Follow by Email

lunes, 22 de mayo de 2017

Novena de Feria. Tres lidiadores para seis bueyes de carne en el "5"

José Ramón Márquez

La verdad es que la Feria del Isidro 2017 no despega ni mucho menos en la cosa ganadera. No hay manera de que salga una corrida que sea mínimamente pareja en presentación, que ya de casta ni hablamos, y desde la de La Quinta aquí vamos arrastrándonos en un fango de caídas y falta de fuerzas, de descastada mansedumbre, de una falta de interés que es la peor enemiga de un espectáculo que debería estar siempre presidido por la salvaje imprevisibilidad del toro de lidia. Para continuar con la tónica de la Feria, sin salirse ni un milímetro de la detestable senda que han marcado, hoy Donsimón y su equipo propusieron el retorno a Madrid de los toros de Las Ramblas S.L. ¿Por qué Las Ramblas vuelven y vuelven a Madrid sin cesar? ¿Por qué razón nadie nos libra de la presencia de este subproducto ganadero en Las Ventas? ¿Cuál es la razón de que golpe a golpe, Feria a Feria cada año tengamos la maldición de tener que ver una de Las Ramblas? Pues para no ser menos que sus ya olvidados antecesores, Donsimón, Plaza1 y Nautalia programaron para este domingo de entradas regaladas una corrida de Las Ramblas, por si no teníamos suficiente con las tazas que llevamos tomadas sin pena ni gloria de ese intragable caldo, ahí tienes otra, Jacinto.

El encierro que preparó el señor Martínez y Martínez y que embarcó desde Elche de la Sierra con dirección a los madriles estaba compuesto por seis bichos que apenas si tenían algo que ver entre ellos en cuanto a morfología, caja o cabezas, como si hubiesen ido con un camión cuatreando aquí y allá lo que les hubiese ido saliendo al paso. Desde el primero, un zapato chico y sin presencia que besó el suelo ya en los iniciales lances de capa, hasta el quinto, un obeso de óptima aptitud cárnica, con esos “tres culos” que tanto gustan a los entradores de carne del matadero, lo que mandó M&M a Madrid sólo nos trajo la incertidumbre de ver qué características tenía lo que iba saliendo del averno de Florito y cómo no se parecían en nada a lo que había salido anteriormente y a lo que saldría después. Dice la Unión que esto de Las Ramblas procede de lo que le compraron en 1990 a don Salvador Domecq, de lo de El Torero, que vaya usted a saber qué puede quedar de aquello tras veintisiete años de pupilaje en Albacete.

A estos de Las Ramblas siempre los ponen en fechas señaladas: hace dos años en la corrida del día de las Elecciones, hoy en el día del Campeonato Nacional de Liga; podría parecer que siempre tienen a Las Ramblas preparadas para aquellos días en que, por una u otra causa, se estima que la presencia de habituales será de menor intensidad.

A la llamada de Las Ramblas acudieron con sus afilados estoques Juan José Padilla, Antonio Ferrera y Manuel Escribano, como aquel que dice un cartel de banderilleros, con lo que eso significa.

