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miércoles, 17 de mayo de 2017

Sexta de Feria. Juan del Álamo pega el primer invertido del ciclo, Fortes da el segundo, y Román, un tostón pocas veces visto

Venta de Simón
Esta Casa Es Una Ruina


José Ramón Márquez

A ver si aclaramos conceptos, que la cosa ya empieza a atufar. En algún momento se debe acabar la bula, los cien días de Donsimón, en algún momento habrá que comenzar a pedirle explicaciones de su Feria, de su Plaza1, de sus carteles, de sus ganaderías y hoy es un buen día para empezar la letanía, mira por dónde, porque la corrida de toros de este martes dieciséis de mayo estaba programada con toda la mala leche del mundo, contra el aficionado y contra el abonado. La prueba evidente es que en los tendidos había menos público que el que hubo el domingo de Ramos, que llegabas a la localidad y de los que estaban por allí no conocías a nadie, que esta corrida del aniversario de Gallito fue concebida con el fin de que no fuese nadie a Las Ventas, porque lo que hizo la mayoría fue o bien no sacar la entrada o bien, al ver acercarse la fecha del festejo, directamente regalarla. La primera y la última que habíamos visto de Lagunajanda en Madrid fue el año pasado, por septiembre, cuando esta innecesaria ganadería tomó antigüedad, que podemos jugarnos el sueldo a que ésta no va a llegar a cumplir los 175 años de Miura. En fecha tan señalada, aquello salió como cualquiera puede imaginar en cuanto a tontería congénita, blandura y descaste; eso ya sería bastante a los ojos de Donsimón para dar una segunda oportunidad, esta vez en plena Feria, a esta deprimente vacada de Vejer de la Frontera, para que se viniesen a Madrid a poner bien de manifiesto su perfecto descaste y la ínfima categoría de sus ganaderos, en este caso la señora doña María Domecq Sáinz de Rozas, a quien no tembló el pulso en enviar a Madrid un encierro que era como bajar a los calabozos de la comisaría de la calle de la Luna, corrida poco pareja de la que hay que reseñar por méritos propios al cacho feo del segundo, Luchador, número 29, un engendro largo y ensillado y con una antiestética bola de carne en el morrillo: un cromo. El primero, Pájaro, número 40, era lo que se dice un toro “bien hecho”, de capa colorada anteada y, como dicen los cachondos, “entipado”, que es otro de los palabros divertidos que nos proporciona el neoléxico taurino. Para compensar sus proporciones praxitelianas, Dios quiso no dotarle de fuerzas, para evitarle el pecado de soberbia, y el pobre Pájaro, que además tenía mucho de pájaro bobo, arrastró penosamente sus cuarenta y seis arrobas y media por el ruedo con el que, por su capa, a veces se llegaba a confundir como un camaleón. En lo de la cosa derrengada el triunfador fue el tercero, Piragüista, número 54, que a la segunda carrera en pos de los vuelos del percal ya sacó la lengua y así estuvo el bicho jadeando como si hubiese corrido la maratón de Nueva York, hasta que pasó a mejor vida. Decíamos feo el segundo, pero el cuarto, con una cabeza digna del Conde de la Corte y culipollo por detrás, tampoco era manco, éste atendió por Pantalán, número 20, y después salió Matraquero, número 55, castaño albardado, descarado de pitones, éste parecía que la cabeza era de un toro y el cuerpo de otro. Como grand finale nos tenían reservado a Orzo, número 13, negro con braga, bajo de agujas y con cierta mala leche. Ése fue el material que Donsimón adquirió para la sexta de Feria, con un par. Imaginamos que la adquisición de esas prendas a Lagunajanda S.L. obedecería a lo económico del importe que habrán pagado por ellas, que no creo que Plaza1 se haya arruinado con lo que han pagado por estos seis mamarrachos.

Lo que choca es que estando por ahí Prieto de la Cal, Partido de Resina, Conde de la Corte, Conde de La Maza, San Martín, Cebada Gago, Valverde… yo qué sé, la de ellas que hay que pueden poner un poco de ilusión en la sufrida afición sólo con ver sus nombres en un cartel, se tengan que ir a comprar esta basurilla que de antemano la única garantía que trae es que tiene todas las papeletas de pegar el petardo. Y si el cartel fuera de campanillas, de figuras que imponen la opinión de toda la caterva que vive de ellos, se podría entender, pero que alguien de Plaza1 explique si acaso el empresario de Madrid y de todas las Plazas que controla no va a poder decir a los representantes de Juan del Álamo, Fortes y Román que el ganado es éste o el otro y punto.

Los tres hicieron el paseo muy bien vestidos, todo hay que decirlo, que así es como hay que venir a Madrid. Luego se guardó el tradicional minuto de silencio con el que Madrid trata de expiar su culpa por el maltrato que prodigó a Gallito en la tarde anterior a Talavera, y el presidente, don Gonzalo Julián de Villa Parro sacó el pañuelo o pedazo de sábana que se usa para indicar que salga el primero.

