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sábado, 6 de mayo de 2017

Venezuela, una verdad entre la virtud y la venganza


Orlando Luis Pardo Lazo
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El pueblo cubano quedará en la historia como el pueblo que más hizo por la desintegración latinoamericana. Disfrazado de odio ideológico al capital, hincamos hasta la médula el odio fratricida en nuestro continente. Esa culpa cubre hoy a varias generaciones dañadas antropológicamente de manera irreversible. No hay perdón capaz de librarnos de esa responsabilidad criminal.

Desde enero de 1959, una Revolución de carácter burgués y pro-democrático, con marcados tintes de terrorismo urbano y cierto protestantismo a la cubana, fue reencauzada por Fidel Castro como un proceso agrario y anti-imperialista, en definitiva trocado en dictadura en contra del proletariado y en alianza a ultranza con Moscú, en el contexto de la Guerra Fría.

Los Estados Unidos nada hicieron para evitar la radicalización artificial de la Revolución. Antes bien, con mucho de arrogancia y un toque de ignorancia, propiciaron el victimismo con que los cubanos justificamos un régimen de injusticia e impunidad.

Así, el castrismo costó miles y miles de vidas no sólo a sus opositores (muchos de ellos armados), sino también a los revolucionarios cubanos, la mayoría ejecutados casi extrajudicialmente –a muchos se les juzgaba después de fusilados– tan pronto como manifestaran el menor síntoma de disentir ante el discurso totalitario oficial.

La sociedad cubana se desquició en unos meses. No quedó prensa alguna. Ni religión confesable en público. Ni educación independiente a la impuesta por el Estado. Tampoco salud personalizada. Ni marcas comerciales. Ni “derechos humanos”, un término que todavía hoy suena a insulto dentro de Cuba. Se abolió todo cambio de dinero internacional. No pudimos salir ni entrar del país. Ni llamarnos por teléfono, o recibir una carta sin ser despedidos de nuestros trabajos.

Los que pudieron huir, huyeron. Todavía estamos huyendo. Nos desaparecimos en tanto nación. Ese es nuestro permanente plebiscito ante un gobierno que no escuchó jamás a su propio pueblo: la fuga como reacción a una fidelidad asfixiante. Los que quedaron dentro de la Isla, callaron o fueron a la cárcel con condenas más largas –y con torturas más crueles– que la que convirtió en icono mundial a Nelson Mandela, por ejemplo.

Los cubanos no castristas nunca fuimos iconos de nada. Éramos simplemente “gusanos”, “apátridas”, “escoria”, los “lumpen” del “primer territorio libre de América”. Especialmente en la academia norteamericana, donde el castrismo desde el inicio ha sido lo “políticamente correcto”, los más grandes intelectuales cubanos, como el exiliado y a la postre suicida Reinaldo Arenas, no tuvieron acogida alguna. La izquierda internacional escupe sobre los cubanos sin Castro: para ellos no somos ni siquiera inmigrantes.

Enseguida la Cuba comunista le impuso la muerte a Asia, a África, a América. Intentamos incendiar 1959 Vietnams en el planeta entero, de ser posible con misiles nucleares instalados en Cuba de espaldas del pueblo cubano, en octubre de 1962. Invadimos naciones soberanas, como Venezuela, y traumatizamos para siempre las frágiles democracias del hemisferio, en aras de una toma violenta del poder, en alzamientos que implicaran el cadalso de los enemigos del castrismo. El marxismo es, ante todo, una justificación para matar con impunidad filosófica.

A la vuelta del tiempo, cuando fue evidente nuestro fracaso con la caída del campo socialista global, usamos el dinero de otras potencias genocidas –como Libia, Corea del Norte e Irán– para fomentar "democráticamente" en Latinoamérica a los socialismos asesinos del siglo XXI. Así, le tocó por fin su turno a Venezuela, en el corredor castrista de la muerte muchas décadas atrás.

El pueblo venezolano dormía, como tantos en la región. Además, se trataba de una nación que evolucionaba en su incesante clamor por un sistema social más justo y por menos demagogia política, esa tara que arrastramos en Latinoamérica desde que la Independencia nos legó su ristra retrógrada de caudillismo.

Los cubanos libres, en Cuba y en el exilio, desconfiamos del gorila militarote Hugo Chávez incluso desde antes de su elección. Nunca creímos en su sonrisita cínica. Ni siquiera confiamos en ninguna de sus reelecciones, mientras Venezuela entera dormía. Los cubanos sabíamos muy bien que la mano matarife de Castro nunca falla. Pero el mundo nos tildó entonces de reaccionarios, de “batistianos” (medio siglo después de Batista), y de “asalariados de Washington” (como, en efecto, muchos no tuvimos más remedio que hacer, por carecer de patria a perpetuidad). Y, aún peor, se nos escupió en la cara el estigma de ser los traidores ingratos a la causa universal de la Revolución. En Venezuela todo el mundo parecía ser de izquierdas. Así, los cubanos libres no fuimos escuchados y no tuvimos más remedio que esperar a que pasara lo peor. Esperar hasta el día de hoy.

Ahora Venezuela en plena calle “ha dicho basta y ha echado a andar”, para escarnio de Ernesto Ché Guevara, Salvador Allende, y otras víctimas del castrismo aún no reconocidas como tales. En Venezuela estalla una marea popular que no es política, sino de resistencia fundacional. La oposición venezolana no pinta nada en este escenario. Son los estudiantes, las amas de casa, los retirados, la gente humilde de verdad es la que rechaza con todo su corazón al comunismo, el crimen, y a los crímenes del comunismo. Allí donde fallaron los dictadores y los demócratas, el pueblo venezolano captó que estaba ante su última oportunidad. Las alternativas del chavismo se fueron haciendo obvias para los venezolanos con una década de retraso: castrismo a perpetuidad o castrismo a perpetuidad. De ese mal monolítico ya no saldrán, si no se salen ahora. Venezuela valiente, tú puedes! (Los cubanos no pudimos, te pido perdón por eso.)

Los venezolanos son gente linda y libre, como éramos antes de Castro los cubanos. Es ahora que han de romper las cadenas de su secuestro constitucional. El castrismo nunca estuvo tan en peligro de comenzar, por fin, a caer, mientras se van muriendo los Castros octogenarios en un poder despótico que nunca se atrevieron a arriesgar en las urnas. Todo tirano es, ante todo, un cobarde.

Es ahora o ahora tu libertad, Venezuela aún viva de milagro. Es ahora o ahora este trance terrible donde hasta la venganza parece virtud. A la calle. A la vida en la verdad. A ser el primer país de Latinoamérica por donde el castrismo cubano comenzó, por fin, a perder.

Gracias, Venezuela bonita, mi corazón..