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lunes, 26 de octubre de 2020

Agarrones

 



Francisco Javier Gómez Izquierdo

 
       A Rafalón, cordobesista septuagenario y “madrilista” tranquilo que va del penalty de Fermín al gol de Cruz Carrascosa en el Bernabéu con mucha satisfacción, se le olvidó que el sábado después de comer se jugaba el Barça-Madrid. “No lo vi y eso que ni fui de perol y tengo el fútbol en casa. Oye, ni m’alcordé”. No me extraña porque a mí me va a pasar lo mismo cualquier año de estos como sigamos con esta peste y este sinvivir que trastorna tanto como encadena.
     
A Rafalón no se le olvidó el Yeclano-Córdoba y ayer su nieto intentó meterlo en la plataforma que nos han regalado a los abonados para que podamos ver todos los partidos de nuestro equipo. Ni el mozo ni el cordobesismo pudo por “avería del servidor” y sólo los habilidosos con las artes informáticas pudieron hacerlo desde la página del Yeclano. Perderse el Barça-Madrid le da igual a Rafalón, pero no ver ganar 1/3 al Córdoba en el campo de la Constitución (¡vaya nombre para un campo de fútbol!) de Yecla es revés que esta mañana aún lo tiene mosqueado. Con la clave que me han dado para la plataforma Footers veo al Burgos en una sesión continua que al acabar el día no estoy seguro de si no he enloquecido ya del todo. 
    
El fútbol de televisión, una cutre masturbación que quiere pasar por coyunda de novios, nos trajo una variante, televisiva claro está, en el Barça-Madrid: el  agarrón. Mejor, el agarrón y sus tipos.
     El pestífero VAR es artefacto televisivo que salta o sigue encamado como las liebres de los Pedroches despistando de continuo al árbitro y al aficionado neutral. Admítase que esta última especie carece de pureza pero para todos los enfermos del fútbol que nos hemos tirado veinte años en los juveniles, el agarrón en los córners y faltas era como estrechar la mano en un trato. No hacía falta juez, ni secretario, ni por supuesto árbitro. Los agarrones eran mutuos y no siempre el que más fuerte agarraba se llevaba el gato al agua. Los agarrones se hacían y hacen tirando de la camiseta hacia abajo, para que el atacante o defensor no pueda saltar. Si el agarrón es (era) sin el preceptivo disimulo o el atacante era agarrado en plena carrera hacia portería por el defensor, lo justo y reglamentario era y es sancionarlo.
     
El agarrón común (ambos se agarran) no se sancionaba nunca. El agarrón en carrera resultaba y resulta escandaloso no pitarlo. El abrazo sin opción a defensa del apresado no es agarrón y también era y debe ser penado. El Var quiere cambiar el derecho consuetudinario sobre la técnica y táctica del agarrón y convertirlo en penalty si el atacante lo sabe interpretar sacándoles de los usos y costumbres tradicionales. La clave está en caerse. Pasa, incluso en el centro del campo. El que pide falta no tiene más que tirarse y dar un grito. Si además, golpea tirado en el suelo el césped con la mano abierta, casi seguro el árbitro “cobra falta y tarjeta” como dicen en América. La calidad interpretativa del atacante era una baza decisiva en otro tiempo -nadie sabía caer como un Juanjo zurdo que hubo en el Burgos- en la que las caídas buscaban la naturalidad en la falsa infracción de un defensa que ni siquiera había metido la pata. Por eso se procuraba que nadie llegara al área. El VAR pasa de lo natural y glorifica lo artificial. Si el atacante nota el agarrón, no tiene más que tirarse hacia el lado contrario para que en la tele se vea “el estirazón” de la camiseta y el árbitro no tenga más remedio que pitar penalty. El aficionado veterano sabe que si el sábado Lenglet agarró fuertemente a Ramos, Ramos debió caer hacia delante y no hacia atrás, pero tanto el aficionado veterano como el árbitro estaban siguiendo al balón que quedaba muy lejos de donde el forcejeo... pero ahora resulta que el fútbol es el VAR en lo importante. Lo importante es espantar liebres que entretengan al espectador en el sofá y mantener durante cinco minutos un estudiado suspense sobre quién agarra o empuja primero o si en el gol de Negredo un ricito del Choco Lozano estaba en fuera de juego. Al final el VAR da un penalty que suena a precedente y amenaza con anular goles por un pelo del culo que sólo se ve por televisión.
      
En la 2ªB, donde el fútbol se mueve por dolorosos y angustiosos caminos (dicen que mi Burgos no paga a nadie y veo que el entrenador no se puede sentar en el banquillo) lo de los agarrones sigue como siempre, pugna entre caballeros, y al VAR no se le permite aún la entrada... pero el Footers parece que quiere cabrearnos tanto como el VAR.