Hughes
Pura Golosina Deportiva
Era el once bonito, el que le gusta a la gente, aunque al final iba a ser la reivindicación del doble pivote y de la negritud más ansónida.
Antes del inicio, Lamine, con sus andares de trapero (de cantante de trap), le hacía el thumbs up a la cámara con la mano vendada. Oro, poderío. El Barça es un equipo como de pelotaris o de personas generosas que practican mucho la digitación.
En las bandas, Mou y Flick iban iguales: barba canosa, chupa de negro, pinta de divorciados o de aspirantes al papel de Bosch.
El Camp Nou, a medio acabar sus anillos dantescos, transmitía las habituales vibraciones de oscuridad y error. También allí los partidos son molto longos...
Veíamos en el Barça a Rodri, objeto de deseo en verano, y la verdad es que no tiene cara de jugador del Madrid.
El partido empezó con una sorprendente seguridad de Diomandé, muy fuerte ante los chicos de la Masía y muy fiable lejos del área, en controles y decisiones.
Güler llegaba en el 4, y Gordon, el prerrafaelita, en el 6. Tenía pinta de gran partido en ciernes.
Había sucesivas faltas sobre Bellingham. Nadie se atrevía a soñar con una amarilla y además calentaban al jugador, que hizo un partido memorable. No hay palabras, ni conceptos (panenkitas, os jodéis) para entender y valorar el partido monumental de Bellingham.
El Barcelona cargaba la intención presionante, esa avidez en los ojos de Fermín, por Huijsen, el gran riesgo del once de Mourinho. Mi adorado Dean empezó vacilante. Ahí le podían cazar, luego ya no.
El primer intríngulis del partido estaba en que el Madrid superara la línea del fuera de juego de Flick. Ese achique quee traumatizó a una generación entera con Sacchi era ahora un alambre por el que Guler trataba de llegar a Mbappé, que no parecía, de primeras, dulce en el toque.
Güler era el lanzador, el proyector, el Elon de nuestro camino al espacio, pero no sería yo un plumilla fidedigno si no hiciera constar aquí que pierde muchos balones. Arda daba un pase y perdía cuatro. Todo jugador necesita amor y olvidar pequeños detalles como este.
Pasaban los minutos. Diomandé era de lo mejor al principio. Llegaba, controlaba, se giraba, con esa facilidad de Michael Jordan y había vislumbres de comodidad en el partido. Pasado el arreón inicial, el Madrid dominaba el toro mecánico. Se notaba quizás en el rostro de Mourinho, que dejaba escapar un gesto de auténtico placer, de yonqui de la adrenalina.
Parecía ya desde muy pronto que en el medio había construido una de sus famosas jaulas. El equipo estaba bien colocado y funcionaba mucho el reojo. Cuando un equipo defiende bien hay mucho de eso. Tchouameni, por ejemplo, no le quitaba ojo a Pedri y Bellingham orbitaba cojonero alrededor de Rodri. Silva estaba muy bien en los robos. Ponía su experiencia y su talento en la intercepción.
El Barcelona llegaba por Gordon, que es bueno, pero no asusta con su cara de alcohólica de Bristol. La parte de Lamine caía dentro de la red mourinhesca y el Barcelona evacuaba por su lado.
Volvía a llegar el Madrid por Güler en el 17.
Había rachas invisibles, cambios de viento inexplicables, y el Barça se vino un poco arriba a los veinte minutos. Mbappé ponía mucha velocidad pero estaba torpe con la pelota y Güler seguía acusando los acosos de esquina oscura en la banda.
El que mejor estaba era Bellingham, al que el equipo buscaba por ser, no solo centro de todo, sino el más fiable en los controles. Daba pases de gran intención, se le veía lúcido, acertado. En cada partido hay un jugador que parece disponer de la visión cenital. Hay un dron y es suyo. Esta noche era de Bellingham.
Al Madrid le faltaba eso. El pasecito final. El castillo estaba elevado y faltaba que se subiera el niño en lo alto.
Se lesionó Espart y salió Balde (nombres como de supermercados). En la grada aplaudían mucho al lesionado y entre los rostros, muy parecidos, muy similares, uno parecía ser Évole. Era curioso. Se llegaba a Évole no viendo a Évole sino eligiendo a Évole como el rostro más reconcentradamente común. Era como un decantado de facciones en las que florecía él.
Cucurella forjaba ya otro partidazo cubriendo a Lamine, muy ayudado por Diomandé y por Tchouaméni, que empezaba a comerse el centro del campo entero. En la jaula de Mou, el que domaba al león era él.
