viernes, 22 de mayo de 2026

San Isidro'26. Arte de las naderías. El concepto de las figuras se viene abajo. Campos & Moore


Tarde de pintamonas


PEPE CAMPOS



Plaza de toros de Las Ventas, Madrid.


Jueves, 21 de mayo de 2026. Duodécimo festejo de la Feria de San Isidro. Encierro de toros del Puerto de San Lorenzo (1º, 2º y 3º) y de La Ventana del Puerto (4º, 5º y 6º). El Puerto de San Lorenzo de origen Lisardo Sánchez y Atanasio Fernández. La Ventana del Puerto de origen Domecq, en las líneas Jandilla y El Torreón. Mal presentados. Mansos. Flojos. Cinqueños quinto y sexto. Segundo y cuarto devueltos por inválidos; en su lugar se lidiaron, respectivamente, un ejemplar de José Vázquez (sangre Domecq) como segundo y un toro de El Freixo (sangre Domecq) como cuarto. El primero, inválido, sin trapío con pitones escasos. El segundo (José Vázquez) inválido, pobre de trapío. El tercero, mejor presentado, muy flojo. El cuarto (El Freixo) justo de trapío, terciado y muy flojo. El quinto, cornalón, corto, acarnerado y flojo. El sexto, anovillado, flojo, aunque sacó una punta de casta. Lleno de no hay billetes. Tarde primaveral entrada en calor. 


Terna: José María Manzanares, de Alicante; de nazareno y oro, con cabos blancos; veintitrés años de alternativa; treinta y dos festejos en 2025; silencio y silencio. Juan Ortega, de Sevilla, de verde pistacho y oro, con cabos blancos; once años de alternativa; cincuenta y un festejos en 2025; silencio y silencio. Pablo Aguado, de Sevilla, de celeste y oro, con cabos blancos; ocho años de alternativa; treinta y un festejos en 2025; pitos tras tres avisos (toro al corral) y silencio.


Suerte de varas. En general, a los toros se les picó poco y mal. Se acostaron en el peto. Salieron sueltos del caballo. A pesar de la escasez de fuerzas recibieron metisaca 2º y 4º.  Normalmente, las varas cayeron traseras. Elegimos la descripción de la suerte de varas al sexto por ser el astado que sacó un mínimo de casta, aminorada por el castigo. No se cuidó la entrada en la suerte. Manuel Jesús Ruiz Espartaco recibió al toro en la primera vara con un lanzazo trasero y el toro salió suelto. De la misma manera le dio un lanzazo en el segundo puyazo, cuyo hierro cayó bajo.


Como decíamos ayer los toreros que se denominan (ellos mismos) figuras del toreo han decidido que no van a torear nunca en su vida taurina ningún toro de ganaderías duras o complicadas. Estos toreros (la mayoría de ellos autodenominados artistas) prefieren expresase de manera talentosa ante un ganado de lidia noble desrazado, dócil, obediente y flojo: de escaso trapío, con poca edad, de mínimos pitones (a ser posible todo esto, en su conjunto, tarde tras tarde, en todas las plazas del orbe taurómaco, incluida la de Madrid: Las Ventas; sin cansarse, sin perder la fe, siendo leales en todo momento  a sí mismos, en este aspecto de cumplir los anteriores deseos). Para conseguirlo y programarlo cuentan con la aquiescencia de los aficionados a los toros que les apasiona el arte —después entraremos en este concepto— que a la mínima están con el «bienn» en la boca, con el «ole», si son más duchos, o con el «olé», si les gusta la tertulia de toros alrededor de unos finos y algo de cante. Aquí está la base taquillera, y la parafernalia en la plaza, cuando torean los diestros artistas. No olvidemos que el verdadero fundamento que sostiene todo este tinglado reside en que sus representantes (manager para los guiris) o apoderados (para la afición en general) son un poco de todo en el embrollo del mundo de los toros, ganaderos, empresarios, apoderados, e incluso aficionados, porque estos personajes son sobre todo amantes de la tauromaquia. No lo olvidemos. Sienten el toreo y trabajan para que sus pupilos, artistas consumados en el toreo de salón —el toro no es necesario—, puedan «expresarse», se sientan felices, «disfruten», y por extensión hagan la vida alegre al aficionado que paga religiosamente y sostiene el lío, porque este «fan» da la casualidad que es «un entendido en arte», es decir, en el arte en los toros.

