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domingo, 14 de mayo de 2017

Tercera de Feria. Un par de poder a poder de Ángel Otero en medio de la peste frailuna

 A la Tercera, el Mochuelo desenredó la Bandera

José Ramón Márquez

A ver cómo explicamos al que no sabe que treinta segundos dan sentido a toda la tarde sentado en la piedra, a ver cómo podemos hacer ver que lo de Ángel Otero de hoy vale el precio de la entrada y de muchas entradas, que los toros no son la peste de la muleta, unas veces sí, otras veces no, que hay vida después de la vida, que la tauromaquia es un espectáculo total que empieza según vas a la Plaza y que termina después de haber salido. A ver cómo decimos que no hay que ir vestido con oros para hacer lo más torero de la tarde, ni hay que andar dándose importancia y marcando posturas, cuando la ecuación de la torería es la más sencilla del mundo, siempre que se base en la verdad y en la autenticidad. A ver cómo se explica a un tío que está sentado en su casa mirando la triste pantallita, amodorrado por la inanidad de los comentarios mercenarios, la ecuación de terrenos, la emoción que nace de lo auténtico, el ajuste de velocidades en un solo par de banderillas, un par para el recuerdo que vale por la tarde entera.

Así resulta que el héroe de la tarde ha sido Ángel Otero, grana y azabache, peón de brega y banderillero, torero como el que más. En el segundo de la tarde, Carapuerco II, número 21. Al toro lo brega Antoñares más mal que bien; en el primero de sus pares Ángel Otero cuartea con suficiencia y, ante la fuerte acometida del toro, que aprieta, deja arriba un eficaz par de sobaquillo. Para el segundo, por el pitón derecho, Otero se dispone en los medios con los rehiletes y espera a que Antoñares le aparque el toro. Antoñares, ya se dijo más arriba, no anda fino con el percal y no acaba de conseguir sacar al Carapuerco II del tercio, mientras Otero está deseando echarse a por el toro. En un momento el banderillero se viene un poco y cita al toro, que está entre las rayas. Cuando el bicho le ve, se arranca con gran fijeza y de manera muy fuerte hacia el peón, que aguanta lo justo para no tomar ventaja sobre el viaje del burel e inicia un cuarteo en corto que remata en un espectacular embroque en la misma cara del toro, clavando y saliendo acosado por el animal. Otero, que ha dado todas las ventajas al toro, sale perseguido del encuentro y se ve obligado a tomar el olivo mientras el público puesto en pie ovaciona fuerte y justamente la torería y la pundonorosa entrega de un hombre que podría haber hecho como otros, pasar de soslayo y poner un palitroque, o mejor tirarlo, por si las moscas. Merecidísima y fuerte ovación de Madrid a Ángel Otero en un extraordinario par de poder a poder, pura emoción.

El resto para olvidar, porque lo mejor de la tarde es lo que se acaba de explicar, pero para que quede constancia del resto diremos que hoy los Plaza1, los Donsimón, anunciaron la primera corrida de los Fraile de su era como gobernadores de la ínsula de Las Ventas. En este caso la bolita cayó en la casilla de la ganadería de El Pilar, la que pertenece a don Moisés y que, según el programa oficial de la Plaza, tras la canónica eliminación de lo anterior tiene origen Fonseca -Domecq, que a estas altura ya uno no sabe si lo de Fonseca no va a ser por el bufete panameño Mossack Fonseca, que anduvo en lo del Wikileaks, donde también apareció el nombre de Domecq en aquellos famosos Papeles de Panamá. Sea lo que sea podemos decir, para salvaguardar el honor de los Domecq, que la corrida salió más bien en tipo, hechuras y comportamiento de Fonseca, que como nadie sabe lo que es, nos quedamos todos tan anchos. La ganadería de El Pilar hierra su ganado con la letra pi, por ser ésta la sílaba primera del nombre de la digna esposa de don Moisés, doña Pi-lar, a la que felicitamos su onomástica que se celebrará el próximo 12 de octubre, día en el que estaremos tundidos en Madrid de ver toros y más toros de las diversas franquicias ganaderas frailunas. De todas menos de la que queremos ver, que no hay manera de que compren una corrida de sus gracilianos a nuestra añorada Carolina Fraile. Los del hierro de la pi salieron en general bastante mansos, y eso no es lo peor ni mucho menos, frente a sus fuerzas tan tasaditas, que eso sí que es malo. No obstante hubo al menos dos toros claros para hacer el toreo, el primero, Sospetillo, número 123, y el quinto, Huracán, número 118. Esos fueron los más claros para el torero a despecho de lo preponderante de su condición mansurrona.

