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lunes, 19 de octubre de 2020

Del rosa al amarillo


Del rosa al amarillo

Ignacio Ruiz Quintano

Abc

“Del rosa al amarillo” fue la ópera prima cinematográfica, en blanco y negro, de Manuel Summers, que contaba dos historias de amor: la adolescente y rosa y la anciana y amarilla. ¿Cómo no acordarse de Summers viendo a los dos gallos de la liga española de “la Coviz” moviéndose como panteras rosas sin cabeza por los feraces labrantíos de Valdebebas y Getafe (Coliseum Alfonso Pérez, aquel Alfonsito madridista que fue a Barcelona pasando por Sevilla y soltó su “Yo siempre he sido culé”)?

Del qué ilusión levantarse en domingo y saber que por la tarde juega Maradona hemos pasado al qué ilusión levantarse en sábado y saber que por la tarde juegan Isco y Lucas Vázquez. Contra el arte (el Cádiz siempre sonará a arte), se diría Zidane, arte. Arte al arte como “Ashes to ashes”.

Sí, sí, existen los toros de cinco patas –decía Cagancho (¡el del lío en Almagro!)–, pero para verlos no hay que ser supersticioso, y al pipero, alejado del estadio, lo único que le va quedando es la superstición.

Zidane parece reservarse los artistas para Valdebebas, que empieza a parecer Casa Anselma. Contra el Cádiz sacó un cuadro flamenco con Canelita, Marcelo, Lucas, Benzemá… e Isco, que hace el personaje de gitana.

Sólo hasta tres personas pueden conjuntar una cosa gitana –diría Pastora Imperio: más, ya es una verbena.

Una verbena de rosa, un color periodístico, y amarillo, el color sindical. Las verbenas, decía aquí Foxá, han sido siempre la aventura de los hombres sin riesgo, el viaje de Salgari o de Julio Verne de los burgueses tranquilos, que vegetan entre los tranvías y la oficina. Isco vegetando entre los centrocampistas y los delanteros para hacerse pasar por Mágico González y volver tarumba al Cádiz, que no picó en la trampa (y tampoco en la portería de Courtois, a quien pudo dejar para el arrastre).

El rosa le pega al periodismo, pero ¿puede haber un fútbol rosa? Rosa el Madrid, porque el blanco madridista se confunde con el amarillo gaditano, y rosa el Barcelona, porque el azulgrana se confunde con el azulón getafense de Bordalás, que con las gafas podría ser el hermano listo del ministro Garzón. En la pantalla ese azul getafense (azul como el cuaderno del juez Coke para apuntar los detalles de los juicios y como la libreta de Aznarín para apuntar los suplentes de los ministros) se comía el rosa culé como Cucurella, mitad Christophe Dugarry y mitad Meritxell Batet, se comía a Messi, que venía de dar la vuelta al mundo por su tangana boliviana al grito de “¡La concha de tu madre! ¿Qué pasa, pelado?”, que no es coloquialismo catalán, habiéndose criado en la fenomenología del espíritu de los rondos en La Masía.

Y ésta es la baraka de Zidane: pierde en casa con el Cádiz y su perseguidor tiene la cortesía de perder fuera con el Getafe. Otra vez la metáfora de Quevedo con que se podría resumir esta Liga: el ciego llevando el cojo al hombro. Si Zidane y Koeman llevaran a sus anémicos atletas a la consulta del increíble doctor Pol, éste les diría, a primera vista, que les den alfalfa, que contiene ácido fólico y ayuda a prevenir la anemia. El aspecto culé aún es peor que el aspecto blanco, y el Clásico en Barcelona se presenta a pedir de boca para el Madrid, como nunca en la última década, aunque al final decida el VAR, esa “enorme bota del cacique”, que diría Julio Mariscal, gaditano de Arcos, “un pueblo sin telégrafos en donde, todavía, / el Don se mide en décadas de olivos”.

Entre James e Isco, Zidane eligió a Isco, y entre Suárez y Griezmann, Koeman eligió a Griezmann, cuando los dos, Barcelona y Madrid, están necesitados de un mastín, hijo de loba, como el que Bonafoux encargó al pintor Evaristo Valle, que iba de Gijón a París, para azuzárselo a danzantes que le dieran la lata. Valle se presentó en Francia sin mastín, y en los bulevares querían pegarle.

¡No matarle, señores, que tiene mucho talento! –lo defendía Bonafoux.

Que es como defienden aquí a Koeman y a Zidane.


Dr. Pol


MOURINHO-WENGER

La noticia dominical en Inglaterra era la probable presentación de Bale en el nuevo Tottenham de Mourinho, el personaje del fútbol con mayor tirón periodístico (en España ese “tirón” consistió en tirarle cantos), a quien Wenger no cita en su libro. Wenger ha venido a hablar de su libro, no de Mourinho, exactamente igual que hizo Ortega y Gasset con Santayana, cuyo nombre no aparece en las Obras Completas (“¡Al fin Ortega ha logrado dar unidad a sus obras!”, fue la exclamación de D’Ors al tener noticia del acontecimiento). El sábado, en Londres, preguntaron a Mourinho por la omisión de Wenger, y contestó: “Un libro es algo para hacerte feliz, así que entiendo perfectamente la situación. Nunca me ganó, así que ¿por qué debería hablar de mí en su libro?” ¡Ah, la literatura! “Cuando yo estaba muy contento, creyendo que era un lector mío, ¿sabes lo que me dijo el muy cabrón? Que me conocía de la tele”, decía Ruano de un taxista.