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lunes, 30 de noviembre de 2020

El hombre sensual medio

 



Ignacio Ruiz Quintano
 
Un mes de tabarrón, y lo poco que se sabe de la gran metáfora gescarterianista huele a estafa. ¿Estafa? La estafa es, según Galbraith, el fenómeno más interesante para un economista. Tiene lógica. Si una secta no es más que una religión sin poder político, una estafa no es más que un negocio sin retención  fiscal.

En España, sin embargo, de las estafas nunca se ocupan los economistas, sino los moralistas, responsables, al fin y al cabo, de la mayor parte de las estafas que se cometen en el país, pues, bien mirado, ¿cuántos espíritus emprendedores no optarán por convertirse en pecadores nada más que por huir del tedio o «emmerdement» que defiende la moral?

El español, qué le vamos a hacer, es de naturaleza emprendedora. Históricamente, siempre ha tenido hambre de cuero. Antes de la  Democracia y de la Crítica, dabas a cualquier español una gorra y te daba un golpe de Estado de Derecho. Ahora, en cambio, das a cualquier español un partido político y funda un régimen en una bodeguilla. Franco era de los que pensaban que al español hay que darle, como mucho, una bicicleta y, hala, a ganar el Tour con ella. Lo que bajo ningún concepto debe darse a un español es un duro, ya que, antes o después, acabará  dando un pelotazo. ¿A qué vienen, pues, los ayes gescarterianistas?

El ataque de los «hooligans» gubernamentales al colibrí gescarteriano por haber arruinado la magia del «España  va bien» recuerda un poco al ataque de Blake a Newton por haber arruinado la magia del arco iris. El colibrí es el pájaro que bebe la sangre del sol. Y qué sol más español, el de Gescartera, con sus trajes y sus guardaespaldas, que tampoco hace falta más para darse importancia en España. Parafraseando a Schopenhauer —«en otras partes del mundo tienen los monos; Europa tiene los franceses»—, puede decirse que, para parecer importantes, en otras partes del mundo llevan una carga de plátanos sobre la cabeza; en España, traje y guardaespaldas.

El español bien de toda la vida tiene a gala no dar un duro a nadie que vaya vestido de fraile francisco y, si no, que se lo pregunten a esos extranjeros pordioseros que se establecen en las puertas de nuestras iglesias románicas. Si acaso, y siempre que el pobre pille más cerca que la papelera, las señoras, que son naturalmente más compasivas que los caballeros, le dan la propaganda que encuentran en el buzón al salir de casa. Pero lo que es un duro, nunca. ¿Qué Fondo de Garantías de Inversiones va a haber en el cuenco petitorio de un pobre? Y si el pobre se lo gasta luego en vino, ¿qué Comisión de Investigación va a hacerse cargo del escándalo en el Congreso?

La economía, en fin, es una cuestión de confianza y, a la hora de confiar su dinero, el español prefiere confiarlo a un traje con guardaespaldas que a un cuenco con jaculatorias. Esto lo saben los  estafadores, que antes que estafadores son observadores: por eso ninguno gasta vaqueros ni come donde las monjas ni va a la oficina en autobús. Al contrario de lo que sugieren los moralistas, no es un problema de honestidad, que afecta a los asuntos de cintura para abajo, ni de honradez, que afecta a los asuntos de cintura para  arriba. Es un problema de cultura.

En nuestra cultura, el colibrí gescarteriano, por citar al único pájaro que hay en la jaula, representa el arquetipo de lo que Steiner, el del premio, llama hombre sensual  medio. Para Steiner, el animal humano es muy perezoso, probablemente de gustos muy primitivos, mientras que la cultura es muy cruel, por el trabajo que exige. De acuerdo: hojear los suplementos culturales son ganas de comer cerillas. Desde luego, aprender a resolver una función elíptica no es nada divertido. La mayoría dice: «¿Qué gano con esto?» A esta pregunta nunca contestan los moralistas. Y Steiner es el primero en reprocharse no haber encontrado una salida para la enorme energía animal del hombre sensual medio, que, en la rutina  de la monotonía, de la mediocridad sexual de la mayor parte de las vidas, busca  afirmarse.

 

W. Blake
 
El ataque de los «hooligans» gubernamentales al colibrí gescarteriano por haber arruinado la magia del «España  va bien» recuerda un poco al ataque de Blake a Newton por haber arruinado la magia del arco iris. El colibrí es el pájaro que bebe la sangre del sol. Y qué sol más español, el de Gescartera, con sus trajes y sus guardaespaldas, que tampoco hace falta más para darse importancia en España