 

¿Y qué es el arte en los toros? Pues, parece ser, si observamos lo que realizan y persiguen los toreros llamados artistas que consiste en torear sin toro, componer la figura delante de los astados, en trazar líneas sinuosas que puedan seguir los bureles de laboratorio que han seleccionado las ganaderías de postín para ellos. Una de estas ganaderías es ésta del Puerto de San Lorenzo —lidiada ayer en Madrid y odiada por la afición— en todas sus ramificaciones genéticas y fenotípicas. Existen muchas otras, todas ellas inoculadas con el virus Atanasio, el microbio Lisardo o el germen Domecq. Y ¿qué son estos organismos vivos invasivos celulosos? Pues son virus que adquiridos debilitan —algo así como el beriberi— y que obligan a obedecer a pie juntillas a quien lo padece —normalmente un toro bravo— de manera que es capaz de seguir un trapo incondicionalmente cuando alguien lo acciona por delante de él —sin entrar en normas, ni leyes— y este «naide» suele presentarse con trazas de señor vestido de luces y que dice ser artista. Y ¿qué arte es ese? Parece ser que es una habilidad muy parecida al arte del alambre o arte de la jeró, o torear con simulación o bajo simulacro. También puede desarrollarse componiendo la figura, tirando de adornos, situarse por las afueras, descomprometiéndose o banalizando el toreo. Viene a ser un alejamiento sobre las verdaderas reglas del torear. Si el toreo necesita un toro bravo. En el toreo de artistas solo se requiere un toro que haga de carretón —el toro de carril—. Si la tauromaquia precisa dominar al toro bajo las preceptivas de parar, templar, mandar y cargar la suerte; en el toreo de virtuosos sólo se demanda hacerlo despegado, metiendo pico, por las afueras y concibiéndolo hacia atrás. Pues el astado noble desrazado o artista lo permite, lo asume, lo asegura.


Por eso ayer El Puerto de San Lorenzo y La Ventana del Puerto en Madrid, para tres toreros artistas, que componen la (su) figura al torear; que no les afecta torear ni bien ni mal porque tienen de su parte a los aficionados que degustan el toreo de arte, y son llevados por los gestores o magnates de la tauromaquia que dominan la gestión de las plazas, la composición de los carteles, el devenir de las ganaderías, la tutela de las carreras de los espadas y controlan a la prensa genérica y nacional, a la de los portales y a la autonómica, a la televisiva y a la radiofónica. Nunca veremos a estos toreros ante toros de raza. A pesar de lo comentado llenan las plazas. Ilusionan. Y fracasan. Y mientras tanto su concepto de negocio, de arte, se muestra como un virus que corroe y condiciona el futuro de la fiesta de los toros. Ayer el concepto del toreo de artistas sin toro hizo aguas. Tocó fondo. Pero se sostendrá en el inmediato futuro porque se sabe que ese toro desrazado que no tiene poder, de vez en cuando, sale y se le dan pases y colaborará al corte de orejas. Etc. Ayer no fue. Otro día, sí será. 


Ayer tarde a José María Manzanares se le vio desganado ante dos enemigos sin fuerza, ni trapío. Toreó por fuera, sin cruzarse y con enganchones. Fue desarmado. Abusó del pico. No se aburrió pues si cualquier animal mete la cara y aguanta una serie de muletazos su labor prende y obtiene el triunfo mayestático. Ayer no fue. Mató de dos estocadas bajas.


Juan Ortega toreó a un segundo toro inválido, sin ningún mérito. Mató de estocada baja. Con el quinto no pudo; acumuló numerosos enganchones y retrocedió en cuanto el animal apretó el acelerador. Mató de estocada casi entera en el rincón.


Pablo Aguado, toreó a su primer toro excesivamente despegado dándose pisto, cierto que vertical, pero por las afueras, sin cruzarse. El toro se agotó de recibir tanto pase. Mató de media atravesada insuficiente. En vez de volver a entrar a matar se fue a los veinte descabellos recorriendo el ruedo, hasta que le tocaron los tres avisos. En el sexto, el toro más interesante del encierro (lidiado primorosamente por Iván García), no pudo someterlo porque basó su tauromaquia en una suma de pico y enganchones: despegado y por fuera. Mató de un pinchazo hondo y de una estocada casi entera delantera. 



En el patio silente sangra su despedida el sol poniente


ANDREW MOORE


















FIN