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martes, 27 de octubre de 2020

Liberalia


Lone Star / Bear World Magazine

 Ignacio Ruiz Quintano

Abc

Chantal Delsol, que estudió el populismo, no conoce brutalidad mayor que las empleadas contra las corrientes populistas.

La violencia que se les reserva excede todo límite. Si fuera posible, clavarían a sus partidarios en las puertas de las granjas.

Y todo porque esas corrientes son el único asomo de resistencia a las “dictaduras liberales” que nos echan la pata encima.

¡No! ¡Isabelia! ¡Isabelia! –gritaba cada 12 de Octubre el poeta Cristobalia al orador que en la estatua de Isabel en la Castellana dijera “América”.

Si hoy viviera, al oír “España” gritaría: “¡No! ¡Liberalia! ¡Liberalia!”

Sólo un melindre impediría llamar dictador a Pedro Sánchez, el de que en realidad no tiene contra quién ejercer su dictadura, pues cuenta con la misma oposición que Franco, ninguna, salvo la de Vox, tan testimonial como la del PC al general, que murió en la cama. Pero España va de liberal, palabra que nada significa aquí (Donoso dice que el liberalismo español no aportó nada al pensamiento europeo) y por eso la exportamos al mundo. También exportamos “cojones” (a Truman Capote le encantaba), y ya ven.

El término “liberal” es el aceite que cae de las tortitas de camarones en las Cortes de Cádiz, y Fueyo veía en él al hidalgo español, figurín de un país donde cada individuo lleva una constitución en el bolsillo, lo cual no nos hace el pueblo más “parlamentario”, sino el más “verbalista”, sólo que el “reino de la discusión” no es el de la “libre concurrencia de ideas”, enemigo mortal del consenso.

Tenemos, pues, una “dictadura liberal” (mitad comisaria, mitad constitucional), es decir, una dictadura paliada por el incumplimiento, como Maura dijera de la anterior, y no es una gilipollez mayor que “democracia liberal” o “Estado de Derecho”, con un decreto de alarma sobre la mesa que no parece hecho por el mismo pueblo que dio las leyes de Indias y puso los fundamentos del Derecho de gentes.

Pedir libertad en España siempre fue como pedir un clericó en la barra “bear” del Lone Star en San Francisco.