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lunes, 9 de noviembre de 2020

Matrimoño

 

Abc, 4 de Julio de 2001


Ignacio Ruiz Quintano

En la tierra de José Alfredo Jiménez —«Te adoré, te perdí, ya ni modo»—, y con motivo de la boda de Fox, va Aznar y dice que «casarse es una cosa muy buena». Estamos, pues, en el aznarismo, que es un desierto, sin más alternativa que Zapatero, que viene a ser una  anchoa. Para aliviar la sed del «zoón politicón» que todos llevamos dentro, aquí ya no hay más venero que el del poder «gay», aunque, señores, a qué precio: «¡Matrimoño, ya!», fue su grito del sábado en Madrid, que es el mismo grito de las lagartonas de hace un siglo, cuando el «boom» de la sicalipsis en la capital. Porque no todas las bodas son lo que la de Fox, la de Figo o la de Villalonga. El matrimonio «straight» sigue siendo aquella instantánea cañabatera de don Desiderio Martínez, que contrajo matrimonio con María Magdalena López en cuanto llegó a jefe de Negociado de tercera clase en la Dirección General de la Deuda y Clases Pasivas. Ni un instante antes ni un instante después. «Mire usted —había contestado María Magdalena a la declaración de Desiderio—: yo soy muy clara. Sus prendas no me desagradan, pero jamás me podría acostumbrar a llamarle Desiderio.» Desiderio intentó justificarse: «Es que así se llaman mi padre y mi abuelo, pero si no es más que eso la causa de su "no", podemos llegar a un acuerdo: Llámeme Desi.» «¿Desi? ¿Desi? Sí, no suena mal del todo —concedió María Magdalena—. Déjeme pensarlo.» Y se casaron. ¿Esto es amor?

Según se mire. Desde luego, el amor no es ese sentimiento aburrido, seráfico y relleno de versos que propone la poesía clara. El amor es vana pasión intensa de la cual saben más los médicos que los poetas, y que usualmente se presenta, excepto en las películas americanas, como incompatible con el matrimonio, que en la mayor parte de las culturas tiene la consideración de acuerdo privado negociado entre dos familias. En el caso de Desiderio, como sabemos por otro cronista al que seguimos literalmente, podemos dar por probado que al mes de celebradas las nupcias su señora fue vista en un cabaret bailando apasionadamente con un constructor de casas baratas, y algunos testigos sostenían que al pasar cerca de ellos la dama, en las agitaciones de un vals, oyeron moverse en su estómago —haciendo cloc, cloc, a cada vuelta— sus buenos dos litros de champaña. Desiderio se enteró, pero interpretó el exceso como el fruto de un momento de debilidad. Una semana más tarde, cediendo a la tozuda persuasión de un oficial de Hacienda que se había puesto pesado, la dama faltó tres días de su hogar. Tampoco pasó nada. Etcétera. Pero otro día Desiderio supo que su esposa había pellizcado significativamente a un camarero: entonces se irguió, tomó su sombrero y dijo con la voz ronca de la última escena de los dramas: «Hemos terminado, señora. Mi honorabilidad, las ideas que me inculcaron mis padres no me permiten... Esto no lo puede consentir un caballero. ¡Adiós! ¡Divorciémonos!» Y Desiderio deshizo el nudo gordiano de su matrimonio.

En Florencia, cuando el andancio, Bocaccio aconsejaba a los intelectuales dejar el matrimonio a los nuevos ricos y a los obreros. Aquí, sin embargo, nuestros «littérateurs» se apuntan como un solo hombre al «¡Matrimoño, ya!» del poder «gay». Curiosamente, esta inclinación  de los «littérateurs», de quienes tampoco se puede decir lo que Sandeau dijo de Merimée, que «había nacido celibatario», tiene mayor justificación cinematográfica que humanística, y eso que ahí están Platón, para quien homosexualidad y democracia van unidos, o Cicerón, para quien la  relación del joven Curio con otro hombre merece consideración de matrimonio. (Y de dar crédito al biógrafo de Heliogábalo, tras el matrimonio del emperador con un atleta de Esmirna, cualquier hombre que aspirara a progresar en la corte imperial debía tener marido o simular que lo tenía.) Estos «littérateurs» no son humanistas, sino cinéfilos, y en vez de ponerse a gritar «¡Poligamia, ya!» —o «¡Poliandria, ya!»—, como corresponde al poder «straight» que representan, se suman al «¡Matrimoño, ya!» del poder «gay», palabra que, fuera de la literatura pornográfica, puso de moda Cary Grant en «La fiera de mi niña».

 


Cary Grant en La fiera de mi niña

De dar crédito al biógrafo de Heliogábalo, tras el matrimonio del emperador con un atleta de Esmirna, cualquier hombre que aspirara a progresar en la corte imperial debía tener marido o simular que lo tenía