corrida de rejones. Cartel de no hay billetes. Tarde primaveral calurosa.
Toros de Ángel Sánchez y Sánchez, de sangre Murube-Urquijo, con los pitones desmochados, sin trapío, mansos, muy flojos, nobles, sin poder y rendidos. De poco juego. Todos iguales. Anodinos.
Toreadores: Andy Cartagena, de Benidorm (Alicante), traje campero gris, veintinueve años de alternativa; diecinueve festejos en 2025; vuelta al ruedo y una oreja. Diego Ventura, de Lisboa (Portugal), traje campero, chaquetilla de coral aterciopelada y pantalón azul oscuro; veintisiete años de alternativa; cuarenta y cuatro festejos en 2025, silencio y una oreja. Guillermo Hermoso de Mendoza, de Estella (Navarra), traje campero, chaquetilla marrón y pantalón azul marino; siete años de alternativa; veintisiete festejos en 2025; silencio y silencio.
Como es tradición en este tipo de festejos del rejoneo la plaza de Las Ventas ayer estaba irreconocible, prácticamente, ningún aficionado a los toros de las corridas regulares se encontraba en su localidad. Allí, ayer, lucían palmito otra clase de personas que habían sido invitadas a la función. Mucha alma sencilla que pretendían pasar una tarde agradable aplaudiendo a los caballeros en plaza. Todo muy hermoso y digno de análisis sociológico, desde el cual entenderíamos mejor nuestra sociedad. Una parte de la sociedad amable. Digamos que en la historia del rejoneo hubo un crecimiento en expectativas y en resultados que fue evolucionando a lo largo del siglo XX. A finales de ese siglo y comienzos del XXI, la figura de Pablo Hermoso de Mendoza revolucionó la forma de torear acomodando el clavado de rejones a la técnica del toreo a pie. Los tres tercios creados por Antonio Cañero en los años veinte del pasado siglo, que se asemejaban al toreo de los coletudos, sufrieron una vuelta de tuerca con Hermoso de Mendoza, pues en sus momentos de esplendor parecía que sus caballos toreaban con capote o con muleta ofreciendo su cuerpo a los astados preparados para la ocasión. Aquí reside el problema del rejoneo actual, en el tipo de toro que se lidia que no posee ni una pizca de emoción, ni de un sentido de lidia, porque son animales vencidos y programados, como si hubieran nacido para cumplir su misión en un número de circo. El rejoneo avanzado el primer cuarto del siglo XXI necesita darle una vuelta a todo esto, porque si no el espectáculo que quieren alcanzar se les cae, se les difumina, se les diluye. Pues a pesar de que se quiera elegir un toro colaborador deben existir unos mínimos de raza, de trapío, de casta y de emoción. Lo mejor es que se volviesen a torear en las corridas de rejones toros de cualquier origen y ganadería y no quedarse apegados a la sangre Murube que no aporta a la función pública, de dominar toros desde los caballos, ningún interés, por no entrañar ni riesgo, ni emoción, ni sentido dominador. La actividad actual de la corrida de rejones es una gala modificada de las corridas de toreo a caballo de la edad moderna española, concretamente, del siglo XVII, si hablamos de situar arpones a los toros con un sentido de someterlos mientras se establecen para ello unas reglas taurómacas.
Las normas quedaron diseñadas en el siglo XVII, a partir de concebir el toreo de frente —un aspecto histórico mantenido en el rejoneo portugués a través de los siglos— porque los caballeros iban hacia los toros, atacando (el caballo invade el terreno del toro con éste parado); esperándole cuando el astado se arranca; de poder a poder, si ambos se reúnen con movimientos de partida al mismo tiempo; o recibiendo cuando el equino se adelanta a la embestida del burel si bien este reacciona en última instancia. Estas cuatro maneras de concebir las suertes parten de los orígenes cuando los toreadores eran nobles [que torearon y escribieron reglas de puño y letra —de ahí toda una tratadística clásica anterior a la del toreo de a pie: lo hemos señalado en todo momento, hemos insistido en ello: que introduce una rica manera de concebir la lucha entre las monturas y los astados, y que se trasladó posteriormente a la tauromaquia de a pie—]. Estas normas han sido pulidas y transformadas por los jinetes españoles y portugueses a través de los últimos cien años, hasta llegar a este acto actual de marco triunfalista, agradable, popular, denominado corrida de rejones, al que acude un tipo de público, como decíamos, angélico, inocente, ingenuo y no olvidemos que perteneciente a la población que sostiene nuestro país. En la progresión mantenida en el rejoneo han aparecido nuevos instrumentos, aparte del rejón —el instrumento inicial—, como las banderillas largas, las cortas y las rosas. Todo ha ido a favor de una divertimento en el que el factor toro no se ha tenido en cuenta y ha llegado, por lo visto ayer, a desaparecer, a no ser tenido en cuenta. Si esto es así, el rejoneo contemporáneo se caerá si no se restauran los principios, que no son otros que establecer verdad y belleza en el dominio de un toro fiero. Las preceptivas clásicas (siglo XVII, por ejemplo) no hablaban de que el toro debiera ser un simple colaborador; sino un elemento al que había que poder, porque desde ahí el caballero adquiría notoriedad, fama, aura de héroe, leyenda de hombre ilustre que gana celebridad a través de sus hazañas, en este caso a través de lidias de animales bravíos.