Para el finiquito de los toros del 3’1416 ajustaron los de la Empresa la contratación de Diego Urdiales, David Mora y José Garrido.
 
Lo de Urdiales, el Buster Keaton de Arnedo, ha vuelto a ser exactamente como nos esperábamos y no ha fallado en nada de lo que nos podíamos esperar. Lo primero el vestido, que venía el hombre vestido de manera elegantísima como suele, con un terno azul oscuro que le sentaba de maravilla; lo segundo lo de la torería, esa manera de andar por la Plaza y de estar siempre compuesto; lo tercero lo del toreo, que en este caso es el amagar y no dar, el muletazo que parece que va a ser ése y que no, que a ver si el siguiente, que tampoco, que aquí es que no va a ser el sitio, que cambio al toro dos metros más para allá, que tampoco, que  lo echo para afuera no vaya a ser que me manche el vestido… Otro episodio de las Aventuras de Urdiales, que llevamos dieciséis temporadas con él y aún no nos ha legado en Madrid una faena rotunda, ni antes, ni ahora ni cuando pastorearon a Curro Romero para que se fuese tras él por esas Plazas de Dios. Habrá que frotar otro poco porque el genio sigue dentro de la lámpara y no sale ni a empujones. Mal con los aceros, quiso regalar al respetable un quite del perdón por verónicas compuestas en las que lleva la mano de salida altita y que se jalearon con cariño por parte de la afición que, como se sabe, tiene estima por este torero.
 
David Mora no presentó ni mucho menos su cara más halagüeña. No porque le echasen su segundo toro al corral, que a fin de cuentas eso también le pasó al Fundi con aquel inolvidable Contable de Guardiola, que en un momento dado son gajes del oficio, sino por la disposición que demostró a lo largo de la tarde, o mejor dicho por la falta de disposición a echar el paso hacia adelante y a comprometer su toreo con el aire de la verdad. Acaso como un homenaje a Manolete, ahora que el IV Califa está tan de moda por lo del centenario, Mora decidió plantear sus faenas, lo mismo la del segundo que tenía menos que decir, que la del quinto que fue el segundo toro bueno para la muleta de la tarde, sobre la base del cite de perfil tan característico del cordobés, y en ese perfil tomando al toro por las afueras es donde basó Mora sus trasteos que no tomaron vuelo al pasarse al toro en lejanía y dejarlo por allí, donde menos le estorbase. La manera en que las gentes se encresparon con David Mora por no atinar con el verduguillo son de esas cosas incomprensibles que, a veces, pasan en las Plazas. Lo de abroncar al excelente puntillero de la Plaza, don Ángel Zaragoza por apuntillar al toro desde el burladero es algo que nos deja pasmados. ¿Pensaría acaso el público que los tres pañuelos indican algún tipo de indulto?

Y José Garrido, en cuyo descargo diremos que no le tocó ninguno de los dos mejores toros de la tarde, pero que en los que le cayeron en suerte no consiguió llevar la ilusión a los corazones de la sufrida afición. Sus maneras ajulianadas, su descarado ventajismo, su forma de pasarse el toro lo más lejos posible, de no cruzarse ni plantear algo digno de interés no nos hace ser muy halagüeños con el desarrollo del oficio de Garrido. En la segunda de la temporada, mano a mano con Curro Díaz, dejó el listón muy rasante, hoy ha vuelto a proclamar prácticamente idénticos argumentos a los del domingo de Resurrección, los mismos de su confirmación del año pasado en mayo. Merecería la pena que los Garzón que le apoderan le pusiesen a reflexionar sobre su concepto, sus modos y maneras. 
 
Acabaremos de nuevo con Otero: si a la Plaza no la hubiesen quitado un metro de altura con su correspondiente caída hacia tablas por el capricho del torero Morante, es posible que Otero no hubiese tenido la necesidad de saltar la barrera, pues el toro cuesta abajo va frenando y no acosa tan vivamente al apretar hacia adentro. Si a la Plaza no la hubiesen quitado su altura seguramente ni Chacón ni Amores habrían tenido que verse en la necesidad de tomar el olivo.
 
 Sin peto

 Don Florencio

Paseo