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lunes, 19 de octubre de 2020

La ruptura de José Tomás

 

Abc, 18 de Abril de 2001


Ignacio Ruiz Quintano

EL siglo XX, que comenzó con Don Tancredo, terminó con José Tomás, que es con quien gloriosamente ha comenzado el siglo XXI, en Domingo de Resurrección —«el domingo es el séptimo toro de toda corrida de domingo»— y por chicuelinas indecibles, es decir, por chicueleras o chicoleras, que era como don Gerardo Diego decía que debía decirse, si se quiere eludir el sufijo en «illa», por cursi, ridículo y confitero.

Dicho está que aquello que no se puede decir, lo indecible, es el espacio puro. Un lenguaje visual y táctil. A pies juntos y ciñéndose las llamas de los cuernos vivos en  medio del  milagro, cuando cada cambio es una catástrofe y cada catástrofe una resurrección. El toreo ideal gira incansablemente en la casa del espacio, donde la obra de arte, efímera y sublime, está en razón directa de la proximidad —que no el arrimo, que impide cargar la suerte— del toro y del torero. El espacio es un «donde». Un «donde», como se ha dicho, más fiel que un perro y más fiel que nuestra sombra misma, que nos abandona cada noche. El «donde del toreo está en los medios, donde los abismos se multiplican como en un reflejo de espejos. Cuando allí se hace la lentitud, que es el pacto y la pausa —parar, cargar, templar y mandar, la inacabable batalla amorosa entre la forma y el espacio—, el silencio se vuelve alabanza, y así surgió la leyenda de los silencios de la Maestranza, el coso elegido por José Tomás para inaugurar la única revolución pendiente del siglo nuevo, que consiste en rehacer cada tarde, palabra por palabra, el mayor de los diccionarios, que es el diccionario del toreo.

Debe de ser verdad que cada generación es convertida por el santo que más la contradice. Por ese lado, la paradoja de José Tomás es la paradoja de Pablo Picasso como la vio Octavio Paz: ser figura representativa de una sociedad que prefiere reconocerse en las representaciones que la desfiguran o la niegan: las excepciones, las desviaciones y las disidencias. Preservarse del barullo anónimo de la publicidad. Vivir al margen de la sociedad, sin dejar de estar en su centro. Mostrarse intransigentes y leales consigo mismos y con el arte, recorrido por una inmensa negación: «Para “hacer”, hay que hacer en contra.» La realidad nunca es para  ellos bastante real: siempre le piden más. Por eso la hieren y la acarician, la ultrajan y la matan. Por eso la resucitan.

Desde Picasso no se había visto una ruptura estética como la que propone José Tomás, al margen, por supuesto, de la cultura ministerial, que se ha quedado en el cine y todavía no se ha sacudido aquella aversión franquista al arte del toreo: Girón consideraba a los toreros como cirqueros indeseables, y cuando Franco quiso arrimarse a las artes, se arrimó al cine, que es el libro de los que no leen libros, y a la pesca, que es la maña de clavarles a los salmones un anzuelo en el paladar, pero no se sabe que tuviera nunca la tentación de arrimarse a una de esas olas del campo que son los toros bravos, no ya dispuesto al volapié, que es colocar la espada en la funda de la muerte, sino sencillamente a echarle un capote como yendo a pescarlo con red.

José Tomás ha recibido al siglo en Sevilla con un quite a un toro de Espartaco, figura del toreo moderno, que es el toreo que suena a música «pop», y por testigo El Juli, figura del toreo posmodemo, que es el toreo que suena a  música «bakalao». Pero el toreo no es el ruido del lidiador que corre detrás del toro ni el ruido del artista que corre delante del toro. Los taurinos se han pasado la vida como los escolásticos, que discutían a ver si los ángeles podían sostenerse sobre la punta de una aguja, y establecieron una regla de oro: o te quitas tú o te quita el toro. Entonces apareció José Tomás y se plantó sobre la punta de la aguja.

El público calló. El torero no se quitó. Y el toro, «dócil como un mártir de etiqueta», pasó.

El público calló. El torero no se quitó. Y el toro, «dócil como un mártir de etiqueta», pasó