En el proceso físico inevitable que es toda defensa, se cometió una segunda falta sobre Lamine y había que ver sus caras y las de los demás cuando no hubo amarilla. ¿Dos faltas sin tarjeta? Eran la viva imagen de la consternación. De atropellos así está hecha la vivencia culé.
Ante una mole de tacticismo, músculos y reojos, el Barça intentaba la aproximación diagonal seguida de pepinazo lejano. En la puerta no estaba Courtois, pero la presencia de Lunin quizás reforzó la solidaridad general.
A la media hora ya fue aquilatándose el guano y Güler le puso un balón lujurioso a Mbappé, que lanzó alto uno de sus clásicamente fallidos remates acrobáticos.
El realizador mostraba, en la grada, en un mismo plano, a Rikjaard, a Koeman y a Jordi Cruyff y un escalofrío de temor y nostalgia subía por el espinazo. ¡Cuánto hemos pasado!
Gordon, con su cara de Robert Millar cuando era hombre o de sustituido demográfico, pudo marcar tras error, enésimo, de Güler, que ahí terminó de espabilar. Ay si esto lo hiciera Vinicius...
En esos momentos se cocinaba el partido. Tchouaméni ya parecía el mejor en el campo. Su dominancia era magnética. Como la de un buen árbol que por estar se apodera de un espacio.
Alguien osó hacer otra falta sobre Lamine, que empezó a irse del partido ante el atropello, incapaz de gestionar el trauma de tanta violencia... ¡tres faltas y ni una tarjeta!
Quizás fuera la primera jugada en la que el Madrid dio más de cuatro toques seguidos, y de ahí salió el gol. Silva abrió con clase, Diomandé centró al área y Mbappé marcó de rebote, única forma que tenía de hacerlo.
El gol a veces desordena. El Madrid estaba tan bien, tan compacto y ordenadito que la euforia era temible. Faltaban cinco minutos para el descanso, y el Madrid pudo marcar en dos llegadas muy peligrosas: típica de Mbappé con palo y offside y otra de Diomandé, solo, con la zurda. Lo que llaman la superficie de golpeo era la adecuada, aunque salió mal. Diomandé parece manejar todas las opciones y en cada intento no sabemos el porcentaje posible de acierto. Cada acción, dentro de un catálogo amplísimo, casi total, es recibida con absoluta sorpresa por el aficionado. Puede chutar fuera, puede clavarla por la escuadra. Hay algo estocástico en él por eso. Con él las expectativas habituales se multiplican, cuando recibe y se va, pues siempre se va, descapulla como una flor rabiosa nuestras expectativas, oh, tate, que este tío es otra cosa, y luego potenciada la fantasía, sus finalizaciones triunfan o no, pero hay ahí un balance rápido de posibilidades, de esperanza, que por lo que sea (estamos empezando) no es negativo, no decepciona, nos deja ansiosos de más, con hambre de Diomandé.
En el descanso, Tchouaméni y Bellingham ya se habían ganado el derecho a una ovación.
Lo de Bellingham, preclaro en ataque, brillante y responsable con la pelota, era en defensa un escándalo. Con absoluta humildad se ocupaba de Rodri, y su poder físico aparecía en el borde de las dos áreas. Su fútbol eran verticales de poderío; agresivo y pugnaz, era el primer organizador de la defensa y el organizador del ataque. Falló un claro dos contra uno, pero seguía buscando a Mbappé. Si Güler buscaba en largo, él lo hacía en corto. Era el que recibía, aguantaba, se iba con control o con zancada, esos regates suyos de 1500m obstáculos, pero era tan bueno o mejor en defensa. Su partido es de la densidad del de Redondo en Dortmund. Su centrocampismo inauguró algo, reivindicó una supremacía sobre la pareja Rodri-Pedri.
Su juego, como el de Tchouaméni, se cimentaba en una superioridad física. Su fútbol era de una versatilidad absoluta. Los tacles salvajes, al estilo de Valverde, los cuerpeos, juego de espalda, cargas, autopases, regates, pases al hueco, controles de pecho, como un gladiador cargado de armaduras, dagas, redes, contra leones sucesivos en un juego tan táctico como físico que iba de un área a otra, convertido en centro auténtico del Madrid, conector de todo, todo pasando por su cuerpo literalmente, físicamente. Fisicidad madridista, personalización total, liderazgo encarnado. Todos los choques, las descargas, los golpes los jugaba, los vivía plenamente. Alma del Madrid de Mourinho.
Hubo entonces un lance raro, un poquito negreiro. Cancelo le firmó con los tacos los gemelos a Diomandé, que expresó el dolor por vez primera (todo en él es inaugural). NO pasó nada, ni a ras arbitral ni videoarbitral. Ningún pinganillo se accionó.
