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domingo, 1 de noviembre de 2020

Plan de vida

 


Ignacio Ruiz Quintano

La estadística indica que el mejor plan de vida para un español sigue siendo una plaza de funcionario: agente judicial, cartero, celador, auxiliar administrativo... En este orden. Dicho al modo frailuno: «Y mientras miserable / mente se están los otros abrasando / con sed insaciable / del peligroso mando, / tendido yo a la sombra esté cantando.» Etcétera. ¿Hombres prudentes o hedonistas políticos?

El español sólo ha tenido dos creencias, el Estado y la Lotería, que vienen a ser lo mismo. Pero tampoco hay que ver en el Estado a un promotor  de la ociosidad al estilo de aquel viajero del chiste, que, al encontrarse con doce mendigos tumbados al sol, ofreció una moneda al más perezoso y, como once se levantaron de un salto para reclamarla, se la dio al duodécimo. El Estado, para empezar, carece  de sentido del humor; para darte una moneda te pide el aval de unas oposiciones. Como  Mefistófeles dijo al joven estudiante: la teoría es gris, pero el árbol de la vida es verde. Hace falta, eso sí, un poco de dinero de bolsillo. Por eso nuestros jóvenes estudiantes repiten el «Sésamo» inmemorial: «Hay que buscar dinero, aunque sea en el centro de la tierra.»

Para el español, desde tiempo inmemorial, el centro de la tierra es el Estado. Puede que el nuestro ya no sea aquel Estado tremendista que el ordenanza de «El secreto de Barba Azul» presentó al ciudadano Mauricio, que llevaba toda la mañana esperando a ser atendido por el señor Seisdoble, que tenía que leer el periódico: «Usted debe saberlo; los empleados públicos se dividen  en dos grupos: uno, el menor, se dedica a escribir en los periódicos sin venir nunca a la oficina; otro, el más numeroso, viene siempre a la oficina a leer los periódicos.» Pero es un Estado. Un Estado «de  Derecho», que fue una moda alemana, y bien engrasado por la «envidia democrática», que fue un hallazgo griego: «No queremos a nadie superior entre nosotros —dijeron un día los efesios—; si hay  alguno, que lo sea en otra parte y entre otros.» Total, que desterraron a Hermodoro, el mejor de entre ellos.

Somos, ya lo dijo Fernández Flórez, grandes buscadores, infatigables buscadores: de nombres, de gangas, de influencias, de protecciones, de  facilidades... Por ese lado, la vida nunca escatima  en ocasiones de decir: «Hay que buscar dinero, aunque sea en el centro de la tierra.» Pronunciada la enérgica frase, el español «fefé» —de Fernández Flórez— se prepara a estudiar los temas insustanciales de unas oposiciones, o avanza contra éste o el otro ministro, armado de cartas de recomendación. O si se resuelve a emplear su dinero en una empresa, se encara también con el Estado para  exigirle: «Ahora a ver cómo te las arreglas para que este negocio que voy a intentar sea una  mina.  Subvenciones, leyes contra el consumidor..., lo que tú quieras. Pero... ¡cuidado con mi dinerito!» Y, claro, ¿qué haría uno, si uno fuera el Estado?

El Estado, tal como se nos aparece, es una máquina automática que dispensa «planes de vida» cuando le introducimos nuestros deseos: una nómina en la Autonomía, un telediario en la Primera o uno de esos premios del Ministerio de Cultura. Cosas, en fin, «para toda la vida», es decir, cosas que puedan poner al opositor en contacto con la riqueza que produce el trabajo de los que no opositan a nada.

Fuera del Estado, la vida es «solitaria, embrutecida y breve». Al rechazar arriesgarse a jugar, el español acepta el pájaro en mano. No es mucho un pájaro en mano, si debemos tener uno y si tener dos sería demasiado. Es lo que los expertos llaman «maximín», es decir, «el mejor peor», lo que constituye la estrategia vital óptima para los «caracteres prudentes», tan ensalzados en nuestra sociedad, que, sin embargo, se las echa de liberal, con sus gobernantes encabezando manifestaciones y con sus ciuadanos provistos de un DNI para facilitar la extracción del IRPF, sin pasar por alto la privatización de los servicios estatales, como las guardias militares, o la estatalización de los servicios privados, como las literaturas intertextuales. Y Michavilla, mientras, pregonando con un matasuegras la resurrección de Montesquieu.




«Usted debe saberlo; los empleados públicos se dividen  en dos grupos: uno, el menor, se dedica a escribir en los periódicos sin venir nunca a la oficina; otro, el más numeroso, viene siempre a la oficina a leer los periódicos.»