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sábado, 22 de agosto de 2009

CONVERSACIÓN CON RAFAEL EL GALLO


LOS CUARENTA Y CINCO AÑOS DE VIDA TORERA DE RAFAEL EL GALLO
El siglo acaba y el torero empieza

Por Rafael Martínez Gandía
El Ruedo, 18 de julio de 1944

[...]

- ¿Recuerda usted la tarde de su presentación en Madrid?

- ¡Ya lo creo! Apunte usted la fecha: 24 de junio de 1899.

El siglo acababa y el torero empezaba. Tarde de novillos, víspera de corrida grande. En los carteles, Rafael Gómez, Gallito y Algabeño Chico, “nuevos en esta plaza”. Comentarios en los cafés: “Dicen que están bien esos chavales”; “Como que les viene de casta”. “El Rafaelito es hijo de Fernando, el Gallo” “Y que aseguran que sabe de toros más que su padre” “Entonces tiene que ser una cosa grande”.
Coches de punto y tranvías con jardinera. Los picadores, con el monosabio a la grupa, suben por la calle Alcalá. Los curiosos se paran en la acera. Unas muchachas van en un “simón” descubierto adornado con mantones de Manila. Llevan peineta corta, mantilla blanca y flores en el pelo. Los hombres se cubren con aquellos sombreros de paja que todavía llevan algunos recalcitrantes con el orgullo de las convicciones arraigadas. Los vecinos están en los balcones, contemplando, sin demasiada curiosidad un espectáculo que han visto demasiadas veces.
Allá va el coche de los toreros. ¿Y esos son los matadores? ¡Si son dos chiquillos!
La plaza tiene buena entrada, pero no está llena. Al día siguiente hay corrida de las grandes, de las benéficas, con cuatro matadores de cartel. Hoy es, como si dijéramos, el aperitivo. Hay expectación entre los aficionados. ¿Qué se traerán estos chicos? ¿Serán dos futuros fenómenos? Madrid es, ayer como hoy, la piedra de toque, la Plaza que da o quita, la que confirma las ilusiones o la que las quita para siempre. Rafael va a jugarse la primera papeleta importante de su carrera.

***

- Bueno; pues vamos a ver qué pasó en la novillada de su presentación en la capital de España.

- Pues pasó que estuve bien. Ya ve usted si estuve bien que el crítico de El Imparcial, aquél que firmaba “N.N.”, dijo que la fiesta había sido “cosa mayor”. Me aplaudieron mucho, pero lo mejor es que la mayor ovación no me la dieron a mi.

- ¿Le ganó el tirón Algabeño chico?

- No es eso. Algabeñito, que iba por delante en el cartel, había matado el toro que rompió plaza no muy lucidamente, si es que hay que decirlo todo, y ahí acabó su actuación, porque en su segundo, a la salida de un quite, fue cogido y se lo llevaron para dentro con un puntazo en la pierna. Por esa razón yo tuve que despachar cinco novillos esa tarde.

- Buena prueba para un debutante.

- ¡Bah! Me los quité de encima como el que lava. Estaba yo muy puesto, y los bichos, que eran de la viuda de Concha y Sierra, resultaron todos ellos pequeños y blandos. Claro que con ese sentido del tamaño y de la blandura que se estilaba entonces...

- Es que han cambiado mucho las cosas.

- Como que hoy el toro, o el torito, es un inocente químico. Se produce por medio de fórmulas y matemáticas y se llega al animal exacto, al animal toreable cómodamente.

- ¿Y eso está mal?

- Eso es el curso de las cosas. Todo evoluciona. En el toreo ha evolucionado el toro, ha evolucionado el torero y ha evolucionado el público. ¡Qué diferencia entre los espectadores de mi juventud y los de ahora!

- ¿A favor de quién?

- ¡Hombre, no me pregunte usted esas cosas! Ya le contaré cosas de los públicos de antes. Sí le puedo anticipar que el aficionado antiguo iba a ver al toro, entendía más de toros que de toreros. Una buena vara se estimaba más que un quite. ¡Como que a veces nos chillaban porque metíamos la capa para adornarnos entre puya y puya! Al toro se le lidiaba para torearle después o simplemente para prepararle a bien morir.

- O a mal morir.

- De todo había. Y una estocada en su sitio se premiaba con más color que una faena buena.

- ¿Y usted cuándo hubiera preferido torear; en aquellos tiempos o en estos?

- En éstos, sin vacilar. ¡Pues así que no va diferencia! El público ya no tira cosas, el toro es chico y sin intenciones perversas. Se cobra por miles de duros. ¡Ay, si yo tuviera veinte años, la que armaba! A mí me han sacado en hombros y me han besado la calva. Pero también me han tirado piedras. Conque ¡vea el amigo cómo las gastaban antes!

- ¿Y dónde le han tratado a usted peor?

- No me lo recuerde, que se me ponen los pelos de punta.

- ¿Que pelos?

- Los pocos que aún tenía entonces. Fue en... Bueno, se lo diré a usted, pero usted no lo diga. Ya es cosa pasada.

Me dio el nombre de una localidad del Norte de España, más cerca de San Sebastián que de Bilbao.

- También en San Sebastián me dieron lo mío, pero lo del ... otro sitio no se me olvidará mientras viva.

- ¿Tan mal estuvo usted?

- El que estuvo mal fue el público, porque uno bastante tiene con que no le salgan las cosas bien.
¡Pero aquellos bárbaros!

- No me va a decir que le quisieron asesinar.

- Poco menos. Me tiraron al suelo, me pegaron, hasta con piedras me dieron en la cabeza... Ya ve usted cómo las gastaban en algunas plazas. Aquello no eran hombres, eran fieras lanzadas contra un ser indefenso.

- Indignante.

- De modo que dígame usted si no se me ha de caer la baba con estos públicos de hoy, que en cuanto que un chiquillo hace así con el capote, se rompe las manos a aplaudir y le hace rico en una temporada.

- Un chiquillo era usted cuando se presentó en Madrid, que era donde estábamos [...]