Hoy el elemento toro en este transformado show, de clavarle hierros a un animal vencido, ha llegado a un punto de no retorno, a no ser que se le pongan cotas, como, por ejemplo, no permitir tanto castigo a los astados. Debería existir una limitación de las clavadas. Sería el inicio de la regeneración del toreo a caballo. Y volver a la lidia del toro verdadero en puntas (en la tratadística del siglo XVII no existen insinuaciones de cercenar los pitones a los bóvidos lidiados), a pesar de que el caballo (ese animal realmente bello que despliega todo su saber en la tauromaquia) pudiera sufrir un deterioro; en evitarlo radica la maestría de su jinete, de su toreador (anterior al diestro, al torero) abastecedor de gran parte de los postulados taurinos vigentes hoy en día en la corrida de toros hispana, o española o andaluza, como queramos denominarla. Son los principios del valor, de la gallardía, de la prudencia, del honor, de la mesura, del riesgo, de la ayuda, de la belleza; por qué no decirlo del arte taurómaco —ese entramado de leyes clásicas, de parar, templar, mandar y cargar la suerte— registrado por los nobles portugueses y españoles que toreaban en las plazas públicas reales (un ágora, un coso) ante todas las clases sociales; igualmente, como hoy. Ante un público deseoso de admirar, de emocionarse, de reconocer y de aprender de las enseñanzas más nobiliarias posibles. Sin toro no hay posible admiración. Puede darse la diversión. No lo neguemos. Aquél toro que dibujó idealmente María Eugenia de Beer en la preceptiva más famosa de las existentes, Exercicios de la gineta (1643) de Gregorio de Tapia y Salcedo, a pesar de su rusticidad, debe volver a la actividad del toreo a caballo, para reajustar sus reglas y acomodarlas a una verdad que ha difuminado el moderno rejoneo.
Al analizar la actuación de los caballeros de ayer tarde hay que empezar por el primer rejoneador, Andy Cartagena. Todo su toreo responde a un intento de llegar al éxito de cualquier manera; sobre todo a base de poner la doma de sus caballos al servicio de su capricho, mediante cabriolas, piruetas, piafé, reverencias, sentadas, levadas, corbetas, saltos y todo tipo de pasos y ejercicios. Todo menos torear. Utilizó bellos equinos. En los rejones de castigo vimos a Felino, en banderillas largas y cortas a Cartago (hermoso caballo lusitano, perla, de enorme sensualidad), Baena, Pintas, Copo de Nieve y Bandolero; Pintas a la hora del rejón de muerte, un caballo de capa extraordinaria «appaloosa», moteada, cuyo origen reside en la tribu india norteamericana Nez Percé. Muchos de estas monturas sufrieron cornadas de los astados, con la suerte de que estaban muy cercenados de pitones y mermados de fuerza, y por ello salieron indemnes. Para restarle más fuerzas aún sus peones intervinieron constantemente. En definitiva una actuación populachera que no gustó a todo el respetable.
Diego Ventura, es la máxima figura actual del rejoneo, y hay que admitir que domina la monta y la puesta en escena. Su rejoneo es veloz, apasionado, impulsivo, como una inyección de testosterona en vena. Todo hacia la galería, aunque como decíamos sabe lo que hace; no obstante se excede. Se pone de los nervios en pos del triunfo. También montó maravillosos equinos. El clásico Guadalquivir para los rejones de castigo. En banderillas, el maravilloso Nómada, lusitano, muy torero. Bronce con esa manía de querer morder a los toros que creo hay que recriminar con toda severidad; algo indigno y fuera de lugar. Quírico y Lío. En los rejones de muerte Brillante. Diego Ventura rejoneó de manera irregular. Hay que valorarle que en el quinto astado recorrió el ruedo montando a Quírico lamiendo terrenos de tablas y llevando al toro pegado a su costado. Se dejó tocar las monturas. Dio a su manera espectáculo, cómo no, y divirtió a la concurrencia.
A Guillermo Hermoso de Mendoza se le ha visto desposeído de la timidez que manifestaba en sus primeras actuaciones (seguramente este paso adelante no sea bueno para él porque le acerca al descaro de pedir el triunfo sin mérito como hacen la mayoría de sus compañeros). Mantuvo al torear cierto clasicismo heredado de su progenitor. Un clasicismo que el graderío de este tipo de corridas no llega a entender. Los caballos que montó fueron: para el rejón de castigo Jíbaro; en banderillas Ecuador que en el tercer toro toreó al quiebro de frente con soltura (lo más torero de la tarde). Mató con Quemarropa. En el último toro montó a Berlín con el que volvió a las hermosinas y culminó con Pasodoble. Fue el caballero más sobrio, menos atacado de espíritu.
ANDREW MOORE








