En los Montes de Toledo (J.A. Renedo)
Francisco Javier Gómez Izquierdo
Coinciden los bramidos en los Montes de Toledo con la llamada a las votaciones del Alfa de los políticos de España, queriendo asemejar "el canto de amor desesperado" del ciervo, que es el berrido anual, vital, natural, reproductivo... al que tengo el privilegio de asistir a finales de los septiembres y principios de los octubres, "cuando sienten humedad en el lomo"..., con un vocerío infernal al que se quiere hacer pasar por Filípicas de Demóstenes o Catilinarias de Cicerón. Lo pone en el Eclesiastés: "Infinito es el número de los tontos", una de las frases más ciertas y más de mi gusto que explican casi todo. Servidor, que intenta huir como puede del acoso de los falsos predicadores, porque no quiere ser "pepa" doliente ni consentidora, se refugia en el fútbol y en libros escritos a ser posible antes de la Guerra Civil, que a partir del 36 todo parece contaminado y ando con Luis Montoto, al que busqué por vivir mi chico junto a esa calle de Sevilla, y mira por dónde coincide el primer bramido del Alfa, en Dos Hermanas, pueblo que es casi barrio sevillano donde es fama que los alcaldes son capaces de cualquier cosa. Dice Luis Montoto que en contra del parecer del padre de una muchacha, un monterilla encumbrado por arte de birlibirloque en tiempos de la Gloriosa (1868), casó a escondidas a ésta y a su pretendiente. La pareja sucumbió a la llamada del amor y la hija dijo al padre que la casó el alcalde. Preguntó el progenitor al alcalde no creyendo semejante desatino y el alcaldito lo confirmó. El padre, no tan ayuno de saberes como el interlocutor le dijo que sólo valía el matrimonio que Dios instituyó y el Concilio de Trento reguló. Más jaquetón que necio, el inusitado mandamás soltó al atónito vecino que "...desde este instante queda abolido el Concilio de Trento". Buen sitio Dos Hermanas para tomar el relevo a la Berrea de los venados. Paciencia, Señor.


