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martes, 10 de noviembre de 2020

En la muerte de Juan Cruz Sol


 Sol en Madrid


Sol de collera con el difunto Benito. Deusto, Uría, Costas y Claramunt.

 Abajo: Marcial, Pirri, Gárate, Asensi y Valdez

Francisco Javier Gómez Izquierdo  

    Dicen en el telediario que ha muerto Sol y a mi doña le sale un “Juan Cruz Sol Oria” que, no sé por qué, es un verso que nos aprendimos todos los chicos que juntábamos cromos de fútbol en los 70. No conozco chicas que hicieran  las colecciones cada temporada pero el nombre, y quizás la cuidada melena del Sol de las estampas, sacó más de un suspiro de pechos enamoradizos que en un día como hoy se vuelven a llenar de sentimiento.

        Sol era vasco. Un vasco raro. Un vasco sin sílabas en el nombre que a mí personalmente me cayó fenomenal porque en una entrevista contó que su madre se llamaba Dominica, como mi abuela. Como un servidor necesita pocos detalles para simpatizar con cualquiera, en modo anónimo claro está, ése del nombre de su madre y el suyo propio los he tenido siempre presentes durante los últimos 50 años. De lo de ayer no me acuerdo, pero la imagen de Sol, el dos,  con un arqueo de piernas particular, sacando pecho y apretando a la vez la barbilla contra la nuez al saltar al campo, al subir a rematar un córner o al acabar con un despeje una jugada comprometida, la tengo presente sin necesidad de remover la sesera como cuando tengo que ir a mirar, porque no me viene, quién marcó el primer gol del Atleti en el último partido contra el Cádiz.

      Sol era muy visible en el campo a pesar de subir poco la banda. Su melena rubia le hacía llamativo y aunque a mi modesto entender no era muy técnico y tampoco tenía mucho estilo tocando el balón e incluso nos parecía torpe cuando se abría de piernas en demasía, recuerdo que remataba y despejaba de cabeza como pocos. Valiente y decidido, era defensa de los “de antes”. Duro y expeditivo, como se decía entonces. Dicen que en los entrenamientos era un peligro para sus propios compañeros por el rigor e intensidad que empleaba, hasta el punto de dar más de un quebradero de cabeza a sus entrenadores del Valencia y Real Madrid y demasiadas caricias a los tobillos de las estrellas de sus equipos.

    Se hizo futbolista en el Valencia y al Valencia regresó tras cuatro años en el Real Madrid de Miljanic y Boskov, entrenadores de un país que ya no existe, con Molowny, eterna solución merengue entre medias. Creo que dejó el fútbol casi cojo y se quedó en Valencia donde le vimos de delegado de campo hace ya bastantes años. Dimitió de delegado por, como les pasó a muchos de los de su ocupación, equivocarse con los extranjeros que pueden estar en el campo en un partido de copa contra un 2ªB. De a lo que se haya dedicado durante estos últimos veinte años no tengo idea, pero lo que haya hecho (veo que ojeador del Chelsea), lo ha hecho en Valencia como un valenciano más con su eterna melena de protagonista de película de aventuras que delataba su presencia. “Vi en Valencia un tío de espaldas con una melena blanca y ¡oye! era Sol”, me dijo poco antes de la peste un pariente.

       ¡Descanse en paz, Juan Cruz Sol Oria!