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miércoles, 24 de mayo de 2017

Consensos

Constituyente 1791

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

El consenso, que implica unanimidad, mata el pensamiento.

Lejos de nosotros la funesta manía de pensar –fue el lema universitario atribuido a Cervera, cuna de Pepe Ramoneda, el “filósofo” que vio la hidra del fascismo en Belén Esteban antes de verla en Trump.
Cuarenta años de consenso han hecho del español un “filobático” (amor a las lejanías) del pensamiento político. Uno, que anda en un oficio en que conoces gente, nunca dio (en la enseñanza, en la milicia, en el periodismo) con un demócrata.

Por democracia, aquí, se entiende hablar, y eso que hasta en los toros puede salirte Curro Vázquez y mandarte a callar.

La alcaldesa Carmena, una abuela comunista que según el periódico global nos trajo las “libertaes”, pone el Ayuntamiento de Madrid a disposición de una comitiva de sediciosos catalanes. ¿Para qué? Para hablar. Entonces, todo sea por el consenso (el consenso socialdemócrata es el Estado al servicio de los partidos), Mariano dobla la apuesta e invita a esa misma comitiva al Congreso de los Diputados. ¿Para qué? Para hablar (pastelear). ¿Imaginan que Eisenhower, en vez de enviar a la 101 Aerotransportada a Arkansas, cuyo gobernador impedía la entrada al colegio de unos niños negros, hubiera invitado a Orval Faubus a la 
tribuna de la Cámara de Representantes?

En España, la ley (su aplicación) es tabú, y no vale. Sólo vale el consenso. Pero ahora hay dos consensos: el que se va (setentayochista/autonomista) y el que viene (separatista). No hay política (sin lucha por el poder, dice Schmitt, no puede haberla), pues hay consenso, que es superior al gobierno, luego tampoco hay gobierno.

La Generalitat controlará la prensa para el referéndum –se escandaliza el establishment.
El de la “Generalitat” es un consenso con el chic de lo francés: es el de la Constituyente de julio del 91, cuando los amigos de Lafayette (individuo mediocre, caprichoso y voluble, a juicio de Miranda, que lo sufrió) prohíben cualquier crítica a la Asamblea. Y llegó Robespierre.