De poder quedarse el Barça con diez se pasó al 1-1, Raphinha de tiro en un córner, quizá ensayado o enriquecido por Pedri.
El 1-1 entraba en lo esperado. El Barça iba a marcar. Ahí empezaba lo interesante para el Madrid. Cada momento de esta temporada es el sorbo lento de un vino que guardábamos. Asistimos a todo con una delectación otoñal, buscando los matices psicológicos de la obra mourinhal. ¿Aguantaría el equipo?
En otras ocasiones se habría deshecho como una sonrisa de Pedro Sánchez. Habría caído en un rápido plof. Casi lo temíamos cuando Dumfries sustituía a un Valverde, seguramente elongado por algún tacle defensivo espectacular, su mejor acción junto al disparo.
Faltaba pólvora arriba. El Madrid estaba a punto de recordar en eso a estos años pasados. El Barcelona presionaba con nueva avaricia y Dumfries, especialmente Dumfries, un jugador que parece llevar zuecos, era todo promesa para ellos.
Era el momento clave. El Madrid de Mou iba a decir en esos minutos de qué estaba hecho.
Y ahí se rehízo. Volvió a salir a la contra. Güler buscó a Dumfries, luego Diomandé hizo un gran slalom...
El Madrid estaba. Había consistencia en sus cuadernas. Solo crujía con alarma una, por la que se colaba el Barcelona en el reflujo de las contras del Madrid. Por Bernardo ya iban los Pedris. Estaba cansado. Su rostro rozaba la agonía. Y Mourinho, que se guardaba los cambios, puso rápidamente a Camavinga. Por fin.
El Madrid salía por Dumfries, seguramente un logro del Barcelona. Era como ver un examen de conducir. A ver, muchacho, saca el coche del aparcamiento. Y era incapaz. Se estrellaba en la cal cada vez...
Entonces se produjo para mí un momento clave también de la temporada. O sea, en el momento clave llego un momento doblemente clave: Huijsen recibió un balonazo en la cara y esto fue su bautizo de camachismo. No solo no se quejó sino que probablemente terminó de espabilarle. El bueno de Huijsen necesitaba este partido y ese balonazo para romper a defensa de tronío en el Madrid.
Superado con mucho el minuto 80 de partido, el Barcelona recibió la primera amarilla en la martirial persona de Gordon, que verdaderamente no daba crédito.
Flick sacaba a los Barça toons y Mou no. El partido se afilaba, se tensaba. Partido bueno, minutos larguísimos. La salida del Madrid, ojo, era cosa de Lunin, Dumfries, Camavinga, Konaté...era como ver un carrito de bebé rondando una escalera mecánica. Sudores fríos, encogimiento de todo lo encogible. Y ahí, de una forma venturosa y perfecta, como si todos los fallos anteriores, los casis, los ay, los desencuentros por un centímetro, por una décima de todos estos meses cobraran sentido, el Madrid construyó una jugada para el recuerdo. Yo sé lo que hacía cuando Cristiano marcó el gol en el Nou Camp la liga aquella. Sé cómo era mi vida. Mis errores, mi inconsciencia. Mis esperanzas. Mis amigos. El tiempo reaparece y toma la forma de un cielo, el aire rosado y feliz de una tarde. Bellingham, que había luchado de todas las formas, bailó una suerte de claqué con virguería, ruleta y pase a Camavinga, que abrió a Güler, siempre presente en la banda, referencia constante ahí, ya hecho jugador adulto, y le devolvió el pase tan largo, con tanto efecto que de tan obtusángula no parecía una pared; llegar era un alarde, y Camavinga lo hizo y con un solo toque zurdo se libró de Cubarsí, como aquella vez Bale se libró de Bartra. No terminó ahí su jugada porque con la derecha buscó la santrada atrasada para Mbappé, que como la flecha que es llegó a la ramatada. El gal formó una tremolina de madridistas y Mou, por fin, se deslizó brevemente por el césped. Era el gol más importante en años. El Madrid volvía. La obra mouríñica tomaba la forma de algo compacto, bravo, lleno de espíritu y propósito.
El gol estaba ya en el márcador, pero cuando el árbitro pidió un momento se nos heló la euforia. No podíamos renunciar a esa alegría. Ya no... Pero no era el Var, era solo la megafonía: Si us plau, no llencin coxinills... Genocidio de gafas de colores, tristezas inencajables... pero el madridismo era feliz. Con esa euforia liguera que algunos, no sabemos por qué, casi preferimos, hecha de revancha, de reencuentro y de promesas. La gloria europea es una vulgaridad. Mourinho endereza épocas enteras. Te quiero, amigo, José.





