Hughes
Pura Golosina Deportiva
La sanción a Vinicius y recientes escarmientos, disfrazados de descubrimientos, devolvieron el once a algo similar a lo que columbró Alonso: Valverde de 2, Güler de manija, y, de novedad, Diomandé donde Vinicius.
Todo funcionó, sobre todo lo de Diomandé, que se lo pondrá difícil. Endrick está fuera del 9, Güler fuera del 10, Diomandé del 11... Son las cosas de la planificación del Madrid, a la vez genial y absurda, como si hubiera faltado una comunicación básica en algún momento o como si, sobre una programación, se hubiera impuesto un criterio distinto, heterogéneo, quizás de otro siglo.
Pero eso es el Madrid y es lo que tiene que gestionar Mou, que no es gestor de egos, sino de activos, de riquezas milmillonarias de una institución. Mourinho lleva a los 22 como un malabarista lleva 22 bolitas en el aire, y por eso de repente habla de Lunin. Son 22 egos, y además, algunos de ellos, activos que valen un congo y lideran sus selecciones al llegar el Mundial. A Mourinho le piden “huevos”, pero Mourinho no debe cargarse a Vinicius o Bellingham, y mucho menos a Mbappé. Toda paciencia es poca y se impone la idea de composición, de ajuste, de lento y gradual acoplamiento.
Estamos viéndolo con Güler y Bellingham. Mou tiene que lograr un ajuste que parece muy difícil. Bellingham debería permitir que Güler fuera el 10, y Güler permitir que Jude sea el fantástico llegador que es. ¿Cómo conseguir a la vez que uno esté detrás del otro y a la vez por delante? Desafíos así tiene varios Mourinho, y por eso la temporada es futbolísticamente fascinante.
Luego están las otras cosas. Se sacó una pancarta para Negreira y Tebas. Al Madrid no sólo le hacen presión alta (el Sevilla lo intentó), y achique de espacios, también le hacen, como dice el gran Domingo González, la reductio, la reductio ad hitlerum (por comparar sus métodos con Goebbels).
El Madrid tenía un equipo muy trabajador. Diomandé y Endrick corrían hacia atrás, lo que no evitó que, por ejemplo, Cucurella, tuviera sus problemas.
Se percibe en el Madrid también una presión distinta, vislumbres de algo mejor. No es exactamente la presión alta sino en la altura siguiente, en el mediocampo, donde acuden, como lobos, los medios y los centrales. Se producen intensidades focalizadas en un punto, al que llegan los Konaté, Tchouamení y Valverde.
Además, por estar Valverde de lateral derecho, el Madrid sumó un elemento más al ataque. Las primeras cosas las daba él: un control glorioso a pase de Jude, o un chut, a pase del mismo, que casi revienta a Mbappé, al que pitaron en un resbalón.
En esos minutos estaba muy bien Bellingham, y Güler pegaba largos y exactos cambios de juego y el desarrollo positivo del fútbol, no sin problemillas en la construcción, se pudo ver interrumpido por una polémica jugada. Unas imágenes muy lejanas dejaban la sombra de un codazo de Guler, pero también el gesto inocente de zafarse. Empieza a ser una mina de moviolas el momento en que el madridista, sin balón corre el contragolpe y un rival le obstaculiza. Si yo fuera entrenador, dado que el Madrid, corre mucho, mandaría a uno de los míos a trastabillar o interrumpir o incordiar a alguno de los contragolpeadores para, en caso de gol, forzar un VAR.
Diomandé cautivó. Juega en las dos direcciones y tiene un regate abierto, sin barroquismo, sin mucho alarde. Busca la posición de inicio llevando la pelota a un pie y pasándola muy rápido al otro, y así, planteando ese reto frontal, en fulgurante movimiento, se va casi siempre.
Participó en el primer gol, nacido en Bellingham y con final de fuegos artificiales en Güler, que la metió desde fuera con un zurdazo colocado y preciso de primeras, como los que metía Raúl (por la intención preclara), pero revestido de terciopelos metatarsianos.
El gol provocó el abrazo de Fede Valverde y Tchouameni, al que quizás ha unido la crítica, ese ser los nuevos Emerson-Diarra.
Mbappé, al que habían pitado, hizo una jugada supersónica que ha sido comparada con la de Ronaldo Nazario y luego pudo marcar en otra nacida de una visión del claro por Güler.
Eran dos jugadas de autor, incriticables, pero que no acababan en gol. Esto le está pasando al Madrid y siempre pensábamos lo mismo: entrarán. Hay que esperar que se cumpla la ley del fútbol.
Y así sucedió. Estaba de dulce Mbappé, y a los pocos minutos marcó el 2-0, gol colosal, obra de arte con una especie de ruleta, toque en carrera y superación con regate al portero, una jugada de la máxima coordinación, que en otro provocaría el descoyuntamiento, a la máxima velocidad. ¿Quién mete ese gol en el mundo?
Me acordé de los que pitaban con esa especie de vindicativa comezón que mezcla satisfacción y dulce ira y que nada mejor define que la palabra “gilipollas” (palabra sin la cual no se podría vivir).
No obstante, el sistema de autojustificaciones del Bernabéu es tan bueno que hace dudar: alguien podría decir, y dirá, que Mbappé hacía esas cosas precisamente por los pitiditos heptasectoriales.
Para cerrar el primer tiempo hay que anotar un nuevo slalom de Endrick por la banda y un paradón de Courtois, una de ésas en las que saca la mano abajo, y no sólo la pone al costado del palo, a ras de suelo, sino que la agranda como si fuera una de esas gigantes de espuma que señalan el número uno.
En la segunda parte destacó Diomandé. Tuvo ocasiones en las que lo hacía todo bien salvo el final, necesitado aun del instante de definición, aunque un poco menos que el Vinicius joven.
Hubo una jugada clara, tras combinación con Mbappé (con el que se entiende sin interferencias, ni solapamientos) en la que falló clamorosamente, pero nadie pitó. Esa misma jugada, por Vinicius, habría despertado la ira general, pero a él se le perdona. Es algo humano, un poco triste. Cuando el mismo fallo que ayer ilusionaba hoy no te lo perdonan es que quizás se han cansado de ti.
De la colaboración entre Diomandé y Mbappé salió el penalti que Kilian marcó de panenka.
Vimos algo defensivo muy bueno en Diomandé. Ejuke hacía sufrir a Cucurella, pero en un lance defensivo él le quitó la pelota con la misma facilidad con la que regatea. O sea, leyó el regate del habilidoso Ejuke. Eran como dos niños jugando a las palmas y Diomandé ganara siempre. La velocidad para pasarse la pelota de un pie a otro es insuperable y en ese duelo específico gana siempre, así que es un gran defensor de extremos. Diomandé (ay, pobre Vini...) demuestra que el mejor defensor de extremos es el propio extremo, lo que abre en cierto modo una nueva era.
El Sevilla (Manu Bueno) marcó el 3-1 en un instante de relajación madridista, aunque era un gol justo, de la honrilla justa. También, en cierto modo, se quedaba corto para los “expected goals” y Diomandé cerró su noche con un gol en el que avanzó rápido pero cauteloso hasta sacar un trallazo contra el que Vlachodimos no pudo hacer honor a su apellido. Lectura, mala idea, potencia de tiro... ese gol decía muchas cosas sobre Diomandé, pero sobre todo lo hizo su celebración. Cuando saltó y miró a la cámara, su sonrisa era tremenda y tímida como la de un muñeco infantil.