Padilla, ese torero lleno de desparpajo que tiene matados, antes de su percance, toros de las más pavorosos hierros, hizo su fortuna al poner su carrera en manos de ese misterioso y poderoso muñidor de lo taurino que es Toño Matilla. Desde entonces no ha vuelto a ponerse enfrente de un toro de pavor y ha visto su nombre en los carteles de todas las ferias, especialmente de la de Pamplona, donde es un ídolo de las llamadas “alegres peñas”. Ahora Padilla se anda con toros que nada tienen que ver con aquellos que mataba antaño y por eso es que se encuentra con un bonsái como Ilimitado, número 5, una especie de torete de bracitos cortos y “tipo de embestir” que dicen los del mundillo. Lo mismo era así y el tipito era de embestir, pero como apenas se tenía en pie nunca llegaremos a saber si su tipín se correspondía con su actitud. Este desgraciado animal fue apenas picado: cuando entró al caballo por vez primera, antes de recibir el acero en la espalda, se tropezó y dio con el hocico en el guateado faldón. Luego le banderillearon los tres, un par cada uno en una competición por ver cuál de los matadores se llevaba el premio a la vulgaridad, que se concedió por aclamación ex-aequo a los tres. En la cosa de la muleta no hay nada que decir. Ilimitado era un muerto en vida y sólo le faltaba llevar al lado un gotero para dar el más acertado y triste retrato del enfermo terminal. Padilla hizo como que le citaba, como que otra vez y luego se fue a por el estoque a quitarle a Ilimitado el hilillo de vida que le separaba del Más Allá. El segundo de Padilla era Jardinero, número 22, un castaño al que recibe con una larga de rodillas, otra larga de rodillas, otra larga de rodillas, otra larga de rodillas y luego, ya erguido, una larga de pegolete (dícese del lance que se da con los pies juntos), una fantasía de largas y de rodillas que al aficionado V. le trajo el recuerdo de aquel torero de valor desmesurado que fue Manuel Álvarez El Bala (qDg). Banderilleó Padilla en tres pares hechos del más puro y descarnado populismo, sin sujeción alguna a las normas del arte, que fueron vitoreados por el público amable. El toro es tonto y parece servicial, por lo que Padilla brinda a la plebe y se vuelve a poner de rodillas frente al 7 para iniciar su faena, luego se va a los medios y cuando el animal se le viene le da un molinete como inicio de la serie, lucido inicio que se daba mucho hasta los años ochenta, la serie y las demás se suceden bien por afuera, citando con el pico hasta que el toro que no tiene un ápice de casta decide que no quiere más y empieza a irse de los muletazos, desentendiéndose del lío y eligiendo otros terrenos, más hacia el tercio, donde pide a gritos que se le deje en paz y no se le estorbe. Padilla recibe el mensaje del burel y haciendo la suerte tan feamente como en él es costumbre, le receta una estocada desprendida que es suficiente. Luego recoge el cariño de las gentes que le ovacionan por lo que sea, que cada cual de los que le dieron su aplauso tendrá su íntima motivación.

Antonio Ferrera venía a Madrid montado en el Ferrari de su faena al toro de Victorino en Sevilla. Podemos decir que su actuación de hoy en Las Ventas ha estado basada más en el gusto y en una cierta estética que en argumentos de verdadero peso en lo taurino. Remató los lances de saludo a su primero, Joyero, número 34, con una media de frente de gran armonía y dejó colocado al toro para su primera entrada al caballo con una larga muy torera. Al toro lo arreglan en el caballo con una vara de poco castigo y un chicotazo, ya que el castigo verdadero venía después con los tres poniéndole banderillas a ver cuál lo hacía de forma más desmañada, cobrando el extremeño/ibicenco un correcto par por los adentros con bastantes prevenciones. El toro, sin casta también, no es del gusto de Ferrera y eso se nota en seguida en la manera en que se empeña en ahogar su embestida y en cómo, truco de viejo torero, quiere hacer ver que el toro es peor de lo que era. Lo poco que intentó fue por afuera. Lo tumba de una estocada baja. Su segundo, Traslúcido, número 37, es el gordo de los “tres culos” del que hablábamos al principio: un tonel, una tómbola de carne. El bicho no sabe humillar, y lleva la cara a la media altura. Ferrera está mal con  los palos clavando a toro pasado y cayéndose los palitroques. Inicia su faena toreramente con ayudados por alto al paso, andando hacia los medios y  luego remata con una trincherilla que es recibida con esa fruición que se sustancia en lo de “¡bieeeenn!”. La verdad es que en lo de los adornos, remates y monerías está superior, pero en lo del toreo ya la cosa es otro cantar porque  la faena no sale del manido mundo del toreo ventajista por los terrenos de afuera y del retrasar la pierna de manera evidente, lo cual, no obstante, causa el paroxismo entre los que ocupan el tendido 5. Ferrera compone un trasteo “bonito” para quien le guste esa estética, tira líneas en unos naturales, pero siempre está por afuera, con mucho oficio pero fuera. Su mérito: entender que al toro había que torearlo a la media altura y la manera en que toreó al respetable. Lo mata de estocada baja. El toro fue propuesto a la Academia Sueca como candidato para el Nobel de la Paz.

Manuel Escribano hizo lo mejor de la tarde en su segundo, Oxigenado, número 2: un par de banderillas espeluznante en el que cita sentado en el estribo, espera la venida del toro, y cuando éste llega a jurisdicción, se levanta, clava y sale por adentro, casi sin sitio. A este toro luego lo toreó sin emoción, se pegó un arrimón de feria de fiestas patronales muy pueblerino y lo mató de un metisaca en la barriga. Antes, a su primero, Dudoso, número 22, un toro veleto y cariavacado al que los tres matadores banderillearon vulgarísimamente utilizando en todo momento a los peones de “gorrillas”, lo toreó a base de pico y por las afueras, con ese pedazo de muleta que se gasta, de manera extremadamente fría, dando lugar a un trasteo sin mayor interés. Lo echó abajo de una estocada baja tendida.