El trasteo de Juan del Álamo al primero se basó, como viene siendo norma, en el toreo ventajista y despegado, o sea que de parar, templar, mandar y cargar la suerte, nada. Toreó con el pico de la talega una y otra vez y el toro se fue cayendo también las veces que le vino en gana, por lo que al final lo que mejor impresión dejó fue su vestido tabaco y oro. Además se ve que quería pasar a los anales y a tal fin tuvo la ocurrencia de dar el primer invertido de la Feria.

También bien vestido se presentó Fortes (antes Jiménez Fortes) de azul purísima ante el cacho feo de Luchador. Dime de qué alardeas y te diré de lo que careces, dice el saber popular, y en este caso lo que menos apetecía a Luchador era, precisamente, la lucha. Lo demostró en su encuentro con el penco guateado sobre el que cabalgaba Francisco de Borja Ruiz, que le pegó muy poco no fuera a ser que el bicho se hundiese psicológicamente. En banderillas acosó con fiereza hasta la barrera a Cándido Ruiz y a Ricardo Izquierdo, que a estas horas estarán llamando a Morante para convidarle a comer por el susto que les ha proporcionado. Fortes se va con la montera puesta a los medios y desde allí cita de rodillas a Luchador para arrearle una pedresina de hinojos que quita el hipo. Luego, ya de pie, la faena no acaba de irse arriba, pues la embestida de Luchador y la disposición de Fortes no acaban de hallar ningún acuerdo amistoso. Faena larga en la que el toro, que no se cayó, le pega al torero cuatro coladas idénticas, calco la una de la otra. Por no ser menos, Fortes pegó el segundo invertido de la Feria, pero ya no era el primero.

Y Román, de azul marino, también venía un rato bien vestido para encontrarse frente al Piragüista, que ni quiere penco ni quiere lanza, se para de manera muy notoria cuando pretenden banderillearle por el izquierdo, brama y brama y acude a la muleta de Román con cierto brío, aunque va perdiendo fuelle, que el animal no era para echar las campanas al vuelo. Román se pone a lo suyo, que ni es parar, ni templar, ni mandar, ni cargar la suerte y así va desarrollando su tauromaquia, si es que se le puede llamar así, hasta que recibe un volteretón que saca del sopor al público. Con un sartenazo que le hubiese dado al toro le habrían pedido la oreja, que la banda estaba ansiosa de sacar el kleenex, pero se enmarañó en los ritos de la muerte y la posibilidad de trofeo se esfumó.

En el cuarto, que acude al caballo con alegría tras haber recibido unos mil capotazos, Del Álamo presenta de nuevo su estilo, acaso en este segundo dando una impresión mayor como de estar escayolado, rígido y, desde luego, muy retorcido. Se va pasando la faena como quien no quiere la cosa con la impresión notoria de que casi nadie le está haciendo caso y el propio torero se descara con el tendido intentando animar la cosa, por más que la suerte ya estaba echada y aquello sólo alargaba innecesariamente un trasteo de muy poco vuelo.

Fortes, esta vez sin montera, optó por el arrimón y el susto en su relación con el quinto. Ya le avisó en Bilbao, en cierta ocasión, un veterano maestro de que a coj… siempre gana el toro, pero Fortes atesora el valor suficiente como para pegarse esos arrimones que a poco conducen. Siempre se dijo que en el toreo basta con tener el valor justo como para vestirse y hacer el paseo, pero no es cosa ponerse a censurar a alguien porque sea valiente, ni mucho menos. El toro había atacado con viveza al penco de Antonio Muñoz levantándole a base de riñonada por dos veces con fuerza, acude con alegría al segundo encuentro recibiendo un refilonazo en la paletilla inmediatamente corregido y en banderillas le dejan las necesarias, tiradas por diversas partes de su anatomía. Su poca predisposición a la embestida propicia el arrimón del que se hablaba al principio. Como remate de su obra Fortes vuelve al invertido, que se ve que lo traía pensado lo de hacer unos cuantos.

Y por fin, con la de gente que se había largado de la Plaza, salió el sexto: ya se vislumbraba el fin del festejo y acaso por eso le dieron unas palmas inexplicables algunos del 6 y otros del 4 a Pedro Iturralde cuando se retiraba por el callejón. En banderillas el toro aprieta muchísimo al Sirio que se libra de un percance al refugiarse en el burladero del 9 por los pelos. Luego, pundonoroso, vuelve a la cara del toro a dejar un emocionante par poco reunido y Raúl Martí, por no ser menos, cuadra otro par bueno. A estas alturas don Gonzalo Julián de Villa Parro cambia el tercio y se le olvida recoger el pañuelo hasta que la rechifla del respetable se lo recuerda. Román ni se cruza ni remata los pases, que los deja todos a medio hacer, el toro le desarma y le lleva corriendo hasta el burladero del 4 a toda mecha, que hay que ver lo mal que queda un matador corriendo con la espá en la mano. Por resumirlo en una sola palabra, Román nos pegó un tostón y quien más, quien menos, todo el mundo estaba deseando que aquello acabase.


El Sirio guardando la puerta

El Sirio dejándose ver

El toro que no quiere mirar al Sirio

El sí de las niñas

Un amigo cojo