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sábado, 7 de noviembre de 2020

Bonifacio

 

Abc, 11 de Julio de 2001


Ignacio Ruiz Quintano

No se dejen engañar por el nombre de Bonifacio, dice Guillermo Cabrera Infante, que Bonifacio quiere decir buena cara. Y lo aclara: «No es un duro de película, es un duro de pelar.»

Hacía tiempo que un enfisema pulmonar amenazaba con dejar a Bonifacio como a Chenel, sin aire que llevarse a la boca, retorcido como uno de esos fantásticos estafermos que en sus cuadros suelen asomarse haciendo el buz, que es la cortesía de los estrangulados. Un día, creyendo llegada la hora de las boqueadas, avisó al doctor, y por prescripción facultativa dejó el tabaco. Entonces se volvió todavía más arisco. Para persuadirse de la importancia que para la vida debe de tener el oxígeno, adquirió en una fundición donostiarra tres máscaras de soldador, las colgó frente a su cama y, acto seguido, dijo a su cuadrilla la frase sacramental: «¡Dejarme solo!»

Bonifacio, en efecto, es un duro de pelar. La prueba es que, apenas recuperado el resuello, Bonifacio ha reaparecido; lo ha hecho al mediodía, pero en la Viña P, que es su plaza madrileña. Allí, la parroquia de sol no es menos atenta que la de sombra, y sus miembros reciben a Bonifacio con esa alegría que sólo conocen los españoles que vieron caminar a Rafael el Gallo. Con la leyenda de noche a cuestas que Bonifacio lleva encima, lo malo es buscar un pretexto para  reaparecer de día, y él lo encuentra en dedicarte un libro que le han sacado en Cuenca. En sus dedicatorias, a mano de retablero, resuelve el milagro del afecto con la gracia inquietante de un exvoto, pero por su proverbial habilidad, desdeñosa y sarcástica, para escabullirse del barullo anónimo de la publicidad sólo accede a trullarte el libro a toro pasado, es decir, con la exposición «Bonifacio en las colecciones conquenses» ya clausurada, no sea que pienses que te lo dedica para que se lo reseñes, pues  Bonifacio, hay que decirlo, y lo dice en ese mismo libro Cabrera Infante, no soporta a los idiotas ni a los intrusos ni a los críticos de arte de ninguna parte.

En el libro que a Bonifacio le han sacado en Cuenca, donde pintó durante veinte años—nada menos que en la  calle del Trabuco, con vistas al Corazón  de Jesús—, al abrigaño de las tentaciones de los toros y del jazz, además de Guillermo Cabrera Infante, opinan, entre otros, Juan Marsé, que termina levantando las manos ante el tridente flamígero de Bonifacio: esperpento, ternura y sensualidad. Ramón Chao, que continúa oyendo las trompetas de.jazz que Bonifacio hace estallar en las telas. Antonio Saura, el primero en ramonear esas vulvas, senos y nalgas de suprema belleza. Severo Sarduy, que al final se quedó con las ganas de saber de qué grutas, de qué día siempre retraído y letal, emanan los extraños claustros de Bonifacio. Serge Fauchereau, que descubre al hechicero que hay detrás del pintor, frente al cual no cabe discutir, porque no se tiene nada que decir: «Allí te consumes y te ahogas, te empantanas, te asfixias, te enmarañas, te golpeas.» O Fernando del Paso, que renuncia a echar mano de la línea recta para acercarse a la retorcida, voluptuosa y bárbara realidad (o irrealidad) de Bonifacio.

La línea recta no da sino para entender el toreo moderno, y a Bonifacio lo que le tira es la belleza antigua del teorema geométrico —la geometría actuada de señorear los movimientos del toro, absorbiendo y gobernando su embestida— de cuya veracidad dio cuenta un dilettante José Tomás, el día que levantó la tapa del alacranero. Hasta entonces, de este teorema sólo se entendía fácilmente la cogida: una cogida apartó de los toros a Bonifacio, que no se rindió, y buscó la demostración en la pintura. Ahora que vuelve a pindonguear, aunque sea a costa de convertirse en lo que en la Viña P se llama un «sinta» —sin tabaco, sí señor, aunque por prescripción facultativa—, con lo que tamaña renunciación supone —«fumar te daba un distanciamiento que no te lo da chupar un caramelo»—, a Bonifacio sólo se le escapa, entre bocarte y bocarte, un resentimiento, y es que nunca lo ayudaran a ser figura —«pero... ¡figura, figura!»— del toreo.

 


Una cogida apartó de los toros a Bonifacio, que no se rindió, y buscó la demostración en la pintura. Ahora que vuelve a pindonguear, aunque sea a costa de convertirse en un «sinta» —sin tabaco, sí señor, aunque por prescripción facultativa—, con lo que tamaña renunciación supone —«fumar te daba un distanciamiento que no te lo da chupar un caramelo»—, a Bonifacio sólo se le escapa, entre bocarte y bocarte, un resentimiento, y es que nunca lo ayudaran a ser figura —«pero... ¡figura, figura!»— del toreo