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miércoles, 28 de octubre de 2020

La arbitrariedad


Pepe Botella, padre del populismo español

Ignacio Ruiz Quintano

Abc

Canetti vio en los disparates de la inflación alemana de entreguerras la mejor doma psicológica para el gran disparate nazi.

A lo mejor les (nos) hace falta esta “dictadura liberal” para que los intelectuales moderados (“Nada hay más moderado que los modales de los atados al poder con pactos secretos de inmoralidad política”) pongan el grito en el cielo y abran la puerta a la República, como la otra vez.

El populismo español viene de Pepe Botella. “Sólo hay un hombre honrado en la familia Bonaparte, que soy yo –decía–, y si los españoles se quisieran agrupar a mi alrededor…” Para agruparlos, se puso a repartir folletos con promesas de todas clases.

Las Cortes de Cádiz –explica Talleyrand, viendo venir a los liberalios–, para destruir los efectos de esta propaganda, se apoderaron del liberalismo de José y fueron más lejos que él en todos los puntos que propugnaba.

De aquí, pues, ese liberalismo de tortita de camarones que nos ha metido en la jaula sanchista. Sánchez, en lo que tiene de gañán y de traidor, es otro Godoy, pero sin Pepita Tudó, la maja.

Come, maja –animaba Zapatero a las damas en el comedor de La Moncloa que no sabían cómo meter mano a un bogavante que chapoteaba en un cuenco de gazpacho como la bacía de un barbero.

Primo de Rivera se tomó seis años y Sánchez ya se ha tomado seis meses (la palabra más machacada de entonces y de ahora: “normalidad”), aunque el jefe del Centro, Casado, regatea como en “La vida de Brian” y concede cuatro, que él estudió leyes en Icade, donde Monedero funge de Rudolf von Ihering (“¡Lea a Monedero!”), y cree que una Constitución se tira a un contenedor y al cabo de cuatro meses vuelves por ella y sigue ahí. La Historia como tragedia y como farsa. Sánchez viene de ser coronado emperador batueco por Bergoglio y Casado espera que lo inviten a las barbacoas de La Moncloa los domingos, aunque tenga que poner el mondongo.

Esta subasta de derechos en la lonja del Consenso es como un Rastrillo sin marquesas (una vez expulsada Cayetana) donde los jefazos de las facciones pueden canjear para encender un pito el Bill of Rights de Londres, la Declaración de Virginia y hasta una copia de los Derechos y Deberes de la Constitución francesa, liberal y reaccionaria, del 95, la del Directorio (¡el oligopolio de los “perpetuos”!), modelo de nuestro Régimen (¡de la opinión única de la dictadura a la opinión unánime del consenso!), cuya foto más simbólica es la de la fiesta periodística de la clase estatal en un espacio cerrado en plena campaña de terror por “la Coviz” mofándose de los gobernados que chapotean sin futuro en un estado de excepción inicuo.

¿El bicho chino? La arbitrariedad “de Estado” suplanta la razón por la voluntad (Juevenal, no Monedero). “Todo debe ser permitido a los que van en la dirección de la Revolución”, opina Saint-Just, que se ofrece con la guillotina como un afilador gallego, firulirulí, firularulá.



La foto del Régimen